Capítulo 29: La fobia de la enemiga

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Olvidándose de Severus, se arregló la túnica y fue al despacho de Dunstan, sin molestarse en tocar la puerta. Ella estaba con un traje de ejercicios muy abrigador, parada en el centro de su oficina, con una pesa en cada mano, y no se sorprendió al verla. Lástima para Merlina, que había tenido la esperanza de que una de las mancuernas se le cayera en un pie producto de la sorpresa.

―No sé cómo lo has averiguado, aunque no es un secreto, la verdad, porque sé que el año anterior se enteraron muchos de mi… pasado ―comenzó Merlina intentando sonar lo más amenazante posible, aunque su cara sombría ya representaba cómo se sentía. Dunstan frunció el entrecejo, desorientada―. Pero has cometido un grave error al jugar con mis miedos, y lo vas a pagar. Lo que me hiciste es algo repugnante.

Dunstan soltó descaradamente una carcajada de villana.

―¿Qué? ―le espetó tornándose seria de súbito―. ¿Me vas a acusar con Snape esta vez o con tu mamá?

La ira inundó a Merlina, y como acto reflejo desenvainó la varita y señaló a Agatha. Ésta, que tenía buenos reflejos, lanzó las pesas al sillón de atrás y sacó su varita, que estaba en el elástico del pantalón.

―¡Cómo te atreves! ―le espetó Merlina luchando por controlarse. ¿Cómo podía existir una persona tan repugnante? ¿Cómo podía mencionar a su madre, cuando debía tener más que sabido, a esas alturas, que se había quedado sin familia en su adolescencia?

―¿Cómo me atrevo a qué? ―bramó Dunstan sin bajar la guardia.

Merlina cerró los ojos unos segundos, bajando la varita con cuidado.

―No puedo creerlo… ―farfulló guardándose la varita en el bolsillo otra vez; debía tener cuidado. La ira no le haría mejorar en defenderse―. Eres una mujer detestable ―le soltó Merlina con odio.

Sin dejarla replicar, se marchó de allí dando un portazo y haciendo temblar los cuadros cercanos del pasillo.

―¡Ese genio! ―le espetó un hombre bigotudo que estaba meciéndose en una butaca, tallando un caballito de madera con una navaja.

Merlina lo pasó por alto, pero se permitió hacer un gesto grosero con una mano.

Esa misma noche iba a dedicarse a buscar algo con lo que pudiera darle un escarmiento a Agatha Dunstan. No iba a soportar que se burlara de ella de esa manera.

Una buena opción sería que la tire al lago congelado y ya, o que la empuje de una torre, o que se la dé de alimento a un dragón. Pero lo mejor será asustarla…

―Como ella lo hizo conmigo ―añadió en voz alta.

Bajó a comer a las cocinas ―los elfos la atiborraron de comida sabrosa―, para luego continuar con su tarea de vigilante. Distraídamente limpió y ordenó algunas aulas, e incluso ignoró a Peeves que molestaba a unos estudiantes de tercero de Ravenclaw lanzándoles bolas de chicle que había recolectado de debajo de las mesas y que las llevaba en su sombrero colorido de cascabeles. La mente de Merlina trataba de trabajar a toda velocidad en las cosas más absurdas y crueles para vengarse de Dunstan, como meterle la cabeza en un retrete sucio hasta ahogarla o hacerle la maldición Cruciatus directamente. Sin embargo, ninguna de las dos cosas iba con ella, y no tendría las agallas suficientes como para efectuarlas. Simplemente, tenía que enfrentarla con algún miedo…

Sintió una cosquilla en la mano derecha. Sobresaltada la sacudió y cayó una araña de tamaño mediano al suelo. Un escalofrío le recorrió el cuerpo al darse cuenta de que esa asquerosidad de ocho patas había caminado en el dorso de su mano. Entonces una fugaz imagen atravesó su mente: Hermione y Ginny junto con ella, en el interior de una tienda de campaña. Ellas le estaban narrando cosas de su pasado, como que una vez Snape casi la había matado del susto mediante una poción que le hizo creer que había arañas por todos lados. Merlina se sintió asqueada del sólo recordar, pero, a la vez, fue como si una vela se prendiera sobre su cabeza con la luz más potente. ¿A qué le temía Dunstan? No podía ser tan frívola como para no tener miedo a nada… Algún punto débil debía tener: ¿reptiles? ¿Roedores? ¿Aves? Siempre había algo, y ella trataría de averiguarlo. Sin embargo, su plan no se basaba en algo falso: en el caso de que tuviera miedo a las arañas, igual que ella, se encargaría de recolectarlas y soltarlas en su cama. Si trabajaba con lo que no le gustaba dándole una utilidad, tal vez perdiera el miedo… Todo haría por darle un escarmiento.

