Capítulo 31: El ataque de los Mortífagos

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Tacatac-tacatac.

El unicornio plateado y vaporoso atravesó el Gran Comedor llamando la atención de todos. Ver un Patronus aparecer así como así no era nada común. Merlina supo de inmediato que era de Severus, ya lo había visto antes. ¿Le habría sucedido algo? La presión sanguínea se le aceleró en un dos por tres.

El unicornio se acercó al director y susurró algo incomprensible, pero Merlina juró haber oído "Weasley" entre la oración.

Todos prestaban atención a la mesa de profesores, habiendo abandonado sus platos.

El Patronus desapareció como vapor y el director se puso de pie con agilidad y habló lo suficientemente alto para que el personal oyera:

―Reunión urgente en la sala de profesores. Tú, Merlina, trae a la señorita Weasley, por favor.

Merlina bajó de la mesa alta y fue hacia la otra punta de la mesa de Gryffindor para ir a buscar a Ginny. La muchacha estaba conversando animadamente con sus compañeros de curso.

―Vamos, tienes que venir conmigo ―avisó a la pelirroja cuando estuvo cerca de su oído.

Ginny volvió sus ojos castaños hacia ella con un signo de interrogación dibujado en su pecosa cara.

―¿Qué es lo que sucede?

―No lo sé, pero Dumbledore me ha mandado a buscarte.

Ginny no puso reparos, pero se notaba desconfiada. Se fue mirando de soslayo a Merlina todo el camino hasta el aula de los profesores.

El personal docente ya estaba acomodado en un silencio sepulcral. Ginny ocupó el asiento vacío que habría pertenecido a Severus si hubiese estado allí.

―Ha sucedido algo que no esperábamos ―empezó Dumbledore con el rostro frívolo. Pocas veces los magos y brujas lo veían así―. Los Mortífagos piensan a atacar La Madriguera, donde vive la familia de Ginevra Weasley. ―Ginny soltó un gritito ahogado y miró a Merlina, quien estaba al otro extremo de la mesa―. Por lo tanto ―continuó el director―, debemos actuar con cautela y rapidez. Tenemos que trasladarlos aquí sin que corran peligro. Sólo son Molly y Arthur, los demás Weasley están en sus respectivos hogares, bien protegidos…

―No entiendo ―interrumpió Ginny, desconcertada―. Mi casa también está bien protegida, llena de sortilegios ¿cómo es que van a atacarla los Mortífagos?

―Porque Percy es el Guardián del Secreto.

―Sí, lo sé desde que se reconciliaron antes poco antes de volver al colegio.

―Bien, hoy a tu hermano lo ascenderán, ¿lo sabías?

―¿Otra vez? ―inquirió, evidenciando que no tenía ni la menor idea de ello.

―Sí, y es la oportunidad perfecta para que le echen la maldición Imperius. El Ministerio está lleno de espías ―añadió Dumbledore con voz queda―, y los del personal están conscientes de ello, aunque son lo demasiado orgullosos como para aceptarlo. Habrá una ceremonia para celebrar la nueva mano derecha del ministro, por supuesto. Una ceremonia privada, pero sabemos que no estará cien por ciento fuera de peligro. Siempre hay infiltrados, y cuando las cosas funcionan en un grupo reducido de gente, es más fácil actuar.

Ginny no preguntó nada más, y Merlina supo por qué. Todo estaba claro como el agua: algún Mortífago se encargaría de secuestrar a Percy para sacarle la información.

―Por eso es que debemos trasladar a tus padres. Los Mortífagos ya deben estar apostados en los terrenos de Saint Ottery Catchpole. Tenemos que enviar a la Orden del Fénix para que puedan respaldar a Molly y a Arthur, hasta que puedan desaparecer. No pueden desaparecer de la Madriguera si no se ha roto el hechizo.

—¿Y qué pasará con Percy?

―Ya no les será útil como carnada ―contestó el anciano pensativamente.

Merlina levantó la mano como si estuviera en plena clase. Algo a ella no le gustaba para nada.

―Creo que es bastante obvio que implicará que alguien se fue de boca. Severus envió el Patronus haciéndoles saber, ¿no? ¿No es como ponerlo en riesgo si se actúa bajo su información? ―Ginny le lanzó una mirada fulminante a Merlina―. Quiero decir que hay que hacer algo más ―rectificó.

