Capítulo 27: Un garrafal error

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Cuando la puerta que estaba tras de la mesa alta se abrió de súbito, todos creyeron que Peeves había decidido alterar el ánimo tranquilo de día sábado de los estudiantes. Luego pensaron que Snape era el que deseaba alterar la paz de los jóvenes. Y, por un mínimo instante, visualizaron a Merlina avanzando tras Snape (algo que hubiera sido normal), pero, luego, comprendieron que no era ella… sino Agatha Dunstan. Nadie jamás la había visto con ese rostro de pena absoluta.

Cada uno de los profesores dio medio giro para observar la insólita escena.

―¿Me puedes escuchar un momento, aunque sea? ―rogó la profesora de Defensa, sin dejar de seguir a Severus Snape, que parecía a punto de explotar. Aquello era natural, pero ver a Dunstan así…

A todos se les desencajó la mandíbula.

El hombre no contestó nada. Su fin era sentarse en su lugar en la mesa alta, sin embargo…

―¡Da la cara cómo hombre! ―exigió Dunstan, silenciando hasta la última mosca.

El profesor de Pociones le dirigió una mirada iracunda a la mujer y se incorporó otra vez, lentamente.

―¿Es que acaso no se puede desayunar tranquilo en este lugar? ―farfulló con odio.

Sólo los más cercanos escucharon la réplica, pero la cara de pasmo se extendió a lo largo de las cuatro mesas. Los susurros comenzaron a correr a una velocidad inaudita.

En cuanto a los profesores, ninguno podía estar más impresionado que el otro. Hagrid había volteado una jarra de jugo de calabaza sobre el inmaculado mantel blanco, a McGonagall casi se le salían los redondos ojos de las órbitas, y Sprout se había quedado con la cuchara de pastel de frutas a medio camino de su boca. El director daba tres parpadeos por segundo, con sus huesudas manos entrelazadas.

―Tenemos que hablar ―insistió Dunstan con la voz alterada.

―Creo que no ―gruñó Snape con dientes apretados.

Con brusquedad, y seguido por su negra capa ondulante, pasó entre las mesas de Ravenclaw y Gryffindor, en dirección a las puertas principales.

Agatha no perdió el tiempo, y se fue otra vez tras él, pisándole los talones.

Los estudiantes, emocionados por presenciar algo que les distrajera un poco, siguieron a la pareja sin nada de disimulo.

Para la suerte de ellos, no habían llegado más lejos que el mismo centro del Vestíbulo. Se arremolinaron alrededor de ellos.

―¡Te exijo que me dejes en paz! ¿Acaso no puedes comprender esa simple petición? ―voceó Snape metiendo la mano al bolsillo, como si planeara sacar la varita. Su cara estaba contorsionada y salpicaba saliva.

―¡No hasta que me des una respuesta clara! ¿Cómo no puedes darte cuenta de que con Merlina Morgan no tienes ni un futuro? ¿Cómo no te das cuenta de que ella… te está utilizando? ¡Abre los ojos, Severus Snape!

Los profesores llegaron en aquel instante, ubicándose tras la masa emocionada de estudiantes, con la intención de imponer orden. Por supuesto que también se quedaron mirando la escena.

―¿Abrir los ojos? ¿A qué te refieres, Dunstan? ¡Ya te he dejado en claro que no quiero nada contigo! Ni siquiera te conozco bien y eres una absoluta molestia para mí; no paras de zumbarme en el oído ―declaró con crueldad―. Arruinas mi vida. ¿Quién querría estar contigo?

―¡Por favor, Severus! ¡Tienes que darme una oportunidad! No puedes decirme que he arruinado tu vida si no has abierto las puertas…

―¡Pasas todos los días molestándome con lo mismo! ¿Cómo no me vas a haber arruinado, eh? ¡Grábate en la cabeza que no quiero nada contigo!

―Pero, Severus, tienes que entender…

―¿Entender qué? ¿Qué eres un Bowtruckle en la oreja o que eres lo más patético que existe?

