Capítulo 42: El diario de Craig
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Merlina pronunció la contraseña y la horrible gárgola de piedra se hizo a un lado. Subió la escalinata circular afirmándose de ambas paredes para no marearse. El día anterior había tenido un ataque de histeria y no le había sucedido nada, ¿por qué allí era cuando le atacaban las náuseas?
Durante la noche pensó mucho sobre el bebé, acariciándose el vientre sin parar, y decidió hablarle a primera hora a Albus. No sabía por qué exactamente quería contarle, pero sentía que le ayudaría de alguna manera; que, tal vez, el director hallaría una manera de confortarla. Tal vez quería decirlo porque no deseaba que fuera un secreto exclusivo entre Dunstan y ella, y así reducía esa complicidad e intimidad que se había producido entre ambas sin intención.
Llegó a la puerta doble y golpeó. No se oyó respuesta, así que entró con sigilo.
El lugar estaba completamente vacío. ¿Estaría el hombre en su habitación? Eso era muy raro en Albus, que siempre estaba en su escritorio haciendo algo interesante.
Distraídamente se sentó en la silla que ocupaba siempre, cogiendo un montón de periódicos de días anteriores. No le llamaron la atención hasta que se fijó en las fechas, las cuales databan de cuando Severus se había marchado, hace un par de semanas. Después de todo, no eran tantos días, pero a ella se le habían hecho meses en su ausencia.
Planeaba ojearlos hasta encontrar las tragedias ―siempre muy ocultas―, pero se sorprendió que éstas estuvieran grabadas en las mismas portadas.
"Matanza en pueblo muggle arrasa con treinta personas. Diez fueron sobrevivientes heridos y tres ilesos".
Los ojos de Merlina se estrecharon con repulsión.
"Casa de magos en Cornwall es arrasada"
"Niños encontrados bajo sus camas, muertos"
"Tres brujas dueñas de casa fueron besadas por un dementor. Descansan en San Mungo"
Y así continuaban los trágicos titulares a lo largo de más de catorce periódicos. La cara pálida de Merlina se desfiguró por el horror, y se sintió fatal al imaginar a Severus metido en todo aquello.
Sintió alivio de estar en el castillo. Allí, por fortuna, estaría segura.
Dejó la torre de periódicos a un lado y esperó hasta la nueve de la mañana para regresar a la oficina del director, y nada. Se le puso la piel de gallina. ¿Y Albus? ¿Dónde estaba Dumbledore? No le dio muy buena espina, pero tuvo que controlar su ansiedad que pujaba por ir en escalada.
Bajó a desayunar para luego irse a dormir. Estaba agotadísima. Sin embargo, nueve minutos más tarde, una lechuza sobrevoló por sobre las cabezas de los estudiantes.
Estaba untando mermelada en su pan con esmero y abundancia cuando la lechuza parda le rozó el hombro, dejando caer una la carta en su regazo.
Merlina cogió el sobre con desinterés, sin pensar siquiera que era raro que recibiera una carta. El sobre era de color crema y las letras eran muy negras y elegantes.
Merlina A. E. Morgan Grace
Celadora
Algún lugar de Hogwarts
Las cejas se le juntaron a tal extremo que lucía enojada. El corazón súbitamente se le había acelerado. ¿Quién le habría enviado una carta? Definitivamente no era de Severus. Esa no era su letra, y no podría haberlo hecho jamás, aunque deseó fervientemente que fuera así.
Entonces, al ver el sello del dorso, se dio cuenta de que provenía del Ministerio de Magia. Con dedos temblorosos extrajo el pergamino meticulosamente doblado dentro y lo desplegó.
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Estimada señorita Morgan:
Cordialmente le informamos que el reciente 6 de febrero del presente, (ayer —pensó Merlina) se ha encontrado una pertenencia del reo Craig Ledger, fallecido el pasado 31 de marzo de 1998.
Haciendo una revisión de celdas anteriores, en específico la número 320, recientemente se halló un diario de vida del señor Ledger, el cual específica en la última página, y la única que es visible a ojos ajenos, que le pertenece a usted exclusivamente. Se ha hecho una exhaustiva revisión para descartar cualquier maldición del objeto.
