Capítulo 25: Infraganti
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―Me salté la clase de Pociones ―comentó desanimada―. De todas maneras, Snape me dará trabajo extra y me restará puntos el día jueves. Pero sigo teniendo la excusa de que estoy enferma.
―¿Estás enferma? ―inquirió Merlina asombrada.
―No ―Ginny sonrió suspicazmente y sacó un caramelo de papel brillante del bolsillo―. Una pastilla vomitiva siempre es efectiva. En realidad, todos los Surtidos Saltaclases lo son.
―O sea que con eso… ¿vomitas?
―Sí ―desenvolvió el caramelo―, si te comes el lado naranjo, vomitas. Luego, como puedas, te pasas el morado por la garganta y paras al instante. Después no quieres dejar de lavarte los dientes, claro.
Merlina sonrió con los ojos brillantes, como una niña pequeña a la que le hubiesen enseñado una nueva muñeca.
―Es justo lo que necesito. ¡No voy a tener que meter las manos a la basura!
Con un tono maniático explicó a Ginny lo que pensaba hacer. Ginny, a su vez, se puso plenamente de su parte al enterarse de todas las cosas que le había hecho Dunstan.
―Juré que había sido Peeves ―admitió―. Pero ahora que sé que fue ella… ―suspiró―. Sigo pensando que no es mala profesora, lo siento, Merlina. Pero si las cosas se ponen feas, prometo ayudarte en lo que sea.
―Gracias, Ginny.
La pelirroja le obsequió un caramelo vomitivo y lo guardó bien en el bolsillo de su túnica, como si fuera una especie de tesoro. Al día siguiente iba a tener ocasión la pequeña venganza. ¡A ver si algún día paraba de vomitar! Porque, en el plato, no se encontraría nada más que la parte naranja de la pastilla…
La primera fase no resultó nada complicada. A las siete de la mañana del miércoles dejó preparada la taza de Dunstan, fijándose bien antes de que ese fuera el puesto correcto, porque a la hora de que hiciera algo mal… No quería ni imaginarse lo que podía suceder.
Como debía desayunar en conjunto con los demás, iba a tener la coartada perfecta, por si Dunstan decidía decirle a Dumbledore lo que le había hecho.
Distraer a los elfos domésticos con palabras amables no fue nada difícil. Tampoco fue difícil conseguir un trozo de delicioso pastel de chocolate, para comer doble ración.
―Bien, bien… ha llegado tu hora, Dunstan… ―farfulló aproximándose con inocencia hacia la mesa alta, igual a la que había en el piso superior en el Gran Comedor.
Ningún elfo le puso atención cuando depositó el caramelo convertido en líquido. Siempre la veía tomar café con leche, así que no supondría mayor riesgo. Además, el líquido, podía ser sólo agua que había quedado dentro de la taza.
Bajó a desayunar sin reprimir la sonrisa que tenía dibujada en la cara. Desde lo lejos divisó a Ginny que la observaba persistentemente. Le hizo un leve gesto con la mano para darle a entender que todo estaba bien. Sólo le tocaba esperar un poco…
De soslayo vigiló que Dunstan se sirviera el café con leche ya preparado de una jarra de metal. Ni siquiera miró el fondo de la taza. Echó una cucharada de azúcar, revolvió, se lo llevó a los labios… La taza cayó haciéndose añicos, lo que llamó en parte la atención de los profesores por el ruido afilado. Al instante, todas las miradas de la mesa alta se dirigieron hacia Dunstan. Fue increíble: apenas había dado el primer sorbo, el vómito comenzó. No alcanzó si quiera a colocarse las manos en la boca, y el ruido de arcadas que hacía era demasiado estridente para que lo pasaran por alto.
Uno a uno, los estudiantes fueron girándose hacia el lugar en donde estaba ella, cesando sus animadas conversaciones. Dunstan se hallaba inclinada hacia delante, mostrando indignamente el espectáculo que ejercía. Parecía dragón expulsando fuego.
