Capítulo 30: Los desconocidos
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Los estudiantes se asombraron al ver a Merlina allí, en el aula, con una torre de libros, preparada para dar clases. Todos creyeron que reemplazaría a Dunstan, pero debido a que no estaba a su altura y era un asco para esa materia, era imposible que ocupara su lugar. No era solamente un pensamiento de Merlina, sino que la mayoría intuía la (triste) verdad. Unos cuántos se dirigieron miradas burlonas al cruzársele ese pensamiento.
Por fortuna, no fue tan terrible como lo había imaginado. Fue fácil comenzar la clase, luego tuvo que dedicarse a vigilar que ningún caldero explotara. Lo que menos necesitaba era darle motivos a Severus para que la regañara o le criticara algo más. "No puedes siquiera manejar a unos pocos estudiantes", sí, eso le diría, de seguro.
La verdad, es que la noticia de las muertes de los padres de Ledger, le había dejado un gustillo amargo, y eso que no se había echado el periódico a la boca para saborearlo. Era extraño, como si algo le dijera que tuviera cuidado con otro algo. O con alguien. Era similar a un miedo, un miedo inusitado. Tal vez eso ayudó a controlar a los alumnos con mayor facilidad. Aquella leve distracción e impasibilidad en ella era algo diferente, incluso alarmante para los muchachos, como si estuviera ausente.
Los días transcurrieron con mayor rapidez de la debida, y lo mismo ocurrió con la recuperación de Dunstan. El domingo en la noche ya estaba curada. Su cara tenía algunas marcas aún ―en el resto del cuerpo también―, y su piel se notaba menos amarilla por el cambio de sangre, pero su expresión de ira y odio podía ser tan intensa como siempre.
Una mirada vale más que mil palabras —pensó Merlina cuando, a la hora de la cena, se limitó a traspasarle una infinidad de rayos invisibles cargados de energía negativa generada desde el mismo infierno. Si Dunstan pensaba que con eso podría intimidarla, estaba muy equivocada. Si era necesario hasta fin de año estar luchando, así sería.
No obstante, aunque detestara a Dunstan, estaba feliz por su recuperación: eso le aseguraba la vuelta a su preciado trabajo y a su vida relativamente normal. Entre lo "relativamente normal" se incluía a Severus algo aislado y ceñudo, aunque, en definitiva, eso no le afectaba demasiado. Ya sabía que, desde que lo "había utilizado", había cambiado su actitud con ella. Por otro lado, Merlina prefería poner atención a la próxima jugada de Agatha. Porque, era obvio que tenía que prepararse para algo, indudablemente la mujer no iba a quedarse de brazos cruzados.
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La cuarta semana de noviembre transcurrió sin pena ni gloria. Los estudiantes, aparte de verse estresados y ahogados en exámenes y deberes, estaban distraídos por las últimas noticias que publicaba El Profeta: más desapariciones, muertes, rumores extraños sobre magia oscura y los típicos comentarios falsos de "Yo sé dónde se fue Potter". Ginny ya le había advertido que eso era una mentira; nadie podía saber dónde estaba Harry con sus dos amigos. O eso era de lo que trataba de convencerse la pelirroja.
El sábado Merlina tuvo que encargarse nuevamente de llevar a los alumnos a Hogsmeade para que compraran los regalos de Navidad; no había fecha fijada hasta enero. La visita se había reducido a dos horas: de diez de la mañana, a doce del mediodía. Tuvo la esperanza de haber sido acompañada por Ginny, pero Severus la había castigado por sus tantas ausencias en las clases, y tenía una montaña de deberes acumulada que debía atender con urgencia.
―¿Haces esto para fastidiarme? ¡Sabes que me aburro sola en Hogsmeade! ―le espetó Merlina infantilmente a Snape la tarde del viernes, cuando discutían ese asunto.
Snape la miró desde su escritorio como un gato a su ratón.
―¿Sabías que soy profesor, Morgan? ¿O es que tampoco te acuerdas de eso? Porque tengo todo el derecho de castigar a quién yo desee, sobre todo si es Weasley, una impertinente y atrevida que cree que…
―¡Si no fueras tan idiota, ella no faltaría a tus clases!