―Que estoy enamorada de ti ―contestó ella con decisión.

La gente contuvo un suspiro en la boca, para expulsarlo con énfasis segundos después.

―Pero yo no ―declaró Snape con voz firme―. Aunque te dejaré algo en claro ―añadió―: eres una mujer indeseable y arrogante. Déjame en paz, Dunstan, si no deseas que me convierta en un real enemigo tuyo.

Para sorpresa de todos, Dumbledore se hizo camino entre los muchachos, mirando con severidad a ambos profesores.

―¿Qué es lo que sucede aquí? ―demandó con voz autoritaria.

―Director ―comenzó Snape con la mandíbula apretada―, lo único que deseo es que Agatha Dunstan me deje tranquilo. Desde que ha llegado, no ha sabido hacer más que acosarme, pero me harté. ¿Es mucho pedir tranquilidad? No lo creo ―declaró.

Acto seguido, se retiró seguido por su toga negra, empujando con brusquedad a los que estaban en su camino. Desapareció camino a las mazmorras.

―¿Y ustedes, qué miran? ¡El espectáculo se acabó! ―vociferó Dunstan entre avergonzada y enojada, antes de esfumarse, subiendo a trote la escalera de mármol del Vestíbulo.

El bullicio se desató cuando ambos desaparecieron. ¡Un triángulo amoroso entre dos profesores y la despistada celadora de Hogwarts! Eso sí que daba para comentar. En la historia de Hogwarts jamás se había visto algo como aquello.

Ninguna de las dos había previsto la intervención de Dumbledore, por eso Ginny tuvo que buscar la manera más "Snape" de zafarse del problema, lo que Merlina lo encontró más que brillante. Ella, por su parte, había hecho lo más fácil y obvio: avergonzarse y huir.

De todas formas, llegaron apenas cinco minutos antes al baño del tercer piso para volver a su forma original. Tuvieron que coger atajos para logarlo.

Ginny tropezó con la túnica de Snape al entrar en el resbaladizo baño. Myrtle estaba llorando y había estropeado los lavabos, como siempre. En una ocasión menos comprometedora, Merlina le hubiera reprochado el desastre, pero como ella y la pelirroja estaban con ropas que no le pertenecían, ocupando una cabina con sus pertenencias, no era recomendable enfrentar al fantasma escandaloso.

Rápidamente Merlina ayudó a la pelirroja a que se reincorporara, y se resguardaron en sus respectivos cubículos para volver a la normalidad.

―¡Estuviste fantástica, Ginny! ―comentó Merlina, emocionada, cuando ya regresaron a la normalidad, fuera del cubículo.

―Gracias. Creo que diste una imagen muy denigrante de Dunstan, así que te felicito también. Aunque, lo realmente importante, es… ¿qué harás cuando Snape se entere?

―Supongo que soportar unos cuantos días de burlas y retos. Nada fuera de lo común, ¿no? ―contestó Merlina sin temor.

Cinco minutos más tarde se estaban despidiendo en un oscuro corredor del segundo piso. Merlina llevaba las túnicas guardadas bajo la túnica, dándole aspecto de embarazada.

―Muchas gracias, Ginny. Más tarde hablaremos, ¿sí?

―Bien. Vete a dejar eso antes que alguno de los dos se despierte.

Merlina echó un vistazo al mapa para asegurarse de que no había moros en la costa. Corrió hacia el despacho de Dunstan, dejó la túnica tal como estaba, y se fue a hacer lo mismo con la de Severus, pero prefirió llevarla a la lavandería. Estaba impregnada del perfume floral de Ginny. Suerte que Severus tenía como diez túnicas del mismo color y forma.

Con el mismo sigilo volvió al despacho, se puso el pijama y se acostó en su cama. Miró fugazmente a Severus, que seguía plácidamente dormido. De seguro que cuando supiera todo el embrollo que había generado se enojaría mucho… pero no tenía de qué preocuparse.

No tardó en caer profundamente dormida, comenzando sueños bastante incoherentes, hasta que…

―¡Morgan!