Las risas comenzaron a llenar el lugar y, cuando esto ocurrió, Merlina supo que había conseguido lo que deseaba: paz interior. ¡Estaban a mano! Suciedad a cambio de suciedad. Claro, no faltó quien se horrorizaba o quien comenzara a vomitar por puro acto reflejo, pero esos eran los menos.
Una cosquilla de satisfacción le recorrió de pies a cabeza.
―¡Dios mío! ¡Hay que sacarla de aquí! ―dijo McGonagall, colocándose de pie. Varios la imitaron, aproximándose hacia la profesora de Defensa como si fuera un objeto explosivo.
Pero Dunstan no aceptó ayuda, y tuvo la fuerza suficiente como para salir corriendo del Gran Comedor, dejando rastros de comida procesada por todo el camino.
Los estudiantes no podían parar de reír, y Merlina tuvo que apurarse en desayunar para ir a reírse en privado a la habitación. Era agradable ver sufrir al enemigo.
Tuvo la mejor tarde del mes: durmió pacíficamente, aprovechando, ya que sabía que, cuando se despertara y se encontrara con Dunstan, las cosas cambiarían. Y así fue como ocurrió, horas más tarde.
―Sé que fuiste tú ―le espetó en medio de un pasillo concurrido antes de que se dirigieran a cenar.
La mujer estaba pálida y con los labios resecos.
―¿Pudiste encontrar el método de parar de vomitar? ―inquirió Merlina incrédula, sin preocuparse de delatarse.
Agatha se acercó lo suficiente, pero no le puso ni un dedo encima. La celadora ya estaba preparada para golpearla si era necesario.
―¿Crees que no estoy al tanto de los Sortilegios Weasley, cuando el colegio entero los conoce? ―farfulló con los dientes apretados―. Vas a perder, Morgan.
―No tengo nada que perder ―reconoció ella, seria―. Severus está conmigo. Esto no lo estoy haciendo por los celos.
Dunstan sonrió perversamente.
―¿Estás segura, Morgan?
―Completamente segura, él me lo dijo.
―Uno puede decir muchas cosas, Merlina, pero del dicho al hecho, hay mucho trecho. Además, las cosas no siempre son lo que parecen. Ya verás. Vas a perder ―reiteró.
Dio media vuelta mirándola una vez más, con desprecio, y desapareció del pasillo a toda velocidad, seguida por el agudo ruido de sus botas de tacón.
Merlina no pudo evitar preocuparse. "Las cosas no siempre son lo que parecen" le dijo. ¿Qué significaba eso? ¿Qué Severus la estaba engañando?
Un escalofrío le atravesó el cuerpo, sintiéndose mal, nuevamente llena de dudas.
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A medida que pasaba el tiempo, los días se iban poniendo más fríos, grises y lluviosos. Casi ningún estudiante salía del castillo por temor a agarrar un resfriado y pasar tiempo en la enfermería perdiéndose las clases más importantes. Eso era mejor para Merlina, ya que las manchas de barro en la alfombra del Vestíbulo habían disminuido considerablemente. Peeves, sin embargo, se encargaba de dejarle a Merlina siempre algo que hacer, ya fuera lanzando bombas fétidas o tirando globos con agua y harina robada de las cocinas, a las paredes y a los estudiantes.
La celadora ya había aprendido a tenerle paciencia: lo que menos deseaba era ser atacada con otro balde de suciedad. Tal vez Peeves lo había hecho de forma inconsciente, pero era una idea que se le podía atravesar por su retorcida mente perfectamente si se le insultaba.
Los tratos con Severus continuaban en línea recta: Merlina estaba alerta a cualquier cambio que se generara en él (producto de las palabras de Dunstan). Severus, por otro lado, seguía atareado, y eso era completamente lógico dado que era profesor. Merlina agradecía profundamente la sanación de Severus (lamentablemente gracias a Agatha, debía admitirlo), pero, lo que más le alegraba, era haber estado al cargo de las clases de Pociones por apenas una semana.
Su trabajo se hacía pesado por los súbitos cambios de horario, pero lograba tener tiempos libres. De vez en cuando los Slytherin se ponían atrevidos, pero nada que no pudiera manejar. De hecho (esto no lo sabía, porque no lo recordaba) era mucho menos grave que cuando estaba Draco Malfoy al mando.
