Capítulo 32: Falta de querer

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La celadora corrió por el pasillo de las mazmorras y, para su mala fortuna, la primera persona que se encontró en el primer piso fue a Dunstan. Había sido convocada por Albus para que patrullara por los pasillos, como la mayoría de los profesores, por eso era más factible que se la topara cada diez minutos. ¿Por qué, cuando le sucedía algo a Severus, era Dunstan la que tenía que aparecer en su camino?

―Ayúdame… ―farfulló sin aliento, sabiendo que no podía darse el lujo de perder tiempo buscando a otro profesor―. Algo le ha sucedido a Severus… Está… fuera de sí.

―Si es una broma estúpida y es tu manera de hacer que caiga… ―negó con la cabeza.

―¡Es verdad! ―no tuvo la precisa intención de gritar, pero no tenía tiempo para estar dando explicaciones. Su voz sonó desesperada, y ni siquiera se molestó en ocultar la súplica de sus ojos. Tuvo que tragarse todo su orgullo.

―¿Dónde? ―preguntó la mujer sin más preámbulos.

―En el despacho…

Corrieron juntas hasta el lugar. Merlina sentía haber corrido maratones en las últimas horas.

—¡Petrificus Totalus! ―exclamó Agatha señalando a Severus, que estaba a punto de lanzar la silla del escritorio hacia un librero.

Las piernas y brazos del hombre se apegaron al cuerpo y cayó al suelo con un ruido sordo. Dunstan se arrodilló a su lado y le tomó el pulso. Su cara aún estaba roja de ira, y parecía querer gritar, aunque no podía mover ni un solo músculo.

―¿Recuerdas lo que te dije la otra vez? ―inquirió Agatha con antipatía, mirando hacia Merlina con una dureza.

―¿Disculpa? ―Merlina alzó las cejas, molesta.

―La otra vez te dije, Morgan, que debías tener cuidado con lo que hablabas. ¿Acaso no recuerdas que a Snape lo maldijeron? Te advertí que, si mencionabas la palabra clave, le daría un ataque de ira que no podría controlar. Pudiste haber salido herida… ―añadió como quien no quiere la cosa.

Merlina trató de hacer memoria. Cuando por fin las imágenes llegaron a su mente, admitió que Dunstan tenía razón, que eso era lo que había sucedido, sin duda alguna.

―Pero, juro que no dije nada malo ―se defendió. Era cierto, ¡jamás había mencionado algo… sospechoso! No tenía por qué sentirse mal―. No sé qué pude haber dicho.

Agatha suspiró y se reincorporó.

―Tarde o temprano tenía que pasar ―puntualizó disgustada―. Pero hubiese sido mejor que no le dirigieras la palabra, ¿no?

Merlina prefirió no contestar. Si su deseo era que no le hablara a Severus nunca más, no lo iba a conseguir, aunque como iban las cosas ahora, quizá de verdad le resultara.

Siguió a Dunstan en silencio, quien llevaba a Severus flotando. Merlina iba disgustada tras ella, odiando el hecho de que hubiera tenido que pedirle ayuda.

Una vez allá, Pomfrey le pasó una poción de relajación por la garganta antes de despetrificarlo. Ginny asomó su pelirroja cabeza tras el biombo en donde estaba su cama, enviándole una mirada inquisitiva a Merlina. Ésta se limitó a negar con la cabeza, seria y molesta.

―Sólo estará hasta mañana así ―avisó Madame Pomfrey con el típico tono de pesimismo―. Luego se repondrá.

―Mira, Morgan ―comenzó Dunstan cuando la enfermera desapareció en el interior de su despacho―, el que yo te haya ayudado ahora, no significa que no esté pensando en vengarme de ti.

Estaban a un metro de distancia, al lado de la cama en donde el profesor de Pociones reposaba.

―Yo nunca he creído lo contrario ―corroboró Merlina con los dientes apretados, demasiado enojada como para decir algo más.

Era cierto. Además, ni siquiera lo había tomado como una "ayuda", era su deber como profesora de Defensa, independiente de si se trataba de Severus y luego pudiera sacar provecho de ello. Merlina sabía que las cosas no iban a quedar así.

