Capítulo 36: Necesidad
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¿Cómo? ¿Qué estaba diciendo Merlina? ¿Se refería a lo que pensaba, a lo obvio?
Se puso de pie y avanzó a hasta a ella, quien estaba desgreñada, empapada, llena de barro y lágrimas. Tenía el aspecto de la doncella más desgraciada de un castillo lleno de princesas.
Le costó mucho dar cinco pasos, parecía estar sujeto a algún tipo de cuerda que no quería soltarlo a la realidad. Se detuvo a medio metro de distancia y la miró con atención, directamente a los ojos, a esos llorosos ojos castaños a los que siempre gustaba mirar, temeroso de lo que iba a encontrarse. Porque si era así, él…
Fue como se pusiera a nadar en un inmenso mar de recuerdos, en el mar más traslúcido que pudiera existir. Se vio a sí mismo con ella, besándola en un armario. ¿O era un recuerdo propio? No, no… Porque vio a Merlina sola, en lo que alguna vez había sido su casa, buscando una poción para el dolor de cabeza. La vio leyendo una revista muggle, la vio riendo, la vio volando en una escoba con Potter, poco antes de caer y darse en la cabeza. Vio a Merlina en un millón de situaciones que él no había vivido junto a ella, y muchas otras en las que estaba él mismo.
Ella había recuperado su memoria, ella volvía a ser como antes. Ella estaba exigiendo explicaciones. Y él… él estaba dándose cuenta de que sus fuerzas por mantenerse lejos de ella no iban a resultar. No cuando la quería, y ella a él, y todo parecía estar forzado a volver a lo de siempre. Estaban unidos por un imán.
Su corazón se aceleró haciéndole doler el pecho. Iba a derrumbarse. La piel se le puso de gallina.
―¿Has…? ―balbuceó roncamente, sin poder completar la frase. Tragó saliva, quedándose otra vez en silencio. No era algo que pudiera llegar a ser preguntado.
―Si me vas a decir algo más… dímelo ahora ya… ―rogó la gangosa voz de Merlina, con la misma mirada triste que había utilizado cuando, el año escolar anterior, quiso irse por el daño que le había provocado el recuerdo de la muerte de su familia.
Eso, junto con su voz plagada de tristeza, le hizo caer. Y es que él quería caer, por eso es que se lanzó contra ella, para estrecharla en sus brazos, cortándole la respiración. Se enterró en su cuello, queriendo aspirar su aroma, queriendo estar así con ella para siempre, junto a su calor, a su alma…
Merlina creyó que el corazón iba a salírsele. Demasiadas emociones había vivido durante las últimas horas para que Severus reaccionara de ese modo inesperado. Ella supo que el mago había comprendido que ya tenía sus recuerdos con ella.
Y ese abrazo, esa reacción, no podía sino significar que aún sentía algo por ella. Primera vez que había tanta urgencia en sus brazos. Ella cruzó los suyos en torno a aquel extrañado cuello, para seguir echando lágrimas plagadas de sentimientos encontrados. Creyó sentir húmedo su cuello, pero estaba tan mojada, que el frío y calor repentino era constante desde hacía mucho rato. Pero prefería no mirar a Severus a la cara, no iba a soportar verlo llorar.
Estuvieron cerca de dos minutos abrazados. Ninguno quería soltarse del otro. Demasiado tiempo habían pasado lejos, más lejos de lo que habían creído que estaban, como para aguantar un poco más. Él tenía las palmas de las manos incrustadas en el centro de su espalda. No se atrevía ni a moverlas, no quería que Merlina se esfumara.
Lentamente, Severus se enderezó, y volvió a mirarla. Sus ojos estaban enrojecidos y realmente enamorados, brillantes. Ese brillo y devoción en ellos transparentaban un amor absoluto, irrevocable.
Ella no supo cómo ocurrió, pero su corazón aumentó el ritmo al doble de lo que iba antes gracias a su mirada, a sus ojos intensos. Alzó una mano arañada y aún con marcas de barro para tocarle la cara, rogando, al igual que él, que no fuera etéreo, y luego…
Acortaron los centímetros, juntando sus labios para fundirse en un beso, en una dedicada batalla de lenguas húmedas y famélicas. Daba la impresión de que jamás se habían besado. En ese mismo instante el pestillo de la puerta se giró por arte de magia, sin saberse quién había sido el autor preciso de ese acto para no dejar ingresar a nadie. Ningún intruso debía ser testigo de ese momento tan íntimo.
