Capítulo 14: Fracaso

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Merlina abrió la boca de la estupefacción. Estaba tan cambiado, ahora que lo veía de cerca… Mucho más que ella. Era lógico, por tener una diferencia de edad no menor, pero esas arrugas que surcaban su cara eran de cansancio. No cabía duda de que el profesor estaba demacrado. Eso le hizo fruncir el entrecejo. Él lo interpretó como parte de su actitud rencorosa.

Se aproximó hasta ella con una mueca de exasperación para besarla, pero Merlina corrió la cara por reacción innata. Sentir la respiración de él tan cerca le causó trillones de mariposas en el estómago. Se sintió invadida, acosada.

¡Vamos, estúpida! ¡No te quedes callada! Dile algo, dile algo…

―N-no pensará, profesor Snape, que lo perdonaré tan fa-fácilmente ―tartamudeó.

¡¿Tartamudeas ahora?!

Severus Snape la miró con los ojos entrecerrados, pero luego sonrió con maldad.

―No, no creo, pero podría intentarlo.

Se aproximó a su oído esta vez y siseó un ronco "Te amo".

Por un segundo el corazón de Merlina dejó de latir y, cuando tomó el curso nuevamente, lo hizo con mucho dolor.

Las muchachas le habían dicho todo lo contrario de Snape: que no era cariñoso, que le ocultaba cosas, que no le decía "te amo" con tanta facilidad… Y allí estaba sucediendo todo lo contrario en demasiado poco tiempo.

Severus la miró a los ojos esperando respuesta.

―¿Gra…cias? ―susurró sin tener idea de qué tenía que contestar. Lo más obvio era decir "yo también", pero si no lo sentía… o creía no sentirlo, ¿cómo lo iba a decir?

Las facciones de Snape se tensaron.

―¿Eso es todo? ¿No me vas a disculpar? Acá no puedo hablarte con tranquilidad, así que si quieres que te diga lo que prometí, tendrás que esperar hasta que podamos tener un momento a solas ―le espetó Snape de mala gana, cambiando toda la amabilidad por orgullo puro.

Merlina se intentó echar hacia atrás, pero estaba el poste. No podía retroceder más. A la vez, sintió una punzada de ira por el último incidente que había recordado, y que se sentía aún reciente.

No te fijes en eso, ya pasó hace años, estás en el futuro… digo, en el presente… finge, finge…

―¿Qué pasa? ¿Quieres que me arrodille?

Merlina sacudió la cabeza por los graves errores que estaba cometiendo e intentó mantener la calma, haciendo un esfuerzo descomunal por recuperar la personalidad que se suponía que tenía en la actualidad.

―No… No… profesor, yo…

―¿"Profesor"? ―la cortó Snape alzando las cejas―. Pensé que eso era parte de una ironía, pero ¿desde cuándo que me llamas así?

Merlina que, en ese momento estaba toda una experta para tergiversar las palabras en estado perturbable, comprendió mal.

―Lo siento, profesor Snape ―recalcó alzando las manos como si eso pudiera calmar a Snape.

―¡Por favor, Morgan! ―exclamó enojado―. ¡Estoy siendo serio contigo, esto no es ninguna broma!

―Pero, por favor, Profe… ―se tapó la boca.

No debía llamarlo "profesor", eso era lo que quería decir Snape. Estaba cada vez metiendo la pata más y más profundo.

―Lo siento… Snape ―corroboró. Sin embargo, a Snape no lo engañaba. En ese momento le miraba con atención la barbilla, que le temblaba.

―¿Qué te sucede? ―murmuró acariciándole la mejilla. Merlina tembló otra vez y, con algo de brusquedad le tomó la mano para que se la sacara de la cara.

―Nada, no me pasa nada.

Definitivamente, el premio para la peor actriz debía ser dedicado a Merlina Morgan.

Severus bufó, preocupado.

―¿Sabes con quién estás, hablando, no? ―inquirió unos segundos después, aún teniendo la mano afirmada por la de Merlina.

