Capítulo 13: El plan

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Sonó la puerta y se entreabrió.

―¿Se puede?

Merlina se sobresaltó al principio antes de sonreír y asentir. Eran las muchachas. Habían transcurrido casi dos horas luego del desayuno.

―Sólo estaba recordando cosas…

Éstas se sentaron en la cama con aire amable, pero preocupado.

―¿Qué cosas? ―quiso saber Ginny tomándole una mano a Merlina.

En ese instante comprendió que ni Susan ni Endora, las últimas amigas que había tenido en su vida estaban, pero, sin embargo, tenía otra gente para confiar. Presintió que la Merlina actual había tenido criterio para hallar buenas amigas.

Comenzó el relato de nuevo, esta vez hablando, y llegó a la misma parte en la que se estancó mentalmente.

Lo que hiciste no es grave, Merlina ―dijo Albus sonriendo afablemente luego de oír la explicación completa de la chica―, pero te expusiste a ti misma. ¿Qué les hubiéramos explicado a tus padres si te hubieses herido? Nosotros habríamos sido los culpables por no vigilar a nuestros estudiantes como es debido.

Pero, señor director, le lanzó el perro a su amiga ―comenzó a rebatir el profesor de Pociones.

¿Está herida Susan Clapp, Severus?

No, aparentemente, pero…

Entonces, no hay de qué preocuparse. Y creo que esto no merece un castigo, ya fue suficiente con los puntos que restaste a Ravenclaw. Ahora, Merlina, necesito que me prometas que no te expondrás más de esa manera. ¿Lo prometes?

Lo prometo ―contestó, cabizbaja.

Bien. Tengo que mandar unas cuantas cartas al Ministerio, así que, si ya no hay nada más que decir, pueden retirarse.

Una fuerte energía magnética los mantenía distanciados al bajar la escalera de caracol. Merlina iba tras el profesor, aguantándose las ganas de patearle el trasero. Suerte que pudo realizar algo parecido luego de salir por el espacio que había dejado la gárgola. Inconscientemente se había tocado la túnica palpando el obsequio para Drake que llevaba la carta adentro también, notando que no había alcanzado a ir al correo y ya no tendría oportunidad.

Los ojos se le inundaron de lágrimas. Miró hacia atrás; Severus ya había avanzado la mitad del pasillo, pero logró alcanzarlo justo para lanzarle el paquete a la cabeza y gritarle:

¡Sólo quería enviar el regalo de cumpleaños a mi hermano!

Snape se volteó con lentitud, atónito, y recogió el regalo.

Esto es un ataque, así que mereces un castigo.

La chica se volteó y salió corriendo. Aun así, alcanzó a escuchar un "¡MAÑANA A LAS CINCO EN MI DESPACHO! ¡O te juro que te pongo otra "I"!

―Creo que todo lo que nos has dicho no se diferencia en nada a lo que ocurrió cuando llegaste a Hogwarts hace dos años ―se burló Ginny.

―No sé, ya saben que no lo recuerdo, salvo por lo que me contaron ustedes… pero así era Snape conmigo en ese entonces.

―¿Y en qué consistió tu castigo? ―preguntó la pelirroja, evidentemente interesada.

Merlina arqueó las cejas.

―Pues… nada importante, la verdad. Sólo me hizo limpiar unos cuantos calderos sin magia y me dio deberes extras… en todos saqué Supera las Expectativas. Y, misteriosamente, el "Insuficiente" no apareció jamás en mis calificaciones finales. Ah, y me prohibió las próximas dos salidas al pueblo.

Merlina dedicó sinceras sonrisas a sus dos amigas. No importaba lo que hubiese ocurrido, seguían siendo sus amigas. Fuera lo que tuviera que pasar, iba a enfrentarlo como lo había hecho con muchos sucesos de su vida, como el fallecimiento de sus padres. De pronto, recordó que faltaban seis días para su aniversario de muerte… y para su cumpleaños.

