Capítulo 37: No será más fácil
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Una amplia sonrisa se dibujó en la cara de Merlina al oír que la declaraba su mujer con tanto orgullo. Soltando una risita torció el rostro y lo besó intensamente, al momento en que una ida cruzaba por su cabeza: las situaciones, las vivencias y los inesperados obstáculos que se habían interpuesto en la relación de ambos, habían creado un gran vacío en el saber de Merlina en relación con el hombre que tenía a su lado. Conocía cosas muy básicas de él, y unas tantas muy profundas, sin embargo, desconocía las razones de su manera de ser, su comportamiento y sus elecciones. Eso era importantísimo para ella; lo era más cuando podía ser ella misma, la de siempre. Tal vez, antes había cierto temor en enfrentar de esa manera a Severus, pero ahora había confianza, había una igualdad. Ella quería tener en cuenta todos sus aspectos, conocer su oscuridad tanto como lo bueno. Nada le garantizaba estar con Severus para siempre, por más que lo rogara a los cielos, y ese era el momento adecuado de conocer todo lo que pudiera de él.
Se alejó de sus labios y dijo:
―Severus, te conozco muy bien, te conozco desde hace tiempo ―soltó una risita nerviosa; era primera vez que iba a pedirle algo tan personal―, conozco cada una de tus actitudes… ―Severus se mordió el labio al comprender lo que se cruzaba por la mente de Merlina al utilizar Legeremancia―. Y, de cierta manera, conozco alguna parte de tu pasado. Y ahora que he recuperado bien la memoria y sé que sabes todo, o la mayoría de los detalles de mi vida, de mi familia… Quiero saber de ti. Creo que me he ganado el derecho de pedirte esto, sobre todo si te acabas de convertir en mi marido. No me gustaría estar siempre preguntándome qué te ha hecho… ser así.
Severus suspiró.
―Me consideras mala persona, ¿eso me quieres decir?
Merlina rodó los ojos.
―A veces eres tú el que dices más estupideces que yo ―hizo una pausa y le acarició los hombros―. ¡Claro que no! Es eso: eres demasiado bueno. En el fondo, claro… No es que andes regalando sonrisas y ayudando a los estudiantes.
Severus sonrió apenas.
―¿Qué quieres saber?
―Lo que tú desees contarme.
Severus frunció el ceño durante unos segundos.
―Siempre he sido igual, Merlina. Tal vez fue mi familia enfermiza, compuesta por una bruja muerta de amor por un muggle… Por la ausencia de tranquilidad. Gracias a mi madre es que me volví muy ambicioso. Por eso terminé donde… ya sabes. Donde sigo pagando, básicamente. Luego, me di cuenta de que estaba perdiendo demasiado: familia (aunque mucho no me interesara), amigos, conocidos… Me sentí fuera de lugar cuando me di cuenta de que, en el fondo, no compartía ninguna de las ideas que el Señor de las Tinieblas tenía como estandarte de movimiento. Lo vi matar, lo vi torturar… Incluso yo fui partícipe de algunos catastróficos eventos. Claro, como te mencioné una vez, nunca maté, pero herí y torturé a gente inocente, siempre con un nudo en el estómago, tratando de convencerme de lo que hacía era lo correcto. Un día supe que no podría continuar así; que no quería ser más esa persona despreciable, y entonces, me cambié de bando poco antes de entrar al colegio como profesor ―hizo una pausa―. Dumbledore me recibió y me propuso una idea, la de demostrar lealtad jugando al doble agente en caso de que lo necesitara, y yo acepté, lo acepté como un cobro a todos mis pecados. Luego de eso, no hay nada más que saber que sea relevante, a menos que te diga que sí salí a fiestas para emborracharme y para dejar de ser casto, como cualquier otro hombre.
Merlina abrió la boca, ofendida.
―¿Qué pretendes…? ¿Qué…?
―No te estoy insultando, Morgan. Sólo quería ver si los celos te quitaban esa cara de tensión máxima.
Merlina miró hacia el techo, negando con la cabeza. ¿Celos? Ella no era como él. O sea, ponerse celosa porque Severus había perdido la castidad con alguna amiga, o compañera, o desconocida… A ella le importaba un pepino.
