Capítulo 40: La vida sin él

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―Dime que no… Albus ―farfulló ella por fin.

El director no se fue con rodeos. Sabía perfectamente a qué se refería con eso, así que se limitó a asentir con lentitud, como si eso hiciera menos cruel la verdad. Estaba cabizbajo.

―Pero no puede… no puede haberlo hecho.

―Precisamente venía a hablar contigo ahora…

―¿Ahora? ¿Ahora? ¿Por qué no cuando se fue? ―La respiración de Merlina empezó a agitarse otra vez.

―Porque hace media hora que su Patronus me lo informó.

Merlina pudo haberse hecho la tonta diciendo "¿qué le informó?", pero ella ya lo sabía: Severus se había ido, y de seguro que le había dicho al director que no retornaría, explicando que tenía que cumplir muchas misiones desde ese día en adelante, y que tendría que dedicarse a eso hasta que la guerra estallara. Jamás le había prometido de verdad quedarse con ella. Y el Patronus no se lo había enviado a ella, sino que al director. A ella nunca le decía nada... No confió en ella, no se lo dijo. ¿Por qué?

Para no dañarme… Me habría puesto histérica. Aunque, con este momento ¿cuál es la diferencia?

―Es sólo por un tiempo, ¿no? ―farfulló con los ojos anegados en lágrimas amargas que habían aparecido de pronto.

―No lo creo, ahora tendrá que permanecer con los Mortífagos hasta que…

―¿Hasta qué?

―Hasta que tenga que luchar como todo el mundo en el lado correcto.

―¿Por qué no me lo dijo? ¿Por qué Severus no me dijo que tendría que marcharse en cualquier momento? ―inquirió con un hilo de voz.

―Nunca lo supe con exactitud ―admitió el anciano, negando con la cabeza. Parecía estar sumamente confundido con la situación. Estaba claro: ¿Merlina había recuperado la memoria y él había decidido marcharse de todos modos? ¡Razón de más para permanecer juntos!―. Pero, te aseguro que lo hizo con buena intención.

―Volverá ―dijo Merlina pegando media vuelta, rumbo hacia cualquier lugar, no queriendo escuchar más al director―. Volverá ―aceleró el paso―. Severus dijo que íbamos a estar juntos… sólo unas semanas más, unas semanas más y va a estar de vuelta aquí, dando clases…

Llegó al segundo piso y tropezó con una alfombra, cayendo de rodillas al suelo, al mismo tiempo que sollozos imparables salieron de su garganta.

Severus se había ido, ¿en qué momento? ¿Mientras dormía la tarde anterior? No le había dejado ninguna nota, ni un recado con Albus. Ningún Patronus para ella. Nada. ¡Se había ido, la había abandonado! ¡La había dejado llena de dudas, llena de deseo por estar con él! Se había atrevido a pedirle matrimonio y luego se iba sin decir nada… Sin importarle. Se había ido para arriesgarse, siendo egoísta, sin importarle ella, sus sentimientos, su sufrimiento… Sin siquiera respetar sus propias decisiones, sus ideas, sus pensamientos.

El miedo de quedarse sola jamás había pasado. Siempre había estado allí, a pesar de haber recuperado recuerdos. Sin Severus a su lado… Recordar lo que había sucedido en el verano, la falta de cariño que había sentido por su parte, y las últimas palabras hirientes para alejarla de él lo más posible, aunque fuera con buena intención… Su alma y corazón se estaban partiendo del dolor.

Los estudiantes que venían de los pisos superiores se apartaron de ella al pasar como si tuviera alguna enfermedad contagiosa, comenzando a cuchichear de inmediato. Merlina nunca se enteró, sus sollozos eran demasiado bulliciosos como para sentir los pasos, y casi estaba ciega por las lágrimas que emanaban sus ojos, como si jamás en su vida hubiese llorado.

Por la falta de aire, le dio hipo y, mezclándose con el dolor del nudo de la garganta, vomitó lo poco que tenía en el estómago de la cena de muchas horas atrás.

La espalda le dolía por tanta tensión, como si le enterraran chuchillos helados, y el mareo le hacía creer que daba vueltas en el centro del universo.

