Capítulo 18: La maldición del sueño

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Eran mediados de diciembre de un día domingo: Merlina, junto con sus dos amigas, Endora y Susan, estaban haciendo los deberes instaladas en una mesa de la biblioteca, cerca de la sección "Criaturas muggles salvajes". Eso era lo que pensaban todos, al menos. Estaban con las cabezas tan juntas, cuchicheando entre las tres, que nadie hubiera podido decir que estaban desconcentrando a los demás o haciendo ruido. Sólo se oían siseos y respiraciones.

Hay que encontrar la manera de sacarlo… Se va a morir ―insistía Merlina con los dientes apretados.

¿Pero, cómo? ¡Está en las mazmorras! Es obvio que Snape nos va a ver, ahora se la pasa vigilando por los pasillos ―advirtió Endora.

Además, últimamente te mira como si te odiara ―terció Susan de manera pesimista.

Mira así a todo el mundo.

Pero a ti te mira con más odio.

En fin, ¿para qué existen las "distracciones"?

Susan y Endora se miraron con disgusto.

¿Quieres que nosotras distraigamos a ese sujeto? ―Sin querer, la rechoncha Endora había subido la voz.

Madame Pince alzó la vista como un águila y las escrutó con dureza. Las tres fingieron escribir durante unos segundos, hasta que volvió los ojos hacia su cuadernillo de "Deudores de libros" y continuó sacando cuentas.

Sí ―continuó Merlina―, pueden inventarse lo que sea. Si le lanzo un hechizo aturdidor y lo logro hacer aparecer en el lago…

¿Cómo lo vas a hacer aparecer?

Con un hechizo, obviamente.

Pero hace un año que no lo practicas. Además, es un animal pesado, y para más remate, es un monstruo marino disfrazado de caballo ―insistió Endora, desesperada.

¡Que no es un monstruo! Es un caballo encantado, se los juro.

Pero sigue estando Snape de por medio, se la ha pasado vigilando y echando a los que se acercan bajan a las mazmorras, excepto a los Slytherin, que tienen la Sala Común allá abajo ―reiteró la morena Susan con mala cara, cerrando un grueso libro de golpe.

Varias cabezas se giraron a mirarlas con desprecio, y tuvieron que fingir otros segundos de concienzuda escritura, hasta que los demás se concentraran otra vez.

Está bien ―gruñó Merlina, un poco harta de la situación―. Hagamos lo siguiente: ustedes dos se preocupan de salvar al caballo y yo distraigo a Snape.

Trato hecho ―aceptaron las otras dos chicas a coro, aún inseguras.

Y… ¿cómo distraerás a Snape? ―preguntó Endora con el entrecejo fruncido.

No tengo la más mínima idea… pero se me ocurrirá algo.

Sí, se le tenía que ocurrir algo, y no había más tiempo que el que tenían hasta después de la cena para actuar. El punto era que debían rescatar a ese pobre animal, al que todos creían Kelpie, pero que realmente no lo era, y Merlina lo juraba por su familia. Era un caballo encantado; algún gracioso había hecho que pudiera respirar bajo el agua. Los Kelpies, monstruos marinos con forma de caballo, convencen a su presa para que vayan con ellos hasta el fondo y puedan comerlo. Según la profesora de Defensa ―por lo que se habían enterado las chicas―, quería, junto con los de séptimo, hacer una investigación para omitir el factor agresivo del animal.

El pobre supuesto Kelpie había sido atrapado por la misma profesora en el Lago Negro. Según ella, podía ser perjudicial para el Calamar Gigante.