Severus se puso de pie tirando la pluma empapada en tinta al suelo. Se aproximó a Merlina, quedándose a un palmo de ella. Merlina, haciendo un enorme esfuerzo, no se movió de donde estaba. No era momento para las maripositas adolescentes y molestas.
―Realmente tu pérdida de memoria me está resultando más que desagradable ―gruñó con el entrecejo tan fruncido, que casi las cejas le tapaban los ojos.
Eso fue hiriente para Merlina, pero bufó exasperada para ocultarlo.
―Lo dices como si yo tuviera la culpa.
―¿De quién es, si no? ―bramó él, rojo de ira.
―¡De nadie! ―se defendió ella, admirada del cambio de conversación tan repentino.
―Es tuya la culpa, Morgan. Eres descuidada, eres despistada, eres atarantada, defiendes a quienes no se lo merecen… ―comenzó a enumerar con algo desesperación. Merlina tuvo la impresión de que el hombre llevaba mucho tiempo queriendo desahogarse.
Se miraron echando chispas por unos momentos.
―No sé cómo pude enamorarme de ti.
Aquella frase le llegó a Merlina como un piedrazo en la frente y una Bludger en estómago. Se esperaba todos los insultos del mundo, excepto eso. Los ojos se le humedecieron instantáneamente.
Severus se giró, sin esperar respuesta, como si aquella visión denigrante le incomodara, y volvió a sentarse en el escritorio con brusquedad, sin mirarla más. Merlina permaneció con la boca abierta, sin saber qué contestar durante algunos segundos. Parpadeó varias veces para que las lágrimas desaparecieran.
―No era necesario que llegaras tan lejos ―replicó con un hilo de voz. Le ardían los ojos.
No vas a llorar, Merlina. Ni se te ocurra soltar una maldita lágrima. Tienes que defender tu dignidad, o lo que te queda de ella.
―¿No vas a decir nada más? ―increpó.
Silencio.
―Evidentemente que no… ―se contestó, frustrada. Miró su mano derecha e impaciente, sin reflexionarlo demasiado, se sacó el anillo de compromiso (jamás se lo había quitado por "respeto" a Severus, por la promesa que había hecho), para aplastarlo contra el escritorio de un solo golpe. Severus miró de soslayo.
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Tuvo la esperanza, al día siguiente, que Ginny mágicamente apareciera por el pueblo, pero reconoció que la mejor opción fue su ausencia: estaba de tan mal humor por las viles palabras de Severus, que lo único que había hecho había sido criticar y desquitarse contra los demás. Como los estudiantes no estaban exentos de su ánimo negro, prefirió dejarles en claro que los esperaba a las doce en la Casa de las Plumas, sin excepciones. Luego se marchó sola a las Tres Escobas a beber cerveza de mantequilla e internarse en su sufrimiento desconsolado.
El pueblo estaba bajo una gruesa capa de nieve caída de la noche anterior y era complicado caminar en ella, sumando el calador frío que le hacía a Merlina temblar hasta el tuétano. En otro momento eso le hubiera causado felicidad, el paisaje era algo hermoso, pero no alcanzaba para compensar nada.
―Claro… ―farfulló, como si retomara la discusión con Severus mientras caminaba hacia el bar―, estoy muy feliz con la pérdida de mi memoria, no sabes cuánto. Ha hecho mi vida mucho más fácil. Realmente estoy emocionada.
Abrió la puerta haciendo tintinear la campanilla y notó que había muy poca gente. Algunos estudiantes de Hogwarts se habían pasado de inmediato a beber al bar y dejar la compra de regalos para después, y algunos habitantes del pueblo estaban pasando el rato emborrachándose. El ambiente era deprimente y nada navideño.
Se aproximó a la barra para pedir una jarra de cerveza a Madame Rosmerta y luego se sentó en un rincón, lo suficientemente cerca de una chimenea para entibiarse.
