Capítulo 38: La niñera

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El día de Navidad se presentó con energía para todos, pero con mayor intensidad para Merlina, que tuvo que hacer su máximo esfuerzo para mantener a Peeves lejos del Gran Comedor. El lugar estaba siendo decorado por los profesores, y ella debió evitar que el poltergeist cometiera sus clásicas fechorías. Hagrid, como siempre, llenó el Vestíbulo con pinos cargados de esferas de colores y nieve falsa, lo que no cansaba de maravillar a nadie año tras año.

Merlina recibió un regalo de Ginny y otro de Albus. Con Severus no acordaron no enviarse regalos, aunque estaba claro que era mejor no hacerlo si las cosas podían complicarse, y tampoco era una costumbre en ellos, aunque probablemente se debiera más a la imposibilidad de realizarlo como la gente normal que a las pocas ganas de hacerlo. Apenas una vez Merlina le había enviado un oso de peluche con la cita bordada "Púdrete", y de seguro el pobre habría quedado hecho cenizas y sepultado en la antigua casa de Severus.

Ella no esperaba obsequios, pero sí se le hizo extraño que Severus no se aproximara a ella en ningún momento de la cena de Navidad para aprovechar la oscuridad de los rincones del Gran Comedor y de la distracción de los estudiantes. Tal como él había prometido, no se podían permitir errores, deslices, por mucho que lo desearan, porque, a pesar de todo, miradas fugaces lograban mantener de vez en cuando, y siempre estaban cargadas del sentimiento que les unía. Merlina sentía cosquillas en el estómago y la cabeza se le llenaba de recuerdos de años anteriores cuando Severus la miraba de ese modo, desconcentrándola.

Impaciente, ella aguardaba las noches para encontrar algún momento libre, aunque fuese un par de minutos para correr, recibir un beso y marcharse. Hubiera sido excitante, de todas maneras, correr algún tipo de riesgo, pero si Severus llegaba a tal extremo de ni siquiera estar a dos metros de ella, todo el asunto iba más que en serio y ella no iba a ser quien violara el trato.

Sin embargo, luego de la fiesta, cuando caminaba por el pasillo de los profesores que conectaba a la puerta trasera del comedor cerca de la una de la mañana, la túnica, mágicamente, se le quedó estancada en una punta sobresaliente de la rodillera de una armadura. Trató de desatascarse, pero no lo consiguió. De pronto tuvo la sensación de déjà vu. Se parecía a cierta ocasión, en un partido de Quidditch… Miró a su alrededor, atenta.

Al fondo, más allá, la puerta de un armario se abrió dejando entrever una pálida mano que hacía un gesto rápido, para luego volver a esconderse.

―Claro que eras tú ―farfulló tomando su túnica con firmeza, para tirarla con demasiada fuerza y… caer de trasero al suelo: el hechizo de enganche ya se había deshecho―. Gracias, Severus ―refunfuñó por lo bajo, colocándose de pie―, tú siempre tan atento.

Cuando entró al armario ―cuidando de que no hubiera moros en la costa―, pilló a Severus en medio de una carcajada burlesca que no se oía desde afuera.

―¿Qué? ¿Cuál es el chiste? ―increpó Merlina apuntándolo con la potente luz de la varita que acababa de encender.

―No hagas eso ―susurró él desviando su mano para que la luz no le llegara directo a los ojos.

―¿Bien?

―Es obvio por lo que me reí, ¿no? ―contestó arrogante, aproximándose hacia Merlina. Ella lo supo porque sintió la tibieza de su aliento cerca de una mejilla.

La celadora tembló un poco, pero no retrocedió, simplemente lo frenó colocando una mano en su pecho. ¿Ya iba a utilizar las viejas maneras de conquistar? ¿Haciéndose el misterioso y antipático? En realidad, era misterioso y antipático. Lo que compensaba aquello era su pasión oculta.

―¿Qué hice que te causa tanta risa?

Severus suspiró cansinamente.

―Te caíste, Morgan. ¿Por qué otra cosa tendría que estarme riendo?

―¿Me viste caer?

―He estado mirando todo el tiempo para ver si salías. No es que el pasillo no se divise por las hendijas de las puertas ―añadió.

Merlina miró hacia su izquierda: era cierto que, si apegaba el ojo, veía el pasillo perfectamente.

