Capítulo 21: Una tarea difícil

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Tras terminar de desayunar, Dumbledore condujo a Merlina a su despacho para entregarle unos cuantos planos del colegio, mostrándole pasadizos y atajos para simplificar su labor. Entregó un manojo con más de cincuenta llaves, algunas cuantas contraseñas necesarias para salas ocultas o baños especiales, y le insistió en la importancia de los horarios. Reiteró el paso básico (no hacer tratos con Peeves y no provocarlo, aunque eso ella lo sabía bien) y no hacer caso a lo que dijeran los Slytherin. ¿Acaso le iba a ir peor como celadora?

Merlina llevó los planos rápidamente hacia el despacho y, para su sorpresa, se encontró con Ginny allí, sentada en un sofá, y a Severus en el escritorio, ambos aniquilándose con la mirada. Pestañeó varias veces antes de admitir lo que veían sus ojos.

―¿Qué…?

―¡Por fin llegaste! Tengo que hablar conti…

―Yo también tengo que hablar contigo ―interrumpió Severus yendo hacia ella, alterado―: no voy a permitir que Weasley venga como si esta fuera su casa…

―El despacho también es de Merlina ―interrumpió la pelirroja.

―Cinco puntos menos para Gryffindor, Weasley, y no voy a tolerar tu comportamiento, porque sigo siendo tu profesor.

―Lo siento, señor, pero el despacho sigue siendo de Merlina.

―Y no te pases de lista ―le advirtió, amenazante―, cinco pun…

―Ya, basta, basta ―cortó Merlina, tomando a Ginny del brazo―. Lo siento, Severus, pero ella tiene razón.

El profesor no alcanzó a replicar, las mujeres ya habían salido por la puerta.

―Ginny, no es bueno que esperes allí.

―Pero es tu despacho…

―Sí, pero eso me traerá problemas después ―suspiró―. Te apuesto a que, cuando vuelva, Severus me va a dirigir una mirada asesina y me hará la ley del hielo o algo peor.

―Oh, ya, bien…

Se dirigieron hasta el aula más cercana, chocando y atravesando sin querer a la dama gris. Quedaron congeladas por unos instantes.

Al llegar, se acomodaron en la mesa del profesor.

―Yo también tengo que hablar contigo ―dijo Merlina, pensando en los consejos que su amiga podría brindarte―, pensaba ir a buscarte.

―No me hubieses encontrado. ―Merlina arqueó las cejas en signo de interrogación. Ginny extrajo algo de su bolsillo: un pergamino amarillento y viejo que extendió por la mesa― .Tomé un atajo.

―¿Qué es esto? ―inquirió Merlina sin atreverse a tocar el pergamino.

―Alguna vez lo conociste y no te acuerdas, por supuesto. Es un mapa. El Mapa del Merodeador…

―¿El qué?

Ginny explicó que lo había descubierto en el fondo de su baúl al llegar a Hogwarts.

―Harry debe haberlo dejado allí ―dijo con tristeza acariciando el mapa―. Debe haber pensado que a mí podría servirme más, pero… ―los ojos de Ginny se llenaron de lágrimas por unos segundos―. Pero creo que a ti te será de mayor utilidad.

Merlina tuvo la leve impresión de que no era precisamente lo que pensaba decir la pelirroja, pero al no verla estallar en llanto, supo que era mejor no insistir: la jovencita no deseaba demostrar demasiado sus sentimientos. O más que eso, no deseaba recordarlos. Ginny era fuerte, no como ella.

―Gracias, Ginny, pero ya tengo mapas. Aunque otro no me vendría mal…

Ginny sonrió con picardía y abrió el mapa que no tenía ninguna palabra escrita, salvo más manchas oscuras, y lo señaló con su varita mágica.

―Es que este mapa te será mucho más útil ―declaró ella con satisfacción―. De hecho, no vas a necesitar ninguno más. Con esto te será suficiente, y el trabajo se te hará mucho más rápido y práctico.

―¿En serio?

―En serio. Sólo pon atención ―y, a continuación, con voz clara, dijo―: "Juro solemnemente que mis intenciones no son buenas"

Merlina quedó fascinada ante las maravillosas facultades mágicas del mapa. Mostraba absolutamente todo en Hogwarts, salas ocultas que ni siquiera Dumbledore había indicado en los que él había dibujado con puño, letra y algo de magia. Mostraba mucho más de lo que la Merlina "actual" sabía.

