Capítulo 28: Mentiras verdaderas

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El sábado en la mañana, se realizó el primer partido de Quidditch de la temporada. Merlina pudo contemplar el juego y la sensacional atrapada de la Snitch de parte de Ginny, que jugaba en el puesto de buscadora. La derrota de Slytherin hizo que Snape estuviera especialmente cortante (más de lo acostumbrado) y no quiso mirar a la cara a Merlina durante el día completo, sólo por ser amiga de Ginny.

La verdad es el que profesor no se estaba esforzando demasiado para buscar alguna idea para vengarse, una que no fuera ni humillante ni cruel. No era realmente necesario para su ego irse en contra de ella, pero la única manera de conectarse un poco con la Merlina del temperamento fuerte, y también, para sentirse menos ignorado por ella, era haciéndola salir un poco de sus casillas. Debía reconocer, sin embargo, que le había molestado mucho lo que había hecho esa última vez. Por un momento sintió que permanecía a su lado sólo por interés y lástima, para no dejarlo solo. Sabía, claro, que no era así, porque sus ojos reflejaban otros sentimientos más sensatos. De todas maneras… si hallaba la manera de darle un escarmiento sobrio y libre de riesgos, lo haría.

Por curiosidad revisó el anuncio que ponían los gemelos Weasley en El Profeta para ver qué artículos interesantes ofrecía. Le resultó muy atrayente comprar el "Pellejo Falso: ¿quieres andar desnudo, pero temes a que te traten de inmoral o agarres un resfrío? ¡Ha llegado la solución! Éste traje te proporcionará abrigo o frescura según la época, y será imposible que te lo reprochen: al fin y al cabo, sigue siendo ropa". No se mostraba ninguna imagen alusiva en la página, pero Severus pudo imaginarse el traje sin problemas. A los segundos se arrepintió: Merlina, a pesar de que su físico no fuera el de una modelo, era lo suficientemente atractiva para robar miradas y no le agradaba la idea de que se estuviera paseando desnuda por el castillo, aunque fuera con una piel falsa. Eso era algo que prefería verlo en privado y que creía sólo merecer presenciar él.

Sin embargo, cuando menos esperaba alguna señal sobre qué hacer, ocurrió. Era simple, y lo tenía prácticamente delante de sus narices: utilizar un poco de filtro de la Mentira Verdadera. Hacer que Morgan revelara algunas cuántas cosas incómodas era algo que siempre le divertía, pero sería mucho mejor si contaba cosas que no fueran ciertas.

Sí, sí… eso haría. Y dejarla en vergüenza delante de los profesores, el lunes por la mañana, sería más que perfecto. Sólo tenía que deslizar un par de gotas en su desayuno… Y listo.

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Las mañanas de los lunes siempre iba a ordenar las túnicas de repuesto del aula de profesores, cambiando las sucias por las limpias. Luego de hacerlo, escuchaba el inicio de las conversaciones de los docentes y se iba a dormir. Pero algo cambió en algún instante del desayuno, como si deseara decir cosas… decir verdades de la gente. Cosas que los demás debían saber y que ella necesitaba expresar fervientemente. Por ejemplo, aquel muchacho de Slytherin, de cuarto año, tenía un tatuaje de león en el trasero, porque su real afición había sido entrar a Gryffindor… y esa niña de Hufflepuff, de quinto año, se había operado la nariz, estaba segura de eso. Y aquél Ravenclaw de séptimo estaba enamorado de su amigo…

―Morgan ―masculló una voz masculina en su oído, de la nada. Sobresaltada miró de soslayo. Era Severus, y estaba apostado tras su silla, con una mano en el respaldo―, veo que has terminado de desayunar. ¿Vamos a la sala de profesores?

―Eh… sí… Sí ―replicó súbitamente confundida. Se puso de pie y le frunció el entrecejo a Severus.