Segundos de silencio…

―Y… ¿vienes a decirme algo? ―cierto temor embargó la voz de Merlina. Que de pronto necesitara reunirse con ella, en un armario con cajas e instrumentos de aseo…

Severus no contestó. De pronto la besó apasionadamente. Merlina tardó en reaccionar, no se esperaba un beso tan rápido. Pero no se quejó, imposible hacerlo cuando recibía sus labios tan cálidos. También bajó las manos para tocarle los glúteos y acariciárselos, como compensando el reírse por su caída de culo.

―No ―masculló él, hablando lo suficientemente cerca de sus labios como para rozarlos―, simplemente quería hacer esto. Hemos estado demasiado lejos durante dos días. No he podido siquiera chocarte el hombro.

―Sí, y es mejor que no lo hagas, porque eres bastante bruto cuando lo practicas ―razonó ella, intentando sonar amenazadora.

―Me das tanto miedo, Cerdita Parlanchina… ―ironizó el profesor, subiendo una mano acariciando su cabello.

―¿Es que siempre tienes que ponerme en ridículo cuando estamos juntos? ―se puso colorada, y aunque no pudieran verse las caras, sabían perfectamente cuál era la expresión del otro; Severus sonreía pagado de sí mismo y Merlina apretaba la mandíbula―. No pido que seas cariñoso, sé que lo eres, a tú manera, pero es el colmo que…

―Cómo me encanta cuando te enojas. Ya lo sabes ―interrumpió él con maldad.

―Cuando me enoje de verdad, querrás huir.

―No, no lo harás.

―¿El qué? ¿Enojarme?

―Sí.

―¿Por qué?

―Porque te amo.

Merlina suspiró. Era tan irreal oírlo… No porque creyera que él no sentía eso, sino que escucharlo con voz dócil y sencilla era diferente a las otras veces que se lo había dicho, y que eran contadas por los dedos.

―¿Por qué me lo dices? ―Severus hizo un ruidito de incredulidad―. "No preguntes idioteces, Morgan" ―lo imitó ella con voz gangosa e infantil―. Si me vas a decir eso, mejor no contestes.

―Te lo digo porque tienes que grabártelo en la cabeza, porque, luego, no quiero arrepentirme de… no habértelo dicho lo suficiente.

―Hablas como si te fueras a morir pronto ―le reprochó Merlina, asustada.

―Uno nunca sabe.

―Severus…

―Merlina, no lo digo por ser pesimista, ya te lo he dicho. Te he comentado previamente que las cosas van a cambiar. Tienes que prepararte.

Su voz sonaba dura. De pronto habían cambiado el rumbo del tema.

Ella estaba preparada. Ella sabía… ella leía las noticias del periódico, sabía que las cosas empeoraban tras esas simples y misteriosas desapariciones y algunas muertes sospechosas. No era necesario que se lo recalcara… ¡Estaba preparada!

―Si tú estás a mi lado, estaré preparada.

―No seas cursi…

Merlina hizo un ruido similar al de una tetera hirviendo.

―¿Yo soy la cursi? ¡Quién te entiende, Severus Snape!

Hizo el ademán de salir por del armario, pero él ya la tenía firme, envuelta en un abrazo, así que no pudo lograr agarrar el pomo.

―Vamos, no niegues que es entretenido poner algo de emoción a esto ―susurró con voz persuasiva a su oído―. Sabes que sólo lo hago para molestarte un poco.

―¿Un "poco"? Se te pasa un poco la mano con el aliño, digo yo ―contestó Merlina más pasiva, pasando la nariz por la mejilla de Severus.

―Lo siento… necesitaba darme un poco de vueltas ―reconoció él, como quien no quiere la cosa.

―¿De qué hablas?

―Bien… ―Severus tomó aire y se alejó―. Estuve investigando, desde que me pasaste el libro, de tu… "habilidad". Y creo saber lo que es.

El corazón de Merlina se aceleró. Le atacó una emoción diferente a la que le embargó cuando recuperó la memoria. Se sintió extraña.

―Dímelo.

―Es algo complicado ―su tono cambió a seriedad―. Comencé a investigar y a conectar cosas. ¿Recuerdas cuando en verano te dio esa peste extraña?

―Sí. Me llené de ronchas y fuimos a ver a esa vieja estafadora, sí.