Fue un beso ardiente y frío, un beso dulce y salado, un beso delicado y brutal. Un beso único, aún mejor que el primero. En él había pasión, había deseo, pero lo que predominaba era la sed, el hambre del otro. Se necesitaban por sobre todas las cosas, se necesitaban como la vida necesita luz, agua y energía. Las mordidas y pellizcos no provocaban dolor, sino que excitación, placer, lujuria. ¡Había pasado tanto tiempo en que no se tocaban así!
El beso se transformó en caricias profundas, caricias que querían hacer sentir bien al otro, caricias que decían "estoy aquí, contigo" y que dejaban llamas por los caminos que recorrían.
Miradas no se necesitaban para ver lo que palpaban, ya se sabían de memoria. Era fácil desabrochar los botones de las túnicas, de las camisas, bajar los cierres… A ambos les bastaba sentir el calor del otro, la vibración. Oír el corazón a mil por hora y las respiraciones ahogadas en aquella mazmorra húmeda de Hogwarts, era suficiente para saber las sensaciones alocadas que tenía cada uno en ese instante.
Porque se estaban reencontrando entre una lucha de calor y tacto. Fue como si hicieran el amor por primera vez, como si jamás se hubiesen tocado antes. Nunca el proceso había sido tan calmo y lleno de profundidad. Transcurrieron muchos minutos antes de que él y ella se acoplaran como el signo del ying y el yang y comenzaran una danza paulatina y acompasada, yendo de menos a más.
Si antes Merlina juró tocar el cielo, pues allí estaba llegando al término del infinito. Cada rincón de sus cuerpos fue recorrido y besado, amado y venerado.
En una sola vez se dijeron cuánto se amaban, no hacía falta más. La alfombra y las luces de las velas y la chimenea parecieron cómodas y románticas, incluso los informes de los estudiantes sobre el escritorio eran armónicos, y también los arañazos en las manos de Merlina, su cara con manchas de barro y su pelo mojado con agua de lluvia. Todo estaba ajustado al momento.
Nunca el clímax había sido tan perfecto como aquél, ni tan lento, casi eterno. Nunca Merlina había pensado que necesitaría hacer el amor con Severus, ni Severus con ella. No era sólo deseo… Era absoluta necesidad, una demanda del alma y del cuerpo.
Nuevas lágrimas se formaron en sus ojos cuando se tendieron, uno junto al otro, ella con la cabeza en su hombro, y él acariciándole el brazo que tenía cruzado sobre su pálido abdomen. Eran lágrimas de emoción, de incredulidad. Temió despertar, y enterarse que todo eso había sido un sueño, que su mente había fabricado recuerdos falsos y que seguiría sin ninguna memoria.
Definitivamente, aquel momento no se parecía a ninguno que hubiese vivido antes.
Durante algunos minutos de descanso ella echó a volar su mente, recorriendo peleas de comida, rescates ―como el de un falso unicornio y quedarse congelada en agua bajo hielo―, y en otras tantas situaciones vividas con él, sonriendo sola de vez en cuando. Le daba paz, pero una paz incómoda, porque sabía que había muchas cosas que aclarar, que vivir.
―Merlina ―farfulló Severus de pronto. En esa simple palabra había miles de emociones: alegría, culpabilidad, ira, tristeza… Ella no podría haberlas enumerado todas.
Se alzó sobre su codo izquierdo para poder mirarlo a la cara. El fuego se reflejaba en sus ojos negros, tan profundo como el océano a la luz de la luna.
La mano que acariciaba su brazo derecho fue hasta su cara. Recorrió suavemente el contorno de su mandíbula con un dedo.
―Te amo ―farfulló sin duda alguna en su voz.
Merlina cerró los ojos. Oír aquella verdad de Severus era un milagro. Creyó que su pecho se estaba hinchando como un globo.