La voz de Snape sonó como una trompeta de campamento.

―Déjame dormir…

Sintió la presencia de Severus al lado, sentada en su cama. ¿Cuánto tiempo había transcurrido desde que había cerrado los ojos? ¿Diez minutos? ¿Una hora?

Habían sido dos horas con exactitud, en realidad, pero el cansancio lo tenía acumulado, y sentía que podría seguir durmiendo durante años.

Severus le agarró un hombro y la zarandeó bruscamente.

―¿Por qué no me despertaste? ¡Es la una de la tarde!

Merlina bostezó abiertamente y se giró, dándole la espalda. Escuchaba la voz de Severus lejana, casi como en un sueño. Y ella, lo único que deseaba, era seguir durmiendo…

―Ah… te vi tan bien así… ¿para qué iba a despertarte? ―balbuceó con voz adormilada.

Severus bufó exasperado sobre su cabeza, pero no le dijo nada más.

Antes de caer dormida otra vez escuchó el ruido de la ducha, y diez minutos después despertó por el portazo que Severus había dado para marcharse a merendar, de seguro.

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Iba caminando por un bosque desconocido. ¿O era el Bosque Prohibido? Podía ser una opción, dado que nunca se había adentrado tanto… De pronto su ritmo cambió; ya no caminaba, sino que corría, sintiendo un peso extraño en su cuerpo, haciéndola sentir diferente. Alguien la incitaba a correr, le gritaba…

―¡MORGAN!

Esta vez Merlina no se despertó con sutileza, sino que pegó tal salto, que se cayó de la cama con un enredo de mantas encima. Lo que escuchó fue un bramido encolerizado, aun cuando venía desde el despacho. De todos modos, la puerta del cuarto no tardó en chocar contra la pared al abrirse de forma violenta. Mágicamente no se salió de sus goznes.

La joven se asustó cuando vio a Snape con la mandíbula apretada, enseñando los dientes, y casi en pose de gato engrifado. Estaba morado por la falta de aire. La ira no le dejaba respirar.

―¿Qué…qué sucede? ―tartamudeó tratando de incorporarse.

Pero ya sabía a qué se debía esa reacción tan desproporcionada. Ginny había tenido razón en advertirle y ella no le había escuchado. Y ya no había nada que hacer. A lo hecho, pecho.

―¿Que qué sucede? ―inquirió controlando su voz, dando tres saltos para llegar hasta ella.

Merlina trató de retroceder, y terminó sentada en la mesa de noche. Severus no podía estar más cerca de ella tampoco. Tenía su cara rabiosa a un palmo de la suya, y ya la había sujetado por los hombros para que no se escabullera.

―Yo… Severus… ―masculló Merlina con una mueca de horror.

―¡Me metiste a mí! ¡Me utilizaste para tu estúpida venganza con Dunstan! ―replicó con voz temblorosa, rabioso.

Merlina creyó que Severus iba a desmayarse en cualquier momento por la falta de aire, porque evidentemente intentaba no gritarle con toda la fuerza de sus músculos.

―L-lo… lo siento de verdad…

Para su sorpresa, Severus sonrió, y de manera muy cruel.

―¿"Lo sientes"? ¿Que "lo sientes"?

―Severus, tenía que vengarme de alguna manera y…

―¿No podías ingeniártelas sin entrometerme? ―indagó con voz peligrosa.

―Contigo todo iba a resultar bien y, si te lo pedía, no me ibas a ayudar; no pensé que te fuera a molestar tanto… ―Merlina hablaba entrecortadamente y tenía la cara sudada de los nervios. Estaba aterrada.

―¿Sabes lo que andan comentando de mí ahora, Morgan?

―No, yo…

―Que he estado jugando contigo y con Dunstan, y que no saben cómo mujeres como ustedes se han podido fijar en mí. Y quizás qué otras cosas andan diciendo. He quedado en vergüenza.

