Capítulo 19: La carta de Phil
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La mañana del 1º de septiembre llegaron los demás del personal a las ocho en punto de la mañana, excepto Dunstan, quien, según Dumbledore, le había enviado anteriormente un mensaje en el que le avisaba que su llegada sería a las siete de la tarde, apenas una hora antes de que lo hicieran los alumnos.
Merlina cumpliría su parte de celadora recibiendo a los estudiantes. No obstante, apenas se sentase en el puesto de Severus para presenciar la Ceremonia de Selección, comenzaba su cargo de profesora reemplazante durante esa semana. ¡Qué aterrador sonaba eso!
Dumbledore fue el encargado de dar la noticia acerca de Severus al resto del personal, lo que los dejó asombrados, aunque sólo Minerva, la eterna enemiga de casa, se afligió; y es que ni sus colegas le tenían tanto aprecio, lo que provocó una punzada de rabia a Merlina. Por otro lado, el director no comentó nada acerca de su pérdida de memoria, así que nadie se enteró.
―Es mejor no hacerlo. Dejemos las cosas tal como están. Sigues siendo la misma, nadie se dará cuenta, y lo que menos necesitas es que te traten con pinzas ―le dijo el anciano con voz sabia.
¡Por fin alguien que decía que era la misma!
También dio cuenta a Merlina de que una de las tareas de celadora era ayudar en limpiar y ornamentar el Gran Comedor, pero, como Severus la necesitaba a su lado, los profesores quedaron únicamente encargados de eso, en tanto ella hacía compañía al enfermo, con un libro de pociones en las piernas, pluma, tinta y pergamino para preparar su primera clase de la mañana, para los Hufflepuff y Ravenclaw de cuarto año.
A las seis y media llegó Madame Pomfrey al despacho, siendo enviada por Dumbledore para entregarle una poción pacificante.
―Antes de bajar al comedor tienes que darle cuatro gotas; así te asegurarás de que no se moverá ni abrirá los ojos durante dos horas, y podrás cenar tranquila ―le indicó.
Merlina siguió los pasos al pie de la letra, abriendo la boca de Severus y dejando caer cuatro gotas en su garganta. Lo arropó, le dio un beso en la mejilla (sin dudarlo antes un poco), y bajó hasta el Gran Comedor, donde se amontonaban los profesores, hablando más con preocupación que con ánimo.
Desde lo lejos distinguió a Dumbledore, al lado de la mesa alta, hablando con una mujer desconocida que vestía una túnica rojo oscuro. Supo de inmediato que era Dunstan, así que daba igual si la carta de Phil llegaba o no. La pobre lechuza tuvo que volar hasta Wisconsin, y quizá recién estaba llegando, si es que era una lechuza débil. Eligió a la primera que se le había posado en el regazo contenta de cumplir una misión.
Se acercó hasta el director, casi por la espalda de la mujer, que tenía el cabello castaño, liso y con mechones más claros.
―Usted debe ser la profesora Dunstan ―dijo a modo de saludo.
La mujer, de piel trigueña, ojos pequeños y redondos abrió su boca gruesa y larga para pronunciar un sonoro y sarcástico: "¡Merlina!"
Ante este inesperado saludo, Albus y Merlina se miraron por el rabillo del ojo.
―Disculpa, ¿nos conocemos? ―inquirió la aludida con las cejas arqueadas y los ojos entrecerrados, esforzándose en hacer memoria.
Dumbledore miró a Merlina y ella hizo un gesto afirmativo con la cabeza: era prudente, tal vez, que ella se enterara de la verdad.
―Señorita Dunstan ―habló con afabilidad y una mirada penetrante―, Merlina ha sufrido una leve pérdida de memoria, y, lo más probable, es que no se acuerde de usted.
Dunstan miró a Merlina con recelo y soltó una carcajada de incredulidad.
―¿En serio no te recuerdas de nada? ¿Y del matrimonio de Phil?