Todo el colegio vio cuando, con gran destreza, la mujer lo atrapó con una brida mágica. Los Kelpies se vuelven mansos cuando son capturados con riendas, y a este le ocurrió todo lo contrario: comenzó a relinchar como loco y a chapotear como poseso en el agua para intentar hundirse; la profesora se asombró y argumentó que había Kelpies prácticamente indomables, y que eran las excepciones. Finalmente, fue atontado con encantamientos aturdidores de los prefectos de cada casa y fue trasladado a una piscina de cristal, hecha aparecer por el diminuto Flitwick, en una de las aulas vacías de las mazmorras. Se le dejó algas marinas y algunos peces y moluscos al "Kelpie" para que se alimentara mientras tanto. Eso había sido apenas en la mañana del mismo día. ¿Cómo Merlina se había dado cuenta de que el animal era un caballo y no un Kelpie? Fácil: no se había calmado con la brida y había chapoteado. Los Kelpies no chapotean, sólo se deslizan a través del movimiento de la cola y la crin. Las extremidades son inservibles… sólo toman la forma de caballo para engañar a las personas. Además, nadie se había sentido atraído hacia el animal.

Por todas esas razones, el animal debía ser sacado de allí. Los estudiantes evitaban las mazmorras siempre: en un inicio era porque Snape habitaba en una de ellas, y ahora, por el Kelpie; los alumnos temían a que el cristal se rompiera y los devorara sin piedad. Por precaución la puerta permanecía con llave, pero Susan era una experta en cerraduras. Y, junto con Endora, hacían mejor pareja en cuanto a hechizos se trataba. Merlina obtenía buenas calificaciones gracias a un esfuerzo descomunal. Se desempeñaba bien en Pociones porque no se necesitaba varita.

Se miraron entre las tres y asintieron, dejando el asunto zanjado.

Continuaron haciendo deberes (esa vez de verdad) y en silencio, hasta las ocho menos diez. Alcanzaron a dejar sus bolsos en la torre de Ravenclaw, y luego bajaron a comer, hambrientas y nerviosas. Intentaron distraerse conversando de cosas como "¿qué recibiré para Navidad?" o "¿el director hará una fiesta?", pero a cada momento sus mentes se unían en una cosa: el Kelpie impostor. Pero la palabra era la palabra, y se habían comprometido. Además, si era un caballo, sería un pelo de la cola rescatarlo: la parte más difícil la llevaba Merlina.

El caballo se ubicaba en una sala sin muebles, paralela al aula de Pociones, conectadas por un pasillo perpendicular de cincuenta metros. Había tres maneras de llegar hasta el lugar: la escalera del Vestíbulo, que generalmente la usaban los de Slytherin para ir a su Sala Común, una del primer piso y otra del tercero. La del tercero conducía casi a la misma aula del caballo; la del primero se conectaba al pasillo de Snape. Las chicas estarían esperando tras un tapiz, frente a la sala, aguardando a que no hubiera presencia alguna de Snape, junto a la escalera que las llevaría directamente al tercer piso: la seguridad sería garantizada apenas se oyeran los gritos de Merlina, quien tomaría el camino del primer piso.

Buena suerte ―le desearon sus amigas a Merlina cuando se separaron en el primer piso.

Merlina tomó aire profundamente, dándoles tiempo a sus amigas para que llegaran a la tercera planta, y se despeinó un poco el cabello. Luego tomó impulso y bajó corriendo los escalones, a toda velocidad y con cara asustada. Gritó lo más fuerte que pudo para atraer a Snape hacia ella. A lo lejos se veían a los Slytherin pasando para bajar una mazmorra más. Varios la miraron asustados. Merlina no dejó su papel y se escondió tras una armadura, temblando. Más que actuación, eran espasmos verdaderos: se le habían olvidado lo molesto que podían ser los Slytherin, aunque no pudo negar que le sirvieron de ayuda; alguien había ido a avisar a Snape, al parecer, porque estaba doblando el pasillo con cara de ultratumba. Cuando vio a Merlina allí, agachada como un pollo larguirucho, frenó en seco. Al verla temblar, continuó su caminar y se plantó frente a ella, con varita en mano.

¿Qué hace ahí, Morgan? ―inquirió desconcertado y molesto a la vez.

Peeves, señor ―farfulló mirándolo con cara de cordero degollado―. Me… me perseguía para lanzarme petardos…

¿Para qué tiene su varita, entonces? ―la interrumpió el joven maestro con el ceño fruncido―. ¿Acaso no le han enseñado hechizos defensivos? ¿Eh?