A mediados de octubre recibió una carta de su primo demostrando preocupación de por qué no le había escrito para contarle lo que sucedía. Merlina tuvo que hacerse el tiempo de rememorar cada detalle desde que había comenzado a relacionarse con la sobrina de Umbridge, dándole como resultado un pergamino de medio metro, enrollado.
En ninguna parte se quejaba de lo ocurrido (la mitad del contenido decía "venganza"), sólo reconocía que le caía mal. Phil tergiversó todo lo que dictaba la carta, y terminó contestándole muy antipáticamente:
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Merlina:
Te advertí, así que no quiero leer más tus alegatos contra ella. Tú buscarás la manera de salir del problema, porque yo no voy a viajar para ayudarte.
Primero fue con el murciélago los años anteriores, y ahora con ésta. Lo siento mucho, pero sólo puedo desearte buena suerte, querida prima.
Cuídate, si puedes.
Phil
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Merlina esperaba algo mucho más consolador que eso, por último, una palabra de ánimo, pero debió conformarse con apoyarse a sí misma. Estaba consciente de que, en algún momento, Dunstan le haría algo. Pero ¿qué sería? Podía echarle una maldición y ella jamás se daría cuenta.
¡Que Merlín la iluminara!
Para distraerse un poco miró por la ventana de donde se hallaba ubicada, escudriñando el cielo como si eso fuera darle alguna pista. A lo lejos distinguió las calabazas de Hagrid, que ya alcanzaban casi el tamaño del armario de las escobas del Vestíbulo. Faltaban sólo dos semanas para el banquete de Halloween. Dumbledore había avisado que esta vez no sería con disfraces, pero que, a cambio, habría otras sorpresas para disfrutar. Eso lo había dicho como si fuera a darles pena no utilizar disfraces… Pero Dumbledore no sabía que eso constituía un gran alivio para la mayoría. Lo que menos deseaban era perder el tiempo buscando un traje con el que no hicieran el ridículo.
El ruido de algo rodar la distrajo de sus reflexiones. Dirigió su vista hacia el suelo, donde había un tubo de vidrio con una tapa de metal en uno de los extremos. No tenía más de tres centímetros de diámetro y diez de largo. Dentro guardaba un polvillo multicolor, llenándolo hasta la mitad. Tenía el aspecto de ser un arcoíris rallado muy finamente.
La joven alzó la mirada para vigilar el corredor del cuarto piso. Ella era la única persona que estaba ahí, aunque podía oír los murmullos lejanos provenientes de la misma planta.
Lentamente se aproximó a la esquina más cercana para echar un vistazo, pero también el pasillo perpendicular estaba vacío.
Con curiosidad volvió a poner su atención en el sospechoso frasco de partículas de colores y lo abrió con cuidado.
Introdujo un dedo con precaución sintiendo la extraña suavidad de la sustancia. Pensaba apreciar la textura de la arena, pero parecía estar tocando seda en polvo.
Pasando la prueba de la vista y el tacto, decidió olerlo. No iba a morirse por aspirar un poco. A lo más, se arriesgaba a tener un ataque de estornudos de cinco minutos, o incluso drogarse un poco, como lo hacían los muggles. ¿O sí se estaba arriesgando a entrar en algo desconocido y peligroso? Bueno, no lo sabría hasta que lo hiciera.
Frunció la nariz al percibir el aroma a cenizas del polvillo. Por fuera se veía hasta apetitoso, pero el olor no le acompañaba para nada. Tuvo que cerrar los ojos durante unos segundos por el mareo repentino que le había invadido. Sintió el cuerpo extrañamente liviano, como si hubiese entrado en una especie de sueño.
Pestañeó varias veces hasta lograr enfocar la vista otra vez. Estaba en el mismo pasillo, en el mismo lugar, aún con el frasco de vidrio entre las manos; nada había cambiado. Y si nada había cambiado… ¿por qué de pronto se sentía como… como si deseara hacer un descubrimiento importante?
