Capítulo 20: Aguantando
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Nadie había puesto mayor atención en que ella se había caído por culpa de las dos mocosas insolentes.
Viendo que no iba a poder hacer nada por la situación, comenzó a gritar, lo que tampoco dio resultado. Mientras más grandes, más brutos. Trató con el encantamiento bomba tal como lo había hecho con los de segundo, y también fue en vano.
El escenario la dejó horrorizada: las mesas estaban patas arriba, las sillas amontonadas, hasta su escritorio se había volteado… Eso no podía seguir así.
Corrió como una condenada hacia el despacho de Dumbledore que quedaba en el séptimo piso. Cualquiera lo habría anotado como un récord a nivel escolar.
―¡Dum….ble…do…re! ―dijo sin aliento, atravesando la puerta como un rayo, sin siquiera golpear.
El director, que había estado concentradamente redactando una carta, se levantó de golpe.
―¡Merlina! ¿Qué ocurre?
Con más señas que palabras, la joven le contó lo ocurrido.
―No sé… cómo… pararlos… Y… no… sé… cómo voy a soportar… el resto… de la… semana.
Merlina descendió otra vez al aula, y esta vez con el director que con su sola presencia impuso un orden silencioso y vergonzoso. Merlina se quedó en un rincón, apenada, y escuchando el sermón que les dio a todos y que hizo perder el resto de la clase.
Los Slytherin se retiraron, sin antes dirigirle una mirada de desprecio. En cambio, los Gryffindor, se aproximaron para disculparse. Aquello alivió un poco a Merlina, pero rogó a Dumbledore que se consiguiera a alguien para el resto de los días.
―Merlina, seré un mago, pero no puedo hacer aparecer a un profesor de la nada. Sé que ha sido una mala experiencia, sin embargo, vas a tener que soportar un poco más y confiar en ti. Si te pones a luchar contra ellos, no vas a lograr nada. Tienes que actuar pedagógicamente, y ya vas a ver cómo las cosas mejoran.
Merlina no se tranquilizó del todo con aquellas palabras, pero tenía que hacer lo que Dumbledore le pedía. De todos modos, ¿qué demonios era "actuar pedagógicamente?
Si tuviera su memoria sana, ¿hubiera resultado todo mejor? De seguro que sí. ¡Comenzaba a tener lástima por sí misma!
Los rumores de que ella había huido de la clase como un gato miedoso, se extendió por todo el colegio y los Slytherin aprovecharon de burlarse un poco, como era de esperarse. Pero lo que Merlina no esperaba era que Dunstan tuviera la audacia de comentar el tema con tanta confianza y sarcasmo durante uno de los recreos.
―Siento mucho que los estudiantes sean tan rebeldes contigo. Los míos el primer día se portaron de maravillas.
Lo había dicho con una sonrisa en la cara, pero ésta no transmitía más que socarronería.
Merlina optó por ignorarla, pero el ver a Agatha durante las horas de las comidas le ponía de mal humor, y los que la habían visto siempre tan despreocupada, alegre y tranquila, temían a su nueva expresión de "estallaré en cualquier momento", así que, gracias a eso, se comportaron de manera decente y pudo enseñar sin problemas la poción Multijugos, la poción para inflar, el filtro de los muertos vivientes, diferentes tipos de venenos, antídotos, filtros amorosos, el Veritaserum y otros tantos más fáciles para los pequeños.
Si bien en un momento había pensado en "aclararle los puntos a Agatha", iba a dejar las cosas como estaban. Le daba igual que fuera peligrosa, pero no deseaba calentarse la cabeza por cosas tontas, al menos de momento. Por ahora tenía suficiente en su plato.
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Ver a Ginny el día miércoles fue lo mejor de todo. Con intercambiar unas cuantas miradas de complicidad fue suficiente para saber que se apoyaban la una a la otra. Lo malo, por supuesto, fue el trato que tuvieron que darse durante esas horas académicas, de profesora-estudiante. Tenían varios asuntos de los que hablar, y no precisamente del por qué Merlina estaba de profesora de Pociones —muchos formulaban sus propias teorías, y la mayoría finalizaba con la "dolorosa muerte" de Severus Snape—, sino que la evolución de la relación Snape-Merlina (que en esos momentos era nula), o de los muchachos, si es que Ginny había sabido algo de ellos, y, por supuesto, de la infaltable Agatha Dunstan.
