Capítulo 35: El duelo

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―¿Qué pasó, Merlina? ―indagó Ginny, una vez más.

―Dunstan. Estoy segura de que fue ella.

―¿Cómo?

―No sé, no sé qué hizo, pero Phil fue hasta el Bosque, no por voluntad propia… Tuve que seguirlo y le mordió una acromántula… ―Hizo un gesto de desesperación―. ¿Dunstan aún estaba cenando?

Luna y Ginny se miraron.

―¿Qué piensas hacer, Merlina? ―preguntó la pelirroja un tanto alarmada. Luna miraba a Merlina como si fuera algo interesante―. No te irás a vengar… ¿o sí?

Merlina soltó un bufido. Estaba harta de oír la palabra "venganza".

―No. Pienso batirme a duelo con ella, enfrentarla cara a cara… Ya no doy más, Ginny.

Ginny abrió la boca, pensando bien lo que iba a decir.

―Mira, Merlina, es mala idea…

Merlina sonrió a medias.

―Mira, Ginny, no me importa no ser una experta en hechizos defensivos, pero estoy cansada de estar haciendo planes inútiles para dejarle en claro a esta mujer que me deje en paz. ¡Casi mata a mi primo por su estupidez! ―Hizo una pausa. Ginny no contestó nada; Luna seguía observándola fijamente con sus saltones ojos azules―. ¿Dunstan se fue a su despacho, o no?

―No… ―suspiró Ginny―. La vimos pasar con un grupo de Slytherin de quinto en dirección a la Sala de Trofeos…

Merlina asintió, giró sobre sus embarradas zapatillas que gorjeaban al ser aplastadas, y comenzó a marchar a paso firme hacia aquella dirección. Hizo caso omiso al grito de Ginny para detenerla. No, nada la iba a detener. Era hora de que se enfrentaran las dos, sin intermediarios, sin errores, sin cobardías.

A mitad de camino, antes de llegar al Vestíbulo nuevamente, se topó con Severus. Casi se le salieron los ojos al verla sucia y mojada. Sin embargo, Merlina procuró callarlo con una sola mirada gélida. No tenía tiempo para oír insultos.

Estaba dolorida, cansada, congelada, pero aun así se fue con cierto relajo hasta el Salón de los Trofeos. Las probabilidades indicaban un cien por ciento de seguridad de que Merlina sería la primera en caer, pero eso iba a ser siempre. Se sentía valiente… Y debía aprovechar esa valentía antes de que se le esfumara. Tal vez la suerte estuviera de su lado.

La puerta estaba abierta. Se escuchaban voces animadas que hablaban sobre los premios que habían ganado las serpientes durante todos esos años.

―Sí, mire profesora, éste…

―Dunstan ―interrumpió Merlina, provocando un eco tenebroso.

Todos se giraron hacia ella.

―Por las barbas de Merlín… ¿Qué te pasó, Morgan? ―inquirió cínicamente, pero había un dejo de nervios que Merlina no percibió.

Merlina comenzó a acercarse lentamente, como un felino acechando a su presa. Nunca nadie había visto a Merlina actuar así, por eso fue que, cobardemente, los Slytherin huyeron de ahí para no tener que ser testigos de nada.

La puerta del lugar se cerró sola, retumbando.

―Lo de tu primo, Morgan, fue un error ―se adelantó Dunstan antes que nada.

Merlina la miró fijamente. ¿Demostraba arrepentimiento?

―Casi lo mataste.

Dunstan se quedó de piedra, aunque la barbilla le tembló levemente.

―¿Cómo?

―Lo mordió una acromántula. ¿Y sabes? ¡Si me hubiese caído a mí el hechizo, o lo que fuera, me hubiese pasado lo mismo! ¿Crees que las acromántulas son amigables? ¡Tú deberías saberlo más que nadie! ¿De verdad querías matarme?

La cara de Dunstan se ensombreció, incluso con todas las antorchas del lugar encendidas.

