Capítulo 16: La promesa
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Merlina, en sueños, escuchó una voz familiar en las lejanías, lo que le hizo ronronear como un gatito, reacomodándose y enredándose más en las sábanas. En ningún momento se había sentido alterada, pero las caricias, como plumas que tocaban su cara, le daban una paz tremenda, una paz que no deseaba que terminara. Y… no, eso no era una sensación de sueño; era una sensación real: alguien de verdad estaba acariciándole la cara.
Lentamente volvió a la realidad, con el estómago rugiendo, y pestañeando varias veces seguidas. Vaciló un poco, antes de aceptar la imagen que tenía ante los ojos. Sin moverse miró hacia la izquierda, pero la cama de Ginny estaba vacía. Después movió sus ojos hacia el reloj: las once y media. Volvió su mirada hacia esas luces negras profundas, como dos túneles interminables, que la observaban, tal vez con embeleso o con temeridad… y sintió su corazón inflarse diez veces.
―Viniste ―suspiró al fin, con la voz derretida y una sonrisa boba en la cara. El estómago se le llenó de mariposas. Se sentó, quedando casi a la misma altura que el profesor de Pociones.
―Sí, vine… ―susurró con pesadumbre―. Apenas leí tu carta.
―Te la envié hace cuatro días, ¿tanto tardaste? ―protestó.
Severus estuvo a un ápice de sonreír, o eso le pareció a Merlina.
―Tenía cosas que hacer, Morgan ―reconoció antipáticamente y mirándola de forma penetrante.
La joven esquivó su mirada, sintiéndose como una niñata pequeña siendo regañada. Incluso, llegó a pensar que Severus le diría algo más; que le comenzaría a explicar lo que había sentido el día de su cumpleaños, o a hablar de la "solución" que ella había nombrado en la carta. Sin embargo, no dijo nada. Como en la fiesta, le tomó la mandíbula con una mano y, con la otra, la afirmó del hombro.
―¿Qué…? ― "¿qué tipo de cosas tenías que hacer?" quería preguntar, pero no pudo: Snape había comenzado a besarla. Cerró los ojos con fuerza, sintiendo cosquillas en lugares que parecían dormidos, y esperando no haber tenido mal aliento. De cualquier forma, si hubiese sido así, era evidente que a él no le importaba ni un poco.
Dios mío, ¿hace cuánto no recibía un beso? Años, según las informaciones… Meses, según su memoria. Por supuesto, no se comparaba en nada a Ackley: este era un beso de amor, y sin embargo, aun así, no dejaba de resultarle incómodo, pero no por lo malo que era. La había pillado con la guardia baja, así que le costó atinar a responder, aunque era prácticamente innecesario: Snape la besaba como un desesperado.
¿Esa era la otra cara de la moneda? No dejaba de sorprenderla que el huraño y hosco Severus Snape tuviera un lado apasionado y amable. Llegaba a sonar irreal, o demasiado perfecto, lo que le indicaba que, en algún momento, la máscara se le iba a caer.
El beso era placentero y excitante, y, precisamente, eso era lo preocupante. No, no podía besar con normalidad, de seguro la "Merlina actual" no besaba así, sería más apasionada, atrevida y controladora. Además, la diferencia de edad entre su mente y el Severus de ese momento era considerable. Sentía un placer prohibido, un placer que, al mismo tiempo, la hacía sentir cohibida. No obstante, se había prometido a sí misma hacer lo que fuera: si Snape la besaba, iba a aceptar que así fueran las cosas. No creía soportar hacer sufrir a alguien por su causa, menos si ese alguien la quería.
El aire le estaba faltando luego de diez segundos, y fue la excusa para torcer la cara a la fuerza y, con gran dramatismo, inspirar profundamente. Con un esfuerzo monumental lo miró a los ojos. Él parpadeaba con más continuidad de la normal.
―No tienes por qué estar nerviosa ―reclamó Severus apenas moviendo los labios y acariciándole el hombro.
―Lo siento…―farfulló Merlina, aún con falta de aliento―. Me… me costará un poco acostumbrarme…
Snape hurgó un poco más en su mirada, en silencio, sin soltarla del hombro.
―La solución ―dijo al fin―, será hacer como que jamás sucedió nada.
Merlina asintió con pesadumbre y no pudo evitar bajar la mirada. No era la solución que esperaba. La verdad, no tenía idea qué esperaba.