También tenía unas cuantas cosas que decir de Severus … Como, por ejemplo, que las calificaciones en los trabajos las ponía al azar, y que solía dormir con un oso de felpa a su lado, y que era adicto al vino de elfo y guardaba cien botellas bajo la cama, se comía los mocos, y muchas otras cosas más que tenía que contarlas…

―Merlina… ―susurró Severus lanzándole una mirada por el rabillo del ojo, sin ella captar el tono malicioso de su voz―. Si tienes que decir algo, dilo. No pasará nada…

—¿Cómo sabes que tengo algo que decir?

—Tu expresión te delata. Pero, adelante, con confianza.

―¿Sí?

―Sí ―contestó el profesor asintiendo con la cabeza y dedicándole una sonrisa amable. ¿Amable?

Merlina no estuvo muy segura de hacerlo… ¿y si se metía en algún aprieto?, pensó, mientras sacaba las túnicas limpias de la cesta que habían dejado los elfos domésticos.

Los profesores comenzaron a llenar el aula, ocupando uno a uno los puestos alrededor de la larga mesa de madera, incluso Binns, el profesor fantasma de la aburrida Historia de la Magia. Firenze nunca se presentaba, Hagrid prefería quedarse preparando las clases y hacer su papel de guardabosque, y la profesora de Adivinación bajaba rara vez de su torre.

En media hora iban a comenzar las clases.

―Me temo ―comenzó Dumbledore con su voz profunda y afectada―, que durante diciembre se retirarán varios estudiantes del establecimiento. Las noticias de El Profeta han sembrado el pánico, y creo que todavía no viene lo peor. Mientras tanto debemos continuar con normalidad, y no por ocultar cosas a los estudiantes, sino porque la única manera de prepararlos para el futuro es enseñándoles y…

Merlina, estaba escuchando atentamente las palabras del director, pero de pronto, recordó algo: era hora de decir la verdad. Sonoramente se aclaró la garganta, tomando la atención de todos. Cada una de las cabezas se giró hacia ella con expresión inquisitiva.

―¿Qué sucede, Merlina? ―preguntó el director con cortesía, entrelazando sus largos dedos y mirándolo con esos ojos azules tan intensos.

―Yo… Yo he decirles algo ―tartamudeó, dejando caer la túnica que tenía en la mano, y se acercó hacia la mesa tras el respaldo de la profesora Vector.

Albus arrugó el entrecejo, Minerva arqueó las cejas, Dunstan bufó y Severus se mordió el labio, evitando sonreír. Los demás tenían expresiones similares a las dos primeras.

―¿Qué es, Merlina? ―la alentó la profesora Sprout.

―Es que… el rumor de que Voldemort quiere armar una guerra es falso. ―La mitad de los presentes dieron un respingo, incluido Severus, que se agarró el antebrazo izquierdo con fuerza―. Es una conspiración de los estudiantes para dejar los estudios ―puntualizó, abriendo mucho sus ojos castaños.

McGonagall abrió la boca para replicar algo, pero Dumbledore le hizo un gesto con la mano para que se callara.

―¿Cómo sabes eso, Merlina?

―Es la verdad. Sólo… sólo lo sé y ya. Y también deben saber que…

―¿Sí?

Tenía que confesarse… tenía que hacerlo, por el bien de todos. Al fin y al cabo, la verdad siempre triunfaba por sobre todas las cosas. Cerró los ojos con fuerza.

―Soy una Mortífaga.

Hooch escupió el agua que estaba bebiendo de su vaso y Binns carraspeó con fuerza, para decir un alterado "¡Pero qué cosas dice, señorita Myers! "

―¿Qué te sucede, Merlina? ―le espetó Minerva, evidentemente molesta.

―No me sucede nada… Sólo siento que tengo que decir la verdad… Y la verdad, también, es que no me gusta para nada ese sobrero ridículo que usa usted, profesora.

Minerva abrió la boca ofendida. ¿Por qué reaccionaba así? ¡Decir la verdad era algo bueno! Lo decía por su bien…

―¿Qué más tenemos que saber, Merlina? ―preguntó el director sin dejar de sonreír.