Tal vez un pepino le importaba demasiado.
―No fue con nadie digna de mencionar ―se adelantó Severus ante la mirada de duda de Merlina.
―No me interesa.
―Ay, Morgan…
―"Merlina" ―gruñó ella.
―… algo que siempre me va a fascinar, es cómo tratas de mentirme cuando todo en ti demuestra lo contrario. Además, hoy es cuando ambos hemos perdido la virginidad ―añadió con picardía, acercándose a ella.
Merlina asintió. Era totalmente cierto: esa sensación de renovación la vivían pocas personas.
―Te prometo que, a medida que pase el tiempo, te iré narrando más detalles de mi vida ―susurró Severus al ver la expresión inconforme de Merlina por su cortísima narración―. No me siento realmente preparado para enfrentar el pasado, no cuando sigo en otro mundo gracias a ti ―añadió lanzando un suspiro—. Quiero estar junto a ti, atesorar este momento.
Se permitieron estar una hora más, juntos y en silencio; ninguno tenía deseos de seguir charlando, dado que eso era lo único que les conectaba con la insidiosa realidad. Se abrazaron con fuerza en cercanía del fuego de la chimenea. Estaba ella tan bien entre los brazos de Severus, que ni siquiera recordó su parentesco con esas ardientes llamas. Se olvidó completo… No era demasiado importante tener un "poder" al lado de estar con Severus otra vez. Y su mente no deseaba recordar cosas sospechosas o desagradables.
Se acariciaron con suavidad, cerrando los ojos, dándose fuerzas, recordando infinitas imágenes de sus vidas, en la quietud. De vez en cuando se miraban a los ojos, se besaban, se abrazaban y acariciaban y, en algún punto, no evitaron caer en las redes de la pasión e hicieron el amor una vez más, dejándolos completamente extenuados.
Cuando dieron las doce de la noche decidieron dar por finalizada la cita, cual Cenicienta en apuros. Tuvieron que poner mucho de su parte para desligarse del otro y vestirse. Sus caras se iban alargando a medida que regresaban a la normalidad. Al menos ella se hubiera quedado así para siempre. No necesitaba nada más.
―¿Cuáles son los límites? ―indagó Merlina con la voz seca antes de irse.
Severus supo de inmediato a qué se refería.
―Aparte de lo que ya te dije, sólo reunirnos cuando podamos, en tu despacho o el mío. Sin que nadie nos vea, y a una hora prudente. Esta hora no está mal.
―¿Cualquier día?
―Cualquier día, siempre que podamos.
―¿Recuperaremos el tiempo perdido?
Severus formuló una mueca.
―Eso espero.
Se dieron un ardiente beso de despedida.
―Espera, Merlina ―dijo Severus antes de que ella se atreviera a girar el picaporte.
―¿Sí?
Severus extrajo algo del bolsillo de su túnica y le tomó la mano derecha. Merlina sintió algo frío deslizarse por su dedo índice. No supo si fue por la temperatura del anillo o por la emoción, pero le dio un escalofrío. El corazón saltó alegre otra vez.
―Tú sabes que yo nunca he podido usar anillo, y dudo que pueda. Tampoco me arriesgaría ―dijo Severus observando la mano de Merlina―. Sólo algunos pocos de confianza saben que yo te di este anillo; sé que no hay riesgo en que lo lleves puesto.
―Todo sea por protegernos de los enemigos… Pero algún día tendrás que usar uno. Es injusto que sólo lo haga yo ―adujo Merlina con severidad—. No quiero que otras brujas piensen que estás disponible.
El profesor de Pociones prefirió no contestar nada y le dio un cálido beso en la mejilla antes de tomarle el rostro y besarla una última vez en los labios.
Merlina salió del despacho mirando a ambos lados antes de ponerse a caminar por él. Cuando llegó a la esquina, no supo qué hacer: si ir a hablar con Albus, despertar a Phil y darle la noticia, o buscar a Ginny.
