Capítulo 17: Desde cero

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―No pude evitar leerlo aquella vez, por eso está abierto ―farfulló con una nota de dolor en su voz―. Lo he guardado… Lo guardé para castigarte, para que precisamente pensaras que el regalo no había sido enviado. —Merlina lo recibió y lo observó, negando con la cabeza, no queriendo reconocer lo que veía. ―Como lo envié yo, la respuesta me llegó a mí ―explicó Severus―. La leí y la guardé en mi velador y… jamás la saqué, menos tuve la intención cuando supe lo que te ocurrió. Nunca fue mi intención… Yo nunca pensé lo que iba a suceder después. Si me hubiese enterado, te lo hubiera entregado sin preámbulos. Lo siento… lo siento mucho por no haberte dicho antes. No creí necesaria abrir esa brecha de dolor, especialmente por lo que ocurrió hace unos meses, pero también temía a que te enfadaras conmigo. Y luego… luego lo olvidé.

Merlina no contestó nada y sacó una hoja de cuaderno muggle, de cuadros y muy amarilla por el paso del tiempo, escrita con una desordenada letra de lapicera azul. Era la letra de Drake. Era la letra de su hermano.

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Merlina:

Debería golpearte, en serio. No sé por qué mamá te cuenta mis penas amorosas (es obvio… jamás me envías regalos para mi cumpleaños, y justo ahora que rompo con mi novia, lo haces), pero, sinceramente, esta vez se lo agradezco. Las grageas Barty Botas, o como se llamen, son lo máximo, pero tuve que vomitar una que tenía sabor a orina de gato. Supongo que era orina de gato, no es que la haya probado antes, no soy tan raro como tú. Podrías enviarme más seguido golosinas y no sólo para mi cumpleaños.

¿Sigues estudiosa como siempre? Espero que, cuando llegues, sepas convertir a la gente en sapo. Así me puedo vengar de mi ex. Es broma… sé que no puedes hacer magia fuera del colegio.

En fin, nunca he sido de escribir, ni de muchas palabras, así que te conformas con esto, hermanita. Están todos bien por acá.

Cuídate mucho.

Un beso enorme, te adora

Drake El Poderoso.

PD: PODEROSO. Para que te quede claro, no ando sufriendo. Así que no te preocupes. Por la única mujer que podría sufrir es por mi hermanita… ¡Ja! Te la creíste, ¿no? Pobre. Igual te sigo queriendo.

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A esas alturas, los ojos de Merlina estaban anegados de lágrimas. "Por la única mujer que podría sufrir es por mi hermanita…" Vio otra vez a Drake en llamas, saliendo por la puerta, gritándole que se salvara… Según la historia de las muchachas había recuperado todos sus tormentos pasados, por eso volvía a ver todo con claridad, como si hubiese ocurrido ayer.

Miró a Severus, viéndolo borroso. Él volvió a hablar. Su mirada estaba embargada de dolor.

―Te juro que…

Ella se le acercó, lo abrazó por la cintura y se puso a llorar libremente con la cara enterrada en su pecho, refugiándose en la calidez de sus brazos. Las lágrimas que brotaban de sus ojos y mojaban la túnica del mago no significaban absoluta tristeza, sino que emoción, agradecimiento hacia Severus, rabia por lo sucedido a su familia… Era un llanto de desahogo, un llanto que daba valor.

¿Cuántas emociones se podían sentir en unos cuantos minutos? Merlina había pasado por todas.

Severus la había estrechado con fuerza, dándole besos en la cabeza y acariciándole la espalda, cerrando los ojos del alivio, alivio por su reacción. Había creído que se lanzaría encima para agredirlo.

Él había guardado la carta… Por años. Cuando pudo haberla botado a la basura, y eso, para Merlina, significaba mucho más que todo. Y sí había enviado su regalo…Qué injusta había sido al pensar mal de Severus Snape, aunque tenía muchas razones para hacerlo, porque era cierto que la humillaba…, pero eso de ser un novio golpeador o agresivo… No, Severus no era ese tipo de hombre. Y acabó descubriendo que, en tiempos pasados, la humillaba para ocultar sus sentimientos. Lo mismo que hizo para que llegaran a ser pareja ―cortesía de las informaciones de las chicas―. Podía llegar a comprender su actitud de ahora: tenía miedo de perderla, siendo que habían pasado tantas cosas para estar juntos.