Súbitamente sus ojos se empañaron.

Ginny le dirigió una mirada a Hermione, ambas comprendiendo el significado de esa expresión, así que intervinieron de la mejor manera.

―Merlina, ¿qué tal si celebras tu cumpleaños? ¡Podríamos celebrarlo juntos! ¡Harry está en tres días más!, ¿recuerdas? ¡Yo estoy el día once! Podemos hacerlo en grande y así no te sientes sola ―dispuso Ginny entusiasmada.

La joven dudó un montón de tiempo antes de acceder a las peticiones desbordantes de felicidad de las chicas. Era difícil decir que sí cuando esa había sido una fecha tan oscura; por otro lado, no podía permitirse a sí misma caer en alguna otra depresión. Si le estaban ofreciendo la oportunidad de alegrarse, tenía que aceptar. No podía trabarse en sus recuerdos. Debía seguir con su vida normal. El puro orgullo era lo que la mantenía a flote.

―¡Tenemos que partir enviando las invitaciones! ―propuso Hermione.

―Sí, podemos invitar a nuestros amigos de Hogwarts; todos te aprecian, Merlina.

―Bien… sin embargo…me ataca una duda, ¿no se supone que están de vacaciones?

Ginny sonrió. Para la Merlina del presente, ese tipo de sonrisa hubiera resultado extraño, pero a la del pasado, le pareció una sonrisa como cualquier otra.

―La mayoría están en sus casas… Eso es lo que hemos sabido ―se adelantó Hermione.

―¡Pues bien, manos a la…!

—¡Un momento! ―saltó Merlina alarmada, cortando la frase de Hermione―. No invitarán a Snape, ¿cierto? ―La pregunta sonó más como un ruego que como lo que era en realidad.

―Claro que no, puedes estarte tranquila ―le aseguró la Weasley.

―Perfecto, ahora sí podemos ponernos manos a la obra ―concretó Merlina poniéndose de pie―. ¿Dónde hay pergamino y pluma?

Una mirada fugaz cruzaron sus amigas como si ocultaran algo. Antes de que pudiera preguntar, Hermione explicó:

―Enviaremos nuestros Patronus; las cartas pueden llegar a las personas equivocadas ―Ginny asintió con fervor―. Sólo guardan algunas palabras, ya sabes, un mensaje corto, pero es más seguro y rápido que las cartas.

Merlina se encogió de hombros.

―Bien, yo no sé hacer Patronus, menos cuando no tengo recuerdos felices ―al ver las expresiones de tristeza de las muchachas agregó―. O sea, he tenido momentos felices, pero nada que me vuelva loca… Así que, ustedes saben lo que hacen.

―Volvemos en un rato para hacer la lista de las compras ―prometieron y salieron por la puerta.

Luego, lejos de los oídos de la celadora, Ginny se dirigió a Hermione:

―Me siento culpable, como si yo misma fuera Snape, ¿tú no?

Hermione formuló una mueca antes de contestar.

―Sí, me siento culpable pero…―vaciló―, es mejor contarle que el mundo mágico va en decadencia cuando pase su hora de felicidad. Se merece un tiempo alegre, ¿no?

―Se lo merece más que nadie ―corroboró Ginny, apenada―, además, Harry y Ron están de acuerdo también.

Mientras tanto, Merlina escribía una carta a su primo Philius contándole lo ocurrido. Luego de él, no había nadie más con quien contar.

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El mensaje de cada Patronus fue "Fiesta Weasley, cumpleaños al cubo, 3 de agosto, 6 p.m.". No alcanzaban más frases ni más explicaciones del motivo de la fiesta. Casi treinta Patronus ―nutrias y caballos― salieron de la Madriguera en rumbo a distintas direcciones, tanto para el personal de Hogwarts como para amigos de Harry y Ginny en común, sin dejar de lado a la Orden completa, excepto a un personaje. Casi iban a ser cuarenta personas e iban a tener que arreglar las cosas con anticipación. Los gastos se los repartieron entre Harry y Merlina. Justo cuando se preguntaba de dónde diablos sacaría el dinero, Gringotts le envío su nueva llave para la bóveda.

