Capítulo 41: Todo cambia

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Abrió los ojos de golpe, agitada. El corazón le latía a cien por hora, las manos le temblaban y se sentía húmeda con la gruesa túnica que le abrigaba.

¿Había sido una pesadilla? El lugar en el que estaba era oscuro, aterrador, y le resultó desconocido, pero estaba segura de que no había sido una pesadilla. Había sido real. Dunstan le había dicho que estaba embarazada.

Se puso una mano en el vientre otra vez, quedándose así, mirando las abstractas formas de las piedras del techo alto.

Así que estoy embarazada. Así que voy a tener un hijo.

No, el peso de la verdad no podía llegarle aún. Una barrera en su cerebro le impedía tomar por certera la información. Esa frase no estaba en su vocabulario, para nada. Jamás en su vida habría estado.

Se levantó lentamente para no marearse, notando que estaba en la Enfermería y que no había nadie más allí que ella. ¿Dunstan la había dejado ahí, sola? ¿La había dejado para que se devanara los sesos, luego de arrojarle semejante bomba?

Bueno, ¿y qué otra cosa podía hacer?

Acarició inconscientemente la colcha, deseando encontrar en ella la mano de Severus para estrecharla. ¿Cuántas horas había dormido?

Pasos se oyeron desde la lejanía, retumbando contra las paredes. Ninguno de esos era el sonido de los zapatos de su esposo.

Las velas de la Enfermería se prendieron de golpe, encandilándola. Agatha y Dumbledore entraron.

―¿Cómo te sientes, Merlina? Agatha me digo que hace unos minutos atrás te desmayaste y que era mejor que tuvieras descanso. Si quieres que te de una semana de reposo, puedes pedírmelo.

Merlina no supo si asentir o negarse. Al parecer Dumbledore no se había enterado de nada y eso lo agradecía profundamente a la profesora, de haber sido criteriosa.

―Bueno… todavía no sé… Si me siento bien, trabajaré ―concluyó.

―Excelente. Ahora, te aconsejo que comas un poco, estás pálida y me temo que has adelgazado un poco ―hizo una pausa y se puso serio―. Entiendo que te encuentres mal, Merlina, pero creo que no debes echarte a morir.

La joven asintió con pesadumbre y contestó, por decir algo:

—Sé que me voy a reponer.

―Bien, buenas noches. Ya sabes, cualquier cosa puedes ir a mi despacho. Ranas de chocolate, eso les podría ser útil a las dos.

Hizo un gesto simpático a Agatha y se esfumó por el mismo camino.

―¿Ranas de chocolate? ―inquirió la profesora confundida.

―Es la contraseña de su despacho ―informó Merlina con voz débil.

Agatha se aproximó a la cama unos cuantos pasos, indecisa.

―¿Te duele algo? No alcancé a atajarte cuando te caíste.

―La verdad es que no. Tal vez más tarde ―hizo una pausa―. ¿Dormí sólo minutos?

―Casi diez minutos. ¿Tienes hambre?

―Sí, pero no tienes por qué preocuparte.

―Es preferible que comas ―rebatió la otra inadmisible―, puedes enfermar de verdad. Y ahora que estás…

Los músculos faciales de Merlina se contrajeron.

―¡Sí, si ya sé que estoy embarazada! ―chilló de pronto.

La voz hacia al final se le quebró y se lanzó a llorar otra vez.

Agatha no retrocedió, se limitó a mirarla con lástima.

―Es preferible… que… te vayas ―sollozó Merlina sorbiéndose la nariz.

Dunstan no dijo nada. Avanzó hasta una silla que había a un metro de los pies de la celadora, y se sentó en silencio.

Merlina, que se había ocultado entre las mantas, boca abajo para ahogar sus chillidos, no pensó que la profesora se había quedado allí haciéndole compañía, así que dejó que su cuerpo se rasgara lentamente con el pánico y el dolor.