Pudo ver cómo Severus se paseaba por su despacho de un lugar a otro, como si estuviera cavilando algo. Vio a Dunstan y supuso que estaba sentada en su escritorio, revisando sus mugrosos trabajos de DCAO. Vio todo: decenas de motitas etiquetadas con diferentes nombres, incluso la suya.

―Ay, Ginny ―suspiró―, con esto me dan ganas de hacer tantas travesuras… Pero, primero tengo veintiocho años, y segundo…

Le explicó lo de Dunstan, lo odiosa que le resultaba y los celos que le provocaban, volviendo al mismo tema del otro día.

―Merlina, si ella no te hace nada, entonces tú tampoco, ya lo hablamos.

―Lo sé, y no estoy conforme.

―Tú dices que Agatha Dunstan trata de provocarte, y tú deberías responderle amablemente: eso frustraría sus planes.

―También lo he pensado así, pero…

―¡Basta de peros! ―Estalló Ginny desesperada, pero no violenta―. Si no quieres que tu vida se haga un infierno aquí, Merlina, vas a tener que seguir aguantando, y recién llevas una semana. Lo tienes todo para soportar, pero sólo depende de ti. Yo voy a estar apoyándote.

Merlina estuvo de acuerdo. Debía ser fuerte; madurar otra vez, si es que lo había hecho alguna vez. Confiaba en que sí sería así.

Ginny comenzó a enumerarle una serie de tácticas para no caer en la tentación de volarle de una patada la cara a Dunstan.

―Primero que todo, puedes estar cien por ciento segura que Snape te ama a ti. Segundo, eres más guapa.

―Eso lo dices porque soy tu amiga.

―Bueno, puede ser, pero supongo que a los ojos de Snape sí lo eres y eso es una ventaja. Tercero, aquí tú tienes amigos y ella no.

―Te tengo sólo a ti, o sea, UNA amiga.

―Peor es nada.

Le aconsejó cosas básicas como "distraerse con otra cosa" o "conversar y reírte con la persona que tengas más cerca en ese instante para que vean que estás de buen humor", también "respirar profundo es una mala alternativa, porque te llega más oxígeno al cerebro y haces que estés más lúcida a la hora de pensar idioteces, aparte de darte una imagen de mujer alterada". Todo aquello era más que fácil de recordar, pero lo difícil sería practicarlo.

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Severus no estuvo tan idiota como debió haberlo estado. De hecho, estaba muy alegre, y tanto, que resultaba en exceso sarcástico e irónico, lo que daba a entender que estaba muy enojado.

―Bien, bien… Un Supera las Expectativas para Weasley, ¿qué dices, Morgan?

―No me preguntes a mí, tú eres el profesor.

―Pero tú eres su amiga, ¿no?

Severus tenía la torre de trabajo del día viernes que Merlina le había dejado a él para que los revisara. Ese seguía siendo su trabajo, y ella debía comenzar su labor a las cinco de la tarde con exactitud. Lamentablemente había perdido sus horas de sueño por hablar con Ginny y bajar a almorzar como cualquier otro mago y bruja en Hogwarts (el hambre le había superado). Cuando se acordó que tendría que trasnochar, se arrepintió un poco.

―Deberías darle las gracias por el mapa, eso me aliviará el trabajo. ¿No estás contento?

―Un mapa de Potter en tus manos es lo que menos me gusta, la verdad. Podría ser peligroso.

―No es peligroso…

―No discutiré contigo.

A Merlina le dio tentación de risa. ¿Quién deseaba discutir, sino él mismo? Evitó sonreír, sin embargo, porque eso podía causar más problemas. ¿El plan de "reconquistarla" significaba pelear? Sonaba mitad tentador, mitad fracaso. Discutir era algo excitante según se mirara, pero si llegaba a un límite cruel… no era demasiado atrayente.

Pensó en decirle "¿estás celoso por lo del mapa?", pero se retractó de inmediato: el tema de los celos era algo peligroso. Lo mejor era ni acordarse de ellos. Los atacó un silencio incómodo.