―Recuerda que la tuya se quemó en el incendio… ―le recordó Hermione con pesadumbre.

Los señores Weasley, Charlie, Bill y Fleur se hicieron cargo de las compras al día siguiente, mientras los gemelos, las muchachas, Ron y Harry, junto con ella, montaban una carpa púrpura ―el color favorito de Merlina― con la mesa de la cocina agrandada diez veces con un encantamiento que había aprendido Hermione hacía poco.

En la noche del 31 de julio, para el cumpleaños de Harry, se presentaron dos visitas inesperadas: Percy Weasley, el hermano desaparecido y conflictivo de la familia junto con su novia Penélope Clearwater. Merlina sintió mucha pena cuando vio llorar a Molly a lágrima viva sobre el pecho de su hijo, quien la abrazaba fuertemente.

―¿Por qué llora?

―Ah, Merlina ―suspiró Fred―, esa es una larga historia, que la supiste alguna vez, pero que no vale ser narrada otra vez… El resumen es: pelea familiar, Percy se va, Percy vuelve y nos hace la vida imposible de nuevo…

Merlina del pasado, que jamás había obtenido referencia alguna del recién llegado, pudo notar de igual forma que Percy Weasley era pomposo y remilgado. De todos modos se sintió conforme al ver cómo los Weasley tenían un momento a solas para conversar, para hacer las paces.

―Tarde o temprano tenía que volver, con todo lo que… ¡Auch!

Merlina no vio cómo el pie de Hermione pisaba a Harry.

―Con todo lo que estuvo enojado… o sea, tenía que volver ―puntualizó Harry, finalmente.

―La familia no se debe abandonar ―señaló Merlina mirando al cielo.

El día previo a la fiesta, la cocina estuvo abarrotada desde la mañana hasta la última hora de la noche. Todos hacían algo: aliñar la carne, pelar papas, picar las ensaladas, batir ponches y cremas…

Merlina veía mucha felicidad en su entorno y recibía constantemente muestras de cariño de los Weasley y los demás, incluso de Percy. En conjunto, todo aquello le animó a estar sonriente y a estar dispuesta a pasar un buen cumpleaños número veinte… veintiocho.

Justo cuando dieron las doce y un minuto, Merlina, pensó con nostalgia: Si se puede pedir el deseo antes de soplar las velas… sólo quiero recuperar mis memorias, antes de que sea demasiado tarde… antes de que tenga que lamentar algo.

Lo último en terminarse en hacer fue el pastel de chocolate y fresas, receta de Molly y hecha de la mano de Fleur.

Se despidieron alegremente, y cada una de las habitaciones fue repletada por almas tranquilas, para luego cerrar los ojos y dormir plácidamente.

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―¡FELIZ CUMPLEAÑOS!

Casi le dio un ataque al corazón al oír semejante grito en su oído. Hermione también estaba dormida, eso lo dedujo porque puso cara de horror igual a la de ella.

Antes de que pudiera replicar, Ginny ya le había puesto un paquete en los brazos.

―¡El primer regalo de la mañana! ¡Ábrelo!

Hermione se levantó y rebuscó el suyo también para entregárselo.

―¡Un vestido! ―se sorprendió Merlina con una sonrisa, confundida―. Es muy hermoso, pero… ¿para qué lo quiero?

Ginny ofendida le arrebató de las manos una pieza de tela morada de las manos.

―¡Es para que lo uses hoy! Yo también tengo uno; Hermione, mi madre y Fleur igual. Y te apuesto a que todas las chicas estarán con vestido.

―Ah, bueno, entonces sí… ¡Está lindo! De verdad me encanta.

Ginny se lo devolvió a regañadientes.