Sí, pánico y dolor, tanto por ella como por su hijo y Severus. Ella estaba esperando un bebé y no podía hacer nada contra ello, porque no sería capaz de eliminar lo único que podría quedar de su esposo: su descendencia. Severus ya no estaba con ella y no tenía idea de si iba a regresar a su lado. El futuro de todo era muy incierto, todos podían vivir o morir, y si Severus muriese dejándolos solos, o si perdiera a su hijo durante el embarazo o, incluso, si luego de tenerlo ella moría junto con Severus, cualquiera de esas opciones era igual de destructiva. No había un camino mejor o peor, todo era oscuridad y muerte.

Había quedado embarazada cuando ni siquiera estaba preparada y en el peor de los momentos. Además, ¿ella?, ¿por qué ella? No tenía idea de bebés, no sabría qué hacer. ¿Qué significaba ser mamá? A sus veintiocho años aún se sentía como una inexperta, una adolescente en temas de maternidad.

A pesar de todo, podía imaginarse a ese minúsculo ser en ella. Ya lo sentía propio, y eso era lo que más le partía el alma. No podía entender cómo, en pocos minutos, estaba sintiendo amor por un desconocido. ¿El amor que sentía hacia Severus era tan grande, e imposible a la vez, que era necesario que se manifestara de ese modo, creando una vida? Tal vez su hija o hijo fuera un aliento a la supervivencia, el que no le dejaría caer, su ancla a la realidad, su bandera de lucha, su amuleto.

También estaba el caso de que él, Severus, se disgustara con la noticia, y también dolía mucho. Conociéndolo, tal vez la culpara por semejante descuido. De cualquier manera, ese sería el menos malos de los panoramas, porque, así como había caído con ella, podría llegar a amar a su hijo tanto como la amaba a ella.

Sin embargo, la verdad era que él no iba a volver. No iba a regresar, no iba a enterarse y vivir la experiencia de la sorpresa. Quizá, con algo de suerte, pudiera estar con él cuando naciera, pero esa era una ambición muy grande de su parte.

Sus lágrimas cesaron, al igual que su respiración, luego de varios minutos. Su cara era un desastre de humedades y mucosidades.

Si entonces iba a ser madre, todo iba a cambiar. ¿Qué importaba lo del enemigo? Sus prioridades habrían cambiado. Y, si no tenía otra opción aparte de lamentarse, iba a luchar por el bebé, aún si el mundo estaba patas arriba y todo ardía en llamas: ella estaba para soportarlas.

Se acomodó para alzarse. Necesitaba un pañuelo para sonarse, y no se detuvo a pensar por qué había aparecido uno en su mano repentinamente.

Cuando sintió por fin el aire fresco penetrar en su nariz, miró hacia el frente. Dunstan la miraba atentamente, cautelosa, esperando a que ella estallase. Pero Merlina, al verla allí, sintió sólo una oleada de gratitud y paz hacia ella.

Se ha quedado, y no para burlarse, sino para que no estuviera sola. Se ha quedado allí. Se ha quedado conmigo, cuando pudo haberse marchado.

El estómago de Merlina rugió con ganas.

―¿Sabes? ―dijo con voz ronca―, se me apetece un enorme plato de tallarines con salsa de tomate y un jugo refrescante de calabaza.

Agatha Dunstan asintió sin sonreír, pero con decisión se puso en pie, y anunció:

―Eso no estaba contado en el menú de hoy, así que le diré a los elfos que lo preparen. En unos minutos aparecerá una bandeja en tus piernas, así que ten cuidado.

Cuando ya se hubo marchado de allí, Merlina reaccionó para darle las gracias.

Ojalá lo haya escuchado.

Tal como se le dijo, en no más de diez minutos recibió su bandeja de comida. Merlina creyó no haber comido en años, y jamás había encontrado algo tan exquisito. El comer la animó un poco más y, a la vez, le hizo dormir sin pesadillas.

Por primera vez había podido satisfacer un antojo como se debía.

Al día siguiente sintió que apestaba a salsa de tomate y juró no volver a comer nunca más pastas: el aroma se le hizo repugnante.

