Capítulo 34: Terror en el Bosque Prohibido
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―Creo que deberían darte más tiempo para dormir, ¿no crees? ―se burló Philius cuando vio los ojos de conejo de su prima a la mañana siguiente. Era la imagen perfecta de una mujer drogada en la torre de Trelawney gracias a los ahogantes vapores que expelían los inciensos y velas.
Hacía apenas una hora atrás los Weasley habían dejado el castillo ―escoltados por casi todos los miembros de la Orden, y de la manera más sigilosa para que los estudiantes no vieran nada―, y había hablado unos minutos con Ginny luego de eso, quien estaba muy preocupada por la seguridad de su familia. Aunque la preocupación no le impidió darse cuenta de los ojos de Merlina, así que también comentó su deplorable estado facial.
Merlina fue paciente para no enojarse, y prefirió hacer las paces con su primo, contándole lo que había sucedido con Severus, como lo hizo con Ginny cuando le preguntó lo mismo. Hablarlo con él le hizo caer en la cuenta de que Severus había interpretado mal sus palabras y que era una mentira el que ya no sintiera nada por ella. El sólo hecho de recordar su mirada dolida, indicaba que la quería… al menos, quería creerlo, para no sentirse tan desolada luego. Nunca sabía qué pensar de Severus realmente. Su decisión de creer algo estaba en la cuerda floja, lo que utilizaba como mecanismo para no entristecerse demasiado. Era cruel y enigmático, y eso le impedía tener clara sus ideas.
―No te sientas mal, Merlina. ¿No crees que tengas ya suficientes problemas con Dunstan como para echarte a morir por eso?
―¿No que eras tú el de la postura defensiva? ―alegó Merlina.
―Tenía que defenderte, me sentí con el deber de hacerlo. Pero lo tuyo es diferente, porque fue otra situación: no vayas a sufrir, ni se te ocurra…
No se echaba a morir, para nada, pero le incomodaba saber que ella había hecho cierto daño a Severus. Además, él no tenía culpa de nada. Después de todo… La culpa no era de nadie. Las cosas resultaron así y punto. ¿Acaso no se hubieran peleado si nunca hubiese perdido la memoria? De seguro hubiera sucedido de igual manera, por uno u otro motivo.
Aquel día sábado estuvo muy distraída, evitando inconscientemente de mirar hacia Severus, quien estaba en el otro extremo de la mesa, comiendo con esa mirada imperturbable. Por eso fue que no se dio cuenta de que el fuego que había salido de la varita de Phil ―para calentar una taza de té que se le había enfriado, en el desayuno―, le había dado en el dorso de la mano izquierda. Phil fue el único que se percató y quedó aterrado por lo que había visto, con sus claros ojos desorbitados.
Estaba tan asombrado mirando la mano "mutante" de Merlina, como los estudiantes impresionados por la presencia del desconocido "enano" (primo de Merlina) que habían visto el año anterior. Sprout, que estaba al otro lado de ella, parecía muy sumida en su lectura del periódico.
―¿Merlina? ―le dijo con un hilo de voz su primo.
―¿Qué? ―se giró a mirarlo con las cejas arqueadas, despreocupadamente.
―¿Te duele?
Merlina se encogió de hombros.
―¿Por qué tendría que hacerlo? Tú mismo me dijiste que ya tenía bastantes problemas para preocuparme por Se… ―comenzó a susurrar.
―No, no ―interrumpió Phil―, me refiero a tu mano.
―¿Qué le pasa a mi mano?
―Te acabo de quemar… ¿es que no te diste cuenta? ¿No sentiste… nada?
Merlina se miró la mano izquierda como si fuera a ver allí la respuesta. Negó con la cabeza.
―¿Cómo…? ¿Sientes esto? ―le vertió la taza de té caliente en la mano. Merlina soltó un chillido de dolor junto con una sarta de disparates dirigidos a Dios.
―Oh, oh, ¡Merlina! ¡Lo siento!
El Gran Salón entero se acomodó para observarlos. Phil le daba palmaditas en la espalda a su prima, mientras ella sacudía la mano frenéticamente, y la soplaba.
―Tengo que ir a la Enfermería ―dijo y se paró de golpe. Su primo la siguió.
Segunda vez en la Enfermería en menos de doce horas, pero la curación fue tan simple como la anterior: Pomfrey esparció una crema verde en el dorso de la mano y se la vendó, mirándola con profundo reproche. Un par de horas serían suficientes para que se le regenerara el tejido.
