Capítulo 43: Atrapada en Azkaban

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Desde ese ángulo veía sólo parte de los magos, quienes le echaban vistazos de reproche y susurraban cosas entre ellos mientras ella estaba tendida en el suelo. No se atrevía a mirar atrás, porque sabía que estaba sin escapatoria. No había tenido tiempo siquiera de reparar su error: actuaron casi de inmediato para irse en su contra.

Tras varios minutos, dos magos se apartaron ante sus ojos, dando paso a una pequeña y rechoncha figura que llevaba su gruesa varita en alto.

Los ojos de Dolores Umbridge expresaban algo más que rabia, y era el despreciable gesto de triunfo absoluto, como si esperase eso de hacía mucho tiempo. Vestía una túnica negra con una chaqueta rosada encima. Un listón del mismo color decoraba su cabeza, y una sonrisa flácida se acentuaba en su cara.

―Vaya, vaya. Venía por el ascensor hasta acá cuando me llegó un memorándum notificándome que alguien había causado un disturbio con fuego en el Atrio ―comenzó a decir afiladamente―, y no se me pasó por la cabeza qué pudo haberlo causado. Y (cosas de la vida) ―hizo una pausa, relamiéndose― llego y mira a quién me encuentro. ¡Con Merlina Morgan! Porque, no creas que me he olvidado de ti, chiquilla. Te tengo en la retina. Me ofendiste en el verano con tu defensa barata, y para qué decir Dumbledore, quien estaba cuidándote la espalda.

Merlina no sabía qué decir. Un "yo no lo hice" no podría rescatarla. Ella lo había hecho; ella había incendiado la alfombra, ¿cómo? No tenía idea. O sea, no sabía si lo sabía. Era todo tan extraño… Un enredo de pensamientos palpitaba en su cabeza.

―Acepto que mi error estaba en no investigar tus fechorías adecuadamente, y aunque ahora no lo he visto, Eric Munch es un muy buen testigo ocular, como varias otras personas aquí en este instante. Por lo tanto, eres culpable; sigues siendo un peligro social aunque hayas causado el incendio con o sin varita. Eres una pirómana sin remedio, y no puedo dejar que arriesgues al pueblo mágico con esas malas costumbres.

Merlina abrió la boca sin que palabra alguna saliera de ella. Estaba pasmada.

―Irás a Azkaban, Merlina Morgan, donde gente como tú merece estar.

Merlina reaccionó ante esa noticia.

―¿Qué? ¿QUÉ?

―Irás a Azkaban.

―¿Azkaban? ―repitió con el miedo predominando en su voz―. ¡No puede llevarme a Azkaban!

―¿Y por qué no debería llevarte? ¿Negarás lo que has hecho?

―¡No sé cómo lo hice! ―La voz de Merlina comenzaba a salir atropelladamente, y sus manos se movían deseosas por liberarse de las ataduras, al igual que sus pies―. ¡No lo hice adrede! ¡No puede llevarme a Azkaban!

―La razón no es suficiente…

―¡No puede…! ¡Pagaré una multa! Pero ¡no puede…!

No puede porque estoy embarazada. No puede…

La palabra de Merlina volvió a quedar atrapada en su boca.

―Sí, sí puedo. Es hora de que te habitúes a tu lugar ―señaló Umbridge con maldad. Los ojos de los funcionarios estaban clavados en la cara de la señora. Nadie tomaba en cuenta a Merlina―. ¿Quién sabe si causas otro problema y colocas a más gente en peligro? Porque hoy, de pura suerte, no ha sucedido nada. Lamento que ya no hagamos juicios para este tipo de casos.

Merlina estuvo tentada de decir "por favor…", sin embargo, el ver la repugnante expresión de aquella mujer le hizo retractarse. No iba a intentar buscar su misericordia, cuando sabía que no la iba a encontrar. Y lo que menos deseaba era quedar en vergüenza, como una joven debilucha… Que era lo que era en realidad en esos instantes.

