Capítulo 22: Son de paz

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Una mano en el hombro la hizo despertar de golpe. Se encontró con la feroz mirada de águila de Madame Pince. Sus ojos iracundos le recordaron mucho a una situación similar que tuvo el segundo día de colegio, en su primer año. Se alejó del presente durante un par de segundos.

Su sueño era aprender todo sobre los animales mágicos y sus poderes, y no tenía la menor duda de que en la biblioteca encontraría todo lo necesario. ¡Eran tantos libros! Merlina no podía deleitarse más con el mosaico repetitivo de libros ordenados que se ubicaban en las estanterías. Cubiertas negras de cuero, de piel, de muchos otros colores, hasta incluso de oro. Los títulos más interesantes solían estar en las partes superiores pero, a pesar de que ella era más alta que muchos otros de su clase, no los iba a alcanzar. Y, francamente, pedirle una escalera a Madame Pince, la bibliotecaria con cara de buitre, no le tincaba para nada. Y no tenía idea de encantamientos convocatorios: cuando recibió su carta de Hogwarts recién su vida mágica dio comienzo. Sabía que algo estaba mal con ella, pero nunca había hecho algo realmente mágico… salvo cortar todas las cuerdas de la primera guitarra de Drake con una sola mirada.

Su cuerpo no pesaba tanto, así que, si se encaramaba un poco, podría alcanzar los volúmenes de más arriba sin volcar la estantería. Hizo un hueco con el pie entre los libros del segundo nivel inferior, se trató de agarrar… No tuvo problemas. Estiró el brazo hacia ese lomo púrpura con letras grises, tan bonito, para sacarlo.

Y se arrepintió de haberlo hecho: el libro aquél estaba tan apretado, que sacó a los otros dos de los costados, y así sucesivamente, hasta que cayeron cinco pesados libros en su cabeza, causando que se soltara y pasara a llevar otros diez más de las otras filas. Cayó sentada el suelo, tratando de protegerse con los brazos sobre su cabeza.

Ni siquiera gritó por el puro susto, además, ¿para qué hacer más ruido del que ya habían causado los libros?

Unos pasos apurados se aproximaron por el pasillo: la vieja con cara de buitre.

¡Eh, tú! ¿Qué has hecho, mocosa? ¿Es que acaso no sabes tratar a los libros?

Merlina tragó saliva con los ojos llenándoseles de lágrimas.

¡Vas a ordenar todo de inmediato, mocosa descuidada! ¡Levántate y ordena, rápido!

Merlina trastabilló un poco temblando del miedo. Nunca la habían retado así. Más bien, nunca la habían regañado, había sido demasiado mimada. Tal vez un simple regaño por dejar la ropa sucia detrás de la puerta del baño, pero llegar a gritarle… Supo de inmediato que tenía que andarse con cuidado si no quería más problemas con ella, porque, con ese, ya sería más que suficiente para el resto del año.

Varios se asomaron para ver a quién habían regañado, y trató de ocultarse tras los libros mientras los colocaba en orden, para que no vieran su cara sonrojada y brillante de sudor.

A lo que vuelva, quiero que esté todo tal cual estaba antes, ¡y ay de ti que encuentre alguna página doblada!

La señora se retiró del pasillo haciendo resonar amenazadoramente sus botas de cuero. Cuando desapareció, dos niñas, una rechoncha y otra pequeña como una pulga, se le acercaron temerosamente.

¿Quieres que te ayudemos? ―ofreció la pequeña con una sonrisa tímida en su cara morena.

Merlina sonrió abiertamente.

Sí, por favor.

Y con un sencillo hechizo ambas niñas enviaron cada libro a su respectivo lugar, antes asegurándose con otro para que las páginas quedaran impecables.

Alcanzaron a esconderse cuando Pince apareció a evaluar el trabajo de Merlina, y se vio frustrada al no notar ninguna falla.

Desde ese momento, Susan Clapp, Endora Stanwood y Merlina Morgan, construyeron una amistad.

Tardó en reaccionar un poco, y extrañó más que nunca a sus amigas en ese instante.

―Oh, yo… ya me voy ―susurró avergonzada, apartándose el pelo de la cara legañosa.

―Yo no me marcharía sin antes limpiar ese libro ―contestó la mujer, señalando por encima del hombro de Merlina el mismo en el que había estado apoyada su cabeza.