Luego llegó el turno de desenvolver los zapatos de Hermione. Se alivio al ver que el taco era bajísimo.

―Supongo que ya no tendré que ocuparme de la ropa.

Se sintió muy culpable al recibir un regalo de Harry. Ella no le había regalado nada por no tener tiempo de pedir algo vía lechuza, aunque a él no le importó en absoluto. A la vez se emocionó, porque jamás había recibido tantos regalos —no al menos que recordara—. Lo más probable era que el año anterior hubiese sucedido lo mismo; no dudaba de los Weasley, intuía que habían sido siempre muy buenos con ella.

El abrir regalos no lo era todo: quedaba el arreglarse, y había un solo baño, así que eligieron turnos, y el de Merlina fue el último: según las muchachas, tenía que estar fresca y radiante.

A las cinco y media de la tarde estuvo completa: Vestida, peinada, perfumada… Definitivamente la impresión de verse tan diferente frente al espejo fue grande, pero aún más terrible se sintió al observarse tan grande, tan adulta. El espejo era lo que había evitado desde que perdió la memoria. Los ojos se le llenaron de lágrimas al ver algunas pequeñas arrugas de la risa cerca de la boca y una solitaria cerca del ojo izquierdo. Eso era lo único que indicaba el paso del tiempo. Su pelo castaño oscuro seguía intacto, sin ser visitado por las canas aún, pero al quedar tan liso como lo llevaba, demostraba toda su longitud y que había transcurrido mucho tiempo: a los diecinueve años ella usaba el cabello hasta los hombros.

Gracias al reflejo del espejo vio el brillo del anillo que llevaba en el índice derecho. Ya lo había visto hace días, pero recién ahí comprendió su significado.

―¡Ni se te ocurra llorar! ―la reprendió Ginny mirando su reflejo, interrumpiendo sus pensamientos―. Arruinarás el maquillaje.

Merlina se sorbió la nariz y sonrió.

―Estoy bien… bajemos. Los invitados deben estar por llegar.

Y no se equivocó. Con quince minutos de adelanto llegó Luna Lovegood con una canasta de dulces hechos a base de hormigas, según ella, pero Hermione sabía que eran diablillos picantes.

A las seis en punto hubo explosiones masivas afuera de la verja de los Weasley, que indicaba la aparición de los invitados. Para sorpresa de Merlina, muchos la saludaron dándole la mano. Ella sólo podía sonreír y escuchar los susurros de Ginny sobre quién era cada persona.

―Bien, Ron y yo nos quedaremos recibiendo a los demás ―avisó Hermione―. Ustedes, los cumpleañeros, vayan a compartir con los otros.

Harry, Ginny y ella se adentraron a la carpa, donde se oía una suave música de fondo, saludando y hablando con quien se les cruzara por delante. Merlina sintió paz al ver a McGonagall, alguien conocida, y se dispuso a conversar con ella. Luego se unió Flitwick y Sprout.

―Dumbledore no va a venir ―le dijo formulando una mueca en su rostro severo―. Ya sabes, está bastante ocupado con el Ministerio, todos estos problemas con los dementores en Azkaban y los Mortífagos…

Merlina pensaba preguntar de qué problemas hablaba, pero se distrajo al ver llegar a su primo Phil, quien la buscaba con la mirada. Corrió hasta él y lo aprisionó en un abrazo, encorvando su espalda: Phil era mucho más bajo que ella, y con los tacos de dos centímetros le parecía más pequeño aún.

―¡Oh, Phil! ¡No sabes por lo que he pasado!

―Menos mal que no te olvidaste de mí, porque, sino, estarías muerta.

Se soltaron y se miraron a los ojos. Él estaba tal como lo recordaba: bajito, musculoso, cabello bien peinado y barba recortada, siempre a la moda y con una mirada conquistadora.

―¿En serio no recuerdas nada de… nada? ¿Ni de mi boda? ―preguntó él, evidentemente herido.