Faltaban diez minutos para que comenzara su tarea de celadora. Sin embargo, no aguantó más tiempo allí callada, con Severus dirigiéndole miradas cargadas de rencor. Se paró sin decir más y se fue a dar el paseo de la tarde, para avivar fuegos de las chimeneas, hacer alguna que otra limpieza en el Salón de Trofeos y vigilar a los estudiantes que corrían de un lugar a otro, gastándose bromas mutuamente. Se sintió muy extraña al recibir saludos de gente que la conocía. Muchos chicos de séptimo y quinto año de las "casas amigas" le hacían gestos con la mano, e incluso la saludaban por su nombre sin avergonzarse por pasar a llevar el límite de "respeto para los funcionarios del castillo". Y más raro se le hizo cuando una chica rubia y de ojos claros, quien se llamaba Luna Lovegood y que había estado presente en su cumpleaños, se le acercó para decirle:

―Sé que no me recuerdas muy bien, salvo porque nos vimos el otro día, pero yo a ti sí. Sólo te vengo a avisar que tengas cuidados con los torposoplos. Si los evitas vas a poder recuperar la memoria, y tienes que sacarte los que ya están en tu cerebro y te lo han embotado. ¡Buena suerte!

Y se alejó corriendo a toda prisa, con sus aros de rabanito bamboleando en las orejas.

¿Los "torpoqué"? No tenía idea qué era eso, pero podía apostar que la pérdida de memoria no se debía a esas cosas. Como le había dicho Phil, lo más útil hasta el momento, sería un buen porrazo en la cabeza.

Para ser el primer día de trabajo de conserje ―según sus memorias otra vez―, no estuvo tan mal. Todo se confabuló para que los fantasmas estuvieran acompañándola a cada paso que daba y para que Peeves se enfocara en darles la bienvenida a los estudiantes de primer año, enrollando las alfombras para que tropezaran o lanzándole bombitas de agua.

Ni siquiera se topó con Dunstan, excepto a la hora de la cena. Se veía muy cansada y no llevaba ni una semana. De súbito su expresión le recordó a la de Severus. ¿Podía ser ella una Mortífaga? No, no. Imposible. Las muñecas se le veían claramente lisas con el color de su piel trigueña.

Transcurrió la noche entumida de frío, merodeando por el castillo, aterrada. Los fantasmas no le asustaban en absoluto ―el Instituto de Salem tenía plaga de ellos―, pero había sombras extrañas y pequeñas que cruzaban de un lugar a otro, sin hacer ruido. Más tarde comprendió que eran elfos domésticos que llevaban cestas de ropa de aquí allá, y utilizando un poco de su magia para limpiar los lugares que a Merlina no le correspondían.

Nunca supo cómo pudo sobrevivir tantas horas despierta, pero fue una bendición desayunar con el calor del Gran Comedor, oyendo el bullicio de los platos y cubiertos, y no el susurro constante del viento escalofriante.

Una carta cayó en su regazo mientras trataba de pasar por su garganta un trozo de torta de chocolate. Indudablemente, era la respuesta de Phil a su pregunta de un par de días atrás.

Ojalá que Phil fuera un poco más detallado esta vez.

Emocionada se tragó el té a toda velocidad y se marchó a la habitación, confiando en que la lectura de la carta le brindaría la fuerza suficiente para mantenerse despierta unos minutos más. Se lanzó boca abajo sobre la cama, desdobló el pergamino bostezando abiertamente, cabeceó un poco… luchó por tener los ojos abiertos como quien lucha con la fuerza de una ola… pero no dio más.

Sus manos quedaron bajo su pecho, con la carta arrugada y la cabeza de lado enterrada en la almohada. Cayó en un sueño tan profundo, que la privó de todos sus sentidos. No escuchó el rechinar de la puerta al abrirse y tampoco los pasos de Severus. No sintió su olor, ni sus manos cálidas para acomodarla, sacarle las zapatillas y arroparla. No sintió el roce del papel al deslizarse por sus manos. Y ni siquiera intuyó que Severus pudiera leerla… y que la leyó. Y, tal vez, no se hubiera dado cuenta si un hipopótamo la aplastaba.

No vio cómo sus cejas se curvaban al mismo tiempo que sus labios, demostrando tanto satisfacción como de burla. El aliento que pasó a través de sus labios entreabiertos también lo pasó por alto, y menos lo oyó mascullar a su oído.

―Quizás la guerra esta vez no sea conmigo… mi Cerdita Parlanchina.

Puso la carta entre sus manos, tal como la había pillado y apenas dos minutos para las nueve se marchó al aula, sólo un poco más allá.

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Merlina se despertó con la cabeza bombeando y el estómago vacío, a las cuatro y media de la tarde. Las manos le dolían tanto aplastar el papel ya arrugado. Tenía las palmas surcadas de líneas moradas.

―Oh ―murmuró al recordarse que no había leído ni una palabra. Tampoco recordaba haberse tapado. Simplemente se había lanzado en la cama y se había dormido.

