Capítulo 44: Tía y sobrina
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Merlina despertó otra vez. No sabía qué hora era ni cuántos días habían pasado. Tal vez habían transcurrido años y ella estaba vieja. No obstante, al tocar su vientre se dio cuenta de que no era así. Apenas se estaban cumpliendo las veinticuatro horas de estadía.
Miró al dementor con debilidad, sin dejar, por un momento, que sus pensamientos lúgubres la abandonaran: era imposible. Al menos, podía ser un poco más dueña de sus acciones y poder moverse hacia el agujero de la pared y mirar el cielo que iba oscureciendo parcialmente. Debía de ser el atardecer.
Tenía hambre. Moría por comerse un trozo de pan con un kilo de mermelada encima y un té hirviendo. Pero daría lo que fuera por estar con Severus, tranquila, y decirle la noticia, sin importarle cuál fuera el resultado de ello.
―Ey, tú, ¿qué me miras? ―le espetó al dementor. Este no se inmutó. No se comunicaba de ninguna manera, al menos que absorbiera el alma de alguien.
El cuerpo de Merlina pedía a gritos un baño. Estaba sucia, sudorosa, hinchada y hedionda. Con casi nada de movimiento, y con unas cuentas veces que había tenido que orinar en algún rincón, ya parecía de no haberse lavado en años.
Lanzó una carcajada seca que quedó atrapada en las paredes. ¿Preocupándose por su estado higiénico? Su risa se transformó en un quejido profundo. Sólo pensaba en sueños irrealizables. Incluso llegó a pensar en sus antiguos amigos. ¿Y si aparecían ellos a buscarla? Harry, Ron, Hermione…
―Necesito ayuda… Severus…
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Entró al Ministerio de Magia haciendo sonar sus botas de tacón secamente contra el piso de madera, y luego contra la alfombra. Tan sólo quince minutos había tardado en llegar ahí. Caminó con seguridad hasta el Atrio y golpeó el mesón con un puño imponente, reclamando atención inmediata.
―Disculpe, señor Munch ―dijo con su voz impasible―, ayer se presentó una tal señorita Merlina Morgan. Es una colega mía y me gustaría saber si ella cumplió su cometido.
Munch la miró con un brillo de malicia en los ojos.
―¿Morgan? ¿Esa muchacha pirómana? Se la llevaron ayer a Azkaban por andar jugando con fuego aquí mismo, y no lo digo metafóricamente.
Aquellas frases atravesaron el cerebro de Agatha como hierros ardientes.
―¿Cómo dices? ―Dunstan se quedó helada. Sus ojos redondos se entrecerraron con recelo.
―Que se la llevaron a Azkaban. Fue Madame Umbridge quien lo ordenó ―hizo una mueca―. Casi la pilló en el acto, pero yo fui testigo de todo. ¡Vi perfectamente cómo lanzaba fuego por las manos! Fue asombroso, ¿sabe? Mañana saldrá la noticia de ello, El Profeta ya tenía portada para hoy…
―Mira, no me interesa lo condenadamente asombroso que haya sido eso o lo que piense hacer el periódico. ¿Dónde puedo encontrar a Umbridge? ―inquirió amenazante.
Munch se echó hacia atrás en el asiento.
―Vaya, ¡qué genio! Podría ser un poco más amable. En fin, puede encontrarla en alguna parte del Ministerio.
Agatha se aproximó al muchacho sobre el mostrador y le señaló el pecho disimuladamente con la varita.
―Mira, chico. Dime donde puedo encontrarla. No creo que desees hacer esperar a su sobrina.
Munch parpadeó, pudiendo notar ese sutil parecido que daba testimonio que eran familia.
―¿Su… su sobrina? Eh… bien. En la primera planta puede encontrarla.
―Perfecto. Muchas gracias.
Dunstan sonrió con los labios fruncidos, triunfante, y pegó media vuelta hacia el primer nivel.
