Capítulo 26: La idea perfecta

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A medida que pasaban las horas, Merlina iba sintiendo cada vez más que había vivido una especie de sueño. En algún momento de la noche se había quedado dormida y había soñado con esa horrenda imagen zalamera y atroz protagonizada por Snape y Dunstan. No era un pensamiento agradable, porque le confundía y le hacía sentir peor. Luego, no tuvo idea si debía hablarle de buenas o malas maneras a Severus. Era como si su mente conformara el recuerdo en una clase de bola de cristal llena de vaho.

Seguía siendo doloroso rememorarlo, aunque fuera un pensamiento difuso. Evitó las lágrimas, y el pensar en ello le llevó a recordar que había ganado la capacidad de llorar hacía mucho… y que ya lo había hecho varias veces desde que había perdido la memoria. ¿Qué fue lo que gatilló la recuperación de sus preciadas lágrimas? Le hubiera encantado saber. Le hubiera fascinado recordar… Y no se iba cansar de desear tener su memoria de vuelta. Sin embargo, algo le indicaba que aquello no sería así… Y su vida terminaría siendo un verdadero desastre, peor de lo que iba hasta ese momento.

Apenas aclaró un poco el cielo, bajó a las cocinas a comer a destajo. Con comida siempre podían aliviarse un poco los malos ratos, especialmente cuando se había saltado la cena de la noche anterior por temor a pasar alguna vergüenza en la mesa alta. La técnica sirvió sólo por ese rato, porque luego tuvo que dedicarse varias horas a separar a grupos de chicos y chicas que peleaban en aulas y corredores.

Ya que no iba a desayunar tampoco en el comedor, planeó ocupar esa hora para dormir. Confiaba en que no se toparía a Severus en el despacho. Y hablando de despacho, esta vez sí tenía que marcharse de ahí. Siempre que todo lo que hubiese ocurrido fuese cierto…

Ginny Weasley la esperaba apoyada en la pared frente a la puerta de la oficina, pero corrió hasta Merlina apenas la vio.

―¡Merlina! ¿Estás bien?

―¿Qué? ¿Por qué? ―de pronto Merlina tuvo una idea―. ¿Te… te enteraste de lo que me ocurrió?

Ginny frunció el ceño.

―Eh… supongo, al menos en parte. Ahora lo confirmaré, de todos modos ―hizo una pausa―. ¿Ayer aspiraste algún polvo de colores?

La pregunta hubiera sonado incoherente y absurda si Merlina no hubiese hecho eso mismo.

―Eh… sí. Ayer… ―y explicó rápidamente lo que hizo.

Ginny tenía los ojos más abiertos que nunca cuando terminó de hablar y la boca en mueca.

―¡Ay, Merlina! ¡Lo que te tragaste por la nariz era lo opuesto a Fantasías Patentadas! ¡Eran Pesadillas Amorosas Patentadas!

―¿Y qué diablos es eso?

―¡Polvos para crear una imagen falsa del amor! ¡Te desilusionan, y es un invento de mis hermanos! Lo venden en Sortilegios Weasley.

Merlina ahogó un grito.

―O sea que… ¿Snape no se besó con Dunstan?

―¿Eso fue lo que viste? ―inquirió Ginny fascinada.

―¡Sí! Y… ¡Oh! ¡Cometí un error!

―No solo uno, Merlina ―adujo Ginny con voz de mala novedad―. Esparciste el contenido a lo largo de un pasillo de la cuarta planta y… Verás, es un poco volátil y las partículas quedaron suspendidas hasta ser aspiradas por varios estudiantes… creaste un montón de problemas, créeme.

―Por las Barbas de Merlín… ¿Y qué hago ahora?

―Bueno… ―titubeó Ginny―. Cada uno resolverá su problema. Tú tendrás que resolver el tuyo. Pero, antes de que arregles las cosas con Snape, dile que no me vuelva a amenazar así.

―¿Por qué? ¿Cómo te amenazó?