Severus debió haberme arropado… —sonrió ante esa idea, pero su sonrisa se borró demasiado rápido al tener una idea no muy buena.

―¿Y si leyó esto? ―farfulló, y luego agregó―: ¿Y si lo hizo qué? No debe decir algo realmente grave.

En sí, la carta, no decía nada grave, pero desacreditaba totalmente a Merlina al decir que no era celosa, o al menos, de soportar los celos.

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Prima:

No sé qué detalles quieres que te dé, si ya te conté lo sucedido, aunque trataré de ser lo más breve y claro posible:

Primer acto: armamos el plan a tus espaldas y te muestras muy molesta (y celosa, claro, porque no compartimos contigo).

Segundo acto: tu Murciélago se porta de maravillas contigo, para luego ignorarte y hacerte sentir fatal (fue genial como te pusiste, por cierto).

Tercer acto: digo a mi esposa que vaya a ofrecerte ser madrina de nuestro futuro bebé. Ella acepta encantada, pero era un método mío de distraerte mientras Snape se acercaba a Dunstan.

Cuarto acto: te das cuenta y yo me aproximo para molestarte un poco, y admites que estás celosa, tratándome muy mal.

Quinto acto: sigues aguantando, distrayéndote y, a la hora que Celyn, mi esposa, lanza el ramo, tú lo atrapas (o más bien te golpea en plena cara; fue hermoso).

Sexto acto: te rindes ante tus deseos y te acercas para interrumpirlos. Una pequeña disputa con Dunstan hace que estalles y mandes volando al techo unas cuantas mesas (te humilló, eso no lo voy a negar).

Séptimo acto: terminas muy enojada con el Murciélago, y triste por haberme arruinado un poquito el final de la boda.

Pero sigo sin culparte, lo juro.

En fin. Eso es todo, porque nunca me contaste lo que ocurrió después con cierto personaje. Aunque, si terminaron no bien, qué más da, ¿no? O sea, me refiero a que las cosas no andan muy bien, ¿o sí? Llegaron por al mismo resultado pasara eso o no.

Me muero de sueño y me duele la muñeca.

Besos.

Philius.

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¿Por qué Phil se empeñaba en refregarle en la cara sobre que las cosas no iban muy bien? Pues, no iban de maravillas, pero tampoco estaban mal.

Estaba tan concentrada con la cabeza gacha, que no se percató de que Severus había aparecido en el umbral.

―¿Qué estás leyendo?

Un grito ahogado salió de su boca. Dobló el pergamino en dos y se lo metió en el bolsillo de la túnica. La cara la tenía roja del susto.

―Na… nada. O sea, una carta de Phil…

―¿Otra vez? ¿No se habían escrito ya? ―inquirió con una ceja arqueada, aproximándose con ese aire intimidante.

Merlina se enderezó y reunió todo el empeño para parecer indiferente ante esa táctica.

―Se le había olvidado contarme algo sobre Celyn… su esposa. Sobre el bebé.

Severus hizo el ademán de sentarse en la cama, junto a ella, pero Merlina, ya se había puesto de pie.

―Ahora me voy a bañar, en veinte minutos tengo que empezar mi ronda ―anunció Merlina sin mirarlo a los ojos, en parte porque la ponía nerviosa y porque podía adentrarse accidentalmente en alguno de sus pensamientos.

Esa tarde sí o sí averiguaría la manera correcta de encargarse de la Oclumancia. Iba a tener que aprenderla a la perfección porque, si no, su plan de hacerse la indiferente ante los sentimientos y los celos resultaría un completo e irreparable fracaso: ella era Merlina Morgan y no iba a ceder así de fácil.

"No voy a ceder así de fácil." Sí, claro. Eso es lo que dicen todas.

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No era nada grave. Nada grave… Apenas una pequeña bromita. Él era un poltergeist, ¿no? Los poltergeist hacían bromitas. Y si Peeves era un poltergeist que hacía bromitas, ella tendía que carcajearse, ¿no? Porque las bromas eran para reír.

