Capítulo 33: Cruel indiferencia
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Merlina sabía a ciencia cierta que diciembre completo iba a ser un mes atareado, por el simple hecho de que se avecinaba Navidad y ella debía cuidar de que nada entrara y saliera del castillo. Por eso es que andaba con un detector de tenebrismo para todos lados y lo pasaba desde el regalo mejor envuelto, hasta el más inocente. No le gustaba revisar la correspondencia ajena, pero si Dumbledore lo había ordenado así, así debía ser.
Tampoco le extrañaba ver a uno que otro estudiante retirarse del colegio porque algún familiar había fallecido. Por ello, la inseguridad de Merlina iba en aumento día a día. Y es que no podía comprender, o más bien, imaginarse, cómo la vida de las personas podía empeorar tanto de un instante a otro. La muerte de su familia había creado una barrera que indicaba que no había nada peor que perder a la gente que se quiere. Pero ¿había cosas peores, cosas inimaginables de vivir?
Sí. Algo inimaginable de vivir, pero "bueno", fue volver a ver a su primo antes de lo previsto, aunque no había pensado cuándo lo vería nuevamente.
Sucedió sin previo aviso el día viernes, lo que le produjo un desasosiego inicialmente. Ella estaba durmiendo las horas que le correspondían en su cama, profundamente, babeando la almohada boca abajo, soñando con cosas borrosas e incomprensibles. Tal vez Severus estaba allí susurrándole crueldades, hasta Dunstan podía estar participando con su petulancia, incluso, ¡todo Hogwarts! ¡Todos podían estar participando en el sueño! Excepto su primo. Por eso fue que, cuando éste entró a la habitación de su "nuevo-antiguo" despacho en silencio y le movió el hombro sin delicadeza alguna para despertarla, Merlina se sobresaltó como si hubiese oído la dulce voz de una banshee junto al oído. Aunque, había que reconocer que, lo que le causó más conmoción, fue ver a su primo agachado a un costado de la cama, con una sonrisa maniática de oreja a oreja.
Merlina soltó un grito ahogado, y a una velocidad impresionante saltó de la cama hacia el lado opuesto, para utilizarla como barrera entre los dos. Apuntó a Phil con un dedo acusador mientras trataba de agarrar su varita de la mesa de noche, y dijo:
―¡Ajá! ¡Ja, ja! ¡No me engañas, Dunstan, de verdad! Esto está yendo muy lejos ―movió el brazo amenazadoramente, sintiendo un poco de miedo―, utilizar a mi primo para una venganza es algo muy extremo…
―Merlina ―interrumpió Phil exasperado, alzando las palmas de las manos para frenarla imaginariamente―, ¿de qué demonios estás hablando? ―lanzó una breve risita―. Por si no lo recuerdas, soy tu primo.
Merlina entrecerró los ojos, haciendo un escaneo visual.
―Podrías ser alguien con poción Multijugos ―insistió ella testarudamente.
Phil sonrió con amabilidad fingida.
―Te diré algo que tú sólo sabes, para que veas que soy yo: le tengo miedo a los gusanos y cuando tenía ocho me orinaba en la cama.
Merlina bajó la guardia lentamente, anonadada.
―¿De verdad eres tú? —Phil rodó los ojos, exasperado. ―¿Y qué demonios haces aquí?
―¿Acaso no puedo venir a ver a mi prima?
Merlina sonrió por fin y arrodillándose en la cama se lanzó a sus brazos, quedando a su altura. Lo zarandeó un poco por los hombros, con el corazón hinchado de felicidad.
―¡No sabes cuánto me hacías falta…!
―No me mientas ―gruñó él―, qué apuesto que ni te acordaste de mí.
Merlina se separó de él con una sonrisa culpable reflejada en la cara.
―Bueno… es cierto. Pero ahora que estás acá, me acabo de dar cuenta que me hacías mucha falta ―suspiró―. Creo que tenemos que hablar de muchas cosas…
―Demasiadas, a decir verdad. Pero ¿por qué no te aseas primero? Pareces un estropajo. ¿Estuviste peleando con la almohada?