"No sé cómo pude enamorarme de ti" resonó en su cabeza. ¿Tantos defectos tenía? Era consciente de su mala memoria y su despiste, pero, algo peor…
El líquido se deslizó por su garganta reconfortando cada célula de su cuerpo, y aumentando directamente proporcional su enojo. Así que, poco nada, él se había enamorado de un estropajo, ¿no? Si tanto le molestaba, entonces debían cortar todo intento de volver a lo de antes ahora ya. No tenía caso estar así. Pero ella tampoco quería estar sola y sabía que, en el fondo de su corazón, sentía algo más por él, más que el simple gusto…
Inconscientemente, la vista de Merlina se trasladó hacia un hombre joven sentado en el otro extremo del local. Tenía una copa de hidromiel en la mano izquierda y la miraba fijamente, con la cabeza algo gacha y unos ojos del color del hielo. Merlina desvió rápidamente la vista. Algo hubo en esa mirada que no le gustó.
El hombre, tras algunos segundos, se puso de pie y fue a pagar lo bebido a Rosmerta. Merlina jamás se lo habría imaginado: el mago, al dar media vuelta, comenzó a caminar hasta ella.
Se quedó como anonadada, hecha piedra, con la mano fuertemente enlazada al asa de la jarra, incluso cuando él ya se hubo sentado en la silla frontal, con una sonrisa amable dibujada en los labios.
―¿Nos conocemos? ―inquirió el desconocido roncamente.
Merlina no pudo evitar arquear las cejas.
―No lo creo. O tal vez no lo recuerde ―añadió insegura. Tal vez lo conocía y no se acordaba, ¿no?
―Creo que nos hemos visto antes ―extendió su mano para estrecharla con Merlina.
La joven se le quedó mirando durante unos segundos. Lo hubiera encontrado atractivo si no hubiese sido por ese vacío frío que dejaba su mirada gris.
Finalmente estrechó la gélida mano del hombre, insegura. ¿Sería broma de Dunstan?
―Me llamo Clive Lamport ―se presentó mientras se soltaban las manos―. Tú eres Merlina Morgan, ¿no?
―Sí… ―admitió, sin comprender―. ¿De dónde nos conocemos…?
―¿En serio no recuerdas? Tengo que parecerte conocido aunque sea. O al menos, recordarte a alguien.
Merlina quiso sonreír, pero de su boca no salió más que una mueca de confusión.
―Lo siento mucho, de verdad. Tal vez te conocí, pero debo decirte, Craig…
―Clive ―corrigió él con cierta dulzura.
―Clive, que perdí la memoria parcialmente, así que… ―vaciló. Era demasiado extraño estar dando explicaciones a desconocidos―. Así que tengo cerca de ocho años menos en mi mente ―concluyó.
Lamport sonrió, extrañado.
―¿En serio?
―En serio.
―Realmente… Eso es una mala suerte ―replicó, pero su voz indicó todo lo contrario.
Merlina se enderezó en la silla y frunció el ceño. ¿Salía del colegio, por último para alejarse de Dunstan y Snape, y se encontraba con una mezcla de los dos?
―No te burles de mí ―le espetó Merlina―. No es gracioso.
El hombre negó con la cabeza con frenesí.
―Claro que no es gracioso, tienes razón ―reconoció, teniendo dificultad en ponerse serio―. ¿Continuas como celadora en Hogwarts?
Aquella pregunta la formuló de forma amable, así que le dio la oportunidad para responder y desconectarse un poco de la realidad. Por un instante le pareció buena la idea de conversar con otra persona, pero no cesaba de estar alerta.
Varias veces Merlina estuvo a punto de dejar al hombre plantado allí, pero cada vez que la conversación se extendía, iba desistiendo de la opción. No era desagradable realmente, y hasta era interesante, pero se sentía incómoda, y no se parecía nada a la incomodidad que se presentaba cuando estaba con Severus a solas. Era, más bien, temor, porque el hombre parecía conocerla más de lo que ella a sí misma.
―Creo que es mejor que dejemos hablar de ti, que veo que no te gusta.
―No es que no me guste, pero ¿cómo te sentirías tú si hubieses perdido la memoria, y llegue alguien que no recuerdas y te comience a hablar de tu pasado, y un pasado que no es nada agradable? ―rebatió Merlina―. Ni siquiera me has dicho de dónde nos conocemos.
―No te gustaría saberlo… Como dije, cambiemos de tema. ¿Has oído las últimas noticias de El Profeta? Dicen que los del otro bando planean usar un ejército de Inferis para…
Continuaron conversando de temas actuales en voz baja, hasta que a Merlina le dio la hora para ir a reunirse con los estudiantes en la Casa de las Plumas. Ella no tuvo la oportunidad ni la valentía de zafarse de la charla.