No había tenido motivos para quejarse hasta la primera tanda antes de la cena, y durante ésta tampoco. Bueno, no era que le agradaran las miradas de Dunstan, pero no había sobresalido demasiado en ese rato, lo que era bastante aceptable. Y, hasta las doce de la noche, todo había ido de perlas: había apagado cuidadosamente los fuegos, las antorchas, limpiado un poco por aquí y por allá, acomodado algunos cuantos cuadros torcidos e, incluso, bajado yelmos de armaduras. Se dirigió a la primera planta varias veces, pero, de pronto, todo se quedó muy tranquilo, y tanto, que Merlina se había olvidado de que el silencio inusitado era un mal augurio. Al parecer no había fantasmas cerca, así que, si le ocurría algo, no iba a poder ser ayudada. Aunque un fantasma no era muy útil que dijéramos.

Se aproximó hacia una de las armaduras, curiosamente fuera de lugar para acomodarla cuando, de pronto, el demonio salió de adentro y le apretó la nariz con los dedos. A Merlina le dio un susto de muerte, aparte de un horrible dolor.

—¡Tengo tu nariz! ¡Ja, ja! ¡Tengo tu nariz! ―se burló como si fuera lo más gracioso del mundo, mientras Merlina trataba de sacárselo de encima.

Eso no fue todo, por supuesto. Un poltergeist nunca dejaba de fastidiar tan fácilmente.

―¿Qué hace Morgan a estas horas? ―inquirió con voz maliciosa.

―¡Estoy trabajando, estúpido! ―contestó furiosa, sobándose la nariz con ímpetu.

Mala idea fue insultarlo: éste se fue contra la celadora y, con fuerza de quién sabe de dónde la sacó, la subió hasta el techo, enganchándola de la túnica en la lámpara. Quedó a poco menos de tres metros.

―¡Eh! ¿Qué haces? ¿Qué…? ¿Me vas a dejar aquí? ―chilló Merlina horrorizada, sin moverse. La túnica podría rasgarse y no quería ni imaginarse lo que sería ganarse un golpe contra el piso de piedra.

―¡La mosquita muerta se lo ha ganado! Al pobre Peeves no se le insulta, no, no, no. Malo, malo. Ahora tendrá que Morgan pagarlo.

―¡Peeves, no me hagas esto! ―suplicó arrepentida.

―¡Adiós! ¡Dulces sueños! Esperemos que no bajen las arañas de sus telarañas... Porque a Morgan podría darle un ataque, ¿no? ―Rio por lo bajo y se fue dando tumbos silenciosos, hasta perderse por el final del pasillo.

Merlina no tenía idea de cómo el poltergeist se había enterado de su miedo a las arañas, pero eso era lo menos importante en aquel instante… Aunque, claro, seguro fue por esa vez que Severus le jugó una mala broma, y eso sólo lo sabía gracias a Hermione y a Ginny.

Eso era una broma, ¿no? Pero no tenía que por qué caer en la desesperación. Con ayuda de su varita…

Estaba tan tiesa para no balancearse, que todo el movimiento se le concentró en las manos causándole violentos temblores. La varita se le resbaló entre los dedos antes de que pudiera pensar algún encantamiento que la ayudara a bajar.

―Mierda… demonios… maldita sea… ―farfulló luchando para no llorar de frustración. No, no frustración por su varita… sino porque iba a tener que gritar para pedir ayuda y, ¿quién era la persona que se hallaba a menos distancia de donde estaba ella en esos instantes? Nada más que Agatha Dunstan.

No. Orgullo, Merlina, si te caes, será porque fuiste valiente. No grites… ¡No grites!

—¿Hay alguien por ahí? ¿Hola? ¡Necesito ayuda! ¡A…YU…DA!

Su grito salió entrecortado producto de la resistencia que trataba de poner ella misma. Pasaron unos segundos, hasta que un ruido de pisadas la distrajo. Ya era demasiado tarde.

Una silueta se definió a unos pocos metros ante ella, ante la luz del fuego de la antorcha que no había apagado. Ya había previsto que iba a ser ella quien llegaría.

―¿Morgan? ¿Qué haces allí? ―inquirió con un dejo de burla en la voz.

―Peeves me subió ―gruñó sin mirarla y prefirió no atrasar el momento―. ¿puedes bajarme?

Dunstan se encogió de hombros.

―Como tú quieras ―la señaló con la varita para desprenderla de la lámpara, así, sin más.

Un crujido de hueso indicó que Merlina se había fracturado un hueso de la pierna derecha. Ni siquiera había reaccionado a gritar en la fracción de segundos que cayó al suelo. Un dolor punzante y repentino le llenó la extremidad. Para su mala suerte, se había dado justo en algún punto sensible de la fíbula.

―¿Qué…? ¿Por qué…?