Pensó en solicitar ayuda a Ginny para que le sonsacara a Dunstan información, pero luego caviló que ya la había entrometido lo suficiente en todo el asunto para crearle problemas. Y si la pelirroja tenía ya a Snape como "enemigo", no podía poner a Agatha en su contra también. De todas maneras, siempre había cosas mucho más sencillas: averiguarlo mediante coincidencias, por ejemplo.

Al día siguiente en la mañana, cuando recorría el camino hacia el despacho para dormir, una lechuza la alcanzó soltando encima de su cabeza un pergamino enrollado con una cinta roja. Era extraño ver a las lechuzas volar por el mismo castillo, a excepción del Gran Comedor cuando las aves arribaban para hacer entrega del correo matutino.

―Dumbledore ―farfulló creyendo que sería la estilizada y pulcra caligrafía del director la que vería plasmada en el pergamino. Sin embargo, era una letra que jamás había visto, muy tosca para ser del director, demasiado desordenada y dispareja. No hizo falta que se estrujara el cerebro para adivinar quién había sido el autor; el nombre salía al final del enunciado.

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Morgan, necesito que vengas a limpiar un criadero de polillas que se ha gestado dentro de uno de mis armarios. Ahora ya.

Dunstan.

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La nariz de la celadora expulsó el aire con ganas. ¿Así que dando órdenes? ¿Y por limpiar un miserable nido de polillas? Le habría encantado negarse, pero uno de sus deberes era "ayudar a los maestros cuando lo necesitaran". No podía cometer errores en su trabajo; ya estaba con el expediente algo sucio. La lucha con Dunstan, claro, no se contaba entre esos "errores".

Cambió de rumbo de malas pulgas. Los estudiantes que tenían clase con la profesora de Defensa ya estaban esperando fuera del aula. Las cabezas se giraron hacia la celadora, expectantes, cuando llamó a la puerta del despacho con aspecto ceñudo.

―Buenos días, Morgan ―saludó con cinismo la mujer cuando Merlina entró―, no tuve oportunidad de saludarle en el desayu…

―Mira ―interrumpió Merlina con las mejillas coloradas―, vine a lo que me pediste, Dunstan, no me hagas perder el tiempo.

Los ojos redondos de Dunstan se entornaron a tal punto, que parecía que tenía rendijas de alcancía. Su boca alargada formulo una media sonrisa.

―¿No que nos tratábamos de "usted"? El "tú" te suena demasiado impropio.

―Eso era cuando creí que te debía tener algún respeto, y no te hagas la graciosa ahora, no me he olvidado de lo de ayer ―le soltó Merlina sin pelos en la lengua. Estaba harta de esa mujer. Merlina hizo el amago de retirarse.

―Espera ―replicó Dunstan súbitamente seria ―. Está bien, ven.

Condujo a Merlina hasta su habitación carente de adornos, y señaló en un rincón un armario muy angosto, pero de más de dos metros de altura.

―En el lado derecho están ―avisó―. Ahora tengo que ir a dar clases.

―¿Por qué no te deshaces tú de ellas? ―inquirió Merlina sintiéndose un poco asqueada.

―No las soporto ―dijo con rapidez haciendo una mueca de asco, como si se hubiese mordido un limón de pica con mucha sal―; y sácalas todas, Morgan, porque si no le diré al director que no haces bien tu trabajo.

Lo último lo dijo con tanta amabilidad, que no hacía más que expresar cuánto detestaba a Merlina. Dio media vuelta y se retiró.

A ella no le importó. Su vista se había clavado en la oscura puerta derecha que ocultaba esos asquerosos bicharracos de alas grises, que soltaban polvillos de aspecto mortífero cuando se les aplastaba. "No las soporto" le había confesado Dunstan. No era un comentario a la ligera… Era algo real, algo preocupante incluso. ¿Y si…?