―Ella dijo que había sido provocada por una tal Scorpia Salamandris. A esa tal mujer de la leyenda del libro que me entregaste, la envolvió un tornado tras haber tenido una peste indolora. A ti te estalló un simpático caldero y te saltaron llamas encima. Luego despedías fuego, tal como lo hacía la mujer con el viento.

―¿Eso es todo?

―No. ―Severus había tomado una pequeña pausa―. Investigué más sobre dicha planta en otros libros: es parte del destino de la persona, aquello de entregarle un "superpoder". Es para cumplir una "misión".

―¿Tengo que cumplir una misión? ―inquirió ella, escéptica.

―Sí. Saqué, luego, mis propias conclusiones: algo tendrás que hacer con el fuego. Se supone que tu "poder" muere cuando cumples la misión.

―Pero yo ya no despido fuego, sólo que no me quemo.

―Bien… allí hay otro punto: el poder sólo reaparece cuando estás en el momento indicado.

―¿Y cómo sabré eso?

―Cuando te encuentres frente a tu enemigo y sea el instante de atacarlo.

Merlina cerró los ojos, a pesar de que no era necesario, porque estaban en oscuridad plena, a excepción de la poca luz que se colaba por las rendijas.

―¿Tendré que quemar a Dunstan, entonces? ―inquirió aterrada.

No le agradaba, le caía pésimo, pero no la odiaba, al menos, no del todo. Pero no podría hacerle un daño así, quemarla, volver a luchar con ella, pero de esa manera… ¡ya no, todo había acabado! No necesitaban ponerse en pie de guerra otra vez. Se sintió horrorizada.

―Es lo mismo que pensé yo ―suspiró Severus con preocupación, tomándole las manos.

Merlina intentó dedicarse a pensar en la información recién entregada, pero tuvo bastante distracción con un súbito Severus besucón e inquieto. Claro que él lo había previsto todo: la puerta no podía abrirse, y el armario en sí estaba a prueba de sonidos y movimientos, exceptuando la comodidad; Merlina no podía estar peor ubicada entre unos cubos y clavándose un palo de escoba en la espalda, y en exceso abrigada. El armario era sofocante.

―No hemos celebrado Navidad ―explicó Severus besándola muy acaloradamente y empezando a desabrocharle el pantalón.

En eso Merlina le encontró la razón, ya que el único regalo que podían entregarse era amor de la manera que pudieran, y en donde pudieran: habían intimado salvajemente en un probador de un metro cuadrado una vez, y un armario de tamaño reducido no iba a impedir que pudieran desplegar todas sus habilidades amatorias hasta gemir del máximo placer.

Sin embargo, una vez fuera y yéndose por sus respectivos caminos, luego del desatamiento de pasión durante un cuarto de hora en aquel lugar, ella pudo despejar su mente y dedicarse a meditar acerca de lo que Severus le había dicho. Se sintió extrañísima al repasar que tenía "un poder", pero más se le hacía inconcebible que estuviera conectado con el fuego. ¿Tenía ella fuego en su interior? Tal vez, sí. Ya que lo recordaba, esa vez de la explosión del caldero de Sortilegios Weasley, ella aún tenía las marcas de la Scorpia Salamandris y sintió como si su cuerpo hubiese sido un tipo de aspiradora. Las manchas desaparecieron después de lo ocurrido, y, desde allí, empezó a quemar las cosas como si fuera una salamandra humana.

Antes de apagar la última chimenea en el séptimo piso, hizo la prueba de poner la mano izquierda en el fuego, arremangándose bien para no estropear su ropa: nada sucedió. Las llamas eran como tiernas caricias tibias para su piel. Si sus padres hubiesen podido haber hecho eso… Pues, no era momento para lamentaciones. Si era verdad que los muggles sufrían tanto en los tiempos de ahora, entonces se habían salvado de, tal vez, una tragedia peor.

¿Podía ella crear fuego? ¿Tenía fuego en su interior o no? Dio unas cuantas rondas más, vigilando que ningún estudiante estuviera merodeando en busca de más fiestas.