―Bien ―el hombre se puso de pie con agilidad―. Te doy una hora para que arregles y empaques tus cosas.
―¿A dónde vamos? ―preguntó anonadada. ¿Se iba a vivir con Snape, acaso? El corazón se le aceleró el doble.
―Volvemos a Hogwarts ―contestó, antes de dar media vuelta y bajar a la primera planta.
Se sintió peor: eso significaba que iba a tener que cumplir su trabajo de celadora… del cual no tenía idea qué hacer.
Por su parte, Severus sabía que la solución era la incorrecta. Tenía más que claro que eso era estar velando por su propio sentimiento antes que los de ella. Se estaba preocupando sólo por él… Pero, es que, no soportaba aceptar que Merlina no era la misma. No soportaba pensar que iba a tener que separarse de ella y reconquistarla. No quería comenzar todo de nuevo… sonaba a una pérdida de tiempo fatal, además de tener una gran incertidumbre: ¿sería capaz de amarlo de nuevo? De todos modos era pasarla a llevar, estaba mal. No podía, no quería…
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Merlina no perdió tiempo: corrió al baño para ducharse y guardó la ropa en su maleta, sin poder parar de pensar si lo que estaba haciendo era correcto o no. Revisó debajo de la cama de Ginny y de cada mueble para asegurarse de que no se le olvidaba nada. Sólo encontró unos cuantos calcetines y sus pantuflas. Y, luego de secarse un poco el pelo y pasarse la peineta bruscamente para desenredarlo, se echó encima una capa de viaje y bajó temblando de los nervios.
Snape la aguardaba frente a la puerta, mientras que Ginny estaba cruzada de brazos, amurrada en una butaca, lanzándole miradas de desprecio al profesor, quien se la devolvía con creces. Cuando vio a Merlina llegar se puso de pie.
Con un abrazo se despidieron. Ginny susurró palabras de ánimo al oído de Merlina. La señora Weasley también fue cariñosa al despedirse, como siempre lo era, y le entregó unos emparedados de lechuga y tomate para el camino.
―Despídame de los demás ―solicitó Merlina recibiendo el desayuno.
La señora Weasley asintió, con la pena reflejada en sus ojos.
Snape le quitó la maleta sin ser brusco y le hizo un gesto, indicando que ya era tiempo de partir. Una vez que estuvieron afuera enfrentándose a una mañana parcialmente nublada, aunque cálida, le dijo:
―Espérame aquí.
Sin dar explicaciones, entró nuevamente a la casa de los Weasley. Merlina se asomó por la ventana y sólo vio que se dirigía a Molly. Ésta asentía fervorosamente.
Se acomodó en el mismo lugar que había quedado, cuando Snape salió por la puerta otra vez. Se aproximó a ella y le tomó la mano; fue agradable sentir su mano tibia, varonil y fuerte, pero no podía evitar sentirse nerviosa.
―Nos apareceremos. Sé que tú no tienes ni licencia ni recuerdas como hacerlo… ―Merlina no pudo evitar sonrojarse. Podía ser por la vergüenza de no saber (o no recordar) materializarse en otro lado, o simplemente por la mirada intensa de Snape. Le hubiera gustado saber qué pensaba él en esos momentos… y de la situación en general.
Severus apretó su mano.
―¿Preparada?
Ella asintió y cerró los ojos con fuerza. De un momento a otro la tragó un tubo de goma, o eso pareció ser, porque la sensación era incómoda y asfixiante.
Aparecieron junto a un carruaje con un Thestral y no perdieron tiempo en montarlo. Severus no le dejó de tomar la mano y acariciarle el dorso, pero se había puesto la capucha y Merlina no podía apreciar la expresión de su rostro. Viajaron en silencio.
Al entrar al Vestíbulo, el profesor hizo desaparecer la maleta de Merlina quién sabe dónde, para no estar cargándola por todos lados.
Severus caminaba el doble de rápido que Merlina y la jalaba de la mano por las escaleras y los pasillos del castillo, como si tuviera urgencia de algo. Las palabras no habían brotado durante todo el camino, y eso ponía los pelos de Merlina de punta y los nervios a flor de piel.
No vamos a hablar nada, no vamos a hablar nunca… Esto, definitivamente, tiene cara de no funcionar y recién estamos empezando… ¿O acaso nunca hablamos? Tal vez de verdad era una relación podrida… Tal vez siempre fue lo mejor no hacer nada… ¡Demonios! No pienses así, piensa positivo… sí… O intenta algo. Sí, intenta algo, toma la iniciativa. Pregunta alguna idiotez, eso te resulta fácil.