―Por supuesto que sí ―lanzó una risita nerviosa―, con Severus Snape.

Se alivió al notar su propia voz más tranquila.

Se reparará… el daño causado se reparará.

Ella sabía, muy en el fondo, que eso no se quedaría hasta ahí. Snape seguía siendo el mismo: no se andaba por la superficie, su afán era llegar hasta el fondo, aunque no lo tuviera… pero esto sí tenía un fondo, un fondo sin recuerdos.

―¿Eso solamente? ¿Con "Severus Snape"?

―O sea, con mi no… ―iba a decir "novio", pero al ver su mano derecha afirmando la izquierda de Snape, se interrumpió―. Mi prometido.

―Miraste el anillo ―la acusó Snape, desconfiado.

―No, no lo miré ―negó Merlina soltándole la mano.

―Sí, lo miraste. Si no lo hubieras hecho, no te hubieras acordado del compromiso.

―Me hubiera acordado ―se defendió Merlina, obstinada.

―Estás diferente ―insistió Severus con los dientes apretados.

―No, soy la misma ―lo dijo más para convencerse a sí misma que a Snape.

El profesor de Pociones negó con la cabeza con el entrecejo extremadamente fruncido.

―¿Sabes lo que hubiera hecho la Morgan que conozco? Se hubiese hecho la difícil antes de abrazarme y besarme, y hubiera dicho cosas mucho más cuerdas de las que tú has pronunciado ―pronunció entre dientes.

―¿En serio? Digo… ―se intentó corregir acercándose para abrazarlo.

Fue Snape quien la rechazó esta vez.

―¿Cómo me llamo? ―le preguntó, ya no enojado. Estaba asustado.

―Severus Snape.

―Mi nombre completo, Morgan ―gruñó.

Las mejillas de Merlina tomaron nuevamente su color pálido al saber que todo iba a salir mal. No tenía escapatoria.

―Su nombre… o sea, tú nombre es… ―decidió usar parte de su encanto infantil de antaño― un nombre muy lindo.

No hubo risas, sólo una mirada gélida y profunda hacia sus ojos. Trató de rehuir de su mirada, pero Severus le afirmó la barbilla.

―No me esquives ―le advirtió.

Merlina se sintió desfallecer, y a pesar de que debió haber tenido la sensación de ser salvada por la campana cuando los gemelos Weasley salieron de la carpa para ir hacia la casa, tuvo el efecto contrario al notar el "ya-me-di-cuenta-de-lo-que-pasa" de Snape. La tomó del brazo y la llevó consigo hasta ellos.

―¡No, pro… Snape! ¡Snape, prometo…!

El "prometo contártelo todo" quedó inconcluso.

Snape se plantó frente a los gemelos, interponiéndose en su camino, exhibiendo a Merlina a su lado.

―Sí, con unos cuantos globos más podremos…

Cerraron la boca al ver la ira que expelía Snape.

―¿Qué… ―tomó aire― le hicieron a Morgan?

Silencio.

Merlina miró a los gemelos, asustada. Los gemelos se congelaron con la misma expresión, mirando al profesor.

―¡Contesten! ¿Qué le hicieron?

Más silencio. Si no hubiese habido música en el interior de la carpa, la gente se hubiera asomado.

―Ellos no me hicieron nada ―intervino la celadora antes que Severus vociferara otra vez―. Fui yo.

Pero los gemelos salieron en su defensa.

―Fue nuestra culpa ―reconoció Fred con culpabilidad―, la obligamos a jugar Quidditch en el campamento que hicimos hace seis días.

―Y su escoba se descontroló, no pudimos impedirlo ―agregó George.

―Tuvo que saltar a la escoba de Harry ―continuó Fred―, pero sucedió lo mismo.

Los ojos de Snape brillaban, atentos a la narración. Merlina supo que él ya se veía venir el final de la historia.

―Entonces, se tuvo que soltar, si no, ambos iban a caer ―añadió George, suspirando.