Una sonrisa enorme se dibujó en la cara de Merlina y no evitó relamerse los labios.

―Sé que terminaré pagando caro ―farfulló aproximándose con lentitud al armario―; pero prometí a mí misma no quedarme de brazos cruzados… Tengo que hacer la prueba.

Aguardó hasta la noche para continuar el trabajo, pero al menos ya tenía a las siete polillas capturadas en un frasco de cristal bajo un encantamiento de oxígeno para que lograran sobrevivir. Se agitaban febrilmente batiendo las alas, chocando unas contra otras. No eran grandes, aunque un hechizo aumentador sería suficiente para hacerlas más espantosas.

Tuvo que ocultar bien el tarro bajo su túnica para que Severus no la viera. Debía admitir, sin embargo, que el hombre mucha atención no le había puesto. Parecía sumido en su propio mundo.

En el sexto piso había varias aulas sin utilizar, y escogió la más sucia y desordenada para realizar su experimento. Además había una montonera de cajas viejas, y necesitaba precisamente una.

Reparó la más grande tapiándole los agujeros. No podía escaparse ninguna sola polilla.

Se las arregló para multiplicar las polillas sin que se salieran de la caja, hasta obtener una cantidad decente de ellas. Eso lo logró con un conjuro, lo mismo que fortalecer a los bichos alados para que se mantuvieran con vida mínimo tres días, y sellar la caja hasta que llegara el momento de ocuparla. Planeaba ejecutar su plan al día siguiente, en la tarde. Necesitaría de un hechizo que permitiera dejar a las polillas bajo la sábana sin que se estropearan. Lo sentía mucho por los bichejos aquellos, pero así era la vida.

En esta ocasión fue cuidadosa a la hora de ocupar un libro de la biblioteca. No dejó marcas de saliva, y tampoco se quedó dormida. Sólo se dedicó a leer lo justo y necesario para enterarse de lo que debía hacer. Temía que Madame Pince se apareciera en cualquier momento para amenazarla con descuartizarla si les hacía daño a sus preciados amantes: los libros.

―¿Y qué hago ahora? Esperar…. ―Suspiró, satisfecha de su trabajo.

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El desayuno le resultó más que sabroso al saber lo que iba a hacer. Se la pasó imaginando la expresión de Dunstan cuando…

Le hubiera gustado estar allí, pero su deber era permanecer "inocente", o al menos, fingirlo.

Aguardó paciente a que comenzaran las clases de la mañana. Los estudiantes que se hallaban fuera de clases siempre eran pocos, y la mayoría de las veces pasaban sus horas libres (o de supuesta "enfermedad por colapso estudiantil") en la Sala Común o en un lugar donde no pudieran ser vistos. Por eso fue que no tuvo ninguna dificultad en sacar la caja del aula del sexto piso en donde la había dejado, y menos lo fue transportarla. Utilizó los pasadizos visualizando el valiosísimo Mapa del Merodeador, y tampoco tuvo ninguna dificultad en entrar al despacho de Dunstan, quien, de seguro, estaba enfrascada en sus "maravillosas" explicaciones sobre "cómo defenderse de las Artes Oscuras". Ya Merlina comprobaría si también era tan maravillosa defendiéndose de esas bestias aladas y diminutas que provocaban ese zumbido enloquecedor dentro de la caja.

Ya lo tenía todo planeado desde antes: un lindo hechizo para petrificar a las polillas antes de sacarlas de la caja, destapar la cama, abrir la caja, transportar a los insectos sobre la sábana, tapar la cama y realizar el encantamiento de activación para que, cuando Dunstan fuera a dormir plácidamente, recién bañada y perfumada, abriera la cama y… ¡La noche le olía a gloria!

Merlina se marchó contentísima a dormir. Sólo tenía que esperar unas cuantas horas. Se arriesgaba a recibir una venganza magistral, de seguro, pero iba a valer la pena.

¿Qué esperaba ella de su "fantástica" broma? A una Dunstan corriendo por todo el colegio, gritando desesperada, chillando como un cerdo, diciendo incoherencias como "ataque", "polillas" y "cama". Luego, todos los profesores saldrían de sus despachos amarrándose las batas y preguntándose que qué demonios estaba ocurriendo. Dunstan gritaría una vez más y se derrumbaría, muerta del miedo. Luego, la llevarían a la Enfermería para que Pomfrey le diera un té fuerte y confortante.

