Capítulo 39: Ausencia

.

Merlina acertó, porque cuando Severus tuvo tiempo fue a visitarla. Fue una visita corta debido a lo que sucedió luego, que requirió que fuera de ese modo. Era viernes en la tarde y el último día que su prima permanecería allí. Phil llegaría en la noche para buscarla y se iría de inmediato.

―Y sube… ¡y baja! ―decía la celadora alegremente, subiendo lentamente a Wealthow en el aire por encima de su cabeza y luego depositándola encima de la butaca. Trató de no imprimir demasiada brusquedad. Recién su prima se había tomado la leche de las tres.

A pesar de eso, no funcionó: vomitó encima de su túnica, dejando una perfecta pasta blanquecina y abstracta.

―¡Oh, Wealthow! ―gruñó Merlina dejándola en la cama otra vez. En ese preciso instante entró Severus a la habitación, sin tocar. Se quedó a mirando a Merlina desde el umbral que estaba señalándose el pecho con la varita.

―¿Qué tienes allí?

Merlina lo miró de reojo.

―¡Evanesco! ―Se giró hacia él y sonrió con cinismo―. Ya no tengo nada. ―Se aproximó a Severus para saludarlo. Éste retrocedió un paso arrugando la nariz.

―Hueles a vómito de infante ―expresó con desagrado. Merlina retrocedió un paso, haciendo un ruidito de exasperación.

―Pues, que espanto ―comentó ella con sarcasmo―. Debo lavarme entonces. ¡Vigílala!

―¿Qué?

―¡Vengo de inmediato!

―No, Merlina, no…

Pero Merlina ya había partido hacia el baño, no oyendo las protestas de Severus. No se iba a morir por echarle un vistazo a alguien a quien podía aplastar con el pie. Regresó diez segundos después, secándose el pecho con aire cliente de la varita. Se había echado mucho jabón con olor floral. Severus estaba cruzado de brazos, con la varita en una de las manos, mirando fijamente a Wealthow, con una expresión de disgusto en el rostro. La prima de Merlina agitaba alegremente la mamadera vacía, sin prestarle atención a nada más.

―¿Puedo retirarme ahora o deseas que siga observando cómo juega, Merlina? ―inquirió Severus con antipatía.

Merlina se detuvo a tres pasos de él y ladeó la cabeza, entrecerrando los ojos.

―¿Estás peleando conmigo y aun así me dices "Merlina"?

Severus se aproximó a ella con lentitud.

―Supongo que no puedo seguir llamando a mi esposa por su apellido ―replicó y la tomó por la cintura atrayéndola hacia él.

A Merlina se le arrebolaron las mejillas. A veces olvidaba que era una mujer casada. ¿Casada? ¡Siempre sonaba tan raro! De pronto los veintiocho años se le fueron encima.

―¿Aún huelo a vómito?

―No ―contestó Severus tras inhalar profundamente.

―Entonces, ¿por qué no me besas?

Severus la soltó, desconcertado y molesto a la vez.

―¿Tengo que ser siempre yo el que te bese?

―Pensé que lo preferías así ―reconoció Merlina acercándose a él para tomarle la cara y besarlo con la pasión que sólo él le provocaba. Severus no opuso resistencia alguna.

De pronto estalló una risa acampanada. Merlina se volvió hacia su prima. Los observaba muerta de la risa, con sus enormes ojos claros, agitando la mamadera con emoción.

―Oh… es tan tierna… Dan ganas de abrazarla todo el día ―expresó con la voz derretida, sonriendo automáticamente al ver su actuación―. Tal vez ha visto a sus padres hacer lo mismo, por eso le gusta…

Sintió la mirada de Severus clavada en ella. Cuando lo miro, vio que la observaba con las cejas levemente arqueadas y la boca fruncida.

―¿Qué? ―se puso a la defensiva.

―Nada, nada. ¿Qué tal otro beso?

Antes de que Merlina pudiera contestar, estalló Wealthow otra vez, pero no en risas, sino que en llanto. Se había golpeado a sí misma con la botella de la leche en la cabeza.

―Bien, adiós ―repuso Severus. Sin decir más, giró sobre sus talones y se retiró.

