Capítulo 15: Culpable

.

Aquella noche la joven desmemoriada se durmió con una terrible sensación de vacío en su interior, a pesar de que conversó a altas horas de la noche con Phil en busca de consuelo, para enfrentar aquel torbellino de situaciones complicadas que le estaban ocurriendo. Intentaban buscar una solución inexistente.

―La escoba me quería botar… digo, ambas escobas ―susurró Merlina desesperada, con la mirada perdida―. Los chicos me mencionaron que yo había aprendido a volar el año pasado. Entonces, ¿por qué sucedió eso?

―Debió haber estado maldita… o algo por el estilo. O tú estás maldita ―adujo Phil sin ni una pizca de gracia en el tono de voz.

Se habían sentado en la alfombra de la pequeña sala Weasley, iluminados por unas cuantas velas. A las dos de la mañana todo se hallaba en un profundo silencio. Ellos eran los únicos que continuaban murmurando.

―Exacto ―concluyó la joven abrazándose las rodillas―, ¿y cómo podría saberlo? Los chicos jamás me hubieran hecho algo, eso te lo puedo asegurar aunque no recuerde que los conozco bien ―hizo una pausa―. No me siento mal. Me siento, físicamente, de maravillas.

―Ya no sacas nada por lamentarte, prima querida. Tienes que buscar una solución. ¿Piensas que puedes continuar con Míster Murciélago Antisocial?

Merlina le dirigió una mirada exasperada.

―Deja de colocarle apodos.

Philius sonrió satisfecho.

―¿Qué?

―La Merlina actual habría dicho lo mismo.

Ella suspiró en respuesta.

―Tengo que continuar con él ―contestó Merlina a la pregunta anterior.

―¿Por qué?

―Porque… ―titubeó―. Porque estoy comprometida con él —mostró el anillo—. Y si nos comprometimos, fue por algo, y una promesa es para siempre —replicó pensando en su padre y en su madre, quienes siempre le recalcaban lo importante que era hacer una promesa desde el corazón y cumplirla—. Sé que no recuerdo nada y podría desligarme de eso… Pero es difícil explicar por qué siento que debo seguir intentando… lo que sea.

Por unos segundos se quedaron en silencio.

―¿Sabes cuál sería la solución más directa?

―¿Cuál?

―Golpearte con un bate. Sin embargo, existen dos pequeños problemas ―sentenció Phil con sorna y una sonrisa―: te puedo matar o puedes quedar sin recuerdo alguno.

―Lo segundo sería peor ―reconoció Merlina para luego soltar una larga y compungida exhalación.

Luego de eso, se dieron las buenas noches y ella subió, lo más sigilosamente posible, hasta el cuarto que compartía con las muchachas. Ambas dormían profundamente. Phil, en cambio, se instaló en el sillón con una manta y una almohada entregada por Molly.

¿Por qué tenía que continuar Merlina con Snape? Más allá del compromiso, por supuesto. Pues, porque… él la había salvado de muchas cosas. Él se había arriesgado por ella. No se acordaba en absoluto, pero con lo que los muchachos le habían narrado, era más que suficiente. ¿Acaso el riesgo no era parte del amor? Por supuesto que sí. La mirada que le había dirigido el profesor, cuando estaba a punto de desaparecer de la Madriguera… jamás la olvidaría. ¿Acaso el amor podía ser por costumbre? Por supuesto que sí. O, al menos, tomar cariño. Era innegable, claro, las sensaciones provocadas por Snape, pero era un vestigio de un sentimiento pasado… No era amor. Y la única manera de lograr amarlo, era volver a su vida normal, a la que llevaba hacía unos cuantos días atrás…

Sin embargo… había algo que la inquietaba: según las mismas informaciones, con él habían tenido un pequeño problema de confianza. Severus mismo le había dicho "Debí haber sido sincero contigo desde un principio". ¿A qué se refería? ¿Le había sido infiel? No, una persona que ama a otra no tiene segunda opción… Quizá era algo sin mayor importancia… Oh, tantas preguntas que tenía en la cabeza… en cualquier momento le estallaría.

