Capítulo 23: Miedos y descuidos

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Tuvo que continuar el paso con normalidad. Había olvidado el pequeño detalle de que los estudiantes, a las cinco de la tarde, se dedicaban a pasear y encaminarse a la biblioteca para hacer los últimos deberes. Éstos la quedaron mirando impresionados por su facha: estaba llena de hollín, con la ropa chamuscada y mojada, y con un aspecto de haber visto a un fantasma.

Lamentaba no tener consigo el mapa que le había regalado Ginny, con él pudo haber escapado por cualquier atajo sin ser vista.

Tomó con rapidez el camino a la lavandería y agarró la primera túnica que encontró, que le quedó sumamente corta y dos veces más ancha. No le alcanzaba a cubrir lo quemado de las zapatillas y los pantalones, pero podía pasar desapercibida si caminaba lo suficientemente rápido.

Se dirigió al baño de chicas del tercer piso que estaba siempre desocupado y se sacó las cenizas de la cara y manos, refregándose con una bola de papel higiénico.

Merlina actuaba, más que consciente, automáticamente. Estaba en un estado de profundo ensimismamiento, y si no hubiese sido por Myrtle la llorona, tal vez jamás se hubiera preguntado lo más preocupante del suceso.

―Hola, ¿quién eres? ―Merlina se giró para mirarla, mostrando el rostro a la luz. Myrtle estaba justo detrás de ella, sentada en un retrete, tirándose con los dedos un vello de la barbilla―. Ah, eres tú. Pensé que eras otra persona.

Merlina la ignoró y siguió con la tarea de sacar papel higiénico, hacerlo bola, mojarlo y pasárselo por la cara con una considerable cantidad de jabón.

―¿Por qué estás… negra?

―Me quemé ―masculló.

Myrtle La Llorona se deslizó hasta un lavabo sin espejo, colocándose a su costado.

―¿Te quemaste? ―preguntó―. Qué mentirosa eres. ¿Me estás haciendo burla, acaso? ―inquirió ofendida y comenzando a sollozar.

Merlina suspiró, cansada.

―Claro que no ―contestó―. Me caí en una chimenea con fuego ―clarificó con sorna―. ¿Así lo entiendes mejor?

―¿Y por qué, entonces, no estás quemada? Digo… deberías estar quemada, ¿no? O, como mínimo, muerta.

―Pero no me he quema…

Merlina dejó la palabra en el aire y se acercó más al espejo para observarse mejor el rostro.

Claro, no se había quemado, y no se refería a la parte de no haber sentido dolor, sino que no tenía ni un rasguño, ni siquiera en las manos. Se subió una manga, se miró el abdomen, las piernas.

Nada. Ni una sola llaga.

¿Por qué no se había quemado? Ya tenía claro que Dunstan no había tenido nada que ver. ¿Qué le había sucedido? No había sentido dolor al "quemarse", pero… ¿tan extraño había sido todo para no tener rastro de nada? ¿Cómo no se dio cuenta desde un inicio de lo extraño de la situación?

No pudo evitar sentirse como un fenómeno. Miró a Myrtle, trasparentando preocupación.

―¿Qué me miras? ―le espetó el fantasma de la joven.

―No me quemé ―admitió sin aliento.

―¡Bah! ¿Enserio? ¡No me había dado cuenta!

Merlina se terminó de sacar rápidamente lo que quedaba de hollín y se fue a todo patín hacia el despacho de Severus, cambiando de opinión sobre todo. Bueno, no todo. Iba a mentirle descaradamente, no porque quisiera proteger a Dunstan, sino que deseaba no hacer de un escándalo por algo que… bueno, algo no tan importante. Estaba a salvo, ¿no era eso lo que importaba? Si decía que se había caído sin querer, sola… eso era una buena idea y era algo completamente creíble viniendo de ella.

Desde lo lejos del pasillo de su despacho (y el de Snape) se notaba que la puerta estaba entreabierta. Nunca la dejaba a sí, a menos que alguien estuviera dentro… Frenó en seco. Dunstan estaba saliendo del despacho de Snape.

Se escondió detrás de una armadura, agazapada, antes de que la viera, y esperó a que se fuera.

La mujer desapareció, pero no pudo reaccionar de inmediato: ¿por qué había ido a hablar con Severus? ¿Le había dicho lo ocurrido? ¿O había tratado de sacar provecho a la situación de alguna manera? ¿No había dejado ella en claro que lo que había ocurrido allí quedaba allí?