―No llores, por favor ―rogó Severus con más exasperación que ternura, sentándose y sentándola a ella para observarla mejor―. Mírame.
Merlina lo vio a los ojos con algo de esfuerzo. Las cosquillas, esas típicas cosquillas cuando sus ojos se reencontraban con tal profundidad no cesaban, y nunca se habían ido. Siempre permanecieron allí, molestándola, recordándole cuánto le gustaba, y cuánto lo amaba.
―¿No me crees?
Una risa ahogada salió de la boca de Merlina, una risa sarcástica que no pudo evitar. El asunto aún no estaba resuelto.
―¡Claro que te creo! ―masculló luego de unos segundos.
―¿Y entonces?
Merlina puso una mano en el hombro de Severus y acercó su cara hacia él.
―¿Por qué, entonces, me has tratado así, Severus? ¿Por qué? ¿Por qué te has alejado tanto si me quieres, y yo sé que es así? ―cuestionó. Es que no podía dejar escapar el momento. Tenía que saber.
El profesor tomó de las manos a Merlina, quedándose en silencio por unos segundos.
―¡Dime! Severus… Explícame porqué tu comportamiento del verano… No es que quiera arruinar todo esto. Necesito saberlo, lo merezco. Es lo que me debes por respeto, y lo sabes.
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¿Qué parte le contaba? ¿Cuál de las dos sonaba menos terrible? ¿O contaba parte de una verdad, y la otra la decía completa? ¿O se quedaba callado? ¿O si dejaba las cosas hasta allí?
No. Alejarse de Merlina Morgan ahora, en ese instante, no podría llevarlo a cabo. No, él iba a estar con ella hasta que llegara el momento de decir "basta y adiós".
Tomó sus manos con decisión.
―Primero ―comenzó, sin mirarla a los ojos― te ignoré porque tuve la esperanza de que nos alejáramos. ―Merlina arqueó las cejas. Así que sí quiso alejarse de ella, ¿no?―. Ya sabes, yo te pongo en peligro, y en el verano se acentuaba mucho más ―las cejas de Merlina descendieron―. Mi tarea de Mortífago no es tan simple, Merlina. He tenido que arriesgarme demasiado últimamente y si no hubiese tenido el cuidado que he tenido hasta ahora, te pude haber expuesto también. Las cosas son muy diferentes a como lo eran el año anterior
―Pero no ha sucedido nada ―debatió Merlina.
―La pérdida de tu memoria también fue en parte culpable ―continuó Severus, ignorando el último comentario―. Sin embargo…
―¿Qué?
―Hace un tiempo ocurrió algo inesperado. Fue mi culpa ―añadió―. ¿Recuerdas cuando te hice hablar cosas falsas, no? ―Merlina asintió; era un recuerdo sumamente fresco y claro―. Dijiste que "eres Mortífaga" ―"Sí" dijo Merlina, viendo por dónde iban―. Eso llegó a los oídos de los Mortífagos de verdad.
Merlina sintió como si le hubiesen dado con una maza en el pecho. Tuvo una fugaz imagen en la que se vio rodeada por personas encapuchadas y con la varita en alto.
―Oh ―fue lo que atinó a expulsar de su boca.
―Estás en peligro por mi culpa ―reiteró arrepentido―. Nunca fue mi intención que dijeras algo como aquello; la situación se me fue de las manos ―confirmó Severus con gravedad―. Por otro lado, y ya te lo he dicho, lo que me tiene así es la guerra inminente que se aproxima, y eso lo sabes.
Se le puso la piel de gallina. Mortífagos… Bueno, técnicamente, ya estaba al lado de uno. Miró el feo tatuaje de Severus en el antebrazo izquierdo. Inconscientemente acarició aquel dibujo, pero él no hizo nada para impedirlo. Cada caricia le valía.
―Créeme, Morgan, que nunca quise hacerte sufrir. Pensé que, si nos alejábamos…, evitarías todo lo malo. Estoy seguro de que hubiese resultado si no hubiese sucedido esto ―hizo una pausa―. Pero, dado esta situación inesperada… ―apretó la quijada―. No podía dejarlo pasar, no puedo hacerte daño mientras estés "consciente", mientras seas tú, la misma, la original.