Merlina, ofendida, se retiró al baño. Sin embargo, el comentario resultó ser totalmente cierto: tenía la sábana marcada en la cara, una línea de saliva dibujada en el mentón y el pelo lo tenía disparado. Ojeras comenzaban a formarse bajo sus ojos por el mal dormir. Por eso fue que no puso objeciones y se arregló lo mejor que pudo para salir a dar una vuelta con su primo por el castillo. Se sentía tan surreal… Claro, porque no recordaba que alguna vez él había estado en el castillo con ella, así mismo.
―¿No tuviste problemas al llegar acá? ―indagó cuando, veinte minutos más tarde, se hallaban recorriendo los desolados pasillos del colegio. Aún estaban en clases la mayoría de los chicos―. Con todo lo que está sucediendo, te arriesgaste a venir… ¿Por qué no me avisaste? Pudiste…
―A ver, a ver, Merlina, vamos por parte, por favor ―alegó serio, tomándola de un brazo―. No me marees con tantas preguntas.
Merlina se calló y decidió escuchar lo que le comenzó a narrar de su viaje.
―Viajé en avión. ¿Te imaginas si me hubiese aparecido? Me hubieran revisado hasta las orejas y algo más, y si se hubiesen enterado de que soy familiar de alguien de acá…
Continuó dando detalles sobre lo nervioso que le puso volar en la nave muggle, y luego continuó hablando, dándose muchas vueltas y complicándose un montón en lo que quería decir. Merlina intuyó que, por primera vez, Phil se daba cuenta de lo cuánto más alta era ella que él, lo que le debió haber hecho sentir disminuido emocionalmente.
―Mira, Merlina… sé que tienes un montón de problemas y… no te lo pediría si no fuera necesario. —La joven lo miró a los ojos, esperando a que continuara. ―Necesitamos que cuides a Wealthow la segunda semana de enero.
―¿A quién?
―A mi hermana… tu prima pequeña. La hija de mis padres.
Merlina abrió la boca, pasmada, sin contestar de inmediato. ¿Cuidar a un bebé? ¿Ella? ¿Era un mal chiste? Después de todo, ella era su prima… y Phil era más un amigo que un primo. Y sus tíos le habían dado todo para cuidarla lo mejor posible en sus años difíciles. No podía decir que no.
―Yo… yo… bueno, no hay problema… digo… ¿Cambiar pañales y eso, no?
―Claro, sólo eso… ―se evadió Phil. Era obvio que incluía algo más, porque cuidar a un bebé no era sólo cambiar pañales.
―¿Y por qué? ¿Por qué tengo que hacerlo?
―Porque mi madre se someterá a una operación que no entiendo y no me interesa comprender. Mi padre y yo no podemos; trabajamos. Celyn está complicada con el embarazo, y en la única que pensamos fue en ti.
La celadora se sintió halagada, pero demasiado nerviosa y desconfiada con ella misma.
―Haré lo que pueda ―prometió―. Pero… ¿por qué no me lo dijiste por carta?
Phil soltó una carcajada a mandíbula batiente en pleno pasillo del cuarto piso. Unos pastores de un cuadro se giraron para dedicarle un fuerte "Shhhht".
―¿Estás de broma? ¿Enviarte una lechuza desde Wisconsin? ¿Y correr el peligro de que sea abierta? ―Ella frunció el entrecejo―. Prima… ―farfulló el joven―, estamos en tiempos complicados, incluso para mí, para nosotros.
―Lo sé, lo sé, pero es que… encuentro todo tan exagerado.
―No escupas al cielo, Merlina… te cae en la cara, de verdad. Es mejor prevenir que lamentar, ya lo sabes ―hizo una pequeña pausa―. Y, ahora, cuéntame tú qué tal llevas todo el asunto.