―Y cayó entre unas ramas, en la copa de un árbol.

―Pensamos que no le había sucedido nada, aparte de la inconsciencia…

―…pero cuando despertó…

―…nos dimos cuenta de que había perdido parte de su memoria al no reconocernos.

―La verdad es que retrocedió a los diecinueve años ―puntualizó Fred, como si eso zanjara el asunto.

―¿Dónde está Potter? ―escupió con ira. Merlina comprendió que quería encontrarlo para cargarla con él, tal como había vaticinado Hermione.

―Por favor, no hagas nada, Snape, no le eches la culpa a Harry… ―dijo tuteándolo; ya había comprendido que la formalidad de llamarlo "profesor" podía molestarle mucho más.

Severus se quedó callado por unos segundos, temblando. Luego, sin decir nada, emprendió camino hasta las vallas.

Los gemelos miraron con lástima a Merlina, mientras continuaban caminando hacia la casa.

Antes de que Snape abriera la verja, la joven lo alcanzó agarrándole la túnica y obligándolo a mirarla. Los ojos le brillaban.

―Podemos intentar arreglar todo esto, ¿lo intentamos? ―susurró, casi suplicante.

Snape negó, sin decir palabra.

―Debí haber sido sincero contigo desde un principio ―añadió luego―. Entonces nada de esto hubiese ocurrido.

―Pero, podemos intentar algo…

―No hay nada que intentar. ¿Me amas?

―Yo…

―¿Ves? No hay nada que intentar ―reconoció abatido, esfumándose.

Tras su desaparición con un sonoro "Plop", Merlina no tuvo más remedio que regresar a la fiesta sintiéndose fatal, como si hubiese recibido un baño de agua fría… y peor.

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Llegando al castillo pensó de inmediato en la persona que podría escucharlo en esos momentos. Iba a decir la contraseña a la gárgola con forma de pájaro, cuando recordó que Albus podía no estar. O podía estar escribiendo cartas importantes o, simplemente, leyendo para hacer sus típicas averiguaciones secretas.

No quería molestarlo; ya lo había hecho muchas veces antes por el mismo tema, y todo quedaba siempre reducido a una sola respuesta: "Es tú culpa, Severus". No quería volverla a oír por largo tiempo.

Se llevo una sorpresa, sin embargo, al llegar a su despacho y ver al mismísimo Albus Dumbledore aguardándole, de espaldas a la puerta, junto al fuego.

―¿Director? ¿Sucede algo?

Dumbledore se giró y estudió el rostro de Severus.

―No, pero tal vez a ti sí.

Snape avanzó lentamente hasta uno de los sillones.

―¿Cómo lo sabe? ―balbuceó Snape, serio.

―Lo presentí. No siempre puedes pretender que salga todo color de rosas cuando cometes tantos errores seguidos ―le reveló sin pelos en la lengua.

Severus se dejó caer pesadamente, apoyando la cabeza en la parte alta del respaldo, mirando al techo.

―¿Sabía algo, Albus? ―preguntó con frialdad.

―No sé qué tendría que saber. ¿Qué ha pasado? ―El hombre alto de barbas blancas se sentó frente a él sin formular sonrisa alguna.

―Ha perdido la memoria. —La respuesta de Snape fue expuesta de manera rápida y afilada―. Pero, prácticamente, lo único que ha olvidado ―agregó, mirando por fin al director―, ha sido todo lo vivido conmigo… el último tiempo.

―O sea, que lo único que recuerda es a un hombre mucho más amargado que el de ahora, ¿no?

Snape odiaba oír tanta verdad de ese modo, por eso dirigió una mirada de desprecio a Albus. Asintió casi imperceptiblemente con la cabeza.

―Al menos ya no estará sentida por tu alejamiento. —Severus gruñó y Albus decidió dejar el sarcasmo de lado―. Pero eso no es lo importante. Ahora, lo que debes preguntarte es: ¿qué piensas hacer ahora, Severus? ―cuestionó Dumbledore mirándolo con sus penetrantes ojos azules.