―¡Oh, lo siento, Morgan, pero tú me pediste que te bajara! ―se excusó ella sin dejar de sonreír. La luz del fuego le iluminaba la mitad de la ancha cara.

Merlina no podía creer lo que había ocurrido: ¿o sea, que si hubiese tratado de soltarse sola, hubiera llegado al mismo resultado, y sólo había llamado a esa víbora para humillarla gratis?

Los ojos se le embargaron de lágrimas por el dolor de la pierna. Había quedado tirada en el suelo, con la extremidad en una incómoda posición. Aun así, la rabia que le invadía era menos soslayable que el malestar.

―¿Necesitas ayuda? ―inquirió Dunstan aproximándose hacia ella y extendiendo una mano gruesa de dedos cortos.

Merlina la observó con repugnancia e incredulidad.

―¿Estás loca? ¿Me dejas caer y luego me ofreces ayuda?

―Fue un pequeño error…

―¡Nada que errores ni que nada!

―Ay, ¿no me digas que vas a ponerte a hacer teatro por esto? ¡Con un simple hechizo tu pierna puede volver a restablecerse!

Merlina bufó y se arrastró hasta una gárgola para ponerse de pie afirmándose en ella.

―¡Lo sé, por eso me marcho donde Pomfrey!

―Como tú prefieras.

Dunstan le dedicó una última sonrisa mordaz, dio media vuelta y se marchó a su oficina.

Merlina respiró varias veces seguidas, profundamente, para calmarse y recoger su varita del suelo. Pero, tal como le había dicho Ginny, eso colaboraba en su desesperación al pensar con más claridad, ya que su cerebro recibía más oxígeno.

Afirmándose de la pared y conteniendo las ganas de bajar a las mazmorras y contarle a Snape lo que esa mujer le había hecho, se dirigió a la Enfermería saltando en un pie, sintiendo que a cada salto el dolor aumentaba por el rebote. Dos veces tuvo que afirmarse de tapices para no darse de bruces contra el piso.

―Madame Pomfrey ―susurró tocando el brazo de la señora que dormía en su cama, en una pequeña sala contigua a la Enfermería―. Despierte.

―¿Mmm? ¿Merlina? ¿Qué sucede?

―Necesito que me cure una pierna.

Efectivamente Merlina se había fracturado la pierna y la enfermera se lo curó en un segundo. Supuestamente habiéndose sanado se hubiera sentido mucho mejor, pero la ira no deseaba aplacar. Dunstan estaba buscando a la Merlina que había conocido en la boda y no estaba tan lejos de encontrarla, pensó la joven, retomando su ronda de muy mala gana.

En adelante, evitaría a toda costa el pasillo de Dunstan; que los elfos se encargaran de mantener limpio allí. No pensaba volver a pasar una humillación como esa. ¿Acaso creía que con un poco de maldad lograría hacerla caer? No… no sería tan simple.

Cuando hubo ya apagado todos los fuegos, se dirigió a la biblioteca, internándose en la sección de "Mente" para comenzar su tarea de aprender Oclumancia. Si no lograba controlar su humor en la mañana, Severus sabría de inmediato que su noche no había sido del todo buena. De sólo imaginarse la sonrisa burlona y las palabras sarcásticas que le dedicaría, le escocían las manos.

No puede ser tan complicado cerrar la mente, ¿no?

Sacó unos cuantos libros y, finalmente, se quedó con el más inteligible. Leyó, y leyó el mismo párrafo durante todo lo que quedó de la noche creyendo que, mientras más leyera, más fácil le sería cerrar la mente. La instrucción era clara: era imposible no pensar en algo, pero sí dejar los sentimientos de lado y quedarse en un estado de relajación era algo realizable.

"Debe usted pensar en algo que no tenga mucho sentido, algo que le haga sentir alejado de la realidad, algo que sólo le de paz interior".

¿Qué podía darle paz interior a Merlina Morgan? Tal vez… ¿el despido de Dunstan? O… ¿La renuncia de Dunstan? ¿Cuál de las dos era mejor opción? La muerte no, eso era demasiado bueno para cualquier persona que deseara descansar en paz, aunque, según el tipo de muerte… sí, según lo cruel que fuera la muerte, porque podía morir devorada por hienas en la sabana africana, o triturada por un ventilador, o reventada por los tentáculos del calamar gigante, o si estaba muy cansada podría dormir…, porque podría dormir… Sí, dormir…

Y la cabeza se le cayó sobre la torre de libros abiertos en la mesa. ¿Había aprendido algo de Oclumancia esa noche? No.