Puede que la pelirroja hubiese tenido tiempo de charlar ―tenía unas cuantas horas libres a la semana―, pero Merlina tenía un horario de corrido hasta las cinco de la tarde, todos los días, y, luego, debía darse el trabajo de revisar informes y poner calificaciones, esforzándose por ser imparcial y no favorecer a nadie, y tampoco siendo tan drástica para que no la odiaran, aunque deseaba desquitarse con los Slytherin con toda su alma.
Muy entrada la noche Merlina se dirigía a la Enfermería para visitar a Severus y constatar que todo estuviera bien. Pomfrey lo alimentaba a través de humeantes pociones y una pajilla mágica que absorbía sola el líquido y lo deslizaba por su garganta, así que no había adelgazado ni un gramo, pero su cara se veía más demacrada que nunca y su cabello era un verdadero desastre. Merlina trató de lavarlo un poco con magia, pero no quedó completamente limpio. Sospechaba que Severus pasaría un buen tiempo en el agua apenas despertara.
El día viernes Severus no despertó. El periodo en que podía despertar era de cinco a siete días como promedio, pero podía ser mucho más, y eso le preocupó. No soportaría una segunda semana de clases, por mucho que los chicos hubiesen mejorado su comportamiento.
El sábado, por fortuna, hubo algo que la distrajo: a las nueve de la noche sonó la puerta de su despacho.
―Pase ―invitó recostada en el sillón, con la cabeza colgando.
Entró Ginny con una tímida sonrisa y cerró la puerta tras sí. Merlina se puso inmediatamente de pie para darle un caluroso abrazo.
No tardaron en ponerse al día. Merlina permitió que la chiquilla comenzara primero; Ginny le contó que no había rastro de los muchachos, pero que estaba segura de que se hallaban bien, ya que no había habido malas noticias en ningún medio de comunicación, y eso era un buen indicio. Sin embargo, Merlina no pudo dejar de notar la tristeza con que decía todo aquello. ¿Y qué más quería, de todos modos? Eran sus amigos, y también eran los de ella (aunque no los sintiera tan cercanos como debió haberlo hecho). Merlina la animó, tal vez en vano, porque sus palabras no las decía con certeza. Pero lo intentó, asegurándole que todo estaría bien, que todo acabaría bien… pero ¿qué tenía que "acabar"?
Pasando de la tristeza a la rabia, Merlina contó los últimos hechos que incluían a Severus y a ella, antes de que él cayera enfermo, y lo de Dunstan.
―Recuerdo que tú me contaste el año pasado sobre eso ―le interrumpió Ginny, rabiosa―, o sea, lo de la confabulación de tu primo y Snape. Mencionaste a la mujer, pero… ―tomó aliento―: no puedo creer que esa perra sea la sobrina de Umbridge. Al menos es mejor profesora que su tía y hace las cosas como Dios manda, pero su risa hace que me descomponga, es muy cínica y… ―miró a Merlina con intensidad.
―¿Qué?
―En sus clases menciona a Snape frecuentemente, como si lo alabara. Incluso, después de clases, hizo llamar a unos de mis compañeros para preguntar qué tal lo hacías tú… y en qué se diferenciaban de las clases de Snape.
Merlina se puso del color del cabello de su amiga y apretó los puños.
―Bueno ―dijo Merlina entre dientes―, no era necesario que lo preguntara, dado lo ocurrido el lunes…
―No hizo comentarios en tu contra ―avisó Ginny, como si eso resolviera el asunto.
Permanecieron en silencio.
―Ay, Ginny ―se quejó Merlina, poco después―. Me gusta Severus, ¿lo sabes?
―Está más que claro.
―Bien, y… sé que he sido reacia a estar con él como debería ser, pero… ―se sonrojó un poco y bajó la voz― no quiero que ella se le acerque.
La pelirroja reflexionó por algunos segundos y luego sonrió.
―Merlina… ¡estás celosa! ¡Eso es un buen indicio! ―la felicitó.