Bueno, por fortuna se le pareció bastante lo que ocurrió con exactitud a las once y media de la noche.

El castillo estaba en calma y Merlina procuraba dejar las puertas que debían estar bajo llave bien cerradas en el segundo piso. Estaba atenta, expectante a cualquier ruido. Incluso Dunstan podía no gritar, simplemente saldría corriendo y…

Un aullido quebró el silencio del castillo, como un rayo que parte el cielo. Fue un grito insoslayable, que simplemente precedió al resto de los chillidos descontrolados y plagados de pánico. A Merlina se le aceleró el corazón, a la vez que una sonrisa se dibujaba en su cara; una sonrisa de triunfo.

Sin embargo, los vellos de los brazos se le erizaron al oír tal sonido desesperado, una espina de terror muy diminuta se había incrustado en ella.

A los pocos segundos se oyeron pasos frenéticos recorriendo los pasillos. El profesor Flitwick apareció de un lado del segundo piso, y Sprout del otro. Merlina reaccionó justo a tiempo para dar una imagen de preocupada.

―¿Qué ha sucedido? ―preguntó Pomona, abrochándose la bata verde musgo, justo como lo había previsto en su imaginación. Flitwick también se aproximó con sus espesas cejas muy fruncidas, y repitió la pregunta de la maestra de Botánica con su vocecita aguda.

―No lo sé, el grito vino de abajo ―contestó Merlina con la boca seca.

¡Debería haber ido a esconderse! ¿Y si Dunstan la señalaba apenas la viera? Dumbledore se enfurecería y no tendría más remedio que despedirla, y ella se vería obligada a defenderse, culpando a Agatha de todo, y entonces Snape se iría en su contra también, y nadie la apoyaría, todos la odiarían, y Dunstan quedaría como la víctima…

―¡Merlina! ¿Qué esperas? ¡Vamos a ver lo que sucede!

La joven atinó a salir de sus pensamientos con las frases urgidas de Sprout, quedándose a la cola y preparada para lo peor.

Había un tumulto en el primer piso: un par de prefectos de Slytherin y Hufflepuff, la profesora McGonagall, Snape ("para variar", pensó Merlina), Peeves (totalmente infaltable en situaciones de las que pudiera burlarse) que flotaba y hacía piruetas, y los fantasmas del castillo. Los personajes de los lienzos estaban más que atentos a la figura que yacía en el suelo, en el centro de aquel grupo. Merlina quiso mantenerse oculta entre las sombras, pero la vista de Severus se dirigió de inmediato hacia ella cuando llegó con los otros dos profesores. El águila había visto a su presa.

―¿Qué ha pasado, Minerva? ―repitió Sprout alcanzando a McGonagall, quien estaba con una expresión de asco en la cara, igual que los demás. Ninguno estaba agachado, sino que tiesos como si tuvieran una barra de hierro en la espalda.

―Hay que llamar a Poppy ―contestó la profesora de Transformaciones―, a Agatha le ha ocurrido algo.

Dunstan ya no gritaba. De hecho, estaba sumamente silenciosa. Lo único que alcanzaba a ver Merlina de ella, eran sus piernas lánguidas en el suelo. ¿Estaba desmayada? Si era así, entonces el plan había salido al pie de la letra, y mejor incluso, porque estaba inconsciente y no podría acusarla todavía de ser "la autora del crimen".

―¿Qué esperas, Morgan? ―gruñó Snape de pronto―. ¡Ve a buscar a Madame Pomfrey!

Merlina dio un respingo, y sin rebatir nada corrió hasta el despacho de la enfermera para avisarle que Dunstan estaba desmayada a mitad de un pasillo.

―¿Desmayada? ¿Y por qué no la traen si está desmayada?

―No lo sé, pero tiene que ir…

A los cinco minutos Merlina se enteró por qué nadie se acercaba demasiado a Dunstan, y por qué nadie había querido llevarla a la Enfermería, ni siquiera con magia: de su piel trigueña, enfundada con un camisón de algodón, sobresalían pústulas rojas llenas de pus, y los pocos lugares que no habían sido atacados por esos forúnculos monstruosos habían adquirido un tono morado. También tenía unas cuantas polillas reventadas y más que muertas apegadas a su ropa.