Merlina bufó con todas sus ganas.
―Si te aburres, luego no me eches la culpa, que es una larga historia…
Merlina le contó cada detalle de la relación que mantenía con sus dos enemigos, y de las venganzas que se llevaban gastando. La que seguía vigente era la de Agatha, y temía que, en cualquier momento, la pillara con la guardia baja. En cuanto a Severus, le explicó por qué la había echado del despacho que compartían juntos, y todo lo que le había ocurrido (el ataque que había sufrido hace meses, con el consecuente ataque de ira), y la definitiva separación. Recordar todo eso hizo que se volviera a tensar el nudo del estómago.
―Me sentí mal, no lo niego ―reconoció ella, asintiendo con fervor―, pero si él lo dice, entonces tiene que ser así… ¿Qué? ¿Qué pasa?
Phil había hecho un ruidito de furia con la boca.
―Está mal, Merlina ―se giró hacia ella y tomó a su prima por los hombros―. Tu Murciélago Batman está mal.
―¿Por…?
―¡Él está enamorado de ti! ¡Y tú, aunque no lo recuerdes… de él!
―¿Y qué puedo hacer yo?
Phil de verdad parecía enojado.
―¿Su despacho sigue quedando donde antes, no?
―Sí, ¡eh! ¿Dónde vas? ¡Phil! ¡No! ―Su primo había tomado camino escaleras abajo para ir al despacho de Snape. Merlina comenzó a trotar tras él, sacó la varita y lo señaló―. ¡Impedimen…!
Phil, al parecer, ya iba preparado para un ataque, porque su brazo derecho se estiró hacia atrás para hacer un movimiento rápido y silencioso, interceptando el encantamiento. Merlina se quedó paralizada por algunos segundos. Luego, lo siguió otra vez, rendida. Tironearlo para impedirle que avanzara era una mala idea, porque él seguía siendo más fuerte que ella.
―Phil, por favor, dejemos esto así, no tiene caso… ―rogó sin éxito alguno, desanimada.
Sin embargo, él ya había pisado el corredor principal de las mazmorras, donde estaba la mazmorra de Snape.
Phil, con todo el ímpetu posible trató de girar el pomo de la puerta, pero ésta estaba cerrada. Intentó abrirla con un encantamiento, pero tampoco funcionó, así que optó por azotar la puerta con los puños.
―Phil, no me hagas esto…―rogó Merlina por última vez, antes que se abriera la puerta.
¡No podía ser! ¿Recién llegado iba a armar líos? Las cosas ya estaban lo suficientemente mal para que él las empeorara.
La pálida cara de Severus contrastando con sus cortinas de pelo negro grasiento apareció en un resquicio de la puerta. Sus ojos entrecerrados analizaron a Philius Grace con recelo y sorpresa; luego se percataron de la presencia de Merlina, un par de metros más atrás de su primo, mirando con atención y temor.
―¿Qué hacen aquí? ―inquirió generalizando de una manera bastante cruel y fulminando a Phil con la mirada.
―Yo vengo a hablar contigo ―gruñó Phil enderezándose, en vano tratando de parecer más alto que Snape, lo cual era imposible, porque Severus era aún más alto que Merlina. La cara de la celadora denotó aún más aflicción.
El aludido abrió con un movimiento brusco y se hizo a un lado para dejar pasar a Philius.
―Adelante, entonces ―le espetó desafiante. Phil no dudó ni un segundo en entrar, lo que a Merlina le dio mala espina. Se adelantó unos pasos, los cuales Severus no los pasó por desapercibidos.
―Morgan, tu primo quiere hablar conmigo ―recalcó Severus con desagrado mirándola con fijeza―, o al menos, eso es lo que creí escuchar.
―Es mi primo, tengo derecho a…
¡Pum!
Su mismo primo le cerró la puerta en las narices.
