Capítulo 24: Juego sucio
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Merlina se había puesto de acuerdo con sus amigas, como todos los años, para pasar las vacaciones de Navidad cada una en su casa, a cambio de que en semana Santa se quedaran en el castillo y compartieran las tres juntas.
Hacía nada que se habían marchado a sus hogares y ya se hallaban sentadas cómodamente en el tren, con la mitad de sus compañeros de Hogwarts, de vuelta al castillo. Todos iban rebosantes de obsequios y golosinas, lo que compensaba el nerviosismo por la vuelta de clases que, sin duda, sería pesada.
El primer trimestre, para Merlina, no había sido del todo "bueno" por el trato que comenzó a darle el profesor de Pociones, pero tenía la vaga, casi nula, esperanza de que todo resultaría mejor en su segundo intento. Con suerte, tal vez, se encontraría con que habían cambiado de profesor.
El viaje, por fortuna, no supuso ningún problema para nadie y la bienvenida de los que estaban en Hogwarts para los recién llegados fue muy calurosa. Todos se abarrotaron en el Vestíbulo para ponerse al tanto con las noticias que cada uno contaba.
Merlina, Endora y Susan se apretujaron entre un grupo de muchachos que eran parte del GEPAS (Grupo Escolar de Protección de Animales Salvajes); en total, no eran más de quince niños de todas las edades y de las tres casas amigas. Merlina era la presidenta, evidentemente, y la mente creadora de tal grupo en segundo año. Eran la banda con menos gente, pero al menos se divertían creando locas peticiones que pensaban mandar al Ministerio de Magia. En conclusión: era un grupo de fantasía incapaz de hacer un bien a la sociedad.
Luego de cruzar unas cuantas palabras con el grupo, las tres amigas pensaron en tomar el rumbo a la torre de Ravenclaw para descansar del viaje y habituarse otra vez al castillo. Sin embargo, algo distrajo a Merlina: un montón de chicas Slytherin de tercer año, arremolinadas en torno a una compañera quien, al parecer, sujetaba algo entre los brazos. Merlina supuso que era un animal, así que, entusiasmada, se aproximó a la muchedumbre.
En efecto: era un conejo de campo, o eso parecía, porque tenía un tono pardo oscuro y una cara tierna.
―Vaya, que lindo ―admiró Merlina en voz alta.
Las chicas de Slytherin se giraron a mirarla con desprecio, pero ese no fue el asunto importante, porque lo que sucedió luego fue realmente inexplicable: El conejo pegó un salto con los ojos brillantes de cólera dirigidos hacia Merlina, y ella, para protegerse, alzó las manos. El conejo le agarró un dedo con sus filosos dientecillos, haciéndola chillar del dolor.
Todas las niñas gritaban de pavor y Susan con Endora ya habían corrido a ayudar a Merlina. Pero no fue necesario, porque ella se pudo arreglar sola con el conejo, sacudiéndolo hasta que se soltó de su dedo sangrante.
El conejo saltó por los aires hasta llegar a su dueña, y, para asombro de todos, se volvió contra ella, mordiéndole la nariz. La muchacha, desquiciada por completo, tuvo que estrangular al animal para podérselo sacar.
Merlina creyó que las muchachas solucionarían el problema entre ellas, pero, en vez de hacerlo, la culparon de todo y no tardaron en ir a acusarla al jefe de casa.
Severus Snape la obligó a endeudarse para comprarle un conejo nuevo a la chica de Slytherin, sin olvidarse de humillarla y regañarla lo suficiente para dejarla llorando. Y Merlina ya no sabía si lloraba por el conejo o por sí misma. No obstante, eso lo hizo cuando estuvo entre los brazos protectores de sus amigas, en la Sala Común de Ravenclaw. No pensaba darle en el gusto demostrándole a Snape lo sensible que era.
Esa era la única que vez que Merlina había lanzado algo a alguien sin querer, aunque apostaba que no había sido nada grave comparado con lo que se avecinaba. De todos modos, el barro era algo completamente inofensivo en comparación a un conejo montando en cólera.
Apenas oída la amenaza de Dunstan, había salido corriendo al castillo. Temía a que fuera a acusarla con Snape (¿a qué se podía referir con "esto no se queda así, Merlina Morgan"?), y prefería ella explicarse antes de que las cosas se complicaran.