Una vez fuera de la Enfermería, Phil atacó a Merlina con preguntas.
―¿Cómo que te quemé con el té y no con el fuego? ―se quedaron parados en medio del pasillo.
Merlina negó con la cabeza.
―No sé, Phil. No sabía que podía quemarme con lo caliente. Me refiero, a que sabía que no me podía quemar con el fuego, desde hace tiempo que me sucede y no comprendo por qué… ―Alzó la vista al cielo, tratando de recordar algo.
―¿No te quemas? O sea… ¿cuántas veces te ha sucedido?
―Varias. Unas tres veces. Una vez caí en una chimenea encendida y no me pasó nada. Salvo que perdí la ropa… y sé que, en el verano, incendié la casa de Snape, y ahora que lo pienso, debe haber sido por eso que casi me mandan a Azkaban y… En fin, la cosa es esa.
Los ojos claros de su primo la taladraron con curiosidad.
―¿Sabes? Esto me recuerda a algo que… ―hizo una pausa y se mordió la lengua―. A algo que leí en un libro de este castillo, el año pasado ―continuó pensativo―. Acompáñame. ―Tomó del brazo a Merlina y se la llevó hasta la biblioteca.
Madame Pince los miró con recelo al verlos pasar por las estanterías. Por suerte no dijo nada, sólo se limitó a seguir pasando el plumero por su mesón.
Phil fue directo a la estantería de "Arte Mágica Británica" y extrajo un grueso volumen de color azul intenso con letras de oro. La portada tenía a un rechoncho hombre paseándose por un infinito pasillo blanco, lleno de esculturas y cuadros.
―Estoy seguro de que lo vi aquí ―dijo para sí, conduciendo a Merlina hasta una mesa.
Merlina se estaba comenzando a poner nerviosa por la actitud de su primo. Éste abrió el libro en el índice y miró los títulos.
―Sí… esto es ―dijo señalando una frase que decía "La Hechicera de Viento", y que señalaba la página seiscientos sesenta y seis.
La primera página representaba el cuadro de una bruja que giraba sobre sí misma para convertirse en un conjunto de hojas y flores que volaban sobre un lago. Todo en colores muy vivos.
―Lee esto, Merlina ―pidió Phil entregándole el libro abierto en la página siguiente.
Los ojos de la joven pasaron rápidamente por el texto.
"La Hechicera de Viento", una obra medieval realizada por el mago Balbino Balbín, en 1435. No es sólo maravillosa por la variedad de sus colores y la precisión y sutileza de su técnica, sino que por la historia, más bien leyenda, que se esconde tras ella. Se dice que Balbino Balbín, en sus días de caballero errante, volaba sobre su dragón buscando nuevas aventuras, cuando, en las lejanías, en lo profundo de un bosque, se encontró con una bruja enferma viviendo en una tienda alzada mediante magia, aislada de su pueblo. La mujer estaba fría y llena de lo que parecían llagas. Él no tardó en ayudarla, dándole de beber vino de su botella, y algo de pan, sin temer a contagiarse, porque sus deseos de ayudar al prójimo eran más grandes.
Balbino indagó a la mujer qué le había sucedido, y ella contestó que, un día antes, apenas se había tirado sobre unas plantas para dormir una siesta antes de ir a cuidar su rebaño otra vez, las manchas aparecieron y tuvo que abandonar su hogar para no dañar a nadie. La planta no la pudieron encontrar, pero, con lo que ocurriría luego, les haría olvidar a todos dicho objeto.
Cayó la noche y, por fin, pudieron dar con un pueblo cercano. Sin embargo, antes que el caballero pudiera ofrecerle dinero para que ella encontrara una posada donde quedarse, tres tornados aparecieron de la nada, y uno arrasó con la mujer. Balbino pensó que volaría por los aires y moriría. No obstante, eso no sucedió: la mujer vivió, desarrollando un extraño poder más tarde: en un inicio causó tornados a los demás pueblos, destruyendo casas y haciendo volar a la gente y, cuando reales tornados se iban contra ella, jamás le dañaban; permanecía siempre con los pies firmes en la tierra.
Balbino perdió el contacto con la mujer meses más tarde, pero descubrió que la planta con la que había tenido contacto la desconocida había sido la Scorpia Salamandris, una planta sumamente extraña y milenaria y que entrega "poderes" a quienes la tocan. Se dice que quien la encuentra es porque tiene un deber que cumplir y necesita poderes para realizar su misión.