―"Ve y averigua qué aspiro Morgan del frasco de vidrio si no quieres tener problemas, Weasley" ―gruñó con voz ronca y antipática―. Y me quitó diez puntos sólo por si acaso.

Merlina agradeció a Ginny el haberle aclarado el asunto y se retiró de una vez al despacho, sentándose en el sillón para esperar a Severus. No quiso pensar lo que le diría él cuando se disculpara: había muchas posibilidades de que fuera alguna contestación poco agradable.

Transcurrió media hora casi, dando las ocho y cuarenta minutos de la mañana, pero a Merlina se le hicieron eternos.

La puerta se abrió. El profesor de Pociones no se sorprendió de su presencia, pero la ignoró. Mejor dicho, la miró, pero no le dirigió la palabra.

Merlina supo que la situación no iba a ser tan simple. O quizá, simplemente Severus esperaba que ella diera el primer paso. Al fin y al cabo, Merlina había sido la exagerada, la sorda que no había creído a Severus.

La joven se reincorporó con lentitud.

―Severus… lo siento tanto… ―masculló sin ocultar su vergüenza. Severus se limitó a asentir con sequedad. Sus labios estaban tensados formando una sola línea. ―No lo hice a propósito ―continuó Merlina aproximándose a la espalda de Severus. Él estaba sacando unos cuantos frascos de ingredientes de una de sus despensas―. No tenía idea que eso era… bueno, que era una broma de Sortilegios Weasley. Simplemente rodó…

De un momento a otro Merlina se quedó en blanco. Luego, se le vino la imagen del frasco de polvos mágicos rodando hacia ella de la nada… Y el frasco no podía haber aparecido "de la nada". ALGUIEN debió haberlo lanzado, o al menos hecho aparecer allí. Si hubiese mirado el mapa milagroso a tiempo, hubiera sabido, pero aún no se acostumbraba del todo a su tenencia.

Severus se giró para incitarla a seguir hablando, y se quedó de piedra al ver que Merlina tenía la mirada perdida de nuevo, como si estuviera viendo otra cosa horrorosa… ¿Se iba a repetir la historia?

Nada de eso. Merlina comprendió todo de pronto, expresándose con un maniático y nervioso ataque de risa.

¡Así que esa había sido la esperada broma de Agatha Dunstan! No podía ser otra persona la autora. No cuando ella le había confesado que conocía a Sortilegios Weasley… ¡Demonios! ¡Cómo había sido tan estúpida!

Tonta, tonta, e infinitamente tonta.

―¿Qué es lo gracioso? ―espetó Severus.

Merlina supo que había malinterpretado su risa, como si se estuviera burlando de él.

―Severus… ―farfulló un poco ahogada, aún sin aliento por la carcajada―. ¡Caí en una broma!

―No me vengas a culpar a mí ―advirtió Severus, subiendo la guardia otra vez.

―Sé que no fuiste tú ―de pronto la voz de Merlina cambió, bajando varias octavas.

Cabía la posibilidad de que Dunstan negara lo que había hecho, por eso debía usar una estrategia diferente: culparla sin preámbulos.

Antes de que Severus preguntara otra cosa, había desaparecido del despacho.

Se dirigió a la oficina de Dunstan dando grandes zancadas. Los estudiantes estaban amontonados afuera del aula, esperando a que fuera abierta por la profesora, pero Merlina se encargó de eso. Sería más teatral si entraba por el aula que por la entrada directa.

Los muchachos intercambiaron miradas de confusión.

Merlina avanzó hasta la puerta que daba al despacho, queriendo empujarla de una patada, pero no le resultó: estaba con llave. De todas maneras, el ruido sordo que produjo con el pie hizo que Dunstan terminara por abrir la puerta, asomando su cara desagradable por el resquicio.

―Te aplaudo la broma ―le espetó Merlina antes de que saliera con alguno de sus sarcasmos―. ¡Muy buena! Fantástica. Realmente he caído.

Dunstan sonrió a medias.

―Qué bien. Eso me halaga.