Patinó justo antes de entrar al aula: Snape estaba impartiendo clase. Se había olvidado de ese pequeño detalle. Prefirió no arriesgarse a entrar: era muy probable que él le dirigiera una mirada asesina. ¿Faltaría poco para tocar la campana?
Esperó cerca de diez minutos, retorciéndose las manos y vigilando los extremos del pasillo, atenta a la llegada de Dunstan. En ese caso, no iba a perder tiempo y entraría a hablar con Severus.
La campana, sonó por fin, y se vio pasada a llevar por una violenta ola de estudiantes de quinto curso de Ravenclaw y Hufflepuff, que salían atropelladamente de la sala. Se abrió paso entre los muchachos, hasta cruzar el umbral.
―Se-Severus… ―llamó con voz temblorosa.
Snape estaba juntando los pergaminos en una torre. Levantó la vista, sorprendido.
―¿Qué sucede? ―indagó en voz baja, enderezándose.
Merlina, aun retorciéndose las manos, dio unos cuantos pasos hacia él mirando cualquier parte de su cara, excepto los ojos.
―Yo… sin querer… le lancé barro a Dunstan con el sacatierra de Hagrid ―farfulló.
Severus arqueó las cejas con la boca levemente abierta. Evidentemente eso le daba exactamente igual como para hacer un comentario.
―¿Y?
―Y… Creo que… tal vez… ya sea hora ―suspiró― de que tenga mi propio despacho.
Era algo totalmente incoherente, pero era un plan que Merlina estaba formulando de hace un par de días. ¿Qué sacaba con "vivir" a su lado, si ya los sentimientos parecían emborronados por Dunstan?
―¿De qué estás hablando? ¿Qué tiene que ver eso? ―su voz sonó imponente y su cara reflejó enojo súbito.
¿Qué? ¿De verdad la quería, entonces? De todas maneras, existía la posibilidad de que no fuera así.
―Que tú… bueno…
―Déjate de mascullar, Morgan, y dime lo que piensas ahora ya ―la atajó apretando los puños.
A Merlina se le llenaron los ojos de lágrimas: se aproximaba la hora de la verdad.
―Que tú… que tú… yo sé que estas sintiendo algo por Dunstan ―no vio la mueca de horror de Severus porque estaba cabizbaja―, y que yo lo voy a… a respetar dándote más intimidad… pero… ―se tapó la cara con las manos y se largó a sollozar; el nudo en la garganta le estaba haciendo daño y no podía aguantar más―. ¡No quiero que me dejes completamente sola!
Por un momento pensó que Merlina quería dejarlo, que el vestigio de sentimiento romántico había terminado por desaparecer por completo. Pero, al contrario: él con sus intentos de sacarle un poco de celos le había hecho daño, dándole a entender una cosa completamente absurda e imposible: Dunstan le chocaba por completo, y por él, la tuviera a cien metros durante el día entero. Jamás había sido su intención engañar a Merlina, ni menos hacerla llorar. Por eso, negó con la cabeza y dio un paso adelante para estrecharla entre sus brazos lo más fuerte que pudo, luego de soltar una breve carcajada nerviosa.
―De todas las cosas estúpidas que has dicho, Morgan, esta es la peor ―farfulló a su oído. Ella se estremeció―. ¿Por qué se te ha ocurrido esa idea? ¿No te había dejado en claro lo que sentía por ti? ¿O es que el golpe te afectó las neuronas también?
Merlina, tratando de no hipar, le contó las cosas que le había dicho Dunstan para hacerle creer otra cosa.
Parecía una niña pequeña quejándose por todo. Con rabia se secó las lágrimas de los ojos. ¿Qué estaría pensando Severus de ella? ¿Qué era una ridícula?
―Yo sólo quería sacarte un poco de celos, Morgan ―reconoció Severus―, para probar si eso iba a ayudar a hacerte recuperar… algún recuerdo ―frunció el entrecejo―. Es obvio que no funcionó y no funcionará ―hizo una mueca―. No pensé que las cosas llegaran tan lejos…
―Fue mi culpa ―reconoció Merlina, ya calmada y tremenda mente aliviada―, me tomé muy en serio las palabras que ella dijo… Y… bueno, yo también te empecé a evadir porque no quería que te enteraras de que yo estaba celosa, porque me molestarías como en…
―…la boda de tu primo.