Lloró hasta que ya no pudo respirar más por la congestión de la nariz. Sin despegarse de Severus, deslizo la mano hasta su bolsillo y extrajo un pañuelo. No quería que la viera con la nariz goteando, así que se sonó, con la cabeza agachada, y se limpió los ojos hinchados. Al guardar el pañuelo miró a Severus, sin alejarse de él.

―Gracias ―sollozó. Él asintió con pesadumbre, sin dejar de acariciar su espalda con una mano, y acariciando sutilmente su mejilla con la palma de la otra.

Y, entonces, ella supo lo que tenía que hacer, lo que habían propuesto desde un principio: hacer como si nada; era lo que él se merecía. Se acercó a sus labios, pero antes de que los tocara, éste habló, mirándola con los ojos entrecerrados.

―No te sientas obligada a hacerlo.

Merlina se detuvo, anonadada.

―Tú dijiste…

―Sí, yo lo dije. Pero… ―suspiró―. No te puedo obligar. Me duele hacerlo, pero me dolerá mucho más no tenerte conmigo o que me detestes ―admitió con una voz amarga―. Lo único que te pido es que te quedes conmigo. Por lo demás… te tengo que hacer una proposición.

―¿Qué proposición?

―Empezar de cero.

Merlina esbozó una sonrisa.

―¿Algo así como… reconquistarme?

―Algo así.

―¿La reconquista incluye dormir juntos?

―Sí ―contestó Severus, disfrutando el proceso de sonrojo de Merlina con una sonrisa maliciosa―, pero en camas separadas.

Desde ese instante, el ambiente rompió las tensiones. Severus, por un lado, puso distancia entre ambos para que ella no se sintiera incómoda, y ella no lo dejó solo en ningún momento.

Si la Merlina actual hubiese estado allí, hubiera pensado "¿por qué Severus nunca se comportó así conmigo?" Y la verdad es que trataba con mucha paciencia a la joven que paseaba con él, cerca de las cinco de la tarde, por los terrenos de Hogwarts a paso relajado.

―No puedo creer lo de Edelberth ―admitió con pesadumbre. Y, a continuación le narró por qué se habían visto―. Fue estúpido pero… me tenías preocupada de verdad.

―¿Qué sentirías tú si, de pronto, una persona muy importante en tu vida pierde la memoria, olvidando cada momento que vivieron juntos? ―interrogó Severus con una ceja arqueada, mirándola de soslayo.

―Supongo que me sentiría pésimo.

―Por eso me fui de la fiesta así. Siento haberte preocupado.

―Pero no apareciste después de varios días…

―Tuve que hacer cosas… trabajos.

―¿Qué tipo de trabajos?

¿Le haría daño si le contara lo principal? No. Ella, de todas, maneras debía enterarse de parte de la verdad. Tarde o temprano lo sabría, ya fuese por otras bocas o por las noticias mismas.

No le contestó hasta que se sentaron en un banco, a la sombra de un haya, y comenzó por narrarle lo que era la Orden del Fénix y lo que significaba trabajar para ella; los tiempos que estaban viviendo, y lo que podían llegar a vivir si no se impedía a tiempo.

Merlina escuchaba con atención, con una extraña sensación en el pecho. ¿El viejo loco que había intentado hace mucho tiempo matar a Harry, quería matarlo otra vez? ¿Quería apoderarse del mundo mágico y exterminar a los muggles y sangre-sucias? Ninguno le había contado nada de eso. ¿Por qué Ginny, que había tenido más tiempo que todos, no le había dicho nada?

Quizá no quería hacerme daño —pensó, porque, sí, eso le hacía daño. Temió por la gente, temió por Severus y por ella. Trató de no demostrar preocupación, pero no pudo evitarlo.

―¿Tú estás en peligro?

Por la cara que puso Snape, Merlina supo que esa había sido una pregunta no deseada: fue como si le hubiese dado una patada en la entrepierna. Tensó la barbilla por unos segundos.