―Yo no estoy celosa. ¿Por qué tendría que estarlo?
―¡Vamos! No te pongas así… Lo sabes tan bien como yo ―la pelirroja volvió a carcajearse―. Te da celos que esa mujer se le pueda aproximar a Severus después, cuando despierte.
Merlina bufó. Ginny tenía razón, era exactamente lo que pensaba. Pero lo que más le daba terror, era que Severus supiera que estaba celosa.
―¿Qué hago? Temo que Severus se entere de que estoy celosa. En estos días me ha quedado lo suficientemente claro como es, y es más complicado de lo que solía pensar antes, cuando era mi profesor. ¿Y hablar con Dunstan para que lo deje tranquilo? ¡Eso sería peor! Es tan idiota, burlesca…
Suspiraron, pensando en el asunto. Merlina no deseaba demostrar celos, menos cuando su primo le había mencionado que aquello había sido motivo por el que arruinó su boda. Los celos eran espantosos. Nunca le había pasado, o sea, de lo que recordaba, salvo ahora, ¡y era terrible! Era como ser prisionera de algo.
―Mira ―dijo Ginny con una voz que denotaba firmeza absoluta―. No tienes que hacer nada.
―¿Cómo? ¿Quedarme de brazos cruzados?
―Sí; no demostrarle a ninguno lo que sientes; Snape te lo sacará en cara si lo haces y las cosas con Dunstan se pondrían feas (si ya tu primo te lo advirtió), sobre todo si es sobrina de esa vieja.
Merlina reflexionó durante algunos segundos… y aceptó.
―Tienes que poner tu máximo esfuerzo, Merlina. "Nada te afecta", ese es tu lema.
―Bien, "nada me afec…"
Golpearon la puerta otra vez. Ambas se sobresaltaron.
―¿Sí?
La sonriente cara de Dumbledore se asomó por el resquicio de la puerta.
―Severus ha despertado.
Merlina intercambió unas palabras más con Ginny, y se despidió antes de salir corriendo a la Enfermería, muy feliz por la noticia. Tropezó con Peeves, pero corrió tan rápido que él no pudo alcanzarla para lanzarle un petardo en la cabeza; sólo le rozó para caer justo al interior de un basurero.
Con una enorme sonrisa pensó en la cara que pondría Severus al verla entrar. Cuando estuvo casi a dos metros de la puerta, oyó una risa molesta. Supo de inmediato quién estaba dentro. Impregnándose de furia, dio unas cuantas zancadas para entrar, y pensó en gritar "¡NO TE LE ACERQUES!". Sin embargo, lo último que había dicho Ginny era completamente cierto: debía hacer como si nada, para no dar pie a problemas. Era la mejor opción, así que, simplemente, con una horrible falsa sonrisa en la cara, exclamó:
―¡Despertaste!
Agatha Dunstan se paró de un salto de la silla y miró con desprecio a Merlina, o eso le pareció a ella. Severus sonrió imperceptiblemente al verla: antes había estado serio, aburrido.
―Es obvio que despertó ―contestó Dunstan, cruzándose de brazos.
Merlina ignoró el comentario haciendo un esfuerzo descomunal para no replicar nada, y fue directo a sentarse en una orilla de la cama de Severus, dándole la espalda a la mujer.
―¿Cómo te sientes? ―indagó a Severus en un susurro.
―Bien, me duele todo, claro, por estar tantos días acostado…
―Pero qué mal gusto ―interrumpió Dunstan―. Merlina tiene la pésima costumbre de entrometerse en las conversaciones ajenas.
Lentamente la aludida giró la cabeza hasta a ella, desencajando la mandíbula y entrecerrando los ojos.
―Lo siento, profesora, pero creo que no estamos en confianza para que usted me llame por mi nombre ―repuso cortante.
Severus observó con ojos calculadores a Merlina, pero no dijo nada.
―Oh… claro ―bufó―, había olvidado que no recuerda nada, Morgan. Tardaré en acostumbrarme ya que, cuando la veo, siempre recuerdo que… ―dejó la palabra en el aire, negando con la cabeza.
No recordaré nada, estúpida, pero ya estoy enterada. Y no voy a darte en el gusto. No voy a ponerme celosa. O más bien, no voy a demostrar que lo estoy. Ya verán, parcito de confabulados. Sí, Severus, tú también.