―Claro, y… también tú estuviste muy alejado de mí esta semana… Me ignorabas… ―se quedó callada ante la mirada indignada de Severus.
―Si no me equivoco, fuiste tú la que se alejó sola. Yo te seguí un poco el juego, así que no me culpes a mí de tu desgracia. Ahora, si me haces el favor de salir… en un minuto tengo otra tanda de críos sin cerebro que recibir. Luego hablamos ―la soltó y sonrió con sorna―. De todas maneras, es bueno saber que estabas celosa.
Merlina sonrió avergonzada y cruzó al despacho por la puerta lateral, sintiéndose mucho mejor, a pesar del momento cascarrabias de Severus que ultimó la conversación.
¡Severus no quería a Dunstan! Ni siquiera parecía levemente interesado… Además, la había abrazado tan intensamente, había susurrado en su oído con tanta vehemencia… ¿Cuándo sería el maldito día en que todo eso causara sólo placer, y no un placer incómodo?
Por mucho que él la amara y ella le quisiera y tratara de responder lo mejor posible, la relación no podría reanudarse así de simple. Además, Severus no tenía tiempo para reconquistar, y Merlina dudaba de que supiera tácticas de reconquista, aparte de mirar con intensidad o susurrar amenazas al oído con su voz serena y seductora.
¿Dónde estaba Dunstan, a todo eso? Si pensaba acusarla, como había creído Merlina, no le iba a salir tan fácil, ya que Severus estaba enterado. A menos que planeara hacer otra cosa.
"¡ESTO NO SE QUEDA ASÍ, MERLINA MORGAN!"
Tal vez pensara vengarse de ella. ¿Tan terrible era haberle lanzado un montón de barro? No había sido a propósito. Le caía mal Dunstan, pero no lo había hecho adrede. El problema era que Dunstan pensaba lo contrario. Si su objetivo era vengarse, ¿qué pensaba hacerle?
La respuesta la tendría el lunes siguiente, durante la cena.
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Durante el fin de semana no hubo ni asomo de Agatha, o fue la poca buena suerte de Merlina que interfirió para no topársela. De todas maneras, estaba completamente paranoica. En todo momento se imaginaba siendo envenenada o asustada de alguna manera cruel, por eso el tiempo que tenía que dormir lo pasaba bajo llave en la habitación, sin siquiera dejar entrar a Severus, quien se molestó mucho por la decisión. Le había revelado que Dunstan podía vengarse, pero jamás dijo lo de la chimenea, ya que no deseaba que fuera Severus quien tomara cartas en el asunto.
A Merlina no le salía para nada el papel de la mala del cuento, pero podía intentar ser resistente contra la marea. Hasta el momento, no había estado tan mal, y no iba a confiarse al saber que contaba plenamente con Severus. Sin embargo, pudo comprobar que era mucho más obstinada y valiente de lo que creía. Aquel espíritu adolescente y luchador no había desaparecido por completo.
Bajó a cenar junto con Severus y se dividieron para tomar cada uno su asiento. Mientras pasaba por atrás de la mesa alta, Agatha se volvió a mirarla con una espantosa sonrisa, más similar a una mueca. Por un segundo, Merlina pensó en correr… pero soportó la incertidumbre de lo que venía. No tuvo que esperar demasiado, apenas quince minutos.
Peeves jamás entraba al Gran Comedor, por eso todos quedaron pasmados cuando lo vieron entrar, dejando sus platos a un lado y cesando de hablar. Hasta los profesores soltaron sus tenedores con cierta impulsividad.
Lo más desconcertante de la situación fue que Peeves no iba dando tumbos como siempre, con esa ancha y malvada sonrisa dibujada en su cara redonda, sino que iba tranquilamente flotando por el aire, en dirección a la mesa alta, con una gran olla que tomaba con ambas manos de las asas de hierro. Sus ojos estaban perdidos en el cielo raso.
Nadie se atrevió a mover un dedo: temían que fuera una trampa, porque cuando Peeves estaba anormalmente parsimonioso, era porque algo tramaba… No estaban muy lejos de acertar. La única diferencia radicaba en que el poltergeist estaba encantado y no tenía idea de lo hacía. Por supuesto, nadie se dio cuenta de eso.