―Severus…

―Y eso no es lo peor ―se le adelantó, taladrándola con la mirada―. Lo peor es que los estudiantes hablan mucho más mal de Dunstan, sobre todo los varones ―siseó aproximándose a su rostro otra vez, logrando ella sentir su aliento tibio―, y aunque eso me importa un bledo, has hecho que Dumbledore me mandara a citar a su despacho.

―Iré a aclarar…

―Tú no irás a aclarar nada ―repuso él con firmeza―. Yo te sacaré del problema ―añadió con voz suave acariciándole el brazo―. Dunstan aún no ha aparecido, a menos que lo haya hecho ahora, pero creo que alcanzaré a resolver las cosas con el director.

Merlina puso los ojos como plato. No podía comprender la actitud de Severus. ¿Cómo podía pasar de ser un diablo a un ángel con tanta facilidad?

―Como te digo… te sacaré del problema para que no te culpen. No me conviene ―lo dijo de tal manera, que parecía no estar refiriéndose a "no me conviene porque te pueden despedir".

— ¿Qué…? ¿Qué quieres decir?

Severus curvó la comisura de sus labios burlonamente.

―No debiste haberme incluido en esto, Morgan. Cometiste un error.

Merlina abrió la boca, asustada.

―O… o sea que…

―Tú te lo buscaste. No pienso quedarme de brazos cruzados. Vamos a volver a los viejos tiempos ―la atajó Severus, girándose con brusquedad para retirarse.

Se fue, dejando a Merlina congelada en la mesa de noche.

Severus se iba a ir en su contra. Se iba a vengar. ¿En qué lío se había metido? Ahora iba a tener que luchar contra dos. ¿Se alearían, acaso? Eso sí que iba a ser una pesadilla.

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Lo que le había dicho Severus era cierto: los estudiantes hablaban muy mal de él, como si fuera el villano del cuento. De Dunstan se discutía mucho peor (desde "arrastrándose por un tipo que no vale la pena" hasta "no puede gustarle ese grasoso de Snape…", y eso era lo menos fuerte) y que era lo que Merlina había deseado conseguir precisamente. Sin embargo, de ella también se comentaban cosas, así que no había acabado impune de todo el asunto. No decían ofensas, pero sí criticaban su mal gusto (Merlina estaba demasiado feliz como para molestarse por eso, además "en gustos no hay nada escrito", pensaba), y comenzaban a comentar abiertamente de su enemistad con Dunstan ―no todos sabían que no se caían bien―. Aunque eso no molestaba ni a una ni a otra, porque era la pura verdad.

Gracias a Severus ―había que admitirlo― Merlina se había librado de alguna perorata de Dumbledore. No sabía qué le había dicho al director Severus, pero sí supo que, antes de dirigirse a su despacho, fue a aclarar las cosas con Dunstan. Evidentemente ella tampoco había querido armar revuelo. De todos modos, no tenía derecho, dado que ella le había jugado una mala pasada a Merlina con la maldita Pesadilla Patentada, o como se llame.

Agatha Dunstan no le había dirigido la palabra a Merlina luego de su "broma", no obstante, con sus miradas de basilisco le quedaba más que claro a la celadora que había triunfado, y que a su enemiga le había afectado en su monumental orgullo. Las horas de las comidas en las que se veían, no cesaban ban de fulminarse con la mirada. Merlina, sin querer, varias veces, había hecho que su varita despidiera chispas sin siquiera sacarla del bolsillo de la túnica. Era algo inevitable, repudiaba a Dunstan.

El profesor de Pociones, por otro lado, echaba vistazos insondables a Merlina, lo que a ella le causaba temor. Indudablemente, Severus estaba planeando algo contra ella, pero no actuaba de manera sospechosa y eso era lo peor. Desde luego, su humor continuaba siendo irascible y cambiante, lo que también ponía a Merlina de los nervios, porque nunca sabía cómo Severus le contestaría.