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Merlina despegó la cabeza de la pared para inclinarse hacia un costado y liberar las náuseas. No tenía nada en el estómago y lo único que causaban esas convulsiones era que todo el esófago le doliera. ¿Cuánto tiempo podría soportar estando así?
Se puso de pie como pudo y se asomó al hueco de la pared, afirmándose para no caerse. Respiró varias veces y trató de mojarse la garganta. Abrió la boca y gritó con todas sus fuerzas al viento. Éste se llevó su sonido de inmediato. ¡Si tan solo pudiera bajar por las rocas!
―¿Ves lo que hago por ti? ―rabió mirando a su pequeño bulto con enojo.
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"Dolores J. Umbridge" dictaba un letrero dorado con letras hundidas en una puerta gruesa. Los funcionarios que pasaron a su lado mientras tocaba la puerta la miraron con curiosidad.
―Adelante ―dijo aquella voz chillona que tanto detestaba y que le llevaba malos recuerdos.
Entró sin perder tiempo y atacó de inmediato. Los gatitos de los platos que adornaban su pared la miraron con ferocidad.
―Hola, tía ―saludó con una sonrisa de profundo desagrado en sus labios. Poniéndolas lado a lado, cualquiera podría notar el parecido. La diferencia radicaba en que Dunstan no tenía maldad en los ojos y lucía ciertamente linda cuando no era una pesada.
Umbridge se puso de pie, sin hacer mucha diferencia de cuando estaba sentada. Apoyó sus gruesos dedos en el mantel de encaje rosado que estaba acomodado sobre la mesa con una pila de papeles, plumas y tintas.
―Tú no eres mi sobrina ―escupió con una ira que provenía de lo más profundo de su alma.
El semblante de Dunstan no cambió ni un poco, pero una minúscula partícula en su interior se removió en su lugar.
―Ya lo sabía ―contestó ella con voz de "¿qué pensabas?"―. Sólo quería ofenderte. Creo que eso te afecta mucho más a que te diga "vieja bruja", ¿o sí?
La cara redonda de su tía se tiñó de escarlata y sus dedos parecieron hincharse. Los anillos de pronto le quedaban más apretados.
―Como te atreves ―gruñó entre dientes sin dejar de devolverle una mirada feroz―. ¿Qué quieres? ¿Qué vienes a hacer aquí? ¡Vete!
―No me iré hasta que me escuches ―impuso Dunstan aproximándose hasta el escritorio e imitando la posición de Umbridge ―, además, me acabas de preguntar qué quiero. Pues bien, necesito que saques a Merlina Morgan de la prisión.
Dolores se enderezó, con su enorme pecho hacia afuera, orgullosa.
―¿Y por qué tendría que hacerlo? ¿Por qué crees que me importas o porque tú crees que mandas?
―Ninguna de las dos. Necesito que la saques.
―A ver, a ver… ¿Por qué lo "necesitas"? ¿Eh? ¡Contesta!
―Porque la odio y quiero hacerle la vida imposible ―declaró sin rodeos, lo suficientemente enojada como para hacer creíble el comentario―. Así que, si no te molesta en dar la orden…
Umbridge sonrió a medias.
―Yo no la odio, Agatha, pero me encanta saber que está en la cárcel pagando sus delitos. Además, sabes perfectamente que no podría hacer nada por ti. Nunca lo pude hacer, la verdad. Así que… No sé cómo se te ocurrió venir aquí, si sabías cuál iba a ser la respuesta que ibas a obtener.
―Es que yo no me voy a ir con otra respuesta que no sea "sí" ―contradijo Dunstan, aún tranquila.
―No creo que sea lo mejor para ti. Insistirás y me gritarás, y entonces… ―Dolores entrecerró los ojos―. Haré un llamado a los guardias y te llevarán a ti a Azkaban ―Agatha bufó―. ¿Eso es lo que quieres?
―¿Sabes? Lo que de verdad quiero es que te des cuenta del daño que has hecho. No naciste sola, pero alejaste a tu familia de ti, por lo tanto… Morirás sola, y créeme que, cuando necesitas a alguien, nadie va a venir a socorrerte.