―¿Tan inútil hubieses sido para no poder escapar de ellas? Tú me jugaste una muy mala pasada con las polillas, y yo quise hacerte lo mismo ―contestó con sinceridad―. Los resultados… bueno. Siempre te imaginé llegando al castillo tal como ahora, muerta de miedo. Nunca fue mi intención que tomaras la copa equivocada. Tu primo recogió la tuya, la que tenía el hechizo.

―Digas lo que digas, Dunstan, ya me hartaste, de verdad.

La mujer soltó una desagradable risa.

―¿Y qué harás? ¿Qué piensas hacerme ahora? ¿Lanzarme una polilla gigante o continuar sacándome en cara lo de tu primo? Porque, déjame decirte, que el problema sigue siendo contigo y con nadie más. No tengo nada en contra de Phil.

―Eso lo sé, Dunstan, pero lo hecho, hecho está y vengo a enfrentarte… Ahora.

Agatha avanzó hasta donde estaba Merlina, a la mitad del lugar.

―¿A enfrentarme? ¿Cómo es eso? ¿Me insultarás?

―A un duelo. A eso me refiero ―espetó Merlina, con la vena de la sien latiéndole violentamente.

―No me hagas reír ―se burló Dunstan, pero sin atisbo de risa alguna―. Sabes perfectamente cuál será el resultado aquí y no me gustaría ser despedida por esto.

―Lo único que deseo, Dunstan, es dejar las cosas hasta aquí, terminar las estúpidas bromas con el duelo, nada más. Si te niegas, entonces me vengaré, y luego tú volverás a hacerlo, y estaremos en el maldito círculo vicioso por siempre ―la sangre le hervía de ira.

Dunstan reflexionó unos segundos.

―Está bien… Como quieras. Yo no me haré responsable por lo que te suceda luego, porque te lo he advertido.

―No me da miedo lo que me pase.

Se alejaron y se pusieron en guardia.

Lo ideal para Merlina, hubiese sido entrar haciendo un acto magistral en el inicio, derribando todas las estanterías para asustar a Dunstan. Pero la rabia era tanta, que con suerte podía moverse. Además, el frío la tenía con los huesos, músculos y articulaciones muy tensos.

―Hay que inclinarse ―indicó Dunstan con la cuadrada mandíbula apretada.

―Terminemos esto ya.

―Eres una irrespetuosa… A la cuenta de tres: uno… dos… ―ambas empuñaron la varita y se señalaron el pecho de la otra―. ¡Tres!

Un rayo azul salió de la varita de Dunstan, antes de que Merlina pudiera pronunciar algo.

Alcanzó a esconderse tras una enorme copa de plata. El hechizo rebotó allí.

―¡Morgan! ¡No estamos jugando a las escondidas! ¡Tú quisiste que fuera un duelo!

Merlina cerró los ojos con fuerza, lamentando no saber cómo hacer bien los hechizos no verbales. Así, Dunstan iba a lograr protegerse de todo lo que le lanzara ella y no podría aturdirla siquiera. Sin embargo, ella había deseado el duelo, y tenía que enfrentarla.

Salió de detrás de la copa al mismo tiempo que gritaba "Tarantallegra". La profesora alcanzó a interceptarlo y tras moverse con agilidad, y reírse un poco, dijo:

―¡Los hechizos infantiles no podrán vencerme, Merlina!

―¡Tú no me llames "Merlina"! ¡Densaungeo!

Estuvieron por cinco largos minutos jugando a lanzar hechizos, derribando varios trofeos y estanterías a su paso. Los vidrios de las vitrinas eran irrompibles, por lo tanto era lo único que quedaba intacto. Dunstan los interceptaba todo con la varita; Merlina esquivaba saltando de un lugar a otro. Las piernas en cualquier momento le iban a fallar.

¿Había sido una mala idea enfrentar a Dunstan? No, claro que no. Si terminaba con la mitad del esqueleto roto y con un litro menos de sangre iba a valer la pena, porque, al menos, lo había intentado.

―No puede ser que sólo sepas lanzar hechizos de libro de primer año.

―¡Cállate y sigue peleando!

―Tú mandas.

Durante otros dos minutos Merlina pudo soportar hechizos, pasando como reptil entre las estanterías. Una cayó rozándole la espalda.