Merlina había informado a Ginny de la catástrofe con Severus ―la pelirroja hizo un esfuerzo descomunal para no sacárselo en cara y se limitó a fruncir los labios como lo hacía su madre cuando algo le parecía mal―, y le dejó en claro que no iba a entrometerse más. Severus tenía más que sabido que ella había sido cómplice y, para no armar, alboroto castigó a Ginny haciéndole lavar los excusados de la Enfermería, sin magia. Merlina, apenas se enteró, partió a defender a su amiga, pero antes de que dijera algo, Severus la había silenciado con una colérica mirada.

Éste estaba revisando trabajos, pero la pluma se partió en dos en sus manos, mientras se reincorporaba para enfrentarla.

―Es mejor así, Morgan ―farfulló apretando los labios―. Mejor no digas nada. No hagas que las cosas se pongan más feas.

¿Feas? —pensó Merlina, temerosa, tragando saliva—. ¿Las cosas ya están feas? Si ya lo están, ¿qué demonios queda, entonces?

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Durante las dos primeras semanas de noviembre, Merlina estuvo vigilando a Severus de la forma más discreta que pudo para que éste no se diera cuenta. Lo mismo hizo con Dunstan, y no halló señales de que los dos estuvieran confabulados. De hecho, no se hablaban más que en la sala de profesores, lo justo y necesario, y de lo poco que ella alcanzaba a escuchar ―cuando se quedaba ordenando el armario de las túnicas―, Severus continuaba siendo muy sarcástico. Dunstan, por lo visto, también había abandonado las visitas nocturnas a Snape, que a Merlina tanta rabia le provocaban. Ella supuso que era por el temor de que algún estudiante la viera entrando al despacho del profesor de Pociones; eso sí que daría para hablar cosas que dañarían su reputación completamente.

En el fondo de su corazón, Merlina agradecía que su plan no hubiese iniciado una amistad entre los dos profesores, pero admitía no saber qué era peor: luchar con ellos juntos o por separado. De todas maneras, Merlina estaba preparada: Ginny, a pesar de todo, se había tomado la molestia de darle ideas, aunque la mayoría se relacionaba con la utilización de los objetos de la tienda de chascos de sus hermanos gemelos. La verdad es que usar a Lord Kakadura contra cualquiera de los dos sonaba bastante tentador en caso de emergencia. Tal vez no aseguraba que la persona quedara en vergüenza, pero ésta pasaría semanas antes de no ir al baño y no le quedaría otra opción que tomarse un botellón de laxante, derivando en un buen rato en el baño con terribles retorcijones de estómago.

―Según Fred y George que tienen que combatir los efectos con medio litro de laxante; las lágrimas están garantizadas, ya sea por el esfuerzo o la explosión —comentó la Weasley.

Merlina pudo imaginarse a los dos profesores haciendo ruidos de dolor con facilidad, pero ¿con lágrimas en los ojos? Era como si le pidiera a Snape que bailara con ella frente a todo el colegio, o que Dunstan le diera un abrazo amistoso. Ni siquiera les alcanzaba para lágrimas de cocodrilo de lo tan frívolos que eran.

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Merlina solía compartir mucho con la profesora de Transformaciones en los momentos libres que les coincidían a ambas. No cabía duda de que en los tiempos en que poseyó su memoria sana charlaban sin problemas. Ella era la que se encargaba ―sin saberlo, claro― de conectar a Merlina a la realidad, porque, sinceramente, se la pasaba fantaseando sobre bromas y revanchas. En cambio, McGonagall, siempre le hablaba de las noticias ―catástrofes, más que nada― que anunciaba El Profeta.

―Ha habido muchas desapariciones ―le comentaba con preocupación en su mirada severa―. No es algo fuera de lo común, pero, si el Ministerio continúa así, sin poder poner freno a esos ataques tan evitables… A menos que el Ministerio no tenga interés en hacerlo, por supuesto. Dumbledore siempre dijo que lo primero que iba a caer era el Ministerio, y aún no sucede… Pero, para allá vamos.