Se detuvo en el tercer piso para mirar por la ventana y continuar pensando. Afuera la luna hacía resplandecer el hielo que había cubierto todo Hogwarts, como una especie de mantel inmaculadamente blanco. Observó el bosque, silencioso e infinito, tenebroso y lleno de criaturas salvajes… Arañas. Acromántulas. Una punzada de ira le atacó el estómago. Quizá Dunstan le caía más mal de lo que ella pensaba. No era que hubiese causado un daño irreparable, pero lo del bosque había sido de muy mal gusto. Phil hubiera muerto envenenado y ella pudo haber tenido el mismo destino si no hubiese sido embargada por la adrenalina. No obstante… ¿tenía que quemar a la profesora de Defensa? ¿Eso tendría que hacer? No le veía mucho futuro a una venganza como aquella, era más que obvio que terminaría yendo a parar a Azkaban por asesinato. Cabía recordar, por supuesto, que, si juntaba a todos los Mortífagos, tenía bastantes enemigos, por el simple hecho de no ser uno de ellos, así que, en una de esas, su misión real sería exterminar a alguno de ellos, o a varios.

¿Qué iba a suceder cuando llegara el momento de rebelarse como asesina?, esa era la pregunta importante. ¿Despediría fuego otra vez? Antes, cuando sufría una emoción demasiado fuerte, el fuego salía de ella sin mayor esfuerzo. Si allí hiciera algo de esfuerzo, quizá consiguiera algo.

Apretó ojos, uñas y dientes recordando algo que le causara rabia. Tenía una variedad enorme de recuerdos para seleccionar, por lo tanto, no tardó en que el enojo la embargara.

No sucedió nada: no hubo calor, ni siquiera un poco de humo. Absolutamente nada. Se sintió frustrada. ¿Y si simplemente su problema con el fuego había creado esa coraza que le impedía quemarse? Tal vez no fuera nada, tal vez no tuviera una misión. Después de todo, lo de "La mujer de Viento" era una leyenda, y, a pesar de que siempre se tiene una base real para ello, no había mayores pruebas para decir que ella tenía un poder. Además, jamás se volvió a saber de ella, de esa mujer misteriosa. Si hubiese ella hecho algo con su poder, se hubiera sabido, ¿no?

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La mayoría de los estudiantes que se habían ido a sus casas en las vacaciones de Navidad, no regresaron. El castillo estaba más solitario que nunca, y eso hacía que el trabajo se le alivianara a Merlina; Albus le había permitido tener un par de horas de descanso luego de la cena. Por otro lado, era preocupante que tantos decidieran mantenerse en sus hogares. Ginny, a diferencia de los demás, había decidido quedarse, porque tenía claro que estaba más segura allí.

Sin embargo, aquellas horas que Albus permitió a Merlina descansar, no pudo descansarlas. ¿La razón?: Wealthow.

Fue Phil que llegó el día domingo en la noche a Hogwarts con la niña en brazos, con los once meses cumplidos. Era una criatura regordeta, rosada, de ojos enormes e impactantemente pardos, tal como los de su hermano. Llegó con un chupete en la boca y un ruidoso cascabel en la mano. Pasaron, afortunadamente, desapercibidos por el horario; ya todos los estudiantes estaban en sus Salas Comunes.

Merlina, que había recibido la carta de aviso el día anterior, esperaba en su despacho, sentada, atenta a la puerta.

―Hola ―saludó Phil alegremente, entrando sin tocar. Merlina se sobresaltó.

―¡Vaya! Ya me estaba cansando de esperarte ―se acercó a saludar. La niña iba envuelta en una gruesa manta rosada.

―Sabes que tenemos que poner cuidado en el viaje ―se defendió él―. Toma ―añadió alargándole a Wealthow para que la tomara en brazos.

―¿Qué? ¿Ya te vas? ―Los ojos de Merlina se asemejaron a dos huevos enormes.

―¿Qué creías? ¡Tengo que llegar mañana en la tarde! No puedo atrasarme. Tengo el vuelo a las doce.

―¿Sigues con lo del avión? ―Merlina acomodó a la bebé en sus brazos, y ocho kilos no dejaban de ser.

―Ya te dije que no me confío en los Trasladores de acá. Tu Ministerio de Magia es demasiado turbio.

Merlina no alegó nada, eso era cierto, pero era un poco descarado pensar que el de Estados Unidos no lo era.