¿Qué hacía? Indecisa, dio un paso hacia el camino que había tomado para, luego, retrocederlo. ¿Por qué le daba tanto terror ir donde Severus? ¿Y por qué tenía que llenarse la cabeza de preguntas sin respuesta clara?

De pronto, una idea absurda, pero que podría llegar a ser cierta: ¿y si Snape y Dunstan la odiaban, estaban confabulados y querían hacerle daño?

Una ola de miedo se deslizó en su cuerpo.

No…, no, eso no. Phil y ninguno de los muchachos se hubiera atrevido a crear una mentira tan perfecta para ocultar eso.

Tal vez, Dunstan quería quitarle a Snape. Quizá no era un simple coqueteo, quizá no sólo le caía un poco mal Merlina, sino que Dunstan se había enamorado de Snape… Sí. Esa era la verdad de todo. Ya no se trataba de algo de la boda, sino que de algo actual. Por eso había ido a trabajar a Hogwarts… por eso la odiaba a ella, a Merlina.

¿Y si Severus se terminaba enamorando de Dunstan? ¿Y si todo el amor que había sentido por ella se esfumaba como por arte de magia? Dunstan era más ágil, fuerte, astuta, era buena para los encantamientos… era igual de idiota que él… ¿no se complementarían a la perfección? Usaban el mismo lenguaje de sarcasmo e ironías…

¿Y si Merlina quedaba sola luego de que Severus se terminara de enamorar de esa víbora?

Se le llenaron los ojos de lágrimas de sólo imaginarse eso. Sola, sola y perdida en el mundo de los magos y en el de los muggles. Lo peor, es que no tenía edad para irse a vivir con sus tíos, o sea, ya estaba muy vieja. Y no soportaría sobrellevar esa extraña vida "sin memorias" con Severus ausente. Era el único que le tenía cierta paciencia, aparte de Dumbledore. Hasta Ginny, de vez en cuando, parecía exasperada por su comportamiento infantil. Pero era inevitable…

Y sería mucho peor sin Severus al lado.

―No voy a permitir que me lo arrebate ―farfulló.

Un sentimiento de valor se apretujó en su pecho y, saliendo por fin de detrás de la armadura en la que estaba escondida, corrió hacia el despacho y entró sin golpear. Hizo rebotar la puerta por el impacto de la entrada. Severus se reincorporó asustado, pero al verla sonrió burlón.

Iba a decir algo, pero Merlina no lo dejó: de tres zancadas cruzó el despacho y, agachándose a su altura, lo tomó por la nuca le plantó un beso brusco y seco.

Snape hizo el ademán de profundizarlo, pero se separó casi de inmediato, observándola alerta, buscando signo de embrujamiento.

―¿Qué fue eso? ―indagó receloso y ceñudo.

―Un beso ―contestó Merlina entendiendo mal la pregunta.

―Si sé que fue un beso, Morgan ―puso los ojos en blanco―, pero… ¿no que te sentías acosada y mil otras excusas más?

―Sí, pero…

―No me puedes decir de la noche a la mañana que has cambiado de opinión ―la interrumpió Snape con las cejas arqueadas.

―Sí, pero, hubo cosas que…

―Y el beso que me acabas de dar ha sido el peor de los besos tuyos que he recibido. —Merlina, ofendida y colorada se alejó de él. Trató de mantener la compostura; no quería parecer demasiado infantil. ―No sólo por la falta de pasión, sino porque pareció un beso adolescente, y tienes la boca sabor a cenizas ―hizo una pausa para repetir la sonrisa que había efectuado en un inicio―, Dunstan me dijo que te había visto caer en una chimenea sucia. Me hubiera gustado ver eso.

―Sí, me caí ―corroboró Merlina lanzando un suspiro. La idea le obligaba a seguirle el juego a Dunstan. Para Severus sería fácil usar Legeremancia y ver la verdad, pero ya que eso a él le provocaba risa… era mejor dejarlo así.

Las cosas iban a cambiar mucho si le decía que se había caído dentro de una chimenea en llamas. Y Dunstan era de ella; era un tema personal que ni siquiera le correspondía a Severus. Las cosas la iban a resolver entre las dos.