Una voz casi imperceptible le enviaba mensajes incomprensibles a su cerebro, instrucciones inacabadas. Sin embargo, Merlina sabía el sentido de aquellas órdenes, las cuales le incitaban a bajar hasta las mazmorras. El instinto le decía que algo había en las mazmorras, como una sorpresa aguardando por ella.
Sin darse cuenta, perdió su capacidad de moverse por sí misma. Aunque su mente le indicaba que era un deseo propio el querer descubrir ese "algo", las piernas se le flexionaban y marcaban pasos por sí solas.
Esparciendo el polvo mágico por todo el camino que trotaba ―tampoco era consciente del movimiento de sus manos, y no había tapado el recipiente―, bajó las escaleras atléticamente.
Todo el camino que recorrió estaba abarrotado de estudiantes, aunque, asombrosamente para los ojos de Merlina no había ni un alma que le interrumpiera. No sintió las miradas furiosas al pasar a llevarlos sin disculparse. Nada le impediría que llegara hasta allá. Tenía que saber lo que esperaba por ella.
A medida que acortaba la distancia hacia el despacho de Severus ―ese era el lugar donde, parte de ella, quería llegar― su corazón tomaba un ritmo más y más acelerado. ¿Qué le esperaba allí? ¿Qué había en el despacho de Severus? ¿A alguien robando? No… Claro que robar era malo, pero serle infiel a alguien, cuando se había dicho todo lo contrario en algún momento, era algo mucho peor…
La puerta estaba cerrada, pero debía arriesgarse a abrirla, si no, no iba saber qué había dentro. ¡Y tenía que saber!
Giró el pomo con cuidado… Abrió la puerta poco a poco... Y, de inmediato, lamentó haberlo hecho, porque lo que apareció ante sus ojos no tenía precio. La saliva la sintió como un trozo de lija al tragarla.
Severus Snape y Agatha Dunstan se besaban a un costado del escritorio. Y no era un beso cualquiera… Era un beso apasionado y ardiente. Uno de los besos que la "otra" Merlina recibía. Y, aunque no se acordara de todo lo vivido con Severus, bien sabía que esos besos y caricias le pertenecían a ella.
Los dedos soltaron el frasco de vidrio causando ruido, pero no se rompió. Y, aunque se hubiese quebrado, el sonido de los cristales no les hubiera impedido a ellos hecho separarse. Parecían pegados con cola.
Merlina no supo cuántos segundos estuvo allí, pero cuando pensaba que ya no resistiría estar mirando aquella repugnante escena, las lenguas entrelazadas se separaron, sólo para entrar a sus respectivas bocas y dibujar una horrible sonrisa en cada rostro.
El estómago de Merlina se apretó y, lo único que atinó a hacer, fue a salir corriendo al otro extremo del castillo, varios pisos más arriba, a una velocidad que no conocía tener. Lo único que deseaba era un lugar para esconderse. Recorrió más de tres veces el séptimo piso, sin saber dónde meterse, hasta que, de pronto, divisó la puerta de la salvación, frente al retrato de Barnabás el chiflado.
Creyó caer en otra dimensión, pero sólo estaba oscuro. El suelo era muy mullido, y preciso para lanzarse a llorar. Pero no lloró, no le salían lágrimas. Estaba tan conmocionada, en tal estado de shock, que todavía no podía asimilar lo que había visto. Aún tenía voces en su cabeza, y cada vez hablaban con más claridad. Fue como si alguien hubiese encontrado la estación de radio correcta, y también subido un poco más el volumen.
Él te ha engañado… Severus te mintió… Snape sólo quiso hacerte daño, sólo quería verte la cara de idiota que ibas a poner cuando descubrieras la verdad de todo el asunto… Todo fue parte de un engaño… JAMÁS PERDISTE LA MEMORIA.
Tanteó el suelo hasta encontrar un almohadón para cubrirse la cabeza. Eso no le impidió oír las voces que provenían de ella misma. Trató de concentrarse en alguna otra cosa, pero no podía pensar por sí misma. ¿Acaso un ser extraño estaba ocupando un lugar en su cabeza?