―Cómo te atreves, Philius Grace… ―gruñó furiosa, sin rendirse, girando el pomo de la puerta. Pero esta ya estaba cerrada, y con magia. Trató un par de hechizos flojos, pero ninguno funcionó.
Finalmente se decidió apegar el oído al agujero de la llave, pero ningún sonido llegó hasta ella. Rendida, se enderezó y se dedicó a esperar a un costado.
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Se fulminaron con la mirada. Severus había aprendido a no hacerle eso al primo de Merlina, pero cuando se le trataba con tanta arrogancia como en esa ocasión, era inevitable. Lanzó un encantamiento insonorizador a la puerta; temía que lo que se hablara fuera del interés de la celadora.
―¿Qué? No tengo toda la tarde. Tengo cosas que hacer.
Philius se enfrentó a él a menos de un metro, y en ningún momento había tenido la intención de sacar la varita. Severus, aun así, estaba alerta a cualquier tipo de ataque.
―¿Por qué has abandonado a mi prima?
Severus arqueó las cejas con los labios apretados. Caviló unos momentos.
―¿Acaso ella no te lo ha dicho?
―Algo, pero no lo entiendo.
Severus apretó los puños.
―Las cosas no resultaron, y punto. No hay nada más que saber ni que entender, Grace.
―No te creo.
―No me interesa.
―Sí te interesa, porque sabes tan bien como yo, Snape, que tú sigues tras ella. ¿Qué te traes entre manos?
Severus sonrió a medias.
―¿Tendría que traerme algo entre manos? ―bufó―. No lo comprendes, Grace. Ha pasado el tiempo suficiente. Me he "desencantado", por decirlo así. Suena frívolo, lo sé ―añadió al ver la expresión de incredulidad del joven―, pero, tu novia no fue la que perdió la memoria y se comporta como una chica de veinte. Tampoco anda preocupándose de vengarse de una "rival". Le importo a Morgan tan poco lo que ella me importa a mí ahora, para que sepas; sólo se hace la mosca muerta, porque a lo único que le teme es quedarse sola. Además… hay ciertas cosas en las que ya no puedo tener prioridad.
Philius entrecerró los ojos.
―A pesar de todo… ―farfulló―. A pesar de que no me caes bien, y de que jamás nos lograremos llevar… Sé que mientes.
Snape curvó más aún las comisuras de sus labios.
―Piensa lo que quieras, Grace… Me tiene sin cuidado. Lo único que deseo, es que no vengas a molestarme por el resto de tu estadía aquí, y que no intentes nada en mi contra. Podrías arrepentirte
Phil se alejó un paso mirándolo con repugnancia.
―No pensaba hacerlo. Pero si le haces daño a Merlina…
―A ella ya no le hace daño lo que yo piense. Pregúntale. Las cosas fueron, Grace ―se adelantó hacia la puerta para abrirla―. Puedes irte.
Apenas la puerta se abrió, Merlina se puso a unos centímetros del umbral para ver si alguno estaba herido. Pues estaban en perfectas condiciones, aunque ambos muy furibundos. Philius salió a paso firme, y Merlina planeó seguirlo, sin embargo…
―Morgan, creo que debería tener también contigo unas palabras en privado.
Merlina giró la cabeza, sorprendida, pero no vaciló en entrar al despacho. Sintió un escalofrío cuando oyó el pestillo cerrarse, a la vez que Severus daba un paso hacia ella con determinación y dominio.
―No quiero que vuelvas a utilizar a tu adorado primo como chico mensajero.
La joven arqueó las cejas y abrió la boca, incrédula.
―¿Cómo? ―protestó―. Yo no le he dicho que venga a decirte nada ―se puso roja de la rabia. Severus hizo un rápido movimiento con los brazos, como si hubiese pensado en agarrar a Merlina por los hombros. ―Además, ¿qué te dijo? ―insistió Merlina―. ¿Acaso no saben que es de mala educación hablar de una persona a sus espaldas?
Severus lanzó una tos falsa rebosante de ironía.