Es una planta de mitos y leyendas, tal como lo es el basilisco. Para más información sobre la Scorpia Salamandris, lea nuestra edición número 678.
Aunque nadie volvió a saber de aquella hechicera, algunos magos afirmaron verla aparecer en forma de tornado para vengarse de una vieja enemiga y…
Merlina dejó de leer y subió la vista, con el corazón a cien por hora.
―O sea… ¿Qué tengo algún súper poder? ―inquirió Merlina, sin comprender del todo la idea.
―Eso no lo sé, pero ¿no crees a que el final se parece bastante a lo tuyo? Ella no podía ser afectada por el viento, y tú no por el fuego. ¿Alguna vez tocaste alguna planta rara?
―No lo recuerdo ―contestó con sinceridad.
―¿Y si le preguntas a Snape?
―Ni soñarlo ―replicó con fastidio.
El fragmento del libro que había leído le quedó rondando en la cabeza durante toda la tarde, incluso en sus sueños, en donde ella se convertía en una especie de antorcha humana, tal como lo hacía aquella mujer en el cuadro al transformarse en un tornado.
No fue agradable despertar y darse cuenta de que la curiosidad no le dejaría tranquila. ¿Y si le preguntaba a Severus? Tal vez él decidiera contestarle, sin tratar de pelear… Podría intentarlo, ¿o no?
Si durante la mañana había estado distraída, durante la noche fue peor. Su primo también parecía algo ido, así que no recibió una interrogación sobre el tema. Eso, por supuesto, jugó a favor de Agatha, ya que ninguno de los dos se dio cuenta que le había lanzado un hechizo a la copa de Merlina, que estaba vacía de refresco. Sin embargo, por equivocación tomó la de su primo. Daba lo mismo, ¿no?, ambas eran copas, después de todo; él cogería la suya.
Phil era de esos que tomaban un vaso de zumo al final del almuerzo, y aquella vez no fue la excepción, lo que no sorprendió a Merlina en absoluto. Pero, lo que sí le pareció extraño y la sacó de sus pensamientos con cierta brusquedad, fue el hecho de que se pusiera de pie tan repentinamente, como un verdadero autómata, con la mirada perdida.
Dunstan se movió incómoda en el asiento. Merlina pasó por alto aquél detalle y observó a su primo.
―¿Phil? ¿Qué…? ¿Para dónde vas?
Philius bajó de la plataforma en donde estaba ubicada la mesa alta y comenzó a caminar entremedio de las mesas, directo hacia las puertas del Gran Comedor. Merlina dejó su cena a la mitad y fue tras él, con varias miradas curiosas siguiéndolos. Entre esas miradas estaba la de todos los profesores, incluido Severus.
A los pocos segundos ya estaban en el Vestíbulo.
―¡Merlina! ―saludó Ginny, que conversaba algo alicaída con Luna Lovegood en un rincón. Pareció alegre de ver a la celadora, a pesar de que habían hablado en la mañana.
―Hola, Ginny ―respondió Merlina deteniéndose un segundo delante de la pelirroja.
―¿Qué le sucede a tu primo?
Merlina, confundida, vio que estaba abriendo las puertas dobles de roble.
―Oh, no sé qué le pasa… ―respondió extrañada y reanudando el paso―. ¡Philius! ¡Está lloviendo afuera!
No dudó en seguirlo ni por un segundo, aunque diera por firmado que se iba a empapar de inmediato. El cielo estaba oscuro y el frío le caló hasta los huesos como miles dagas de hielo. Una vez a su lado, bajando la escalinata de piedra, le tomó del brazo para detenerlo, pero no le resultó, porque su paso era fuerte y decidido.
―¿Phil? ¿Philius? ―le sacudió el brazo con brusquedad. Él no contestó. La boca la tenía semiabierta y los ojos entornados. Intentó detenerlo con magia, pero nada resultaba efectivo.
Durante cinco minutos lo siguió sin intentar detenerlo, para ver hasta dónde llegaba, pero cuando se percató de que estaban muy cerca de colindar con el Bosque Prohibido, comenzó a temer por el resultado del paseo.
La barbilla le temblaba y los pies se le hundían en el barro y la poca nieve que quedaba. A Philius parecía sucederle lo mismo, aunque no había signos de que le afectara.
―Phil, por favor, devolvámonos… ¿te sientes bien?
No respondió.
Merlina sacó su varita nuevamente y le dio unos golpecitos en la cabeza, con la esperanza de que el hechizo que le hiciera volver a la realidad ocurriera solo.