Deseó que sus amigas de la infancia estuvieran para ayudarla, pero tendría que hacer las cosas sola aquella vez.

Merlina echó un vistazo a la página, que tenía una estela de saliva. Se sonrojó de súbito. Solía babear si estaba demasiado cansada. ¿Cómo se le había ocurrido dormirse?

―De… inmediato ―musitó sacando su varita del bolsillo y señalando la página con una mano espasmódica.

Con un encantamiento de desaparición quedó impecable, y se apresuró a poner los libros en su lugar con el mismo hechizo que Susan y Endora lo había hecho alguna vez. ¿Dónde estarían sus amigas? Si es que estaban… Pensándolo bien, después de tanto tiempo, podía haber sido cualquier cosa de ellas. ¡Cómo le hubiese encantado reencontrarse con ellas alguna vez! No menospreciaba para nada la amistad de Ginny (ni la de Hermione), pero sería tan bueno poder contar con ellas… Había perdido el contacto Susan y Endora desde que se cambió de país.

Salió raudamente de la biblioteca y bajó a desayunar. Tenía un hambre feroz, pero también una frustración del tamaño de un dragón con exceso de hormonas de crecimiento. Estaba clarísimo que, leer una vez y otra vez lo mismo, no había servido de nada. ¿Ginny sabría algo? De seguro que sí, ¡era una muchacha inteligente! Apenas tuviera un tiempo libre iría a preguntarle.

Casi tragó su desayuno para irse a la cama rápido y dormir antes de empezar otra vez la ronda. Esta vez no se quedaría dormida en la biblioteca ni en ningún otro lado. Sin embargo, no era por eso que quería dormirse rápido ―ni siquiera tenía tanto sueño―, sino que no quería toparse con los inquisidores ojos de Severus.

Al menos, esa tarde fue pacífica. El profesor, con suerte, fue a su despacho para dejar los trabajos y para volver a preparar la siguiente clase. El segundo día, sin duda, iba a ser agotador para todos.

Y no se equivocó: justo cuando Merlina tenía que reanudar su trabajo, se topó con la pelirroja pecosa saliendo del aula de Pociones con expresión furibunda.

―¿Mucho trabajo? ―preguntó a modo de saludo, demostrando comprensión.

Ginny se giró a ella con la boca fruncida, reprimiendo un gruñido.

―¿Trabajo? ―bufó colgándose la mochila al hombro―. Sí, mucho ―hizo una pausa y se fue caminando por el pasillo junto a Merlina para alejarse de las mazmorras lo más pronto posible―. Pero ¡no es por eso por lo que tengo esta cara! ―Señaló su rostro rojo como manzana que por poco se confundía con su pelo―. Snape ―escupió su apellido como si fuera una blasfemia― me restó otros cinco puntos más por botar un cucharón al piso.

―¿Qué?

―Lo que oyes, ¡eso hizo tu… él! Y, para peor, me deja en vergüenza… ¡Y luego me dice que le tenga respeto! ¿Qué se cree? ¿Qué piensas tú? ¿Eh? ¿Merlina? ¿Qué te pasa? ¿Por qué te quedaste allí?

Merlina se había quedado unos cuantos pasos atrás, con el entrecejo fruncido y mirando al techo.

―Sólo estaba recordando que una vez una amiga mía pasó por algo parecido… lo que me ha dado mucha rabia.

Era junio de 1985, a mediados de año, y ya faltaba poco para salir a vacaciones.

Ni la más minúscula mosca volaba en el ambiente, y apenas se oían las respiraciones de los estudiantes en aquella indeseada clase de Pociones. Los de cuarto año de Ravenclaw y Hufflepuff preferían ahogarse por la falta de aire, antes de ser reprendidos por "respirar demasiado fuerte". Mientras más silencio, mayor concentración, y aquella era una situación que lo requería: era el examen final para pasar a quinto curso y todos debían poner el máximo empeño en hacer bien la poción. Nadie nunca había estado tan concentrado como ese día, incluso Merlina Morgan, que siempre se sentaba en un costado, al lado de Endora. En la otra esquina estaba la pequeña Susan.

La poción que realizaban para pasar la prueba era la solución Agudizadora de Ingenio. No era para nada difícil, pero podía causarse alguna catástrofe al más mínimo error. Según Snape, planeaba donarlas a la Enfermería, y si alguien la bebía y le ocurría algo, se encargaría de que no visitara nunca más la clase.