―Más te va a halagar lo que te haga yo después ―susurró Merlina. No quería llamar mucho la atención, porque ya las cabezas de los curiosos se estaban asomando por la puerta del aula.

―No debiste haberte metido conmigo.

―Tú te metiste conmigo ―corrigió Merlina.

―Ni siquiera lo recuerdas ―se burló la mujer.

―Puede que no lo recuerde… pero hay algo que jamás podría olvidar.

―¿Qué?

―Que tú, al final, vas a salir perdiendo.

Merlina eso lo dijo sólo para brindarse energías a sí misma. Nunca pensó que, tal vez, se hiciera realidad de alguna manera… Porque, siendo sincera en su interior, Merlina, tenía un setenta por ciento de posibilidades de perder.

Haciéndole un desprecio se fue de allí para irse a dormir, por fin. Luego tendría que pensar cómo diablos se iba a vengar… Porque no se iba a quedar con los brazos cruzados. ¡Tenía que ser una buena idea, para ponerse a su altura!

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La víspera y el día mismo de Halloween Merlina tuvo mucho que hacer. Ayudó a ornamentar el comedor junto con Hagrid, Flitwick y McGonagall, dando forma a las calabazas, dibujando las malévolas sonrisas en la gruesa cáscara naranja, colgando guirnaldas negras y soltando murciélagos con el fin de que revolotearan de un lugar a otro. Estos habían sido encantados para que no mordieran a nadie.

La mañana del 31 de octubre se tuvo que encargar de recibir las autorizaciones de los de tercero para visitar Hogsmeade y hacer una lista de los estudiantes más grandes que pensaban ir, para tenerlos a todos contados e identificados.

En años anteriores no se habían tomado tantas medidas de seguridad como en ese momento: Merlina tuvo que acompañarlos y quedarse allí en el pueblo, rondando por las tiendas hasta que se cumplieran las tres de la tarde. Dumbledore no era de los que pensaban que Merlina podía frenar un ataque a algún estudiante, pero, al menos, podría dar aviso a alguien si es que eso llegaba a ocurrir.

De todas maneras, ella se sentía mil veces más segura fuera que dentro del castillo, principalmente por la odiosa presencia de Dunstan. No había formulado ningún plan contra ella, ni la más mínima broma, por falta de ingenio. Merlina temía que no hiciera falta vengarse para recibir alguna pesadez de aquella mujer. Tenía que andarse con cuidado.

Las cosas con Snape iban un poco más mal que de costumbre, porque no había momento en que Severus no le reprochara el haberse metido con Dunstan: "Te dedicas a perder el tiempo gastándole bromas." "Te desconcentras de tus deberes de conserje por estar buscando la venganza perfecta." "Te has puesto insoportablemente paranoica." "Es odioso que vengas a vigilarme constantemente."

Bueno, lo último era lo más cierto de todo, porque, luego del degradante engaño de Dunstan, Merlina no pasaba mucho tiempo sin creerse encantada y, para comprobarlo, iba a mirar a Severus "disimuladamente". Para nada pensaba que "podía serle infiel", por eso tenía como referencia lo siguiente: si Severus se estaba besando con Dunstan, entonces estaba hechizada; si estaba revisando trabajos, haciendo pociones o refunfuñando contra ella, todo estaba en orden.

Luego de unas horas de estar paseando sola y sin rumbo por el pueblo resultaba deprimente. Había tenido la esperanza de encontrarse con Ginny, pero la pelirroja no había asistido. En realidad, poco se la había topado, y no porque alguna deseara no estar con la otra. Cada una estaba preocupada de sus propios asuntos.

Cerca de la una de la tarde le bajó un hambre atroz y se compró un emparedado de lechuga con pollo en una de las tiendas. Se sentó en la terraza para degustarlo mientras veía a la gente caminar, y, de pronto, un escalofrío le recorrió la nuca, y los vellos de los brazos se le erizaron bajo la gruesa capa que llevaba encima de una camisa muy abrigadora.