―Todos estamos en peligro ―concluyó él en un susurro―. Aunque… sí, tal vez mi trabajo sea más arriesgado.

―¿Qué quieres decir con eso?

―Es algo complicado de entender ―dijo con tono cortante, y ella prefirió no insistir.

Desviaron la conversación y se quedaron hablando hasta la puesta de sol de cosas triviales. Aunque era más silencio que palabras lo que había, así que Merlina decidió abordar el tema que le atacaba desde hace rato.

―Así que… ¿yo le gustaba, profesor Snape? ―inquirió sagazmente, mirando hacia el crepúsculo.

―Ya sabes la respuesta.

―Claro…. ―hizo una pausa―. Sólo por curiosidad… ayer recordé de la vez que me picaron las abejas ―Severus la miró con la burla reflejada en los ojos―, y… Bueno, en esa noche me sentí vigilada, y por un momento pensé que podía ser algún compañero…

―Era yo ―se le adelantó Severus suspirando―. Cuando estabas en la Enfermería… sí, era yo, escondido, escuchando tu respiración. Estuve más pendiente de ti de lo que piensas ―confesó―, pero no podía… no podía encontrar atractiva a una muchacha de catorce años a la que le encantaba jugar con muñecas. No creas que no lo encontraba depravado, y era una de las razones por las que me negaba a aceptar cualquier sentimiento de cariño que tuviera hacia a ti. Tenía veinte años, pero no es lo mismo catorce y veinte, que veintiocho y treintaicuatro.

―Muy buena reflexión, pero yo no jugaba con muñecas.

―Pero jugabas con animales, jugabas a la pelota con tus amigas, a las escondidas, a saltar la cuerda… demasiado infantil para mi gusto. Pero me gustabas y…

―…eso, Severus Snape, no lo podía admitir.

―Exacto.

Se puso de pie y le tendió la mano.

―¿No te sentirás acosada si te tomo de la mano?

―No creo.

No, no se sintió incómoda. Al contrario, su mano le daba cierta seguridad… o, al menos, eso fue lo que creyó, hasta la noche, cuando se llevó un susto de muerte.

Cenaron con Dumbledore en el comedor, apenas ocupando un rincón de la mesa de Hufflepuff. Por suerte, fue una cena cómoda, en la que Dumbledore le explicó su trabajo una vez más.

―A veces, los profesores necesitarán tu ayuda, y deberás hacerlo, de buena voluntad. Y… debes evitar los problemas con Peeves. Por suerte, cuando no hay estudiantes, está tranquilo y se la pasa en los pisos superiores, en especial tratando de entrar al despacho de Sybill. También te tendré que entregar unos nuevos planos del colegio, porque es imposible que los recuerdes: lo anteriores se quemaron en una pequeña treta que montaron unos estudiantes en tu oficina…

Terminando de comer, Dumbledore tomó camino a su despacho, argumentando que tenía otra tanda de cartas que contestar. Por otro lado, los otros dos fueron al suyo. Allí recién Merlina se percató de lo poco que le gustaban las mazmorras, más si estaba de noche.

Severus, que pareció leerle el pensamiento al notar la expresión de disgusto de la joven, dijo:

―Si no fuera porque los ingredientes de las pociones se mantienen mejor acá, iríamos a tu despacho, que está en el primer piso. Pero te acostumbrarás.

―¿La Merlina "del presente" lo hizo? ―preguntó exasperándose a sí misma.

―Oh… créeme que lo hizo.

Merlina alcanzó a distinguir un destello lascivo en sus ojos, pero fue cosa de un segundo. Se sentaron en butacas independientes, frente a frente. Desde luego ambos tenían claro que había un millón de cosas que hablar… el problema era cómo empezar un nuevo tema sin que sonara forzado. No se podía conquistar a alguien, o pretender enamorarse de alguien, si no había comunicación.

Severus miró el reloj negro de números romanos blancos que tenía en la pared y, viendo que eran casi las diez, susurró comprensivo:

―No es necesario que conversemos esta noche; tienes sueño, y yo también ―reconoció―. Tal vez debamos continuar mañana.