¿Cómo iba a salir del problema en que se hallaba? Eso era una pregunta que debería responderse cuando tuviera alguna idea. ¡Y sin juicio! Allí podría haber trabajado para dar un poco de lástima a los del Wizengamot…

―Ahora, ¡llévenla a Azkaban! ―ordenó a los mismos hombres que iban a acompañarla para que firmara. ¡Qué ironía!―. ¡Accio varita! ―exclamó finalmente para apoderarse de la varita mágica de Merlina, tan ágilmente, que ella ni siquiera pudo hacer el ademán para alcanzarla.

Las cuerdas de los pies desaparecieron al momento en que los escoltas la tomaron de los brazos para reincorporarla, sin ningún tipo de respeto o delicadeza por su persona.

Merlina sabía que, aunque opusiera resistencia arrastrando los pies o quedándose estática, no iba a conseguir nada. La llevarían fácilmente de todas maneras y ella debía velar por su seguridad física de la mejor forma posible. Estaba consciente de no tenía que correr riesgo.

Sin embargo…

¿Por qué a ella? ¿Por qué había ocurrido aquello? ¿Por qué en ese instante tenía que ponerse a escupir fuego por las manos, si ni siquiera se había sentido enojada por algo? ¿Es que, acaso, iba a comenzar con el cuento de quemar las cosas otra vez?

Estaba nerviosa, con miedo y hasta enojada, pero sus manos ni ninguna parte de su cuerpo ardía en ese instante. ¿Qué había cambiado el momento? ¿Qué había hecho expulsar su "poder"? Porque, al fin y al cabo, se trataba de la manifestación inoportuna de su poder. Si de algo estaba segura, era que no había sido coincidencia. Allí había hipogrifo enjaulado.

Los hombres la condujeron hasta el exterior del Ministerio, donde la hicieron caminar por un callejón que llevaba a un teatro antiguo. En ese lugar desaparecieron todos juntos.

La sensación de desaparición se le hizo más terrible que nunca. En conjunto era más incómodo que solo. Fue como si los órganos se apretujaran unos contra otros, en un tubo estrecho y ahogante…

El viento salino le abofeteó la cara, revolviéndole el pelo y enredándole la túnica en los pies. Abrió los ojos esperando encontrarse dentro de la misma prisión, o al menos en la entrada de esta ―podía recordar que había una especie de mostrador con un par de hombres atendiendo―, pero se hallaba afuera. Estaba en una pequeña playa rodeada de rocas. El lugar era extremadamente pequeño, como esos roqueríos arrinconados a los que no se podía pasar con facilidad. Ella estaba allí, con el inacabable mar oscuro ante sus ojos. En el cielo se arremolinaban nubes negras, preparadas para descargar lluvia. Hacia el horizonte, muy a lo lejos y lo que podría pasar por un crucero fácilmente, estaba Azkaban. Era un punto diminuto, a kilómetros y kilómetros.

El viento volvió a golpearle con fuerza, entumeciéndola.

―Vamos ―dijo uno de los magos para hacerla avanzar hasta un bote encallado, destartalado, desteñido y lleno de musgo.

―¿Cruzaremos en bote…? ―inquirió Merlina con el estómago revuelto antes de tiempo.

Ninguno de los dos contestó y la alzaron con brusquedad para dejarla caer en un asiento.

Comenzó un viaje silencioso e inquieto, pero a toda velocidad, evadiendo las feroces olas por la magia que poseía el propio barco. Merlina, a mitad de camino, tuvo que agacharse contra el agua vidriosa y vomitar. Fue inevitable: el olor a algas, sal y óxido no le gustaba nada y debía respirar, porque si no le iba peor. O se ahogaba o tenía náuseas.