Merlina tomó aire y comenzó a hablar casi con monotonía.

―Su barba tiene piojos, director. ―Se volvió hacia el pequeño Flitwick―. Usted tiene un romance con la profesora Sprout ―ambos aludidos soltaron un grito ahogado y se miraron―. La profesora Babbling es licántropo ―la maestra de Runas antiguas recibió con una fuerte tos aquella declaración, lo que se asemejó más a una risa―. La profesora Charity Burbage es muggle; Severus duerme con un oso de felpa y es adicto al vino de elfo… Y tiene tatuado mi nombre en un lugar privado ―Severus se tapó la cara con ambas manos. Merlina pensó que representaba vergüenza, pero estaba a punto de estallar en carcajadas―. Y Dunstan… ―el arrogante rostro de la sobrina de Umbridge se volvió hacia ella completamente amenazador―. Dunstan es mi hermana perdida ―las facciones de la mujer se relajaron―, y es lesbiana ―agregó Merlina moviendo la cabeza con pesar de arriba a abajo.

Antes había silencio, pero hasta el silencio pareció ser absorbido en ese instante. De pronto, Albus liberó una sutil risita, mirando de reojo a Dunstan y a Severus fugazmente.

―Yo no encuentro que esto sea gracioso ―saltó la profesora de Transformaciones, viendo a Dumbledore con reproche.

―No, claro que no lo es porque, a Merlina, le han hecho un encantamiento Confundus, o algo por el estilo ―replicó Dumbledore repentinamente serio.

―¡Yo no tengo nada! ―se defendió Merlina―. Estoy en perfectas condiciones.

Dumbledore suspiró y, luego, con voz abatida, agregó.

―Bien, profesora Dunstan, ¿podría usted desencantarla?

Dunstan miró al barbudo director como si se hubiese tragado un limón de pica.

―Por supuesto que no ―chilló.

Merlina abrió la boca, horrorizada. ¿No que con Dunstan habían hecho las paces?

—Te acabo de ayudar a salir del closet, hermana… —replicó Merlina, dolida.

―Yo me hago cargo ―terció Severus colocándose de pie y caminando hacia la puerta―. Vamos, Morgan ―añadió observando a Merlina por el rabillo del ojo.

En el momento en que la puerta se cerró cuando estuvieron fuera del aula, los comentarios se desataron como balas de cañón a toda velocidad.

―¿Qué es lo que sucede? ¿Por qué todos tenían esa cara de enojados? ―comenzó a preguntar Merlina agarrando la manga del brazo derecho de Severus con cierta insistencia.

―No estaban enojados, sólo sorprendidos ―mintió Severus cansinamente.

―Pero ¿qué es eso de que estoy encantada?

―Nada.

―¿Nada?

―No. Y ahora me acompañarás a la clase. Te necesitaré para que recolectes los trabajos y ―su voz suavizó― podrás decir unas cuantas verdades más…

Los ojos de Merlina se iluminaron: ¡eso era lo que quería, decir verdades!

Los estudiantes se sorprendieron de ver a Merlina allí cuando entraron. Sabían que la celadora mantenía una relación con Snape, pero eran contadas las veces que iba al aula. Estaba apostada tras Severus, apegada a la fría pared sin ventana, con los brazos tras la espalda y los ojos entrecerrados, analizando a cada uno mientras se ubicaban en los pupitres, frente a sus calderos roñosos.

Snape se puso de pie y con su voz imperiosa reclamó orden y silencio absoluto. Todos se prepararon para escuchar las instrucciones de la poción a preparar y anotar los ingredientes en sus cuadernos, pero la rutina cambió.

―Como podrán ver, Morgan está aquí.

Merlina al escuchar su nombre dio un respingo y se adelantó ante la clase. Los Slytherin la miraron con asco.

―Y Morgan ―continuó Severus dirigiendo a todos una cínica sonrisa― quiere hablar con ustedes.

Los muchachos se dirigieron miradas de desconcierto unos a otros.