Al parecer, también Severus estaba cayendo lentamente a las redes de esa viuda negra, y Merlina Morgan iba a hacer lo posible para detener todo. Ella iba a reclamar lo que le correspondía. Se sentía con el derecho.

Mintió para dejarme en vergüenza. Coquetea con Severus. Me tira a una chimenea en llamas, me fractura una pierna, me dice cosas pesadas… No, Merlín, esto ha llegado hasta aquí.

―Entonces… ¿por qué el beso, Morgan?

Merlina había jurado que se había olvidado de eso.

Severus tenía la esperanza de que, con un poco de celos, Merlina iba a sacar a relucir mejor su manera de ser e iba a ser capaz de recuperar la memoria. Dunstan era parte del plan, pero ella no tenía idea. Y él tampoco estaba enterado de la real enemistad entre ambas. Confiaba en que todo era pura pantalla, que Dunstan quería jugar un poco por lo ocurrido en la boda de Philius Grace. Pero la verdad era que Dunstan envidiaba a Merlina. Si Severus hubiese sabido eso, hubiera frenado todo y hubiese besado a Merlina como si nada. Con sabor a cenizas o no, eran sus besos.

―Porque creí que ya… tenía todo resuelto ―vaciló―, pero tienes razón… fue un beso forzado y malo ―miró hacia el suelo, tratando de ocultar el miedo al ver sus zapatillas y parte del pantalón quemados. Si Severus lo veía, iba a ser el fin de la mentira―. Y ahora tengo que ir al baño.

Al estar sana y salva en el baño, se sacó la ropa y la echó al basurero (que era mágico, como todos en Hogwarts y hacían aparecer la basura en el vertedero común del colegio). Ésta desapareció de inmediato: ya no había evidencia. Y como ya no había evidencia, no había llevado ropa al baño. Ni tampoco toallas, y de eso fue de lo que se dio cuenta ya cuando había terminado de bañarse.

Estilando chorros de agua del pelo se asomó por la puerta para ver si la habitación estaba vacía, y lo estaba. De puntillas caminó hasta el cajón de las toallas, estiró la mano para abrirlo y…

―Vaya, te iba a venir a ver, pero no me esperaba este espectáculo.

Merlina se agachó y se escondió en un costado de la cama, avergonzada. ¿Cuántas veces el corazón se le había acelerado durante el día? En cualquier momento le iba a dar un ataque. La sangre se le fue a la cabeza.

Snape la miraba perspicazmente desde la puerta, con la mano en el pomo.

―M-me olvidé d-de las toallas ―tartamudeó Merlina. Los oídos le bombeaban.

―Ya me di cuenta de ese… detalle ―cerró la puerta tras sí.

Merlina tiró del cubrecama y trató de enrollárselo en el cuerpo. Aquello había sido una medida de precaución por si Severus intentaba hacer algo, pero no hizo más que sacar dos toallas del cajón y lanzarlas a la cama. Luego de eso, salió otra vez del cuarto sin decir nada.

Y, sinceramente, Merlina había esperado de verdad a que hiciera… algo. ¿Eso significaba que… ni siquiera le atraía… físicamente? Tal vez ni siquiera iba en proceso de "desenamorarse". Quizá lo había hecho ya y quería darle indicaciones a Merlina paulatinamente para que no fuera un choque emocional brusco.

Esa noche, luego de la cena, no daría su vuelta nocturna, sino que se dedicaría a vigilar si Severus y Dunstan conversaban otra vez. Tenía que asegurarse de si lo estaba perdiendo o lo había perdido. Porque, si le hubiesen dicho que Severus iba a entrar y la iba a ver desnuda, ella hubiera apostado a que se le iba a lanzar encima como león hambriento. Claro que agradecía que no hubiese sido así, porque le hubiera incomodado… Y sin embargo, lo hubiera esperado de su parte. Tenía sentimientos encontrados.

Decepcionada se preparó para bajar a cenar, esta vez llevándose el mapa.

Aguardó tras la misma armadura en la que se había escondido hacia unas horas atrás cuando vio salir a Dunstan. Eran ya las nueve y media de la noche, y supuestamente no debía haber ningún estudiante fuera de la cama. El pasillo estaba desierto y húmedo, eso le ponía la piel de gallina.