Sí, pe-pero… ―Merlina ya no sabía si estaba actuando o no. Esos túneles sin final que la observaban con reproche le ponían la piel de gallina; evitaba mirarlo a los ojos―. Se me olvidó…

¡"Se le olvidó"! ―se burló con una mueca.

Sí, yo… no sé.

Snape la tomó del brazo y la puso en pie sin mucho esfuerzo.

Escúcheme, Morgan ―farfulló con los dientes apretados. Iba a darle un sermón, cuando sus ojos se cruzaron… y la expresión de intolerancia de Snape cambió a miedo cuando comprendió lo que vio en esos ojos castaños. Bufó―. Se ganará el castigo del siglo.

Llevó a Merlina casi corriendo hasta el aula del Kelpie, si no es por el agua que había en el pasillo. La muchacha se asustó: ¿acaso habían quebrado la piscina? ¿Les había sucedido algo a las chicas? Si era así, aunque la castigaran mil veces, no podría perdonárselo. El joven abrió la puerta de una sola patada. Susan y Endora gritaron sobresaltadas. Se hallaban de pie, una a cada lado del caballo que estaba fuera de su piscina de cristal, lanzándole chorros de agua a la cara, con expresiones de horror.

El caballo hechizado se estaba ahogando sin agua.

¡Se va a morir! ¡Se va a morir! ―exclamó Merlina cambiando el sentido de su horror.

¡Silencio!

¡Es un caballo! ¡No es un Kelpie! ―comenzaron sus amigas para excusarse.

¿Un caballo? ¿De qué demonios están hablando?

¡Es un caballo encantado! ¡Hay que sacarle el hechizo! ―voceó Merlina tirando de la manga de Snape insistentemente, mirándolo con intensidad.

Severus apuntó la puerta y se dirigió a sus amigas:

Ustedes, vayan a mi despacho, tengo que darles un castigo por entrometidas y desobedecer las reglas ―reprochó y luego se giró hacia Merlina para espetarle―: Y, ahora, le haré entrar en razón.

Merlina supo de inmediato lo que Snape iba a hacer: probar la maldición asesina; los Kelpies reales podían sobrevivir a ella. Sin embargo, antes de que pudiera pronunciar palabra ―sus amigas, a todo esto, se habían ido corriendo―, gritó:

¡QUE ES UN CABALLO, LE DIGO!

Snape la miró con ojos aniquiladores.

Mire.

Merlina jamás había intentado el hechizo, pero podía resultarle en tal estado de desesperación. Con su varita apuntó al caballo y vociferó:

¡Aquabulla!

Sí, resultó: un casco de agua envolvió la cabeza del caballo que se agitaba desesperado.

La estudiante y el profesor se quedaron petrificados al ver cómo el caballo se ponía en cuatro patas otra vez y los miraba fijamente, con los ojos inyectados en sangre. Por un segundo Merlina creyó haberse equivocado, y se le cayó el alma a los pies cuando éste tomó impulso para irse contra ellos. Snape, por otro lado, había comprendido lo que iba a suceder, y obligó a Merlina a agacharse, envolviéndola en un abrazo protector: el caballo saltó sobre ellos y salió por la puerta galopando, libre. Y, todo eso, ocurrió en tan solo tres segundos.

A continuación se oyeron gritos de los Slytherin, pero el caballo jamás los atacó. Si no que, simplemente, buscó la manera de salir, y volvió al sumergirse al lago, feliz de la vida, para ser enrollado por un amistoso tentáculo del Calamar Gigante.

Y a Merlina y a sus amigas las felicitaron, entre regaño y regaño, porque habían salvado a un animal. El profesor Kettleburn, de Cuidado de Criaturas Mágicas, les sumó los puntos que Snape les había quitado.

Fuera del asunto, Merlina no había parado de pensar en el abrazo del joven profesor de Pociones, pero no tenía idea de que él tampoco podía dejar de pensar en ese atrevimiento poco ético de su parte.

―Y allí me di cuenta de que me gustabas ―confesó la celadora con las mejillas encendidas, un tanto arrepentida de haber comenzado el tema. Snape se había defendido diciendo que "jamás le creyó que Peeves la atacara" porque era una pésima actriz.