Tras unos segundos de duda, decidió por hacer lo correcto: tomar un componedor y relajante baño en su despacho. Luego se dedicaría a sus tareas de conserje, y al día siguiente pondría al tanto a los demás… Tenía tiempo suficiente para organizar su vida otra vez.
Ah… Había recuperado la memoria, se había reconciliado con Severus y se había casado, y todo en apenas unas cuantas horas. ¿Podía estar más feliz?
Nuevas lágrimas comenzaron a recorrer su cara. Era inevitable.
A primera hora de la mañana Merlina fue a hablar con Albus. Los pocos estudiantes que estaban desperezándose por los pasillos la miraban con interés poco disimulado. Era obvio que el rumor que había hecho correr cierto grupo de Slytherin sobre una "pelea entre Dunstan y Morgan en el Salón de Trofeos" ya había llegado a oídos de todos. Incluso la miraban con extrañeza. ¿Tal vez esperaban que Merlina estuviera con un ojo morado, con cabestrillo en un brazo, una pierna enyesada y un par de gruesos bastones?
Sintió una punzada de ira al convencerse aún más lo mala que era para los hechizos defensivos.
Al director, de todos modos, se lo encontró a mitad de camino, así que no tuvo que estar martirizándose por eso durante todo el trayecto. Él estaba esperándola, pero fue una conversación sumamente concisa.
Con una amplia sonrisa Albus asumió:
―Todo ha vuelto a la normalidad, ¿o me equivoco, Merlina?
Merlina, radiante por primera vez en muchos días, y en todos los sentidos, asintió con entusiasmo.
―Creo que está todo en orden. Al menos por ahora, Albus.
―Es un alivio oír que me llamas nuevamente por mi nombre. Supe de inmediato que habías recuperado la memoria cuando me llamaste así. Ahora, debes cuidarte de no golpearte la cabeza de nuevo.
Merlina lanzó una carcajada corta. ¿Golpearse la cabeza otra vez? Ni en sus peores pesadillas. Ya había tenido suficiente en su vida al estar falta de recuerdos, tanto por la muerte de sus padres como por ese día en la excursión con los Weasley.
El desayuno fue silencioso y extraño. Sabía que siempre había estado allí, rodeada de gente, y que no se había perdido de nada, pero ahora era distinto, sobre todo el no poder dirigir la mirada a Severus bajo ninguna circunstancia. Lo que no pudo evitar, fue aniquilarse en una mirada con Dunstan, pero eso era pan de cada día. No debía de sorprenderse demasiado.
Luego de desayunar pasó a ver a Phil. Éste estaba acostado en la cama de la Enfermería, aburrido, leyendo una chillona y pomposa revista del Corazón de Bruja. La dejó sobra la mesita de noche cuando vio a su prima entrar.
―¿Qué tal tu pierna?
―Bien, aunque parece un trozo de carne mal cortado, ¿y tú?
―Excelente.
Philius sonrió incrédulo al momento en que Merlina se sentaba a su lado.
―No lo dices en serio. ¿Qué sucedió con Dunstan? Un grupo de estudiantes se asomó por aquí y oí que se habían batido a duelo. ¿Eso es cierto?
―Sí, es cierto ―respondió Merlina impasible.
―Entonces, ¿por qué estás tan contenta? Digo… es un poco obvio que no fuiste tú la que ganó.
La joven golpeó el hombro de su primo, ofendida.
―No es necesario que me lo digas de esa manera tan cruel.
Phil taladró a su prima con los ojos, tratando de buscar la respuesta.
―Vamos, dime por qué estás tan contenta.
Merlina se acercó al oído de su primo y susurró:
―Las cosas han vuelto a la normalidad con él, pero es un secreto.
―¿Qué? No entiendo. ¿Le excitó verte luchar con Dunstan o qué? —Merlina rodó los ojos. ―Dímelo rápido, me muero de curiosidad.
―Si te digo que recuerdo que en cierta fiesta de Halloween tuviste que disfrazarte de Tarzán y que te veías como un modelo en miniatura, ¿se te ocurriría a ti solito la respuesta?
Philius entrecerró los ojos durante unos segundos. Luego, abrió la boca como un buzón, comprendiendo la indirecta.