Merlina sabía que no estaban viviendo buenos momentos; Severus ya se lo había mencionado un montón de veces, incluso Ginny, de vez en cuando, comentaba cosas de ese estilo. También la celadora estaba enterada de que los chicos ―Harry, Ron y Hermione―, donde fuera que estuviesen, tramaban algo relacionado con los problemas actuales. Sin embargo, la mentalidad de Merlina se obstinaba en no comprender lo que realmente exigía todo eso, y se debía precisamente a que estaba rodeada de paredes sólidas y protectoras, y sabía que podía contar con Severus en caso de gravedad extrema. O era en lo que se esforzaba por pensar.

Además, por mucho que Minerva hablara sobre el tema con esa voz de inflexible preocupación, la vida escolar era la misma de siempre: los alumnos no podían estar más cargados de deberes. Para Merlina ya era normal ver a estudiantes de quinto en adelante paseándose por la biblioteca a altas horas de la noche y cargando enormes volúmenes de un lado a otro, por eso es que no tenía caso regañarlos. Ya una vez, por haber tratado de fingir superioridad con un Slytherin de séptimo, había recibido la lección. El muchacho le lanzó el maleficio de piernas de gelatina, y estuvo media hora tratando de desencantarse a sí misma. Estuvo a punto de ir a buscar a Severus ―era casi imposible que estuviera dormido a medianoche―, pero el orgullo se lo impidió. Tenía claro también que él la ignoraría y le diría algo como "arréglatelas tú sola", como había sucedido una vez, esa vez en cuarto año…

Desde que había trabado amistad con Susan y Endora, Merlina no se separaba de ellas. Las tres iban juntas para todos lados y no se aburrían nunca de la presencia de la otra. Solían discutir a menudo por sandeces y diferencias de pensamiento, pero era algo que les relajaba y daba una pizca de emoción a sus vidas. Sin embargo, ese día, Merlina subía sola las escaleras, y no porque se hubiese peleado con sus amigas: ambas, Susan y Endora, habían tocado una planta venenosa del invernadero dos, provocándoles una alergia grave. Habían ido a parar a la Enfermería envueltas en estornudos, fiebre, falta de aire y una terrible picazón en el cuerpo. Aquél era el rumbo que tomaba la chica en esos instantes, cargada de libros y pergaminos. Llevaban apenas un día en cama y ya Merlina tenía que ir a ponerlas al tanto de la montaña de deberes que habían dejado los maestros, para que no se atrasaran.

Iba con tantas cosas en los brazos que poco veía donde pisaba.

Bueno, si me tropiezo, me levanto y recojo las cosas —pensó sin darle mayor importancia. Pero ¿qué era peor que tropezarse?: quedarse atrapada en un escalón falso. Por las cosas de la vida, eso fue lo que le ocurrió cuando estaba a punto de llegar al séptimo piso. Alcanzó a poner las manos para no golpearse en la boca. La torre de libro la tuvo que soltar, por supuesto. Los volúmenes dieron un golpe seco, y algunos continuaron descendiendo varios escalones, doblándoseles las hojas.

Merlina dio un grito ahogado y se puso las manos en la boca, temiendo a que, de la nada, Madame Pince se apareciera blandiendo su varita con aire amenazador, echando fuego por la nariz por haber estropeado sus valiosos volúmenes. Desde que en primer año había tenido ese pequeño "encuentro" por botar unos libros sin querer, Merlina tenía cierto terror a dicha mujer. Y, hasta apenas un segundo antes, no se le había caído nunca un libro en su vida de esa manera, a excepción de aquella vez.

La loca bibliotecaria no pareció, pero aun así Merlina se puso tensa. Aquella tensión no le favoreció en nada para tratar de salir del escalón falso, en el que había quedado atrapada su pierna derecha. La tenía hundida hasta la rodilla, sin embargo, algo sucedió que le hizo sumergirla hasta la mitad de su flacucho muslo.

¡Ah! ¡Estúpido peldaño! ―rabió Merlina roja como un tomate, moviendo con ímpetu su extremidad. Era como estar estancado en un montón de masa espesísima.