Severus se limpió las manos con un trapo húmedo y dejó que el líquido del caldero se enfriara. Se sentó junto a Merlina.

―Y allí yo me di cuenta de que tenía que tomar cartas en el asunto… o sea, tratándote peor y dejándote en ridículo ―dijo con sarcasmo.

―¿No te arrepientes? ―le espetó un poco dolida.

―No. Era entretenido, sobre todo verte enojada o colorada. Justo como ahora.

Merlina quiso ganar tiempo.

―¿Cómo es que supiste lo que estaba ocurriendo?

―Legeremancia.

―¿Qué es eso?

―Sé el arte de introducirme en la mente de las personas, y depende directamente de las emociones. Cuando alguien no puede controlar lo que siente, se hace más susceptible a invasiones ajenas —explicó en un susurro. Luego levantó una mano, le acarició la cara y buscó sus ojos.

―Por favor… respeta… respeta el trato ―suplicó Merlina, tratando de quitar su mano, siendo lo menos brusca posible para no ofenderlo.

―Me va a costar un poco ―reconoció Severus apenas moviendo los labios―. Llevo una semana sin tocarte, con suerte las manos. No me lo reproches. Sólo quiero un beso, y no te molestaré durante otra semana…

Merlina bufó y cerró los ojos, nerviosa, con el estómago revuelto y la cara ardiendo, esperando los finos y sutiles labios de Severus. Pero, antes de que pudieran llegar siquiera a rozarse, Severus lanzó un disparate y se levantó, afirmándose el antebrazo izquierdo.

—¿Qué sucede?

―Debo ir… Debo irme ―gruñó, acercándose al perchero y tomando su capa de viaje―. Dile a Dumbledore que he sido convocado.

Salió del despacho, con Merlina pisándole los talones, quien tomó el camino hacia el despacho de Dumbledore para dejarle el recado.

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Merlina pasó el resto de la noche sola. Pensó que, a la siguiente mañana, vería a Snape, cansado, durmiendo en su cama. Pero no estaba. Lo mismo pensó al siguiente día, pero tampoco se lo topó. Casi dos días de ausencia no dejaban de ser, no obstante, Snape ya le había dejado en claro, días antes, lo arduo que podía llegar a ser doble agente. De igual forma se preocupó. Trató de parecer tranquila a la hora del desayuno.

Era sábado y en dos días más las clases iban a dar por comenzadas, así que, de todas maneras, Snape tendría que llegar dentro de ese plazo.

Dumbledore la miró sobre sus lentes de medialuna y le dio unas palmadas en la mano. No se le podía engañar.

―Tienes que estar tranquila, Merlina. Puede que repetidas veces desaparezca de la misma forma. Últimamente todo es incierto; antes Severus tenía la estadía escolar completa garantizada aquí, pero… ¡Oh!

Una lechuza había entrado por una de las ventanas y había dejado caer el periódico.

―Sí, no se preocupe, director, estoy bien ―le aseguró Merlina, sin poder tratarlo de "tú". Él le había dado permiso para que lo "tratara como antes", pero tutear a Severus ya era algo un poco difícil, y menos iba a poder lograrlo con Albus Dumbledore.

Acabaron de desayunar y Dumbledore ofreció El Profeta a Merlina.

―Hace tiempo que no lo veo; me dedico a mirar las portadas ―reveló y señaló la foto de Rufus Scrimgeour discutiendo con el director del Departamento de Transportes Mágicos―. Así que puedes llevártelo.

Merlina lo recibió de buena gana y se fue al patio del castillo para leer a la luz del sol.

La primera noticia no tenía nada de interesante, sólo que Archivald Howell, trabajador del Ministerio, quería legislar una ley que permitiera a los menores de edad que dominaran la aparición, aparecerse, pudiendo hacerlo dando el examen práctico antes.

Dando vuelta la página se encontró con algo más interesante, una catástrofe, por supuesto.

El corazón de Merlina bajó hasta su estómago. O fue lo que pareció, porque sentía el latido allí, y en las manos, y los pies… Ella se balanceaba al ritmo del latido.