¿Cómo había ido a parar allí? Seguía haciéndose la misma pregunta. Si no hubiese sido por esa señora infernal, no estaría ocurriéndole eso. ¿Por qué debía ir a Azkaban? Que la internaran en San Mungo daba igual, pero en Azkaban… ¡Y por un diario! El maldito diario de Craig; ¿qué le importaba a ella el diario de alguien muerto?

¡El diario! ¿Dónde estaba el diario?

Tener las manos atadas no le ayudaba en nada, pero se palpó los bolsillos como pudo. ¿Dónde estaba el diario de Craig?

Suspiró abatida: lo había dejado caer antes de que pudiera incendiarlo. Había quedado en el suelo del Ministerio. ¿Y si se había quemado? Bueno, ¿y qué le importaba? Pues, le importaba mucho, porque ese era el motivo por el que se hallaba en ese embrollo en primera instancia.

Luego de casi diez minutos de viaje arribaron a las primeras rocas oscuras que componían la base de la fortaleza. El frío caló a Merlina más allá de los huesos, sintiendo la presencia de ellos, de esos repugnantes seres. Tragó saliva dolorosamente, oyendo su propio corazón latir violentamente.

La ayudaron a salir del bote y no por caballerosidad, sino por la peligrosa bajada. Las rocas eran resbalosas, en extremo inseguras. La idea era castigar y no matar a la joven.

La condujeron hasta una caverna cercana. Ésta se convirtió en un pasadizo irregular y estrecho, con peligrosas estalagmitas y estalactitas, pero alto.

De pronto apareció una escalera, y, al final de ésta, una puerta negra. Allí estaba la recepción a la que había ido Merlina hace un año, similar a un vestíbulo. El mostrador circular ya no era custodiado por los mismos magos con cara de zombi, y apostaba porque no eran buenos. Sus caras eran diferentes; el brillo de la maldad se reflejaba en sus ojos. Seguro que eran Mortífagos.

―¿Merlina Morgan? ―inquirió uno de los tres sujetos. Ella asintió lentamente―. Sí, bien, te esperábamos. Recibimos un mensaje de Madame Umbridge. ―Del mostrador sacó un trapo sucio y se lo lanzó a la cara sin delicadeza―. Ponte esto y apégate a esa pared que tiene los números de estatura.

Merlina tomó el paño, lo que resultó ser una remera rallada de reo, muy desgastada. Olía a húmedo y lo blanco estaba gris. Aguantando la respiración se la puso y se apegó a la pared. Su cabeza marcó ciento setentaidós centímetros.

Ni siquiera hicieron el conteo para tomarle la foto. Simplemente se la tomaron, dejándola ver colores extraños en los ojos por un buen rato. Debió haber salido con cara de asustada y, luego, con una mueca.

―Sácate la remera y entrégamela.

Merlina se la sacó y la lanzó tal como lo hizo él, agradecida por librarse de ese trapo mugroso. El hombre la lanzó hacia abajo del mostrador. Merlina se sintió asqueada al pensar que era de uso público.

El segundo mago sonrió pérfidamente y habló:

―Tenemos preparada tu celda. Acompáñala, Alistair.

La mujer supo que se refería al tercer hombre, el más raro de todos. Su columna vertebral tenía una notoria escoliosis que le hacía cojear. Éste le hizo un gesto para que lo siguiera.

―No se te vaya a ocurrir la locura de salir corriendo o algo por el estilo ―le avisó mirando hacia atrás para verla de soslayo―. Recuerda que yo estoy armado y tú no.

Merlina no contestó nada. No se le había pasado por la mente, y no lo hubiera intentado tampoco. Iba demasiado pendiente de controlar su respiración, el terror y los alocados latidos de su corazón.

Caminaron hasta una puerta que daba al exterior, a un característico puente serpenteante que mostraba el lugar en casi toda su extensión.

―A-aquí… ¿hay dementores? ―preguntó ya sabiendo la respuesta de antemano.

―¿Aquí? No. En la séptima planta, donde vas tú… hay muchos.