―¿Te veré luego? ―inquirió el joven sonriendo cuando Merlina estaba sacando algunos sickles para pagar la cerveza.
―No lo creo ―contestó ella secamente.
―¿Y sigues saliendo con ese sujeto?
―¿Qué sujeto? ―El hombre sonrió ante la pregunta de Merlina―. Es absurdo lo que diré pero… ¿Por casualidad no serás Edelberth? ―inquirió con incredulidad, sin poner atención al enrojecimiento repentino de los ojos del individuo―. ¿O Dunstan con poción Multijugos?
Lamport se puso de pie súbitamente. Tenía una sonrisa muy tensa y apretaba sus puños con fuerza.
―Me tengo que ir, me acabo de acordar de algo. Hasta luego, Lina.
Cruzó en zigzag entre las mesas y salió rápidamente. Cuando Merlina estuvo fuera unos pocos segundos después, él ya no estaba.
―Qué diablos… ―masculló sin comprender nada, con una rictus de fastidio en la boca―. Si esto es parte de una broma, no sé cuál era la parte graciosa. ¿Hablar de mis padres muertos, tal vez?
Suspiró cansinamente y fue a buscar a los muchachos para llevarlos de regreso al castillo.
Se encontró con Dunstan en el Vestíbulo al regresar, quien bajaba a desayunar. Había recuperado un poco su color tostado, pero lo hosca no se le quitaba ni con sangre de dragón.
―Bien, bien ―Merlina se acercó hasta ella dando zancadas e interponiéndose en su camino―. ¿Cuál es el plan, eh? ―indagó con una cínica sonrisa―. Porque creo que no caí. Sólo me confundiste un poco, y me temo que, para eso, hubiera sido mejor un encantamiento Confundus. ¿Qué dices tú?
Agatha se apartó el castaño cabello los ojos y la observó crispada.
―¿De qué demonios estás hablándome, Morgan?
―No te hagas ―la amenazó Merlina apuntándola con un dedo.
―No me hago ―la mano de Dunstan se fue hacia el bolsillo donde guardaba la varita―. No te entiendo. ¿Qué plan mencionas? Si te refieres a algo que te pasó… Te aseguro que es tu mala suerte, porque yo no te he hecho nada. Por ahora, por supuesto.
Merlina miró a los ojos a Dunstan, tratando de usar Legeremancia. Por supuesto que no le resultó, pero supo de inmediato que no estaba mintiendo, su mirada era honesta.
―Entonces… ¿no eras tú?
―¿No era quién? ―la profesora comenzaba a molestarse de verdad.
―Uh… Olvídalo.
Merlina desistió y prefirió entrar a comer algo; el hambre le ganaba al sueño en esos instantes.
O Dunstan le estaba mintiendo (y muy bien) porque su plan había fallado y no quería reconocerlo… O decía la verdad. Y, lamentablemente, Merlina optaba por la segunda. ¿Quién habrá sido ese tal Clive Lamport? Era algo atractivo después de todo… Pero le causaba escalofríos. Esa mirada tan espectral…
―Merlina ―la llamó Dumbledore cuando pasaba detrás de la mesa alta para alcanzar su puesto.
―¿Sí?
―Severus tuvo que desaparecer… por unos días ―le avisó el director con seriedad, pero despreocupadamente.
Merlina miró el asiento vacío de Severus con cierta nostalgia. Tuvo que debatirse entre la lástima y el enojo.
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Realmente no había querido decir eso de "no sé cómo pude enamorarme de ti". O tal vez sí, pero ese no era el punto de importancia: de alguna manera u otra tenía que "sacarse a Merlina de encima". Eso sonaba mucho mejor que decir "alejarse de ella". Alejarse era doloroso. Pero, si tenía que hacerlo por protegerla… Las cosas estaban cambiando demasiado y más aprisa de lo que había pensado alguna vez que iba a suceder.