―¿Qué es lo que recuerda? ―inquirió Merlina con calma―. Puede decírmelo.
―¿Para qué? No, es mejor así, Morgan. Estamos todos contentos ―se volvió hacia Snape―. ¿No, Severus?
"¿No, Severus?" Esa frase se sintió como ácido en los oídos de Merlina.
―Supongo, profesora…
Al menos él no la ha tratado de 'tú.' Eso es algo. Paz interior, Merlina, paz interior.
―¿Y qué nos tiene que contar, entonces, Morgan? ¿Su primera semana frustrada de trabajo? Aunque, por lo que supe, usted es celadora, ¿no? Y también me enteré de que tuvo un altercado con unos muchachos de Slytherin y Gryffindor el día lunes… Debe ser difícil manejar a estudiantes cuando no se sabe mantener disciplina. Justo se lo iba a contar a Severus, pero ya que está usted…
Merlina sonrió adustamente.
―Profesora Dunstan, no quiero ser grosera… pero yo vine a charlar con Severus, no con usted. Si hiciera el favor de retirarse…
Agatha volvió a sentarse en la butaca y se cruzó de brazos.
―Espero yo no ser la grosera, porque quien estaba hablando con Severus primero era yo. De todos modos no voy a despilfarrar el tiempo tratando de expulsarla; puede quedarse. No me hago problema, se lo aseguro. Los temas que conversamos con Severus no son secretos, ¿cierto?
Merlina distinguió a la perfección la mueca irónica del hombre. Merlina, de todos modos, no quedó satisfecha con eso, pero tampoco gastaría el tiempo luchando contra lo invencible: se marcharía con dignidad, aceptando su derrota.
―No. No me quedaré, hablen todo lo que deseen ―se reincorporó, con la barbilla en alto, evitando que la sangre se agolpara en sus mejillas producto de la vergüenza y la ira mezcladas―. Yo los dejo; no me importa.
No me importa… sí claro. ¿Por qué Severus no saltó a defenderme?
Apenas puso un pie fuera de la Enfermería, salió como un rayo hacia el despacho ―su despacho, o el despacho de Severus, ya daba igual― y se lanzó en la cama, enterrando la cara en la almohada para gritar lo más fuerte que pudo.
―¿Qué se cree esa estúpida? ¿Dueña del mundo? ¿Se cree invencible?
A pesar de que Dunstan le había desagradado tanto con memoria como sin memoria, Merlina decidió aceptar que no estaba enterada de los detalles. Philius había escrito la carta a tontas y a locas, pero no había sido claro en su totalidad. Necesitaba datos de la situación porque, tal vez, podía estar exagerando, al menos respecto al pasado. Hasta el momento aquella mujer había resultado peor que un pastel envenenado. ¡Era tan engreída! Sin embargo, lo de la boda de Phil podía no haber sido tan grave como se describía…
Tomó una pluma, un trozo de pergamino, y redactó:
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Quiero detalles de lo de tu boda. Ya sabes a lo que me refiero
M.M.
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Por segunda vez en la noche salió del despacho y se dirigió a la lechucería. Se quedó allí hasta ver a la lechuza desaparecer, en la oscuridad del cielo nublado, queriendo congelarse en ese ambiente tan fresco. Cuando bajó de la torre a la humedad de las mazmorras ―lo que le provocó más frío aún―, eran poco más de las once de la noche.
―Te estaba esperando.
Merlina se sobresaltó. Severus estaba en su cama, repantigado, con un pijama limpio de dos piezas, y evidentemente casi recién salido de la ducha, según indicaba la toalla colgada cerca de la chimenea, en una silla.
―Así veo ―contestó ella, súbitamente nerviosa y un poco molesta por lo de Dunstan, rehuyendo de aquella mirada cargada de Legeremancia. Para despistarlo, agregó―. ¿Ya estás definitivamente dado de alta?
―Sí.
―¿Tienes idea de quién puede haberte hecho… eso?
―No.
Merlina tomó su ropa de dormir de debajo de la almohada y se fue al baño, seguida por los inquisidores ojos de Severus.