―¿Recuperaste la memoria? ―masculló sin aliento.
Merlina hizo un gesto afirmativo; Phil se quedó mudo de la felicidad. Apenas pudo estirar los brazos para darle un abrazo.
En cuanto a Ginny, más tarde pudo encontrarla fácilmente con el utilísimo Mapa del Merodeador. Como siempre no se salvaba de la montaña de deberes. Estaba con un grupo de compañeros en una mesa de la biblioteca.
La mirada de buitre asesino de Madame Pince no influyó en ella. Ella, la Merlina de veintiocho años, ya había superado ese problema de tenerle miedo a una loca por los libros como ella. Sí, haber recuperado su memoria tenía muchas ventajas. Tal vez, demasiadas. No podía sentirse más feliz. Pero ¿por qué siempre estaba esa espinita de inseguridad en ella? No, no estaba atormentada por lo que había hablado con Severus. Era algo más.
―¡Merlina! ―susurró Ginny cuando la celadora estuvo lo suficientemente cerca. Los demás miraron con interés―. ¿Qué haces aquí? ¿Estás bien?
―¿Puedes salir un momento?
Ginny no tardó en acompañar a Merlina fuera de la biblioteca. Abrió la boca una vez más para inquirir cómo estaba y qué había ocurrido, pero ella prefirió lanzar la información si anestesia previa:
―He recuperado la memoria.
La pelirroja fue la que más tardó en reaccionar. De hecho, prefirió dar un preámbulo antes de aceptar la verdad.
―En la mañana te fui a ver a la Enfermería; alguien había dicho que estabas allí, pero fui y no te vi y… ¿Es cierto lo que dices?
―Completamente cierto.
―Oh, Merlina… ―suspiró Ginny, dándole un fugaz abrazo. Parecía demasiado conmocionada para tomarse las cosas con calma―. Ésta es la primera noticia buena que recibido durante mucho tiempo. ¿Recuerdas todo? ¿No te duele nada? Ahora, todo será más fácil, ¿no?
Merlina pensó sobre el asunto durante un segundo. De pronto se le vinieron muchas ideas a la cabeza, aturdiéndola. Si iba a tener que verse a escondidas con Severus, también tendría que hacerlo con Ginny. Era un círculo vicioso: uno ponía en peligro al otro, y Ginny ya había perdido a su hermano como para que tuviera más problemas. Se sintió como estúpida por haberle dirigido la palabra; luego iba a tener que enmendar la situación.
Tomó a Ginny del brazo y se la llevó al aula más cercana.
―¿Qué sucede? ¿Por qué me traes para acá?
Merlina echó el cerrojo antes de comenzar a hablar.
―Ginny ―dijo, seria, ubicándose frente a ella―, con Severus las cosas se han arreglado, de cierto modo ―Ginny no dijo nada, porque sabía que detrás de ese comienzo se venía un sermón―. Pero mantendremos la relación oculta. Ahora… eso es porque él me ha puesto en peligro a mí, y, técnicamente, yo te pongo en peligro a ti.
Ginny alzó una mano.
―Ya veo por donde viene eso… ¿también quieres que me aleje de ti, Merlina? Ya lo hicieron los chicos y ahora…
―No, no, escúchame ―le cortó Merlina, comprendiéndola―. Sólo quiero que mantengamos en secreto nuestra amistad también. Ya me alejé lo suficiente de ti por culpa de mis actitudes estúpidas de niñata, así que… no podría hacerlo otra vez.
Ginny suspiró de alivio.
―Toma ―dijo de pronto Merlina. Había extraído el mapa de su bolsillo y se lo estaba alargando.
―Te lo regalé, Merlina, no…
―Lo que se regala no se regala por segunda vez ―replicó Merlina con firmeza―. Yo lo necesitaba porque no tenía idea de nada, pero ahora los pasadizos y otros secretos vuelven a estar en mi mente. Además, la que me tendrá que encontrar en un momento seguro para visitarme tendrás que ser tú, no yo. Yo siempre deambulo para todos lados.
Ginny guardó el mapa sin decir nada más.
―Entonces… No todo será fácil, ¿cierto?