Haciendo hincapié en que estos objetos personales se destruyen luego de un mes de encontrados, se le ruega venir lo antes posible a realizar el retiro. La primera parada es en el Ministerio de Magia. Luego funcionarios la acompañarán hasta Azkaban para efectuar la entrega y dejar la constancia del retiro.
Se le aconseja que entre por la puerta de personal. La entrada de visitantes ha dado problemas.
Sin más que decir
Saluda atentamente:
Trevor Humphrey
Departamento de Seguridad Mágica
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Al terminar de leer, las cejas de Merlina estaban tan arriba, que su frente parecía pasa de estar tan arrugada. ¿Cómo? ¿Un diario de Craig Ledger para ella?
Se quedó en blanco durante unos segundos, sin saber qué demonios pensar, observando la nota con desconfianza, como si pudiera salir algún demonio de ésta. Ella tenía que ir al Ministerio y más tarde a Azkaban, la fétida y terrorífica cárcel de los magos. No le apetecía para nada.
Recordaba perfectamente la vez que había ido, precisamente por algo que concernía a Craig Ledger. En ese entonces, algo tenían que ver los dos. Él la había secuestrado quién sabe con qué intención, pero Merlina se salvó de un destino cruel. Sin embargo, en esos instantes, ¿qué los conectaba? Absolutamente nada. Él estaba muerto, metros bajo tierra, tal vez kilómetros. Quizá ni siquiera quedara nada de sus huesos. ¿Por qué debía ir a buscar el diario? No le pertenecía, no le interesaba; le provocaba escalofríos.
De eso se quería convencer, pero, como dicen, la curiosidad es más fuerte: el hecho de que los funcionarios sólo pudieran ver una página y el resto no significaba un misterio. ¿Y si había alguna información valiosa escrita por Craig en su diario, algo que ella fuera capaz de leer o descifrar?
Quizá debía ir a Azkaban. Sin embargo, ¿por qué le sonaba a una pésima idea?
No acabó de desayunar y se fue a su habitación.
No pudo conciliar el sueño, sorprendida de que hubiera otra cosa que le distrajera. Leyó la carta más de cinco veces, intentando de encontrar alguna señal que le hiciera decidirse. Tenía un mes para aceptar ir o no.
Claro que podía decidirse antes si así lo quería. Una inusitada sensación de curiosidad iba cubriendo cada centímetro cúbico de su cerebro, cada neurona. No entendía por qué tenía la sensación de que el diario le daría alguna respuesta a algo. Tal vez era una pista a algún tesoro, la estructura de un plan, el mapa de una maquinaria mágica.
¿Qué hacía?
Si no iba, se quedaría con la curiosidad.
Eso sería terrible y viviría nerviosa comiéndome las uñas, poniendo histérico al bebé también. No, eso no es sano.
Iba a tener que ir, pero tenía que hacerlo preparada. Los dementores volvían a habitar la cárcel y no quería tentar a la suerte de desmayarse o tener recuerdos pensamientos tan oscuros que la llevaran a la locura. Si supiera hacer un Patronus como corresponde… Quizá, con un poco de práctica, lo lograra. Los libros no le servirían, en ningún caso práctico resultaban acertados, lo mismo había ocurrido cuando una vez había intentado aprender Oclumancia para ocultarle sus propios pensamientos a Severus. Para eso se necesitaba concentración y relajación, por lo que nunca le resultó, ya que jamás llegó a ese estado mental. En este caso era diferente, porque debía tener la fuerza espiritual suficiente para crear o invocar un pensamiento feliz en su mente, de manera de proyectar el amuleto. ¿Cómo lo haría?
Si alguien le ayudara… Ginny podría hacerlo, quizá. O Severus, pero no estaba. Albus había desaparecido sin dejar rastro, pero a nadie parecía llamarle la atención, como si eso ya fuera normal, parte de una rutina.
Necesitaba a alguien perseverante y conocedor del tema para que la ayudara. Si tan sólo hubiera alguna persona así…
Pues la había.
―No creo que Dunstan quiera ayudarme ―se quejó en voz alta y temblorosa. Luego, rectificó, aceptando su mentira―. Eso era antes. Puede que me ayude ―se sentó en la cama y miró hacia la puerta con atención―. Sí, ella podría ayudarme. Lo hará, estoy segura.