Como siempre, el joven profesor con el aspecto de murciélago que le daba esa capa se paseaba entre los asientos para colocarlos nerviosos. Merlina vivía constantemente con esa sensación de vacío en el estómago cuando estaba cerca de él, así que no suponía un reto mayor, todo lo contrario a sus amigas. Ellas no tenían idea de que Merlina sentía algo por dicho profesor y, si se llegaran a enterar, se asegurarían de llevarla a San Mungo antes de que volviera a decir algo como eso.

Iban casi al mismo tiempo todos cortando la raíz de jengibre, que era ya el último paso para terminar. Faltaban cinco minutos para que la clase se diera por finalizada.

¡Crash!

Un ruido de vidrios rotos los sobresaltó a todos: Endora había botado con su codo macizo la botella de bilis de armadillo, pero estaba vacía, así que, ¿qué podía ocurrir?

Dos puntos menos para Ravenclaw, señorita Stanwood. En el arte de las Pociones no debe cometerse errores ―masculló con dientes apretados.

Todos se quedaron sorprendidos ante aquella inesperada reacción. ¿Desde cuándo se regañaba a las personas por romper algo sin intención? Aquello ocurría únicamente en política de Snape.

Endora asintió avergonzada y con las mejillas del color del rábano. Susan y Merlina se habían dirigido una mirada cargada de ira y miedo mezclados. Ya habían tenido tantos problemas con Snape que, lo menos que deseaban, era ponerse a discutirle eso. Por suerte eran dos puntos y no más.

Merlina le lanzó una mirada insolente a Snape, incitándolo a que le dijera algo antipático para contestarle mal. Pero él no dijo nada, y ella, realmente, prefería no arriesgarse a que le pusiera un cero.

Los cinco minutos se terminaron y las tres amigas pudieron acabar bien las soluciones, sin embargo, Merlina se había quedado con las ganas de defender a su amiga. ¿Por qué no se había atrevido?

Ya no era una estudiante más, y tenía tanto poder como un profesor. Ginny era su amiga y por defenderla no podían quitarle puntos. ¿Acaso no había quedado en deuda con Endora? Claro que sí. Pero eso siempre podía enmendarse haciéndole un bien a otro.

―Esta vez no se saldrá con la suya ―bramó Merlina.

―¿A qué te refieres? ¿Dónde vas? ¡Merlina, no hagas nada! ¿Y si me metes en problemas?

La celadora caminaba a toda velocidad, retrocediendo por el camino ya recorrido.

―Ginny, no es sólo por ti… Déjamelo a mí ―le avisó Merlina cuando estaba a punto de entrar al despacho―. No se atreverá a quitarte puntos otra vez. Y espérame aquí, que luego tengo que hablar contigo.

Ginny negó con la cabeza, afligida, cuando Merlina desapareció tras la puerta.

Snape casi se sienta en su butaca para comenzar a revisar los trabajos. Casi. Se retractó a verle la cara a Merlina. Ella parecía estar haciendo un puchero.

―¿Qué?

―No te aburres, ¿eh? Y si hubiese sido alguien de Slytherin al que se le cayera el cucharón, ¿le habrías restado puntos? ―Snape bufó―. ¡No! ¿Por qué? Porque son Slytherin…

―Weasley te fue con el cuento, como lo supuse.

Severus se aproximó a Merlina.

―¿Y qué? Es mi amiga, y por eso le restaste puntos.

―Interrumpió…

―¡No vengas con el cuento de que "interrumpió" la clase! ―Le enterró un dedo en el pecho con fuerza―. ¡No quiero que le restes más puntos sin razón!

―¿Se te subieron los humos a la cabeza, Morgan? ―inquirió Severus tomándole la mano que tenía en su pecho aún―. Fuiste profesora una semana, no te creas que tienes poder en esto. El profesor de Pociones sigo siendo yo. ―sentenció con voz filosa.

―No se me subieron los humos a la cabeza ―rebatió y tironeó de su mano.

―A mí se me hace que sí. Y se me ocurren un montón de otras cosas más, ahora que estás mirándome a los ojos con tanta intensidad…

Merlina se envaró y se zafó como pudo.

Abrió la boca para rebatir algo más, pero no se le ocurría que decir. Cuando aprendiera bien Oclumancia defendería a Ginny otra vez, o cuantas fueran necesarias para que Snape entrara en cintura.