―¿Disculpa? ¿Cómo dices, Cerdita Parlanchina? ¿Tú no hablas a mis espaldas? ―se inclinó un par de grados, como si eso sustituyera el aproximarse más a ella.
A Merlina nunca le había ofendido tanto que la llamara así como en ese instante.
―¿Por qué me tratas así, Snape? ―farfulló dolida―. Yo no… yo no hablo cosas malas a tus espaldas ―reconoció un poco dubitativa, aunque era cierto―. No es necesario que seas tan cruel y comiences a utilizar bromas ridículas.
―No estoy siendo cruel, sino que sensato… ―aclaró Severus, molesto. Merlina lo interrumpió.
―Si no quieres tenerme a la vista, entonces deja de llamarme para hablar, como ahora ―exigió ella, fortaleciendo su orgullo―. Y si todo ha terminado, entonces has como que no existo. Adiós.
Sin ocurrírsele más que decir, pegó media vuelta y se fue del despacho del profesor de Pociones, dando un portazo y sin dejarle replicar nada más.
Phil realizó una mueca y planeó pasarle el brazo a Merlina por el hombro, pero ésta pasó de largo.
―¿Qué? ¿Te enojaste conmigo, Merlina? ―inquirió Phil de mala gana, tratando de alcanzarla.
Merlina se giró y sonrió con evidente desagrado.
―Las cosas con Snape ya estaban mal y tú las empeoras…
—¡Sólo lo hice para ayudarte, para defenderte! ―se excusó él, anonadado.
Merlina sacudió la cabeza con algo de desesperación.
―Phil. Te lo diré una vez: déjame tranquila, vete a mi habitación ―exigió con voz peligrosa―. Yo tengo que cumplir mi trabajo de celadora ahora.
Su primo bufó, abatido, y prefirió dejar a su prima sola, obedeciéndole en lo que había dicho. Mientras tanto, Merlina volvió a lo suyo con muy malas pulgas. Era tanta la antipatía que irradiaba, que los estudiantes la sentían de inmediato, con apenas darle una sola mirada. Su energía negativa se extendía por el ambiente como veneno de basilisco en la sangre.
No sabía qué le molestaba más con exactitud, dado que le fastidiaban un montón de cosas. Realmente, no había sido necesario que Severus la tratara así. Eso le causaba desconfianza; sus temores comenzaban a volver lentamente, imaginándose sola, perdida… Aunque la consoladora imagen de su primo aparecía de por medio. Luego era reemplazada por el enojo: él había sido el culpable de aquella situación.
Dunstan siempre estaba para empeorarlo todo con sus miradas altivas, plagadas de un "algo" inusitado. Aquello le causaba escalofríos a Merlina, puesto que aún no sucedía nada… Temía caer, en cualquier momento, en la boca del lobo sin darse cuenta.
Fue por eso que se arrepintió de haberse sacado a su primo de encima. Al menos, junto a él, esas frívolas miradas no habrían resultado tan insoportables.
―¿Por qué me miras así? ―interrogó Dunstan una vez que se encontraron en el pasillo del primer piso, camino al Gran Comedor a la hora de la cena.
Merlina tenía la boca fruncida y los ojos más que abiertos. Su mano estaba enroscada en la varita, la cual se escondía en el bolsillo de su túnica.
―Razones tengo para hacerlo, ¿no crees? ―masculló sin ocultar su temor, pero tampoco su rabia.
Dunstan aminoró el paso para verla más detenidamente.
―Merlina… lo que tenga que ocurrir, ocurrirá tarde o temprano. Así que te aconsejaría que dejes esa manía de "estar alerta". Es una pérdida de tiempo. Además… ¿no deberías estar preparada?
Merlina intuyó que Dunstan no estaba siendo completamente sincera en lo que hablaba, o que más decía lo que decía para meterle miedo, como siempre. Sin embargo, de un instante a otro la escena cambió: Phil llegó corriendo por detrás de ellas.