Esperó cerca de un cuarto de hora, cuando la mujer hizo su aparición de uno de los extremos. Llamó tres veces a la puerta de Snape. Entró, dejando la puerta entreabierta. Aquella era su marca personal: dejar las puertas a medio cerrar, y era muy favorecedor para Merlina. Se aproximó, apegada a la pared, y cuando justo pensaba asomar un ojo…

¡Pum!

Se cerró la puerta. Por poco le golpea la nariz.

¿Por qué habían cerrado la puerta? ¿Qué pensaban hacer que debían tener la puerta cerrada? ¿Y si giraba la manija y estaba con llave? ¿Y por qué otra vez tenía que estar haciéndose preguntas como niña de cuatro años?

Se agachó y trató de mirar por la cerradura, pero éste mostraba parte de la pared de piedra del fondo Apegó la oreja al pomo para tratar de oír, pero sólo recolectó fragmentos incoherentes.

―…eso es lo que me gustaría… ―decía Dunstan.

―… como tú desees… ―respondía Severus.

―… no me esperaba menos de ti…

―… gracias.

―… te veo mañana…

―… buenas noches.

Apenas eso fue lo que distinguió Merlina de una conversación de cinco minutos. Y, cuando oyó el "buenas noches", salió corriendo hacia la armadura, en el momento en que el haz de luz iluminaba parte del piso.

Repentinamente tuvo una idea: decidió toparse con Agatha accidentalmente, y para eso tomó un atajo que salía casi de inmediato al pasillo del primer piso, en donde su despacho se ubicaba.

Se metió por el hueco de un cuadro y ascendió subiendo los escalones de dos en dos. Salió por una pared corrediza y tomó el paso normal, aún con el corazón acelerado por la carrera.

Tac-tac-tac. Los tacones de Dunstan resonaron con eco contra el piso de piedra.

Se liquidaron con la mirada cuando la luz de una antorcha les iluminó con un tono amarillento enfermizo las caras.

―Buenas noches, Merlina…―farfulló fríamente―. Vengo de donde Severus.

―Me lo imaginaba ―replicó Merlina con voz impasible.

―Ah… ¿celosa?

―Más bien, furiosa ―declaró ella con sinceridad―. Pero, por respeto a Severus, no te haré nada.

Dunstan la observó desconcertada.

―¿Qué quieres decir?

―Que eres una maldita habladora, porque lo primero que te dije, fue que no comentaríamos nada de tu pequeño empujón, y vas y le dices a Severus que me caí… ¿en una chimenea llena de hollín? En fin, el punto es, que tal vez Snape te esté comenzando a tener estima… y por eso no me iré en contra de ti.

―Como si me importara, Merlina. Piensa lo que quieras, pero no me trago eso de que "no te irás en mi contra". A la más mínima… ―Vaciló―. Si algo extraño me sucede en venganza a lo de la chimenea, te vas a arrepentir.

Se aniquilaron con la mirada una vez más y cada una siguió su camino. Merlina pensó que todo eso era absurdo: tenía derecho a vengarse por todo eso, ¿no?

Merlina, esa noche, no cumplió su deber como debió haberlo hecho; se quedó en la torre de Astronomía, contemplando el cielo sin estrellas, sentada en un pupitre con la barbilla en una de sus manos, cavilando que Ginny había tenido razón. Si hubiese dicho a Severus lo que sentía respecto a él y respecto a Dunstan desde un inicio, todo hubiese sido más fácil. Y ahora resultaba que lo estaba perdiendo… Y si continuaban aquellas visitas sospechosas de parte de Agatha, sumando la ausencia inevitable de ella durante el día (porque dormía) y en la noche (por su trabajo), lo terminaría de alejar de sí definitivamente. Y tenía miedo, mucho miedo, pero si Severus era feliz así… Aunque todavía tenía oportunidades, así que iba a tratar de ser amable en los momentos que pudiera, para que eso compensara todo lo demás.

No se durmió como la otra vez, pero tampoco se dio cuenta del desastre que se desarrolló pisos abajo.

A la mañana siguiente, antes de desayunar, recién se fue a enterar de que tres estudiantes de Slytherin de quinto curso, con otros tres de Gryffindor del mismo nivel, se habían batido a duelo en el Salón de los Trofeos. Uno de cada casa quedó herido, casi en peligro mortal por desangramiento. Ambos bandos habían sido castigados, y se les había restado una buena chorrada de puntos.