A Merlina se le puso la piel de gallina y no pudo seguir caminando. El tal Alistair tuvo que colocarse tras ella y comenzar a empujarla con una mano para que subiera los eternos peldaños que llevaban hacia su celda.

Hacia el cuarto piso, los pensamientos de Merlina se comenzaron a ver afectados por intervalos de tristeza profunda; en el sexto ya no le quedaba optimismo. Y, en el séptimo…

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¿Estaba en una cama? No, yacía en el suelo helado; se había desmayado en el camino. Probablemente el hombre que la acompañaba la había dejado allí. Abrió los ojos de golpe: ya estaba adentro de su celda, de casi tres metros cuadrados y con un gran trozo de pared que faltaba y se colaba el aire gélido. Era imposible que escapara por allí por el peligro que implicaba. Estaba a gran altura, en un risco pedregoso, así que ese agujero era una desventaja para su salud.

Un dementor respiraba con fuerza delante su reja. Parecía que la miraba. Su tétrica presencia hizo que Merlina empezara a pensar y recordar cosas que no debía. ¿De qué le habían servido las clases de Dunstan si no tenía varita?

Su cuerpo delgado se acurrucó en el rincón menos frío, sollozando, desprotegida.

Corría por un pasillo de Hogwarts tenuemente iluminado por las antorchas, huyendo de algo que no sabía qué era. Aquello era "un no sé qué" que la aterraba, que le helaba la sangre y el alma. Su cuerpo dibujaba sombras deformes y espeluznantes en las paredes al pasar.

Siguió corriendo sin parar en un camino repetitivo, sin cambio alguno, como si estuviera en una especie de trampa, hasta que llegó a la primera puerta. Quiso vacilar antes de abrirla, pero su mano fue la que actuó primero.

Al traspasar el umbral se encontró en un bosque oscuro y con una muchacha no muy menuda para su edad de cinco años, con dos trenzas hechas en su pelo castaño oscuro. Sus ojos grandes y brillantes miraban con urgencia su entorno en búsqueda de algo. Tenía el vestido púrpura lleno de barro y la cara con un rasguño largo y sangrante.

¡Papá! ¡Papi! ―gritó otra vez con una voz aflautada, molesta para los oídos, callándose en seguida para escuchar si había respuesta. Un ruido de pájaros volar de sus nidos sonó por sobre su cabeza, provocándole un escalofrío.

No hubo respuesta alguna y la chiquilla se echó a llorar contra el tronco de un árbol, ruidosamente. Estaba perdida. Había salido con sus padres y su hermano a hacer una excursión y ella, por seguir a un zorro, se había extraviado. La niñita tenía miedo y Merlina sintió el mismo miedo de aquella vez cuando pequeña. Esa sensación de soledad y silencio sepulcral, y el saber que podría no volver a ver a su familia, ni jugar con tus juguetes ni recibir cariño, o beber su leche achocolatada preparaba por su querida madre, ni acurrucarse en su cálido pecho…

¡Merlina! ¡MERLINA! ―comenzaron a llamar distintas voces a lo lejos.

La cara iluminada de la muchacha se alzó y se hizo notar otra vez, hasta que sus padres y hermano aparecieron corriendo para estrecharla en un apretado abrazo. La llenaron de palabras cariñosas y mimos. Luego, felices se fueron.

Pero la Merlina real se quedó allí, entumida y acurrucada en la tierra, sabiendo que no iban a venir por ella, que nadie le diría cuánto la quería, que ni un alma le tomaría de la mano para llevársela a algún refugio. Tenía tanto miedo…

De pronto, volvía a correr por el pasillo y encontró otra puerta. El escenario no cambió mucho: había entrado en la mazmorra de Pociones, tan conocida para ella. Se vio a sí misma otra vez, rodeada por compañeros de clase muy borrosos. Mientras hacía la poción, a intervalos miraba al profesor Snape, uno mucho más joven y hosco que el de la actualidad. Éste la ignoraba olímpicamente, pero ella insistía, obstinada, arriesgándose a sonrojarse si él le devolvía la mirada.