―¡Merlina! ―farfulló sin aliento, tomándola del hombro―. ¡No sabes lo que encontré! ¡Había un nido de arañas en un rincón de tu habitación…!
—¡Grace! ―exclamó Dunstan sorprendida, mirando al primo de Merlina con sus ojos muy abiertos. Estaba pasmada.
―Ah, hola, Agatha ―saludó Phil con una sonrisa natural, extendiendo su mano para estrecharla con la de ella―. Espero que estés bien.
―Muy… bien ―contestó ella mirando de soslayo a Merlina con una maliciosa mueca―. ¿Y tú? ¿Buscando nidos de arañas? ―lo dijo con algo de sarcasmo, aunque al joven no le molestó.
―Sí ―dijo, limitándose a sonreír―, ya sabes, mi prima tiene terror a las a… ―no alcanzó a completar la frase. Un grito ahogado había salido de su boca gracias a un codazo bien dado en las costillas por Merlina.
Phil miró a su prima con los ojos desorbitados.
―Bien, tenemos que ir a comer ―anunció Merlina de mala gana, asiendo a su primo del brazo izquierdo y haciéndolo caminar.
―Sí, sí ―replicó Dunstan detrás de ellos―. Yo también voy.
Si antes Merlina se sintió perseguida y paranoica, la sensación aumentó durante la cena. La profesora de Defensa no le paraba de lanzar miradas maliciosas y escrutadoras, como si estuviera analizando a su presa.
―No deberías haber dicho nada, Phil ―alegó Merlina por lo bajo.
―¿Qué? ¿Lo de las arañas? A estas alturas medio mundo debe saber eso ―contestó él frunciendo el ceño―. No creerás que te atacará como tú lo hiciste con ella, ¿no? Porque, déjame decirte, que fue algo muy bajo eso de las polillas…
―¿Phil? Cállate si quieres que te deje dormir en mi despacho esta noche ―amenazó Merlina chocando la copa de zumo con fuerza en la mesa.
El hablarle mal a su primo no le hizo sentirse mejor. Aquella inseguridad le hacía sentir vulnerable e irascible.
Su cena le supo a tierra. Comió en cinco minutos, aunque se obligó a permanecer al lado de Phil hasta que él terminara de comer también.
Severus no bajó a cenar, lo que, de cierto modo, le hizo sentir más desprotegida. Sin embargo, con lo últimamente sucedido, era imposible que Snape la protegiera de algo…
―¿Me acompañas a hacer la ronda? ―preguntó a su primo cuando salieron del Gran Comedor, seguidos de unos cuantos docentes más.
―¿Ahora me pides eso, primita? ―Merlina se avergonzó de su antipatía―. No, lo siento. Quiero descansar un poco…
―¡Gracias! ―le espetó Merlina con la mandíbula apretada.
Claro. Lo primero que hace es venir a pedir favores, a complicarme un poco más la vida y a negarme ayuda. ¡Lo que me faltaba! No necesito nada más. Nada más por hoy.
Gruñendo y resoplando se fue a pisos superiores para cumplir su trabajo. Hacía varias semanas que no se pasaba por las aulas principales para asearlas. Aunque, por supuesto, por la única que no pensaba pasar era por la de Pociones. No quería toparse a Severus.
No fue precisamente necesario bajar a las mazmorras para encontrarlo. Cuando caminaba por el quinto piso, Severus estaba regañando a un grupo de Hufflepuffs de cuarto año.
―Entrégame eso que tienes en la mano, Randall, si no quieres ser castigado por una semana limpiando retretes… ―decía, pero, al ver a Merlina, se quedó callado y formuló una mueca―. Ah, Morgan. Pasaba por aquí y me encontré con estos alumnos portando cosas de cierta tienda de chascos... ―Hizo una pausa, y Merlina aprovechó ese instante para sonrojarse―. Creo que eso te compete a ti.