Una mosca nocturna pasó zumbando por su oído, causándole estremecimiento y, a la vez, un diminuto chispazo en su cerebro, mostrándole imágenes de un pasado remoto…

21 de marzo: primer día de la época de primavera y, para rematar, sábado. Un perfecto día para descansar, relajarse, pasarlo bien… Era lo que, incluso, había predicho la profesora fraude Sybill Trelawney la última clase. "¡Qué gran predicción!" pensó Merlina a modo de burla, mientras se levantaba con el pelo hecho un pajar y bostezando abiertamente. ¡Por supuesto que ese día iba a ser perfecto! Tenía pocos deberes que hacer y no existían indicios que indicaran un día protervo. Hasta había soñado con conejos felices, nada de pesadillas.

El clima estaba perfecto: el cielo raso del Gran Comedor era la copia exacta del cielo exterior, de un celeste intenso con nubes blancas y un sol radiante, cegador.

¡Genial! Hoy podremos jugar con el balón muggle que me regaló mi hermano, sin que los profesores nos molesten ―farfulló Susan con los ojos brillantes en el momento en que tomaban lugar en la mesa de Ravenclaw.

¡Sí! ―corroboraron Endora y Merlina con entusiasmo.

Las tres, en conjunto, mostraban un mosaico de la moda desaliñada perfecta: la rechoncha Endora parecía un león con el pelo rubio revuelto tras el secado natural; el cabello de Susan se había disparado por intentar alisarse las ondas y, Merlina, marcaba con gotas de agua los caminos que recorría. En ese instante el pelo estilaba sobre la mesa y su espalda causándole estremecimientos incómodos. No había querido perder tiempo en secarse el pelo con magia y allí estaba, sufriendo las consecuencias.

La mayoría del colegio, al terminar de desayunar, salió a los terrenos a disfrutar de los rayos solares. Los más pequeños correteaban; los más grandes conversaban. Las chicas, como Merlina y sus amigas, jugaban apartadas de la muchedumbre, cerca de un árbol de flores, aunque lo suficientemente visible para todos. La multitud se concentraba en dirección al lago.

Cuando ya estuvieron instaladas en el terreno, Susan extrajo su pelota de vóleibol de su bolso. Antes de salir, habían regresado a la Sala Común para buscar el implemento de juego.

Merlina sabía de qué trataba el deporte gracias a su hermano, pero jamás lo había jugado; a Endora las reglas le quedaron más que claras, y, a pesar de que Susan era la dueña del balón, las tres no podían ser más malas jugadoras. Endora tenía mala puntería, Susan le pegaba muy fuerte y Merlina muy despacio porque le dolían las muñecas; más que golpear, recogían. A pesar de todo, lo estaban pasando de maravillas y no cesaban de carcajear.

Snape salió del castillo ―avisó Merlina alarmada lanzándole la pelota a Endora.

No estamos haciendo nada malo, estamos jugando afueras y alejadas de los demás para no fastidiar ―sentenció Susan recibiendo la pelota de Endora y lanzándola con demasiada fuerza… hacia el árbol de flores. Ésta se internó en las ramas para caer, luego, con un golpe seco en el pasto junto con… ¿otra pelota?

Merlina Morgan corrió a buscarla ―era su turno―, la alzó, y tras ver aquella cosa extraña, sus cejas se arquearon porque jamás había visto algo así. Estiró la mano para remover aquello. De algún lugar salió una abeja, que se posó en su mano. Iba a matarla, asqueada, cuando apareció otra más… dos, cinco… veinte o más abejas. ¡Era un maldito panal!

¡AAAAAAAAAAHHH! ―gritó escandalizada con un enjambre asesino asediándola para picarla. Saltaba desesperada, haciendo el esfuerzo de ir hacia sus amigas. Sin embargo, ellas habían desaparecido, no tardando en pedir ayuda a la primera autoridad que vieran: el profesor de Pociones.

Merlina no halló nada mejor que lanzarse al suelo para tratar de aplastarlas, y eso dolía el doble. Sentía como si se clavara espinas de cactus por todos lados.

¡Apis Expulso! ―conjuró Snape cuando estuvo lo suficientemente cerca, con las otras dos muchachas corriendo tras él.