―No ―contestó Merlina con sequedad, dejando la boca en un rictus de enfado. Por algún motivo la mujer no le agradó en absoluto.
―¡Quién lo diría! ―se quejó con falsa tristeza―. Eso es, francamente, espantoso.
Merlina acusó a su imaginación ante lo que vio: una sonrisa de pura maldad dibujada en la boca de Agatha Dunstan. Tenía algunos rasgos de su tía, Dolores Umbridge, como el largo de la boca y la redondez de los ojos ―había visto una fotografía de la mujer en un periódico antiguo―, y le causó aversión. Ya le había caído como dragón en el estómago, sin tener idea lo que esperaba después, que era mucho peor.
Albus miró su reloj de bolsillo.
―Es la hora, Merlina ―y luego se volvió hacia los demás profesores para que tomaran sus asientos.
Merlina fue hasta las puertas de robles del Vestíbulo para recibir a los estudiantes de segundo en adelante, y sintió una gran paz cuando vio a Ginny Weasley bajar de unos de los carruajes. Acercándose, haciendo como que la tomaba del hombro para conducirla, le preguntó en un susurro:
―¿Cómo estás?
―Aquí, sin mucho que contar, ¿y tú?
―Aquí, y con mucho que contar. Después hablamos.
Hizo entrar a los muchachos para que se acomodaran en sus respectivas mesas. ¿Era su imaginación o en su época había muchos más estudiantes que en esos instantes? Y recordó lo que le había dicho Severus en otra de sus vagas explicaciones: "…algunos padres temen mandar a sus hijos a Hogwarts…".
Se sintió extraña cuando se sentó en el puesto de Severus, y no por estar en ese lugar, sino que por ubicarse en la mesa alta, teniendo a todo un público delante. Ginny le lanzó una mirada interrogante, como muchos otros. Barrían con la mirada de un extremo de la mesa al otro, buscando algún rastro del profesor de Pociones. Tuvo ganas de oír los rumores que se esparcían, pero al poco rato los escasos estudiantes de primer año hicieron acto de presencia en el Gran Comedor, con aquellas caras plagadas de terror y curiosidad. Era una hilera muy corta y parecían más atemorizados de lo habitual.
La Ceremonia de Selección, fue el mejor momento para Merlina durante la noche: había silencio total, todos pendientes de la repartición de los alumnos. En cambio, la cena, fue un lapsus de total incomodidad y rabia: cada cinco segundos lograba oír la falsa risa de la profesora Agatha Dunstan, quien conversaba con Dumbledore; con Minerva se lanzaron algunas miradas cargadas de exasperación. Se alivió, por supuesto, cuando Dumbledore se giró unos cuantos grados para guiñarle un ojo y mostrarle un rictus de fastidio. Eso le dio a entender que ella no era a la única que le había molestado, sin embargo… ¿De dónde la conocía antes? ¿Por qué la había saludado como si fuera una amiga de toda la vida? O, más bien, una enemiga. Aunque conocía a Phil, su primo, y mencionó su boda, ¿acaso se habían conocido ahí? Ella iba a ser quien atendiera la maldición de Severus, lo que no le gustaba ni un poco… Y tampoco le gustaba esa sensación de no gustarle…
A las diez de la noche no hubo ni un solo estudiante fuera de su sala y, apenas tres profesores estaban fuera de sus camas, rodeando al pseudoinconsciente Severus. Dunstan, Dumbledore y Merlina lo observaban con atención, mientras explicaban la situación a la experta de Defensa.