―¡AAAHGGG! ―gritó. El único camino que tenía era gritar para impedir que esas voces siguieran invadiendo su cabeza.
Gritó hasta quedarse ronca, balanceándose de un lado a otro como una verdadera desquiciada y, cuando sintió que la voz no le daría más, todo cesó. El peso normal en su cuerpo recayó, lo que le pareció extraño al ya haberse acostumbrado a ser liviana. Todo quedó en silencio, excepto por su respiración agitada y húmeda.
Entonces, pudo analizar las cosas por sí misma y esta vez sí que llorando a lágrima viva. Merlina se encorvó abrazando la almohada, buscando calor, buscando consuelo.
―¿Por qué…? ―era todo lo que salía de su boca gangosa.
¿Por qué me hizo esto? ¿Por qué me mintió? ¿Por qué me miró de esa manera tan cruel? ¿Qué les hice a ellos? ¿Me lo merezco?
Hacía unos cuantos minutos atrás, antes de haber recibido ese frasco infernal, estaba completamente segura de que la historia que narraba que había perdido la memoria era cierta. No obstante, ahora dudaba. ¿Y si era como lo sugerían las voces? ¿Y si nunca había sucedido tal cosa?
No… nadie haría tanta parafernalia, contratando a tantos actores para hacer una broma pesada. Su apariencia indicaba que era una Merlina más adulta, y no era capaz de concebir a Dumbledore metido en algo tan cruel.
Había perdido de verdad le memoria, pero sí que no cabía duda de que Severus le había mentido, y que se había reído en su cara sin remordimientos junto con Dunstan. Los había visto infraganti y no se podía discutir eso.
De pronto, un renovado sentimiento de ira la invadió, haciéndole sacar la voz otra vez para gritar.
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¿Qué diablos había sucedido? No comprendía. Se hallaba tranquilamente en su despacho revisando esos infernales informes para rellenarlos de ceros grandes y de color rojo, cuando, sin previo aviso, la puerta se abrió mostrando una preocupante imagen de Merlina. Sus ojos estaban más abiertos de lo normal y la barbilla le temblaba, como si estuviera viendo algo monstruoso. Pero no lo miraba a él con exactitud, sino que hacia un costado del escritorio. Echó un vistazo rápido esperando ver a algún fantasma, pero no había nada allí.
Volvió la vista y se limitó a observarla fijamente, esperando a oír alguna palabra de su boca, pero, tras unos pocos segundos, lo único que sucedió fue que soltara un frasco vacío y que este saliera rodando hasta una de las butacas.
Severus tuvo que ceder cuando vio que su pecho subía y bajaba rápidamente, demostrando que estaba muy agitada.
―¿Morgan? ―Inquirió levantándose con lentitud.
El cuerpo de la joven se sacudió con brío, y antes que él pudiera hacer algo, había salido hecha un rayo, perdiéndose por el pasillo hacia quién sabe dónde.
Severus reaccionó tarde, y durante un segundo pensó en no hacer nada, tratando de convencerse que había sido una de las actitudes raras típicas de la Merlina desmemoriada. Aunque, claro, jamás eso era un buen augurio… ¿Qué hacía? Lo correcto, por supuesto: ir en su búsqueda a preguntarle que qué demonios le sucedía.
Y en eso se hallaba segundos después: recorriendo el castillo y preguntando a los estudiantes si la había visto pasar. Al menos tenía la ventaja de que había muchos testigos apuntando hacia el mismo destino: el séptimo piso.
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No podía pasarse la vida encerrada en ese cuarto desconocido, llorando, gritando y haciéndose preguntas que ella sola no iba a poder responderse. Tenía que salir y enfrentarlos a ambos, o al menos a Severus, y pedirle las merecidas explicaciones. Disculpas no le exigiría, porque aquello no tenía perdón de nadie. Aunque la relación no fuera como antes, no le daba derecho a ser tan descarado. Y ni siquiera era eso lo importante. ¿Dónde había quedado eso de "te amo, maldita sea, Morgan", y el ruego desesperado de que durmiera con él en un inicio?