―¿Me llevas a mi… despacho? ―preguntó por preguntar, quebrando el susurro que generaban sus pasos contra el piso de piedra. Era obvio que la respuesta iba a ser "sí", ya que recordaba que Filch tenía uno siendo conserje, y ella debía tener uno también. Sin embargo, le sorprendió que la respuesta resultara ser todo lo contrario.
―No.
―¿Por qué? ¿A dónde vamos?
―A hablar con Dumbledore. Tengo que hacerle una petición.
―¿Qué petición?
Severus se giró hacia ella y, por primera vez luego de casi veinte minutos, Merlina pudo ver el interior de su capucha, donde estaba oculto su cetrino rostro. Frunció el entrecejo y se aproximó hasta su cara, lo suficiente como para no verla doble. El corazón de Merlina se puso a martillear más fuerte; le iba a terminar dando un ataque si no controlaba las emociones. Le intimidaba más que cuando tenía catorce años.
―¿En verdad perdiste la memoria? ¿No será… una venganza? ―su voz sonó peligrosa.
―N-no tendría por qué vengarme… ―tartamudeó siendo franca, sin romper la conexión visual―. ¿Por qué lo dices?
Severus hizo una mueca.
―La Merlina de ahora es tan preguntona como tú. Admito que nunca te conocí demasiado bien en tiempos pasados, por eso no me extraña tu actitud.
Se puso colorada de vergüenza: ¿acaso era preguntona? ¡¿Acaso estaba mal preguntar?! Frunció los labios y miró hacia el suelo, picada.
―¿Para qué te enojas? No tienes por qué hacerlo ―la apaciguó Severus con… tal vez, un toque de sarcasmo en la voz―; eso significa que nuestra relación mejorará en un dos por tres; conservas tu personalidad.
La joven suspiró antes de seguir andando. Aprovechando el silencio, pensó en lo equivocado que estaba Severus: primero que todo, estaba prácticamente aburrida de que le dijeran "la Merlina actual esto…", "la Merlina actual lo otro…" ¡Era Merlina al fin y al cabo! ¡Al diablo la Merlina actual! ¡Eran lo mismo! ¡Tal vez ahora era más inmadura, pero era la misma, maldita sea! Y, segundo… No iba a creer soportar demasiado los cambios repentinos de actitud de Severus Snape. ¿Habría aprendido la odiosa Merlina actual a manejar eso sin hacer berrinches o ponerse a llorar? Esperaba que no, si no, eso la iba a dejar como una estúpida debilucha delante de él.
―Está bien… ―farfulló de la nada, como siguiendo una conversación pasada―, si tanto te molesta que te haga preguntas, no lo haré nunca más.
―Yo no he dicho eso.
―Pero me lo lanzaste como indirecta.
Severus se detuvo una vez más.
―Por favor, no te hagas la difícil ahora ―la cortó Severus, nuevamente volteándose hacia ella, pero no con una mirada de furia; era algo diferente, que a Merlina la dejó callada, incluso cuando demandó―. Prometiste hacer lo que fuera, y así será.
¡Ella lo había dicho! Lo había prometido… había prometido no hacerlo sufrir, eso era lo que había visto en sus ojos cada vez que la miraba, esa promesa. Pero, él sabía que las cosas no iban a ser así… Era la misma Merlina, pero su mentalidad era diferente, era como estar, precisamente, saliendo con una muchacha catorce años menor, cuando, en realidad, se llevaban apenas por seis años. Y, eso no era lo peor. Lo peor era que iba a terminar por hacerle daño a ella. Tenía más que sabido que la estaba obligando… Sin embargo, ¡no podía imaginarse sin Merlina Morgan!
Si quieres algo… déjalo ir. Si quieres algo, déjalo ir. No, no puedo dejarla ir.
Una vez frente a la gárgola fea con forma de pájaro, se sintió repentinamente emocionada: ¡Dumbledore! El director de Hogwarts y el hombre más bonachón que había conocido hasta el momento, porque, para qué estaba con cosas: Severus Snape no era nada bonachón. De pronto se acordó de cuando trató de rescatar al perro de la casa de Hogsmeade, la primera y última vez que visitó esa oficina con el fin de que la expulsaran.
Cálmate… eso fue hace años. No puedes enojarte ahora. Ya, olvídalo.