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SANADOR DE SAN MUNGO ENCONTRADO MUERTO EN SU CASA

Norman Tucker, de cincuenta y seis años, cerca de las nueve de la noche del día de ayer, viernes 29 de agosto, decidió ir a ver a su vecino sanador, Ackley Edelberth, quien siempre tenía a mano alguna poción calmante para su artritis. Golpeó la puerta varias veces, pero no hubo respuesta. Un hedor particular salía de la casa, lo que le preocupó de sobremanera, y llamó a su esposa para que lo acompañara. Su mujer accedió, sin pasar por alto aquella esencia desagradable, diciéndole, nada más ni nada menos, que era el "olor a muerte".

"Si no hubiese sentido ese olor putrefacto que se colaba por las hendijas de la ventana, no hubiera entrado nunca" confesó apenado Tucker.

Sin dudarlo más, con varita en mano, quitaron la llave de la puerta y entraron. Estaba todo oscuro, pero al encender las velas se llevaron la sorpresa de un sanguinario escenario en el centro de la sala de su casa.

"Estaba con la cabeza torcida y todo desangrado; eso sólo lo puede hacer una maldición. Sus ojos estaban fuera de las órbitas y, en algunas partes, le faltaba trozos de piel" declaró la esposa de Tucker bañada en lágrimas "Era una buena persona y un excelente sanador".

Por otro lado, los demás compañeros de trabajo no tardaron en recibir la mala noticia. Todos afirmaron sentir un gran aprecio…

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El artículo continuaba, casi llenando la página completa con otros tantos comentarios de gente externa, y su familia, que todavía no se enteraba, residía en Estados Unidos.

Ackley estaba muerto. ¿Le importaba a ella? En realidad no, porque no sentía ningún aprecio por él, aunque no la dejaba de sorprender y conmocionar. El problema, de todos modos, radicaba en otra cosa. En otra persona.

Se tapó la boca para no chillar. Los ojos le escocieron por las lágrimas que pugnaban por salir.

"…cerca de las nueve de la noche del día de ayer, viernes 29 de agosto…"

Severus se había enojado mucho la vez que le contó lo de Edelberth. Había razón, por supuesto, pero no le agradaba que hubiese sido él quien… Pero Severus no lo hubiera hecho. No.

¿No?

Severus se había marchado el jueves, un día antes. ¿Y si acaso Ackley había sido un blanco de los Mortífagos? ¿Si uno de los planes era exterminarlo?

"Cuando un Mortífago devoto mata a alguien, invoca la Marca Tenebrosa sobre el recinto" le dijo Severus en algún momento.

¿Y si había sido un crimen pasional? ¿Y si realmente Snape lo había matado?

No sabía qué hacer. Se paró y sentó cinco veces antes de volver al castillo, con el periódico entre las manos, arrugándolo, mordiéndose el labio inferior y con la quijada temblorosa. Paseó un rato, mirando constantemente por las ventanas, hasta que por fin vio aparecer a Severus, a lo lejos, en las verjas de los cerdos alados.

Pensó en correr a enfrentarlo en el patio, pero prefirió aguardarlo en su despacho, sentada, con la página abierta.

Cinco minutos después de llegar, apareció Severus encapuchado.

―¿Por qué estás así? ―inquirió mirándola, refiriéndose a la pose derecha y reservada―. ¿Me esperabas?

Merlina no aguardó hasta que se sacara la túnica, sino que se aproximó a él, casi refregándole la hoja en la cara.

―Dime que tú no lo hiciste. Por favor ―su voz sonó entrecortada.

Snape le arrebató la página y, entornando los ojos, leyó el artículo. Sus cejas se iban juntando más y más a medida que pasaban los párrafos. Al acabar, arrugó la hoja y la encestó en el contenedor del rincón.

―Yo no lo hice, Morgan. Tal vez he sido culpable de muchas muertes, pero nunca en mi vida he matado a alguien. Torturado… sí. Matado, no. Y no puedes venir a mostrarme cada noticia de muerte cada vez que desaparezca ―la observó con atención―. ¿Me crees?