―Adelante, Morgan ―incitó Severus con voz de peligro encubierto―. Revéleles a los alumnos lo que con tanto fervor desea sacar a la luz…

Merlina dio otro paso hacia adelante y comenzó a decir una sarta de incoherencias contra los presentes, cosas que eran falsas, por supuesto.

―Tú tienes seis dedos en cada pie. Tú tienes un romance con el chico que está allá. Odio como te queda la falda a ti, pareces una bruja barata, y te lo digo de corazón. Tú usas placa, porque no tienes dientes. Tú te hiciste un implante muggle de busto. Tú te comes las uñas de los pies. A ti te odio, tú me caes mal, a ti no te conozco… Tú tienes un dragón escondido en el fondo de tu baúl, tú eres un animago no registrado, tú estuviste en Azkaban por atentar contra muggles, tú eres un tarado, tú mojas la cama durante las noches, tú aún usas pañales, tú coleccionas ropa interior de mujer…

Estuvo durante quince minutos diciendo cosas como esas, y tal vez, peores. En un inicio cada uno recibió el comentario como una bofetada y, luego, comenzaron las risitas de burla y los comentarios en voz baja. A Merlina no le importó; una vez que hubo comenzado, nada le podía distraer.

―Y, tengo que confesarles también que yo… ―hizo una pausa para inflar los pulmones con abundante aire― soy Mortífaga.

Por unos cuantos segundos, los grillos cantaron. Y luego, las risas fueron las que salieron a flote,

―¿Ella? ¿Ella Mortífaga?

―¿Está loca?

―¡No puedo imaginármela!

Pero al ver la seriedad de Merlina, se callaron casi de inmediato, algunos muertos de terror. Otros tantos la miraron con interés inusitado.

Severus, por otro lado, no esperaba que finalizara con ese detalle, y cuando lo dijo se puso pálido como la cera. Se adelantó hacia ella.

―Bien, creo que ya has dicho suficiente, Morgan.

―Ya terminé ―repuso ella con entusiasmo.

―No quiero que vuele una mosca ―amenazó a la clase.

Severus la tomó del brazo y se la llevó al despacho por la puerta que lo conectaba con el aula. Merlina se percató de su cara y se preocupó.

―¿Se te acabó el vino de elfo?

Severus bufó. Se dirigió hacia su despensa de pociones con aspecto descompuesto y extrajo un frasco pequeño.

―Toma, bébete esto ―le indicó con premura.

―¿Qué? ¿Por qué? Yo no quiero beber vino de…

―¡No es vino de elfo! ―estalló Snape―. Bébelo ya.

Merlina bebió el contenido del frasco sin chistar. Tal vez Severus necesitaba sentirse acompañado por alguien que bebiera junto a él…

Se derrumbó justo encima de una butaca, dormida.

Lamentablemente el efecto de la poción que le había dado Severus no tenía cura, a menos que se esperara tres horas y el único camino que le había quedado había sido darle un poco de poción para dormir.

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Merlina, a los cinco minutos de seguir con su trabajo aquel día lunes en la tarde, supo de las estupideces que había dicho en clases. En Hogwarts era imposible que algo como eso quedara en secreto, así que, cada vez que se paseaba por los corredores abarrotados de estudiantes, se le quedaban mirando, ya fuera con lástima, burla o curiosidad. Fue tan inesperado recibir la noticia, que tardó en sonrojarse y ponerse furiosa. Tuvo que juntar fuerzas para no atacar a los estudiantes para que se callaran. El profesor Binns se encargó de reprocharle la actuación en la sala de profesores, así que tuvo que pedir disculpa a cada uno de los profesores que había estado presentes en la reunión, excepto a Severus y Dunstan. Tenía temor a que Snape le regañara haber hablado mal de él, pero no se disculpó con la maestra de Defensa, porque estaba casi segura de que ella había sido la mente siniestra de ese plan. Sin embargo, cuando Ginny llegó a sacarle en cara la consecuencia, supo que no había sido ella la culpable.