―Ya me estoy cansando de esto. Creo que voy a comenzar a luchar de verdad ―anunció Dunstan, corriendo por el otro lado y encontrándose frente a ella, a un par de metros.

Merlina quedó sorprendida por la rapidez con la que había aparecido la mujer. Alcanzó a empuñar la varita y…

Un rayo rojo salió de la punta de la varita de Dunstan, al tiempo que la puerta de la sala se abría de golpe. El director, McGonagall, Snape y algunos prefectos aparecieron por el umbral y se quedaron atentos a la escena.

El hechizo de Dunstan le llegó en pleno pecho a Merlina, enviándola a metros por encima del suelo, directo hacia una de las vidrieras donde se guardaban los trofeos más valiosos.

Merlina se sintió libre en esos escasos segundos que atravesó el aire hacia atrás. No pudo ver cómo Dumbledore y los demás abrían la boca, asustados. Severus quiso sacar su varita para detenerla, para hacerla bajar.

Ya era tarde.

Los ojos de Agatha se abrieron como platos al oír el golpe de cabeza de Merlina. Fue como oír un ladrillo chocar contra otro, sumando el pequeño quejido que exhaló. Como un estropajo, Merlina se deslizó hasta el suelo, dejando una línea gruesa, de color rojo escarlata sobre el cristal. Había quedado inconsciente, asimilándose mucho a un trapo sucio y arrugado.

Se hizo más que silencio.

―Ella quiso… ―comenzó Dunstan.

―Sí, la señorita Weasley nos lo contó ―se adelantó Dumbledore, apesadumbrado―. Por favor, Agatha, vuelva a su despacho.

―Hay que llevarla a…

―Sí, Minerva. A Madame Pomfrey no le hará ninguna gracia verla allí. Severus, ¿serías tan amable…?

―Tengo que intercambiar algunas palabras con Dunstan, director. Lo siento.

Agatha no dijo nada y salió tras Severus, pálida como la cera.

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Una vez en un aula vacía, Severus enfrentó a la mujer. La aniquiló con la mirada, con la mirada más fría que pudo tener en ese momento. La hubiera atacado de no ser por las consecuencias que podía acarrear eso, pero debía mantener la mente clara y no olvidar que él no era parte del problema. De todos modos, había atacado a Merlina y eso no se lo iba a permitir a nadie, por lo que tampoco podía quedarse de brazos cruzados.

―¿Por qué no la detuviste? ―escupió con voz venenosa, controlando la mano que luchaba por desenvainar la varita―. ¿A sabiendas que ella es mala en defensa?

―No hubiera podido. Estaba empeñada en atacarme ―se defendió ella dilatando las aletas de la nariz con rabia, devolviéndole la misma mirada plagada de resentimiento―. Y no me trates como si fueras de confianza ―añadió.

―Si le sucede algo… ―gruñó―. Si…

―Mira, Snape, si le sucediera algo, tú deberías estar con ella en la Enfermería, y a mí dejarme en paz. Además, se supone que no la quieres ya, ¿o sí?

Severus no dijo nada. Había metido el dedo en la llaga. Claro que debería estar allí con ella, pero no debía volver a crear lazos…

―Sí, los alumnos saben que ustedes ya no están juntos, aunque no hay que ser un genio para notarlo. Así que… si realmente te importa ella, déjame en paz ―caminó hasta la puerta―. El golpe no le hará perder la memoria nuevamente, créeme. Se repondrá en un dos por tres.

Severus no pudo rebatir nada. Luego de aquella verdad… se sentía débil, sin derecho a reclamo.

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Merlina despertó, minutos más tarde, en una de las camas de la Enfermería. Estaba encima del cubrecama, con su ropa puesta, boca abajo, y terriblemente dolorida. Su cuerpo exigía un descanso profundo. ¿Había sido apaleada, acaso? Bueno, con la aventura del bosque… se acercaba bastante a haber sido aplastada por una roca gigante, o, tal vez, por un dinosaurio kilométrico.

Su cabeza estaba volteada hacia un costado; le bombeaba con ferocidad, como si el corazón lo tuviera allí y no en el pecho. Alguien la observaba a poca distancia mientras que, al otro lado, una presurosa Madame Pomfrey curaba su herida hecha contra la vitrina de los trofeos. Eso también dolía. Al más leve toque, le retumbaba todo el cráneo.