―Vamos, Phil ―gruñó con los dientes apretados y tiró con todas sus fuerzas su túnica para que retrocediera. Sin embargo, su primo tenía una fuerza oculta que la arrastraba con él.
Merlina miró hacia la casa de Hagrid. Estaba a oscuras: evidentemente el semigigante no estaba allí. Ni siquiera podía correr por ayuda hacia allá, o al menos gritar, porque nadie la escucharía.
Entonces se adentraron en el Bosque Prohibido. Un escalofrío recorrió el delgado cuerpo de Merlina. Empuñó bien su varita. Por más que tuviera miedo, no iba a dejar a su primo solo. Tal vez había entrado en una especie de trance…
―Lumos ―susurró para iluminar el camino por el que avanzaban. Iban por un sendero marcado, aunque muchas ramas y gruesas raíces sobresalían perfectamente para hacerlos tropezar. Y Phil seguía pareciendo un perfecto conocedor del lugar, porque no tropezaba. ¿Se habría quedado dormido? ¿Estaría sonámbulo, tal vez?
―¡Phil, por favor! ¡Vamos, despierta! ―insistió Merlina tironeando otra vez de él. Pero nada. Él sólo se limitaba a avanzar.
La oscuridad era espesa y tenebrosa, así mismo las copas de los árboles. Sus hojas perennes, de un lúgubre verde brillante, impedían el caer de la lluvia allí. Casi estaba seco, pero la humedad daba sensación de más frío.
―Phil…
El joven torció hacia la derecha, donde el bosque se hacía más profundo. Merlina comenzó a tener un ataque de pánico. Su respiración se volvió rápida y se desorientó. Durante unos segundos olvidó qué estaba haciendo allí. La lluvia se oía lejana, metros y metros más arriba. Las ramas hacían eco al romperse.
―Mierda… ―farfullaba cada cinco segundos.
Caminaron durante diez minutos. Merlina cayó un par de veces y tuvo que apresurarse a alcanzar a Phil para no perderlo de vista. Sola, allí, moriría de miedo.
―Phil… ―susurró otra vez, sin aliento.
De pronto su primo se detuvo. Su cuerpo tembló con fuerza ―Merlina creyó que le estaba dando un ataque o algo por el estilo―, y luego se quedó quieto, moviendo los ojos rápidamente en sus órbitas.
Merlina subió la varita y le señaló la cara. Parecía horrorizado. Dio un respingo y miró a Merlina.
―¿Qué broma es esta? ―farfulló con la boca seca. Miró a su alrededor, tratando de reconocer el lugar.
―¿Broma? ¡Phil, tú…! ¡Tú casi me arrastraste hasta acá! ―rabió Merlina, esforzándose por no subir el tono de voz, tomando el brazo de su primo otra vez.
―¿Cómo? ¿Dónde estamos?
―¡En el bosque del colegio, dónde más crees que estamos!
¡Cric!
Se quedaron de piedra aguzando el oído, para percibir cualquier tipo de ruido extraño. Aguardaron. Merlina iluminó los alrededores con la varita.
―¿Cómo…? ¿Qué sucedió?
Merlina hizo un rápido resumen de su extraño comportamiento.
―¿Sonámbulo? Por favor, Merlina, no me quedé dormido. Sólo que, de pronto, me perdí… No supe… No entiendo…
¡Crac!
Tragaron saliva y esperaron un poco más. Las ramas se quebraban de la nada. Merlina sintió que su varita se quebraría en cualquier momento con tanta presión que ejercía sobre ella, igual que las ramas que crujían.
—¿Por dónde veníamos? ―inquirió el joven―. Hay que salir de aquí…
Merlina miró a su alrededor. Miró cada árbol, cada estrecho paso que quedaba libre entre los árboles… El pánico comenzó a ascender en ella otra vez, mareándola y haciéndole doler el pecho.
―No sé. No sé, Phil, me… me perdí… Me dio miedo y no me fijé…
¡Otro ruido seco!
Sus respiraciones agitadas y sonoras podrían haber llegado hasta el castillo. Sin embargo, había algo más que hacía ruido en aquel bosque…
―¡Ah! ¡Aaah! ―gritó Phil de pronto, sacudiéndose por completo. Algo había caído en su cabeza.