A la Merlina adulta se le encogió el estómago de lástima. Esos ojillos resplandecientes miraban esperanzados al profesor, como si pensara que él podría tomarla en cuenta en algún momento. ¡Qué ilusa!

De pronto, exasperados, éstos se volvieron hacia ella, insondables y frívolos.

Si no quiere que le quite puntos, señorita Morgan, ponga atención a su poción ―le espetó aproximándose a ella amenazadoramente.

La Merlina de catorce años sonrió para sus adentros, satisfecha de su logro, aunque avergonzada de haber sido expuesta; la adulta, en cambio, se sintió triste, con la sensación de que no le importaba en absoluto a él, y que era apenas un objeto de diversión para cuando deseaba burlarse de alguien. Una especie de catalizador había sido ella para el profesor, una entretención.

El recuerdo se alejó y se encontró en el pasillo otra vez, andando a toda velocidad. Una puerta doble le aguardaba. Cuando entró, se desató el infierno. Verse a sí misma destrozada, y perder a su familia por segunda vez, era algo indeseable de presenciar, el más terrible de los recuerdos. No era agradable sentir cómo el alma iba escapándosele trozo a trozo.

Cuando fue a parar a una cuarta puerta, se encontró a sí misma en la habitación de la casa de sus tíos, pensando tristemente en cómo habituarse. Asumía que no podría tener una adolescencia rebelde: le iba a deber todo a sus tíos y tendría que comportarse para pagar esa deuda, contribuir con una buena relación. Pero no había esperanza alguna, hasta que, un día, su primo decidió tratarla como a una amiga y su vida dio un vuelco…

Merlina adulta no vio la parte positiva, sabiendo que era ajena a la familia, que era huérfana y estaba completamente sola. Nunca iba a salir de allí, del aquel agujero solitario y gélido. Nunca.

Otras cuantas puertas pequeñas la llevaron hacia distintas escena de su vida, todas con algún final aceptable que ella no podía ver. Sólo la dejaban con la sensación de estar más desolada que nunca, sin posibilidades de hacer algo, de salir adelante, de salvarse.

Entró a la segunda puerta doble que contenía una gran gama de situaciones únicamente basados en Severus. Éste se burlaba de ella, la doblegaba en su trabajo de celadora, actuaba desequilibradamente confundiéndola y llenándole de dudas.

El final del pasillo de Hogwarts terminaba con la puerta más grande y tétrica de todas. Ésta contenía los recuerdos y pensamientos desde que Severus la había dejado, y de cuando ella se había enterado de su embarazo. La soledad y la angustia se repetían. El temor por saber que tenía algo dentro de sí que cambiaba su vida en ciento ochenta grados era espantoso. Y, el saber que podría cometer errores con ello, ya fuese causándole daño por su descuido o no sabiendo ser una madre, era fatal.

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Merlina, a ratos, tenía sus momentos de lucidez en los que se recordaba a toda consciencia dónde estaba, por qué y las consecuencias múltiples que podía tener más adelante, las cuales, todas, acababan en una muerte dolorosa e inevitable.

Tres veces en el día Alistair dejó un vaso de agua y una ración de pan mohoso para que comiera. Merlina, producto de su inestabilidad y pocos momentos con la mente activa, no pudo probar bocado. Su cuerpo estaba deshidratado y entumido. En unos pocos días moriría de hipotermia o por falta de agua, o peor: de algún tipo de daño causado al bebé. Aquel pensamiento le partió el corazón: ella no podía permitir que eso ocurriera. Era su bebé. Era el hijo de Severus Snape y de ella.