Merlina asintió. Era verdad que tenía sueño, y más verdadero era aún que Severus estaba cansado. Merlina podía apreciar los mismos rasgos de abatimiento de la vez que la pilló en su cumpleaños: las arrugas eran de agotamiento, no de vejez, lo mismo las ojeras.

―Sí… tenemos todo el tiempo del mundo ―finalizó con una sonrisa tímida.

―Todo el tiempo del mundo… ―balbuceó Severus por lo bajo, inseguro, pero ella no puso atención.

Fue extraño cruzar juntos el umbral hacia el cuarto de Severus, sobre todo al darse cuenta de que él ya tenía todo preparado: dos camas arropadas y distanciadas a no más de cincuenta centímetros. Apenas las separaba una mesa de noche con una vela en ella.

―¿Allí guardaste la carta de Drake?

Él asintió.

―Allá está tu maleta ―señaló un rincón―. Puedes vestirte tranquila. Yo estaré en el baño.

Dicho eso, extrajo una toalla del cajón, ropa, y desapareció tras la puerta oscura del baño.

Merlina, sin perder de vista la puerta y tratando de ocultarse tras su cama agachándose, se puso un pijama limpio y mucho más decente del que tenía en la mañana. A menos ese no tenía tantas hilachas.

Sacó su cepillo de dientes y esperó a que Severus saliera del baño. Mientras tanto, se dedicó a mirar el cuarto: no tenía fotografías, ni cuadros, ni nada. Las paredes estaban lisas y algo mohosas por la humedad.

La puerta del baño se abrió y salió él, con el torso desnudo, y unos pantalones cortos de algodón, haciendo que Merlina se sorprendiese y sintiera cosas extrañas en el estómago. Apenas tuvo un par de segundos para admirar los músculos suavemente marcados en sus pectorales, hombros y abdomen, hasta que le dio un ataque de pánico cuando vio lo que tenía tatuado en el antebrazo izquierdo. Esa imagen la había visto hacía mucho tiempo, en El Profeta, cuando estaban persiguiendo a los partidarios de Lord Voldemort, los que seguían torturando a las personas en la actualidad.

El miedo se apoderó de ella, tanto como cuando la mamá de Craig la había acusado de ser la culpable de su muerte apenas el día anterior. Los ojos se le abrieron como platos.

Severus tenía dibujada la Marca Tenebrosa.

Severus era un Mortífago.

Por unos momentos dejó que el miedo la embargara, como un veneno lento que se propagó por sus venas. Pensó en lanzar un grito agudo, pero supo que eso no era lo suyo, aunque tampoco hubiera logrado hacerlo: las cuerdas vocales se le habían congelado. ¿Qué hacía? ¿Le pedía explicaciones con voz autoritaria? ¿Salía arrancando y pedía ayuda? ¿Iba a buscar a Dumbledore? ¿Se lanzaba contra él, antes de que la atacara?

La invadieron cientos de preguntas mientras alzaba la vista hasta el hombre que tenía ese horrible dibujo diabólico tatuado en el pálido antebrazo.

Severus sintió su mirada y la observó con estupefacción directo a los ojos, que los tenía vidriosos y muy abiertos, y su boca expresaba nada más y nada menos que horror. Lentamente miró el dibujo de su brazo y, con voz dolorida, murmuró como un ventrílocuo mientras tapaba el dibujo con la otra mano:

―No es lo que crees.

Merlina dio un respingo, lamentando no tener la varita a mano por si tenía que defenderse.

―¡Eres un Mortífago! ―bramó por fin, buscando la manera de estar lo más alejada de él, señalándolo con un dedo acusador.

Snape dio tres zancadas largas hasta ella y le tomó las manos a la fuerza. La joven temblaba.

―Créeme. Déjame que te lo explique.

―¿Me quieres matar? ¿Quieres terminar con mi vida…?

―Escúchame…

―¿Eres un espía y traicionas a…?

―¡Escúchame! ―exigió él sin soltarle las manos, que las asía con firmeza. Parecía realmente desesperado. Merlina decidió oírlo, ¿y si le hacía algo por no hacerlo?― Sí. Soy un espía, ¡pero para Dumbledore, Merlina! ―el sonido de su nombre la relajó un poco―. Cometí el error de ser Mortífago alguna vez, pero hace años, muchos años que lo dejé ―hizo una pausa―. Precisamente el año en que llegué a este colegio.