―¡Merlín! ¿Qué le ha ocurrido? ―Pomfrey se hizo paso entre los presentes.

―No lo sabemos ―se adelantó Snape en un susurro―, pero las polillas en su cuerpo indican que tuvo una lucha con ellas. Hace menos de cinco minutos que estamos aquí.

―Nos despertaron sus gritos ―terció McGonagall.

Pomfrey, sin escrúpulo alguno le tomó la cara irreconocible a la mujer, para girarla y revisarle pústula por pústula.

―Sin duda es una reacción alérgica ―dijo tras unos segundos de examinarla rigurosamente―, y, si es cierto que tuvo un ataque de polillas, me temo que lo que le provocó esto fue el polvo de las alas.

Merlina sintió un ardor en la cabeza de la pura impresión del ver a Dunstan de ese modo. No, no podía sentirse culpable; había hecho lo correcto, había ejecutado lo que esa mujer se merecía… Jamás se le habría ocurrido que pudiera ser alérgica. ¿Dunstan, alérgica? Sonaba hasta gracioso, tan gracioso y patético como el maldito Talón de Aquiles…

Demonios, ¿qué voy a hacer ahora?

Pomfrey se llevó flotando a la profesora en dirección a la Enfermería, seguida por los murmullos de curiosidad de algunos estudiantes.

Se recuperará. Mañana estará como nueva y todo gracias a la gran labor de Pomfrey. Más tarde estará lista para vengarse de mí y demostrarme todo su odio. —Aquel pensamiento cruzó la mente de Merlina con intensidad, aunque, sinceramente, no pensaba para nada que ésta pudiera mejorarse de la noche a la mañana; su aspecto era sencillamente fatal. ¡No podía estar sintiéndose culpable!

―Ustedes, a la cama ―ordenó McGonagall a los prefectos de Slytherin; los de Hufflepuff ya se habían marchado. Éstos la miraron de mala gana y se largaron―. Alguien va a tener que ir a revisar la habitación de Agatha ―añadió.

―Yo lo hago ―se ofreció Merlina, sin poderlo evitar. Las palabras habían surgido solas de sus labios.

―Bien. Entonces no queda nada más que hacer, salvo ir a avisar a Dumbledore. De eso me encargo yo ahora mismo.

Merlina tomó el rumbo hacia el despacho de Dunstan con brío, dando largas zancadas, porque sabía perfectamente quién la alcanzaría a mitad del camino. Los pasos que la seguían eran inconfundibles.

¿Sabes lo que hará Severus? Te criticará, eso hará. Pues no le des en el gusto.

Merlina se giró para enfrentarlo. No quería oír ni una sola palabra venenosa de sus labios. Severus se detuvo al mismo tiempo que lo hizo ella y se limitó a observarla enigmáticamente.

―¿Qué me dirás? ¿Qué la "otra Merlina" no era tan estúpida y vengativa? ¿O que era peor?

―Pensaba ayudarte ―replicó Snape arqueando las cejas―. Y también decirte que fue bastante tonto de tu parte hacer…

Merlina se cubrió los oídos y se apresuró a entrar al despacho de Dunstan dando un portazo.

Lamentablemente había perdido la memoria, sí, pero eso no era lo peor de todo. Lo peor era que no se estaba dando cuenta de todas las actitudes antipáticas de Snape. Sin duda la "Merlina" actual, la del presente, la "madura", no hubiera aguantado eso. Nada podía hacer.

Se puso la capucha de la túnica. Si iba a enfrentarse con una turba de polillas enfurecida, era mejor protegerse.

Los bichos alados no se lanzaron en contra Merlina cuando abrió la puerta, aunque la visión de ellos pegados en el techo, inmóviles, era bastante inquietante. No tardó en deshacerse de ellos, pero el hecho de limpiar la habitación ―procuró que la cama quedara impecable―, no le borró aquel extraño sentimiento. Rogaba porque no fuera culpabilidad.