―Me alegro ―musitó con orgullo la mujer. Como siempre, se retiró haciendo sonar sus botas de tacón.

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Se saltó el desayuno para ir a verlo. Tal vez, ya que iba a estar en sus cabales, pudiera "arreglar" las cosas con él, aunque no hubiese nada que arreglar exactamente. Ginny estaba varias camas más allá, tapada aún por el biombo, así que no se aproximó a saludarla y, esta vez, ella tampoco se asomó para inspeccionar nada. La verdad es que saludarla era un punto menos para ella en su intento de reconciliación: a Severus le desagradaba los estudiantes en general, sobre todo Ginny.

Severus estaba despierto, tomando una humeante poción color naranja brillante. Merlina se sentó en una silla, a su lado.

―¿Estás bien?

―Sí.

―¿Pensaste en algo mientras… destruías el despacho? ―trató de sonar graciosa, pero no le resultó. Demasiado pronto atacó el problema.

―No. Sólo me sentía muy enojado ―reconoció con sencillez.

―¿Qué fue lo que te hizo reaccionar?

Severus frunció el entrecejo.

―Creo que fue… "Inferius". Cuando dijiste eso… perdí el control ―contestó desganado.

Merlina asintió con lentitud.

―Madame Pomfrey aprovechó de curarte la herida, ¿no?

Severus movió la cabeza de arriba abajo. Todo el rato había estado sin mirarla. Tomaba del vaso con lentitud.

―Pudiste haber salido herida…

―¿Sabes? —lo cortó Merlina de pronto―. Tal vez, lo nuestro, de verdad, sea un problema de comunicación, porque yo aún tengo la esperanza de que podamos estar juntos como alguna vez lo estuvimos, ¿no? Puede que sea mi culpa, eso de perder la memoria, pero puedo mejorar, puedo intentar…

―Merlina…

Los ojos negros de Severus le taladraron el alma dolorosamente. Iba a quedarse sola.

―Tengo que irme de tu despacho ¿no?

―Sí. Porque es lo mejor para ambos. Aunque no lo creas ―dijo firme e irrefutable.

Merlina asintió con pesadumbre. Aceptó de inmediato lo que estaba diciendo. Si hubiese poseído su memoria, sabría que había otra razón de por medio para pedirle que se fuera de la habitación de él.

―Bien…―se puso de pie otra vez, con la máxima lentitud que pudo. Entonces tuvo una idea, y añadió como quien no quiere la cosa―. Si tú lo dices… Pues, todo esto significa que ya no estaremos más juntos, ¿no? Porque, ayer en Hogsmeade, un hombre se me acercó y…

―¿Cómo dices? ―Severus se enderezó en la cama, soltando el vaso vacío sobre la cama, que rodó por la manta y cayó al suelo con estrépito.

―Que un hombre se me acercó para hablarme ―continuó ella un poco más firme―. Era alguien me conocía desde antes y fue muy amable conmigo, era muy guapo…

―¿Alguien que te conocía?

―Sí, al parecer fuimos… no sé, la verdad, pero me conocía, incluso preguntó por ti, ¿sabes?

Severus abrió los ojos lo más que pudo.

―¡No puedes estar conversando con gente extraña en estos tiempos, Morgan! ―le espetó enojado.

―¿Perdón? ¡Ya no puedes…!

―No, la que no puede eres tú ―con rapidez se paró de la cama y la miró a los ojos, sin tocarla―. No puedes hablar con gente extraña, porque, por mucho que aquella persona te haya conocido a ti, pudo haber sido una trampa para algo.

Merlina dilató los agujeros de la nariz y retrocedió un paso.

―Yo haré lo que me dé la gana ahora. Acaba de darme el corte, ¿no, profesor Snape?

―No me digas "profesor" ―gruñó él.

Merlina retrocedió dos pasos más. ¿La actitud de Severus sería obra de Dunstan? No, claro que no. De algo que estaba segura, era que él era… él mismo. Si algo que tenía en ella constantemente, eran los recuerdos del colegio donde se comportaba igual de déspota que en la actualidad.