Las punzadas pararon, pero el dolor de las picaduras era insoportable si era de manera masiva. El párpado derecho lo tenía hinchado, al igual que la boca, cuello, manos y el cuero cabelludo. Las pocas abejas vivas volaron de regreso hacia su panal.

Diez puntos menos para Ravenclaw ―concluyó el profesor, agachándose a lado de Merlina.

¿QUÉ? ―exclamaron a coro las tres chicas, más que atónitas.

Lo que oyeron ―dijo mirando a Merlina con una sonrisa burlona. La tomó de los brazos y la ayudó a pararse―. Y, ahora, llevarán a su amiga Abejuda a la Enfermería, y… ―Merlina se estaba poniendo el gorro de la túnica para ocultar su cara, pero Snape la detuvo y, con la varita mágica, lo hizo encoger―. Sí. Irás con la cara descubierta, Morgan, para que eso te enseñe a no perturbar a los habitantes de los árboles.

Vieron alejarse al profesor hacia los otros grupos, vigilando. Merlina tenía la boca abierta y una ceja más arriba que la otra, haciéndole lucir más deforme aún.

Pensaba cubrirse la cara con las manos, pero le fue imposible producto del dolor. No le quedó más remedio que ir escoltada por sus amigas hasta Madame Pomfrey, pero muchos la vieron y se desternillaron de risa al divisarla.

No pudo evitar llorar una vez que estuvo escondida; había sido completamente cruel de parte del profesor hacer eso. Y, en la noche, cuando se durmió en la cama de la Enfermería, tampoco evitó sentirse observada, y es que, quizá, algún compañero quería ver cómo se veía de fea.

Soltó una pequeña carcajada entre dientes, acomodándose en el colchón, preguntándose si esa persona ―si es que era una persona― que la observaba habría sido… O, tal vez, había sido sólo su imaginación. Le preguntaría a Snape cuando lo viera… sí. Tenía que preguntarle muchas cosas.

De pronto sus ojos se llenaron de lágrimas. ¿Por qué no había querido hablar con ella? De verdad podían arreglarse las cosas… Ella iba a poner todo de su parte para que su relación saliera a flote.

.

Severus Snape no apareció al día siguiente, ni al subsiguiente… Ni la semana completa. Eso deprimió considerablemente a Merlina, pero al tercer día decayó en picada al devolverse su primo a Estados Unidos. Los muchachos, por otro lado ―Harry, Ron y Hermione― parecían estar tramando algo que no compartían con nadie, ni con Ginny o sus padres, y varios días se habían ausentado sin avisar, a lo que Molly había respondido con incómodas regañinas a quien fuera que se le cruzara por delante. Ginny compartía la melancolía con ella ―se sentía desplazada e ignorada―, pero, llegaba un punto en que ninguna aguantaba el ánimo de la otra y se quedaban cada una por su lado.

Al cumplirse la semana, la joven celadora perdió la paciencia y, tomando pluma, tinta y pergamino del escritorio de la pelirroja, escribió al profesor. Le costó mucho elegir el saludo, pero dado que era muy hipócrita poner "querido", "amado", "profesor" o "Snape", utilizó sólo su nombre de pila.

.

Severus:

¿Me darás noticias de ti? ¿Hablaremos al respecto? Creas o no, estoy escribiendo por preocupación y no por obligación. Debemos arreglar las cosas de alguna u otra manera. Te soy sincera al mencionarte que siento algo por ti.

Hizo muchos intentos como aquel, pero las palabras cada vez sonaban más vacías y como si realmente estuviera escribiéndolas la Merlina que quería hacer sentir bien al profesor.

Lo que le entregó finalmente a Pig, la pequeña lechuza de Ron, fue el siguiente mensaje:

.

Severus:

Necesito que nos veamos, tenemos que arreglar las cosas; no podemos dejarlo en nada, aunque mi memoria dicte que jamás pasó algo entre nosotros. Además, sé que me debes una explicación de algo, y necesito saber.

Esperando tu pronta respuesta, se despide atentamente

Merlina.

.