Merlina abrió la boca y arqueó las cejas, anonadada, recibiendo la primera sorpresa de la tarde. Las chicas le habían mencionado ya algo de una boda, pero no imaginó que fuera él, y entre tanta información, no lo procesó realmente.

Negó con la cabeza en respuesta a la pregunta.

―Pues bien, se llama Celyn y está esperando un hijo mío.

El corazón se le aceleró de la emoción, recibiendo la segunda sorpresa de la tarde.

―¿Alguna otra cosa? ―farfulló con un hilo de voz, preparándose para alguna tercera sorpresa.

No obstante, no fue Phil que le respondió.

―¡Merlina! ―le gritó Hermione sin aliento, apareciendo al lado de ella de un momento otro. Había corrido una maratón; su pelo liso había sufrido algunos enmarañamientos por los nervios.

―¿Qué sucede? ―indagó, aunque al ver la expresión de la chica, sin tener claro el porqué, supo la respuesta antes.

―Snape vino. Vino, Merlina.

En efecto. Por la entrada principal de la carpa Merlina vio entrar al hombre de sus recuerdos, casi doce años más viejo, pero con la misma capa, el mismo pelo y la misma expresión insondable. Él, apartando la cortina con una mano, observó el lugar como buscando a alguien.

A Merlina el corazón casi se le salió del pecho y se le cortó la respiración.

Luego de que casi el mundo se le puso al revés por la amarga sorpresa, la joven celadora se agachó, agarró del brazo a Philius y a Hermione, y se los llevó debajo de la mesa que estaba a unos pocos metros de donde se hallaban parados. Los tres se escondieron allí, protegidos por el gran mantel que caía hasta el césped.

―¿Qué hacemos ahora? ―farfulló Merlina con evidente miedo en la voz, aun cuando era imposible que los escucharan allá abajo. Temblaba y no tenía ni una pizca de frío. Su voz también estaba trémula.

Phil le dio un suave palmetazo en la cara a su prima sonriendo con frivolidad.

―Disculpa, ¿cómo que "qué hacemos ahora"? ¡Eres tú la que debería tener un plan! ¡Tú perdiste la memoria!

Merlina tomó de los hombros a Hermione, quien estaba situada al frente de ella. La piel la tenía de gallina.

―Tienes que ayudarme ―le suplicó al darse cuenta de que Phil no tenía idea de nada.

―Merlina ―la voz le temblaba mientras se sacaba sus manos desesperadas de encima―, si cumples todo al pie de la letra, todo lo que te dijimos con Ginny, tratando de actuar con normalidad ―tomó aire porque todo lo estaba diciendo muy rápido―, no sucederá nada. Tienes que actuar y todo estará bien, hasta que pueda pensar en algo para que recuperes tus recuerdos ―recalcó.

―Habrás perdido parte de tus memorias, pero sigues siendo tú, Merlina ―le soltó Phil mirándola intensamente con sus ojos claros preocupados―. Tienes que ser tú, simplemente fingiendo que tienes una relación con Snape, que todo está bien.

Merlina se puso la mano en la boca, apretándose los labios: un tic nervioso.

No puedo… no puedo… ¿qué voy a hacer? Usar el plan de las chicas… sí… ¡pero sé que no resultará!

―Va a salir todo bien ―la alentó Hermione dándole una palmada en el brazo y sonriendo confortadora―. Y no puedes esperar más, porque en un rato reunirán a los cumpleañeros para saludarlos oficialmente, y si no apareces… La fiesta resultará ser un fracaso ―lo último sonó algo amenazador―. Tal vez a Harry no le importe, pero créeme que para Ginny será una ofensa fatal.

La celadora cerró los ojos con fuerza y apretó los puños, juntando energías para actuar. Por poco sus fuerzas flaquean.