―Ahora mismo me cambio de despacho ―los ojos se le llenaron de lágrimas. Luego, no pudo evitar sacarle en cara brutalmente―: Dijiste que no me dejarías sola, y ahora eso harás.

Severus cerró los ojos como si estuviera sufriendo. Sin embargo, Merlina no quiso estar allí para oír palabras vanas de una excusa barata, y prefirió retirarse lo antes posible.

Con rabia, aguantándose las lágrimas ―como muchas veces lo había tenido que hacer en el transcurso del año―, echó la poca ropa que le quedaba en una maleta, algunos cuántos objetos personales y se fue al despacho que había sido suyo alguna vez, en la segunda planta.

El lugar estaba amoblado, como si siempre hubiese estado aguardando por ella.

―Merlina Morgan, no sé cómo te has podido enamorar de ese hombre alguna vez… Y tampoco entiendo por qué te sigue gustando… Y por qué te empeñas en arrastrarte…

En un segundo, con magia guardó sus pertenencias en una enorme cómoda. Con nostalgia miró la cama de una plaza que esperaba por ella. Sería tan raro dormir sola ahora… el espacio se le hacía grande.

Tenía un hambre atroz, pero prefirió dormir. Debía de reponer energías y mejorar su ánimo. Las ganas de echarse a llorar tenían que pasársele de un modo u otro.

―¿No ves? Te lo advertí ―dijo Dunstan mirándola con odio, horas más tarde, cuando despertó―. Snape tenía algo conmigo. Y aún lo tiene ―agregó con maldad―. Por eso es que ya no te quiere cerca.

Merlina negó con la cabeza frenéticamente. Estaban en el Vestíbulo, en medio de un grupo de espectadores.

―No seas mentirosa, esa no es la razón ―contradijo Merlina, sin tanta firmeza con la que habría querido lanzar la frase.

Se fulminaron con la mirada.

―Deja de engañarte, Morgan… ¡Estarás sola! ¡Debes despertar del sueño de princesa inocente que tienes! Debes despertar.

Merlina retrocedió. Dunstan daba tales gritos, que le hacía daño en los oídos.

―¡Debes despertar!

―No es ningún sueño…

―¡Merlina! ¡Despierta, despierta!

Merlina se levantó de la cama con el corazón a mil. Miró con ojos de pescado a McGonagall, quien le devolvía de la misma manera la mirada.

―¿Qué? ¿Qué es lo que sucede? ―indagó asustada.

―¡Tendrás que quedarte a cargo de Ginny Weasley! ―Algo en la voz de la profesora le puso la piel de gallina a Merlina.

Se puso de pie rápido, ignorando el repentino mareo por hacer esto.

―¿Por qué? ¿Qué es lo que ha sucedido?

―Percy Weasley ha muerto.

Aquellas palabras atravesaron lentamente el cerebro de Merlina. No tenían mucho sentido para ella. Weasley era un apellido que era demasiado significativo para ella, pero "Percy" no era un nombre que escuchara muy a diario.

―Un momento… No me diga que es…

―Uno de los hermanos de la señorita Weasley, quien iba a ser ascendido.

Merlina corrió hacia el extremo de su habitación para coger el la bata púrpura ―estaba en pijamas― y se calzó sus desgastadas zapatillas, mientras preguntaba:

―¿Cómo sucedió? ¿En qué momento? ¿En qué puedo ayudar? ―las palabras salieron atropelladamente de su boca.

―Hace unos cinco minutos, Shacklebolt nos dio el aviso. Son las once de la noche, la ceremonia de ascenso estaba terminando… ―hizo una pausa mientras se sorbía la nariz―. Era un excelente estudiante. Un muchacho modelo ―de pronto dio un respingo―. Tienes que vigilar a la señorita Weasley en la Enfermería, no puedes despegarte de ella, ni menos dejarla salir. Dumbledore escoltará a Molly y Arthur para recuperar el cuerpo del muchacho. ¡Vamos, Merlina! ¡No hay tiempo!

Merlina salió de su despacho y se echó a correr por el pasillo, camino a la Enfermería. Ginny estaba sentada en la cama, siendo vigilada por Flitwick. Apenas Merlina entró, éste se fue. Tenía que patrullar por el colegio junto con los demás profesores. Severus ya no estaba allí. De seguro estaba cumpliendo alguna misión afuera, o en el castillo mismo. Era algo que prefería no pensar, pero al menos podía estar segura de que se había recuperado.