Ella quería animarse más, deseaba hacerlo, pero extrañaba más que nunca a Severus. Había tomado la decisión de seguir trabajando; era lo único que podía hacer mientras tanto. Vagaba por los pasillos buscando su sombra familiar y apegando el oído a las frías paredes de piedra, como si pudiera oír su voz a través de ellas, lo que le hacía sentir estúpida. Ya sabía que Severus no iba a llegar, y era mejor que se aferrara a esa idea, porque pensaba "si soy negativa, no me decepcionaré de lo que suceda".

Como su ansiedad había aplacado bastante, su cuerpo estaba más enérgico que de costumbre y, a la vez, eso le estaba ayudando a controlar las náuseas. Lo único que no podía evadir eran los antojos: cumpliéndose el mes y medio de embarazo, finalizando enero, ya había comido frutas tropicales, comida chatarra muggle fabricada por los mismos elfos; había masticado una caja de chicles superhinchable en media hora, devorado pasteles de chocolate bien viscosos, como le gustaban a ella, y se había hecho adicta al jugo de calabaza. Tenía que beberlo cada una hora, haciéndole ir a cada rato al baño.

A la vez, la pronunciación de su vientre comenzaba a notarse un poco, lo suficiente como para asumir que estaba muy hinchada. ¿Qué haría cuando pareciera una pelota? No podría decirle a Albus "me tragué un niño y por eso estoy panzona". Tarde o temprano todos se iban a enterar y eso le asustaba de sobremanera. Al menos, las veces que Ginny la había visto, no había notado cambio alguno, y la actitud silenciosa y desanimada de Merlina la atribuía a la ausencia de Snape.

Por otro lado, Agatha estaba muy pendiente de ella. Cada vez que la veía le preguntaba si se sentía bien, y Merlina no dejaba de agradecerle lo que había hecho por ella. De hecho, ya no le caía mal, o tan mal. De vez en cuando rememoraba su enemistad, especialmente cuando la veía hosca o con la cara larga, pero no había vuelto a demostrar antipatía con ella, y ni siquiera habían tocado el tema: cualquier cosa que había sucedido entre ellas ya había quedado en el pasado.

A Merlina le picaba la curiosidad. Sí, tenía la curiosidad de saber quién diablos era Agatha Dunstan. Tenía claro que era sobrina de Dolores Umbridge y que podía ser lo más repelente del mundo si se lo proponía. Además se había dado cuenta de que era solitaria y autosuficiente, pero, más allá de eso… ¿Qué se le pasaba por la cabeza a esa mujer? ¿Qué sentía? ¿Se sentía feliz?

Y, ¿desde cuándo muestras ese interés por la arpía esa, Merlina?

No le agradaba pillarse a sí misma pensando así. No podía abrir con ella una conversación de la nada y tratarla como a una vieja amiga. Tampoco se lo hubiera aguantado a ella, pero el momento en que le dio la noticia y que la vio llorar ―ella no hubiese sabido de su propio embarazo hasta que estuviera como globo, probablemente―, fue tan íntimo, que le desesperaba reconocer que no era tan vacía como esperaba que fuera. En todos esos días no había habido ninguna sola mención a lo ocurrido, ni siquiera con bromas o sarcasmos.

¿Las cosas estaban cambiando? Ya no había motivo para odiarla o despreciarla. Podrían tratarse como personas normales, como colegas, si es que podían considerarse ambos trabajos a una misma altura. Después de todo, Merlina también soportaba a estudiantes, y trataba de transmitir la conciencia de ser más limpios con el medio que les rodeaba. Y limpiar era más difícil de lo que parecía.

"Personas normales."

Eso le había quedado dando vuelta en su reflexión ¿"Personas normales"? Si con Agatha comenzaban a tratarse sin ninguna enemistad de por medio, ¿qué significaba aquello? Simple: que Agatha Dunstan no era su enemiga.

No, espera, Merlina. Un momento. Piensa las cosas de este modo: te odiaba y, luego, por un mero tecnicismo te ayudó. Todo podría volver a ser como antes perfectamente. Sin embargo… ¿Te atreverías a matarla?