―Te lo dije. ¡Ahora no paran de decir que eres una ridícula! Y para peor, algunos hasta se tomaron un poco en serio lo de que eres Mortífaga…

Merlina estaba en el Vestíbulo, limpiando los pasamanos de la escalera de mármol con magia, de tan mala gana, que en cualquier momento le sacaría un ojo a alguien.

―Sí pero, de todas maneras, no ha sido una trampa muy buena ―gruñó Merlina―, esa Dunstan me las va…

―No estoy hablando de Dunstan ―la atajó Ginny―, ¡sino que de Snape!

―¿Qué?

―Snape fue el que te tendió la trampa, no Dunstan. Snape fue el que te hizo hacer el ridículo en la clase de pociones. Además, que un elfo doméstico llamado Dobby me dijo que lo había visto entrar a la cocina a la hora del desayuno. ¡Seguro que allí puso algo en tu taza!

―Nunca pensé que… Nunca pensé que Snape fuera en serio. ¡No puede haberme hecho esto! ―chilló Merlina guardándose la varita en el bolsillo con tanto ímpetu, que atravesó la tela.

Ginny reparó el agujero por ella, que estaba demasiado alterada como para hacerlo.

―¿Y qué vas a hacer ahora? ―inquirió la pelirroja.

―¿Que qué voy a hacer? ¡Voy a hablar con él, por supuesto! ¿Te imaginas que alguien me ataca porque de verdad cree que soy Mortífaga? ¡Además que dije muchas cosas horribles, la mitad de Hogwarts ahora me odia!

Se encontró con Severus a mitad del pasillo donde estaba su mazmorra. Sus finos labios se curvaron en una sonrisa burlona al ver a Merlina acercarse con esa pinta de bomba a punto de estallar.

―¡Esto no es justo! ―le espetó Merlina―. Lo que hice yo fue malo, lo sé, ¡pero esto es muy cruel!

―Te lo advertí, Morgan. Tú tendrás que lidiar sola con aquellos estudiantes que te detestan ahora. Además, que te conste que no hice nada grave en comparación a las bromas de años anteriores. Estamos a mano. Si quieres vengarte… adelante ―incitó Severus en un murmullo. Sus labios se movían muy poco.

Merlina pensó en rebatirle más, pero el hombre le cerró la puerta en las narices. La joven, ofendida, se fue lo más lejos del despacho, haciendo el esfuerzo para juntar sus neuronas y maquinar un plan e irse contra él. Sabía que era infantil, pero no iba a permitir que la humillara y la tratara como a una mocosa malcriada y…

Horas más tarde caminaba por el sexto piso y los únicos pasos que resonaban eran los de ella ―los demás estaban cenando; ella iría a las cocinas más tarde y volvería a comer en el Gran Comedor cuando cesaran los incómodos comentarios―, cuando, de pronto, algo más se oyó. Se dio la vuelta, alerta. ¿Alguien la seguía?

El corredor apenas se iluminaba por el fuego de las antorchas encendidas. Aguzó el oído para escuchar más allá de lo obvio… Podía mirar el Mapa y sabría, pero…

¡Pum!

Un ruido lejano de una puerta cerrarse resonó en el ambiente. Merlina corrió con la varita empuñada al lugar de origen. Fue fácil encontrar el aula en cuestión, ya que algo había dentro que hacía que retumbara una especie de mueble… ¿Sería Peeves?

―¡Lumos! ―exclamó girando el pomo e internándose en el aula en desuso. Lo que repicaba era un armario polvoriento en el fondo.

Se enderezó, aún con la varita en alto, lista para enfrentar al poltergeist, que de seguro quería gastarle una broma, para asustarla y agarrarle la nariz… Abrió la puerta y se alejó rápidamente para poder estirar el brazo y atacar.

Pero del interior no fue Peeves el que salió, sino Severus, mirándola con sorna. Merlina iba a decir algo mordaz, mirándolo furiosísima, pero éste, de la nada, se comenzó a incendiar, como si la llama la hubiese lanzado Merlina a través de los ojos.