¿Había tenido un déjà vu? Porque la situación se le hizo muy familiar. Merlina se estaba sintiendo vigilada tal como aquella vez en el Callejón Diagon, cuando se citó con Edelberth. Miró para todos lados tapándose la cara con la servilleta, como si con eso pudiera pasar desapercibida.

No había nadie que conociera, exceptuando a los estudiantes, por supuesto, pero ninguno de ellos parecía tener algún interés en Merlina. Nadie la observaba… ¿Realmente se estaba volviendo paranoica? Severus tenía razón…

―Quise venir antes ―dijo de pronto una voz femenina, casi mandando a Merlina al suelo por el susto―, pero tenía mucho deber acumulado… y adivina para quién.

Ginny acababa de aparecer prácticamente de la nada. Se sentó en la butaca acompañante, enfrente de Merlina.

―¿Por qué me asustaste? ―le espetó Merlina recuperando el aliento.

Ginny parpadeó varias veces con sus ojos castaños. Anonadada preguntó:

―¿Te asusté?

―¡Claro que sí! ¿Me estabas vigilando?

La muchacha arqueó una ceja pelirroja.

―No… Merlina, acabo de llegar. Doblé por esa calle de allí y me vine por la acera. ¿No me viste, acaso? Te vi girar la cabeza hacia mí.

Merlina había mirado para todos lados, pero no había visto a Ginny. Bufó.

―Creo que me estoy volviendo loca.

―Sí, ya lo creo. Hace bastante rato que estás así. Creo que desde que perdiste la memoria.

Estuvieron hablando un rato de cosas sin sentido, hasta que llegaron al tema que Merlina ansiaba por compartir con ella. La chica Weasley era la única persona que podía ayudarla a maquinar un plan más o menos digno contra Dunstan, dándole un poco de su propia medicina de "Sortilegios Weasley". Porque, ¿qué otra cosa podría utilizar Merlina para formular un plan gracioso?

―He estado pensando todo este tiempo en que tengo que darle una lección, y Severus está comenzando a enojarse más de lo que suele estar… Porque, de algo que estoy cien por ciento segura, es de que no me quedaré de brazos cruzados. Menos cuando ella ha sido la que partió todo empujándome al fuego.

―¿Qué? ―saltó Ginny horrorizada.

La muchacha quedó aturdida luego de recibir semejante información de primera mano.

—Sí, lo que sucedió fue que… —y Merlina le explicó lo sucedido aquella noche.

―¡Eso es más que raro! ¿Y dices que no sentiste nada, aparte de no quemarte? ―Merlina asintió―. ¡Si Hermione estuviera aquí! Estoy segura de que ella encontraría la respuesta de alguna manera… No digo que haya sido malo pero… es tan anormal… ¿Y si tienes algún súper poder?

―Ginny, el día que tenga un súper poder será cuando termine con Dunstan. Ahora, ayúdame a crear un plan. Lo que menos quiero es que se dé cuenta de que no soy muy brillante para vengarme.

―Bueno…, en tus tiempos de guerra con Snape usaste poción Multijugos para ridiculizarlo. Podrías hacer algo similar con Dunstan esta vez… ¿no?

Con apenas esa simple frase desinteresada de Ginny, Merlina maquinó un plan fantástico en tres segundos, asombrándose a ella misma. Sólo necesitaba un pequeño empujón, y Ginny se lo había proporcionado.

―Oh, querida… ―farfulló Merlina emocionada―, vas a tener que ayudarme, porque yo no podré sola.

―Puedes contar conmigo ―aceptó Ginny de buena gana, dedicándole una sonrisa de oreja a oreja―. ¿De qué trata el plan?

Merlina se inclinó hacia ella, vigilando antes sus alrededores por si alguien estaba agazapado por allí, escuchando indebidamente.

Le reveló a la pelirroja lo que se le había ocurrido, y ella encontró que era un plan completamente… desastroso.