―Está bien ―se resignó sin aire―, pero tendrán que ayudarme de todas maneras ―se volvió hacia Phil―. Tú tienes que ayudarme. Distráelo unos minutos mientras yo me preparo afuera de la carpa. Cuando esté preparada, entraré y le saludaré y… ―suspiró― haré todo lo necesario para guardar las apariencias.

―Ni aunque hayas perdido la memoria me cae bien ese sujeto ―reconoció Phil con la mandíbula apretada―, pero lo haré por ti. Vamos.

Phil y Hermione salieron como si nada debajo de la mesa; Merlina, en cambio sacó la cabeza, miró para todos lados, alerta, antes de gatear raudamente hasta la salida más cercana. Las rodillas le quedaron verdes por aplastar el pasto, así que intentó limpiarse con el mismo vestido.

―Demonios… ―farfulló.

Afuera comenzaba a ponerse el sol. La casa de los Weasley, solitaria en su interior, estaba a casi diez metros. ¿Qué tal si se escondía allí?

Sí, claro, y esperar a que él me vaya a buscar y me encuentre sola. De seguro, si es que sigo siendo la misma a pesar de todo, eso sería muy predecible de mí.

Se puso tras la cortina de aquella entrada mirando hacia el interior, apenas asomándose. Tras no ver a nadie hasta donde alcanzaba su vista, se adentró un poco más, pero Snape ya no estaba. Phil miraba para todos lados con el entrecejo fruncido. Luego se topó con su mirada y se encogió de hombros moviendo los labios para comunicarle un "desapareció" muy desconcertado.

Una exhalación de paz salió de la boca de Merlina. Volvió a ponerse tras la cortina y apoyó la frente en el frío soporte de fierro, uno de los tantos que tenía la carpa, con los ojos cerrados.

Se fue. No me vio y se fue. Puedes estar tranquila.

O no tanto.

Cruzó los brazos para frotárselos con las manos y recuperar el calor perdido.

De pronto…

Se quedó de piedra cuando se sintió aprisionada en un abrazo. Sin despegar la frente del fierro abrió los ojos mirando los brazos que la rodeaban. Se puso tiesa, apretando los puños. No podía zafarse: Snape impedía que moviera los brazos.

Se puso muy nerviosa, pero el mago no percibió la reacción, estaba muy sumido en oler el pelo de Merlina, hasta llegar a su oído y luego a su cuello, donde escondió el rostro.

―Tuviste todo el derecho ―farfulló con una voz suave que le provocaron a ella varios escalofríos seguidos― en no invitarme. Esta vez no lo negaré. No te diré que no hice lo que piensas que hice. A pesar de eso… no pude evitar presentarme, a sabiendas que todos vendrían; menos en esta fecha tan importante. Es importante para mí todo esto, lo creas o no ―liberó un largo suspiro acongojado―. No te he mirado a la cara, pero sé que te ves hermosa, como siempre.

Ella no contestó: le daba igual verse hermosa o no. Estaba paralizada.

―Sé que me estabas evadiendo, tal como lo hice yo contigo, pero ¿me perdonarías, Cerdita Silenciosa?

El corazón de Merlina latía con fuerza. También sentía el de Severus en la parte alta de su espalda, casi al mismo ritmo del suyo. Las manos le temblaban y las mejillas las tenía encendidas. ¿Qué era eso de "Cerdita Silenciosa"? En otro contexto le hubiera causado gracia.

O eso era un sueño muy bueno, porque todavía Snape no sospechaba nada, o todo se convertiría en pesadilla pronto. Estaba teniendo reacciones adolescentes; esos nervios no podían ser normales.

―¿No? ―insistió Severus al no oír respuesta. Apegó esta vez la mejilla a la suya, mirándola de reojo.

Merlina estaba petrificada, pero pudo formular un seco asentimiento con la cabeza.

―Sigues enojada… Pero me vas a tener que perdonar, prometo… ―vaciló―. Prometo contarte todo. Pero, perdóname.

Entonces se separó de ella y la giró hacia él.