―No quiero escuchar estupideces adolescentes. Ya he perdido bastantes segundos contigo y tengo mucho que hacer.
―"Mucha gente que castigar" yo creo que quieres decir.
―Agatha Dunstan, vete ahora ya ―ordenó señalando la puerta con un dedo, intolerante.
Dunstan prefirió retirarse. Sabía que era peligroso incitar la ira de su tía, por eso fue que casi corrió hacia la salida de personal del Ministerio de Magia, donde estaba el viejo teatro para desaparecer desde allí.
Se quedó unos minutos allí, cavilando la situación. Aquella mujer no iba a acceder a nada.
―Maldita, cómo te odio ―gruñó en voz baja.
Entonces, tomó una decisión. Esperaba que valiera la pena.
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Estaba cansado. La noche anterior no la había dormido ni un rato y ya habían tenido que ejecutar unos cuantos ataques a la gente de Northumberland, tanto magos como muggles. Había vuelto a tener que matar a un mago, pero a pesar de que lo hizo sin crueldad alguna o interés propio, se sintió fatal. Años de tener la costumbre de servir al Innombrable habían creado una coraza de insensibilidad en él, pero ahora era diferente. Su único consuelo era saber que Merlina estaba a salvo allí, y que tenía que mantenerse vivo por ella.
Sólo unos cuantos días más y la señal de Dumbledore llegaría hasta él para indicarle que ya era libre de elegir. Él, en ese instante, tendría que saber atacar de la mejor forma a los enemigos, sin ser alcanzado. Lo iban a descubrir de todos modos y, de seguro, tendría Mortífagos tras él, pero ya contaba con los suficientes años de experiencia para poder cuidarse bien la espalda.
Hogwarts sería su último ataque. Para entonces, rogaba para que todos los estudiantes ya se hubiesen ido a sus casas, que se colocaran a salvo.
Se apoyó en la piedra que estaba tras él y miró hacia la fogata que ardía en el centro del lugar. Yacía sentado en el suelo, en el corazón de un bosque con su grupo. Algunos estaban parados, moviendo el pie con impaciencia o fumando algún tipo de yerba; otros estaban igual que él. Uno se paseaba de un lugar a otro con las manos en la espalda, y dos conversaban a mediana voz a unos pocos metros de él.
―¿Cuál es la siguiente parada? ―preguntó uno con voz pastosa.
―No lo sé. Recuerda que Él sólo nos dio instrucciones de quedarnos aquí. Pero podríamos saberlo esta noche ―volvió la cabeza y miró a Severus con insistencia―. ¿Qué piensas tú, Snape?
El aludido hizo un sonido de impaciencia y no se giró hacia él.
―Vaya, parece que El Preferido no tiene idea de nada. Eso es raro, ¿qué crees tú, Simon?
El hombre llamado Simon lanzón una risita maliciosa.
―No, vamos, Snape ―continuó el otro―. Era sólo una broma. Es mucho mejor que estar muerto, así que podrías reírte un poco, ¿no?
Silencio.
―Estás muy callado. Tal vez deberías hablar un poco más para que te sintieras mejor. O yo creo que debería hablarte a ti; sí. Eso haremos ―dio unos pasos hasta él; Simon lo siguió y se sentaron a medio metro de Severus.
Severus torció la cara hacia ellos con una mueca burlona.
―Creo que mi silencio anterior indicaba claramente que no quiero hablar. Y mi frase de ahora también lo hace.
El hombre de ojos fríos sonrió.
―Oh, vamos, sólo quería conversarte un poco. ¿Sabías que hace un tiempo atrás conocí a tu novia? Deduzco que es la misma que está en Azkaban…
El interior de Severus tembló, pero el exterior, su expresión, cambió apenas a desconcierto.
―¿Mi novia? Yo no tengo novia.
―¿En serio que no es tu novia?
―No sé a quién te refieres.