―¿Estás… demente? ¡Ni siquiera "loca", Merlina! No, no, no. Creo que no voy a participar ―contestó negando fervientemente con la cabeza.

―¿Por qué? ―gruñó Merlina frunciendo el entrecejo―. Lo prometiste ―añadió señalándola con un dedo acusador.

―Porque, hace cinco minutos, no tenía idea de qué iba todo esto.

―Es muy simple, Ginny…

―¡Es sumamente simple! De hecho, es un plan brillante ―aceptó la joven sin rastro de sarcasmo en la frase―. Pero ¿no te has puesto a pensar, aunque sea un segundo, en las consecuencias que va a traerte eso? ¡Vas a utilizar a Snape!

―¿Y qué? Él no va a ser el que quedará en vergüenza.

Ginny inhaló y exhaló varias veces seguidas, tratando de calmarse.

―Oh… Merlina, te ayudaré, pero yo no me haré responsable de lo que venga después.

―Tranquila… ¿qué podría pasar, aparte de recibir una venganza más de Dunstan?

Sí… ¿Qué podría suceder?

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Los paseantes de Hogsmeade regresaron a Hogwarts junto con Merlina, a las tres en punto de la tarde, tal como el director había ordenado. También dio permiso a Merlina para descansar antes de participar en la fiesta de Halloween.

―¡Hola! ―saludó alegremente a Severus, que estaba leyendo un libro junto al fuego de la chimenea, sentado en una butaca, cuando ella entró al despacho. Aquella era una imagen milagrosa, dado que no hacía más que revisar informes.

―Mmm ―murmuró como respuesta sin levantar la mirada.

A las ocho en punto bajó al banquete, pero sin Severus, quien se negó rotundamente ser partícipe de "esa payasada". Merlina no veía qué tenía de "payasada" todo el asunto, dado que no era con disfraces, pero prefirió no insistir.

Es mejor así —pensó Merlina. Lo mejor era no toparse con sus negros ojos legeremánticos. Ginny podía tener razón… Severus de seguro se enfurecería si se llegaba a enterar que él era parte de la revancha. Sin embargo, si las cosas seguían así de frías hasta la otra semana, Merlina podría mantener el secreto y no arruinar nada. Jamás se detuvo a pensar, sin embargo, que aquella frialdad podía ser un mal augurio para situaciones siguientes…

Al menos, junto a Ginny y su extravagante amiga de los torposoplos, Luna Lovegood, pudo disfrutar de una velada agradable y de la música de los grupos invitados. Dunstan estuvo compartiendo con los profesores, tratando de desplegar una simpatía que no poseía. Albus Dumbledore fue el único que la soportó durante toda la noche.

Merlina no hallaba la hora de cumplir su deseo. ¡Ojalá el tiempo pasara rápido!

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Y el tiempo voló, calzándole justo a Merlina para que tuviera todo preparado el viernes en la noche, resguardando las cosas a utilizar en una de las cabinas del baño de Myrtle La Llorona. No quiso comprometer a Ginny más de lo necesario, así que ella se encargó del "robo" de un cabello de Dunstan. Fue muy fácil meterse en su habitación cuando ella daba clases, y extraer un pelo de su almohada. Tampoco fue difícil sacarle una de sus túnicas: tenía más de una docena, y no la extrañaría por medio día.

Pan comido sí que fue hacer lo mismo con Severus: ella era habitante del cuarto que compartían y tenía todo a su disposición: la ropa, los cabellos… y hasta a él mismo. Porque, el paso más importante de todos era hacerlo dormir con polvo de los sueños (cortesía de Ginny). Lo mismo que a Dunstan, pero eso sería un poco más complicado… era la parte más difícil de todo: sabía la profundidad del sueño de Severus, pero de esa mujer… Bueno, esa noche lo comprobaría.

A la una de la mañana fue a encargarse de Severus. Entró a hurtadillas con guantes de plásticos puestos, destapó el pote del polvo de los sueños y colocó una pizca en sus ojos, nariz y boca. Eso le aseguraría por lo menos diez horas de sueño profundo, según las indicaciones de la pelirroja.