Merlina tuvo que gastar media hora más para calmarla, y la única solución fue mecerla hasta que se quedara dormida.

Cuando tuvo que despertarla para darle la comida de las siete, fue otro martirio más. Por eso fue que se alegró tanto de que Phil llegara para llevársela.

Con un "La operación de mi madre salió bien; Celyn va bien en su embarazo y yo estoy con mucho trabajo", se despidió de Merlina y se retiró tan rápido como lo había hecho la vez anterior, sin desear oír mayores detalles de cómo se había comportado su hermana con Merlina.

―Es tan risueña, un poco inquieta, pero alegre… Después de todo, se portó bastante bien…

―Sí, sí, me alegro, Merlina. Debo irme, lo siento. Luego te enviaré una carta contándote de mi vida y agradecimientos infinitos por haber hecho esto. No lo olvidaré jamás. Mi madre te hará un altar, en serio, y está reuniendo dinero para pagarte.

Merlina se quedó un poco frustrada luego de la ida de su primo. Tenía ganas de comentar las cosas que Wealthow había hecho, aunque fueran cosas estúpidas o sin sentido. Deseaba describirle las piruetas que tenía que hacer para que ella fuera capaz de tragar un poco de comida. Quería decir que se veía encantadora cuando bostezaba, se expresaba en su propio idioma, estornudaba y fruncía el ceño. Sin embargo, tuvo que guardarse todos esos comentarios para ella. Era obvio que Severus le lanzaría un encantamiento silenciador antes de oírla decir eso, y dudaba que Ginny comprendiera lo que era estar viendo a un bebé moverse y hacer gracias…

―Por las barbas de Merlín ―farfulló luego de la cena, cuando iba a dormir sus dos horas correspondientes que le había sumado Albus hace más de una semana―. ¿Estoy pensando en bebés?

Sintió la ausencia de su prima en la habitación; hacía falta sus risas y alegatos. Le dio nostalgia pensar en lo solitario que se le hizo el espacio entre esas cuatro paredes.

.

Merlina había olvidado por completo que, al día siguiente, se celebraría el partido de Quidditch de Slytherin contra Ravenclaw. No era tradición para ella ir estrictamente a los de las demás casas, pero el haber pertenecido a la casa de las águilas le hacía sentir obligación de presentarse, además de merecer una distracción. Ya que lo pensaba mejor, estar sin Wealthow era lo mejor que le pudo haber pasado: no más pañales, ni sacada de gases, ni papillas, leche... Así estaba tranquila.

Cinco minutos antes de que dieran las once de la mañana, todo Hogwarts ―que prácticamente era la mitad de la cantidad original de estudiantes― bajó rumbo al campo de Quidditch. Tal vez, si ella se quedaba tras las gradas escondida y esperaba a Severus… podrían estar juntos, ¿no? Una vez lo habían hecho así, pero había sido una situación diferente. Era algo excitante de pensar…

No obstante, Severus jamás apareció, y fue por esto que Merlina pudo tener un momento para pensar. Se ubicó atrás de Ginny para contemplar el partido, oyendo los alocados comentarios de Luna Lovegood cuando recordó, por milésima vez, la razón por la que había perdido la memoria: se había caído de una escoba…

―Y Burrow va con la pelota roja en las manos…

Se oyó que McGonagall le susurró al micrófono "se llama Quaffle".

―No, se llama Burrow ―continuó Luna con su voz soñadora y sus grandes ojos alzados hacia el cielo―. Burrow tiene un gato que ha provocado alergia a veinte estudiantes del colegio…

No, no se había caído de la escoba. Primero, se subió a una que le habían facilitado los Weasley y ésta la quiso derribar, entonces tuvo que cambiarse a la de Harry, que también quiso mandarlos a los dos abajo. Y, luego, presintió que era ella misma el estorbo, así que saltó y se golpeó. Bien, pero ¿por qué las escobas para volar le rechazaban? Un par de veces, durante el año, había tocado escobas normales y, evidentemente, no le hacía daño alguno su tacto. El año anterior no tuvo problemas con ello, recordaba perfectamente cuando, en el verano, voló por los campos de la casa de los Weasley, feliz de la vida. Estaba segura de que no tenía ninguna maldición encima, no se sentía extraña. Al menos, no más allá de esos mareos repentinos que tenía a veces.