De pronto, saliendo detrás de un tapiz, apareció Dunstan. Los ojos de ésta se abrieron desmesuradamente al divisar a Merlina allí, agachada en el suelo en una pose sumamente humillante, con una poza de vómito y su cara tapada con el cabello húmedo que se le pegaba producto de las lágrimas.

Tal vez, fue por la misma intensidad de la mirada que Merlina se sintió observada. Alzó la barbilla unos grados y le espetó a la mujer, con la voz quebrada por los llantos y la pena:

―¡Qué miras! ¡VETE!

Dunstan pasó por su lado dedicándole un claro gesto de asco y no le dijo nada.

Merlina perdió la noción del tiempo. No supo cuánto rato estuvo de rodillas, sólo se paró cuando éstas le dolían por las piedras duras que decoraban el piso. Hizo desaparecer el desastre en el suelo y, completamente mareada se fue a su despacho, olvidándose que debía desayunar y que, tal vez, tuviera que reemplazar a Severus en las clases. Severus…

Pero no estaba para eso. ¿Cómo iba a poder? ¿Cómo iba a lograr hacer cosas en la condición tan denigrante en la que se hallaba? ¿Cómo podría reemplazar a Severus, así, sin más? Sólo serviría para sonsacar burlas de los estudiantes…

No podía. Aparte que su estado físico se hallaba poco óptimo por la misma razón, ese sentimiento de rabia y abatimiento le desgarraba hasta la más inútil célula de su cuerpo.

Se recostó encima de la cama para seguir llorando. Temía que le diera un shock y olvidara cosas como sucedió cuando perdió a su familia hacía años. Sin embargo, más fuerte era el miedo de no saber qué hacer luego, más que llorar y pensar en lo desgraciada que era en esos momentos.

Podía escribir una carta a Phil, pero no tenía ánimos de eso. Podía ir a buscar a Ginny, pero menos querría atribuirle a ella sus problemas.

―Severus… ―sollozó con la voz ronca―. Por qué me hiciste esto… Por qué te fuiste, por qué me mentiste…

No pudo seguir haciéndose preguntas en voz alta, porque el hipo y los sollozos le atacaban con mayor fuerza.

Él me dijo que iba a estar conmigo, me lo prometió. ¿Fue una mentira? Se supone que íbamos a estar juntos para cuando tuviéramos que enfrentar el fatal destino que nos depara a todos. Teníamos que permanecer juntos, ¡juntos, maldita sea! ¡Severus, te odio!

No, claro que no. No lo odiaba, jamás podría hacerlo.

Poco a poco, los párpados se le fueron cerrando, aún con incesantes lágrimas saliendo de ellos. La respiración de Merlina se volvió profunda y acompasada, al mismo ritmo que las gotas caían de la llave del lavamanos que había quedado mal cerrada.

Cinco horas más tarde Merlina abrió los ojos de golpe, con el corazón agitado gracias al haber escuchado, en realidad o sueño, una bomba estallar. La boca la tenía abierta, como si hubiese estado gritando, porque la tenía seca; debió de abrirla sólo segundos antes de despertar. Aparte de eso, la cabeza le punzaba por haber llorado tanto y los ojos los tenía hinchados y doloridos. No recordaba haber tenido alguna pesadilla, pero todo indicaba que sí. ¿Tal vez lo que había sucedido hacía rato había sido toda una mentira? Quizá Severus seguía en el colegio, tal vez, jamás se había ido…

Pero su corazón y su mente sabían la verdad: estaba sola.

Transcurrieron apenas cuatro segundos desde que había despertado, cuando la puerta de la habitación sonó. Alguien golpeaba y apostaba porque eso había sido lo que le había despertado. Sus oídos habían amplificado y transformado el ruido a algo terrorífico.

Toc, toc, toc.

―Merlina… sé que estás ahí ―dijo la tranquilizadora voz de Ginny desde el otro lado.

La celadora se acomodó de costado, con la vista pegada en la puerta. Titubeó antes de intentar contestar, pero de su boca no salió más que un quejido gutural e inentendible. Se aclaró la garganta, y volvió intentarlo:

―Está abierto.

La cerradura liberó un chasquido al girar y Ginny apareció por el umbral, sumamente preocupada.