Súbitamente le atacó un sentimiento de culpabilidad… ¿estaba utilizando a Severus? No, no… ya no podía echarse atrás. Era la única manera de darle una buena lección a Dunstan.

Estuvo tentada de depositar un beso en los labios de Severus. Se veía tan inocente, tranquilo…, pero recordó que podía quedarse dormida si es que lo hacía: al más mínimo contacto con el polvo de los sueños… Además de ser injusto besarlo mientras dormía, ¿no? Si estuviera despierto, no se atrevería.

De la despensa de las pociones sacó unos frascos de poción Multijugos fabricadas por los estudiantes de más renombre y se los guardó en el bolsillo libre. Del otro, extrajo el Mapa del Merodeador y comprobó si la mota de tinta que representaba a Dunstan estaba quieta. Lo estaba, así que no perdió tiempo en ir a encargarse de ella.

Los pasillos estaban más que silenciosos, una falta de ruido absorbente, lo que le puso la piel de gallina a Merlina.

Anduvo con cuidado, con la varita en alto por si tenía que encargarse de Peeves, caminando a ciegas y afirmándose de la helada pared desnuda.

Cuando llegó al primer piso, se guio con facilidad gracias a la luz de la luna que se colaba por las ventanas. Comprobó ambas puertas (la directa y la del aula), pero estaban las dos cerradas. Eligió entrar por la que se conectaba con el aula.

Antes de entrar al despacho de Dunstan, comprobó si seguía quieta. Sin respirar, con su manojo de llaves insonorizados para no tintinear, buscó la llave adecuada y quitó el pestillo.

Uf, no había sonado ningún tipo de alarma mágica. El primer paso había sido superado.

Entró sigilosamente a la oficina, procurando no tropezar con nada. Empuñó la varita por si se veía obligada a atacarla… No fue necesario. Dunstan roncaba tan fuerte, que daba la impresión de estar escuchando dos personas a la vez y no una.

Merlina quiso asegurarse echándole más polvo de los sueños, pero desistió: eso podía causarle serios problema, y la idea era avergonzarla y no matarla.

―Bueno, bueno… ―masculló cuando estuvo asegurada de que no despertaría―. Mañana te toca hacer un poco de teatro. Porque peor es arrastrarse por alguien que llevarse una falsa desilusión amorosa…

Merlina tendría el honor de representar a Agatha. Ginny, que solía imitar muy bien a Severus, mejor que Merlina incluso, haría su papel. Lo que resultara de la actuación era prácticamente improvisación. Apenas habían quedado de acuerdo en las pautas básicas. Lo demás sería cuestión de tiempo y suerte. Debía salir lo más natural posible.

La escena no podía durar más de media hora, si no, estarían fritas: Ginny sería expulsada, y Merlina, despedida. Algo le decía, sin embargo, que todo saldría bien. Podía ser un pensamiento de aliento, o el instinto. ¡Nada podía fallar!

Merlina hizo un gesto disimulado a Ginny, dándole a entender que ya era hora.

La tensión había invadido a Merlina durante el resto de la noche. Había sido inevitable: la espera aumentaba la posibilidad de ponerse nervioso.

Se presentó en el desayuno, como estaba planeado. Por unos segundos le extrañó la ausencia de Severus y Dunstan, y luego recordó que ella los había mandado a dormir sus buenas horas.

―¿Y Severus, Merlina? ―indagó Dumbledore con el ceño fruncido cuando pensaba retirarse por la puerta de los profesores. Había tardado apenas diez minutos en pasarse la comida por la garganta.

―Eh… supongo que está en el despacho, ahora mismo voy… a verlo.

Dumbledore le lanzó una última mirada inquisidora antes de seguir tomando su té con leche.

―¡Hola! ―saludó Ginny con una efusividad sobreactuada cuando llegó al baño de Myrtle La Llorona, a las nueve con veinte minutos. Tenían cuarenta minutos aún para la función, y a esa hora ya todos los alumnos debían estar despiertos.