Simon los miró alerta. Parecía a punto de salir arrancando porque percibía el fuego de los ojos de ambos hombres. Con disimulo retrocedió por el suelo, arrastrando el trasero.
―¡Vamos! Si hasta yo recuerdo su nombre. Merlina Morgan, ¿no? ¿Ella es tu exnovia, ahora?
Severus alzó las cejas, amenazador por fuera. Pero, por dentro…
¿Cómo sabía su nombre? Pudo haberlo leído en el diario, pero ¿cómo adivinó que era la misma? ¿Cuándo la había conocido? ¿Qué tenía que ver él, un Mortífago, con ella? Era hipócrita de su parte, dado que él mismo era, técnicamente, un Mortífago y había estado con ella. Sin embargo, esto era diferente. ¿En qué momento pudo haberla conocido? Ella jamás había mencionado nada que se refiriera a alguien como él.
Como si el hombre hubiera oído algunas de sus preguntas, agregó.
―La vi una vez que paseaba por Hogsmeade. Para ser exacto, el mismo día que nos conocimos nosotros, en la mansión de los Malfoy. Pasé a Las Tres Escobas y entró ella. Le fui a hacer compañía. Qué difícil debe ser perder la memoria, ¿no? Ella me lo contó ―la mandíbula de Severus se tensó, pero se limitó a no bajar la mirada―. ¿Qué tal lo pasaste tú? Me lo imagino. Eso será bastante complicado para los momentos futuros que se acercan a su vida, ¿crees tú eso? Yo sí ―sonrió con unos blancos y regulares dientes―. Al menos, no creo que le afecte a ella ya no ser tu novia, si tiene menos memoria ―hizo una pausa más larga―. En fin, ahí nos conocimos y ella me contó algunas cosas de su vida. Por eso llegué más tarde aquella vez a la reunión. Sus ojos son extraños, pero su boca es atractiva y es algo divertida para hablar.
Severus podía recordar perfectamente ese día porque, el anterior, le había dicho a ella: "No sé cómo pude enamorarme de ti" y luego, él había tenido que irse del castillo para cumplir su misión de espía, sin saber si volvería a verla. Y cómo olvidar cuando se había topado con ese imbécil: simplemente no soportaba su presencia. Peor era ahora enterarse de que había estado con Morgan. SU Merlina Morgan.
―Qué bien. ¿Intentas sacar celos de algo? Porque, te equivocas en un punto: Morgan y yo nunca fuimos novios ―sonrió con maldad―. Al menos, ella creía que era mi novia. Yo sólo jugaba un poco con lo que tenía en frente.
Clive Lamport acentuó su sonrisa y asintió con la cabeza, haciendo brillar sus ojos grises bajo la mata de pelo castaño claro que caía sobre su frente. Fue una sonrisa rara, frívola y llena de odio.
―Bueno, de todas maneras, lamento lo que le ocurrió… Antes y después.
La boca de Severus se abrió apenas cuando supo, entonces, quién era la persona que tenía allí en frente. Fue como haber recibido una bofetada, como haber pasado de un sueño a una pesadilla.
Por primera vez, en mucho tiempo, no sentía un miedo tan profundo como aquél. ¡Tenía que hacer algo!
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Agatha regresó a Hogwarts para dar noticia de que posiblemente no llegaría esa noche y que tenía que atender un asunto de vida o muerte.
―¿Qué Merlina QUÉ? ―exclamó McGonagall en un susurro plagado de espanto cuando se enteró.
Flitwick y Pomona demostraron tanta preocupación como ella, y los demás no pusieron reparos para que ella se ausentara: con algo como ello no se jugaba, y Dunstan era la que elegía arriesgarse por su cuenta.
Se preparó con una pequeña mochila en la que guardó otra túnica igual de gruesa a la que llevaba —por si se le estropeaba—, un frasco de poción reanimadora y algo de comida por si le daba hambre. Debía estar con las neuronas en perfecto estado si iba a efectuar su plan maestro, y debía confiar en que ninguno del Ministerio se enterara. Ya iba a ver Umbridge… iba a darle su merecido directo a su monumental orgullo.