O la carta jamás llegó, o Snape la destruyó, o ignoró completamente el mensaje. Tres días eran suficientes para que una carta llegara a Hogwarts, y ella no pensaba pasar el resto del verano haciendo nada o… sufriendo. Así que tomó otra alternativa y, sabiendo que iba en contra de sus principios, pero, hasta el momento era la persona más "cercana" ―aunque apenas la conociera―, decidió escribir a Ackley Edelberth, decidiendo apostar a que sería fácil que él le respondiera. Su carta era más que absurda, pero su mente no daba para cosas mejores. La envió al primer intento y citaba:

.

Edelberth:

Siento lo de la otra noche, sé que fui muy cruel contigo y no tengo excusa. Pero sí las tengo para escribirte; tengo ganas de hablar. Si te ofende, no lo tomes en cuenta, pero si te interesa, ¿podríamos vernos algún día? Espero que sí.

Si no contestas, comprenderé y no insistiré más.

Que estés bien,

Merlina.

.

Eran las once de la mañana de la mañana del día 13 de agosto cuando envió la carta. Después del almuerzo, cerca de las doce de la tarde, para su sorpresa le llegó respuesta mientras paseaba por el jardín, observando a los gnomos. Si hubiese divisado a una lechuza diferente, hubiera puesto las manos al fuego ―metafóricamente hablando― por la respuesta de Severus. Sin embargo, como era Pig la que llegaba, sabía de sobremanera que era Ackley. Muy en su interior algo se movió por la decepción y por la esperanza: el querer recibir respuesta de Snape indicaba que de verdad le importaba, no porque le hubiesen advertido que tenía que importarle, y eso ya era un gran paso.

El mensaje estaba escrito por el reverso de su propia carta.

A las 18:30 mañana frente a la barra del Caldero Chorreante. Nos vemos.

A.E.

Realmente, se le hizo un nudo en el estómago cuando vio a Edelberth el día de su cumpleaños. Había sido el primero ―hasta donde le llegaba el recuerdo― y el último con el que había tenido relaciones íntimas, y la sensación de culpabilidad, suciedad y pudor no pudo quitársela durante semanas. Asumía sin reservas que había bebido un montón, pero Edelberth había estado consciente del acto, por eso, cuando despertaron a la mañana siguiente, ella sorprendida y él con una sonrisa de oreja a oreja, sintió como si la apuñalaran por la espalda… Con suerte se habían visto un par de veces (sin haber conversado nada) y tampoco se conocieron luego: Merlina no quería tener nada que ver con él. No dudaba de que ella había estado muy receptiva a la hora de intimar, pero no quitaba el hecho de que estuviera borracha y él plenamente en sus cabales. Para ella había sido un abuso de su parte, pero dudaba de que alguien pudiera verlo desde esa perspectiva, y sabía que más de alguien le diría "nadie te obligó a beber como condenada".

Aun así, con esa espina atravesada, se hizo el ánimo para no ir con cara de buitre a la cita. La idea era distraerse y mejorar su ánimo, o al menos conectarse con parte de su realidad, y eso era lo más cercano.

Él ya estaba esperándola cuando llegó. Parecía ansioso, aunque, para suerte de Merlina, no llevaba flores en la manos. Sólo un maletín negro y reluciente, lo que indicaba que había salido del trabajo.

―Hola, ¿cómo estás? ―preguntaron al unísono, causándoles gracia y soltando, luego, una breve carcajada. Eso los relajó a ambos, sobre todo a Merlina.

―¿Quieres ir a tomar un helado a Florean Fortescue? ―ofreció Ackley con amabilidad.

―Está bien.

Caminaron lentamente por el Callejón Diagon hablando de cosas triviales. Merlina luchaba contra la incomodidad latente que quería apoderarse de ella, y él con el impulso que quería llevarlo a decir cosas que la iban a, precisamente, incomodar. No obstante, había algo más… Algo imperceptible en el aire, una sutil brisa que les indicaba, tal vez, que no debían estar allí ninguno de los dos…

Se sentaron en una cómoda mesa cuadrada, frente a frente, con una copa mediana cada uno, en la terraza, a punto de presenciar el crepúsculo.

―Quiero hacerte una pregunta ―reveló Ackley con seriedad, cuando llevaban casi la mitad de la copa.