―… cuando llegué estaba gritando mi nombre y pensé que quería algo, pero cuando entré me di cuenta de que era una pesadilla ―estaba narrando Merlina, sin mirar a la mujer, sólo a Severus y de, vez en cuando, a los ojos azules del director―, le hablé y se despertó, pero no me miraba, no me veía… y sólo cuando le hablaba directamente reaccionaba, o sea, respondía, pero cosas completamente incoherentes…
―Está claro, como dijo el director Dumbledore ―contestó Dunstan, luego de que Merlina terminó de dar los detalles―, que a Severus ―la joven celadora trató de no hacer caso a ese leve escozor de molestia cuando oyó decir su nombre de pila, como si fuera de confianza― le lanzaron una maldición de sueño. Pero debe haber sido de parte de una persona que lo conociera bien ―miró fugazmente a Merlina. Ésta se envaró, preparada para defenderse (¿acaso la estaba culpando a ella?), pero Agatha no dijo nada más que la incluyera―, y que tuviera un sentimiento negativo, ya fuese odio, rabia, envidia… Por supuesto, es muy complicado de hacer, digo, no lo logra hacer cualquiera ―suspiró―. No es grave si se trata a tiempo, como ahora. Pasará durmiendo unos cuantos días más, por supuesto.
―¿Cómo le va a quitar la maldición? ―indagó Merlina, preocupada.
―Oh, eso es lo que vamos a hacer ahora ―contestó ella sacando su varita y tocando directamente con la punta la frente de Severus, y, con otra, su hombro, como si necesitara ser afirmado por alguien.
¿Qué me sucede? Le está sólo tocando el hombro… no es nada grave… he de tranquilizarme —pensó, otra vez sintiendo esa punzada de incomodidad en la piel.
Dunstan cerró los ojos y movió la boca sin pronunciar sonido alguno. Estuvo aproximadamente diez segundos así. De pronto Severus dio una sacudida, abrió los ojos durante una fracción de segundos, mirando a la nada y… cayó profundamente dormido, y esta vez de verdad.
Hubo un silencio sepulcral por un breve momento, excepto por la respiración de Severus, que era muy sonora, pero no al extremo de roncar.
―Tengo curiosidad ―comenzó Dumbledore, como quien no quiere la cosa―, por cómo puede uno deshacer la maldición, señorita Dunstan.
Agatha sonrió engreída.
―Esos son los secretos y las garantías de especializarse en el área, director.
―No le discuto eso. Tiene razón ―coincidió Albus sin el más mínimo indicio de molestia en el rostro―. De todas maneras, puedo preguntar sobre los efectos secundarios de esta maldición, ¿no?
―Por supuesto ―miró a la joven y al viejo, dándose aires de superioridad―. No recordará nada de la pesadilla, sin embargo, a la mera mención de una palabra, una palabra "clave" que se conecte con su sueño, es probable que genere un efecto negativo en su humor: ira, tristeza… Es difícil de definir, para cada quien es distinto.
Albus suspiró.
―¿Violencia, quieres decir?
―Exacto, pero jamás contra una persona ―miró a Merlina―. Puede que destruya cosas, incluso que se golpee a sí mismo… Por eso, hay que tener cuidado con lo que se le habla. O, simplemente, no tienen que hablarle. Por supuesto, una vez "despertado" ese sentimiento, no vuelve a suceder. Es inexplicable, pero es lo que sucede. Es un desahogo que viene rápido y se va rápido.
―Eso es bueno saberlo, y algo sumamente extraño.
―Creo que este hombre debería ir a la Enfermería, o estar en un lugar donde pudiera ser atendido ―añadió Dunstan, guardando su varita en el bolsillo de su túnica.
―Yo puedo atenderlo perfectamente, profesora ―contradijo Merlina, aproximándose hacia el hombre durmiente.
―No, Merlina, tiene razón. Severus debe ir a la Enfermería, allí Madame Pomfrey podrá alimentarlo. Tú tienes ahora otro deber.
―Como usted diga, director ―bufó Merlina, picada.