Merlina apuntó el suelo con la varita encendida, haciendo un ruido con la boca para acallar a su primo: un enorme gusano de quince centímetros, blanquecino y grueso, se deslizaba por la tierra. Philius se puso pálido, y alcanzó a girarse justo para el otro lado y vomitar monumentalmente.
Una vez calmado, se enderezó con un aspecto enfermizo.
―Esto es… hay que salir de aquí.
Tomó a Merlina del brazo y la hizo avanzar por donde le llevaba su instinto y, aunque no iban en la dirección correcta, no alcanzaron a llegar mucho más allá. Entre un ancho paso entre árboles que conducía hacia un claro había un ser espectral. El corazón de Merlina casi le subió hasta la garganta cuando lo vio: éste era de muchas patas, muchos ojos, dos pinzas enormes, aunque no tanto como su porte…
Merlina trató de afirmarse del brazo de su primo. Temió desmayarse. Obligó a mantener el conocimiento. O tal vez, si se desmayaba, luego despertaría en su cama, tranquila... Eso era mil veces mejor, sí. Pero estaba despierta, y no le gustaría tener que darse de un cabezazo contra una piedra para quedar inconsciente. Eso sonaba a perder todo recuerdo que tuviera de su pasado.
La piel se le puso de gallina, al tiempo que golpes de corriente le atacaban por todo el cuerpo. La enorme araña chasqueó las pinzas con ira y dio un calculador paso hacia ellos. Sus múltiples ojos brillaban como cuentas.
―Mer… Merlina….
Ya que ella no podía controlar su varita, Phil iluminó la escena con la suya. Tal vez hubiese sido conveniente no haberlo hecho.
Merlina parpadeó, y creyó estar volviéndose loca. Detrás de la araña aquella, se divisaban muchas sombras de siluetas similares, con forma de araña. Cientos, cientos de arañas enormes. Acromántulas.
―Phi-Phil… ―tartamudeó con un hilo de voz, esforzándose en echar su pierna derecha hacia atrás para retroceder un paso.
―Hay que huir… ―completó él tomando a su prima del brazo y apuntando a los repugnantes seres con la varita―. Uno… dos… Tres.
Dieron media vuelta y comenzaron a correr, a correr como nunca, tomados de la mano para no separarse. Merlina apenas fue consciente de que, tras ellos, se agitaban rápidamente las arañas, avanzando a toda velocidad para alcanzarlos con esas patas gruesas y peludas.
Pero el camino era dificultoso de recorrer raudamente, tanto para ellos como las arañas ―estaban buscando caminos estrechos por donde pasar―, y Merlina, finalmente, se enredó entre unas ramas, para caer de bruces al suelo. Phil retrocedió para ayudarla a ponerla de pie, pero de la nada un par de pinzas aparecieron para encerrarse en una pierna de Merlina…
―¡No! ―gritó Merlina rodando por el suelo lleno de hojas secas.
El grito surtió efecto, porque las pinzas cambiaron de dirección, dirigiéndose hacia Phil, que, estúpidamente, trató de darle una patada. Las venenosas pinzas apretaron su pierna.
Un grito de dolor quebró la aparente tranquilidad el bosque.
―¡IMPEDIMENTA! ―atinó a gritar Merlina, tambaleándose una vez de pie, enviando a la araña lejos. Ésta cayó de espaldas y comenzó a agitar sus patas, desesperada.
―¡Me ha mordido! ―gritó Phil. Luego, más débilmente, repitió lo mismo.
―Oh… oh.
―No… podré… caminar ―dijo él, tratando de pararse en vano, con la cara desfigurada por el dolor.
Merlina no pudo darse el lujo de paralizarse, no había tiempo que perder. No pensó nada más. Hechizó a su primo ―no supo cómo―, para que flotara junto a ella, a la misma velocidad a la que estaba corriendo. Las arañas estaban casi cerrando un círculo alrededor de ellos, entre los árboles.
Corrió, corrió como pocas veces lo había hecho, porque estaba salvando la vida de su primo tanto como la suya. El veneno de acromántula era mortal y era de rápido efecto.
El camino se le hizo eterno y muy bullicioso. Tras ella se agitaban arañas hambrientas, chasqueando con furia sus pinzas. La sangre le bombeaba en los oídos y le dolía el pecho. Apenas respiraba. La puntada en ambos costados le gritaba que descansara.