―Todo esto del Innombrable tiene a todos muy violentos; no es de extrañar que se generen situaciones como esta ―comentó la profesora McGonagall en la sala de profesores.

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Durante las noches siguientes, Merlina hizo lo mismo: permanecer en la torre de Astronomía luego de apagar las antorchas y limpiar un poco.

Había intentado ser amable con Severus, pero él estaba demasiado ocupado con su deber de profesor y no era muy expresivo a la hora de contestar.

No supo tampoco que Peeves había hecho un desastre en aula de Adivinación, clase impartida por Firenze, el centauro, pero se enteró en el momento justo para restablecer un poco el orden.

―¿Dónde estaba? ―inquirió Firenze suspicazmente―. La busqué durante mucho tiempo para que sacara a Peeves de mi hábitat.

―Estaba cumpliendo mi deber en otro lado del castillo ―mintió Merlina.

Firenze no quedó conforme, pero no le dijo nada.

Sin embargo, el día viernes de esa misma tercera semana de septiembre, no pudo salvarse del regaño de Dumbledore: unos estudiantes (estaban investigando quiénes fueron), habían entrado al aula de profesores para cambiar las calificaciones de los últimos deberes de Transformaciones. McGonagall, sin duda, estaba furiosa con los estudiantes, y tanto, que se olvidó de culpar a Merlina. En cambio, Dumbledore no hizo la vista gorda y, antes de cenar, la mandó a llamar a su oficina.

Estaba muy serio y sus intensos ojos azules transmitían una pizca de decepción.

―Siéntate, Merlina, por favor.

Merlina se ubicó delante de él, muy nerviosa. Había estado tan preocupada por sus cosas, que había olvidado hacer su trabajo. Y no se enteró de lo significativa que era su ayuda hasta ese momento.

―Merlina ―comenzó Dumbledore con seriedad ―, ¿por qué has descuidado tu papel de celadora?

La joven parpadeó varias veces antes de comprender. Cuando lo hizo, sus mejillas se arrebolaron violentamente y la atacó la culpabilidad.

―Yo… oh, director, cómo lo siento ―se cubrió la cara con las manos, completamente avergonzada. Luego, lo miró entre los dedos―, ¿cómo lo ha… sabido?

―Del duelo en la Sala de Trofeos no puedo culparte. En presencia de Filch, muchas veces pasó. No obstante, lo ocurrido con Firenze… ¿dónde estabas? El castillo es grande, estamos de acuerdo, pero nunca demasiado como para que no te encuentren por ningún lado ―Merlina se encogió un poco en el asiento―. Y ahora lo de Minerva. ¡La puerta de del aula de profesores debía estar cerrada! Y se supone que tú, cada noche, debes hacerlo. Ningún estudiante hubiera podido entrar con el cerrojo puesto. La sala de profesores queda exclusivamente protegida cuando está con llave, precisamente para que no sucedan estas cosas. Y hoy ha sucedido ―hizo una pausa y torció un poco la cabeza―. Si no cumples tu función de manera óptima, Merlina, me temo que tendré que despedirte. Nunca has sido ineficiente, y no puedes serlo ahora. Créeme que tu trabajo es mucho más relevante de lo que aparenta.

Merlina, cabizbaja, asintió lentamente. Si Dumbledore lo decía, entonces era así. Y, terminantemente, lo que menos deseaba era ser despedida: si ya se estaba sintiendo un poco sola, fuera del castillo su vida sería un desastre. Y ni siquiera iba a tener a sus amigos.

―No volverá a suceder nunca más ―juró Merlina, arrepentida de su descuido―. Creo que últimamente me estuve preocupando de cosas que, tal vez, no son… bueno, realmente importantes…

―Merlina ―interrumpió Dumbledore con una leve sonrisa―, todo lo que te incluya a ti es importante, pero debes equilibrar mejor las cosas.

―Sí, director.

―¿Cuándo será el día en que me sigas diciendo Albus, como antes lo hacías?

Merlina sonrió triste.

―El día en que recupere la memoria… director.

A pesar de que Albus Dumbledore no dejó ni un rastro de enojo al finalizar la conversación, la culpabilidad siguió atacando a Merlina durante el resto de la tarde del día sábado. Ni siquiera se atrevió a volver al despacho, no deseaba estar con Severus. Había surgido la posibilidad de que él la regañara, y no iba a entregarse a sus palabras hirientes así de fácil. Y es que, últimamente, había recordado tanto su cuarto año en Hogwarts, que tenía cada vez más presentes el Severus de esa época que al actual. No estaba retrocediendo lo poco que había avanzado, ¿o sí?