Pero ¿qué era lo que le molestaba tanto? Sabía a ciencia cierta que la enfermera cuidaría de Severus a la perfección, y sabía que Albus Dumbledore estaba en lo correcto, aquello no lo discutía. El problema era Dunstan. Le daba mala espina, aparte de lo obvio ―su confianzudo saludo sarcástico―, era de cómo miraba a la gente… y a Severus. ¿Qué era? No podía ocurrírsele. Y tampoco tenía idea que, al día siguiente, temprano en la mañana a la hora del desayuno, recibiría la respuesta que aclararía todo el asunto.
Durmió sola. Severus se había ausentado por varias noches ya, lo suficiente como para acostumbrarla a no estar acompañada. Sin embargo…extrañó su respiración.
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―¿Estás nerviosa, Merlina? ―inquirió el pequeño profesor Flitwick a la siguiente mañana, a su lado, llevándose la tostada a la boca.
Merlina tenía los ojos hinchados: se había levantado a las cinco para practicar sus clases.
―Estoy demasiado nerviosa ―reconoció, llevándose las manos a la cara.
―¡Oh! No te aflijas, en serio. Lo harás bien, tienes tacto con los muchachos ―la animó Filius dándole palmaditas en el brazo con aire paternal―. Ya verás cómo te extrañarán cuando se termine la semana ―bajó un poco el tono de voz―. Siendo sinceros, sólo entre tú y yo, no creo que Severus sea muy extrañado por sus estudiantes.
Con eso logró sacarle una débil sonrisa.
Merlina trató de concentrarse en su cargado té, pero una carta cayó en su cabeza, desviándola de su intento. Era de su primo, le reconocía la desordenada caligrafía, parecida a jeroglíficos trogloditas, además de ser la misma lechuza de Hogwarts que llevó el sobre.
La extrajo y la desplegó rápidamente; no tenía muchas intenciones de leerla: ¿para qué? Ya se había enterado de que era la sobrina de una vieja que la había intentado encarcelar, con eso era suficiente para odiarla un poquito…
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Merlina:
Sabiendo que las cosas con Mr. Murciélago no van de lo que puede decirse "bien" (o es lo que supongo, porque, cuando te vi, estabas aterrada por su causa), puedo revelarte sin problemas quién es Agatha Dunstan.
Primero que todo, NO ES MI AMIGA. Simplemente la trato como tal porque es una buena influencia para los negocios, ámbito de trabajo… ya sabes, siempre en tu vida debes tener buenos contactos, aunque la persona te caiga como patada en las bolas.
En fin, ella fue una de las invitadas solteras a mi matrimonio y… verás, de seguro te enojarás un poco, pero ahora no creo que te afecte, como te digo… el punto es que, con tu novio, exnovio, novio sin contacto físico, o lo que sea, hicimos un plan para que te pusieras celosa (la cara de Merlina se desfiguró a una mueca de horror al leer eso) y ella fue parte de este ardid, aunque no lo supo hasta que le dije, porque se conmocionó bastante con tu comportamiento. Verás, ella disfruta con el dolor e incomodidad ajena, siempre que ella salga beneficiada, ¿comprendes? Yo no lo entiendo, así que no me sorprendería que tú no lo hicieras. Pero esa es la historia: Snape conversó con ella, ella coqueteó un poco… Y tú estallaste acabando casi con mi matrimonio, aunque no te culpo, pero lo arruinaste… bueno, en serio que no te culpo, no te lo tomes a mal, sólo te estoy recordando lo que pasó.
Diablos, la carta está horrible, pero me pillaste en el trabajo con una torre de informes de Arte Mágica, y he tratado de contestártela lo antes posible. Ojalá llegue a tiempo, aunque lo dudo.
De todas maneras, como consejo de primo a prima, es que no te metas con ella. Puede ser peligrosa. No al extremo de matarte, pero puede ser… muy mala. Por eso tengo buenas relaciones con ella.
Cuídate, y espero que las cosas se mejoren con tu… él. Y hace esfuerzos de recordar cosas. A veces puedes lograrlo con cosas claves.