El dementor se daba alguna vuelta y, luego, volvía a mirarla, hambriento de su alma. Merlina tenía muchos recuerdos tristes, pero era tan feliz con los recuerdos que compensaban esos malos momentos, que eso provocaba un deseo eufórico en el repugnante ser de manos pustulosas.

Y así transcurrió el día, viajando entre pensamientos negros, sufriendo una de las incomodidades más grandes. Ni siquiera se dio cuenta cuando se orinó entre sueños, mojándose el pantalón y la túnica.

Llegó la noche y las tripas le rugían, pero no fue por eso que precisamente despertó. Cuando sus ojos se habituaron a la oscuridad, descubrió que estaba sola.

―¿Qué…? ―"Qué demonios" trató de preguntarse, pero su voz no alcanzó a salir del todo. Tenía la garganta seca, y el labio superior estaba adherido a sus dientes.

La pregunta iba al caso de por qué estaba tan mojada y sentía el trasero helado. Cuando sintió un olor a amoníaco supo que había cedido su vejiga en algún momento, liberando la orina que había retenido gran parte del día, antes de que comenzara a darle sed. Se avergonzó de sí misma. Aun así, el miedo le superaba para reprocharse algo como eso.

Se arrastró hasta el reluciente vaso de latón que estaba cerca de las rejas. Se encontraba muy débil; sus piernas se hallaban entumidas. Con desconfianza dio un pequeño sorbo e hizo bien en no haber dado el trago: era agua de mar. ¡Una trampa mortal para acelerar la muerte! Eso aseguraba una deshidratación rápida.

Lanzó el vaso contra las rejas, rabiosa, generando un ruido molesto.

Miró hacia el trozo de pared que no estaba: la luna apenas se asomaba entre una densa capa de nubes. Aún no se ponía a llover.

Sus ojos se llenaron de lágrimas.

―No puede ser que yo esté aquí… ―farfulló y se volvió a su rincón para abrazarse a sí misma y protegerse contra las ráfagas de viento.

Luego de un rato de tratar de desahogarse ―no lo logró; sus lágrimas no habían querido salir. Había sufrido demasiado mentalmente para poder hacerlo, además de la deshidratación evidente―, sus pensamientos viajaron hacia el inicio de todo aquello: la carta que hablaba sobre la invitación al Ministerio para retirar el diario de Ledger.

Y si… ¿Y si el diario había sido el culpable de que su poder se manifestara?

No sabía cómo ni cuándo, pero, si lograba salir de allí, lo primero que debía hacer era recuperar el diario. Que de algo valiera su estadía en Azkaban. ¡Porque ella no iba a estar allí por siempre! Severus iba a ir a buscarla… O ese fue el consuelo al que se aferró para poder resistir el resto de la noche, hasta que apareció otra vez el dementor para atormentarla.

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Era de noche cuando los emocionados comentarios de los Mortífagos acerca de un nuevo prisionero que había llegado a ocupar una de las celdas de Azkaban viajaron a los oídos de Severus Snape. Este se hallaba en el sur de Northumberland, en una de sus misiones para el Señor de las Tinieblas. No le llamó en absoluto la atención. ¿Qué le importaba a él si una víctima inocente o culpable caía a Azkaban? Sus preocupaciones iban hacia otro rumbo y ya no sacaba nada con lamentarse por los demás como lo hizo en el primer momento que se unió al Innombrable.

―Sí, es una bruja. ¡Imagínate! La cara de sapo la envió por andar prendiendo fuego con las manos en el Ministerio, ¿te imaginas? La muy desgraciada quería incendiarlo con todos adentro.

"La cara de sapo la envió por andar prendiendo fuego con las manos en el Ministerio…"

El corazón de Severus pegó un salto queriendo escaparse de su pecho. No tuvo necesidad de adivinar a quién se referían. Lo sabía. No había una confusión ni tampoco coincidencia, estaba seguro de que era Merlina. ¿Quién más podría causar un incendio con las manos? Y no era novedad para él que Umbridge quisiera capturarla.