¡Claro que estaba preocupada por los Weasley! Pero también lo estaba por Severus, y no era justo que se diera pie a que pudieran sospechar de él para ponerlo en peligro.

―Hay un plan ―contestó Dumbledore apaciguadoramente―. Para eso necesitamos de su colaboración, señorita Weasley ―miró a Ginny con sus penetrantes ojos azules―. Tiene que resultar herida de alguna manera, en público ―Ginny se puso pálida―. Quiero decir, falsamente herida. Pero debemos tener testigos, así se correrá la voz de que usted está mal, y sus padres vienen a verla a Hogwarts. Aquello les dará una razón a los Mortífagos para pensar que fue una casualidad su "huida".

―El Vestíbulo es perfecto para que haga una actuación simple, Weasley ―dijo McGonagall―. Incluso podría utilizar algún invento de sus hermanos gemelos.

―No creo, ya todos conocen los efectos ―dijo Ginny con pesimismo. Luego, agregó con la cara algo iluminada―. Simplemente, podría caerme por la escalera y ya.

Dumbledore formuló una sonrisa alentadora.

―Es una buena idea. Con un encantamiento simple evitará el dolor y las fracturas.

Merlina sólo escuchaba con atención lo que los demás decían. Se quedaron discutiendo cerca de diez minutos el plan, para que todo funcionara óptimamente. Sin embargo, la celadora aún tenía la impresión de que algo iba a salir mal.

Pues sólo fueron pensamientos pesimistas de su parte. El primer paso del plan ―avisar a la Orden del Fénix que estuviera alerta al llamado para ir a proteger los alrededores de la Madriguera― salió sin problemas. El segundo paso lo protagonizaba Ginny, en el Vestíbulo, tal como se había planeado. Merlina era parte de aquella escena también.

Al menos, la sexta parte de Hogwarts estaba presente en el Vestíbulo estudiando; algunos sentados en las escaleras, otros en rincones junto a tapices y armaduras, otros en algún trozo de alfombra. Merlina estaba en lo suyo, limpiando mediante magia ―y con un tanto de esfuerzo― la araña de las velas, cambiando las muy derretidas por otras nuevas. Nadie le ponía atención, y tampoco lo hicieron cuando, de la parte superior de las escaleras, se oyó un enfático "¡Merlina!". Todos se volvieron, precisamente hacia la pelirroja, que corría a toda velocidad. Comenzó a bajarlos escalones de dos en dos.

―¡Merlina! ―reiteró―. ¡No sabes lo que ha ocurrido! ―exclamó desbordando emoción. Su actuación era plenamente creíble. Merlina no supo cómo logró enredar sus pies de esa manera tan convincente, sin parecer una caída forzada.

Merlina trató de representar lo mejor que pudo su sorpresa, bajando la varita y girándose para encararla. Abrió ligeramente la boca, pero tuvo que exagerar cuando Ginny se fue de sopetón hacia los peldaños, y comenzó a caer entre rodando y golpeándose con brutalidad.

―¡Ginny! ―gritó espantada.

Le habían realizado el encantamiento para no sentir dolor, ¿no?

Tres segundos más tardes, la pelirroja llegó al pie de la escalera, inconsciente y con la nariz sangrando a chorros. Sí, el Turrón Sangranarices había sido parte del plan.

Todo resultó como se esperaba: los muchachos se arremolinaron en su entorno, mientras Merlina se abría paso de mala gana y con la preocupación reflejada en la cara. Se agachó, le tomó el pulso y gritó:

―¡Llamen a algún profesor! ¡Se ha fracturado el cráneo!

Alguien fue a buscar a la profesora McGonagall. Ésta llegó de inmediato para hacer flotar a Ginny a Enfermería lo más rápido posible.

Luego de eso, a Merlina no le quedó más remedio que limpiar el charco de sangre que había dejado Ginny. Sólo quedaba esperar a que se le diera la alerta a la Orden para que defendiera a los Weasley, que a su vez serían avisados del falso accidente de Ginny.

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Había hecho lo que le correspondía: alertar de inmediato, sin que nadie se diera cuenta. No era difícil enviar un Patronus en pleno día, incluso cuando estaba el cielo de ese color gris perlado. El gran problema era que no sabía qué estaba por ocurrir. Supuso que avisarían a los Weasley y a la Orden.