Merlina negó con la cabeza lentamente, apesadumbrada.
―Al contrario. Todo será mucho más complicado, pero creo que valdrá la pena.
―Es bueno escucharte hablar así. ¿No más venganzas con Dunstan?
―No, el otro día la puse en su lugar, creo. No tengo nada más que hacer con ella. Aunque no estaría mal hacer algo por golpearme en la cabeza…
―¿Cómo? Entonces… ¿ella es la culpable de que recuperaras la memoria? ¿Te golpeó?
―No, me mandó contra un vidrio irrompible, pero es lo mismo.
―¿No le diste las gracias?
―¿Darle las gracias? Eso no lo haría jamás, en ninguna circunstancia ―se negó, pasándose una mano por la cabeza.
Ginny se quedó mirando el anillo de Merlina, con el ceño fruncido.
―¿No que el anillo lo tenías en la mano derecha? Digo, antes de que te lo sacaras…
La celadora abrió la boca, sin saber qué decir.
―¿Merlina?
―No es que me haya equivocado de mano ―respondió finalmente.
Los ojos castaños de Ginny se abrieron como platos.
―¿Te…?
―Nos casamos. No preguntes cómo ni en qué momento, pero lo hicimos. Puramente simbólico, pero no le quita mérito.
Ginny quedó más aturdida que cuando Merlina recibió la pregunta, pero prefirió no cuestionar el asunto tan extraño.
Dieron por terminado su último encuentro inesperado y público. Merlina se dio cuenta de que estaba muerta de sueño y que necesitaba un descanso urgente. Tanta información y emoción en pocas horas ―y actividades también―, le habían agotado.
Y ahora, ¿qué seguía en su vida? Nada. Sólo la calma, la espera de que el futuro llegara pronto; y las ansias de estar con Severus. Esa noche trataría de ir a verlo, y todas las que más pudiera.
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El día viernes de aquella misma segunda semana de diciembre, Phil tomó vuelo a Estados Unidos. Antes de marcharse del castillo ―con mucha cautela― dio un apretado abrazo a su prima y le recordó el favor que tendría cumplir en poco tiempo más, a mediados de enero. Ella, ahora que había recuperado su "personalidad original", no le hizo mucha gracia el saber que tendría que hacerse cargo de un bebé, aunque fuera su prima.
Así que, lo segundo que hizo aquella mañana, aparte de despedirse de su primo y desayunar, fue hablarle a Albus de la promesa que le había hecho a Phil, colocándose el parche antes de la herida.
―Prometo que no molestaré a nadie. Esto será exclusivamente tarea mía, Wealthow estará en mi despacho y sólo será una semana, tal vez menos, Phil me dijo que a lo más serían cinco días, y creo que…
―Merlina.
La voz de Dumbledore sonó algo exasperada, aunque en su apergaminada cara había cierta simpatía.
―No es necesario que me des tanta explicación. Una semana no afectará tu trabajo, menos cuando los profesores son constantes vigías también. No hay problema evidente.
En parte el barbudo director tenía razón: los profesores se turnaban para sus paseos durante la noche, entre aquellos se contaban su marido ―qué raro sonaba aquello en su mente― y Agatha. Aquella era una de las razones por las que encontrarse otra vez con Severus no había resultado, y que su humor pareciera un péndulo cambiando constantemente de "espectacular" a "fatal" y viceversa.
No era agradable verse para ninguna de las dos constantemente por los pasillos, ni menos el no poder decir algo antipático. ¿Para qué armar problemas si razones ya no había?
"Problemas". Sí, esa palabra recordó a Merlina algo más cuando estaba saliendo del despacho del director para ir al suyo y dormir. "No hay problema evidente" había dicho él. Pues, técnicamente sí lo había, ya que Severus no tenía idea de eso. Lo conocía lo suficientemente bien como para saber su reacción, y ya que las cosas habían recuperado un poco el color rosa, no había necesidad de desteñirlas con algo como eso. Pero ¿y si se enteraba por la boca de Albus? O, si ella se lo lograba ocultar hasta el final, ¿qué diría cuando la viera con un bebé en brazos, que ni si quiera era de ella?