Cariños
Philius.
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La sangre le hirvió, o tal vez se le evaporó. Apenas acabó de leer, con una sola mano aplastó la hoja y la convirtió en una bola compacta y pareja. Su vista estaba clavada en la pared del final. Si continuaba presionando con esa fuerza la mandíbula, se le acabarían cayendo los dientes. Debía tranquilizarse.
Se sobresaltó un poco al ver que su varita, en el bolsillo, estaba despidiendo chispas rojas.
"Snape conversó con ella, ella coqueteó un poco… Y tú estallaste"
¿Podía estallar por segunda vez, tal como esa vez? No tenía idea de qué desastre había causado ese día, pero prefería no comprobarlo.
Respiró profundamente, sin evitar mirar hacia la antagonista de toda esa historia. ¿Así que Severus y su primo se habían confabulado contra ella? ¿Eso era lo que estaba entendiendo? ¿Y ella se había puesto… celosa?
Gruñó imperceptiblemente.
No despegó sus ojos de Agatha, para que le devolviera la mirada… y así lo hizo, con esa sonrisa frívola y carente de sentimiento sensato.
No… no iba a poder quedarse tranquila. Hablaría con ella apenas pudiera. Apenas Severus despertara, iba a necesitar apoyo. Aunque, cabía la posibilidad de que él no la apoyara. Si bien ella no estaba en esos instantes conectada en plenitud con Severus, le gustaba. Le gustaba y mucho, y todo volvería a la normalidad cuando ella dejara de pensar en el difunto Edelberth, en especial, cada vez que la tocara.
Terminó de comer lo que parecían piedras y alfombra, y se dispuso a utilizar su mente y paciencia al cien por ciento para concentrarse en la clase y hacer las cosas lo mejor posible.
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Producto de los resultados de la primera clase ―que fueron más que satisfactorios―, confió en que la buena racha se iba a extender durante toda la tarde.
En los momentos que los muchachos de Ravenclaw y Hufflepuff de cuarto año se dedicaron a preparar la poción, fue pan comido. Sólo tuvo que pasearse por los pupitres, vigilando que lo hicieran bien y alentando a los chicos que leyeran a consciencia las instrucciones, todo lo contrario a Severus, que aplicaba la del "camarón que se duerme". Podía recordar perfectamente cómo, en antaño, él asomaba su ganchuda nariz por sobre los calderos, lanzando miradas despectivas y haciendo comentarios antipáticos y degradantes para que los muchachos se pusieran nerviosos. A la mayoría le tocó eso el primer día de clases de cuarto año, teniendo fatales resultados en la infusión cura forúnculos, con pocos aciertos, teniendo suerte Merlina de ser uno de ellos.
El ambiente húmedo de las mazmorras congelaba a cualquiera esa tarde, tanto a los de Hufflepuff como a los Ravenclaw, pero el entusiasmo de conocer a ese profesor misterioso y lúgubre los mantenía inquietos a todos. Siempre hubo profesores nuevos en Defensa Contra las Artes Oscuras, en cambio, en Pociones, habían tenido a Horace Slughorn dando clases durante más de cincuenta años, por lo que era todo una novedad, especialmente por la facha del sujeto, a quien, extrañamente a Merlina, le había llamado la atención su cetrina palidez contrastante con su negra capa. De lejos se veía sumamente desaliñado y todos tenían serias dudas de si se trataba de un cura que practicaba culto, un vampiro, o un aliado de las artes oscuras.
―Se me hace a que es raro ―comentó Endora en un susurro mientras esperaban afuera del aula para que el profesor abriera la puerta. Habían llegado cinco minutos antes, como todos.
―¿Raro en qué sentido? ―preguntó Susan soplándose las manos con su aliento.
―No sé, como… un murciélago.