―Durante todo el día ha habido rumores de que te vieron llorar en la mañana… Y resulta que me enteré de que hoy ninguno de los que tenían Pociones tuvo la clase ―hizo una breve pausa―. ¿Qué sucedió? ―inquirió con una voz que demostraba profunda tristeza y lamento.

―Se fue ―farfulló Merlina sin mirar a Ginny. La vista no podía enfocarla bien ya, porque sus ojos estaban húmedos otra vez. El dolor en su pecho no se iba―. Se fue…

Ginny no necesitó explicaciones ni detalles para comprender esa simple respuesta. Se sentó en la orilla de la cama de Merlina y le puso una mano en la mejilla, como si eso fuera a consolarla. Tenía claro que esas manos no eran las que habría preferido Merlina, pero notó que se sintió agradecida por ello.

De pronto el estómago de Merlina se revolvió. No tenía absolutamente nada en el estómago, pero la fatiga y las náuseas habían retornado al recordar el incidente.

Con una rapidez que no esperaba de sí misma, se empujó hacia adelante para que la cabeza le colgara, y así poder vomitar. Pero nada, nada salió de su estómago.

Merlina respiró con fuerza. Sentía que en cualquier momento iba a perder el conocimiento.

―Merlina, ¿estás enferma? ―susurró Ginny, que había retrocedido un paso cuando creyó que una avalancha de comida se iba a ir sobre sus zapatos.

La cara de la celadora estaba tan cetrina como la de Severus y los labios los tenía pálidos y secos.

―Es sólo que… no he comido ―farfulló, y luego agregó desecha―: y por Severus… Temo que…

―No le sucederá nada, Merlina. Él sabe lo que hace, debe… Debe de haberlo tenido planeado, ¿no es así? ―Ella asintió mientras su cara se deformaba de la tristeza―. Entonces estará bien. Además, tal vez vuelva. Tal vez vuelvas a verlo furtivamente… Tal vez tenga otro plan. Tal vez él quiere que creas que se ha ido por un tiempo…

Merlina detectó la poca esperanza que había en esas frases, pero reconoció que podía haber posibilidad en lo que decía ella.

Por eso es que se animó a comer cuando ella le dijo que lo hiciera. Bajó a las cocinas, vigilada por ella. Los estudiantes susurraron entre ellos cuando la vieron pasar. Merlina no se los reprochó: debió parecer un real estropajo.

Volvió a su despacho luego de haber tomado algo de energías, pero sola. No se creía capaz esa noche de hacer su trabajo; el dolor de cabeza la estaba matando y la pena le atacaba constantemente.

Se la pasó recostada en el sillón del despacho, con la vista pegada al techo, invocando mentalmente el nombre de Severus, como si eso pudiera hacer que él cambiara de opinión y regresara al castillo con ella, con la intención de que se protegieran mutuamente…

Durmió muy profundamente, presenciando pesadillas de las que no pudo despertar hasta las ocho de la mañana del día siguiente, donde se levantó para vomitar. Alcanzó a agacharse en el suelo para hacerlo. Estaba sudada y mareada, con un miedo horrible que se acrecentaba en el pecho. Este miedo no logró calmarlo en los días siguientes. Le acechaba a cada momento, como un parásito que quería contaminar cada uno de sus pensamientos, sobre todo los pocos felices que aún le quedaban.

Entre eso ―la gripe que tenía, que parecía acentuarse a ratos―, hacía que se sintiera débil y soñolienta. Sin embargo, se negaba a visitar a Madame Pomfrey. No quería… no deseaba hablar con nadie más. De hecho, ni siquiera lo había vuelto a hacer con Ginny. Ningún profesor le había dirigido la palabra las pocas veces que la habían visto patrullar en los pasillos. Sí, había regresado al trabajo finalmente. Era lo único que podía crear un sentimiento de utilidad en ella.

El director en ningún momento la había mandado a llamar. Sabía que debía estar muy sentida como para que tuvieran una tranquila conversación. En parte, ella sentía que Albus Dumbledore la había traicionado, aunque, ¿qué indicaba que, alguna vez, la relación de director–subordinada, no era más que una mutua simpatía? No era un amigo, por lo tanto, él no tenía ningún derecho de contarle cosas.