Snape se derrumbó en el suelo.

A Merlina se le cortó la respiración y se puso una mano en el pecho adolorido por tales violentos latidos que daba su corazón, mientras con la otra señalaba a Severus espasmódicamente, blandiendo la varita. Su cara estaba contorsionada en un grito mudo.

No podía ser… Ella no lo había hecho, y Severus no era capaz de prenderse fuego a sí mismo… No podía hacerle esa broma… Y ella no podría… Magia involuntaria… Imposible…

¡Y habían peleado antes! ¡Oh, no! Ni siquiera podía pensar bien de lo culpable que se sentía… Parecía que su vida se estaba yendo en esos últimos segundos en un intenso miedo, sin saber qué hacer… Había pensado tan cruelmente de él…

―Agua… Aguamen…. ―balbuceó con la barbilla temblando. La voz no le daba para más.

Severus se estaba quemando delante sus ojos y ella no estaba haciendo nada… Ni siquiera podía lograr un conjuro para lanzar agua…

Tomó aire otra vez, cumpliéndose el octavo segundo desde que aquella horrorosa visión había comenzado. Reiteró el encantamiento. De todas maneras, había algo extraño en la situación. Algo no calzaba.

¡Tam!

La puerta del aula, que estaba semicerrada, se abrió de un golpe. Peeves entró flotando y jugando con su sombrero de cascabeles, haciéndolo resonar de manera siniestra.

―¡Si no es Merlina la partidaria de Lord Estúpido! ¿Qué hace…? ―Se paró en seco, observando la situación con ojos entornados.

―Peeves, yo… ―Merlina no tenía idea qué pensaba decir, no tenía nada en su cabeza, estaba perdida, se sentía mareada…

―¡MERLINA MORGAN ES UNA ASESINA! ―gritó a todo pulmón el poltergeist tras tomar una gran bocanada de aire―. ¡MERLINA MORGAN ESTÁ QUEMANDO A UNA PERSONA! ¡EN EL SEXTO PISO! ¡ASESINATO EN EL SEXTO PISO!

El pequeño bufón dio tales aullidos que hizo apostar a Merlina, en una minúscula partícula de su cerebro, que se había oído en todo el colegio.

Dirigió su mirada una vez más a la masa deforme y crepitante tapada por las llamas. Había asesinado a Severus, eso no podía ser… Era una maldita pesadilla. Aquella era la respuesta, ese era el único camino.

Y, esta vez, fue ella quien se derribó en la fría piedra gris del suelo, perdiendo el conocimiento, antes de sentir el estómago revuelto y las piernas de jalea.

Despertó, minutos más tarde, en el mismo lugar rodeada de personas. Muchos eran estudiantes y Peeves seguía flotando boca abajo dos metros arriba de Merlina con una ancha sonrisa. La profesora McGonagall estaba arrodillada a su lado y le había estado dando golpecitos con la palma de la mano en su cara sudorosa.

Los muchachos susurraban cosas y se reían por lo bajo. Violentamente Merlina recordó porqué estaba allí tirada. El corazón se le aceleró nuevamente.

―Yo… Profesora… Yo maté, pero yo no quise, yo no sé por qué… Yo… ―comenzó a explicarse de manera frenética, con los ojos anegados de lágrimas, sin saber por dónde empezar, sin saber qué sentir; estaba perdida. A su mente llegaban imágenes pasadas a una velocidad impresionante.

Antes de que pudiera llegar más lejos, la mujer ya había alzado una mano para silenciarla.

―Era un boggart, Merlina. No era más que un boggart ―explicó ella comprensivamente. ¿O era lástima?

Merlina aún podía oír los latidos de su corazón bombeando en sus oídos, pero al menos una ola de paz le traspasó el cuerpo, borrándole instantáneamente las lágrimas de los ojos.