―¿Me puedes dejar salir, Merlina? —preguntó Ginny con firmeza.

―No puedo ―contestó ella compasivamente, pero determinada―. ¡Cuánto lo siento, Ginny! No puedo hacerlo, me enviaron a que te acompañara…

―Tienes que dejarme salir, Merlina ―insistió la pelirroja sumamente calma, pero cada vez se iba acercando más a la puerta. Merlina la cerró con magia, antes de que hiciera algún ademán para huir. Se miraron fijamente.

―Ginny, me ordenaron que estuviera contigo, y que no debo dejarte salir ―hizo una pausa y se aproximó a Ginny―. No puedes hacer nada, aunque quieras…

―¡Mi hermano está muerto! ¡Tengo que ir a verlo! ¡Tengo que ir! ¿Acaso NO entiendes? ―chilló la pelirroja avanzando hasta Merlina, furiosa, para empujarla por los hombros.

La celadora soltó un grito ahogado, incrédula de lo que estaba sucediendo: Ginny estaba fuera de sí, jamás la había visto tan desesperada. Y bueno, ¿qué quería? Su hermano había muerto, y ella más que nadie sabía lo que se sentía.

―¡Recuerda con quién estás tratando! ―bramó Merlina, conteniendo las ganas de devolverle el empujón. Ginny estaba a un palmo de su cara.

―¡SÍ! ¡Con la conserje de Hogwarts! ¿Desde cuándo te tomas tan a pecho tu trabajo, como si fuera algo importante? ―replicó Ginny, roja como tomate. La frente se le confundía con el cabello.

―¡No me refería a eso! ¡Sino a que debes recordar que la persona que está en frente de ti perdió a toda su familia! ―los ojos se le humedecieron de sólo recordarlo.

Ginny pareció despertar de un trance. Sus ojos castaños pestañearon varias veces con rapidez y se alejó de Merlina, con aspecto avergonzado.

―Lo s-siento ―le soltó y se giró. Se acercó a una ventana, cruzándose de brazos y dándole la espalda a Merlina. Comenzó a soltar lágrimas silenciosas, sin sollozar.

Merlina no dijo nada más. Consolar a alguien que había perdido un familiar de una manera tan cruel, era algo que no podía hacerse. Por eso es que no se había lanzado a abrazarla, ni nada por el estilo. Era un dolor muy grande como para ser sanado en un instante.

Se sentó en la cama, en la que Severus había yacido por la mañana, y se dedicó sólo a esperar a que ocurriera algo.

Cerca de las doce de la noche a ambas les dio hambre. No obstante, los nervios eran muchos más como para darse un banquete tan despreocupadamente. Merlina sentía frío y temblaba, pero aunque se pusiera diez abrigos, no se le pasaría. No sería capaz de poder tomar un tenedor sin que se le cayera la comida.

¿Qué sería del cuerpo de Percy? ¿Qué tendrían que hacer para recuperarlo? ¿Qué sería de Dumbledore y los Weasley? ¿Severus también había ido hacia allá, o habría tenido que partir otra vez donde los Mortífagos? ¿Por qué el día anterior había llegado herido?

¿Por qué le había pedido que se fuera del despacho que compartían juntos? De algo estaba segura: no podía haberla dejado de querer así como así… ¿O sí?

Cerca de la una de la madrugada cambiaron de lugar con Ginny. La pelirroja se fue hacia la cama; Merlina se ubicó en la ventana. Apegó la cara al vidrio luego de hacerle un encantamiento para que no se empañara. Afuera llovía a cántaros y se distinguía, entre las gotas de la ventana, una claridad púrpura en el cielo con nubes negras. A lo lejos, y descendiendo por la ladera, cercano al Bosque Prohibido, las luces de la ventana de Hagrid estaban encendidas.