Merlina se limitó a asentir.

―¿Esto significa algo? Porque, si no es así, no pienso decirte nada que pueda sacar a relucir tu ira.

Merlina agachó un poco la cabeza y jugó con las manos antes de contestar la verdad. Ackley sonrió a medias.

―Bueno, es mejor saberlo. Sin embargo… de todas maneras… te diré que fue completamente una sorpresa verte la otra vez en San Mungo ―hizo una pausa―. Y prefiero tu actitud de "rechazo" a la de "te ignoro" de la otra vez. Y sé ―agregó abriendo mucho sus ojos claros― que lo de nosotros fue una noche, y que jamás nos conocimos, pero, ya sabes lo que dicen, la primera vez nunca se olvida…

—Ackley, no quiero hablar del tema, pero que te quede claro que lo que ocurrió esa noche fue de una sola vía y que ni siquiera recuerdo haber disfrutado. Podrías haber sido decente, y eso es lo que me hace estar furiosa contigo.

El mago abrió los ojos, pasmado.

—Yo pensé… Siempre creí que…

―Basta, Ackley, déjalo hasta allí ―rogó Merlina con una mueca de evidente tedio―. Mejor hablemos de otra cosa…

―¡TÚ! ―vociferó una voz femenina y gastada.

Ambos se sobresaltaron ante semejante grito proveniente de la calle. Ninguno pensó, por supuesto, que se referían a alguno de los dos, así que no pusieron atención a la señora que se iba aproximando hacia ellos con la varita desenvainada y echando chispas por los ojos. Se plantó al lado de ambos, pero se dirigió hacia Merlina.

―¡Tú fuiste la que me arrebataste a mi hijo! FUE TÚ CULPA.

Merlina se fue al suelo de lo tan brusca que se intentó reincorporar de la butaca. Ackley se puso en guardia.

―Señora, baje la varita ―demandó, temeroso.

Merlina sólo parpadeaba, aterrada, buscando la manera más práctica de ponerse de pie y sacar su varita del bolsillo.

Los pocos magos que iban caminando se detuvieron en seco a presenciar la escena.

―¡Me arrebataste a mi hijo! ―reiteró la señora sin hacer caso de Ackley y apuntando a Merlina directo al corazón con una mano temblorosa.

―Se-señora, yo jamás… yo no sé de qué me está hablando…

―¡No te hagas la estúpida! ¡TÚ ERES MERLINA MORGAN Y TÚ HICISTE QUE CRAIG MURIERA!

Merlina no alcanzó a justificarse más, porque la señora se puso en guardia para lanzar maldiciones a diestra y siniestra.

La gente se asustó y comenzó a correr hacia todos lados. Merlina había logrado escapar de las maldiciones, pero estaba demasiado consternada como para actuar ella también. En cambio, Ackley iba a atacar a la mujer. Sin embargo, sabiendo que iba a tener problemas con el Ministerio después, rápidamente tomó a Merlina de la mano y se la llevó corriendo hasta el Callejón Knockturn, evadiendo a la gente y las maldiciones. La calleja estaba solitaria, silenciosa, y había unas pocas tiendas abiertas, aunque sin clientes. A excepción de un alma que se escondió de inmediato al ver a Merlina Morgan con otro sujeto… quien acababa de abrazarla.

¿Qué diablos sucedió? Se preguntó Merlina en el momento en que Edelberth la abrazaba para calmarla. ¿Ella había matado a alguien? Cerró los ojos con fuerza analizando el nombre "Craig". Sí… lograba memorizar que las chicas le habían mencionado el nombre y que había sido su novio alguna vez, pero ¿lo había matado? No lograba recordar ese detalle… Ah, no… él había muerto, pero no a causa suya… De todas maneras tendría que preguntarles eso…

Con las manos temblando se zafó de Ackley, apenas mirándolo a los ojos.

―Es mejor que nos vayamos ―farfulló―. O que yo me vaya ―agregó.

―¿Quién era la señora? ¿A qué se refería con…?

Merlina hizo un gesto negativo con la cabeza, cortante.

El sol estaba a punto de esconderse en el oeste y el viento se comenzaba a acentuarse.