Merlina también miraba con fijeza a Peeves, y se sintió extraña… como si su instinto le avisara que se corriera, que saliera de la mesa y que se fuera lejos. No lo hizo, aun cuando vio que Peeves se dirigía hacia ella, balanceando la olla peligrosamente.
Pasará de largo hasta la pared… —caviló, asumiendo que la pared de fondo no estaba a más de un metro y medio, y tuviera lo que tuviera la olla, si caía el suelo, le salpicaría de todos modos.
Estaba completamente equivocada.
Un grito ahogado recorrió la multitud cuando vieron que Peeves se estacionó justo arriba de Merlina, y sin palabras burlescas ni misericordia, volteó el contenido sobre su cabeza. Mágicamente, todo le cayó a ella sin rociar a nadie más. De todos modos Pomona y Hagrid se trataron de alejar lo más que pudieron, espantados, básicamente por el olor putrefacto de aquella mezcla gris de desechos proveniente de las cocinas y el vertedero. Era algo repugnante.
Silencio.
Merlina se atontó por aspirar el olor a podrido, yéndose hacia el suelo de costado con un ruido pegajoso. Estaba completamente sorprendida.
Risas. Estallaron las risas desesperadas en algunos estudiantes. La mesa de Slytherin de punta a punta se retorcía con las manos en el estómago, lanzando fuertes carcajadas. Algunos, y que eran los mínimos, como Ginny Weasley, estaban con la mandíbula desencajada de la impresión.
A Merlina le costó volver a la realidad. Por un breve lapso se había olvidado de que estaba en el comedor del castillo con cientos de personas, incluyendo los fantasmas, y que a ella le había caído basura licuada y maloliente del techo.
Le dieron náuseas, pero las ganas de desaparecer por la vergüenza eran aún mayores. No quería ni imaginarse lo que debía parecer llena de pescado, comida pasada, hasta papeles higiénicos pegados en el cuerpo. Así que, con una energía escondida en el fondo de su ser, se reincorporó tambaleante y salió como un rayo por la puerta trasera.
Tenía la boca en una sola línea para aguantar la comida procesada que pugnaba por salir de su estómago. Tomó atajos de los que no estaba para nada consciente de haberlos sabido, pero llegó en segundos al despacho en las mazmorras.
Sin pensarlo dos veces, dio un salto a la tina sin sacarse ni siquiera los zapatos, y largó el agua caliente, preparándose para un largo baño de cuatro horas.
Salió con la piel roja de la ducha, de tanto refregarse con una esponja exfoliante, tan exfoliante, que parecía una verdadera lija. A la vez, la mandíbula le dolía un montón por mantenerla apretada para no gritar. Estaba tan enojada, que tenía la sensación de que una vez empezara a gritar, no lograría parar.
Por segunda vez su ropa tuvo que irse a la basura. Había quedado tan manchada que, aunque estuviera con olor a jabón, no se la iba a poder colocar jamás.
No había palabra para resumir lo que sentía.
Así que aquella era la venganza de Dunstan, ¿no? Sería despistada, debilucha, hasta desmemoriada, pero ¿tonta con ganas? No. Peeves había actuado bajo algún encantamiento Confundus. Hasta podía ser el maleficio Imperius. Era esperarse, después de todo, si ella era una profesora que se preocupaba defenderse de las Artes Oscuras, tenía que saber cómo manejarlas. Pero, la verdad, era que le importaba un pepino lo que le había sucedido al poltergeist. Dunstan era la culpable. Dunstan ya la había humillado bastante. Aquella guerra debió haber comenzado desde que la conoció, pero, para no hacer teatro, decidió guardarse las cosas para sí. Pudo hasta haberla increpado cuando la bajó de la lámpara sin delicadeza, o incluso cuando la empujó al fuego. Y, tal como ella le dijo, que "no se quedaría así", ella le dedicaba el mismo lema. Si Dumbledore la expulsaba de su trabajo, asumiría con la cabeza en alto, pero ella se iba a vengar, por supuesto que iba a hacerlo.
―¿Quieres revancha, estúpida? Porque eso vas a tener ―susurró aguantando las nuevas náuseas que trataban de salir de su boca, recordando el reciente evento.