No pienses así, Merlina… Lo que pasa es que Severus debe haberle hecho prometer a Albus que no dijera nada sobre el plan. Y él es un hombre de palabra.

Sabía, en el fondo de su corazón, que esa era la respuesta correcta. Albus jamás desearía el sufrimiento de alguien. O al menos, de alguien que no lo mereciera. Merlina creía no merecerlo. ¿No bastaba con todo el sufrimiento de años atrás?

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Las clases de pociones se vieron suspendidas indefinidamente, pero a nadie le importaba mucho no aprender. Los estudiantes sospechaban que algo significaba la desaparición de dicho profesor. Andaban de grupos grandes por los pasillos, y casi nadie atrevía a salir de noche. La biblioteca quedaba vacía muy rápido apenas alcanzaban a realizar sus deberes. Madame Pince estaba menos hosca que de costumbre.

Aun así, aunque éstos no merodearan por los pasillos y provocaran tanto alboroto durante la noche, ningún profesor debía dejar sus horas de guardia. Generalmente patrullaban, incluida Merlina, por la primera planta y los últimos dos pisos, para así tener una vista amplia de los terrenos.

Merlina, en vano, miraba hasta lo más lejos que su visión llegaba, aguardando ver alguna señal de Severus, con ojos tristes.

El día viernes volvió a vomitar en medio de un pasillo, siendo vista por Peeves.

―¿Qué comió Merlina Morgan? ¿Arañas? ¿Quiere que la acompañen en su dolor?

Merlina se forzó a dejar de toser, pasándose la manga por la boca y reincorporándose, mientras comenzaba a recibir escupitajos del fastidioso poltergeist.

Corrió hacia la primera aula que encontró, y se encerró allí.

Hizo presión en la puerta, esperando a que Peeves se lanzara contra ella para abrirla, pero simplemente sonó un chasquido y un curioso ruido de cosas arrastrándose.

―¿Se te perdió algo, Morgan? ―interrogó una voz fría.

Merlina se volvió con brusquedad y se encontró con Agatha Dunstan, que estaba descubriendo una gran pecera que contenía una serie de curiosos animales acuáticos pequeños, moviendo con énfasis la varita para dejarla hacia un costado. El estanque estaba hasta el tope de agua turbia y muchas plantas viscosas.

Merlina gruñó desganada y se sintió molesta.

―Huía de Peeves. Me voy ahora mismo.

Trató de abrir la puerta, pero estaba atascada. Era la única en el lugar; era un aula sin un despacho conectado.

―Estamos encerradas ―gruñó Merlina girándose hacia la profesora otra vez.

―Pues abre la puerta, no creo que sea tan difícil ―contestó Dunstan de mala gana, aproximándose hacia una bolsa negra que contenía unas cosas que sonaban.

Merlina empujó la puerta con todas sus fuerzas, y luego intentó con el encantamiento Alohomora, pero no funcionó.

―¿Quieres que me quede aquí para molestarme?

―Quiero terminar de alimentar a estos animales, si no te importa ―corroboró la otra.

Merlina vio con disgusto que lanzaba unos grandes caracoles hacia la pecera. Pero lo que le causó el mareo no fue eso, sino que el olor salino que despedían esos bicharracos.

Tuvo que apoyarse del pupitre más cercano para equilibrarse.

―¿Te vas a poner a llorar por esperar un poco? ―increpó Dunstan soltando la bolsa de los caracoles, enojada.

Merlina se sintió furiosa antes esa malinterpretación y, en un súbito deseo, quiso golpear a Dunstan o hacerle algo para que dejara de dirigirse hacia ella de esa manera tan prepotente y altanera. Incoherentemente recordó a Hermione y a los demás cuando solían ayudarla en las bromas.

Luego rememoró lo del fuego, sintiéndose maldita. No tenía fiebre y no le picaban los dedos en señal de producir fuego. Claro que, tal vez, ése no era el momento para atacarla y por eso su poder no se manifestaba. De todos modos, no le interesaba irse en su contra, y es que se sentía muy indispuesta. El olor a sal le llegaba más fuerte a las fosas nasales y se mezclaba con el perfume dulce de la profesora. Eso fue fatal.