Bostezó. Quería seguir durmiendo, se sentía cansada y carente de fuerzas, pero tenía que pensar. Tenía que activar su mente, que parecía estar muy floja, nublada.

¿Qué había ocurrido? ¿Por qué estaba en la Enfermería? Ah… Oh.

Casi se arrepintió de haberse hecho esas preguntas: fue como recibir una corriente eléctrica o navegar por un río turbulento con muchas rocas. Habían ocurrido un montón de cosas, eso estaba claro. Dunstan la había atacado; sí, la había atacado y lo iba a pagar… No, no era buena idea. Ella era la culpable de eso, ella había exigido el duelo, pero, tal vez si se preparaba bien, pudiese hacerle pagar por ello. Después de todo, la había atacado… ¿En qué demonios estaba pensando? ¿Un duelo con Dunstan? ¿Y por qué?

Pues, por muchas cosas.

Recibió una segunda descarga que le hizo temblar de pies a cabeza. Comenzó a respirar profundamente, no debía alterarse, pero su corazón no podía ir más rápido a lo que ya latía. Tenía que mantener la calma, no actuar con precipitación; era eso lo que exigía su cuerpo: paz.

Sin embargo, su conciencia le demandaba otra cosa. Le rugía que era hora de dejar las cosas en claro, pero con palabras, no con vanas luchas que no iban a llevar a ningún lugar. Era hora de demostrar quién era ella, Merlina Morgan, porque no iba a negar que había quedado como una verdadera inútil, una infantil testaruda. Pero ella sabía que era mejor que eso, por lo mismo tenía que demostrarlo.

Pestañeó varias veces para enfocar la vista. Albus estaba sentado en una silla, sonriéndole amistosamente, aunque con un dejo de severidad y preocupación.

―¿Te sientes bien, Merlina?

―Mejor que nunca… ―admitió luego de un suspiro de alivio, agradeciendo que su voz sonara normal y no sobrecargada de emociones. Apenas podía contenerse―. Pero admito que fue tonto batirme con Dunstan. No debí haberlo hecho.

El director dibujó una mueca en su cara y con voz irrefutable, aunque suave, dijo:

―Dado que fue así, me temo que no puedo despedirla. Si la despido a ella, te despido a ti, Merlina.

Merlina asintió con pesar.

―No es mi intención irme del castillo ahora mismo, ni tampoco dejarlos sin profesora ―reconoció.

―Entonces, no serás despedida, y ella tampoco. Sólo quiero que me prometas, que no vas a volver a montar números como éste. Digo, creo que he aguantado bastante de ti este año ―pesar de que predominaba la simpatía en su voz, había un dejo de intolerancia―. No puedo seguir permitiendo situaciones como éstas. Ya nos hemos divertido bastante.

Merlina volvió a asentir.

―No volverá a suceder ―prometió. Hizo una pausa en la que trató de captar el espacio que le rodeaba, observando para todos lados―. ¿Cómo está Phil?

―Está bien. Madame Pomfrey alcanzó a curarle la pierna justo a tiempo, si no, la hubiera perdido. No ha quedado con ninguna secuela ―indicó Albus satisfecho―. Ahora está durmiendo.

―Me lo imaginé, si no, estaría aquí, a mi lado ―contestó sonriendo a medias.

Volvió a suspirar. Era hora de que hiciera lo suyo… Un calor confortante creció en ella, y no tenía nada que ver con ese sospechoso poder que poseía.

―¡Señorita Morgan, quédese tranquila, por favor! ―demandó Pomfrey, espantada al ver que ésta intentaba ponerse de pie.

Albus se reincorporó, con el entrecejo fruncido.

―Merlina, creo que deberías descansar. Te diste un espantoso golpe en la cabeza. Además, si sigues mojada como estás, vas a agarrar un resfriado incurable.