¿Para qué te haces la dura, si sabes que va a salir ganando? —se preguntó a sí misma, para responderse—: Bueno, tengo que intentarlo.

Se dio media vuelta.

―Sí, es mejor que te vayas ―adujo Snape con maldad―, antes de que me arrepienta y te deje encerrada hasta averiguar ciertas cosas. Y te aprovecho de decir que me parece muy atractivo tu enojo, Cerdita Parlanchina.

¡Paff! Sonó el portazo de Merlina al salir con las mejillas ardientes ante el último comentario tan desatinado. Ginny seguía donde mismo, con una mueca de reproche.

―Tus gritos se escuchaban hasta acá, así que no me cuentes lo que le dijiste. Ya sé que fue un fracaso.

―Qué alentadora, gracias.

Se alejaron de las mazmorras y subieron al Vestíbulo.

―¿Qué tenías que decirme, Merlina? ―preguntó Ginny olvidando el asunto.

Entraron a la sala vacía más cercana y Merlina le explicó que necesitaba con urgencia clases de Oclumancia, con la esperanza de que le dijera "¡No te preocupes, yo te enseño!".

―Porque se me hace que el resto del año se me va a hacer una pesadilla.

Ginny la miró durante unos segundos, hasta que carraspeó, incómoda.

―Merlina… ¿no será que estás exagerando mucho?

―¿A qué te refieres? ―Merlina se puso en guardia.

―A que… ―suspiró―. Mira: te gusta Snape, él te quiere a ti. Y sé que yo te dije que no hicieras nada, pero te estás complicando más de lo necesario. En vez de estar jugando a ocultar los celos y los sentimientos, ¿por qué no le plantas un beso, y ya? Así serían felices para siempre.

―No es tan simple, Ginny. ¡Va en contra de lo que deseo!

―¿Y qué deseas?

―Enamorarme de Snape.

―¡Tú estás enamorada! Lo que pasa es que has… retrocedido un poco.

Merlina cerró los ojos un segundo.

―¿Me ayudarás? ―inquirió a Ginny, omitiendo lo que había dicho.

—¡Ay, Merlina! ¿Ayudarte? Me encantaría, el problema es que no tengo idea de nada. Eso es un ramo que pasan a los que quieren ser Aurors.

―¿Y cómo voy a aprender? Sería estúpido que Snape me enseñara.

La pelirroja le dirigió una mirada misteriosa.

―Hay alguien que sabe. Pero es tan absurdo como Snape.

―No me digas que…

―Sí.

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Merlina se pasó la segunda semana de trabajo refunfuñando por todo, aparte de lo obvio. No tenía idea si la Merlina "actual" era así, pero a sus veinte años no tenía demasiada paciencia. Por eso en el Instituto de las Brujas de Salem no había hecho amigos. Salvo conocidos, como el hermano de Edelberth… y el mismo Edelberth, que en paz descansara. Sentía como si fuera adolescente otra vez, aunque si contaba con que "tenía veinte años", era una adolescencia bastante tardía y fastidiosa.

Merlina estaba rendida. Pedirle a Severus ayuda era estúpido, y doblemente estúpido era hacerlo con Agatha.

Indudablemente se enteraría de lo que sentía hacia ella, y aquello generaría el doble de problemas. También, existía la posibilidad de que la chantajeara, o le lanzara alguna maldición. Estaba segura de que con esa mujer todo era posible.

Los estudiantes afirmaban que era una buena profesora, y lamentó oírlo de la misma Ginny, que también lamentaba admitirlo. Por lo que se había alcanzado a enterar, cuando estuvieron bajo el régimen de Dolores Umbridge, las varitas permanecían el noventa por ciento del día guardadas en los bolsillos de las togas o en las mochilas, y les asombraba tener clases con la sobrina "bonachona", como algunos la llegaban a describir. Era muy hábil con los embrujos y maldiciones, y muy práctica en las clases.

―Pensé que recibiría comentarios negativos de los estudiantes ―le dijo un día Minerva McGonagall en el aula de profesores―. Sin embargo, me atrevo a decir que Dumbledore hizo una buena elección esta vez. Es un poco socarrona y engreída, pero no le quita lo buena profesora que es.

Por otra parte, Dunstan era su última y única alternativa. ¿Y si le pedía que le enseñara lo básico? La parte teórica se hacía diez veces más fácil de una persona experta en el tema que de un libro ambiguo y de palabras rebuscadas.