Vestida, con el pelo goteando y rebosante de ira salió de la habitación. Severus estaba allí preparando una poción. Levantó la mirada del líquido humeante y sonrió sin ―asombrosamente― señales de burla reflejados en el rostro.
―Si vienes a reprocharme esto a mí… ―comenzó negando con la cabeza, interpretando la cara de ira de Merlina de otra forma.
―¿Por qué tendría que reprochártelo a ti? ―lo cortó Merlina un poco violenta, acercándose a él. Se puso colorada y trató de rectificar un poco más relajada―. Digo… Tú no hiciste que ella fuera una arpía conmigo desde un inicio, tampoco hiciste que la otra vez me "rescatara" fracturándome un tobillo ―miró con intensidad a Severus, nuevamente con la mandíbula apretada―. Y tampoco… ―"no seas una acusete…"―. Tampoco… ―Severus dejó de batir la poción y ladeó la cabeza, atento, entrecerrando los ojos; ella intentó borrar de su mente lo del empujón a la chimenea―. Y eso.
―Morgan… ―masculló Severus peligrosamente―. ¿"Tampoco" qué?
Merlina miró el suelo con las cejas arqueadas, incómoda. Había metido la pata ya. Se suponía que tenía que guardar el "secreto"… ¿o no quería tanto?
―Tampoco hiciste que me sacara celos ―terminó la oración.
Severus chasqueó la lengua con incredulidad.
―Eso no es lo que pensabas decir, Merlina Morgan.
Se limpió las manos con un trapo húmedo rápidamente y se aproximó para tomarle la barbilla, como siempre hacía cuando deseaba que lo mirara a los ojos.
―Dime…
Merlina sintió sus manos ardientes. ¿O era su cara la que le escocía? Se había desconcentrado de lo que iba a decir. Esa sensación de incomodidad siempre aparecía cuando la tocaba, además que estaba tan cerca… Quiso retroceder.
Un olor a chamuscado los hizo alejarse el uno del otro. Inconscientemente Merlina había puesto la mano cerca del fogón para afirmarse y seguir el camino hacia atrás, sin tropezar.
―¡Demonios! ―gritó sacando la mano y golpeando la manga en llamas―. ¡Por qué… tiene… que… mi ropa… arruinarse… siempre! ―gruñó mientras apagaba el fuego en su puño con rápidos golpecitos de la varita.
No se dio cuenta de la expresión de Severus hasta que alzó la mirada, habiendo terminado con las llamas.
―Voy a tener que pedir un aumento para comprarme ropa nue… ¿Qué pasa?
Severus tenía los ojos como plato y la boca levemente abierta. Dado que Merlina siempre lo veía con caras irónicas, enojosas, y todos sus posibles derivados de cualquiera de esas dos opciones, se sorprendió.
De súbito, Severus le agarró la mano afectada y le levantó la manga de la túnica púrpura, la del puño chamuscado, hasta el codo. No tenía nada. Pasó un dedo suavemente, y luego otra vez, pero con rudeza, sin llegar a lastimarla.
―No te quemaste ―comentó más espantado que contento.
―Eh… Oh… Yo…
Severus la miró otra vez.
―Merlina… Dime qué pensabas contarme… por favor ―le soltó la mano con cuidado, aunque su voz no sugería nada de sutileza.
Merlina tomó aire, rendida. ¿Acaso sería Severus el que se vengaría de Dunstan? ¡Era ella quién tenía que hacerlo!
―Lo que sucede es que… la otra vez… cuando Dunstan dijo que yo me había caído a la chimenea… en realidad fue ella quien me empujó, pero… estaba encendida.
―¿Y no te quemaste?
―No.
―¿Ni un rasguño?
―No, pero mi ropa sí se quemó, tal como… ¡Eh! ¿Qué pasa ahora?
Severus la había agarrado del brazo y la arrastraba hacia la puerta. ¿Iban a enfrentar a Dunstan?
No. Iban a la enfermería.
―No estoy enferma, ¿para qué subimos…?
―Morgan, no creo que una persona que no se queme no esté enferma ―gruñó mientras subían las escaleras del Vestíbulo―. Digo… es fantástico que no te hayas quemado, pero hay algo extraño en ti.