Acunó su barbilla con ambas manos para que no dejara de mirarlo a los ojos. Ella no dominaba la Legeremancia, pero vio sinceridad en ellos.

Severus no lo había hecho, pero entonces ¿quién?

―Sí.

―Además… olvidas que su cuerpo estaba casi descompuesto, aunque eso depende del ambiente, pero su casa era bastante cómoda, según lo dice; mínimo tienen que haber pasado tres días para que …

―Mejor no sigamos el tema ―lo cortó Merlina, sintiendo asco al imaginarse a Ackley verde y lleno de larvas―. No me lo puedo imaginar muerto.

Severus se dirigió al cuarto y ella lo siguió.

―¿Estás bien? ―inquirió, un poco más calmada.

―Sí, sólo que muy cansado ―contestó metiéndose al baño―. Me ducharé e iré a hablar con Dumbledore.

La joven no necesitó preguntar sobre qué, porque ella lo acompañó. Dumbledore, para variar, estaba contestando cartas.

―¿Tomaré el puesto de Defensa este año, director? ―inquirió Severus, sin rodeos previos.

Albus suspiró con las cejas arqueadas.

―Lamentablemente, no. No pude hacer nada, Severus, pero la persona que sí lo hizo ha insistido en tomar en puesto. Además, contaba con ayuda: el Ministerio otra vez metió las narices, igual que hace tres años.

―¿Cómo? ¿Con ayuda de quién cuentan?

―De Dolores Umbridge.

―¡¿Qué?!

Fue Merlina la que exclamó. Su mente había recordado de inmediato ese nombre: Severus le había explicado que ELLA había sido la mujer que la había venido a buscar para llevársela a Azkaban. Algo como eso no se olvidaba fácilmente.

―Esa mujer no puede meterse otra vez aquí ―bramó Severus, furioso.

―No, pero su sobrina sí.

―¿Y quién es su sobrina?

―No creo que la conozcas, hace poco llegó de Estados Unidos, y es de bajo perfil… se llama Agatha Dunstan. Es hija de la hermana menor de Dolores, por lo que pude averiguar y… para mi asombro, y supongo que el tuyo también, Merlina, estudió en la misma Universidad de tu primo Philius, y eran compañeros en algunas clases.

Merlina quedó horrorizada ante aquella información. Apenas estuvo de vuelta en el despacho ―mientras Severus se acostaba para dormir, porque estaba sumamente cansado y somnoliento―, escribió una carta para su primo, preguntándole quién diablos era la tal Agatha Dunstan y si la conocía. De sólo pensar que era sobrina de esa vieja arpía, le picaba la piel de la rabia.

Se dio el trabajo de ir a la lechucería, saludando al Fraile Gordo en el camino, el primer fantasma que veía durante mucho tiempo ―durante vacaciones solían ausentarse también―. Luego emprendió camino de vuelta.

―¡Merlina! ¡MERLINA!

Severus la llamaba a todo pulmón desde la habitación.

¿Qué diantres hice? —se preguntó, asustada, entrando a la habitación.

Severus estaba con los ojos cerrados; soñaba, o tenía una pesadilla. Tenía una pierna afuera de las sábanas y con una mano trataba de alcanzar algo.

―¡No, no! ¡Cuidado! ¡MORGAN! ―volvió a llamar.

Merlina rápidamente se sentó a su lado y comenzó a darle suaves palmadas en la mejilla para despertarlo, o, al menos, tranquilizarlo.

―Severus, ¡Snape! Estoy aquí, estoy aquí… Ssshh, Severus…

Tras unos cuantos intentos, por fin Snape abrió los ojos, hinchados, y la miró. La miró sin verla, como si fuera invisible.

―Moriste ―susurró con voz de ultratumba.

―No, ¡claro que no! Severus, estoy…

―Moriste, moriste. Estás muerta… Y todo, todo acabó, y tú, tú estás muerta…

―Por Merlín, Severus, ¿qué no me ves? ―Severus no pestañeaba y respiraba agitado, con lágrimas nacientes en sus ojos.