―Está bien, te acompañaré afuera ―aceptó a regañadientes, refiriéndose a Charing Cross Road. Estuvo a punto de pasarle el brazo por el hombro, pero Merlina alcanzó a alejarse antes de que lo lograra.

―¿Te aparecerás?

―No. Viajaré en Autobús Noctámbulo… No sé si puedo aparecerme, y prefiero no intentarlo ―sacó la varita y señaló la calle. En un segundo el ómnibus apareció. Con sus cansados ojos castaños miró a Ackley y le dio una amistosa palmada en el hombro―. Adiós.

―Adiós… cuídate.

La despedida pudo haber sido algo más amable, aunque no se conocieran lo suficiente o no tuvieran demasiada confianza, o Merlina la guardara inquina: eran altas las probabilidades de que nunca más se vieran.

Llegó en quince minutos a la Madriguera, con las tripas revueltas y el cerebro también. La reunión con Edelberth había sido un fracaso, no sólo por el poco tiempo que habían pasado juntos o porque habían perdido casi la mitad de la copa de helado, sino porque ella había quedado, tal vez… ¿en vergüenza? Se había visto débil, insultada, y ni siquiera había atinado a defenderse.

―¡Merlina! Llegaste justo a la hora de la cena ―anunció Molly Weasley cuando entró a la cocina, siendo conducida por Ginny.

―Ah… bien ―ocultó su aspereza al darse cuenta de que estaba famélica. Se ubicó a lado de Ginny y le susurró―: Yo no maté a Craig, ¿cierto?

Las cejas pelirrojas se arquearon tanto, que su frente se pobló de arrugas.

—No. ¿Por qué dices eso?

―Después de la cena te lo explico.

Y así fue. Luego de llenar sus respectivos estómagos, se resguardaron en la habitación de Ginny para cuchichear. Allí Merlina le contó todo, desde el principio, desde que conoció a Ackley Edelberth y lo sucedido entre ambos ―sin dar detalles― y la razón que la había llevado a verlo ese día.

―Ya entendí todo, Merlina, pero ¿qué pasa con eso de Craig?

―A eso quería llegar. Resulta que…

Y concluyó la historia narrando lo de la señora desconocida que la había atacado súbitamente.

―Era la mamá, porque me dijo que "yo le arrebaté a su hijo".

―Él se murió solo, Merlina ―la calmó Ginny con seriedad―, falleció por causas estúpidas, y, ahora, la única que puede morir eres tú, y asesinada por esa vieja loca.

Merlina hizo una mueca, preocupada: la pelirroja podía tener razón… y eso le asustaba. Permaneció varios segundos mirando la nada, pensando en Severus.

―Le mandé una carta a Snape y aún no me la contesta ―soltó apenada―; fue hace tres días.

―Tal vez está… ocupado. Con lo de la Orden, ya sabes.

Merlina asintió con fervor, rogando porque fuera eso y no indiferencia.

Aquella noche Harry, Ron y Hermione no se presentaron a dormir, y ambas concordaron en que no la harían las siguientes noches.

―¿Qué crees que están haciendo? ―indagó Merlina antes de cerrar los ojos.

―No lo sé… Harry nunca lo mencionó.

.

―¿Dónde está Morgan?

―Está en mi habitación, en el tercer tramo de la escalera, no la desperté porque… ―bufó, furiosa al ver al sujeto no prestarle atención―. Si quieres escuchar, lo haces, si no, métete las palabras por donde más te quepan…

―¿Qué estás murmurando, Ginevra?

―Nada, mamá, nada…

Subió, con el corazón acelerado, como si fuera la primera vez que iba a verla. Abrió la puerta sin mucho cuidado, y allí la vio: desgreñada, con la boca semiabierta, enredada en las sábanas con un pijama de dos piezas sumamente desgastado, yaciendo en un colchón con la espuma saliéndose por las costuras. Sin embargo, para él, era la imagen más sublime que pudiera apreciar. Una imagen que deseaba ver al despertar en la mañana, cada día de su existencia. Se aproximó a ella y se arrodilló a su lado, permitiéndose observarla embelesado por un minuto entero.