Tal vez iba a poder hacer algo… sí. Con un poco de esfuerzo, lograría demostrar simpatía hacia Agatha Dunstan, y esta le explicaría de qué trataba la Oclumancia.

Esa misma tarde de día domingo iría a preguntarle si podía hacer algo por ella, pero, antes, debía dormir un poco.

Severus ni siquiera la miró cuando se marchó hacer su trabajo. Estaba más que sentido con ella por su actitud, y a la vez (de esto sí que Merlina no tenía idea) frustrado por la ausencia de Merlina justo cuando él hablaba con Dunstan para sacarle más celos. Lamentablemente la diferencia de horarios favorecía a la ignorancia de Merlina, aunque no por mucho tiempo.

Golpeó un par de veces la puerta de la oficina de Dunstan. Ya lo tenía decidido; sólo se tragaría un poquito el orgullo para pedir ayuda a la enemiga. Como dicen: "mantén a tus amigos cerca y a tus enemigos aún más cerca".

―Adelante.

Merlina asomó su cabeza a un despacho carente de arreglos. No había pinturas, cuadros, fotografía, posters, absolutamente nada que pudiera dar luces de los gustos personales de Dunstan. Ni siquiera objetos de ocultismo o protección. Con suerte estaban el escritorio, la silla, un perchero, un librero y la butaca que estaba cerca de la chimenea que, en ese instante, crepitaba fervientemente, generando un calor agradable. Por las ventanas sin cortinas se divisaba el cielo ya oscuro y encapotado. A lo lejos, como una sombra tenebrosa, se alzaba la cancha de Quidditch.

―Buenas tardes, profesora ―saludó Merlina con una horrible sonrisa falsa en la cara.

Las comisuras de la boca de Dunstan se curvaron cínicamente.

―Hola, Merlina. Adelante, pasa.

Contrólate, Merlina. Aquí vienes en son de paz. Vienes a pedir ayuda, no a acabar con la profesora que todos odian por ser como es, pero aman su modo de enseñar…

Primero que todo, sé amable. Y luego ataca el punto de importancia.

―Siento mucho mi actitud hacia usted, profesora ―comenzó con un tinte de arrepentimiento no muy convincente―, pero me confundió mucho su atrevimiento… su confianza. Todo esto de la pérdida de memoria me ha tenido muy mal. Y sé que el otro día no fue su intención botarme al piso… o sea, que usted quería ayudarme.

―Comprendo, comprendo. Toma asiento ―indicó, señalando el asiento con una mano gruesa.

Merlina se sentó, confiando en que ya había pasado la prueba.

―Quería hacerle una pregunta, también ―agregó como si se le hubiese ocurrido recién.

―Antes de que preguntes, Merlina ―interrumpió la mujer―, quiero decir que eres muy afortunada de tener un novio tan agradable: buena elección, te felicito ―Merlina se quedó de piedra―. Esta semana he conversado mucho con él, justo cuando tú has estado haciendo tus ronda. No te importa, ¿cierto?

La lengua se le trabó durante un segundo. ¿Qué demonios había oído? Apretó los puños inconscientemente.

―No… no. Para nada ―contestó luego, casi sin aliento.

Así que conversando… ¿aprovechándote de mi ausencia, víbora?

―Bien, ¿qué querías preguntarme? ―la invitó a seguir con una sospechosa amabilidad.

Merlina, por un segundo, había perdido el hilo de lo que pensaba decir, y no era para menos con tal revelación. No obstante, atinó a tomar aire y continuar.

―¿Qué sabe de Oclumancia?

Agatha se encogió de hombros.

―Lo básico. Te digo de inmediato, Merlina, que no sé ocuparla. No sé Legeremancia tampoco ―todo eso lo dijo con voz afectada.

Claro. Mentirosa, qué apuesto a que sabes y no quieres compartir la información.

Merlina se puso tensa de la rabia, y quiso buscar la mejor forma de irse, pero la voz de Dunstan se lo impidió.

―Pero hay algo que sí sé.

Merlina arqueó las cejas. Su voz había sonado peligrosa y su expresión había cambiado a una mirada acusadora y amenazante.

―¿Crees que no me doy cuenta? ¿Crees que soy estúpida? Vienes por interés ―se puso de pie apoyando las manos en la superficie y frunció las cejas―, y no pienso ayudarte.