La celadora logró equilibrarse, ya en el suelo y con sus zapatillas puestas, evitando quejarse. Le dolía la cabeza, pero su deseo incontrolable, aquel valor que había crecido en ella, como hacía mucho tiempo no sucedía, era insoslayable. Era hora de que dejara a Dunstan en su lugar. Daba igual si el pelo le estilaba, si aún estaba llena de barro o le dolían los músculos. Era algo que no podía dejarlo esperar. Simplemente no podía: si esperaba, temía estallar por no poder dejar escapar sus emociones. Era necesario desahogarse.

Miró a Albus dedicándole una breve sonrisa y dijo con voz tranquila:

―Hay cosas, en este momento, que son mucho más importantes que descansar un poco, Albus. Tengo que poner ciertos asuntos en orden antes de continuar.

El anciano pestañeó repetidas veces con rapidez, como si hubiese recibido una potente sorpresa.

Merlina dio media vuelta, aún algo desequilibrada, y salió rápidamente por la puerta doble de la Enfermería, ignorando los alegatos de la enfermera para que permaneciera en cama.

El anciano, una vez desaparecida Merlina, sonrió de oreja a oreja, satisfecho, feliz. Por fin algo bueno le había ocurrido a la joven.

Sí. Porque aquella ola de corriente que recorría su cuerpo no era precisamente de alegría o emoción. Esa ola que llegó a su mente era una ola de recuerdos infinitos, recuerdos valiosos que le exprimían el alma, que le hacían agitársele el corazón, entristecerse, querer reír, querer hacer locuras; saltar, incluso volar en escoba. Fue como si se hubiera reencontrado consigo misma. Era algo increíble, algo más fuerte que el frío que sentía, o la misma ira que la había embargado antes de enfrentarse a Agatha.

Sí… Merlina Morgan había recuperado sus memorias. Todo, cada recuerdo, tanto los remotos como los recientes, había regresado de manera clara, como si mirara en agua cristalina y divisara los colores de las piedras y plantas del fondo.

Cada imagen de sus recuerdos recientes estaba regrabada en su mente: cuando había llegado a Inglaterra queriendo ser independiente; todos los trabajos en los que había estado y en los que había durado tan poco por su torpeza. Cuando conoció a Craig, cuando trabajó con la señora Lita. Cuando le llegó la carta de Dumbledore indicándole que había sido aceptada en ese tan valioso trabajo que había menospreciado últimamente, y al cual le debía todo.

Se avergonzaba de sí misma de su comportamiento tan infantil. No negaba que, después de todo, había sido entretenido vengarse de Agatha. Pero la solución siempre había sido hablar con ella, nada más. Apostaba que a Agatha podía herírsele más con la palabra que con las peleas, tal como a Severus.

Caminó lentamente por el pasillo en dirección al despacho de Dunstan. Creía estar caminando sobre recuerdos en su propia mente: su llegada al colegio… La intensa mirada de Severus. Esa mirada que le había cautivado, y que sabía que, sin memorias, seguía causando sensaciones en ella. Sus luchas, sus guerras… Sus besos. Desde el primer beso, al último Merlina podía recordar. Sus brazos envolviéndola, sus susurros apasionados al oído. La boda de su primo, los celos. El forzado compromiso, y su casi muerte por tragarse el anillo...

Miró su mano sin anillo. Sí, ella se lo había entregado a él hace días. Se sintió rara sin él: lo extrañaba

Las incómodas vacaciones en Escocia viajaron a su mente. Trelawney les había arruinado en parte las vacaciones, junto con la enfermedad que le afectó. Aun así lo había pasado bien. Y luego…

No quiso seguir recordando. Eso lo dejaría para después, ya que, primero era lo primero, pero le era casi imposible frenar esa avalancha de memorias. Su mente estaba ansiosa de recordar todo.

Llegó al despacho de Dunstan. Golpeó tres veces, con decisión.

―Adelante.

Merlina entró, dejando a la mujer como piedra por un breve segundo, en su asiento tras el escritorio.

―¿Vienes a otro duelo? ―le espetó, colocándose de pie.

Merlina negó con la cabeza, sin alterarse.

―No, Dunstan. Vengo a hablar contigo.

Merlina se plantó frente al escritorio. La profesora se puso de pie y empuñó su varita.

―Si es necesario dañarte de nuevo, lo haré.