Claro que todo había sido parte de una actuación. La crueldad era una característica de Severus ante la cual debió haber estado alerta desde el primer momento.
Arrastrándose llegó hasta la puerta y salió hacia el pasillo, entrecerrando los ojos, encandilada por el fulgor de las antorchas encendidas, y recibiendo de golpe la ola de bullicio de los pasillos lejanos. No recordaba haber oído ruido alguno en el castillo cuando subió hasta allí. Se pasó la manga por los ojos hinchados y fue al baño más cercano para descongestionarse la nariz.
No podía parar de temblar, y no iba a calmarse hasta que aclarara las con Severus.
Decidida, salió del baño con cara de ratón enfermo. Sin embargo, antes de que pudiera llegar muy lejos, vio a Severus llegando de uno de los extremos con una expresión completamente inesperada: estaba serio e imperturbable. ¿No debía de estar sonriendo con maldad?
Merlina apostaba a que esa era una faceta falsa, sólo para provocarle más sufrimiento. Tenía que agradecer, al menos, que el corredor estaba vacío: lo más probable era que le saliera un berrinche que una charla pacífica. Aunque no había razón para que la discusión que se avecinaba fuera pacífica.
―Morgan ―musitó con un tono que denotaba preocupación―. ¿Estás bien?
A pesar de que no tenía nada en la boca, la aludida se atragantó, a punto de echarse a reír, porque la pregunta sonaba hasta graciosa.
―¿Qué si estoy bien? ―replicó incrédula y dolida, despidiendo fuego por los ojos―. ¿Es en serio? Porque… Digo yo, dudo que alguien pueda estar bien luego de lo que vi… O sea… quiero decir que, nadie estaría contento luego de ver algo similar a lo que presencié yo.
Severus arqueó una ceja, confundido.
―¿Puedo saber qué es lo que viste con exactitud? Porque creo que no te sigo ―se aproximó un poco más a ella, pero ésta volvió a alejarse, manteniendo la misma distancia de un metro.
―¿Cómo puedes…? ¡Cómo te atreves! ―chilló con las manos crispadas, omitiendo las ganas de estrangularlo.
―¿Cómo me atrevo a qué? ¿De qué demonios estás hablando? ¿Puedes ser específica de una vez por todas? ―refunfuñó Severus con ese desesperante susurro censurador.
Merlina soltó un grito ahogado, y fue ella quien acortó la distancia esta vez, golpeándole los hombros con los puños. Lo miró a los ojos, otra vez con lágrimas en los suyos.
―¿Por qué me haces esto? ¿Por qué no me dijiste… no me confesaste? ¡Hubiera sido mucho mejor! ¡Lo hubiese comprendido, te lo juro!
―¿Qué viste, Morgan? ¡Qué viste! ―estalló Severus, desesperado por no entender nada.
―¡Te vi a ti y a Dunstan besándose! Y ustedes van y se ríen descaradamente… ¡Como si disfrutaran de la situación!
―¿Otra vez con eso de Dunstan? ¿Qué más quieres que…?
―¡TE VI, SEVERUS SNAPE! ―vociferó Merlina, imponiendo distancia otra vez.
―¡Estás mal! Yo no hice lo que dices…
Sus ojos se fulminaron con intensidad directamente… Y Severus comprendió que algo sucedía. Le recordó mucho a una vez cuando Merlina había recibido un encantamiento Confundus. ¿Le había ocurrido lo mismo?
Fuera así o no, tenía el leve presentimiento de que tardaría un montón en convencerla de que él no le había sido infiel. Así que eso era lo que le había mantenido con una expresión tan asustada cuando fue a su despacho… ¿Las cosas podían ser más difíciles? Si la situación continuaba en ese tono tan gris… Jamás la vida con Merlina volvería a ser como antes. Pero si él moría… tal vez fuera lo mejor. Sin embargo, no quería que ella acabara odiándolo, y menos por cosas inciertas que generaba su atribulada e infinita imaginación de adolescente. De cualquier forma, si iba a dejar este mundo, quería hacerlo con la conciencia tranquila.