Merlina quiso sonreír, porque entendía lo que decía, pero no pudo. Pensar en la guerra… Un viento helado le recorrió otra vez el cuerpo desnudo.
―Pero… ―empezó a decir ella, dubitativa―. Pero si estoy aquí en el castillo y si tú estás conmigo, nada tiene que pasar, ¿cierto? Digo… la guerra puede estallar, y tal vez tengamos que defendernos de alguna manera, pero puede ser desde lejos, ¿no?, desde dentro del castillo, así no nos pondremos en peligro. Puede ser así, ¿no? ¿Podremos hallar la manera de estar más seguros? —Silencio. Severus sostuvo su mirada, insondable, inexpresivo. ―¿Cierto? ―insistió casi amenazante. Apretó los dientes mirando a Severus, aguardando impaciente la respuesta.
―No podría dejar que te expusieras más en peligro ―replicó el profesor acariciando el dorso de cada mano con un dedo, con la seguridad reflejada en sus ojos―. No nos sucederá nada.
―¿Lo prometes?
Severus se mordió el labio.
―No me hagas prometerte algo como…
Merlina juntó las manos con brusquedad, como rezándole.
―Promételo. Promételo, Severus, promete que estaremos bien, que nos protegeremos, que estaremos resguardados pase lo que pase. ―Merlina se comenzó a poner nerviosa. ¿Tal vez, por vez primera, le estaba tomando el real peso de lo que era una guerra? ¿Que todo eso significaba alejarse los seres queridos, y que el mundo completo terminara dañado? ¿Acaso no era que la unión hacía la fuerza?
Recién estaba tranquila, emocionada. Ahora estaba casi fuera de sí.
Severus abrazó impulsivamente a Merlina por segunda vez, dando suaves besos en su cuello.
―Lo prometo. Lo prometo, Morgan…
―"Merlina".
―Merlina ―corroboró él, suavemente junto a su oído.
La joven acarició los brazos de Severus con parsimonia, tranquilizándose. Ella no se imaginaba sin él. Podía enojarse, pelear, no verlo durante unos cuantos días, pero que él la dejara, la abandonara en todos los sentidos, era inconcebible. No obstante, no tenía que pensar así. Allí estaba, con él, feliz, volviendo a lo que eran antes. No debía transformar esa felicidad única en preocupación.
―No sabes cuánto te extrañé ―admitió en un gruñido, sin separarse de ella, con ese tono oculto que denotaba "siéntete afortunada de que te lo diga; es una ocasión irrepetible"―. Te extrañé mucho… demasiado. A ratos me volvía loco.
―¿Crees que yo no?
―Tú no tenías memoria hace un par de horas.
―Pero en el fondo de mí te estaba extrañando, Severus, y culpándome por cosas como haber quemado tu casa y… haberme enfermado en vacaciones ―soltó una risita nerviosa y se atrevió a mirarlo otra vez―. Y, claro, extrañando mi anillo de compromiso. Me siento rara sin él.
Severus pareció ausente durante algunos segundos. Se estaba devanando los sesos por algo que, de seguro, le costaría mucho decir en cualquier otra ocasión que no fuera esa.
―De una manera u otra, deberíamos estar agradecidos con Dunstan ―admitió, aunque Merlina tuvo la leve sospecha de que aquello no era lo que deseaba decir.
―¿Por el golpe?
―Bueno, es lo que te regresó la memoria, ¿no? ―contestó serio.
Merlina se quedó pensando durante unos segundos. En parte tenía razón. ¿Debería decirle "gracias por enviarme contra una vidriera, Dunstan"? No. El resultado era independiente del proceso. Ella jamás debió haberse golpeado… Y si no se hubiese golpeado, ella continuaría como una concha vacía.
Definitivamente tenía sentimientos encontrados y no deseaba ahondarse en ellos.
Merlina miró a Severus otra vez, que tenía la misma expresión de cavilación. Abrió y cerró varias veces su boca, indeciso.
Cuando Merlina intentó encontrar su mirada, Severus reaccionó, por fin. Tomó nuevamente las manos de Merlina, como si eso reforzara su idea.