Merlina frunció los labios.

―No nos despedirán, si es lo que te preocupa ―dijo por fin―. Pero no vengo a eso.

―¿A qué, entonces? ―inquirió desconfiada, pero un poco más calmada.

―A, simplemente, pedirte que me dejes tranquila. Que no me hables. Que no me molestes, que no te acerques a Severus, que nos dejes tranquilos a los dos ―recitó sin sonar amenazadora ni simpática. Fue, más bien, indiferente.

"…que no te acerques a Severus, que nos dejes tranquilos a los dos." Era ridículo decirlo, dado que… Pero no soportaría verlos conversando, o haciendo lo que fuera.

Dunstan rodó los ojos.

―¿Por qué me pides todo eso? ¿Acaso he molestado a tu exnovio? ―La palabra hirió a Merlina, pero se esforzó por mantener la compostura.

―Sí. Lo hiciste una vez, en la fiesta de matrimonio de Phil. —Agatha pestañeó varias veces, tal como lo hizo Albus, aunque sin la alegría de por medio. ―Sí, Agatha. Recuerdo todo, todo lo que ocurrió en la fiesta, cómo me avergonzaste. Recuerdo perfectamente cómo le coqueteabas… ―suspiró―. Quieras o no, participaste en ese acto humillante, iniciando una guerra absurda. Pero, ahora, sólo te pido eso. Yo no existo para ti, ni tú para mí, y las cosas irán de rosas para ambas. Buenas noches.

Se apresuró a salir lo antes posible del despacho, sin darle tiempo a la mujer de que contestara algo. No podía extenderse más. Necesitaba hablar con Severus urgentemente, necesitaba saber…

Echó a andar otra vez.

Mientras más pasos daba ella, más iba tensándose el nudo que se le estaba formando en la garganta hacía un rato atrás. Pero debía ser fuerte. Tenía que serlo, prepararse para la verdad, la respuesta, cual fuera que fuese, y ella respetaría el asunto… Así de simple. Así actuaba la gente madura.

¿Cómo no recordar los problemas con Severus? Aquellos eran los recuerdos que más le estaban atormentando: sus palabras vacías llenas de frialdad, su desinterés por ella, su bipolaridad. Y allí, que volvía a "ser ella misma", era insoslayable advertir que la relación se había puesto más que negra, se había desgastado como un trozo de lija. Y no sólo porque ella hubiese estado sin sus memorias. Había algo más, razones no evidentes, algo que Severus no había querido decirle. Al menos que, definitivamente, se estuviera aburriendo de ella, lo que sería peor aún de aceptar. Pero si ya no la quería… ¿Qué podía hacer? Sólo deseaba saber la verdad de una vez por todas.

Tomó aire con los ojos cerrados para armarse de valor antes de golpear la puerta del despacho. Severus ya no era su novio, ya no era nada de ella ―las relación había acabado de manera definitiva cuando ella hizo entrega de su anillo―, y no tenía derecho a irrumpir en su territorio como una salvaje, aunque eso deseara hacer. Deseaba correr hasta él, abrazarlo; cada célula de su cuerpo deseaba amoldarse a la de él de cualquier forma existente, porque lo extrañaba dolorosamente.

―Pase ―gruñó él sin simpatía alguna. Fue como si un perro rabioso hubiese contestado por él.

Merlina giró el pomo con una mano trémula y entró lentamente, conteniendo el impulso de lanzarse contra él, besarlo y estrecharlo fuerte entre sus brazos. Cerró la puerta tras sí.

Y ahí estaba él. Lo había visto todos los días, pero era distinto desde la mentalidad de la Merlina Morgan de siempre, quien lo amaba de verdad, hasta su último cabello.

Severus alzó un poco la vista, reconociéndola de inmediato. Una mueca de burla se dibujó en su cara, antes fruncida por la concentración. Estaba, como siempre, revisando trabajos, llenándolos de rojos y enormes ceros. Era muy extraño verle dibujar una "S" de Supera las Expectativas. Las "E" no existían.

―Veo que estás viva ―dijo con hostilidad. Si Merlina estuviera aún sin memoria, hubiera jurado oír eso con maldad. Pero había algo en el tono de voz, un sentimiento oculto. Era una especie de rencor, deseo y… ¿tristeza?