Repentinamente recordó el frasco de vidrio que había tenido en la mano.
Merlina aguardó a que Severus dijera algo, pero lo único que oyó fue un suspiro cansino y frustrado.
―¿No me vas a decir por qué…?
―Diga lo que te diga no me vas a creer, Morgan.
―¿Qué es lo que no voy a creer? No me vengas con el cuento de que no hiciste lo que vi…
―Exacto ―la cortó Severus lúgubremente―. Lo que viste fue producto de tu imaginación, por eso no voy a gastar el tiempo convenciéndote. Voy a buscar las pruebas, y te lo demostraré. ¿Vienes conmigo?
―No puedo creer que seas tan hipócrita… ir contigo… ¿para luego llevarme donde Dunstan y montar otra escena asquerosamente romántica? Claro que no.
Merlina, dolida, y todavía no pudiendo creer todo lo ocurrido, dio un giro sobre sus talones y se fue, sin saber adónde ir, creyendo que Severus se atrevería a seguirla, pero no fue así.
Trató de continuar su trabajo con normalidad, pero le fue difícil con esa sensación de muerte que cada vez le pesaba más y más.
Le había afectado, quizá no tanto como ―suponía ella― a su yo con memoria le hubiese ocurrido, pero le dolía el pecho. Era una sensación extraña… Claro: era el miedo que la había aterrorizado, porque había conseguido quedarse sola… En realidad, siempre había estado sola, porque si Severus había mantenido esa máscara desde el inicio…
La única que le quedaba era Ginny, la persona más cercana que tenía en esos instantes. Sentía deseos de hablar con ella. ¿Dónde estaba? ¿En la biblioteca, haciendo tareas?
Temerosa se asomó por las puertas del lugar echando un vistazo rápido, sin embargo, la pelirroja no se encontraba allá. De todas maneras, sólo tendría que esperar hasta la hora del desayuno del día siguiente para charlar con ella. No de la manera que esperaba, claro.
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Se devolvió hasta su despacho y recogió dicho frasco que aún reposaba en el suelo, colocándose un guante. Aún podía tener restos de la sustancia sospechosa. Estaba casi seguro de que eso tenía que ver con la visión de Merlina. Él jamás había besado a Dunstan, jamás lo hubiera hecho y tampoco lo haría, y de eso tenía plena certeza.
Sinceramente, algo que estaba colmándole la paciencia, era esa desesperante desconfianza de Merlina hacia él, e iba a tener que poner fin a eso de una vez por todas. Comprobaría lo ocurrido como fuera sólo para que no lo odiara, porque sus esperanzas sobre "volver a la normalidad", estaban flaqueando. Con tenerla cerca y tranquila, era con lo que podía conformarse. O tener una sensación aproximada a la conformidad.
Creyó que tendría que quedarse en vela tratando de descubrir el origen del contenido del frasco y sus propiedades. No fue necesario: a la media hora de haber entrado a su despacho, llegó un muchacho de su casa avisando que algo extraño había sucedido a varios de sus compañeros.
Poco más tarde, y saltándose la hora de la cena, los profesores jefes se reunieron en su sala a discutir el extraño suceso que a todos preocupaba: un cuarto de Hogwarts estaba peleando por increíbles desilusiones amorosas. ¿Acaso no era lo que le había ocurrido a Merlina?
Los profesores pensaban que iba a ser difícil de resolver y hasta peligroso, ya que podían estar bajo una potentísima maldición Imperius. Sonaba ridículo, porque, ni siquiera el Señor de las Tinieblas podría manejar a más de cincuenta estudiantes a la vez, y menos para provocar desilusiones amorosas.
―Tenemos que hacer algo ―decía Minerva McGonagall a cada momento, frunciendo su pequeña boca furiosamente.
De pronto golpearon la puerta de la oficina de profesores, asomándose la pelirroja melena de Ginny Weasley.
―¿Qué desea, Weasley? ―inquirió McGonagall algo exasperada.
―Eeh… creo que sé lo que está sucediendo… Tal vez pueda ayudar.