La seguridad de Merlina se basaba en la actitud de Agatha. No se había burlado de ella, ni siquiera cuando le dijo tonta por creer que Severus podía ser su enemigo mortal —aunque sí selo había reprochado—. La había ayudado, la había consolado, y hasta se habían abrazado. Era algo que jamás se hubieran esperado ninguna de las dos, vergonzoso incluso.
Merlina calculó que la profesora debía estar impartiendo la última clase del día, así que esperó afuera del aula con paciencia, hasta que todos los estudiantes se retiraran del aula.
Los bancos se estaban ordenando por sí solos cuando entró; habían tenido clase práctica. Agatha recogía pergaminos acomodándolos en una bandeja que flotaba, ordenadamente.
―¿Agatha? ―le llamó Merlina. Decir su nombre fue algo que le salió del alma. Ésta la observó desconcertada; evidentemente no había pasado por alto oír su nombre de pila.
―¿Pasa algo?
―Quiero pedirte un favor ―replicó y dio unas zancadas hasta ella.
―¿Qué es?
―Necesito… Necesito que me enseñes a realizar un Patronus poderoso.
A juzgar por la cara de la otra mujer, se esperaba cualquier cosa menos eso. Dunstan aceptó luego de que Merlina le diera las razones. Explicó brevemente de su pasado con Craig y le enseñó la carta.
―No quiero verme afectada por los dementores. Me gustaría ser capaz de generar un escudo para ir protegida ―expresó con preocupación—. Y me apena reconocer que no soy capaz siquiera de formar una voluta de plata.
Dunstan la observó entornando los ojos, pero aceptó casi de inmediato. Sin embargo, subrayó condiciones para Merlina, y la primera de todas, era dormir como correspondía. El trabajo con el encantamiento Patronus solía ser agotador, y en su estado podía afectarle más de lo normal. Ella, en respuesta, no puso obstáculos para ello.
―Debes saber que no podemos practicar con un dementor real y que es diferente practicarlo sin él. Te saldrá más fácil conseguirlo ―advirtió Dunstan en la noche, de nuevo en su despacho. Merlina había dormido un par de horas antes de la cena para recuperar un poco de fuerzas.
―Alguien me dio una idea ―se adelantó Merlina con entusiasmo. Luego de haberle pedido el favor a Dunstan se había encontrado con Ginny y le puso al día con lo de la carta del Ministerio y expresó su preocupación por los dementores.
―¿Dunstan accedió a darte clases? ―farfulló la pelirroja, incrédula.
―Sí. Ella aceptó. Le expliqué la situación y la comprendió.
―¿La comprendió? ¿Por qué?
―No lo sé. Dunstan… Agatha no es lo que yo pensaba.
Merlina no quería contestar la pregunta realmente. Sabía que la nueva actitud de la profesora se debía a un montón de cosas: la ida de Severus, los ataques de tristeza que había presenciado y el inesperado embarazo. No le importaba que Dunstan le tuviera lástima, siempre que sacara algo bueno de allí.
―Bien, puedes utilizar un boggart para ensayar. Eso te hará las cosas más fáciles —le aconsejó Ginny.
Le dijo a la profesora sobre la idea, y le pareció perfecto. Emprendió de inmediato la búsqueda de uno por el primer piso. No tardó mucho en llegar con una caja bien sellada que se movía frenéticamente. La dejó sobre el escritorio.
―¡Mobili Apartarum! ―exclamó empuñando la varita. Todos los muebles se apegaron a las paredes, dejando el despacho mucho más espacioso.
Los primeros quince minutos se pasó explicando a Merlina la forma más "cómoda" de enfrentar a un dementor, y de extender el brazo para que no le doliera si es que debía intentar el encantamiento varias veces.
―¡Expecto Patronum! ¡Expecto Patronum! ―gritaba Merlina la mayoría de las veces, sacudiendo la varita con violencia.
Dunstan no se preocupaba en ocultar su exasperación, aunque fue paciente, más de lo que cualquiera se hubiera esperado.
Por algo es profesora —reconoció Merlina.