La celadora caminó unos cuantos pasos, pero sin atreverse a colocarse inmediatamente frente al escritorio. La distancia ayudaría que toda la situación fuera menos dolorosa en el caso de que ya no la quisiera.

―Sí… el golpe no fue algo grave ―contestó con la voz temblorosa. Eso, Severus, no lo pasó por alto. Por eso es que no se atrevió a volver a levantar la vista. Su puño escritor se detuvo sobre el pergamino.

―¿A qué vienes, Morgan? ―inquirió gélidamente, clavando los ojos en el pergamino que tenía en la mesa―. Tengo aún un montón de trabajos que revisar…

―Sólo te pediré unos minutos ―se adelantó Merlina, rogándole, moviendo las manos con algo de desesperación. Él debía oírla. Controló las lágrimas que pujaban por salir.

Severus asintió con la cabeza, apesadumbrado.

―Pues bien, te escucho mientras. Evita dar rodeos, ¿sí?

Merlina tragó saliva, ¿cómo comenzaba? Las palabras se le querían escapar de la boca… Y él quería que no diera preámbulos, pero éstos eran los únicos que le permitían enfocarse bien en las ideas, para decir lo que de verdad deseaba explicar.

―Yo… ―cerró los ojos durante algunos segundos, teniendo una fugaz imagen de él, besándola con pasión―. Severus, sé que me he comportado como una tonta últimamente, muy infantil. ―Severus bufó, como diciendo "por fin se ha dado cuenta"―. Eso es algo que no te puedo negar. Vengarme de Dunstan, utilizarte a ti… Eso sé que estuvo mal. Nunca lo debí haber hecho. Y entiendo (en parte) que la pérdida de mi memoria te haya hecho rechazarme, dejarme de querer tal vez, incluso odiarme ―Severus dejó la pluma a un lado, pero aún sin levantar la cabeza totalmente. La voz de Merlina comenzaba a quebrarse al momento que un ardor se extendía por su rostro y su garganta―. Sé que todo eso generó muchos problemas entre ambos, y me encantaría creer que es por eso que te has alejado de mí; digo, atribuirle la culpa a mi falta de recuerdos ―el corazón de Merlina se aceleró y las lágrimas anegaron sus ojos. Tomó aliento antes de seguir, con voz nasal―. Pero sé que las cosas estaban mal desde antes. Sé que… ―Severus alzó la cabeza lentamente―. Sé que estabas raro desde antes. Me acuerdo perfectamente de tu comportamiento en el verano, y no puedo comprenderlo del todo, por más que intente reflexionarlo. ―Severus taladró a Merlina con sus negros ojos. Ella veía tan borroso por las gruesas lágrimas que resbalaban por sus mejillas, que no percibió la intensidad de su mirada―. En realidad, no puedo comprender nada. De pronto cambiaste. De pronto me ignoraste y no te importó que yo me fuera de vacaciones, no te importó nada de mí, no me escribiste, no te disculpaste. Y ahora, últimamente, ha sido igual que aquella vez, aunque, como dije, tal vez mi comportamiento fue el que te alejó.

Se pasó las manos desesperada por los ojos para secarse las lágrimas, con el nudo en la garganta doliéndole atrozmente. Severus tenía la boca entreabierta y las manos cetrinas le temblaban sobre la mesa. Contadas eran las veces que éste dejaba relucir sus emociones tan abiertamente.

―Lo único que quiero saber, Severus, es… Es qué te pasó conmigo y si aún sientes algo… por mí. Aunque sea un poco. … Me encantaría saber, con exactitud, qué fue lo que nos sucedió, al menos para comprender… ―añadió para reforzar su idea, aunque parecía debilitarla con su voz trémula.

Tragó saliva, esperando oír alguna mala respuesta, y deseando con todo su corazón que le dijera que la quería. Su garganta iba a desgarrarse, y sentía las piernas hechas de gelatina. En cualquier momento se derrumbaría. Pero no debía entregarse de inmediato, no cuando era probable que tuviera que dejar el dolor para después.