O aprendía Oclumancia o dejaba de mirar a Severus para siempre. No tenía otras opciones, pero las dos eran igual de complicadas: de ambas medidas de protección el profesor de Pociones iba a sospechar algo.
Salió vestida y con el cabello desenredado mirando directo hacia su cama. Severus seguía en la misma posición. Merlina supuso que había dejado la vista clavada en la puerta durante todo el rato.
―¿Qué tal tu primera y última semana de clases?
―Regular; primero horrible y después mejor ―admitió doblando su ropa y guardándola en un cajón habilitado para ella. Lanzó los calcetines y la ropa interior a una cesta de ropa sucia. Los elfos domésticos la recogían tres veces por semana (no agarraban prendas solitarias, si no podían ser liberados)―. Algunos son buena gente, otros se portaron un poco mal, pero los pude controlar gracias a Dumbledore, aunque también tuve la ventaja de que eran menos… o sea, de lo que yo recuerdo en comparación a los tiempos en que fui alumna…
Se acostó y le dio la espalda, lanzando un bostezo fingido abiertamente.
―¿No vamos a conversar? ―inquirió Snape sin sonar enojado.
―Es que tengo tanto sueño… Ya mañana habrá tiempo, ahí te pongo al tanto de lo que hice… ―fue apagando la voz poco a poco―. Buenas…
No completó la palabra: el peso de Severus había hundido la cama. Sintió su cuerpo apegado al de ella y un brazo en su cintura. Merlina se quedó quieta mirando de soslayo el brazo que la estaba rodeando.
―¿Te molesta esto, o ya no?
Merlina estaba tensa, con el estómago inundado de sensaciones extrañas.
―No es que me m-moleste… ―tartamudeó con la cara acalorada―. Me siento… acosada.
―Ya no lo creo tan así. Creo que te gusta.
Merlina puso los ojos como huevo y se giró un poco para mirarlo.
―¿Que yo qué? ―masculló mirándolo directo… a los ojos.
Severus, tras unos silenciosos segundos, sonrió triunfante.
―Estás celosa.
No era una pregunta, por supuesto. Merlina volvió a su posición original y trató de librarse del abrazo, tirando los codos hacia atrás, contestando:
―Estás loco. ¿Celosa? ¿Y de qué tendría que estar celosa?
―Mírame a los ojos por largo rato y te diré de qué ―sugirió socarronamente.
Merlina no hizo caso.
―Si no lo haces… supondré que ocultas algo ―la amenazó.
—¿No puedo ocultarle cosas a Severus Snape?
―Claro que puedes… Morgan.
Merlina bufó al oír su apellido. De Dunstan prefería oírlo, pero de Severus sonaba un poco frívolo y burlón.
―Entonces déjame en paz ―gruñó.
Severus lanzó una risa entre dientes.
―¿Qué pasó? El otro día estábamos muy amistosos. Todo había resultado bien… ¿O no íbamos por buen camino?
―Iríamos ahora por buen camino si me soltaras.
―¿Qué hacías afuera, hace un rato?
Merlina optó por responder a las interrogantes antes de decirle un idiotizado "eso no te incumbe"
―Enviar una carta.
―¿Para quién?
―A Philius.
―¿Para qué?
―Para saludarlo… contarle las nuevas. Es mi primo, tengo derecho a contarle cosas, te lo aviso, por si eso no te parece.
―No he dicho lo contrario, Morgan. Estás violenta. ¿Qué sucede? ―susurró a su oído.
―¡Quiero dormir, por si no te has dado cuenta!
Severus no insistió más. De mala gana se metió a su cama y apagó las velas con un aplauso.
Merlina se sintió muy mal luego de que la soltó. ¿Qué le costaba admitir que estaba celosa? No le costaba nada… absolutamente nada. Pero sí significaba derrumbar su muralla de orgullo, el poco que le quedaba. Y, luego de eso, significaría soportar las burlas constantes del profesor.
Deseó ser amable al día siguiente porque, por mucho que le costara, Severus generalmente lo era con ella. Tampoco podía olvidarse así de fácil de la pesadilla de éste. Había soñado con ella… sufrió por ella, por su muerte irreal.