Pregunta: ¿Por qué me preguntas, si somos la misma persona? ¿Me atrevería a matarla, a quemarla, a hacerle daño? No. No lo creo. Ella no ha dejado ninguna herida en mí como para desear hacerlo.

Mientras caminaba por los pasillos silenciosos se topó con la susodicha, quien vigilaba el primer piso también. Ambas se hicieron un automático gesto con la cabeza, muy formales.

Ella no es mi enemiga —se convenció Merlina. No, ya no podía serlo.

Pero entonces, ¿quién lo era?

Si Severus estuviera aquí, podría ayudarme.

Si Severus estuviera aquí…

Si Severus…

Severus.

Fue dolorosa la sensación de falta de aire.

Dejó de caminar, ya habiendo doblado la esquina de aquel pasillo, y se afirmó de la pared. Sintió como si le hubiesen dado una cuchillada en el estómago; las tripas las tenía encogidas y revueltas, y no era nada debido al embarazo, ni siquiera estaba con náuseas o mareo, tampoco las usuales migrañas que la atacaban. El sueño había desaparecido y sus energías se habían renovado de manera abrupta y no por una buena razón. Eras las energías para combatir el terror.

Severus se había ido, se había alejado de ella, eso estaba claro, y el motivo también. Sin embargo… ¿si eso no era más que una pantalla? ¿Si todo aquello tenía un significado? El profesor de Pociones siempre había sido muy intuitivo y un buen actor; ella lo sabía, e incluso con ella tenía el poder de persuasión. La había convencido de que todo estaba perfecto, en orden, y le había demostrado su amor, sin barreras o actitudes sospechosas. El punto era… tal vez la amara. Tal vez no había nada vano en ello, pero su ida, su marcha repentina… Quizá él había descubierto eso. Cabía la posibilidad de que él hubiera descubierto que Merlina tuviera que matarlo…

Quizá, él se había adelantado a todo, adivinando que ambos eran enemigos después de todo; que seguían estando en pie de guerra. Claro, ella había caído en el cuento de cambio de bando, no obstante… Él tenía sus ideales claros. Ahora lo veía más claro que el agua.

Sí, Severus era su enemigo, quien siempre le había humillado cuando pequeña, quien le había hecho daño con su actitud… ¡Por eso quiso alejarse de ella en el verano! Pero luego no pudo. Algo que Merlina no ponía en duda era que se amaban, y eso cambiaba todo.

Un grito gutural salió de su garganta al momento que se deslizaba por la pared hasta quedar sentada, con sus fuerzas evaporadas. Los personajes de los cuadros cercanos salieron huyendo a toda pastilla hacia sus vecinos, escandalizados.

No, no lloraba; estaba más aterrada que nunca. Gritó otra vez tomándose la cabeza, sin poder creer lo que estaba pasando, lo que había descubierto. ¡Cómo podía ser…!

Alguien se arrodilló a su lado y la sacudió por los hombros, pero no fue capaz de retener el grito desgarrador que escapaba de su boca. Sus ojos estaban fuera de órbita.

―¡Qué te pasa, Morgan! ¡Contesta! ¡CONTESTA! ¿Te duele algo? ¿El útero? ¿Síntomas de pérdida? ¡MORGAN!

Merlina, sin saber con exactitud lo que hacía, se acurrucó contra el hombro de la persona y enterró los dedos en su espalda, conteniendo el grito en su boca. Le hacía daño oírse a sí misma.

Unos brazos fibrosos envueltos en una túnica azul terciopelo la estrecharon con fuerza y calidez.

Merlina comenzó a respirar acompasadamente, aún con la frente en aquel hombro desconocido. Estaba en shock.

Oyó más pasos y la luz de las antorchas que se reflejaban en el suelo habían aclarado. Sintió voces acopladas, como si estuviera bajo el agua. Oyó el bisbiseo que producía la garganta de la persona que la tenía entre sus brazos al hablar.

Luego, silencio y semioscuridad otra vez.