El Señor de las Tinieblas los había enviado a St. Ottery Catchpole para merodear y vigilar a que los Weasley no salieran de la verja. Debían asegurarse de que permanecieran dentro. A la noche toda la Madriguera quedaría reducida a polvo.

El nuevo miembro de los Mortífagos se paseaba muy ufano, como si eso hubiese sido cuestión de toda la vida. Ningún Mortífago le agradaba, pero él le daba una sensación demasiado extraña como para que pudiera, aunque fuese, simplemente "no gustarle". La verdad, es que ya sentía aversión por él. Le provocaba repugnancia y desconfianza.

Aguardaron casi cuatro horas, con las varitas firmes, las capuchas puestas, preparados para cualquier cosa…

De un momento a otro, siete figuras aparecieron en conjunto frente a la reja de madera. Eran Kingsley, Tonks, Moody, Fletcher, Lupin, Vance y Podmore, y al parecer ninguno había sido alertado ―a menos que hubiesen actuado demasiado bien―, porque alcanzaron a evadir en el momento preciso la sarta de maldiciones que los Mortífagos habían lanzado hacia ellos. Severus se incluía entre los atacantes, y el maleficio que lanzó para cortar la respiración le pasó rozando a Kingsley.

Fue una lucha igualada y vertiginosa: se entretuvieron cerca de diez segundos, cuando Molly y Arthur, escandalizados por lo que estaba ocurriendo, salieron de la casa, ambos con las varitas en alto.

―¡Váyanse, Molly! ―gritó Lupin, quien luchaba con Bellatrix.

―¡Lo sentimos, no podemos cooperar! ¡Ginny ha tenido un accidente! ―contestó Arthur con terror en la voz.

Tomó a su esposa de la mano y se esfumaron juntos.

―¡Vamos, vamos! ―gritó Lucius, furioso y despeinado―. ¡Hay que irse a Hogsmeade!

Los de la Orden se esmeraron al máximo para retenerlos allí un poco más, antes de que se fueran también ―ninguno tenía idea que Severus estaba entre ellos; la capucha lo protegía. Si lo veían, asumirían que estaba bajo órdenes de Dumbledore y no le harían nada, lo que haría sospechar a los Mortífagos, o no creerían nada de su fidelidad y lo aniquilarían sin decir nada―. Acertaron a Rabastan con un encantamiento aturdidor. Severus alcanzó a desaparecer justo en el instante en que Lupin le lanzaba un encantamiento seccionador.

Para su mala suerte la maldición le rozó e hizo daño suficiente, desde el hombro izquierdo hasta el costado derecho, como para que comenzara a sangrar a chorros, tomándolo por sorpresa.

Más de quince personas se materializaron en el pueblo mágico para luchar y proteger a los Weasley. Rabastan se había quedado atrás, de seguro apresado por parte de la Orden. Pero los objetivos, Molly y Arthur, no estaban por ningún lado. Y, cuando, nuevamente, comenzaban a salir maldiciones a diestra y siniestra de la punta de las varitas, todos se habían dado cuenta de que estaban gastando energías innecesarias por los perseguidos.

―¡A estas alturas ya tendrían que haber salido! ¡Hay que irse! ―gritó Lucius otra vez, imponente.

―¡No podemos! ¡Hay que encontrarlos! ¡Pueden estar escondidos en cualquier lado! ―contradijo Bellatrix con la desesperación dominando su voz, quitándose su máscara para poder observar mejor lo que sucedía en su entorno.

Severus apenas se podía sostener, con un brazo cruzado en el pecho para evitar sangrar demasiado, defendiéndose de los rayos aturdidores de Dedalus Diggle.

―¡No, hay que marcharse! ―insistió Snape con la voz ronca y diferente, y no porque estuviera fingiendo ser otro, sino que el dolor y la debilidad le estaban haciendo mucho daño. Los ojos se le comenzaban a desenfocar. Eran contadas las veces que se había sentido así de endeble.

Los demás Mortífagos obedecieron justo a tiempo, antes de que unos cuantos maleficios los alcanzaran.

Por fortuna, esta vez, al desaparecer, salió airoso. Pero el corte de su pecho era tan profundo, que apenas hubo regresado a la Mansión de los Malfoy con todos los demás, se preocupó de curarse. Si iban a presenciar a Lord Voldemort furioso por el rotundo fracaso, entonces iba a tener que estar sano para estar en todas sus capacidades de poder mentir.