―Tus memorias no son lo suficientemente fuertes, Morgan, y no es necesario que te bases solamente en recuerdos. Pueden ser pensamientos, cosas que quieras conseguir en el futuro, un sueño que te gustaría hacer realidad. No existen las limitaciones.
Merlina, que veía el futuro todo negro, o gran parte de él, siguió tratando con los recuerdos, hasta que probó con el primer beso que obtuvo de Severus en el armario. Con eso consiguió lanzar unas deformes volutas de humo, más consistentes que las pequeñas chispas debiluchas que aparecían al inicio.
Hacia las once de la noche logró invocar una cosa deforme y grande, y allí recién pudo hacer su primer enfrentamiento.
Dunstan liberó al boggart en el centro de su despacho, lejos para que dispusiera su atención sólo en Merlina. Sin embargo, el esperado dementor no salió, y en vez de eso…
―¡MIERDA! ¡Noooo! ¡No! ―Merlina corrió hasta el escritorio para subirse en él.
Arañas diminutas, cientos habían salido de allí, trotando al mismo ritmo como un ejército dispuesto a matar a sangre fría.
―¡Riddíkulus! ―exclamó Agatha convirtiendo el montón de arañas en mocos diminutos pegados al suelo. Se juntaron en una bola gigante y llena de pelusas, hasta que regresó a la caja y quedó encerrado, temblando―. ¡Bueno! ―exclamó anonadada―. ¡Jamás me esperé que se convirtiera en arañas!
―Ni yo ―suspiró Merlina desalentada, pálida como la cera.
―Creo que todavía no temes tanto a los dementores. Tal vez debamos trabajar en ello primero: conseguir el miedo ―concluyó.
Merlina, por tres largas noches, recibió sesiones de "ten miedo al dementor", por Agatha Dunstan. Le inculcó el terror con palabras duras y negativas, hasta que consiguió su fin en concreto: que nada, ni las arañas ni Severus incendiándose, pudieran ser miedos peores que el estar al lado de un dementor, o correr el riesgo de ser besada por uno.
A la novena noche, el domingo, Merlina comenzó por fin con la práctica definitiva y, por segundos, se arrepintió de haber tenido éxito en temerle a los dementores, porque recuerdos horribles la abrumaron, haciéndose densos y más lúgubres de lo que eran. Oyó la voz de Drake, su hermano, mil veces más fuerte y desgarradora. La luz del incendio se veía más infernal que nunca, cegándola. Se recordó a sí misma hecha un bulto en el suelo, llorando, destrozada y e inundada de una sensación de soledad absoluta.
También recordó la primera vez que hizo magia a los siete años. Había hecho que el espejo estallara delante de ella porque había discutido con su hermano. Era una imagen insatisfactoria, dado que se culpaba a sí misma de estar loca, de que un espejo no estallaba sólo. Temió contarle a su hermano o a sus padres, porque no le creerían y la regañarían por haberlo roto. La desesperación hizo que se reparara por sí solo, y eso fue más aterrador aún. Aseguró que el espejo estaba maldito y sufrió dos semanas enteras todas las noches, durmiendo tapada hasta la cabeza para no ver el reflejo en la oscuridad. Temía que aparecieran cosas extrañas o que algún ente desconocido la poseyera.
Revivió la sensación de estar en una maleta, raptada por Craig, y la angustia que había sentido cuando éste la perseguía. Por eso recordó el diario y se armó de valor para continuar dos veces más. Dunstan le prohibió una cuarta vez, y la obligó a que se fuera a dormir. Merlina cayó rendida en la cama.
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Se tomó el día siguiente libre. Exceso de náuseas, mareos y dolor del busto le hicieron quedarse en cama. Encargó a Dunstan que estuviera pendiente por si llegaba Albus.
La profesora la fue a visitar varias veces para ver cómo estaba, pero siempre dando la negativa de la presencia del director.
Merlina se prohibió preocuparse por él e intentó recolectar otros recuerdos felices para volver a la práctica el martes. Ese día se cumplían los dos meses de embarazo, y la evolución de su vientre se estaba haciendo evidente mirándose desnuda y de costado en el espejo. Mientras pudiera disimularlo con su propia ropa, todo estaría bien. Estaba más reacia que nunca a que los demás se enteraran.