Severus Snape no tenía ni una sola idea en su mente atribulada. Se limitó a encoger los hombros.

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Merlina entró justo a la carpa en el momento que Molly pronunciaba su nombre. Con algo de esfuerzo pudo fingir una grata sonrisa a la hora de recibir los saludos oficiales de sus conocidos, y presenciar el alegre canto cumpleañero entonado por cada uno de los invitados.

Merlina estaba tomada del brazo de Harry y Ginny. Siendo de la misma estatura que Harry, desde una gran distancia lograba parecer una estudiante más, a excepción por estar consciente de que acababa de cumplir oficialmente las veintiocho primaveras y que, en el momento en que se miraba en el espejo, se borraban todas las dudas de su edad.

El pastel tenía una sola vela color chocolate y gruesa, que fue soplada por los tres a la vez. Hubo muchos aplausos y felicitaciones. Nadie tenía sospecha alguna de lo sucedido con Severus, ni si quiera los muchachos. A la hora de pedir el deseo, simplemente recordó lo mismo ya rogado hace unas cuantas horas atrás.

Necesito recuperar mis memorias, por favor. No quiero que mi vida se arruine…

Se alejó del pastel cuando toda la multitud se aproximó a recibir un trozo. A Merlina se le había pasado el hambre, y debía dejar espacio para la abundante cena con la que todos habían cooperado.

Tomó una silla y se alejó, instalándose cerca de la misma salida en donde había ocurrido todo. Necesitaba un poco de aire fresco.

―¡No estás comiendo torta! ―la acusó Ginny que llegaba a su lado con un trozo muy generoso.

―Es que no tengo hambre ―se excusó inocentemente.

―Vamos, prueba un pedazo.

La pelirroja le extendió el tenedor con un enorme trozo achocolatado, así que no tuvo más remedio que aceptarlo. Acababa de decidir guardar las apariencias.

Estaba sabrosísimo, pero le cayó como un trozo de plomo al estómago. Antes que le diera una arcada, dijo que estaba fabuloso.

―Molly Weasley es invencible con los dulces caseros ―alabó Ginny con un guiño―. Aunque la hizo Fleur, pero es receta de mi madre ―añadió orgullosa.

A los lejos Merlina divisó a Hermione, que se aproximaba a ella con una sonrisa de oreja a oreja.

―¡Merlina! Tuviste suerte, ¡Snape se fue! Eso es lo que me dijo Phil, así que no hablaste con él, eso es bueno.

―¿Snape vino? ¡No me di cuenta! ―chilló Ginny espantada.

―Sí, pero se fue ―repuso Hermione haciendo un gesto con la mano para que no se preocupara.

Merlina se mordió el labio antes de decir la verdad.

―Eh… muchachas ―dos pares de ojos atentos la observaron―, la verdad es que me encontró y… hablamos. Me pilló de sorpresa ―reconoció ocultando la reacción real tras una sonrisa.

Las expresiones de ambas se ensombrecieron.

―Pero pudiste manejarlo todo sin problemas, ¿no? ―farfulló Hermione pasándose las manos por el vestido azul, alisándolo aunque no tuviera arrugas.

―Por supuesto ―corroboró Merlina con una falsa seguridad.

Weasley y Granger suspiraron sin peso alguno. Sin embargo, Merlina no podía mentir. Simplemente no podía hacerlo, porque eso estaba causando la represión de muchos sentimientos.

―¡No, no pude! ―repuso con un hilo de voz. Las tomó del brazo y las acercó a ella sin pararse de la silla―. Lo arruiné… todo…

―¿Qué quieres decir? ¿Qué se enojó contigo y se fue furioso de la fiesta o algo por el estilo? ―la voz de Ginny salió a toda velocidad de sus labios.

―Sí, eso mismo. Fred y George están de testigos.