Miró a su alrededor, pretendiendo buscar la solución en las paredes. Algunos de los personajes de los cuadros la miraban con una sonrisita socarrona; otros, encaraban lástima.

Suspirando cansinamente se echó hacia adelante y trató de gatear, empujándose con toda su fuerza hacia arriba. Su pierna apenas se movió un centímetro y, al enderezarse, se volvió a hundir.

La chica gruñó otra vez, con los puños apretados.

De pronto, de algún lugar lejano escuchó pasos.

¡Eh! ¡Que alguien me ayude! ―vociferó, rogando porque no fuera ningún estudiante de Slytherin.

Los pasos se hicieron más apresurados y cercanos, lo que le indicó a Merlina que tenía la posibilidad de recibir ayuda.

Por favor, ―comenzó, previniendo que la persona ya iba a doblar la esquina. ¿Puedes sacarme de…? ―se calló de súbito.

Era Snape, con su tenebrosa capa susurrante. Su expresión joven y huraña se volvió burlona. La iluminación de las antorchas le hacía ver muy pálido.

¿Sí, señorita Morgan? ―preguntó con voz melodiosa.

Yo… ―las mejillas de Merlina se arrebolaron con violencia. Sus ojos, como dos escarabajos negros congelados, le helaban hasta el tuétano―. Bueno, me preguntaba si… Es que yo me atasqué…

Morgan ―interrumpió Snape exasperado―, le ruego que module, porque no le entiendo nada de lo que está tratando de comunicarme.

Merlina apretó la mandíbula evitando enojarse. Debía de haber previsto que Snape iba a burlarse de ella. Debía calmarse…

¿Mepuedeayudar? ―dijo con rapidez―. Es que me atasqué en el escalón falso.

Una mueca surcó la cara de Snape, fingiendo haberse dado cuenta recién.

Ya veo ―comentó.

Una estela de silencio cruzó en el ambiente.

Eh… ¿me ayuda? ―inquirió Merlina frunciendo el entrecejo.

Snape acentuó su sonrisa y su vista acarició los libros que estaban en el suelo.

No ―la respuesta fluyó sin preámbulos.

¿No?

La chiquilla abrió la boca sin poder creerlo. ¿No la iba a ayudar? ¿Aun viendo que estaba atascada? ¡¿Qué demonios le ocurría a ese hombre?!

No ―reiteró Snape. Dio un paso hacia atrás―. Es su problema, Morgan. Arrégleselas como pueda. Y procure dejar los libros impecables, si no desea que Pince le castigue… ―chasqueó la lengua.

Dicho eso, giró sobre el talón de sus zapatos lustrosos y se fue a paso militar, desapareciendo por donde había llegado.

Oh… ¡maldito seas, desgraciado! ―chilló Merlina a los pocos segundos, sin pararse a pensar si se había alejado lo suficiente como para no escucharla.

¡Diez puntos menos para Ravenclaw! ―se oyó la voz de Snape desde las lejanías, provocando eco. La sangre le bulló a la chica.

Tal vez fue magia accidental, porque su pierna salió como la cuchara de una jalea al lanzarse hacia el lado para asirse al pasamano.

Dejando la ira de lado, obedeció a Snape y se preocupó del estado de los libros, porque no deseaba tener problemas con el buitre de Pince.

Llegó media hora más tarde al encuentro con sus amigas en la Enfermería gracias a Snape.

Las aletas de la nariz se le inflaron al resoplar tan fuerte. La culpabilidad por haber utilizado a Severus desapareció en un dos por tres. ¿Después de todo lo que le había hecho cuando adolescente iba a tener que martirizarse? No.

El recuerdo fluyó como gasolina: al más mero indicio de ser atacada por Severus, se iría con todo, sin el temor de "se puede enojar y me va a odiar por el resto de su vida". Además, sobre todo, él la seguiría queriendo.

¿O no?

No le dio más vueltas al asunto y fue a hacer una segunda ronda por la primera planta.