―El fuego ―concluyó en voz alta, sintiéndose como una estúpida al darse cuenta tan tarde. Se había agachado para decirlo al oído de Ginny con disimulo.

―¿Qué? ―preguntó Ginny con los dientes apretados, sin girarse.

―El fuego causó la pérdida de mi memoria ―replicó.

―Eh… bien, recuerdo perfectamente que te golpeaste con la copa de un árbol…

―No, Ginny. Ven, acompáñame.

Ginny iba a poner objeciones, pero se calló y la acompañó a los vestidores que estaban tras las gradas, bajando las escaleras, a una distancia prudente de la celadora para que no las vieran juntas.

Su descubrimiento no era la de un genio, pero podía ser útil.

Merlina se aproximó al armario de las escobas y abrió las puertas de par en par, aguardando a que Ginny llegara a su lado.

―Saca una escoba ―pidió a Ginny. La pelirroja sacó una desgastada escoba, muy maltratada por los años y el arduo uso de los jugadores de Quidditch―. Sostenla.

Merlina aproximó la mano, y a medida que lo iba haciendo, la escoba vibraba más y más. Su amiga abrió los ojos, sorprendida. Luego, los cerró de dolor: la escoba había tratado de esquivar con toda su energía mágica a Merlina y, para lograrlo, se fue contra Ginny golpeándole con el palo en la frente.

―¡Diablos! ―gruñó sobándose el lugar afectado y mirando a Merlina―. ¿Por eso es que la escoba te rechaza? ¿Por el "superpoder" que tienes?

La pelirroja comprendió más rápido de lo que la celadora había pensado. Asintió con fervor, sin saber si estar emocionada o sorprendida. Desde luego que era obvio, ¿no?

―Sólo queda hacer una prueba para saber si es lo mismo, ¿no? Trata de quemar la escoba.

Ginny no encontró mala la idea: de la varita hizo aparecer una llama para acercarla a la escoba ―la habían puesto contra una pared―, pero ésta rodó hasta caer y vibrar fanáticamente, como si estuviera aterrorizada.

―Eso sigue apoyando la idea de que tienes fuego en tu interior, ¿no crees? ―cuestionó Ginny pensativa.

―No sé… pero algo me hace pensar que, esa vez que fui a San Mungo, fue totalmente una pérdida de tiempo. No digo que precisamente tenga que ver con las leyendas, pero de que me volví un ser extraño, lo apoyo. Últimamente me he sentido muy rara, además ―reconoció Merlina, recordando una sensación inusitada en su cuerpo.

―¿Qué quieres decir?

Merlina entrecerró los ojos y se mordió el labio inferior.

―No sé, diferente, como si tuviera… algo en mí. ¿Crees que esté evolucionando o algo por el estilo?

―Te lo diré cuando vea a una llama con patas. Ahora ¿podemos regresar al partido?

Cuando llegaron, se dieron cuenta de que el juego se había convertido en una sarta de faltas por parte de ambos equipos. Dado que habían tenido que sustituir a varios de los grupos con gente común y corriente de las casas, llevaban pocos puntos.

Ravenclaw perdió, pero por muy poco y, a sabiendas de que Severus se burlaría un poco de la derrota, Merlina decidió correr a su despacho tras finalizado el partido para que viera que daba la cara. Aparte, quería que supiera de su descubrimiento, quizá valiera la pena. O lo valdría, siempre que Severus no lo hubiese pensado antes y se lo sacara en cara diciéndole "en serio, ¿Cerdita Parlanchina? Era demasiado obvio."

Severus no estaba en el despacho, pero notó que la puerta del aula de Pociones que lo conectaba a él estaba mal cerrada y que provenían voces del interior. Eran murmullos.

El corazón se le encogió. Temió que fuera Dunstan, pero no, no podía ser, porque ella había presenciado el partido…

Se aproximó para mirar por la hendija. Severus estaba parado muy derecho, con una mano hacia atrás, afirmándose de un pupitre con fuerza, como si descargara su rabia en éste. No pudo ver la expresión que tenía, pero se imaginó que sería de ira. Y, frente a él, estaba nada menos que la profesora de adivinación, moviendo con mucho énfasis sus manos, haciendo tintinear sus múltiples coloridas joyas en su delgado cuello y brazos.