―Estaba cenando ―se excusó aproximándose a paso rápido, y poniéndose detrás del grupo de chicos. No le dio oportunidad a Severus de replicar, simplemente extendió la mano hacia uno de los muchachos y dijo impasible―: Entréguenme lo que tienen.
Severus tomó la mano de Merlina, apartándola, y alargando la de él.
―Dado que he sido yo el que les ha reprendido, esta vez tengo autoridad por sobre ti. ―A Merlina le hirvió la sangre―. Así que, treinta puntos menos para Hufflepuff y, Randall, última vez que te digo que me entregues eso.
El muchacho no lo pensó más y colocó en la pálida mano libre de Severus ―con la otra aún afirmaba la de Merlina― una esfera verde musgo con una especie de botón y un agujero que apuntaba a la celadora.
―¿Me va a soltar, profesor? ―espetó Merlina tironeando de su mano con la otra.
Ante la señal de una inminente discusión, los chicos esquivaron a ambos adultos y comenzaron a caminar a todo patín.
Severus soltó a Merlina impertérrito.
―Y, ahora, eso me pertenece a mí. Yo soy la celadora de Hogwarts ―expresó autoritaria y estiró la mano, señalando la esfera.
Severus la agitó un poco, pensando contestar algo, pero no pudo. Todo fue muy rápido: del agujero salió un líquido verde, de olor rancio y fuerte, que le dio a Merlina directo en los ojos.
Un grito gutural salió de sus labios al sentir cómo le escocían los globos oculares. Y lo peor era que no podía cerrar los ojos, algo se lo impedía. Así que no halló nada mejor que desquitarse lanzándose contra él.
Severus alcanzó a soltar la esfera para afirmarle las muñecas a Merlina, quien, a toda costa, quería golpearle el pecho.
―¡Quédate tranquila, Morgan! ―bramó Severus, haciendo un esfuerzo descomunal por aplastarla contra la pared, pero ella, de algún lado, estaba sacando una fuerza desconocida.
―Me… duele… ¡me duele! ―se quejaba ella forcejeando con Severus―. ¡No puedo… cerrar… los ojos!
Merlina apegó la cabeza al pecho de Severus para empujarlo y tratar de aplacar el dolor, restregando la cara en su ropa. El limón no era nada comparado con eso. Parecía ser ácido.
―¡Me duele! ―reiteró con la voz quebrada―. ¡Todo por tú culpa! ¡Tú moviste la esfera! ¡Tú culpa! ¡Todo es tu culpa!
Siempre se refirió al tema de los ojos; jamás aquel mensaje tuvo una doble intención, pero algo allí causó una reacción extraña en el profesor. Soltó a Merlina con brusquedad y se alejó de ella como si fuera algo venenoso. Su mirada reflejaba culpa más que asombro. Merlina, que por obligación mantenía los ojos abiertos, no se perdió de detalle. Aquellos ojos negros, de asustados pasaron a destellar furia.
―No era necesario… que me lo recalcaras ―expresó en un siseo tan bajo, que Merlina tuvo que pensar antes de saber que había comprendido bien lo que él había dicho.
―¿Có…?
Se quedó callada. Severus ya había girado sobre sus talones, y no le dio tiempo de contestar de lo tan rápido que desapareció del pasillo. Merlina, ofuscada y dolorida, no perdió tiempo y se fue a la Enfermería para que Madame Pomfrey le echara algo en los ojos que se le estaban resecando. A la enfermera no le sorprendió verla, como tampoco tardó en quitarle el ardor. Lo rojo se le quitaría en varias horas más.
"¡Tú culpa! ¡Todo es tu culpa!" Cómo dolió, pues la verdad dolía. De él era la culpa de que, en un inicio de las vacaciones de verano, la relación hubiese caído en picada. De él era la culpa de que Merlina hubiese perdido la memoria. De él era la culpa de que, que esos instantes, ella estuviera más expuesta al peligro como nunca antes.
Él era el único culpable de estar siendo infeliz.