Entonces, le soltó:
―Cásate conmigo.
¡Crac!
La mandíbula de Merlina por poco se le desprendió de la impresión.
¿Un saco de plomo había caído sobre ella? Ah… o Severus le estaba haciendo una broma. O tal vez Agatha. Repentinamente todo se tornó muy confuso y no pudo articular palabra alguna. ¿De verdad era Severus quien estaba a su lado?
No, no. Él es Severus, Merlina. Acabas de estar con él, de besarlo, de acariciarlo; está desnudo, a tu lado. Es él. Lo sabes, lo puedes sentir…
La joven abrió y cerró la boca varias veces para lograr proferir la simple pregunta de "¿Cómo dices?"
―Cásate conmigo ―corroboró el profesor sin atisbo de alegría, pero sí de ansiedad.
Merlina entrecerró los ojos, como sufriera de alguna dolencia.
―Severus, no es gracioso que…
―No es un chiste, no es una broma, Morgan ―advirtió él tomándole la cara con una mano―. No me refiero a una boda. No me refiero a que un inútil cura nos una. Sólo quiero que tú me des la respuesta. Que nos casemos ahora. Quiero sentir que estamos más que juntos, quiero saber que… perteneceremos el uno al otro…―evidentemente le costaba hallar las palabras exactas para expresarse.
―No digas eso. No lo digas ―interrumpió Merlina. Sabía que iba a decir "hasta que la muerte nos separe"―. Es demasiado melodramático, es demasiado…
―Es la realidad. Así es la vida; tiene un pasaje directo a la muerte. Cásate conmigo ahora ya, acepta ser mi esposa.
Merlina frunció el entrecejo, afligida.
―Severus, esto es… esto es raro.
―¿Por la ausencia de anillo? ¿De trajes? ¿De personas?
―No… porque viene de ti. Tú no querías… casarte. Tú no quieres ser esposo de alguien… tú no quieres sentirte "atado", y no quiero ser yo la que te aprisione. No quiero que luego me saques en cara que te sientes ahogado, o lo que sea que sientas con el matrimonio.
Severus bufó con energía al oír eso. Era cierto que antes no quería casarse, pero ¿qué tenía de malo el cambio de parecer? ¿Por qué siempre daba a Morgan la impresión de que era de hielo? ¿Por qué…? ¿Por qué tenía que comportarse de ese modo siempre? Lo único que necesitaba era sentirse conectado con ella de otra manera. Las cosas habían cambiado tanto en los últimos minutos, que se sentía lo suficientemente capaz de hacer propuestas como aquella. Era lo único que podía hacer para compensar el "tiempo perdido". No es que fuera a ser de mucha ayuda, pero el habérselo pedido ya le hacía sentir distinto. Le hacía sentirse completo, como si hubiese encontrado una pieza que le faltaba a un complejo rompecabezas.
―Tienes que acostumbrarte a que te amo, Morgan, y que las cosas son diferentes, y que yo soy un hombre distinto, aunque lo pongas en duda. Además… siempre me ha gustado estar amarrado a ti, y es todo lo que deseo ―arrojó con orgullo.
Merlina no supo que contestar. Se limitó a sostener su intensa mirada, que parecía lanzar destellos de emoción, aunque su boca formaba una línea tensa. Severus acarició su cara con sutileza.
―Es algo puramente simbólico, Morgan ―siguió, más calmo y confiado de sí mismo―. Es lo que me serviría de consuelo, como un potente amuleto, porque ―tomó aliento― no podremos llevar una relación normal. Ya no más.
Merlina bajó la cara. Lo había pensado de manera fugaz en un segundo mientras había navegado con sus recuerdos: la presencia de Craig en el castillo esa vez que quería asesinarla le hizo recordar que habían tenido que fingir no tener una relación.
―¿Tendremos que estar a escondidas? ¿Otra vez?
―Sí, a escondidas ―contestó en el tono más bajo y suave, observándola con intensidad―. Y no será como el año anterior, cuando nos permitíamos cometer errores. Sino que tendrá que ser todo muy medido. No mirarnos. No lanzarnos bromas, no insultarnos para demostrar que "no nos queremos ni un poco". Tendremos que ignorarnos por completo; nadie caería en el juego del "te odio y me odias" si no tomamos cartas en el asunto.