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Cuatro días hicieron falta para que Merlina aprendiera a manejar su Patronus. Al principio pensó que era un unicornio, tal como el de Severus. Luego se dio cuenta de que era un Kelpie. Su Kelpie, el caballo hechizado que había rescatado una vez de un triste final. Ese día Severus la había abrazado para protegerla de un posible ataque que nunca ocurrió, pero no fue un tan buen recuerdo como ella pensó. De todos modos le sirvió lo suficiente para aplacar los malos pensamientos mientras intentaba invocar al Patronus, y eso era todo lo que necesitaba.
No dejó pasar más tiempo, y apenas pudo, a primera hora, se dirigió al Ministerio de Magia.
―Que te vaya bien, y estate tranquila ―le recomendó Agatha, despidiéndola en el Vestíbulo con un gesto de la mano.
A Merlina no le gustó para nada llegar al Ministerio. Tuvo que emplear todas sus ganas para aparecerse en el lugar adecuado. La aparición era lo más seguro para ella. Además, la entrada del personal del Ministerio era un verdadero lío. Nunca entendió por cual puerta tenía que entrar, pero lo logró.
No se sacó la capucha hasta que estuvo segura adentro, bajo ese techo azul eléctrico, pero no le duró mucho aquella sensación. Aún había fotografías de Craig pegadas en un tablero junto con otros criminales, pero no era de extrañarse, si aún había imágenes de Sirius Black, quien ya no se consideraba un malhechor. La expresión de asesino de Craig era demasiado real para no temerle.
Recordó el camino hasta el Departamento de Seguridad Mágica a la perfección. Su mente estaba muy clara; sus manos, temblaban. El encierro del ascensor para ir a la segunda planta no le agradó. Cerraba los ojos cada vez que descendía.
Trevor Humphrey la recibió en persona, muy formalmente. Era un hombre de rasgos alargados y muy huesudo. La túnica color magenta le pegaba horrible, le daba el aspecto de vampiro con falta de sangre.
Merlina no halló nada más raro en él, salvo que era muy frío. ¿Estaría bajo la maldición Imperius?
―Me ha dicho que usted es Merlina Morgan, ¿no? ―inquirió con voz plana.
―Sí ―asintió Merlina.
―No era precisamente necesario que viniera hasta aquí ―dijo él con exasperación―. Sólo tenía que preguntar en el Atrio por nosotros y le hubiéramos enviado a sus escoltas. Además, su propiedad está allí, en mesón. Le aconsejo que vaya y lo solicite.
—Creí que tenía que ir a Azkaban a retirarlo. Eso decía la carta —señaló Merlina, extrañada.
—Quien la redactó debe haber cometido un error…
—Usted redactó la carta.
—¿Cree usted, realmente, que tengo tiempo para eso? Sólo pongo la firma, señorita. De todos modos, dos de mis subordinados no tardarán en llegar al lugar. Aguarde allí; es una obligación que firme en el registro de pertenencias de reos que está en la cárcel, así que, de todos modos terminará yendo a Azkaban.
Merlina asintió, un poco desconfiada, y partió otra vez al lugar. Estaba demasiado nerviosa como para enojarse por el poco tacto del jefe del departamento.
El ascensor le provocó mareos y tuvo que obligarse a no vomitar encima de todas las personas que la acompañaban.
Eric Munch, el joven del Atrio, miraba una revista distraídamente cuando ella se plantó frente a él. O la estaba ignorando, o es que de verdad no se había dado cuenta que ella esperara a que la atendiera. Frente a él la Fuente de los Hermanos Mágicos funcionaba silenciosamente, así que no formaba parte de la distracción.
―Ejem… disculpa ―le llamó Merlina con algo de exasperación.
―¡Oh! Lo siento, no me había dado cuenta ―se disculpó con sinceridad—. ¿Qué se le ofrece?