Dos prefectos de Hufflepuff habían ido a comprobar qué sucedía, pero al escuchar aquella voz prepotente y mandona se retiraron y apagaron las luces que habían encendido.

Merlina relajó los dedos agarrotados y volvió a la realidad. Sabía quién era esa persona sólo por el perfume olor a coco que expelía.

Con brusquedad se alejó de ella, sin quitar las manos de su espalda, y estalló en susurros sin sentido.

―Severus… matarlo. Tengo… no puedo, ¡no puedo! ¡No entiendo! Pensé que tú… tú eras… no podemos… no puedes. Tú eres buena, tú no… ¡Severus! ¡No puedo! No… puedo… Es terrible, yo… ―las lágrimas no lograban brotar. Los ojos los tenía secos tanto tenerlos abiertos, y no podía dejar de mirar a la persona a los ojos, como si con eso pudiera dar a entenderse mejor.

―Merlina ―dijo Agatha Dunstan por lo bajo. Había temor en sus trigueñas facciones―. Cálmate. Cálmate, por favor. Respira profundo.

Merlina cerró los ojos agachando la cabeza. La mención de su nombre funcionó como tranquilizante, en parte. Obedeció y respiró profundamente.

―Ahora, ¿qué dices?

―Tengo que matar a Severus ―soltó de golpe cuando fue dueña de su voz otra vez―. Él es mi enemigo.

Grillos cantando…

―¿Cómo?

―Tengo que… pero no…

―Merlina.

―Tengo que matarlo, es lo que tengo que hacer.

―¿Estás trastornada? ¿Te duele algo?

―No.

Agatha tomó aire.

―¿Sabes? No entiendo nada. ¿Podrías explicarme? ¿Quieres explicarme?

Merlina se dejó llevar, sin saber con exactitud por qué lo hacía. Entre susurros, allí mismo en el pasillo, rodeado de cuadros temerosos y con la amenaza de que Peeves o algún estudiante apareciera, le contó cada detalle de su enfermedad provocada por la Scorpia Salamandris y las respectivas teorías sobre la situación, sumando la última predicción de Trelawney que había sido auténtica. Y con honestidad narró:

―Pensé que tenía que aniquilarte a ti. Eso pensaba. Él me lo dijo también, pero era un engaño para que yo me despistara… ¡Pero, no eres tú! No te odio. Ni siquiera me caes mal, y tampoco lo hubiera hecho en ese caso.

Dunstan estaba con la cuadrada mandíbula apretada y sus brazos permanecían cruzados sobre su vientre, al igual que las de Merlina.

―Lo siento.

―No, no lo sientas. También me hubiera planteado seriamente el problema, aunque casi te asesiné con las arañas, y esa no era mi intención. Ya te lo dije.

Merlina asintió lentamente sin mirarla.

―Lo que no entiendo ―continuó Agatha―, es cómo puedes pensar semejante imbecilidad. Es, perdóname, una estupidez. No creo ni un pelo de tu teoría, no la apoyo en absoluto. Es descabellado.

Merlina creyó absurdamente que se refería a su poder, y levantó la vista un poco molesta.

―Es verdad lo que te acabo de decir, no me lo he inventado.

―¡No es verdad! ―contradijo la profesora en un gruñido―. ¿Cómo puedes pensar monumental tontería? ¡Snape no es tu enemigo! Claro que no lo es. Y no es porque a mí se me ocurra, sino porque sé que no lo es.

Merlina sintió encogerse.

―¿Desconfiaste alguna vez de él?

―No.

―¿Tenías claro que sabías todo de él?

―Sí. Al menos lo esencial…

―¿Lo quieres?

―Sí.

―Y está claro que él a ti. ―Hizo una pausa en la que negó con la cabeza―. Lo siento, Morgan, pero te insulto a la cara. Sé que, tal vez, estás más ofuscada por el embarazo, pero no te quita lo tonta. No digo que te falten neuronas, pero no deberías pensar las cosas como si fueran posibilidades únicas; tú no tienes todo resuelto ni el mazo del destino en tus manos. ¿Snape, tu enemigo? Te aseguro que no me ofendería si pensaras que yo sigo siendo aquella persona. Siento que aún tengo más posibilidades que él.