Para despejarse un poco y pagar su error, pidió disculpas a Firenze y a McGonagall. Luego limpió el Vestíbulo, esforzándose al máximo por dejarlo reluciente, quitando aquellas recientes huellas de barro dejadas por los estudiantes al volver al castillo, luego de un fresco paseo por los campos de Hogwarts.

Cuando se aseguró de que todo reluciera y compensara algo de su incompetente semana de trabajo, sacó un abrigo grueso del armario de túnicas de repuesto de los maestros y salió a dar un paseo. Eran sus horas de sueño, así que podía hacer lo que quisiera con ellas, y tenía que aprovechar antes de que se largara a llover.

Estuvo caminando sin rumbo por los terrenos, cuando divisó a Dunstan en el límite del Bosque Prohibido recogiendo algo del suelo con una canasta en mano.

Merlina estuvo tentada en devolverse, pero divisó a Hagrid que estaba fuera de su cabaña revisando un objeto con forma de cañón. Él era muy bueno con ella, así que decidió ir a saludarlo.

―Hola, Hagrid, ¿qué haces?

No entendía por qué a se le hacía tan fácil tratar de tú al semigigante.

―¡Hola, Merlina! Estoy tratando de sacar la tierra infectada de mi huerto de calabazas. No me di cuenta cuando se les metió el virus de la tierra, y ahora que ya paré el avance de la contaminación, tengo que sacar la tierra de arriba, ¿ves que parece gelatina? Para Halloween tienen que estar las calabazas listas; en todos los años que llevo en Hogwarts, jamás he fallado en esta tarea ―explicó mirándola a través de una maraña de pelo como alambre, con unos brillantes ojos azabaches llenos de amabilidad.

―¿Y qué es eso? ―preguntó Merlina, apuntando el cañón oxidado.

―Es un sacatierra. Bueno ―vaciló un poco con nerviosismo―, es un objeto muggle que he encantado… ya sabes ―tocó el paraguas que sobresalía por el bolsillo grande del abrigo de piel de topo―. Un poco de ayuda siempre sirve. ¿Quieres que te muestre cómo se hace?

Merlina, expectante, vio cómo Hagrid tiraba de la mecha y al instante un montón de barro desaparecía de la huerta. Luego, señalaba hacia los primeros árboles del bosque, y una gran masa de lodo salía disparada hacia allá, con una fuerza increíble, reventando contra los troncos. Ya había un buen montón acumulado.

―Me ahorro la molestia de estar con la pala. Es mucho más útil y más entretenido ―luego, con una sonrisa, añadió―, y sirve para descargar un poco de energías, ¿sabes? ¿Quieres intentar? ―ofreció emocionado.

―Oh… ―Merlina miró el cañón con un poco de desconfianza. ¿Qué tan difícil podía ser?―. Bueno, está bien… ―aceptó ante la bondadosa sonrisa de Hagrid.

―Sólo tienes que tirar la mecha y apuntar al lugar que deseas antes de tres segundos.

―Suena fácil.

Merlina jaló la mecha, esperó a que una capa de barro desapareciera de la huerta, y…

Había olvidado por completo la fuerza que tenía el semigigante. Con suerte alcanzó a mover un poco el cañón para apuntar directamente… a Dunstan, que continuaba en el límite del bosque. Ésta quedó sepultada bajo una capa de fango gelatinoso.

―Gárgolas galopantes ―farfulló Hagrid, asustado.

Merlina estaba con la boca abierta, sin saber qué hacer. ¿Y si la había matado?

La mala yerba nunca muere.

Con algo de dificultad Agatha se puso de pie, chorreando barro, y la señaló con un dedo amenazador.

―¡ESTO NO SE QUEDA ASÍ, MERLINA MORGAN! ―gritó a todo lo que le dieron los pulmones.

―Juro que no lo hice a propósito ―dijo a Hagrid, como si él pudiera salvarla.

Sin embargo, ya no había nada más que hacer: la guerra había tardado demasiado en dar comienzo, y ella misma había deseado que comenzara hacía tiempo.

No había vuelta atrás: las cosas debían resolverse de un modo u otro.