Sabía que lo que especulaba no eran paranoias suya, y no porque Dumbledore lo apoyara en parte, sino porque tenía más que claro que los rumores corrían, y más si eran de ESE tipo de rumores. Todos los Mortífagos sabían que tenía algo con ella, pero ninguno sabía su identidad. El Señor de las Tinieblas claro que estaba enterado, pero tanto para él como para los demás ese romance no era nada. ¿Quién, en su sano juicio, creería que Snape estaba enamorado? Nadie. La "chica misteriosa" era sólo una dama de compañía para él, nada más. Luego se desharía de ella. Eso era los que todos los Mortífagos se planteaban, aunque a nadie le importaba mucho la vida privada del otro mientras fuera útil para el grupo y no interfiriera en los planes.
Todo ese asunto era una cosa y un tema al que ya nadie le daba importancia. Sin embargo, era completamente diferente que una tal Merlina Morgan, celadora de Hogwarts y sangre impura, de pronto dijera "soy Mortífaga". Pero, por mucho que le hiriera el orgullo, ¿de quién era la culpa? De él. Jamás debió haberle hecho esa trampa. Jamás debió haberse ofendido tanto por la idiotez de Merlina de incluirlo a él en una venganza. Se había comportado como un niñato y estaba pagando el precio.
Estaba seguro de que ese comentario ya debía haber dado la vuelta al mundo, y Dumbledore pensaba lo mismo. No obstante, ¿para qué alertar a Merlina? ¿Para qué asustarla? Ya estaba demasiado afectada con el asunto de Dunstan, y bien sabía Severus que aquello era algo entre las dos. También él ya le había causado sufrimiento y no deseaba hondar la herida.
Rogaba por estar equivocado. Rogaba porque eso pasara desapercibido.
¿En qué momento de su vida había estado tan loco para desear ser un Mortífago?
Suspiró con fuerza, tallándose los ojos con los puños, dejando esos odiosos informes de muchachos de segundo año a un lado.
Cuando Merlina llegara, tendría que, otra vez y con mucho esfuerzo, ignorarla. Desde que había sucedido ese incidente de "soy Mortífaga", había optado porque aquella era la mejor opción, y siempre lo había sido, dijera Dumbledore lo que dijera. La única manera de proteger a Merlina era alejándola de los Mortífagos, y él era el único existente en ese castillo, aunque fuera espía doble y supiera dónde estaban sus lealtades. Y aprovechando que a ella ya no le causaba un completo dolor su lejanía ―pero sí el estar demasiado "sola"―, la oportunidad de cortar todo poco a poco, era más que perfecta. Aunque a él le doliera. Por eso "se estaba sacando de encima a Merlina Morgan".
Estaba cansado de pensar todos los días lo mismo. Estaba cansado, de verdad. Estaba cansado de no estar con ella, de amarla tanto, de tener que sufrir de sus errores pasados…
Repentinamente un gruñido ronco emergió de sus labios y su mano derecha se trasladó al antebrazo izquierdo. El Señor Tenebroso lo llamaba y, a juzgar por el terrible dolor de su antebrazo, era urgente, o al menos, importante.
No perdió el tiempo: envió su Patronus con forma de unicornio al despacho de Dumbledore, y se apresuró escaleras abajo para salir del castillo y tomar un carruaje a las verjas.
Una vez fuera de la magia protectora del castillo, desapareció de allí y se dirigió kilómetros al sureste de Inglaterra, materializándose en un sendero decorado por ambientes sumamente diferentes: hacia la derecha, por matorrales descuidados, y, hacia la izquierda, por setos podados esmeradamente. El cielo estaba aún más encapotado que en Hogsmeade. Caminó a paso rápido. Quería atender el asunto de inmediato.
Dentro de la Mansión de los Malfoy estaban la mayoría de los Mortífagos reunidos para oír las nuevas órdenes del Señor Tenebroso, y las noticias que debían dar cada uno.
Aunque Severus no tenía ninguna información que dar ―se suponía que no iba a haber reunión general hasta enero, por lo tanto Dumbledore no le había dado instrucciones―, él lo había hecho sentarse a su derecha, como la mayoría de las veces sucedía.
Por cerca de dos horas no hubo nada que alarmara a Severus: hacía tiempo que había informado a la Orden de Fénix que, a mitad de año escolar, el Ministerio de Magia caería en manos de los Mortífagos, y que, por suerte, los Mortífagos no habían tenido rastro de Potter aún. Nada de aquello era algo nuevo. Y, aunque lo que dijo luego no debió haberle sorprendido en absoluto, fue como si un balde de lava le hubiese caído encima.