Una vez sentada y las muchachas a cada lado en sillas, protegiéndola, les narró párrafo por párrafo, detalle por detalle. A medida que lo iba haciendo, la calma fue invadiendo poco a poco su cuerpo, para luego ser, súbitamente, reemplazada por la incomodidad. Snape siempre la había maltratado y volvió a hacerlo, sin haber diferencia alguna. Sin contar el sutil acercamiento, claro… Pero eso no quitaba el hecho de haber sido regañada o disminuida. Por mucho que aún le causara sensaciones extrañas…

―Ya pasó, Merlina, no hay vuelta atrás. Lo único que puedes pensar es en qué harás. ¿Lo sabes?

Merlina negó con la cabeza, sin tener una idea acertada o aproximada.

De un modo u otro tuvo que animarse para no levantar sospechas de nada a los invitados. Era su cumpleaños y debía estar feliz, y aquella felicidad duró mientras bailó con Phil y los muchachos, luego de la cena, enterándose de nuevas cosas, como que ella iba a ser madrina del pequeño Fergus o la pequeña Sally, según lo que llegara a formarse. Celyn tenía casi tres meses de embarazo y estaba en reposo absoluto porque tenía posibilidades de perder el bebé. Aun así, las esperanzas sobraban.

―¿Crees que pueda ser una buena madrina, con la inmadurez a la que he retrocedido? ―indagó desesperanzada.

Phil pareció reflexionar unos segundos, pero antes de que pudiera decir demasiado, Merlina se volteó para ver quién le había tocado el hombro.

―¿Disculpa? ―inquirió insegura observando al sujeto, con el entrecejo fruncido. Éste le ofrecía un ramo de flores y la miraba con una sonrisa de oreja a oreja. Con Phil intercambió una mirada de desconcierto.

―¿Lo conoces? ―preguntó Phil a Merlina.

Negó con la cabeza y miró al atractivo hombre trigueño que alzó las cejas, ofendido.

―¿Te conozco?

―¿Qué? ¡Vamos, Merlina! ¿De nuevo? ¿Tan mala memoria tienes? ¡Soy Ackley Edelberth!

La boca de Merlina se abrió tanto que pareció que iba a separársele las mandíbulas.

Hacía tan sólo unos meses había estado con… No. Un momento, eso fue hace años, sin embargo…

―Phil, perdóname ―susurró a su primo antes de tomar a Ackley y llevárselo a un extremo de la mesa donde se sentaron casi frente a frente―. ¿Qué haces aquí? ―exigió con las mejillas ardiendo de vergüenza.

Ackley formuló una sonrisa dolorida en su cara y le acercó el ramo de flores multicolores.

―¿Puedes, aunque sea, primero aceptar esto?

Merlina se lo arrebató de las manos y lo dejó en la mesa, sin importarle que una montonera de platos sucios estuviera sobre el mantel.

―¡No puedes presentarte así como…! ―se calló unos segundos y recordó en el país que se ubicaba―. ¿Qué haces en Inglaterra?

Edelberth no contestó de inmediato. Se dedicó a estudiar la expresión horrorizada de la joven.

―Merlina… ¿te encuentras bien? Te atendí hace un tiempo en San Mungo por tu "enfermedad" del fuego. ―Hizo una pausa―. ¿En serio no te acuerdas?

La joven prefirió tomar aire y relajarse. Tenía que aceptar, de una vez por todas, que ocho años de su vida habían desaparecido y se vería obligada a escuchar muchas narraciones que tenderían a, sobre todo, disgustarla.

Con un esfuerzo inhumano miró a Edelberth y se confesó.

―Perdí parte de mi memoria…por eso es que me sorprendió verte acá.

―Por las piedras de Stonehenge… ―farfulló Ackley con los ojos desmesuradamente abiertos. Estiró su mano y le acarició descaradamente el brazo desnudo a Merlina.

Ella no tardó en reaccionar y se sacó su mano de encima.

―¡No me toques! ¿Qué te crees?

Primero Snape, por el que al menos podía sentir mariposas en el estómago… ¡y luego él, por quien no sentía nada! Y a quien no hubiese deseado ver jamás.