―... planes mal hechos ―decía Sybill con insistencia, abriendo mucho sus ojos tras aquellos grandes lentes.

―Lo mejor que puedes hacer es volver a tu torre, Sybill. Gastas tiempo.

―Pero lo he visto, Severus. ¡Lo he visto hace sólo unos minutos! El abandono y la muerte están cada vez más cerca de ella. Su enemigo…

―Te ruego que no te entrometas en nada ―gruñó Severus―. No tengo planes mal hechos, yo sabré lo que hago. Además, ella y yo no estamos juntos.

―Pero las cartas…

―Tus cartas mienten o se equivocan.

―Pero, no puedes dejarla sola…

―Lo siento ―interrumpió Severus con brusquedad, apartándola de su camino para entrar a su oficina―. No tengo tiempo para esto, Sybill. No me interesa oír lo que tengas que decirme. Tengo las cosas claras.

Merlina retrocedió rápidamente hasta el umbral, cayendo en la cuenta de que Trelawney la descubriría allí cuando saliera del aula. Entre ella y Severus, prefería al profesor de Pociones ―sí, sí, mi esposo―, así que entró decidida a la mazmorra de una vez por todas, cerrando la puerta tras ella. Severus se asustó al verla entrar tan súbitamente, quien ya estaba adentro de su despacho.

―Lo siento, escuché lo que decía Trelawney ―reconoció antes de que Severus navegara por sus ojos culpables utilizando Legeremancia.

La cara del profesor cambió levemente de color.

―¿Qué oíste?

―¿Importa? Al fin y al cabo, son frases fraudulentas, ¿no? Y no entendí nada. No me interesaría hacerlo.

Severus la miró intensamente a los ojos.

―Tienes razón ―contestó al fin―. ¿Vienes a sacarme en cara la derrota de Slytherin o algo así?

Merlina sonrió a medias sentándose frente a él, en el escritorio, asegurándose antes de que las puertas estuvieran bien cerradas.

―No, perdimos nosotros. Sólo venía a decirte que…

Merlina no se equivocó en la premonición que había hecho. Cuando le contó lo de las escobas voladoras, Severus bufó, farfullando un "ya lo había imaginado", así que no tuvo mucho que hacer allí.

―¿Por qué no nos besamos, y ya? ―susurró Severus cuando ella ya no tuvo nada que decir.

Estaban sentados en una de las butacas, muy juntos.

―Si tú insistes… ―Merlina puso sus manos en las mejillas de él, sin dejarlo esperar.

Estuvieron un rato besándose y acariciándose, pero no tenían mucho tiempo para dejarse llevar, y Merlina estaba cansada.

Mientras dormía soñó cosas extrañas. En la mayoría de las escenas aparecía Wealthow, quien crecía a una velocidad increíble y se convertía en Dunstan. Agatha se instalaba a mitad del Vestíbulo para ofrecer leer las cartas por algo de dinero, y Trelawney lloraba desesperada porque le habían quitado su trabajo. En otra escena peleaba con Severus porque ella quemaba su escritorio y todos los trabajos que tenía encima.

"Tendré que escribir todos los reprobados otra vez" le reprochaba de brazos cruzados ante un humeante trozo de madera destruido.

Por último, se vio frente a una docena de elfos que le ofrecían cantidades inigualables de tallarines con salsa de tomate.

Despertó con el estómago rugiendo de hambre, agitada, como si hubiese tenido una pesadilla. De todas maneras, al levantarse a las cinco de la tarde ―había dormido una hora demás―, era demasiado temprano para comer. Tuvo que hacer un esfuerzo para comenzar a hacer su trabajo. Por más cansada que se sintiera, no podía faltar a su deber. ¿Le había pasado un dragón por encima?

Cuando iba caminando por el séptimo piso, con la esperanza de que Ginny saliera de la Sala Común y fuera a conversar un rato con ella, se encontró por segunda vez a Trelawney. Esta vez fue frente a frente. La profesora se sobresaltó y se apresuró a esconder una botella llena de jerez bajo su manta colorida que llevaba a modo de chal.