Subieron la escalera de caracol, llegaron hasta la puerta doble, Severus se sacó la capucha, tocó tres veces y, luego de unos segundos, una figura alta, delgada, barbuda y canosa apareció en el umbral de la puerta, con una sonrisa de oreja a oreja.
―¡Director! ―exclamó ella casi sin aliento, sin saber si darle la mano o ir a abrazarlo.
De todas maneras, no hizo ninguna de las dos cosas. Tenía, como máximo, dos segundos en decidir la acción, y Albus ya se había apartado para que entraran. Simplemente, él se limitó a dirigirle una paternal sonrisa. Además, Severus se veía reacio a soltarle la mano. ¿Qué pensaba? ¿Que en cualquier momento iba a salir corriendo para huir? Pues no era tan mala idea.
La sala circular permanecía casi igual como la recordaba: adornada de objetos de metal que generaban ruidos extraños, y con decenas de cuadros de los directores de Hogwarts, que en esos momentos se hacían los dormidos.
―¿Cómo te encuentras, Merlina? ―preguntó afable, taladrándola con sus impactantes ojos azules.
Merlina sonrió y con un asentimiento contestó un "muy bien, gracias".
―Bien, Severus, ¿qué se te ofrece? ―inquirió mientras se sentaba en la butaca detrás de su escritorio y entrelazaba las manos.
No tomaron asiento, se limitaron a ponerse enfrente de Albus.
―Vengo a hacerle una petición.
―¿Qué tipo de petición?
Hubo unos segundos de silencio.
―Quiero que Morgan pueda vivir conmigo, en el despacho.
Dumbledore suspiró. Merlina estaba tratando de conectar bien las ideas para comprender el "vivir". Miró a Severus, quien no le dirigió la mirada.
―Ya sabes la respuesta, Severus, y creo que la verdadera persona que debe contestar no soy yo.
Miró de soslayo a Merlina, aunque no era necesario: ella había comprendido de inmediato que se refería a ella.
―¿Por qué tendría que preguntarme a mí…?
―Espera afuera, Morgan ―la cortó Severus, sin mirarla.
Fue como si le hubiesen pinchado el trasero: giró sobre sus talones y se retiró, pegando un portazo. Bajó, salió hasta el pasillo y se apoyó en la pared, con los brazos cruzados y los ojos llenándosele de lágrimas. Con rabia se secó las incipientes gotas que se asomaban, sin dejarse de asombrar de que podía llorar.
―¿Qué se cree? ¿Cree que me puede tratar como se le da la gana? ¿Y además no me pregunta por mis opiniones?
¿Y si se estaba metiendo en pata de los caballos? Ta vez… tal vez Severus Snape realmente era un mal hombre. Tal vez era un novio agresivo, golpeador. Podía, incluso, no quererla.
Presionó los párpados, rogando por estar equivocada.
―¿Qué es lo que pretendes, Severus? ¿Tenerla amarrada a ti?
Severus estaba apoyado en la mesa con ambas palmas de las manos abiertas.
―Quiero tenerla cerca.
―¿Para qué? ¿Para recuperar el tiempo perdido? ¡Severus, ahora tiene diecinueve años! Bueno, veinte recién cumplidos. No puedes obligarla a que se comporte como siempre. Tienes que darle un espacio.
―Ella prometió hacer lo que fuera por mí ―gruñó entre dientes fulminando con la mirada al director, quien lo fulminaba a él.
―¿Y tú te vas a aprovechar de eso? ―Severus no contestó―. ¿Sabes lo que vas a conseguir? Que Merlina te deteste, que te tenga miedo y que se aleje realmente de ti. Más si la tratas así, como si fueras su dueño.
―Yo-sé-lo-que-hago.
Albus se puso de pie, imponente y señaló la puerta.
―Entonces, deja de pedirme veredictos y haz lo que se te plazca.
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Snape apareció, seguido por su silbante capa negra. Merlina tembló al ver su expresión, pero se armó de valor para enfrentarlo.
―¿Cómo es eso de que voy a vivir contigo?
―De todas maneras, no vamos a pasar mucho tiempo juntos ―trató de salirse por la tangente―, tu trabajo nos lo impedirá, tu horario es de madrugada.
La tomó del brazo y se fueron rumbo a las mazmorras.
―Pero tenemos cerca de dos semanas ―insistió Merlina.
―Sí.
Una idea fugaz se le cruzó por la cabeza a Merlina.
―¿Me vas a hacer dormir contigo?