Merlina le dedicó una sonrisa fugaz y mordaz.
―Tú eres el que primero rompe las reglas, Severus, tú eras el que me tocaba la rodilla en la sala de profesores cuando teníamos que fingir estar separados ¿cómo crees que…? ―Se calló al ver la rotunda negación de él con la cabeza.
―Esta vez no me puedo dar el lujo de cometer dichas faltas, Morgan, y he aprendido la lección ―Merlina rodó los ojos al oír su apellido por enésima vez―. No podré tomarte en medio de un pasillo y besarte, confiándome en que nadie nos verá, y si es que tengo que comunicarme contigo, tendría que ser para algo muy urgente y de la forma más disimulada posible. Nadie te vio venir aquí, ¿cierto? ―añadió con preocupación, echando un vistazo a la puerta.
―No. No vi a nadie ―contestó con seguridad.
―Bien.
Severus miró a Merlina significativamente.
―¿Qué sucede ahora?
―No me has contestado lo que te pregunté.
Merlina lanzó una risita nerviosa.
―Quiero oír de nuevo la pregunta ―demandó ella.
―Cásate conmigo.
―Esa no es una pregunta, es una orden.
―Morgan…
―Severus, la pregunta, y ya basta de decirme "Morgan" ―insistió ella, con el estómago apretado, como si le fueran a dar una especie de premio.
Severus respiró profundamente antes de hacer caso. Se enderezó y le tomó ambas manos. Sin embargo, no lo hizo a regañadientes. Hubo anhelo en la pregunta:
―Merlina Morgan…¿quieres casarte conmigo? ¿En este instante? ¿Bajo este techo, iluminados por el fuego de la chimenea y tendida sobre la alfombra?
Merlina se sintió súbitamente mareada. Tal vez era la felicidad, la adrenalina, la sorpresa… o todo eso junto. Era muy diferente escuchar una proposición.
Una vez había deseado casarse con Severus. Tal vez fue soñadora al hacerlo: el vestido que la haría parecer un pastel enorme de crema, los invitados, la música, el baile. Tal vez sí había imaginado algo imposible… Pero, lo más imposible de todo, era que él hiciera la propuesta, así, de un momento a otro. ¿Cuántas veces se había puesto celosa por matrimonios de otras personas? ¿Cuántas veces había pensado que se quedaría soltera y sola para toda la vida? ¿Cuántas veces había pensado que iba a comprarse un millón de mascotas para tener algo de compañía? Por fin le había sacado de la cabeza el cartucho que cubría el rostro de su misterioso esposo.
Y, allí, inesperadamente, había llegado el momento, el momento que había dejado de esperar, porque había parecido completamente imposible. Severus le estaba pidiendo matrimonio porque la amaba… y la necesitaba con él, cuando, meses antes, se había puesto como un loco al creer que ella le estaba haciendo insinuaciones. Realmente era un hombre diferente.
Por fin recuperó el aliento.
―Sí, Severus… Acepto casarme contigo, ahora ya. Acepto ser tu esposa ―farfulló atropelladamente.
Esposa. Ella era esposa de Severus.
La realidad cayó sobre Merlina. Los ojos volvieron a escocerle.
―Te has vuelto extremadamente sensible ―adujo Severus con cierto reproche.
―Tú lloraste hace un rato ―lo acusó ella, secándose las lágrimas nacientes con rapidez.
―Yo no he llorado ―negó él con exasperación.
―¿Ah, no?
―No.
―Eres un mentiroso.
―Y tú una ilusa. Además, de ser algo más, claro ―lo último lo dijo con maldad, aproximando su nariz ganchuda a la de ella.
―¿Qué insulto piensas decirme ahora? ¿"Cerdita Parlanchina"? ¿"Señorita Bufanda"? ¿"Cerdicienta"? ¿Qué soy esta vez, eh, Severus?
El hombre puso cuidadosamente el cabello de Merlina tras su oreja izquierda, y contestó, junto a ella, en una voz escalofriante:
―Eres mi mujer.