Suspiró, entrando a su habitación.
La verdad es que no había motivo alguno para ocultarle eso a Severus. Ella misma estaba convencida de que tenían que comunicarse, ya que estaban juntos otra vez. No debía haber agujeros en la relación, no debía haber agentes que la pudrieran poco a poco… A la noche hablaría con él.
No quiso demorar el momento hasta más allá de la cena. Tuvo el máximo cuidado de que nadie la encontrara merodeando cerca del despacho de Severus, ni menos que la vieran entrar por la puerta.
Él llegó poco después, sorprendiéndose de la temprana presencia de su esposa.
―Tengo que hablar contigo ―anunció Merlina, y le contó el asunto rápidamente, esperando que Severus enrojeciera de ira o comenzara un discurso.
―Una semana no es tanto. ―Snape se encogió de hombros, con una voz que sugería completo desinterés―. Supongo que podremos…
―Aguarda, un momento ―interrumpió Merlina. Severus arqueó las cejas ante tal interrupción―, ¿no se supone que tenías que decirme algo como "Morgan, en el problema que te has metido, ahora tendré que soportar a una cría llorona en tu despacho cada vez que te vaya a ver"? ¿O es que te perdiste de algo?
Severus formuló una mueca burlona con sus finos labios.
―Si es lo que desees que te diga, puedo hacerlo.
―No, no, claro que no deseaba que me dijeras eso, pero era lo más normal… viniendo de ti.
―Tal vez sería más lógico, si conociera a fondo a cierta adorable… criatura ―comenzó con ironía―. Sin embargo, no la conozco del todo bien. Sólo la oí llorar hace unos cuantos meses atrás, cuando íbamos en el carro de tu tío, directo a la boda de tu primo ―arqueó una ceja―. Además, la que va a tener que estar fabricando alimento de bebé, cambiando pañales, sacando gases, consolando y haciendo dormir a un crío serás tú, no yo. Tú serás la que soporte el escándalo.
Merlina se enderezó.
―No me asustas con eso, Severus. Cuidar a un bebé no puede ser un poco más difícil que tratar contigo ―dijo picada.
Siempre tratando de desbaratar planes con sutiles comentarios de ese tipo —pensó Merlina, recordando aquella vez a regañadientes. Wealthow se había ido todo el viaje llorando y vomitando, pero, ya estaba más grande y su comportamiento debía de haber mejorado, ¿no?
Severus le devolvió una mirada desafiante y se aproximó a ella lentamente. A Merlina se le puso la piel de gallina por el fulgor que irradiaban sus ojos, pero se mantuvo firme. Al menos ya podía controlar sus sensaciones un poco más y sostenerle la mirada.
―Yo que tú no pondría las manos al fuego tan rá…
Súbitamente los ojos de Severus se dirigieron al fuego crepitante de la chimenea, quedándose allí, perdidos por unos segundos.
Merlina pasó una mano por delante del rostro de Severus para hacerlo reaccionar. Éste atrapó su mano casi de inmediato y la observó con atención, como si se tratara de algún objeto valioso. La celadora se quedó esperando a que dijera algo coherente a su actitud.
―Merlina ―su voz sonó suave, colocando delicadeza en cada sílaba―. Por casualidad… ¿te ha seguido ocurriendo lo del fuego?
Por un microsegundo Merlina no comprendió por qué lo decía. Luego hizo la conexión: "Yo que tú no pondría las manos al fuego tan rápido".
Se encogió de hombros.
―O sea que, bueno, cuando Phil estaba me quemó la mano por accidente y no pasó nada, pero luego me volteó su taza de té hirviendo y me dolió más que los mil demonios… ―terminó encogiéndose de hombros. Luego, añadió―. Sin embargo, ahora que recuerdo, estuvimos en la biblioteca para averiguar… ―y le narró en pocas palabras el suceso de la leyenda de La Mujer de Viento. Severus quedó pensativo con la mirada perdida.
―¿Puedo quemarte la mano? ―inquirió después de un rato, aún afirmando la mano de Merlina.