Merlina suspiró. Oírlo de Dunstan le daba una seguridad inusitada, pero, al mismo tiempo, se estaba sintiendo disminuida: ¿cómo había podido ocurrírsele semejante idea? Era absurda, imposible. Había asumido las cosas sin siquiera analizarlas del todo. Sabía que conocía bien a Severus en sus actitudes y sabía la verdad. Él luchaba porque debía hacerlo y quería hacerlo, y por eso se había marchado. Claro que sí. Qué sandez más grande de su parte, ¡Severus, su enemigo! Cuando siempre la había estado protegiendo… Siempre, desde el primer día de colegio hasta el último, y desde el primer reencuentro.

Observó a Dunstan con los labios fruncidos, nerviosa. Había quedado en ridículo; se había humillado sola.

―¿Estás bien ahora?

―Sí… Fue una… ―no completó la palabra.

―Qué bueno que te hayas dado cuenta de eso ―dijo ella con pesadumbre, colocándose de pie. Extendió una mano y ayudó a la celadora sin problema alguno―. Ahora, es mejor volver al trabajo.

―Sí.

Silencio.

Merlina no soltó la mano de la mujer.

―Eh… Dunstan: muchas gracias ―masculló y estrechó su mano a tipo de saludo.

―De nada. Buenas noches. Y no te desesperes… podría afectarte. No creo que desees ir a San Mungo. Sé que no quieres que nadie sepa de tu estado.

―Sí, ya no lo haré más. Buenas noches.

Se alejaron en direcciones opuestas. Dunstan se quedó vigilando un par de horas más el pasillo, para luego marcharse a su despacho; Merlina subió hasta los pisos superiores, para rondar todo el resto de la noche, con una paz en el cuerpo que no sentía hacía tiempo.

―Por los calzones del Rey Arturo… ¡Qué imbécil! ―exclamó furibunda. ¿Y ahora se iba a enojar?

Sí, se enojó: Severus debía estar pasándolo mal, verdaderamente mal en todos los sentidos, física y psicológicamente y, ella, se dedicaba a armar historias y teorías irracionales en su mente, cuando podía estar en paz y tratando de confortarse para que no le ocurriera nada malo. Su intención no era perder al bebé por estrés o por alguna locura repentina: ella ya estaba convencida de que seguiría adelante como fuera.

Si Severus se enterara de lo que había pensado… Ya imaginaba su cara iracunda y sus labios tratando de pronunciar palabras cuerdas para que ella se grabara en la cabeza que la quería y que no la engañaría de ese modo.

¿Qué sería de Severus?

Como tantas veces se acomodó cerca de una ventana para mirar los eternos terrenos que se extendían ante sus ojos.

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Su intención era concentrarse en lo que le había dicho Merlina, nada realmente nuevo para él. Había deducido que la madera de escoba le rechazaba, por todo lo descrito, antes de que cayera al suelo y perdiera la memoria. Lo lamentaba, le dolía, pero no podía hacer más, salvo descubrir y desenredar todo ese lío, pero, por más que se esforzaba, no lo lograba. Algo le hacía sentirse incómodo. Era una especie de pitido que iba aumentando el volumen, como si se acercara algo peligroso; una alarma interior.

Se tocó la Marca Tenebrosa. Le escocía levemente, pero no lo suficiente como para enterarse de que estaba siendo convocado.

Sin embargo, se lo veía venir. Algo iba a suceder. Luego, pensó en lo que había dicho Trelawney cuando interrumpió en el aula, poco antes de que llegara Merlina, mientras cambiaba algunos calderos en mal estado.

—Hoy he tirado las cartas, Severus, y he visto cosas horribles ―comenzó con esa voz esotérica y confiada―. No debes confiarte, tienes muchas posibilidades de que fracases. No la vas a poder dejar, porque sufrirá de una manera inimaginable. Ella te necesitará. Si tú te marchas, vas a dejar a mala suerte su vida. No te dejes llevar por el egoísmo. Tienes tus planes mal hechos.