Un suspiro de alivio salió de su boca cuando escuchó aquello. Prefería mil veces que ella estuviera a salvo allí, ahora que estaba planeado irrumpir en Hogwarts.

Ella estaría bien. Cerró los ojos y formuló una pequeña sonrisa.

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Agatha Dunstan hizo sus clases con normalidad ese día jueves en la mañana. No tenía motivo para no hacerlo. Tampoco le preocupaba la ausencia del director y la decreciente cantidad de estudiantes en el castillo. Y menos deseaba tener un motivo claro para ir a preguntarle a Morgan cómo le había ido en Azkaban. Sin embargo, desde que había presenciado sus decadencias en el último periodo y haber sido ella que descubriera y compartiera el hecho de que estaba embarazada, le hacía sentir, de alguna manera, responsable. Sí, "responsable" era la palabra correcta; "darle importancia" era exagerado. Pero, fuera cual fuera el sentimiento que predominase, se dirigió hasta el despacho de la celadora. Se la imaginó durmiendo a pata suelta, cansada por el viaje del día anterior. Seguro no había sido sencillo.

Tocó más de tres veces la puerta de su habitación, pero no contestó. ¡Qué sueño tan pesado tenía! Dudaba que estuviera dando vueltas en el castillo, a menos que estuviera comiendo en las cocinas. Sí, esa era una buena posibilidad.

Se retractó y se fue a las cocinas a buscarla, pero los elfos dieron testimonio de que no se había asomado en todo el día.

Bien —pensó— la dejaré dormir. Iré a la tarde, cuando sepa que pueda pillarla despierta.

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Ginny Weasley estaba nerviosa. Veía los periódicos cada día, y presentía que en algún momento iba a ocurrir algo malo. La primera señal de aquello fue la ausencia de Dumbledore. ¿Dónde se había ido el director? ¿Estaría cumpliendo algún tipo de misión para la Orden del Fénix?

Sin embargo, lo que le hizo retorcer sus entrañas, fue la brillante ausencia de Merlina. El castillo era distinto cuando estaba ella, Ginny lo sentía, pero era irrefutable cuando el mismo Mapa del Merodeador lo demostraba. ¿Dónde estaba? ¿Se había marchado?

Ginny analizó su entorno aquel día. El mundo parecía distraído, aunque preocupado. Los profesores enseñaban, pero se apresuraban a vigilar cada rincón por si había algún ataque. Sí, la pelirroja sabía que esperaban un ataque.

Por eso tuvo que crear un plan: ella iba a volver con su familia, y lo haría apenas finalizaran las clases. No tenía nada que perder, salvo su vida, pero sabía cómo hacer bien las cosas.

Buscó a Merlina durante los recreos con la esperanza de despedirse, pero no la halló por ningún lado.

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Volvió a las seis en punto de la tarde a su habitación y golpeó varias veces antes de entrar. No vio a nadie adentro, y supuso que ya se había levantado, así que partió otra vez a las cocinas.

―¿Dónde se ha metido esta mujer? ―farfulló, enojándose consigo misma por sentirse tan "responsable". Nuevamente no estaba en las cocinas.

Finalmente optó por lo más fácil: preguntarle a un alumno, y a quien primero se topó al salir de allí, fue a Ginny Weasley.

―Disculpa, Weasley, ¿has visto a Morgan?

―No.

"No".

Entonces un rápido pensamiento cruzó su mente: ella jamás había llegado. ¡No estaba en el castillo! ¿Cómo no se había dado cuenta antes?

El corazón se le aceleró al darse cuenta de su tardío descubrimiento.

―Gracias ―contestó a la pelirroja.

―De nada.

Ambas siguieron su rumbo.

Dunstan corrió hacia su despacho para colocarse una capa de viaje. Luego avisó a Minerva del caso muy resumidamente y partió hacia las afueras del castillo para tomar un carruaje.