―Bien, bien. Últimamente he recibido todo tipo de comentarios increíbles. Pero algo que me disgusta es tener magos y brujas, sobre todo sangres sucias y mestizos, que se burlan de nosotros ―comenzó Voldemort, pasando la vista por todos los presentes que se ubicaban alrededor de la larga y pulida mesa de los Malfoy.
La luz gris entraba a raudales por las grandes ventanas que llegaban hasta el techo, brindándole un aspecto de velorio al lugar.
Los Mortífagos se miraron entre sí, extrañados y temerosos.
―Me refiero ―continuó el mago― a cuando personas que no están de nuestro lado dicen ser algo que no son: Mortífagos. Eso es algo despreciable ―continuó―, y que no debe tomarse a la ligera. Merecen la muerte por mofarse de nosotros de esa manera. Y, ¿a que no saben? ―se volvió hacia Severus―. Fue precisamente de alguien de Hogwarts de donde llegó la noticia. Dumbledore tiene a todos sus súbditos bien educados para fastidiarme.
Snape tardó medio segundo en no perder la compostura, y fue suficiente para aparentar que nada ocurría. El pulso de su corazón había alcanzado un ritmo alarmante. Lo sabía. Lo sabía, lo había pensado antes de llegar allá. ¿Por qué tenían que existir las malditas coincidencias?
―La celadora de Hogwarts dijo eso. Que alguien del personal de ese colegio diga eso arriesga mucho, sobre todo si es cercana a Dumbledore. Si no me equivoco es tu… pareja, ¿no, Snape?
Snape formuló una convincente mueca de insatisfacción y negó rotundamente con la cabeza.
―Ya no lo es más, Señor. En la vida hay cosas más importantes que tener una compañía, una compañía fastidiosa, debo aclarar ―contestó molesto―. Y sobre aquel comentario, yo mismo tomé cartas en el asunto para dar un… escarmiento ―mintió.
Voldemort lo miró con fijeza durante unos segundos silenciosos y tensos. Nadie respiró y…
―Ha sido una sabia decisión. Ahora ―añadió con maldad―, ¿no opinan ustedes, Mortífagos, que aquella sangre sucia, que se hace llamar Mortífaga, debiera de morir?
Hubo un murmullo general de aprobación, donde todos afirmaron fervientemente con la cabeza.
―Ahí tienes, Severus. Tú, supongo, que piensas lo mismo.
―Por supuesto. Pero soy de los que opina que el sufrimiento tiene mejor sabor aún y se disfruta más. —Formuló su mejor sonrisa de crueldad, tan auténtica, que nadie hubiera dudado de que era actuada.
Voldemort asintió lentamente.
―Entonces, ya sabes lo que te espera en un futuro cercano: deshacerte de ella de la manera que desees, y si puedes llevarte a algunos cuántos más de su clase en el proceso, bien sea así.
Severus sonrió orgulloso y asintió.
―Será un placer, Señor. Ocurrirá en el momento preciso.
―Y así será ―continuó Lord Voldemort― con todos aquellos que osan a decir mentiras de ese calibre. No existe la piedad para esa clase de gente, menos si es sangre sucia. Ahora…
La puerta de entrada a la sala rechinó de pronto. Alguien, un desconocido encapuchado que jamás había Severus visto en su vida, entró con cierta parsimonia.
―Siento el retraso, milord ―se disculpó cuando hubo avanzado la mitad del camino hasta la mesa haciendo una leve inclinación―. Tuve un reencuentro inesperado, pero le traigo buenas noticias sobre lo que usted ya sabe.
El hombre tomó asiento hacia el final de la mesa y se quitó la capucha. Definitivamente Severus no lo conocía. Sin embargo… Algo en él le resultaba familiar.
―Perfecto ―dijo al sujeto sin darle muestras de preferencia o de furia―. Ahora, tengo trabajo para ustedes. Incluido tú, Snape. Luego inventarás algo a Dumbledore, pero este día los necesito a todos. Cerca de las diez de la noche caerá la persona guardiana del secreto de los Weasley. Ustedes se encargarán de destruir el lugar.
La fugaz imagen de Merlina consolando a Ginny Weasley cruzó por la mente de Severus.