La miró con tal intensidad que ella no necesitó doble ración de excusas para convencerse. Su mirada era sincera. Lo presentía, lo percibía.

―¿Es… es por eso que dices que tu trabajo es más riesgoso? ―tartamudeó, comprendiendo por fin.

El hombre asintió, cerrando los ojos, aliviado, soltándola con suavidad.

―¿Por qué no me lo dijiste desde un principio?

¿Cómo? ¿Acaso no se había dado cuenta del verdadero sentido de la declaración que le había hecho ese mismo día sobre su "trabajo", de los peligros que implicaba, del real peligro, del único?

―Porque temía a que reaccionaras así ―mintió―. Pero se me olvidó el detalle ―miró su antebrazo.

¿Qué por qué no te dije antes? Porque se suponía que ibas a decirme algo así como "¿Estás en peligro letal?" Y yo te hubiera tenido que contestar un "Sí". Pero como no lo has preguntado… no te lo diré. No ahora, no en este momento.

―Siento mi reacción ―se disculpó ella, tratando de no poner atención a la desnudez de Severus y su cercanía―. Pero… ―"¡Me arrebataste a mi hijo!"― me dio terror y… me recordó a lo de ayer.

Cuando le narró lo ocurrido en la salida con Edelberth hacía unas horas atrás, se había saltado la parte en que ambos salían huyendo de la señora que la había comenzado a atacar. Por eso se lo contó en ese instante, sintiéndose un poco cohibida.

―Las chicas me contaron de Craig antes… lo del secuestro y que te atacó pero… No sé. Me da mala espina.

―Él está muerto y no va a volver a molestarte jamás, y, aún muerto, no va a poder hacerlo ―dijo con tal firmeza, que Merlina prefirió no discutirlo más.

Severus aguardó a que ella se lavara los dientes para darle un beso en la frente de buenas noches y acostarse.

Apagaron la luz de la araña de velas y no hubo más ruido.

Severus se sumió en un sueño inmediato, al igual que Merlina, salvo que parte de su cerebro no cesó de crear imágenes con la cara de Craig: jamás lo había visto, pero podía imaginárselo. A la mañana siguiente, claro, no recordaba absolutamente nada, y el asunto había quedado resuelto, al menos, de momento.

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Poco a poco, Merlina comenzó a sentirse más familiarizada con el despacho de Severus y con él. También, paulatinamente, Severus perdió ese aire "amable" y había comenzado a molestar a Merlina por cualquier cosa. Por ejemplo, la última semana de vacaciones, mientras iban camino hacia el Gran Comedor para almorzar, el profesor insistió en comentar las anécdotas que la implicaban a ella, tanto pasadas como actuales, en donde siempre ella terminaba siendo el blanco de la burla. Merlina se limitaba a poner los ojos en blanco y a ignorar sus apodos como "Cerdita Parlanchina" o "Señorita Bufanda". Lo último, eso sí, no lo comprendió.

―¿Qué tiene de ofensivo "bufanda"?

―No te gustaría enterarte ―contestó con voz maligna. Merlina se encogió de hombros y prefirió no indagar más allá. Quizá todo era una estrategia para forzarla a recuperar la memoria, pero no hacía más que fastidiarla.

Cuando volvieron al despacho, Severus se puso a elaborar una poción para el resfriado, sin dejar de hablar de las anécdotas de Merlina. Los ojos de ella estaban puestos en la poción y, de vez en cuando, miraba el resto de la estancia, como si buscara algo con que pudiera entretenerse.

―¿Te acuerdas cuando…? ―comenzó Severus otra vez. No tenía idea qué le iba a decir, pero ella se había topado con un frasco de vidrio que contenía un pequeño caballo de mar nadando en un líquido espeso y amarillo, lo que le llevó una imagen fugaz a la mente. Si no hubiese visto al caballito, tal vez no se hubiera acordado.

Terminó interrumpiéndolo por eso.

―Déjame a mí ahora ―Severus arqueó las cejas―. ¿Te acuerdas cuando…?