―Ni siquiera te he pedido ayuda ―declaró Merlina molesta, colocándose en la misma posición. Se sintió perturbada por el cambio de faceta de Dunstan. Al parecer se moría tanto como ella de comenzar una pelea.

―Pero sé que lo pensabas hacer. ¿Para qué piensas utilizar la Oclumancia, eh? ¿Para irte en mi contra de alguna manera, no?

Merlina respiró profundamente. Y no dio más.

―¡Lo sé todo! ¡Coqueteaste en la boda de mi primo con Severus! ¡Me humillaste! ¡Y te atreves a tratarme como si nada! ¡Tú empezaste todo! ―bramó furiosa.

―Así que estás celosa, ¿no? ¿Eso es lo que pretendes ocultar? ―Soltó una carcajada sonora y maléfica―. ¿Y vienes a pedirme ayuda? ¿A mí? ¿A sabiendas que se lo voy a contar a Severus…?

―¡No lo llames SEVERUS! ¡Para ti es Snape!

―¿… sin dudar?

―¡Tú no le vas a decir nada a nadie! ―amenazó Merlina sacando su varita e interponiéndose en su camino.

―Me temó que sí ―Dunstan hizo un rápido movimiento con la mano―. ¡Expelliarmus!

La varita de Merlina salió volando hacia una esquina.

―¡Maldita seas…! ―gritó tratando de abalanzarse contra ella.

Pero, una vez más, Agatha Dunstan fue más ágil: la tomó de los hombros empujándola con brutalidad, desprendiéndose de su propia varita sin querer.

Merlina supo que jamás la intención de su enemiga había sido asesinarla, no obstante, la fuerza que ejerció para lanzarla lejos causó que trastabillara con la alfombra y cayera de espaldas, nada más ni nada menos, que a la misma chimenea encendida.

Lo último que vio antes de caer en las llamas, fue a Agatha colocándose ambas manos en la boca para no gritar, con los ojos muy abiertos y en estado de shock.

Merlina se quedó quieta entre las llamas, en la posición exacta que había caído, resistiendo el daño del coxis y parte de la espalda, esperando a sentir el dolor, el ardor, la quemazón que habían sentido sus padres y su hermano. Sintió el deseo de quedarse allí para siempre, olvidándose del absurdo motivo por el que había ido a ver a Dunstan, dejándolo todo atrás, porque realmente ya carecía de importancia. Quiso que el fuego la tragara rápido, que la consumiera, que todo cesara luego, y que comenzara a ver la película de su vida antes de que su mente quedara en blanco.

Sin embargo, los segundos pasaron y ella no se estaba quemando. No sentía dolor, ardor, ni nada, y la vida no se estaba resumiendo en un cuento de hadas con un final trágico en su cabeza. ¿Dunstan le habría lanzado un encantamiento para que no se quemara? ¿La quería asustar? ¿Sabía de su pasado y quería gastarle una mala broma? No, no podía haberla encantado como a las brujas que quemaban antiguamente en las hogueras. Eso era imposible, la varita se le había caído al suelo al momento de empujarla; ella misma había oído el ruido de la madera contra el suelo. A menos que fuera magia involuntaria, pero…

No supo qué diablos había ocurrido, pero sí pensó que debía salirse de las llamas. Con dificultad se escapó de la chimenea. Temblaba y su ropa se incendiaba. Un olor a tela chamuscada se liberó en el instante en que se movió. Dunstan con suerte atinó a lanzarle un chorro de agua considerable para apagar su ropa que estaba prácticamente arruinada.

Apenas habían sido cinco segundos los que había pasado en el fuego, pero, a juzgar por el radical cambio de contexto, parecía que hubieran transcurrido minutos. Las respiraciones agitadas ya no eran de rabia, sino que de nerviosismo y confusión.

La profesora de Defensa todavía se tapaba la boca con una mano y la miraba con los ojos muy redondos y aterrados. ¿Estaría fingiendo? Pues eso daba igual, porque lo hecho, hecho estaba.

Merlina inhaló y exhaló varias veces seguidas para calmarse.

―Lo que ha ocurrido aquí ―farfulló Merlina con voz de ultratumba―, quedará aquí.

Dio cinco pasos hasta la puerta y se fue, sin esperar a que Dunstan le contestara. Supuso que estaba demasiado impactada como para ser capaz de dar una respuesta coherente, si apenas ella podía juntar dos ideas.