Phil dio un fugaz beso en la mejilla a cada una, dejó un bolso enorme en una butaca, y antes de salir por la puerta, agregó:

―Allí está todo lo que puedas necesitar, su ropa, todo. A las siete de la mañana, a las tres de la tarde y a medianoche toma la leche. A medio día y a las siete de la tarde, almuerzo y cena respectivamente; entre medio le puedes dar alguna colación. Y se supone que ahora tiene que dormirse. Te lo agradeceremos eternamente. Adiós.

Merlina sacudió la cabeza, aturdida por tanta información en tan poco tiempo. Ya se preocuparía por eso.

―¿Tienes sueño? ―preguntó a Wealthow, quien la observaba con sus ojos muy abiertos y la boca abierta. Un hilo de saliva le corría por su redondo mentón―. Bien… bien. No puede ser tan difícil hacerte dormir, ¿no?

Apagó unas cuantas luces, dejando la habitación en penumbra. Se acomodó con Wealthow en la cama, recostándola.

―Bien, hora de dormirse ―dijo, como si la niña fuera a hacerle caso. Aguardó.

Wealthow se limitó a gatear por la cama. Merlina se preocupaba de hacerla retroceder hacia el centro y de acariciarle la rubia cabeza y su cara de porcelana para que se relajara, pero nada funcionaba. La niña estaba más animada que nunca. Era toda una novedad estar en un cuarto que no fuera el suyo.

―Vamos, duérmete, tienes que dormirte… ―susurró Merlina con algo de desesperación. ¡Era su primera noche! No podía sentirse así de colapsada ya… ―. ¿Quieres que te cante una canción? ―masculló.

Ella balbuceaba, rodaba, hacía sonar el cascabel, gateaba y volvía a balbucear. Cuando tomó otra vez el cascabel, Merlina, harta del sonido metálico, se lo quitó de la mano rápidamente y lo escondió bajo la almohada. Sollozos salieron de la boquita del bebé antes de lanzarse a llorar desconsoladamente.

―No, no, no llores ―suplicó Merlina tomándola en brazos y tratando de mecerla. Lo único que consiguió con eso fue hacer que ella se retorciera y echara la cabeza hacia atrás, buscando libertad. La celadora hacía constantes ruiditos con la boca para silenciarla. Evidentemente, eso no iba a dar otro resultado, aparte de desquiciarla.

Dejó a Wealthow en la cama. Ésta se comenzó a revolver violentamente, como si buscara luchar con alguien. De pronto…

―¡Uuuuuaaaa!

El escándalo aumentó el volumen: un segundo se descuidó Merlina, sólo uno, para que su prima girara por la cama y se cayera, por suerte, a la alfombra. Afortunadamente la cama no era muy alta, pero el sonido seco indicó que no había sido un golpe demasiado suave.

―Ay… no… ―se quejó Merlina alzando otra vez a Wealthow y comenzando a pasearse por la habitación a paso rápido, girando de vez en cuando―. Duérmete niña… duérmete ya…

Meciéndola con bastante brusquedad y decisión, y cantándole canciones de cunas aburridas y repetitivas, fue acallando los lloridos de su prima, quien, poco a poco, fue cerrando los ojos entre un hipo constante. Merlina sintió alivio cuando en sus oídos solo se escuchaba una respiración suave y profunda. Roja del esfuerzo y con el corazón bombeando violentamente, dejó a Wealthow en la cama; los brazos le dolían ferozmente, los tenía agarrotados. Cuando la acomodó, se dio cuenta que no le había puesto el pijama, y a juzgar por un vago hedor que salía de su ropa, había que mudarla.

Acercó más la nariz. Sí, definitivamente, había que mudarla.

Merlina Morgan era una bruja y se comportó como tal. Por eso es que cambió el pañal a su prima mediante magia para no despertarla y no ensuciarse las manos ella. No fue tan simple, había que reconocerlo: a pesar de que utilizara sus dotes de hechicera, no estaba acostumbrada a ver los desechos de otras personas, ni menos de los bebés, y el olor era mucho peor que estando envuelto bajo varias capas de algodón y ropa, por eso fue que no paró de dar arcadas hasta que el pequeño y rosado trasero de Wealthow estuvo bien tapado en un gordo y limpio pañal con hechizos ultra absorbentes, y quién sabe qué más. Del mismo modo le vistió con un peludo pijama violeta con ositos blancos estampados y, allí, por fin, pudo recostarla en su cama. La rodeó de cojines e hizo un encantamiento de barrera a la cama para que no fuera a caerse.