―Pero eso no es ser raro ―defendió Merlina, con el ceño fruncido―, los murciélagos son criaturas que la gente subestima y rechazan por la creencia de que convierte a la gente en vampiro.
―Ya salió la defensora de los animales… ―bufó Endora.
―¡Pero si es cierto! Son…
―No se diferencia mucho de un vampiro a todo esto ―interrumpió Susan, antes que Merlina tomara vuelo en sus explicaciones―. Esa capa negra… ¿y viste lo pálido que estaba? ―se calló unos segundos para luego agregar, con grandes ojos en su cara morena―. ¿Y si es vampiro? ¿Te imaginas? ¿O un zombi?
―Ahora lo comprobaremos. Si tiene colmillos largos, es porque lo es ―finalizó Merlina, porque justo, en ese instante, la puerta se abrió haciendo aparición el profesor. Indudablemente era el profesor más joven de Hogwarts, a juzgar por su cara lisa y sin arrugas, sin contar la que tenía en la frente tanto fruncir el entrecejo. En ese instante, de hecho, tenía el ceño fruncido.
―Entren, en silencio ―bramó sin dar señales de ser amistoso.
En situaciones normales, entraban apretujados, peleando por los mejores puestos, pero, esa vez, sucedió todo lo contrario: tragaron saliva y se formaron, entrando en el aula uno por uno, callados, y tomando los pupitres finales.
Merlina entró tras Endora y se atrevió a realizar lo que los otros no hacían: mirar al profesor directo a los ojos. Fueron, tal vez, dos segundos, pero los segundos más intensos del día. ¿Refulgía fuego en esos profundos ojos negros, o era un hielo tan compacto que congelaba y quemaba a la vez? Porque, lo que sintió Merlina, fue un ardor en toda la cara y como si su almuerzo se hubiese convertido en miles de hormigas que mordían maliciosamente su estómago, causando incómodos espasmos. Él la había mirado fijo, insondable, inmutable y silencioso. Ella, había tratado de dirigir una mirada firme, orgullosa, calculadora… pero eso se redujo a polvo, dando como resultado dos mejillas coloradas y una boca fuertemente fruncida cuando se sentó, en una esquina, en los primeros pupitres.
Cuando se cerró la puerta de la sala con un golpe seco Merlina se había calmado, pero esa mirada le iba a quedar tatuada a fuego en la mente para el resto del año… y para toda la vida.
El profesor Severus Snape se plantó frente a la clase y comenzó a hablar en un susurro. No era necesario mirar sus labios para entender lo que decía, pero Merlina, desde ese entonces, tomó la costumbre de hacerlo. De vez en cuando sus ojos se encontraron, pero ella desviaba la mirada inmediatamente hacia sus apuntes.
La clase empezó de manera regular y terminó de manera odiosa. Snape había tratado de ponerlos nerviosos a todos. Sin embargo, Merlina había partido la clase con el estómago apretado, por lo que, estando ya acostumbrada a esa sensación, su poción quedó bien hecha. Podía actuar bajo presión en Pociones.
Vio de soslayo cómo el profesor Snape se inclinó apenas para observar el contenido del caldero de peltre. Su respiración frustrada le acarició la cabeza, lo que le provocó un escalofrío en la nuca. Apretó los puños aguardando algún comentario sardónico, pero pasó de largo hacia el puesto de atrás.
Al salir de clases, cuando estuvieron lo suficientemente lejos de los oídos de Snape, estallaron las conversaciones de ira y vergüenza.
―Me dijo que mi poción estaba muy aguada ―gruñó la pequeña Susan, pateando una armadura en el camino.
―Y a mí que estaba muy opaca ―se quejó Endora―. A ti no te dijo nada ―se dirigió a Merlina.
No era una pregunta, pero Merlina la rectificó:
―No.
―¿Y qué te pareció? Un idiota, ¿no?
―No, no tanto… más que eso, muy interesante.