Madame Pomfrey revisó a Merlina los ojos, la boca, los oídos y el lugar de la "quemadura", pero no encontró nada visiblemente preocupante.
―Está sana, profesor Snape. No tiene signos de estar maldita, aunque eso corresponde al área de la profesora Dunstan, así que podrían ir a preguntarle a ella si…
―¡NO! ―saltó Merlina, parándose de la cama en la que se había sentado para ser inspeccionada―. Digo… estoy bien… No tengo nada.
―Tal vez fue magia accidental ―teorizó la enfermera―. Los adultos también la cometemos, incluso más que los jóvenes, al contrario de lo que se piensa.
Merlina se conformó con eso. Tenía que ser eso: cuando había estado con Dunstan en su despacho se hallaba muy enojada, y hacía un rato con Severus, el toque de su mano le había hecho aflorar los nervios. Severus, por otro lado, no parecía satisfecho. Se despidió de manera hosca de Merlina cuando se separaron, él en dirección hacia el despacho; ella hacia ningún lugar en particular, porque hacía rato debió haber comenzado su ronda nocturna.
¿Qué tanto le preocupaba a Severus que no se hubiese quemado? Bueno, por suerte se inclinó hacia eso y no hacia alguna posible riña con Agatha: ya tenía el camino libre. ¿Qué debía hacer? Pensar en un plan sencillo… pero lo suficientemente sucio para que Dunstan vomitara frente a todos.
Pensó durante toda la noche su plan y logró quedar conforme. ¿Algo sucio, aparte de ensuciar a alguien?: comer basura. ¿Cómo atraer a tanta gente a un momento importante?: la hora del desayuno, almuerzo o cena serían perfectos. Iba a ser un pago casi justo. No sería tan vergonzoso como haber quedado tirada en el suelo, como un estropajo maloliente… El plan de Merlina era mucho más bondadoso.
Se encontró con Peeves mientras cavilaba el proceso final, poco antes del amanecer. Éste parecía desorientado, aún por los efectos restantes del encantamiento realizado por Dunstan. Sin embargo, Merlina supo que ya había vuelto a la normalidad por la sarta de disparates y malas palabras que estaba expresando a nada en particular. Merlina bien sabía que era ese uno de sus pasatiempos favoritos.
Miradas de burla y asombro no cesaron de dirigirse hacia la celadora cuando todos bajaron a desayunar, incluida ella. No se comparaba, por supuesto, con la de Dunstan, que reflejaba maldad pura, pero había cierto destello de alerta, como si esperara algo de parte de Merlina. Ya estaba acomodada en su asiento para cuando ella entró al Gran Comedor.
Merlina se encargaría de asegurarle que le iba a responder de todas maneras. Ella le había advertido antes de lanzarle una olla de basura licuada, y ella haría lo mismo.
Se inclinó un poco detrás de su silla para susurrar con dientes apretados:
―Prepárate, Dunstan… prepárate.
La mujer apenas se giró para dedicarle una mueca de ira y aversión. Severus, que estaba al otro lado de Dumbledore, la observó con curiosidad. Merlina prefirió ignorarlo… él no se iba a entrometer en nada.
¿De qué iba a tratar el plan? Simple: iría a las cocinas y en el plato que le correspondía le iba a colocar basura en vez de comida. A la hora de que aparecieran los platos... confiaba en que, de principio, comiera sin fijarse demasiado en lo que se echara a la boca. Y, cuando se diera cuenta… ¿y si no era escrupulosa? ¿Y si se limitaba a no comer? No… seguro le daría asco.
Piensa, Merlina, piensa —se dijo a sí misma antes de cerrar los ojos para dormir sus horas. ¿Cuál es la mejor manera de ocultar la verdadera identidad de las cosas? —Transformándolas —¿entonces?—. Tengo que transformar la comida… sí. —Con un encantamiento sencillo se vería deliciosa—. Si lo logro hacer por unos minutos, luego volverá a la normalidad… Y si no vomita… voy y me le lanzo encima para meterle los dedos en la garganta hasta que lo haga.
Meterle los dedos en la garganta para que vomitara no iba a ser necesario. Cuando comenzó su paseo de la tarde se encontró con Ginny en el sexto piso, merodeando sola. Ella le tenía la solución al problema.