Merlina se sintió realizada y pudo ir a dar sus rondas para custodiar el castillo. Una vez hecho todo no parecía tan difícil. ¿Las cosas podían ser peores que lo que había sucedido antes?

Tal vez sí, porque, al día siguiente, Merlina no pudo ejercer mucho control de la situación. Primero que todo, se había olvidado del detalle de tener que estar pendiente de la comida y eso significaba hacer papillas de todos los sabores y colores existentes. Al menos eso era relativamente fácil (un poco de comida de la cocina, algunos potes y utilización de magia), sin embargo, el colarle la comida por la garganta a la niña no era algo tan simple. ¿Era ella así de regodeona cuando pequeña? Se tuvo que perder el desayuno y luego sus horas de sueño para lograr hacerle comer todos sus platos correspondientes. Finalmente, le dio la leche de las tres y pudo hacerla dormir. Apenas lo logró, fue a comer a las cocinas donde se quedó dormida por una hora, hasta que un elfo doméstico la despertó.

―Miren, es un zombi ―susurraron varios estudiantes a su espalda cuando le vieron la cara mientras merodeaba por Hogwarts. Arrastraba los pies y bostezaba a cada momento. Oscuras ojeras se habían formado alrededor de sus ojos castaños y de párpados hinchados. Habría podido ganar algún concurso de la mujer más fea del país con ese rostro.

A las seis en punto de la tarde volvió a su despacho. Wealthow seguía durmiendo, pero hacia las siete tuvo que despertarla para darle su última comida. Eso fue un grave error, porque no paró de llorar hasta que Merlina terminó de darle la última cucharada de papilla de manzana. Lloraba; al acercarle la cuchara se calmaba, tragaba hipando, y luego volvía a llorar. Se calmó cuando Merlina jugó un rato con ella, mostrándole sus juguetes y persiguiéndola por la habitación.

A eso de las nueve la hizo dormir ―esta vez se le costó menos― y fue a dar su paseo nocturno. Media hora después unos estudiantes de Hufflepuff que volvían a su Sala Común después de la cena, la encontraron durmiendo en una banca de las bodegas, como cualquier mendigo en un parque.

¿En qué momento había deseado cuidar a un bebé? ¡Qué fastidioso era!

Bueno, bueno, no del todo, no exageres, Merlina —se reprochó mientras estiraba los brazos, desperezándose en el asiento—. Es muy tierna cuando ríe y balbucea cosas incomprensibles. Las margaritas en sus mejillas son adorables y sus piernas gorditas, dan ganas de reventarlas con las manos, al igual que sus mejillas con besos.

―Pero es una llorona exquisita. ¡Qué me vuelva a hacer teatro por una sopa de verduras molidas! ―gruñó para sí, reincorporándose y comenzando a caminar con mucha pesadumbre.

El tercer y cuarto día de estadía de su prima en su despacho no fueron peores que los dos primeros, aunque apenas mejoraron un poco. Wealthow no lloraba tanto, pero estiraba los brazos constantemente para que Merlina la alzara y le hiciera cosquillas, y dormía menos, por lo que tenía que quedarse más tiempo con ella jugando y distrayéndola. No era algo que le molestara precisamente, pero se sentía extraña jugando con alguien tan pequeño, aun estando muerta de sueño y hambre, como si Wealthow valiera más que sus necesidades. Bueno, debía valerlo, era su prima, al fin y al cabo.

Varias veces se sorprendió a sí misma dándole sonoros besos en las mejillas y riendo a mandíbula batiente junto con ella, como si le causara mucha felicidad. ¿Qué iba a decir Severus si la viera en esa faceta? Seguro que era infantil.

―No puedo estar riéndome con un bebé ―trató de convencerse a sí misma mientras la dejaba durmiendo otra vez.

De todas maneras, no tenía nada de malo. Estaba muy cansada, sí, a veces los escándalos y pataletas le sacaban de quicio, pero cuando se reía… era relajante. Además, que algo de entretención ganaba, porque, al menos, compartía con alguien. Apostaba Merlina que Severus estaba más ocupado haciendo vigilancias en el castillo y revisando informes que en pensar en no aproximarse a su despacho para no estar con criaturas desagradables.