Luces diminutas aparecieron entre los árboles: eran las ventanas del castillo. Corrió diez metros en cuatro segundos, apostando a que una fuerza divina le había invadido cada célula de su cuerpo. Sólo pegó un salto enorme para salir del bosque, para salir del límite, y enfrentarse nuevamente a la lluvia torrencial…
Pensó en caer de rodillas al pasto, para darle un toque dramático a su salvación, pero no tuvo tiempo para eso. Phil lanzó un débil "Mer… na". Un rayo que partió el cielo le hizo saber cuán pálido estaba. Su pierna izquierda estaba sangrando, pero se veía envuelta en una especie de pus amarillento que burbujeaba.
Se largó a correr nuevamente al castillo, luego de respirar una gran bocanada de aire que le aclaró un poco más la mente.
Tenía clara dos cosas: primero, Phil necesitaba ir a la Enfermería urgentemente, porque si no era atendido, el veneno cumpliría su misión, sería demasiado tarde y no le gustaría saber qué diablos vendría después de eso; su vida se vería envuelta en un caos. Segundo, eso había quedado hasta allí. Había soportado a Dunstan lo suficiente. Las bromas no bastaban, y sabía a ciencia cierta que no encontraría nada para estar a su altura. El único remedio era batirse a duelo con ella. Además, eso de incluir a su primo, quien no tenía nada que ver, había sido algo muy sucio de su parte, una bajeza que sobrepasó los límites.
Corrió los últimos metros como si hubiese sido la última vez que iba a correr en su vida. Su primo… su primo no podía morir.
Entró al Vestíbulo estilando, embarrada. Sabría que, luego, ella tendría que limpiar su propio desastre. Pero un poco de trabajo extra no era nada comparado con lo que había sucedido.
Ginny y Luna todavía estaban allí. ¿Cuántos minutos habían transcurrido, en total, desde que habían salido del castillo? ¿Veinte?
Los últimos estudiantes que estaban saliendo del Gran Comedor para dirigirse a sus salas comunes no pasaron por alto el salvaje aspecto de Merlina: chorreando agua, enlodada, llena de hojas y ramas, con las mejillas encendidas y, a su lado, su inconsciente primo, flotando de cara hacia el techo, con una pierna ensangrentada e infectada.
―¡Merlina! ¿Qué ha sucedido?
Algunos se arremolinaron alrededor de Merlina para contemplar el espectáculo.
―¡Ha luchado con un Aquaracus! ―dijo Luna, fascinada―. ¿No se apagó tu llama interna? A veces pasa, te quitan el poder.
Merlina no entendió lo que dijo la rubia y no planeó hacerlo tampoco.
―¡Tengo que llevar a Phil a la Enfermería!
Merlina corrió hasta la Enfermería, subiendo la escalera de mármol a toda velocidad, con las piernas sumamente acalambradas. Ginny y Luna fueron tras ella. Abrió la puerta del recinto con brusquedad. Pomfrey estaba reduciéndole la nariz a un chico que había recibido un encantamiento aumentador.
―¡Por favor, señorita Morgan! ―chilló dejando su labor―. ¿Otra vez en la Enfermería? ¡Esto ya es el colmo! ¿No puede tener un poco más de cuidado…?
Merlina depositó a su primo en una cama libre y se volvió hacia Pomfrey.
―¡Esta vez no soy yo! ¡Es mi primo! ¡Le mordió una acromántula en la pierna!
Pomfrey dejó al muchacho de la nariz, quedando tan aturdida como Weasley y Lovegood.
―¿Qué…? ¿Cómo? ¿Cómo ha sucedido eso?
―Nos adentramos en el bosque…
―¿Que QUÉ?
―¡Es algo que no puedo explicar ahora, Madame Pomfrey! ¡Hay que curarlo ya! ―bramó Merlina con urgencia.
Pomfrey agitó su varita y una serie de pociones puestas en una mesita de metal volaron hasta ella.
Antes de hacer nada, le tomó los signos vitales a Philius.
―¿Se repondrá? —preguntó Merlina, evitando mirar la pierna de su primo.
―Por supuesto ―contestó la enfermera, con firmeza―. Le quedará una cicatriz horrible, y no es raro que tenga que extraerle un trozo de carne… ―Merlina soltó un grito ahogado―. Pero haré lo que pueda.
Merlina asintió, conforme.
―Y usted también debería tomar un descanso y una fuerte poción para el resfriado, señorita Morgan ―añadió echándole un rápido pero evaluador vistazo.
―No, esta vez tengo cosas importantes que resolver ―contestó sin dudar.
Luego se volvió hacia las chicas con determinación y les hizo un gesto para que las siguiera hasta el pasillo.