Se refería al único sentido que tenía "dormir", aunque, de todas maneras, no recibió respuesta. La sangre otra vez le arreboló las mejillas, detestando que no le respondiera. Ni siquiera pudo apreciar el escalofriante camino como lo hubiera hecho en cualquier otra ocasión, de pura rabia.
Entraron al despacho y ella no pasó por alto el sonido del pestillo de la puerta. Tragó saliva, mirándolo con atención.
―Tienes que contestarme si…
―Te amo, maldita sea, Morgan ―le espetó Severus, plantándose ante ella y tomándola por los hombros. Lo dijo como si lo que viniera a continuación fuera el motivo para convencerla de ello.
Reiteró el mismo beso de la mañana, pero la situación fue completamente diferente. El sentido de éste era otro: la hizo avanzar hasta un rincón y la aplastó contra la pared.
Merlina tembló al sentir su cuerpo, como si mil rayos eléctricos le atravesaran el pellejo. En parte era por la excitación que comenzaba a sentir, por otro lado, era el miedo. No podía… todavía sentía a Ackley con ella y eso le causaba cierta repulsión. Al fin y al cabo, él y Severus eran hombres.
Severus bajó a su cuello, enredando una mano en su cabello. Lo único que hacía Merlina era tener las manos en sus hombros, casi quedándose estática, si no fuera por los jadeos que involuntariamente salían de entre sus dientes apretados, al sentir el calor de su aliento y la humedad de su lengua en el cuello.
¿Mi promesa incluía esto? ¡Maldito Ackley, arruinaste mi pasado! ¡No debería estar sintiéndome como una sometida! ¡Debería estar disfrutando!
De un momento a otro Severus dejó de besarla y se quedó unos segundos entre su cuello, calmando su respiración. Luego, se alejó de ella con lentitud.
―Esto no está funcionando ―siseó sin dejar de mirarla―. No puedo hacerlo ―corroboró.
Pegó media vuelta y entró a su habitación, pegando un portazo.
Merlina quedó paralizada en el mismo rincón, apegada a la fría pared de piedra. Temió que Snape volviera y comenzara otra vez.
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Por un momento pensó que, si intentaba saltarse al paso dos de inmediato, ella podía ceder. Pero no se trataba de algo físico, ¡no! Se trataba de amor, y obligándola no lo iba a lograr. De todas maneras, ¿por qué no le respondía como cualquier "muchacha" de veinte años? ¿Le tenía asco? Decidió ir a preguntárselo, porque si era así… era un gran impedimento para acercarse a ella. Tal vez ella se estaba engañando a sí misma creyendo que le gustaba, y eso cambiaba todas las cosas.
Convéncete. Tienes que reconquistarla, no obligarla. Es la única opción a todo esto.
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Severus apareció otra vez, casi al minuto, y ella no se había movido del lugar. Se puso rígida al ver que se dirigía hacia ella con paso militar.
―¿Sientes repulsión hacia a mí? ―preguntó alterado.
―¿Qué? ¡Claro que no!
―¿Entonces, Morgan? ¿Por qué tu actitud?
Por las barbas de Merlín. Se va a enojar si le digo. No puedo decirle. Pero debo ser sincera… La sinceridad en una relación es lo principal.
Se encorvó un poco, avergonzada.
―Yo no soy virgen ―farfulló sin mirarlo.
―Eso ya lo sé, pero ocurrió hace años.
Merlina negó con la cabeza.
―Ocurrió hace menos de doce meses para mí.
―¡Eso es casi un año!
―¡Lo sé! ―reconoció ella desesperada―. Pero, resulta que vi a la persona con que… vi a la persona hace poco ―comenzó a balbucear―, y me trajo todos los recuerdos y me siento muy, muy mal, sucia… pudorosa y…
Se quedó callada al ver cómo la vena de la sien de Snape tomaba sobresalía palpitante.
―¿Qué dices? ¿Viste al desgraciado de Edelberth?
Merlina dio un respingo, mirándolo con ojos de pescado.
―¿Cómo… cómo sabes que fue…?
―¿Lo viste? ―insistió.
―Sí… él… él fue a la fiesta de cumpleaños luego de que te fuiste tú… ¡Pero yo no lo invité! ―repuso alerta―. Llegó de la nada, y…
―¿Y?