Muy interesante. Eso era lo que había contestado, y no se había equivocado. Severus era más que interesante para ella, y con mayor razón cuando había alguien que mantenía la vista en él. Dunstan coqueteando con Severus… Pero él no con ella. Si hubiese sido así, Phil se lo hubiera aclarado. Por lo tanto… no tenía razones para sentirse mal, ¿o sí?
En pocas palabras, en la primera clase de la mañana, pudo darse el lujo de dejar volar su imaginación y su mente, olvidando por completo lo fastidiosos que podían llegar a ser los Slytherin con los que le tocó las dos últimas clases; de segundo y sexto curso.
Los primeros se dedicaron a lanzarse bolas de pergamino con los apuntes que habían tomado al inicio de la clase, alterando a los Gryffindor, y convirtiendo la lección en una verdadera guerra.
―¡Paren! ¡Deténganse! ―gritaba Merlina desesperada, sin lograr captar la atención de los pequeñajos. ¿Cómo lo hacía Snape para mantener a una manada de animales en régimen?
Harta ya de eso, hizo el encantamiento de sonido de bomba para que se sobresaltaran. Funcionó, pero ya habían perdido la mitad de la clase, así que prefirió seguir haciendo una clase teórica.
Hubiera sido más que fácil decir "¡los acusaré con Snape después!", pero cabía la posibilidad de que el tiro le saliera por la culata (conociéndolo, se burlaría de ella). Sin embargo, lo ocurrido con los se sexto ya fue insoslayable y un fracaso total.
Los de sexto de Slytherin entraron al salón de clases mirándola como si fuera un chicle pegado en el zapato, probablemente con orgullo, siguiendo los pasos de Draco Malfoy. Los leones, por otro lado, se sentaron tranquilos.
―¿Dónde está el profesor Snape? ―inquirió un muchacho de mirada despectiva, de la casa de las serpientes.
―El profesor Snape se halla incapacitado en estos momentos (y durante el resto de la semana) de dar clase ―contestó Merlina un poco nerviosa.
―Pero usted es la celadora, no puede hacernos clase ―argumentó otra muchacha.
Todos se habían quedado estancados en el pasillo, sin tomar sus asientos.
―El director me contrató por esta semana.
Merlina estaba tratando no perder los estribos, demostrando que estaba muy relajada, que era muy académica… que podía sobrellevarlo.
―¿Y qué nos podría enseñar usted? ¿Eh? ¡Sólo sabe limpiar!
Cuenta hasta diez, o mejor hasta cien. Respira, tranquila…
―Si toman asiento, entonces podré comenzar la clase… ―hizo una pausa―, y al que no le guste la clase, puede retirarse, no tengo problemas.
―La que debería irse es usted ―comentó otra muchacha―, queremos a Snape. Además, él es nuestro jefe de casa.
―Usted es una sangre impura, no puede ser nuestra jefa de casa, ¿no?
―Eh, no la trates así ―saltó un Gryffindor.
―¡Pero si es cierto! ¡Es una…!
―¡Cállate!
―¡Cállate tú, mugroso mestizo!
―¡Te voy a lavar la boca!
Dos chicas se agarraron de las mechas, y otros cuatro varones montaron un duelo. Los hechizos volaban de un lado a otro y Merlina no tenía idea cómo pararlos, así que se metió entre las niñas que estaban peleando, pero ambas la empujaron convertidas en dos verdaderas fieras. Ella jamás se había comportado de ese modo… no que recordara.
Merlina, dando un grito ahogado, se cayó hacia atrás, golpeándose en seco en la cabeza con la pata de un pupitre.
Fue como si su cerebro se hubiese transformado en un televisor cambiando de una imagen borrosa a una más clara. Por un segundo lo vio todo, todo lo que había perdido desde la excursión con los Weasley, y al otro… volvió a ser la Merlina de veinte años mentales, que estaba luchando contra estudiantes de sexto año, en una clase que no le correspondía.