Ella sonrió a medias, dudosa. ¿Y si se quemaba de verdad? Sin embargo, no le había ocurrido antes con el fuego y tampoco se sentía distinta, a menos que el golpe le hubiese quitado esa capacidad… Aunque, cabía reconocer, que estaba así desde antes que perdiera la memoria, por lo tanto…
―Está bien ―aceptó conteniendo la respiración.
Severus apuntó con su varita la mano de Merlina e hizo aparecer una llama similar a la que provoca una cerilla. Merlina estuvo tentada de correr la mano cuando ésta tocó su dorso, pero no fue necesario: no sintió nada, sólo calor.
Se miraron con Severus.
―¿Puedo quemarte? ―preguntó otra vez.
―¿No se supone que eso estás haciendo?
―Me refiero a hacerlo con… agua hirviendo ―susurró con cuidado.
―Ah, no, no, eso sí que no. ¡El té también tenía agua y me quemó!
Trató de arrebatar su mano, pero Severus la tenía bien firme. Con voz de "no te haré daño", repuso:
―Es la única manera con la que podemos comenzar nuestra averiguación, hay que asegurarse.
Merlina arqueó las cejas.
―¿Averiguación? ―preguntó escéptica.
Severus la arrastró hasta un sillón.
―Mira. Esto lo dejamos pasar mucho tiempo. Es cierto que te llevé a San Mungo y que ya no incendias cosas, pero sigo pensando que es anormal que no te quemes. Esto tiene que ser algo… no sé si un poder especial ―ironizó―, pero tenemos que descubrirlo nosotros. No pienso hacerte salir del castillo para a ir a ver a alguna vieja fraude que nos hable de cosas que ya sabemos.
―Severus, tal vez… ―comenzó a excusarse Merlina. No era necesario que averiguaran nada, no era grave, todo estaba bien.
―Tal vez pueda ser importante ―indicó él con un dejo de frialdad―. Y no pongas esa cara.
Merlina había puesto los ojos en blanco. Sin embargo, debía reconocer que, quizá, Severus tuviera razón. ¿Y si era importante todo aquello? Tenían que saberlo.
―Está bien… pero si me haces alguna herida, tú serás el responsable de curarla.
―¿Alguna vez no lo he hecho cuando he sido, de alguna manera, el responsable? ―arqueó una ceja.
Merlina bajó la mirada con un momentáneo sentimiento de culpa: él siempre había estado con ella, para rescatarla de Peeves, de Malfoy en un tiempo pasado; de sauces golpeadores y serpientes venenosas, de congelamientos en el hielo… O cuando siempre se sentía mal. Todo eso sucedía, claro, antes de que perdiera la memoria, aunque también debía reconocer que había continuado siendo su guardián mientras no recordaba ni una pizca de la relación.
―No ―contestó finalmente.
Severus, con algo de orgullo, tomó la mano de Merlina y preguntó:
―¿Preparada?
Merlina inspiró con fuerza y, cerrando los ojos, asintió.
Severus echó un fugaz chorro de agua hirviendo al dorso de la mano derecha de la joven. Merlina retiró la mano, soltando una aguda palabrota y comenzando a soplarse la mano con fuerza y a moverla de manera suelta sobre la muñeca.
―Entonces ―continuó Severus, como si nada, tomando la mano sana de Merlina para arrastrarla hasta una de las despensas―, te quemas con lo caliente, excepto por el fuego mismo ―más lo decía para sí. Extrajo un frasco con crema verde―. ¿Dijiste que cierta leyenda estaba en un libro de la biblioteca?
―Sí.
―Envíamelo apenas puedas ―solicitó Severus aplicando la crema en el lugar afectado. Una mancha roja, no muy grande pero deforme, decoraba el dorso de la mano de la mujer.
Merlina salió del despacho del profesor a los pocos minutos, muy sigilosa. De inmediato se dirigió a la biblioteca. Tardó en dar con el libro, pero apenas lo hizo se le entregó a un estudiante de primero de Hufflepuff, diciéndole "me han ordenado que este libro llegue a manos del profesor Snape. Procura que cumpla su destino".
No supo si fue el mismo muchacho quien entregó el libro, pero sabía que, tarde o temprano, llegaría a las mazmorras.