―¿Por qué no los fuimos a buscar? ―gritó Bellatrix sin siquiera mirar cómo él pasaba su varita varias veces a centímetros del corte para que coagulara. Estaban en el vestíbulo, junto a los silenciosos cuadros que adornaban la estancia.

―Porque es obvio que no estaban Hogsmeade, Bellatrix ―gruñó él en respuesta―. ¿A sabiendas de que nosotros podemos destruir el pueblo entero para encontrarlos?

―¿Sabes? Creo que esto lo hiciste por tu conveniencia ―le espetó la bruja, roja de ira.

―No lo niego, porque, ¿cómo me vería yo en medio de una lucha contra la Orden del Fénix? Además, considero que soy importante para el Señor de las Tinieblas. Perderme así como así no le haría gracia… Menos por nuestra negligencia. Pero, como te digo, estoy seguro de que ya no se hallaban en el pueblo.

―Sigo sin confiar en ti, Snape.

―Piensa lo que quieras ―contestó él con arrogancia y desafío.

Minutos más tarde tuvieron que enfrentarse a un iracundo Lord Voldemort, y a Snape, junto con otros Mortífagos, se les delegó la misión de vigilar el pueblo hasta las ocho de la noche para compensar la misión mal ejecutada. El único torturado fue Dolohov, quien había sido seleccionado al azar para que El Innombrable descargara su ira. Luego de eso Severus pudo volver al castillo, decidido a que debía hacer algo respecto a Merlina. No podía dejar de pensar en lo que había dicho el Señor de las Tinieblas acerca de exterminar a la persona que se había atrevido a decir tal mentira. Iba a hacer lo que fuera para proteger a Merlina Morgan del mal destino que le había tocado, pero para eso tendría que esforzarse al máximo en no caer en el amor ni en sus juegos, aunque sufriera, se aburriera y su ser no diera más de tanto martirio. Al fin y al cabo, seguía siendo su responsabilidad… Y a ella, la amaba más que a nada.

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Merlina, que estaba esperando a que los Weasley aparecieran por las lejanas verjas de los cerdos alados mirando desde el Vestíbulo con la puerta abierta de par en par, y congelándose hasta las punta de los dedos, se llevó un susto de muerte cuando éstos aparecieron en el mismísimo centro del Vestíbulo. Dumbledore estaba con ella, y no pareció sorprendido en absoluto. Hizo un imperceptible, aunque ágil movimiento con la varita, y se acercó a los asustados Weasley. Había controlado por un segundo el sortilegio del castillo para que pudieran aparecer en el interior de la fortaleza.

―¿Cómo está Ginny? ―preguntó Molly alarmada.

―¿Qué le sucedió? ―añadió el señor Weasley, pasándole un brazo por el hombro a su esposa para confortarla en el caso de que fuera algo grave.

Merlina allí cayó en la cuenta de que el plan había sido ejecutado con la mayor cautela posible para que los Mortífagos no sospecharan: los Weasley no tenían idea de que era una mentira lo del accidente de su hija.

Dumbledore alzó su apergaminada mano derecha para acallarlos. Los Weasley se silenciaron de inmediato.

―Vamos a mi despacho, déjenme explicarles ―se volvió hacia la celadora―. Puedes cerrar las puertas, Merlina, e ir a vigilar que nadie se asome dentro la Enfermería.

Merlina asintió, cerró las puertas y se dirigió hacia el lugar indicado por Dumbledore. La puerta de la Enfermería estaba cerrada, pero varios curiosos estaban vagando por el pasillo esperando a que se abriera para tener alguna visión de Ginny, que seguro estaría adentro saltando en una pata, esperando ansiosa por ver a sus padres.

―Ustedes, ¡a sus Salas Comunes! ―demandó Merlina algo furibunda. Los muchachos se miraron entre sí, arqueando las cejas―. Y no es broma ―añadió.

De mala gana, y lo más lento que pudieron, se retiraron del corredor. Merlina se cruzó de brazos haciendo guardia al lado derecho de la puerta.

A los pocos minutos Molly y Arthur Weasley aparecieron junto con Dumbledore por el corredor. Merlina percibió el atisbo de alivio en sus caras, que trataban de disimularla a toda costa para que no se notara que todo era una farsa.

Intercambiaron una mirada de complicidad con Merlina antes de entrar a la Enfermería para ver a Ginny.

―Tú también entra, Merlina, pero cierra la puerta con llave ―le indicó Dumbledore con seriedad. La joven obedeció de inmediato.