―Merlina Morgan, ¿tienes miedo de las verdades? ―inquirió como si hubiesen dejado pendiente una conversación. Su aliento indicaba que ya había bebido.

Las ventanas del pasillo mostraban un ocaso despejado, pero muy gélido. Era algo tétrico. Merlina observó rápidamente a su alrededor para comprobar si había alguien oyéndolas a hurtadillas. Un escalofrío le pasó por la espalda.

Qué, ¿me viene a decir que sigo aterrada del fuego por el trauma que tengo de adolescente? Pues, entérese que lo sé apenas un poco antes que usted.

―Pues… depende de las verdades ―contestó con escepticismo, tratando de no ser maleducada.

―Si es así, entonces debo decirte que…

¡Crash!

La botella se le cayó, dejando un charco rojo en el piso gris. El olor a alcohol atontó a Merlina, causándole asco, pero se distrajo de inmediato al ver que la adivina se estaba convulsionando de pie, como si estuviera sujeta con unas cuerdas invisibles para mantenerla erguida. Los ojos los tenía blancos.

―Oh, no… ―farfulló Merlina, preparándose para oír una profecía auténtica. Otra más, como en el verano.

La espalda delgada de la profesora tocó la pared de piedra y se quedó con la cabeza gacha. En ese instante, aquella voz múltiple y transfigurada salió de sus labios. Merlina retrocedió, aterrada.

Cuando enero acabe, La Mujer de Fuego descubrirá terribles verdades, asumiendo su destino. Emprenderá un largo viaje para exterminar a su enemigo mortal, viaje que no hará sola. Se reencontrará con dos personas del pasado, y dos personajes del futuro la visitarán para quedarse con ella por largo tiempo. Tendrá que derrotar a su enemigo y a los súbditos de éste, sacando el poder que lleva consigo en su interior, para que jamás regrese…

Al terminar de hablar, se deslizó como gelatina por la muralla, hasta quedar sentada en el suelo, dormida, con los talones casi tocando su propio jerez derramado.

Merlina no comprendió nada. Bueno, sí comprendió: de verdad tenía un enemigo y un poder con el que lograría vencerlo, pero, lo más importante era que, al terminar enero, descubriría algo importante que cambiaría su vida. O muchas cosas importantes…

"Emprenderá un largo viaje para exterminar a su enemigo mortal, viaje que no hará sola". "Que no hará sola". ¿Un viaje?

Tenía que preparar a Severus para eso tanto como para el viaje que tendría que emprender con él. Porque, no podía ser con otra persona que no fuera él, porque él la iba a ayudar a derrotar a Dunstan, o quien fuera su enemigo. Él iba a estar con ella, él iba a enseñarle a controlar su poder… él iba a iluminarla.

Una obstinación la cegó, sin pararse a pensar en lo que podría contestarle Severus.

Con el corazón en la mano corrió al despacho de éste, colocando el máximo cuidado en no ser vista por los estudiantes que paseaban tranquilamente por los pasillos. Lo consiguió, pero cuando abrió la puerta, se llevó la poco grata sorpresa de que Severus, justo cuando más lo necesitaba, no estaba allí.

Daba igual, lo buscaría por todo el castillo, porque él tenía que saberlo. Él iba a ayudarla.

Estuvo tres horas buscándolo por los lugares más recónditos de Hogwarts. Fue cinco veces al despacho, y por estar en su búsqueda tuvo que saltarse la cena, a pesar de sus tripas rugientes y malhumoradas. ¡Se moría de la emoción por decirle! ¿Qué podía hacer? ¿Mandar un Patronus diciéndole que tenía que contarle algo importante?

―¡Expecto Patronum! ―gritó a medio de un pasillo vacío de las mazmorras cuando eran casi las diez de la noche. De la punta de su varita no salió nada más que unas volutas de vapor blancas y brillantes―. Si ya sabes que no sirves para esto, Merlina ―se susurró con vehemencia y decepción.

Tampoco Ginny fue a verla en ningún momento, lo que le empezó a provocar pánico ante la idea de no sacarse del pecho lo que había escuchado esa noche. Producto de los nervios terminó vomitando en las mismas cocinas tras probar algo de bocado. Los elfos no tardaron en sacarla de allí por el desastre que había dejado.