―Soy Merlina Morgan y vengo a buscar un… ―De la nada aparecieron dos magos serios, poco más altos que ella, colocándose a ambos costados. Eran sus protectores—. Vengo a buscar un diario que perteneció a Craig Ledger ―dijo con cierto disgusto; no le agradaba decir su nombre en voz alta―, me dijeron que aquí estaba. No sé si…
―Ah, sí, sí, lo recuerdo ―el muchacho dejó un paquete envuelto en papel café sobre el mesón. Era un rectángulo no muy grande de tamaño, pero tenía más de doscientas páginas a juzgar de su espesor.
Antes de que Merlina lo recogiera, colocó con brusquedad un pergamino encima de él, el cual contenía letras muy diminutas, demasiado ilegibles para Merlina si no contaba con lentes para leerlas. Como últimamente no leía tanto, no le era necesario usar lentes.
El chico le entregó un tintero y una pluma.
―Tienes que firmar aquí, aquí y… Aquí. Es sólo para constatar que retiró el objeto. Luego tiene que dirigirse a Azkaban para firmar el documento de allá.
Merlina miró pensativa al joven, exasperada por tanta burocracia. Esperaba que no hubiera ni un truco de dinero de por medio, porque tampoco tenía mucho, a menos que se contaran sus ahorros para su casa soñada ―un pensamiento lejano en esos momentos―, pero no sería justo un cobro adicional.
Munch le devolvió la mirada con obstinación.
―Tiene que firmar.
Finalmente Merlina hizo su firma ―algo infantil y complicada― y entregó el papel. Tomó el diario y se dio media vuelta para emprender el camino con los dos magos. Antes, sin embargo, decidió echar un vistazo a lo que había dentro. ¿Y si era otra cosa? ¿Alguna trampa?
Echó un vistazo a su alrededor y vio que el típico ajetreo del Ministerio de Magia no era el de siempre. Algo extraño había allí, todo parecía estar fuera de lugar.
Sus escoltas caminaban hacia una chimenea, sin darse cuenta de que ella se había quedado unos cuantos pasos detrás. Debían de creer que ella iba tras ellos.
Suspiró, le echó una ojeada a Munch y comenzó a desenvolver el diario a mitad del camino. Sus manos estaban más tibias de lo normal, pero eso no le distrajo de su pensamiento: quería ver que no le estaban pasando gato por liebre y había firmado cualquier otra cosa. Sacó el diario y miró la portada atentamente. Era color madera y en la esquina inferior derecha estaba el nombre de Craig escrito con tinta especial. Era su letra, podía reconocerla todavía.
Justo en ese momento Merlina Morgan se lo vio venir. Al momento en que sus ojos leyeron el nombre grabado sintió cómo un calor diferente tomaba forma en su pecho, como un animal creciendo ferozmente y a una velocidad increíble, expandiéndose como una fuerza sobrenatural por todo su cuerpo. Soltó el diario justo a tiempo, antes que el fuego escapara de sus manos. No era fuego metafórico, sino literal, que nació directamente de la punta de sus dedos y cayó como lenguas ardientes en la alfombra, desatando un incendio inmediato.
Las manos de Merlina se encerraron en puños instantáneamente para impedir que volviera a ocurrir. De todas maneras, nada importaba ya: era demasiado tarde.
―¡A ELLA! ―escuchó que alguien vociferaba a lo lejos.
Todo comenzó a ocurrir en cámara lenta: ella retrocedió unos pasos de la masa ardiente que llameaba, con los ojos dilatados de pánico. La gente corría para todos los lados, aullando de terror y diciendo cosas incomprensibles.
Entonces Eric Munch, quien había estado pendiente de cada paso que ella daba sólo por mirar, volvió a gritar:
―¡Fue ella ¡Ella lo hizo! ¡CAPTÚRENLA!
No supo de donde aparecieron tantos magos juntos para cercarla, pero parte de ellos estaban apagando el fuego con chorros de agua, mientras otros lanzaban cuerdas de sus varitas para atraparla.
Ella ni siquiera había intentado escapar. No supo la justificación de tanta violencia. Estaba aterrada y muda. Sus manos quisieron acomodarse sobre su abdomen, pero no alcanzaron.
Las sogas se enrollaron en sus manos y pies y cayó como un costal de papas hacia el suelo. Tuvo suerte de caer de costado. Dentro de todo, lo único que le preocupaba era su hijo.
Tembló indefensa, sintiendo el olor a humo que se colaba por su nariz.