Despertó antes que él, o eso le pareció a ella, porque Severus seguía con los ojos cerrados. Merlina en silencio se bajó de la cama y se sentó con cuidado a la orilla de la suya, al igual que en la Enfermería. Observó su rostro cetrino durante unos segundos.
―Sé que me estás mirando ―masculló él, sobresaltándola.
―Bueno, yo… siento lo de anoche. Es que aún no me acostumbro ―en parte era verdad―. Y tenía sueño ―eso era una mentira horrible, porque se durmió muy tarde.
―Como tú digas ―gruñó él sin abrir los ojos.
―¿Quieres oír lo que hice en las clases? ―preguntó e instintivamente le tomó una mano. Se sorprendió de sí misma al hacerlo, pero no se retractó. Severus relajó las facciones ante su tacto.
―Adelante.
Merlina le narró lo que había enseñado gracias a las pautas que había encontrado, y que la mayoría había sacado buenos resultados en la parte práctica. También había revisado trabajos con un montón de faltas de ortografía de los de séptimo año, añadiendo que "sería bueno que lo recalcaran como parte de la evaluación". Por último, contó lo que habían hecho los Slytherin… y los Gryffindor.
―No sé cómo los soportas… Pero, bueno, después ya se calmaron un poco, tal vez también recordaron de quién… soy… novia… ―su voz se fue apagando un poco al decir eso.
Severus por fin abrió los ojos y la miró inescrutable. Merlina sonrió fugazmente y se puso de pie.
―Esa fue mi semana. Ahora debemos ir a desayunar ―estaba ganando un poco de tiempo antes de desaparecer―, o al menos yo, porque el director me citó para darme los planos de Hogwarts y algunas otras instrucciones que quedaron en el tintero…
Mientras decía eso, fue tomando ropa, toallas y otras cosas de aseo personal.
―… así que tomaré un baño, no tardo.
Pero sí se tardó. Ocupó más tiempo en pensar dentro de la tina que en lavarse el pelo. Ya se imaginaba a Severus afuera de la puerta, expectante, esperando a toparse con sus ojos. No estuvo muy equivocada. Éste se excusó de querer entrar al baño, pero ni siquiera tenía la toalla en mano. Merlina lo esquivó con otra fugaz sonrisa y bajó lo más rápido que pudo a desayunar.
En el raso cielo encantado del Gran Comedor se arremolinaban negras nubes cargadas de lluvia, indicando desde ya el cambio radical del clima de verano a uno de otoño, que se parecía más a un invierno adelantado.
Dumbledore le hizo un gesto a Merlina para que se sentara al lado de Pomona, al otro extremo de la mesa, hacia el mismo lado de Agatha Dunstan. Por suerte, aparte de la profesora de Botánica, el enorme y barbudo Hagrid estaba allí para cortarles el contacto visual.
―Buenos días ―saludó Merlina con una sonrisa amable.
―Hola, Merlina ―contestaron a coro. Por desgracia, la voz de Dunstan también se encontró entre ellas.
―¿Severus bajará a desayunar? ―inquirió Sprout llevándose un trozo de pastel a la boca.
―Se supone.
Y, en efecto, bajó. Los estudiantes se pusieron a cuchichear en el mismo instante en que su capa apareció por el umbral de la puerta de profesores. Merlina analizó las caras, y se llevó una mala sorpresa al descubrir que la mayoría transmitían decepción (exceptuando a los Slytherin, que todos parecían muy alegres de verlo). Si Merlina no hubiese perdido la memoria, su pensamiento hubiera sido "me quieren un poco más como profesora que como conserje". Por supuesto, ella no lo sabía. Aunque le daba igual si la querían o no. Su mente seguía discutiendo otras cosas más importantes, como por ejemplo, el hecho de que Agatha se asomara indiscretamente para hacerle un gesto de saludo a Snape con la mano.
―¿Te encuentras bien, Merlina?
―¿Qué?
―Si estás bien ―reiteró Sprout―. Estás como… temblorosa.
―Oh… un poco de frío, nada más. Estoy bien.
Merlina: si no te controlas un poco, vas a hacer que medio mundo se preocupe por ti. Lo que necesitas en un poco de entrenamiento femenino y Ginny Weasley es la única solución.