Hacia la una y media, Merlina no pudo reprimir un sonoro bostezo. El estar haciendo nada, sumando la preocupación por los demás, la debilitaba mentalmente. Y no deseaba forzar a Ginny hablar para entretenerse. Sin embargo, se llevó una sorpresa cuando ésta le dirigió la palabra, por primera vez luego de largo rato.

―Tal vez sea cruel ―comenzó y, a pesar de que auténticas lágrimas estaban saliendo nuevamente de sus ojos, la voz no le sonó quebrada―, pero todo esto me da más pena por mamá ―giró la cabeza hacia Merlina para mirarla a los ojos. Merlina no se había despegado de la ventana―. ¡No es que no haya querido a mi hermano! Pero… entenderás que él cometió muchos errores y nos abandonó ―hizo una mueca―. Él nunca estuvo para mí. No recuerdo que alguna vez me haya dado algún abrazo o algún consejo que no fuera acerca de las calificaciones. Siempre estuvo más preocupado por los estudios, y, los últimos cuatro años, por el apestoso Ministerio ―se pasó la mano por la cara―. Y más que pena, me da rabia ―reconoció―. Me da mucha rabia que mucha otra gente esté viviendo esto. Y quizás qué más vamos a tener que vivir.

―Ginny… No entiendo. O sea… sé que los Mortífagos asesinaron a Percy, pero ¿qué tan mal están las cosas? He estado tan protegida por las paredes del castillo, y Severus… Severus… ―tomó aire―. Con Severus las cosas terminaron para siempre ―se desvió del tema sin poder evitarlo.

―¿Por qué? ¿Qué es lo que ha sucedido?

―Él dice que ya las cosas no van a funcionar… y hoy en la mañana me ha pedido explícitamente que me fuera a mi despacho anterior ―Ginny abrió la boca, anonadada―. Y eso fue lo que hice.

―Mira, Merlina, tal vez sea… ¿qué sucede?

La celadora había vuelto la cabeza rápidamente hacia la ventana. Apegó la frente al helado vidrio y miró hacia las lejanas verjas de los cerdos alados. Un rayo partió el cielo y… Gente. Un grupo de gente estaba entrando por la reja. Estúpidamente pensó que eran Mortífagos, y el corazón casi se le salió. Pero… no, no podían ser Mortífagos. Dumbledore tenía que estar en ese grupo.

―Ginny ―dijo sin aliento―, creo que han llegado.

Apuntó hacia la puerta, que se abrió de golpe, y ambas salieron corriendo por el pasillo a lo más que le dieron las piernas, rumbo hacia el Vestíbulo.

Las puertas principales se abrieron por arte de magia, recibiendo una violenta descarga de lluvia y viento cuando estuvieron a un metro de ella. La tormenta las empapó en apenas unos segundos. A Merlina el frío le había calado hasta los huesos. De seguro que, en un rato más, se iba a poner a nevar.

El grupo de gente avanzaba lentamente hacia el castillo, pero se detuvieron cuando vieron a las dos mujeres corriendo hacia ellos. Ginny se adelantó a toda velocidad. Merlina optó por quedarse un poco más atrás. Un rayo había partido el cielo nuevamente, y la visión no era agradable.

Otras personas ―miembros de la Orden del Fénix― escoltaban a los padres de Ginny y a los gemelos, que también se habían reunido con ellos. El señor Weasley llevaba a una delgada figura en los brazos, cubierta por una capa gruesa. Cuando Ginny estuvo cerca de ellos, lo depositaron en el suelo, al centro.

Dumbledore también estaba con ellos, tal como ella había previsto.

Charlie y Bill Weasley se quitaron la capucha y se arrodillaron al lado de su hermano, al igual que Ginny. Molly, que lloraba desconsoladamente, fue estrechada por los brazos de su marido, quien también lloraba en silencio.

Merlina se sintió como una intrusa allí y quiso desaparecer. Por suerte, a los segundos arribaron otros profesores a presenciar el minuto, o los minutos de silencio en honor a Percy. Severus estaba entre ellos. Súbitamente se sintió esperanzada, por eso es que le dirigió una mirada apenada… Que éste no devolvió.