La pelirroja estaba tras un biombo, sencillamente sentada en la cama con su ropa puesta y mirando por la ventana distraídamente. Cuando vio a sus padres, dio un respingo y se lanzó a abrazarlos.

Merlina se odió a sí misma por sentir una punzada de envidia. Por suerte aquello duró un segundo; luego se alegró de que los tres Weasley estuvieran felices.

―¿Están bien, mamá? ¿Papá?

―Todo bien, hija ―le aseguró Molly con una leve sonrisa en los labios.

Los padres de Ginny se iban a quedar en el castillo el tiempo que fuera necesario, dado que era imposible que volvieran a la Madriguera. Los Mortífagos fácilmente podían aún averiguar utilizando a Percy el paradero de su hogar, que por esa noche había permanecido intacto bajo el encantamiento Fidelio, por fortuna. Dumbledore había enviado un mensaje a Shacklebolt para que no se despegara de la espalda del Weasley en la ceremonia que se celebraría durante la tarde, cuando lo ascendieran. Luego, la Orden tendría que buscar la manera de hacer llegar al joven a Hogwarts. Todo eso Dumbledore lo dijo en presencia de Merlina, mientras seguían en la Enfermería, por eso es que estaba tan enterada.

―Merlina, ¿podrías ser tan amable de habitar el despacho cinco del cuarto piso, donde está el tapiz de Daraliz la Chillona? Ojalá puedas dejarlo lo más parecido a una casa ―solicitó Dumbledore. Se aproximó hasta ella y bajó la voz―. Las cosas que necesites las podrás encontrar en el séptimo piso, en la Sala Multipropósito, sólo tienes que…

El anciano acabó de dar las instrucciones a Merlina y ésta partió de inmediato a su labor.

Tuvo que asistir varias veces a aquella sala mágica para complementar dicha aula a modo de casa. Una cama matrimonial, baño, cocina, un sillón y un librero fue suficiente para dar ese aspecto. Gastó todas sus horas para dormir, más allá de las siete de la tarde. Primero, tuvo que limpiar hasta el último rincón, y, luego, trasladar objeto por objeto. Estaba exhausta y su magia no daba para trasladar más de dos cosas por los pasillos. Además que ningún estudiante estaba libre como para que amablemente se ofrecieran a ayudarla. Y Ginny tendría que pasar, por lo menos, dos días más en la Enfermería para que el asunto del accidente resultara más convincente. Merlina tenía que asegurarse, durante la noche, que la puerta de la Enfermería quedara bien cerrada; esa era una de las partes más importantes del plan.

―Hice lo que pude ―dijo a los señores Weasley cuando fueron a apreciar su trabajo.

―Está bien así, querida. No podríamos estar más cómodos y seguros que en Hogwarts ―reconoció Molly con una triste sonrisa en la cara.

Merlina, apenas acabó de enseñar el cuarto, fue al despacho para echarse un baño. Estaba muerta de sueño y transpirada por el esfuerzo.

Cuando entró, sin embargo, se llevó una desagradable sorpresa que le desvió de sus fines. Severus estaba allí, quitándose la capa de viaje con aspecto muy desvaído. Su piel, habitualmente cetrina, brillaba de sudor y había adquirido un color perlado y enfermizo. Su aspecto le hizo olvidar cómo la había tratado en la mañana y aquella molestia súbita.

―¡Severus, pensé que tardarías más en llegar! ―exclamó temblorosa dando dos zancadas hasta él para mirarlo mejor. Él apenas le dirigió la mirada―. ¿Qué te ha suce…? ―se quedó callada. Tenía una rasgadura en la camisa, que surcaba su pecho diagonalmente. Se asomaba una cicatriz joven bajo la tela. Merlina hizo un ruido indefinido.

Severus, con un toque rápido de su varita reparó su ropa, pero aún sin decir nada.

―¿Te hirieron? ―farfulló Merlina con la voz entrecortada, observando la cicatriz como si jamás hubiese visto una.

―No es nada de lo que debas preocuparte… Y que te incumba ―masculló, con más sinceridad que crueldad. El profesor siguió el camino hasta la habitación que compartían. Merlina frunció los labios.

―Pero tienes una herida, no estás bien, deberías ir a la Enfermería, podrías tenerla infectada…

―Morgan ―la voz de Severus sonó como un cuchillo rasgando un papel―. No pasa nada. Ahora… ―hizo una pausa, en la cual se quedó de espalda hacia ella. Luego, lentamente se giró más imperturbable que nunca.