―Lo siento mucho, no pude hacer nada, no pude impedirlo, él te torturó y…

Merlina creyó que se refería a Voldemort.

―Iré a buscar a Dumbledore, ¡no te muevas!

¡Como si fuera a moverse!

Partió a toda velocidad, y el director corrió con ella de vuelta, sin haber necesitado oír más explicaciones aparte de "a Severus algo le pasa".

Albus le puso una mano en la frente mirándolo de cerca.

―Está algo afiebrado ―comunicó por lo bajo―. Severus, ¿me oyes? ¿Me ves?

―Ella, señor… ella murió… Yo no… él la torturó y…

Hablaba incoherencias con una voz terriblemente ronca tanto gritar y el rostro lo tenía empapado de lágrimas. Merlina estaba conmocionada al verlo así.

Albus la miró fijamente unos cuantos segundos antes de dar un veredicto.

―En mi vida he visto apenas un caso como este, y sólo lo puede resolver un experto en Defensa Contra las Artes Oscuras.

Merlina se puso pálida.

―¿Está maldito?

Merlina no comprendía, ¿le habría hecho Lord Voldemort eso? ¿U otro Mortífago?

―Sí. Le han echado la maldición del sueño, y lo único que nos queda por hacer es esperar a que la señorita Dunstan llegue al colegio pasado mañana. No es seguro que lo saquemos del castillo en estas condiciones, menos llevarlo a San Mungo; Severus tiene que quedarse con nosotros.

―¿Por qué no lo puede hacer usted, director? ¡Usted lo sabe todo!

―No, no lo sé todo ―se lamentó Albus―. Hay aguas que jamás decidí experimentar. Es magia muy inusual y casi desconocida.

Hubo unos segundos de silencio. Severus era el único que hacía ruidos extraños, tratando de hablar.

―¿Es mortal? ¿Es peligrosa la maldición? ―preguntó Merlina, tomándole a Severus fuertemente la mano.

―Esperemos que no, pero cuando se recupere, pasará una semana completa durmiendo, eso es indudable.

―¿Y qué será de las clases? ¿Se suspenderán?

Albus carraspeó y la miró algo tímido.

―Tú sabes algo de pociones, ¿no Merlina?

―Bueno, algo, sí. Me… ―antes de seguir hablando, comprendió lo que quería decir el director.

―Tú tomarás el puesto por una semana, hasta que Severus se mejore, esperando lo mejor; Poppy podrá cuidarlo.

Merlina no tuvo otra alternativa, aparte de aceptar, aceptar o… aceptar. Sabía de pociones, claro, lo básico, lo que recordaba del colegio y, tal vez pudiera enseñar materia hasta de tercer grado con ayuda de algún libro de biblioteca, pero ¿y los cursos superiores? ¿Cómo se las ingeniaría?

Más tarde rebuscó entre los papeles de Severus, en su escritorio, y encontró unas cuantas pautas de clases de años anteriores, tal vez de sus primeros años de enseñanza. Eso le ayudaría en algo. Al menos, era una semana, ¡¿pero cuántas clases había en una semana?! Más de veinte, calculaba ella. ¿Y si se terminaba volviendo loca? Pues, aunque más le diera vueltas al asunto, no podía preocuparse de eso totalmente. Se pasó la noche al lado de Severus, vigilando que no abriera los ojos para que no se le secaran. De vez en cuando pasaba la mano suavemente por su cara, o se apoyaba en su pecho, oyendo su corazón, ya relajado. Mientras no se le hablara, él no hablaba, así que parecía sumido en un sueño profundo, aunque Dumbledore le había dicho que, en el ámbito de la maldición, estaba "despierto".

¿Qué había visto Severus en sus pesadillas? ¿A ella, Merlina, muriendo? Ella podía comprenderlo perfectamente. La muerte de un ser amado era algo terrible, y más si era una muerte injusta o estúpida. Y si Snape visitaba constantemente a Voldemort, no era de extrañar que se le confundieran las cosas… Bueno, eso no era precisamente "confundir", dado que estaba bajo una maldición. ¡Ojalá ocurriera un milagro y reaccionara!