Volvió a buscar a Severus durante la madrugada, pero no había ni rastro de él. Merlina se había dedicado a inspeccionar minuciosamente el despacho varias veces por si había algún cambio, pero el escritorio siguió exactamente igual, con la tinta negra y roja abierta, varios trabajos sin corregir, el pergamino que contenía las calificaciones de los estudiantes a medio llenar… ¿Había sido llamado para algún trabajo Mortífago? No podía ser otra cosa. Se aterró de sólo pensarlo. Jamás se había preocupado tanto por eso, y era porque antes no había tenido mucha necesidad de hacerlo: la Merlina "sin memoria" era algo desinteresada por el profesor de Pociones en comparación con ella.

De pronto se sintió muy mal. El cuerpo le pesó, al igual que los párpados, y la boca se le secó. El corazón se le aceleró dolorosamente y la sangre se le agolpó en el cerebro. Era lo mismo que le había ocurrido cuando fue a parar al Bosque Prohibido junto con su primo: un ataque de pánico. Si Severus no llegaba esa noche, iba a morir de la desesperación. Tenía claro que no era algo realmente importante, pero necesitaba decirlo… ¿Y si le sucedía algo? No, claro que no, él ya estaba habituado arriesgarse, sabía cómo defenderse. Además, si iba con los Mortífagos no iba a pasarle nada mientras creyeran que seguía estando de aquel lado.

¿Por qué se sentía así? Normalmente no era tan impaciente.

La ansiedad fue cediendo poco a poco, a medida que el alba se hacía próxima, aunque aún tenía deseos de contárselo a Severus. Durante un momento había pensado en partir inmediatamente donde Albus, apenas se asomara el sol, pero ¿en qué le ayudaría confesarle la profecía al director, si él no era partícipe del tema? Lo último que haría Merlina sería irse con él en búsqueda de su misión. La sabiduría no iba a ayudarle a vivir cosas que, de seguro, serían extremas y peligrosas. Además, el director tenía sus propios problemas y asuntos que tratar.

De cualquier forma, ella quería a Severus a su lado, y a nadie más.

.

Soportó el domingo completo aguardando a Severus, nerviosa, con las tripas retorciéndose en su estómago, y haciendo sus tareas de forma mediocre. Los pasamanos quedaron a medio limpiar, igual que la lechucería. La comida le resultaba insípida y se sobresaltaba por cualquier cosa. Constantemente miraba por sobre su hombro, para ver si Severus estaba tras ella, observándola y haciéndole gestos imperceptibles para que hablaran en privado sin llamar la atención de los demás.

Sin embargo, Merlina esperó en vano, porque Severus no apareció ni esa noche, ni en la madrugada del lunes, lo que le comenzó a aterrar seriamente. Un gusanito frío fabricado de inseguridad y malos pensamientos recorría su cuerpo cada dos segundos. Estuvo casi toda aquella noche mirando por la ventana del segundo piso hacia donde las rejas de hierro decoraban la entrada del colegio. Pero esta no se abrió, no hubo ningún destello que dijera que alguien estaba intentando pasarla ilegalmente, o que alguien estaba entrando por ella… Nada.

Entonces, cuando el sol por fin se alzó tras el día gris, aclareciendo todo el campo, Merlina cayó en la cuenta de algo, como si la luz hubiera llegado también a su cerebro. Se estremeció de pies a cabeza.

―No. Son sólo pensamientos tontos, Merlina, él no haría eso. Él te lo prometió, él…

Pero, al no llegar a primera hora de la mañana para atender a sus clases, se preocupó de verdad. Algo debió de haber sucedido, porque si él no iba a dar clases, de seguro ella tendría que hacerlo, y mínimo le avisaría. Severus… No, definitivamente…

Corrió hacia el séptimo piso, siendo cosa del destino encontrarse directamente con Albus cuando doblaba una esquina. Él estaba bajando parsimoniosamente la escalera, con las cejas y boca fruncidas pensando, al parecer, un asunto muy complicado.

Merlina no habló hasta que llegó a él, interponiéndose en su camino. Tomó una gran bocanada de aire antes de hablar. El corazón se batía contra sus costillas violentamente. Por un momento no supo que decir. Albus la observó a los ojos lúgubremente.