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El entierro de Percy se celebró poco después, a las tres de la mañana. Fue algo breve, en la que sólo lo presenciaron los familiares y Dumbledore para no alarmar a los estudiantes. Los de la Orden del Fénix tuvieron que volver a sus puestos de vigilancia y a sus múltiples misiones, lo mismo que Bill y Charlie a sus trabajos, y Merlina a su labor de celadora. A falta de un cementerio cercano y seguro, decidieron enterrarlo en el de Hogwarts. Merlina cayó en la cuenta de que era la segunda vez de que se enteraba de una muerte relativamente cercana. Primero Edelberth y, luego, el hermano presumido de Ginny. ¿Hasta dónde llegaría todo? Y parecía apenas ser el comienzo.

Merlina, durante el resto de la madrugada, se la había pasado alimentando chimeneas para que no se apagaran, y prendiendo antorchas para que calentaran más el ambiente gélido y fúnebre.

A pesar de que los estudiantes no se enteraron de lo ocurrido en los terrenos ―por suerte no hubo testigos oculares―, en El Profeta se publicó una enorme fotografía en movimiento de una casa torcida y de varios pisos incendiándose con un fuego salido del mismo infierno, dando a conocer que Percy Weasley había muerto en la casa y que no había rastro de los padres de la Ginny, culpando a una mala maniobra del joven al utilizar la varita mágica, lo que creó las llamas. Una mentira salvaje para ocultar que había sido obra de los Mortífagos; era obvio que ellos ya podían publicar y esconder las noticias a su antojo, eso se lo había advertido antes Severus ―el hecho de que ocultaran muertes y desapariciones, o publicaran unas cuantas cuando les apeteciera―, aunque, algo que sí era cierto, era que la casa había quedado completamente destruida. ¿Estaría el Ministerio completamente atado a los hilos que había impuesto Voldemort para manejarlo como una marioneta?

Ginny consideró que no valía estar más tiempo en la Enfermería, por eso es que volvió a la normalidad. Nadie quiso atacarla con preguntas sobre su familia: su cara estaba tan hinchada tanto llorar la noche anterior, y su mirada podía reflejar tanto odio, que nadie se atrevió a abrir la boca delante de ella.

Parecía, por otro lado, que no hubiera presencia del señor y la señora Weasley ―habían quedado muy silenciosos y taciturnos luego de haber llorado tanto la muerte de su hijo― y, por la misma razón, nadie se logró enterar de que ellos estaban allí, salvo el personal mismo. No era algo que se pudiera andar contando tampoco, ya que, si los demás se enteraban, todos exigirían protección para sus padres, lo que crearía un caos total, aparte del empeño de los Mortífagos para penetrar en el castillo y asesinarlos. Además, por lo que Merlina había escuchado decir a Dumbledore, el fin de semana siguiente los padres de Ginny se trasladarían a la casa de un familiar a quien llamaban tía Muriel.

Fue un alivio para Merlina desayunar con el habitual bullicio del colegio y retirar a dormirse luego de leer el periódico de cabo a rabo ―ahora le gustaba enterarse ella misma de los sucesos del mundo mágico, aunque la mitad fuera información fabricada. Divisó su cama tibia y blanda con la almohada de plumas aguardándola para que colocara su cabeza allí, mientras sus piernas avanzaban a toda velocidad por el pasillo oculto que llevaba a la puerta que se ubicaba tras la mesa alta. No pensó que pudiera colisionar con una persona al doblar la esquina… ni menos con Severus. Lo ocurrido horas antes, cuando la ignoró por completo, le había dejado con una sensación muy extraña, un vacío en su corazón.

El golpe fue tan brusco, que la joven cayó abruptamente al suelo. Severus se frotó el hombro con el ceño fruncido.

―Lo sien…

―Fíjate por donde caminas, Cerdi… Morgan ―gruñó algo entrecortado. Tampoco esperaba él encontrarse con ella.

Merlina medio sonrió desde el suelo, con un nudo en su estómago aflojándose.

―¿Qué me ibas a decir, Snape?

Severus la observó despectivamente unos segundos tras retirarse en silencio.

Así que iba a llamarla "Cerdita Parlanchina", ¿no? Era tonta… pero nunca tanto. Eso debía significar algo, como por ejemplo, que aún sentía algo por ella, y que ocultaba algo