―Oh, vamos… ―rogó él con una mirada que exigía compasión―. No dirás que no sientes nada. Yo todavía me acuerdo de nuestra…

―¡Silencio! Mi primo Phil está acá y podría escucharnos, y si se entera…

―Tienes veintiocho, ya estás grande para asumir lo que ocurrió entre nosotros, y por muy borracha que hayas estado aquella vez, no podrás negar que lo pasaste bien.

―¡Tendré veintiocho años, pero el haber retrocedido ocho y tener el recuerdo en la mente como si hubiese sido ayer, me hace sentir ASCO! ―reveló, para pronto sentirse demasiado cruel.

—¿Asco? ―reiteró el chiquillo colocándose rojo―. ¿Y qué tal el sujeto del otro día, eh? ¿No te da asco estar a su lado? Oh… ¡Ah! No lo recuerdas…

Merlina lo fulminó con la mirada.

―Yo no tengo asco de Severus Snape, y lo recuerdo perfectamente, porque fue mi profesor de Pociones ―hizo una breve pausa, para continuar―. ¿Cómo diablos te enteraste de todo esto? ¿Cómo…? ¿Acaso te invité yo?

Ackley pareció tranquilizarse y sonrió apenas.

―No me invitaste, y nunca que pensé que fuera haber fiesta. En cuanto a cómo me enteré… ―suspiró satisfecho―. El tener contactos en el Ministerio de Magia hace que te enteres de cosas útiles. Y una muchacha rubia afuera, que estaba bailando sola, me invitó a entrar cuando llegué. Ella me condujo hasta la entrada.

Merlina formuló una sonrisa superficial en su cara y añadió:

―Y yo te acompañaré a la salida, Ackley.

Se reincorporó del asiento y se dirigió al jardín de la Madriguera seguida por el sujeto en cuestión.

―No puedes echarme así como así ―exigió él, volviéndole a tomar el brazo una vez que estuvieron afuera―. Menos cuando has perdido la memoria y puedes darme una oportunidad…

Paz, Merlina. Sé pacífica. No conviertas el basural de día en un infierno apestoso…

―Escúchame, Ackley Edelberth ―farfulló reuniendo paciencia, en el momento que su mente fabricaba una imagen de Severus Snape con ojos apenados y voz afectada―, lo de nosotros fue una noche. Que eso te quede claro. Y jamás te daré una oportunidad ―las palabras casi fluían de su boca por cuenta propia―, porque estoy comprometida ―le refregó el anillo por la cara prácticamente―, y no arruinaré la relación que… ―se quedó callada. No tenía idea qué decir. Ni si quiera sabía con exactitud cuánto llevaba con el profesor de Pociones. No obstante, fuera como fuere había hecho una promesa y sabía que debía mantenerla, aunque no el cómo lograrlo.

―¿Sí?

―Por favor, vete…

Lo dijo con tanto desconsuelo, que Edelberth prefirió no insistir y caminó a la verja, tal como lo había hecho el profesor Snape. En tanto ella se devolvió a la fiesta con el semblante sombrío.

―¿Quién era él, prima? ―insistió Philius autoritario―. No me gusta nada, tiene cara de pervertido. Prefiero a Batman, en serio. ¿Quién era?

―Ay, Phil… te contaré luego de la fiesta…

Phil se sorprendió al oír la historia de su prima, pero no le reprendió nada: tal como había dicho Ackley, ella era adulta. No obstante, lo que Phil le inculcó fue que no podía dejar a Snape como si nada. Ella, sinceramente, no lo pensaba hacer. Actualmente estaba enamorada, de eso tenía certeza; lo sentía en el corazón, así que, lo único que quedaba por realizar, era convocar el sentimiento. ¿Severus la trataría de reconquistar, o habría que recurrir a otros medios más indirectos? Fuera lo que fuera… aquello no sería tan fácil.

¿Volvería a ver al profesor de Pociones en un futuro cercano?