―¿Qué…? ¿Por qué me miras de ese modo? ¿Hice algo mal? ¿Aparte de perder la memoria? ―No pudo evitar soltar aquel comentario sarcástico.

Severus arqueó las cejas, mirando el suelo, exasperado.

―No, no has hecho nada mal ―hizo otra pausa―. Creo que es momento de que te mudes a tu propio despacho de regreso.

Las neuronas de Merlina, que en algún momento había estado trabajando a toda velocidad, frenaron de golpe en una especie de vacío. Se quedaron flotando durante algún segundo, para luego, atropelladamente, volver a funcionar. ¿Volver a su propio despacho? ¿No que iban a vivir juntos, y habían peleado por ello incluso? No… estaba entendiendo mal. Claro que Severus no estaba diciendo eso. Ella ya había pensado varias veces en ello, pero sólo era una loca idea que se le cruzaba por la mente cuando se enojaba con él.

Su corazón comenzó a tomar un ritmo algo desbocado y se puso colorada de los nervios.

―¿Qué dices? ―inquirió, fingiendo mal el papel de "no te escuché bien".

―Que creo que debes volver al despacho que tenías antes.

Merlina negó frenéticamente con la cabeza, con una sonrisa hipócrita en la cara.

―Pero, Severus, si estamos bien…

―Morgan, debes hacerlo. Esto no está funcionando, ayer te lo traté de hacer entender, quizá no de la mejor manera, pero lo hice ―soltó con los dientes apretados.

―¡Ya sé! ―la joven se acercó a él y le tomó las muñecas. Sus ojos estaban más abiertos que nunca, y su miedo de quedar sola se acrecentaba a cada milésima de segundo―. ¿Falta comunicación? Podemos hablar si eso es lo que deseas…

―No…

―Puedo, por ejemplo, contarte que he estado muy atareada, ¿sabes?

―Morgan, por favor… ―Severus, evidentemente, comenzaba a perder la poca paciencia que le quedaba.

―Si quieres podemos comentar temas de actualidad, por ejemplo, ¿sabías que…?

―Morgan, suéltame.

―¿… el otro día me puse a leer el Quisquilloso, una revista que me entregó una chica llamada Luna Lovegood, y que decían que…? —continuó diciendo Merlina, que fue lo primero que se le fue a la mente, con tal de hablarle.

Severus forcejeaba, pero flojamente, pareciendo querer retrasar el momento. Aun así, su cara estaba como piedra. Sus facciones no habían cambiado para nada desde que le había dicho que tenía que irse de allí.

―¿… el Ministerio de Magia va a utilizar Inferius para proteger…?

De pronto, con real brusquedad, Severus se zafó de ella, pero ya no inmutable, sino que iracundo. La sangre le había coloreado la cara entera y la vena de la sien sobresalía más que de costumbre.

―¡CÁLLATE! ―le espetó poco nada que rugiendo.

Merlina retrocedió torpemente unos cuantos pasos, sin poder creer lo que estaba sucediendo. Severus había tomado un velador y lo había lanzado con una fuerza adrenalínica hacia la pared del otro extremo, haciendo saltar una pila de objetos para todos lados, produciendo ruidos metálicos y otros secos. Por un segundo se quedó paralizada, sin respirar.

―Severus, me iré, me iré, lo juro… ―la voz apenas le salió. Y, al parecer, él no la oyó, porque, a continuación, derribó sin piedad el armario de la ropa.

De la garganta de Severus nacían gritos guturales, impropios de él. Merlina miró hacia todos lados, como si pudiera encontrar una respuesta en las húmedas y grises paredes de la habitación.

―Severus, lo siento, no creo que haya sido para tanto…

Gritó otra vez. Sus ojos estaban fuera de órbita, y lo que pillaba, lo lanzaba. Una copa de plata pasó rozándole la oreja a Merlina, quien cruzó de inmediato el umbral hacia el despacho nuevamente.

Ya no se dirigía a ella, ni siquiera parecía verla, y la celadora supo que algo estaba realmente mal.

Tengo que pedir ayuda —fue lo que atinó a pensar cuando estuvo a salvo al otro lado, o al menos lo estuvo por un par de segundos, porque Snape apareció otra vez para derribar más cosas a su paso.