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A la mañana siguiente tuvo que darse por vencido y aceptar que se le había pasado la mano: Dunstan, según Madame Pomfrey, tendría al menos que pasar una semana en la Enfermería. Iba a tener que tomar una cantidad considerable de sangre de Dragón para reponer la suya, que se había contaminado. No era nada grave, pero sí estaba muy débil. Por la misma razón no podría dar las clases.

―No podemos quedarnos sin profesora por una semana ―reconoció Dumbledore en la sala de profesores antes de que bajaran a desayunar. Merlina no estaba ordenando túnicas ni limpiando, sino que como una escucha más, sentada al final de la mesa, lo más lejos posible de Severus. Éste no paraba de dirigirle miradas de reproche. Merlina estaba más que nerviosa, sus miradas le provocaban ese típico estremecimiento.

―Lo mejor es que Severus tome el puesto de Defensa y Merlina vuelva al de Pociones ―adujo Minerva.

Los ojos de la celadora se salieron de las órbitas al oír el asentimiento general de los profesores.

―¿Qué?

―Es lo mejor ―aceptó Dumbledore dando un aplauso.

―Sí ―apoyó Severus―, es una buena idea. Dudo que Morgan sea la más apta para el puesto de Defensa.

Las mejillas le ardieron al oír tal verdad. Era una verdad cruel, pero verdad al fin y al cabo. No le quedó más remedio que aceptar que no podría dormir esa tarde, sino que tendría que enseñar a mocosos irrespetuosos con ayuda de los vagos apuntes que había realizado al inicio de la época escolar.

Severus pareció adivinar lo que pensaba hacer cuando tomó dirección a las mazmorras en vez del Gran Comedor, porque la alcanzó y le dijo:

―Por cierto… eché a la basura tus resúmenes y los míos también, porque creí que no serían necesarios… Lo siento mucho ―lo último lo dijo demostrando lo contrario.

Merlina pensó que las cosas no podían estar peor, y lo único que le servía de consuelo era saber que era jueves, y que sólo tendría que sufrir el horror de ser profesora un par de días. Tal vez el lunes tuviera que hacer lo mismo, pero al menos descansaría el fin de semana.

¿Qué enseñaría ese día? No tenía idea y todo por la maldita culpa de Snape. ¿Cómo se había enamorado de él? ¿Y cómo aún podía seguir gustándole?

No pienses así. Tienes que estar con él, a pesar de todo. Ocurra lo que ocurra, porque fue una promesa —pensó observando el anillo de su mano una vez más.

Cinco minutos se tardó en pasar un plato de avena por la garganta para poder ir a prepararse de alguna u otra manera. El pánico la estaba consumiendo, no podía permitir que los estudiantes la dominaran nuevamente.

Urgida, llegó al despacho a revisar libros fervorosamente, buscando pociones dignas de pasar en una clase. Seleccionó varios libros, dejándolos encima del escritorio: la única solución a la vista era preguntar qué diablos le estaba enseñando Severus en ese instante, y qué les faltaba por ver. De seguro que Snape en persona no lo querría contestar por puro orgullo.

No se dio cuenta que, junto con los libros, se había llevado un periódico de la semana pasada hasta el escritorio del aula. Como si pudiera encontrar alguna respuesta allí, se dispuso a hojearlo distraídamente. Lo único que le llamó la atención fue el extenso artículo de "Las Muertes de la Semana", prácticamente al final de todo.

―Con razón Dumbledore dice que vamos de mal en peor y estos desgraciados del Ministerio esconden las noticias…

Comenzó a contar los nombres de las personas muertas. Llegó a "Robert Ledger y su esposa Griselda, de cincuenta y cinco y cincuenta y tres años respectivamente, alojados en el Callejón Diagon…"

Por un instante creyó que alguien le estaba soplando el cuello, pues una cosquilla se le extendió por ese lugar.

―Robert Ledger… Ledger ―le sonaba ese apellido, ¿por qué? Ah… Ledger. Craig Ledger, el desgraciado que había sido su novio y estuvo loco, ¿no? Eso le habían dicho Hermione y Ginny.

Sin embargo, el artículo decía que estaban desaparecidos, no muertos. Era algo extraño, pero no le dio importancia. De todos modos, ¿por qué tenía que hacerlo si no eran sus suegros? Había cosas mucho más importantes de las que preocuparse en ese instante.

Dejó el periódico a un lado y se dedicó a lo suyo.