―Y ayer nos… vimos. No es tan desagradable, de todos modos, pero al estar con él me hizo sentir que…
―Merlina Morgan ―susurró Severus conteniendo el enojo―, lo que hayas sentido o no, no es lo importante, lo mismo si te acostaste con él. ¡Él te traicionó!
―Me… ¿De qué estás hablando?
La condujo hasta el sillón grande y se sentaron. De pronto la situación había dado un vuelco, porque se trataba de algo mucho más serio.
―¿Sabes lo del incendio que provocaste en mi casa? ―Merlina asintió―. Bien, y estás al tanto de nuestra ida a San Mungo ―Merlina asintió: Edelberth mismo le había dicho―. Cuando llegamos al castillo… en fin, poco después, llegó alguien del personal del Ministerio de Magia para llevarte a Azkaban por los daños que habías causado.
Merlina se sintió un poco mareada. Azkaban. Dementores. Recuerdos malos… incendios…
―Y él, ÉL, Merlina, Ackley Edelberth fue quien dijo que habías sido tú la que había causado todo ese "destrozo", ¿y a cambio de qué?, ¡de un poco de dinero sucio! ―el volumen de su voz había ido subiendo gradualmente, y estaba colorado.
Merlina contuvo su respiración unos segundos para calmarse. Sintió un odio repentino por Edelberth. Tan cínico, insinuándosele… No podía creerlo. O tal vez era una mentira. Podían ser celos.
Alzó la mirada hasta Severus.
―¿Me estás diciendo la verdad?
―¿Crees que te estoy mintiendo?
―¡Pues, la verdad, es que no sé qué pensar ya con sus cambios de actitud! ―gritó Merlina, estallando de súbito y volviendo a tratarlo de usted, marcando la diferencia. De pronto sintió que iba a tener que abarcar mucho. Pensó que, el haber perdido la memoria, era más grave de lo que parecía, que las cosas con Snape no iban a funcionar, que iban a haber cosas de su vida que jamás iba a comprender, que no iba a lograr conectarse con su propio yo―. ¡Lo que no puedo entender, es cómo me puede amar! ―se puso de pie, con las manos engrifadas―. ¡O cómo puedo amarlo yo a usted! ¡Y siento que lo de "hacer como que jamás pasó nada" va a ser imposible! ¿Sabe por qué? ¡Porque la mayoría de lo que recuerdo de usted, profesor Snape, es humillándome! ¡Y, de pronto, aparece y me abraza, y me besa, y no puedo…! ¡No puedo! ¡Involucioné! ¿Es que no se da cuenta? ¡Es como si volviera a la adolescencia!
Se iba a agarrar el pelo, cuando Snape se lo impidió.
―¡Las humillaciones son del pasado! ―se defendió él―. ¡Me gustabas en ese entonces! ¿Cómo querías que llamara tu atención y, a la vez, negar mis propios sentimientos? Era algo prohibido en cada sentido de la palabra.
Merlina se soltó de él y retrocedió, sorprendida ante tal declaración. No se esperaba algo así.
―¡Había otras maneras! Podría no haberme humillado para partir, por ejemplo ―repuso. Recorrió el despacho con la mirada y se le vino a la mente los castigos que había cumplido allí, y el recuerdo de Hogsmeade volvió a su cabeza―. Además, hay cosas que son prácticamente imperdonables.
Severus se carcajeó. Tal vez era una risa nerviosa, o una risa sardónica, o lo que fuera.
―¿Imperdonables? ¿Cuándo te hice algo imperdonable?
―¡Cuando usted…!
―¡No me llames así!
―¡… me impidió enviarle el regalo a mi hermano el día que me castigó por sacar a un perro del techo! ¿Lo recuerda? ¡Yo le lancé el regalo, y cuando se lo pedí al día siguiente, no me lo quiso devolver!
Severus la observó con atención durante algunos segundos y la culpabilidad repletó sus ojos. Ni siquiera hizo el intento de ocultar sus sentimientos.
―Yo… ―balbuceó―. Sí envié tu regalo… Apenas me lo lanzaste fui a dejarlo al correo.
Merlina no pudo creer lo mentiroso que podía llegar a ser.
―Es un embustero. Si hubiese enviado el regalo, yo hubiera recibido respuesta.
Severus se volvió a la habitación haciendo creer a la joven que se encerraría otra vez. No obstante, regresó con un sobre sumamente viejo en la mano y se lo estrechó. Ese sobre había sido maltratado por el paso del tiempo, pero se hallaba en perfectas condiciones para ser leído el contenido interior.