En cabinas separadas se vistieron con las ropas respectivas que utilizarían, y luego se reunieron afuera nuevamente, ambas con el rostro rebosante de nervios.

―Toma ―dijo a la pelirroja, sacando de su bolsillo un pañuelo (que contenía el cabello de Severus) y del otro una botella de poción Multijugos. Luego preparó la suya.

La esencia de Dunstan era de un color rojo sangre. Merlina no pudo evitar que saliera una arcada de su boca. Ginny hizo lo mismo por el licuado aspecto de la poción Multijugos con el pelo de Severus: antes (Merlina no lo recordaba) era negro como el azabache, pero ahora era de un azul noche poco apetitoso.

―¿No te la puedo cambiar, Merlina? ―quiso saber Ginny, afligida.

Merlina negó secamente con la cabeza. No podían invertir los papeles. Se ubicaron frente a los espejos, aprovechando la ausencia de Myrtle. Se miraron mutuamente a través del reflejo algo indecisas.

―¿Lista? A la cuenta de tres ―murmuró Merlina―. Uno… dos… ¡tres!

Le sorprendió sentir un sabor tremendamente dulce. ¿Dunstan, dulce? Hubiera apostado antes a que tenía sabor agrio por el sólo hecho de ser como era.

Ambas soltaron las botellitas de poción; se hicieron añicos contra el suelo de fría piedra. La impresión del dolor las había sorprendido a ambas: Ginny jamás había hecho algo como eso, y la celadora no se acordaba de la experiencia anterior.

Merlina, que solía ser más llena de cadera que de busto, se sintió incómoda al notar la inversión de esta característica. ¿Cómo esa mujer podía soportar semejante peso sin que le doliera la espalda?

A pesar de que Dunstan no era mucho más alta y maciza que Merlina, el estómago y los intestinos parecían estar transformándosele a Merlina a otra cosa, porque era un dolor casi insoportable.

De soslayo vio cómo Ginny se apoyaba en uno de los lavabos, generando unos estruendosos ruidos de arcadas y quejidos lastimeros. Podría comprenderlo, porque Ginny era muy menuda en comparación a Snape, aparte de cambiar radicalmente de sexo.

―Nunca… más…―exhaló cuando todo acabó.

Merlina se descubrió arrodillada, con las palmas apoyadas en el suelo helado. Suspiró y asintió con algo de esfuerzo.

Tenían la cara brillante de sudor y los ojos llorosos. La incomodidad iba a tener que valer la pena, si no, se asegurarían de ahorcarse mutuamente.

Se miraron al espejo analizando la terminación de la transformación. Ver a Snape con semejante mueca de inconformidad resultaba gracioso. Lo mismo que ver la cara de terror de Dunstan.

―Así que así se siente ser Snape ―dijo Ginny. ¿O Snape? Era su voz. Miró el cabello grasoso con una mueca de asco―. La verdad, Merlina, no sé cómo puedes…

―Oh, cállate ―la cortó Merlina-Agatha con esa voz antipática. La voz de Dunstan era natural… La pobre había nacido siendo un horror de persona―. Se lava el pelo a diario, soy testigo de eso, sólo que se le pone así a las horas —explicó y luego frunció el ceño—. Lo siento, pero estamos perdiendo tiempo ―añadió ante las cejas arqueadas del falso Snape―. ¡Vamos!

Mirando el Mapa del Merodeador comprobaron si los corredores que pensaban tomar para no ser vistas estaban vacíos.

―Esto es tan extraño ―expresó Merlina a Ginny mientras corrían hacia el pasillo que conducía a la puerta por donde entraban los profesores―. Siento como si tuviera tumores en vez de… ―se señaló el pecho. Ginny-Snape sonrió con maldad.

Se ubicaron fuera de la puerta cerrada del comedor, un poco agitadas.

―Bien, Ginny. ¿Lista para gritar un poco?

―Por supuesto.

Asintieron al mismo tiempo.