Dunstan sólo la miraba atenta. Esperaba algún tipo de reacción violenta de su parte. No obstante, Merlina corrió hasta una esquina de la sala y se inclinó sobre un basurero para vomitar otra vez, alejándose de la profesora.

―Gárgolas galopantes, mujer, ¿no es hora de que vayas a ver a Madame Pomfrey? No creas que no te he visto vomitar más veces; es desagradable.

Merlina se limpió la boca con la manga y se apegó a la pared, afirmándose en ella.

―Tu maldito perfume me da asco, por eso tengo náuseas cuando tú estás cerca ―farfulló Merlina. Estaba pálida y sudorosa.

―Si eso lo dices para ofenderme… ―se acercó hacia Merlina―. No es muy creativo de tu parte.

―¡No te me acerques! ¡No es una broma, Dunstan! ―espetó Merlina.

Dunstan se enfureció. Apuntando la puerta con la varita, ésta se abrió de golpe, mandando a volar la serie de bancas, bustos de hierro y piedra, y unas cuantas armaduras que había colocado Peeves.

―Allá podrás respirar un aire no atestado ―gruñó ella.

Merlina no tardó en escapar de allí con una mano en el estómago, como si eso evitara que se le revolviera demasiado.

Siempre me tengo que encontrar a esta pesada —pensó con un humor de perros minutos más tarde, en su cuarto de baño, donde se lavaba los dientes y la cara afanosamente.

Si seguía lavándose los dientes tantas veces, terminaría por desgastárselos. Tal vez sí tuviera que ir a ver a Madame Pomfrey…

Fue una hora más tarde, resignada. Sin embargo, no estaba y vio a otra persona saliendo del despacho de la enfermera: Dunstan otra vez.

―Madame Pomfrey no está ―le informó bruscamente, plantándose delante de ella. Llevaba una botella azul en la mano―. Dumbledore me lo dijo, así que vine a sacar una poción que necesito para la clase de mañana ―hizo una pausa―. Te lo aclaro, porque puedes acusarme de robo o… ¿Qué te sucede? ¿Vas a vomitar otra vez?

Merlina tenía una cara de angustia y miraba atentamente a la profesora. Negó con la cabeza lentamente, y, sin pensarlo, inquirió con la boca hecha agua y con brusquedad:

―¿Dónde conseguiste coco?

Agatha abrió la boca.

―¿Me estás tomando el pelo? No he comido coco, Morgan. Es el mismo perfume que no te gusta ―explicó incrédula.

―¿Qué? ―saltó Merlina con voz de flauta, avergonzándose de su estupidez. Tenía unos deseos incontrolables de comer coco, aunque fuera rallado.

Agatha la miró a los ojos atentamente, estudiándola. No era esa mirada fría, pero sí calculadora. Luego, una expresión de asombro le llenó el rostro, como si hubiese conectado ideas. Merlina cruzó los brazos y levantó los hombros, encogiéndose. No le gustó que le viera como si fuera un objeto de investigación.

―Morgan ―farfulló, y preguntó con desconcierto―, ¿sabías que estás embarazada?

El estómago de Merlina pegó un vuelco violento. Miró a la mujer con los ojos entrecerrados y la boca levemente abierta. El labio inferior le tembló.

―¿Qué dijiste?

Dunstan se esperaba esa reacción, porque no cambió su semblante de curiosidad.

―Estás embarazada ―reiteró en voz baja―. ¿No te habías enterado? Digo, es bastante obvio, ¿no?

¿Embarazada? ¿Yo? ¿De qué demonio me hablas, víbora? Yo no estoy embarazada.

Entonces comprendió y sonrió fugazmente.

―Esta broma es de muy mal gusto. Creí que habíamos dejado la estupidez de vengarnos la una de la otra, y no te negaré que…

Agatha negó rápidamente con la cabeza.

―No, Merlina, escúchame: estás embarazada —replicó con un tono de voz completamente diferente al de la Dunstan usual.

―No podría ―contestó sin pensar. Tenía el ochenta por ciento de la mente en blanco, con el otro sólo prestaba atención a la profesora.