Y no la dejó seguir hablando. Sabía que con "ella" se refería a Merlina. Y con sus planes no tenía opción. Si no se quedaba en el bando del Innombrable en el momento en que se lo dijeran, lo considerarían como desleal, y todos los Mortífagos sabrían que no estaba de aquel lado. Era necesario fingir por un tiempo para que todo saliera bien. Si hacía bien todo aquello y confiaba en que Merlina haría lo posible para mantenerse a salvo, entonces podrían, tal vez, volver a estar juntos. Sólo era un tiempo, hasta que ambas partes se igualaran y comenzara la guerra, entonces podría demostrar su verdadera lealtad.

Siempre que todo saliera bien, porque podía no volver a verla.

Estuvo tentado de ir a despertarla y decirle cuánto la amaba otra vez, de besarla y tocarla, hacerle el amor parsimoniosamente. Quiso hacerlo con toda su alma, pero…

Quemazón, ardor.

La Marca estaba ardiendo. Lo llamaban.

Actuó mecánicamente. No tenía tiempo de demostrar emociones o vacilaciones. Se paró y corrió escaleras arriba hasta el Vestíbulo mientras, simultáneamente, generaba un Patronus para avisarle a Dumbledore que tenía que marcharse por unos días. Él confiaba que serían unos días.

Tomó el primer carro que pilló, el cual le llevó a las verjas. En apenas siete minutos salió de la protectora magia del castillo para aparecer en un círculo de hombres encapuchados en las afueras de la Mansión Malfoy. Entraron todos juntos por la gran puerta.

No hubo nada realmente nuevo: planearon ataques, masacres y destrucciones de lugares claves. Era hora de que el mundo mágico se sintiera amenazado. Pero, lo más importante: tomar el poder definitivo del Ministerio. No podía haber más infiltrados, y era hora de cambiar las leyes que regían a los magos.

En sólo un par de semanas iban a tener el mundo en el holocausto, y si todo salía como se esperaba, en no más de un mes y medio se iniciaría la guerra. El Ministerio debía verse debilitado en todas sus formas.

El sábado transcurrió lentamente mientras planeaban las estrategias de ataque con los Mortífagos. El domingo atacaron el primer de los lugares, un pueblo pequeño en el sur de Inglaterra, todos muggles, y tuvo que tomar una determinación: matar en lugar de torturar. Increíble era que, antaño, le parecía mucho peor matar. Sin embargo, ahí, en ese momento, se le hacía más salvaje y maligno darle dolor a esa pobre gente. Hubiese deseado no hacer eso tampoco, pero no tenía otra opción. Unas vidas serían sacrificadas a cambio de los demás. No podía salvarlos a todos.

Luego, a la primera hora de la mañana, el Señor de las Tinieblas le dijo que ya no volvería más a la caja protectora del director de Hogwarts; que era hora de demostrar lo que valía la pena. "Es hora de que le quites el pañuelo de los ojos a Dumbledore".

Severus aceptó sin chistar, con osadía. O eso era lo que representaba su cara, porque el corazón lo tenía hecho puré.

Merlina… —pensó, imaginándose su cara llena de tristeza—. Tu soledad tal vez valga la pena por un tiempo. Yo estaré pensando en ti. No estarás desolada; mi espíritu está contigo.

En un descuido de todos envió un segundo Patronus informativo a Dumbledore. No tuvo la fuerza suficiente para hacerlo también con Merlina. Lo iba a odiar de igual manera.

―Bien, caballeros ―habló el Innombrable al medio día―. Es hora de emprender la búsqueda de Potter.

Sí, ése era uno de los planes más importantes… y él tenía la responsabilidad de ser el cabecilla de todo. Rogaba para que no tuvieran suerte con el hallazgo.

Y así pasaron los días, confiando en que Merlina estaría más que bien; dolida, pero bien protegida. Ignoraba que él pudo haber sido partícipe de una concepción vital, ni menos que pudiera verse en peligro mortal en las siguientes semanas.