Había sido un boggart... Un maldito boggart… Entonces, ¿su boggart era ese? ¿Ver a Snape quemándose? Otra ola, pero de alivio, le llenó el cuerpo. En el fondo de su corazón, todavía existía una conexión potente con el profesor de Pociones. El romance no estaba del todo perdido. Aún había posibilidades de volver a la normalidad…

―¿Te sientes bien? ¿Quieres ir a la Enfermería? ―ofreció Minerva con preocupación contenida.

―No… no… Oh, Dios… ―susurró suspirando. Estaba pálida y con un aire enfermizo. Luchó por controlar sus tripas.

―¿Segura que te sientes bien? ―insistió la profesora mirándola con severidad.

―Sí, me siento… ¡Severus! ―El hombre en cuestión acababa de hacerse camino entre la masa de estudiantes. Parecía despreocupado.

―¿Qué es lo que pasa, Minerva? Me dijeron que Morgan estaba causando incendios ―expresó socarronamente.

―Será mejor que ella misma te lo explique ―replicó reincorporándose.

Merlina con cierto esfuerzo se puso de pie y corrió hasta él, abrazándolo sin tapujos, sin importarle el comentario sarcástico, ni que antes hubiese sido antipático con ella… Luego de una visión así, cualquiera dejaría pasar la situación.

―¡Vamos! ―dijo Minerva a los estudiantes para que vaciaran el aula, pero sólo algunos cuantos obedecieron.

―¡Fuera de aquí! ―rugió Snape girando la cabeza hacia los que seguían observándolos.

Los jóvenes se sobresaltaron y se apresuraron a salir, cerrando la puerta tras ellos.

―Tú también, Peeves ―añadió Snape amenazante.

El poltergeist le sacó la lengua con descaro y también desapareció.

Merlina estaba fuertemente aferrada a su cintura, con la frente apoyada en su hombro.

―¿Me puedes soltar y explicar qué demonios estabas haciendo con fuego?

Merlina se separó de él, decidida a no enojarse. Ya habían reñido, y había recibido la lección, así que lo mejor era no perder la calma.

―Escuché ruidos y vine… Abrí el armario y saliste tú… Bueno, no eras tú, era un boggart que tenía tu forma, y de pronto… te comenzaste a incendiar… Y luego llegó Peeves y gritó, culpándome de que te había asesinado y me desmayé ―Severus resopló cansinamente―. Sé que fue Dunstan ―añadió Merlina cabizbaja.

―Ah. Bien, problema resuelto ―se dio media vuelta para retirarse.

Merlina se quedó echando raíces por unos instantes.

―¿No vas a decirme nada?

Severus se volvió para fulminarla con la mirada.

―No voy a consolarte por un problema en el que te has metido tú ―puntualizó éste sin dar muestras de simpatía ni de sensibilidad.

Merlina no pudo dar crédito a la actitud idiota de Severus. ¡Había sufrido por él y ni siquiera le había brindado una palabra de consuelo! La poca alegría que había sentido se esfumó como vapor en el aire.

Entonces comprendió su actitud: él deseaba que ella continuara vengándose, porque así podía sentirse como en los viejos tiempos, ¿no? ¡Cómo si eso fuera a ayudar! ¿Cuándo se iba a dar cuenta que ella era la misma? ¡Era la única Merlina, no había otra!

―Soy la misma. ¡La misma! ―se dijo a sí misma.

Fue como si un saco de frustración de cinco veinte le cayera encima de los hombros, pero eso no le hizo posible desviarse del pensamiento que le atacaba con mayor fuerza: Dunstan había puesto el dedo en la llaga, y con ese tipo de cosas no se jugaba. Y si ella atacaba dando golpes bajos como aquél, ella podía actuar de manera similar, dándole de su propia medicina. Eso de haberle dejado enfrentarse con un boggart era algo bajísimo.

Ya… tenía que pensar en algo para hacerla caer y que divisara un boggart, al menos que se consiguiera otra criatura para hacerla sufrir un poco. O hacerla sufrir bastante. Debía hacer algo.