―¿De verdad? ¡Piensa! ¡Tienes náuseas! Vomitas a cada rato, te dan asco los olores, tienes antojos, como recién…

―A cualquiera le pasa eso ―otra vez con la voz de autómata―. Varias veces al día tengo hambre, como todos.

―¿Cuándo fue tu último período?

Merlina abrió la boca otra vez, buscando la información en su cerebro. No estaba lo que buscaba. El corazón comenzó a martillear con ímpetu en su pecho.

―No lo recuerdo ―musitó apenas moviendo los labios—, pero tal vez son los nervios que me tienen la mente en blanco.

―Lo dudo. Yo pienso que estás embarazada ―la voz de Dunstan sonó irrefutable―. No es otra cosa.

Merlina analizó la expresión de Agatha: no había atisbo de maldad, de risa, de burla… Nada, sólo persuasión sincera para que se convenciera de la verdad.

De la verdad.

La mente de Merlina viajó a otro mundo por un breve momento: vio colores, se sintió volar. Estaba lleno de personas que hacían magia, de gente que hacía duelos, de jóvenes que jugaban Quidditch. Vio criaturas mágicas pelear por su presa; a libros mordelones y plumas vuela-pluma. Ese mundo estaba lleno de magia, tanto como el mismo castillo: magos excelentes, pasadizos engañadores, cuadros parlanchines, armaduras chirriantes que reían, fantasmas, un poltergeist molestoso, un semigigante amistoso y un bosque repleto de criaturas increíbles.

Estás embarazada.

¿Qué era eso? ¿Otro tipo de magia? No, claro que no. Eso era algo normal que se compartía tanto entre brujas y mujeres del mundo muggle. Ella, a una bruja, ¿cómo le había ocurrido algo tan mundano? Además, sumando el hecho de que había sido muy irregular durante toda su vida con el período, tenía claro que ella no podría procrear otra vida con facilidad. Sin embargo, nunca le había dado mucha importancia, ni siquiera Severus. Nunca hablaron de tomar pociones para inhibir una posible concepción. Nunca le tomaron el peso a lo que podía pasar, a pesar de ser dos adultos que sabían perfectamente de dónde venían los bebés. Y es que a ella se le hacía imposible, porque hasta en el mundo de la magia el hecho de tener la menstruación saltada era un mal augurio de fertilidad.

Estás embarazada.

¿Ella? ¿Y cómo? O sea, lo comprendía; había hecho el amor con Severus repetidas ocasiones en las últimas semanas, aunque no demasiadas, y dos ocurrieron la noche en la que recuperó la memoria, lo que definitivamente aumentaba posibilidades. Pero… ¿Ella? ¿Un hijo? ¿Merlina Morgan iba a ser mamá?

Estás embarazada.

Merlina suspiró tocándose el vientre con temeridad, haciendo memoria al trío de semanas en las que el equilibrio de su cuerpo había dado un cambio radical. Tenía antojos, sobre todo durante el sueño, por eso que siempre despertaba como si hubiese tenido pesadillas. Le dolían partes del cuerpo, como la cabeza, la espalda y los tobillos. En ese mismo instante se le estaba generando otra migraña. Se animaba o desanimaba muy pronto, sin contar la obvia noticia que le había hecho entristecerse. Todos esos síntomas le habían hecho creer que tenía gripe u otra cosa, y lo había dejado estar, porque apostaba que, lo que tenía, no era nada grave. ¿Eso era grave?

Y, ese "algo" que sentía dentro de sí, no era el poder del fuego. Jamás lo había sentido ―a menos que lo expulsara de sí―, y no iba a hacerlo a esas alturas. No, lo que tenía dentro de sí era la gestación de una nueva vida. Se sentía diferente por ello.

Estás embarazada.

Merlina, sin dejar de mirar a Agatha a los ojos, masculló:

―¿Estoy embarazada?

La profesora asintió lentamente.

―No puede ser otra cosa ―reiteró impávida—. Las señales son claras.

La mente de Merlina se nubló. Sintió que su cuerpo estaba en caída libre, descendiendo kilómetros y kilómetros entre una neblina muy densa.

"¡Estás embarazada!", le gritó la voz de Dunstan en las paredes de su mente, una vez más, antes de perder la conciencia.