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Despertó con la respiración agitada, al igual que su corazón. De su boca salía vaho al respirar. Estaba en posición fetal con las manos azules, temblando. Quería brindarle algo de calor a su panza.
Trató de calmarse. ¿Qué había soñado? No lo podía recordar, pero tenía algo que ver con Severus y con otra persona que conocía. Tal vez fuese Dunstan.
Quiso levantarse, pero sus músculos no respondieron a nada. Le dio le impresión de que, si se levantaba, podrían desprendérsele los miembros.
―M… mmm… mm ―fueron los sonidos de su boca cuando quiso lanzar una sarta de palabrotas a todo lo que le estaba sucediendo. Terminó chillando como cerdo por no poder hablar tampoco. Al menos, el dementor no estaba para atormentarla.
"Cerdita Parlanchina" ¡Cómo extrañaba aquellos tiempos! Era todo tan tranquilo. La relación con Severus era extraña, casi como amor y odio, pero eran buenos tiempos. Y pensar que tan sólo el año anterior había ocurrido todo aquello.
Merlina Morgan, vas a tener que sacarte esos pensamientos de la cabeza. Primero que todo, Severus no está y no va a venir a buscarte. Así que, lo mejor que podrías hacer, sería pensar en cómo mierda salir de aquí. ¿Qué harías tú, cerebro, si te quedaras atrapado en algún lugar como yo en este momento?
Bueno, la verdad es que estoy atrapado en tu cráneo, así que no se me ocurre idea posible de escapar de aquí, a menos que me haga pasta y me escurra por tu nariz.
Vamos, Merlina, eres capaz de planear algo. Podrías esperar despierta hasta que aparezca Alistair y le ofreces alguna satisfacción.
Al pensar en eso no pudo evitar soltar náuseas.
No, no. Espero no tener que hacer eso. Además podría quedar embarazada otra vez. Ja, ja. ¿Por qué me hago bromas a mí misma? No es el momento de jugar. Estoy delirando.
Bien, piensa: podrías, simplemente, intentar ejercitarte un poco y descender por los metros y metros de roca hacia abajo, y nadar hasta la lejana orilla donde se hallaba el bote. ¿Y luego? Da igual, pero ya estarías a salvo…
Merlina se sentó de golpe al oír un evidente sonido de piedras rodar en el exterior. Miró hacia el enorme hueco de la pared y aguardó a que Azkaban se derrumbara. No obstante, lo único que se oyó, fue una respiración forzada y un quejido ronco.
El lugar estaba completamente oscuro, pero pudo ver cómo una mano aparecía de la nada y se agarraba del trozo de pared que quedaba para escalar hasta la celda.
El corazón de Merlina estalló de emoción.
Mientras tanto, la otra persona se alistaba para ir a buscar a Merlina Morgan y rescatarla de un destino que podía ser fatal para ella, sin saber que, cuando llegara, ya sería demasiado tarde.
La joven se quedó completamente quieta, apegada a la pared de piedra, oyendo hasta el ruido más mínimo, esperando a que la persona terminara de subir. Sentía que el corazón le había dejado de latir por la pura expectación, y tenía el estómago hecho un nudo.
Entre las sombras pudo distinguir que el perfil inconfundible con pelo largo se asomaba gradualmente apoyando las rodillas en el tope, afirmándose con fuerza y, luego, pasando las piernas por encima con extremo cuidado para quedar con los pies firmes en el suelo. La figura se giró hacia Merlina.
Merlina quedó con la boca abierta, como piedra, durante unos segundos. Luego…
―¡Dunstan! ―gritó con auténticas lágrimas en los ojos.
Su grito fue tan desgarrador que pudo perfectamente haber rodeado a Azkaban completo. Fue una suerte que no se iniciara una avalancha de rocas.
―¡Ssshh! ―le acalló la mujer con un grueso dedo en los labios, inclinada hacia adelante.
Sin saber de dónde obtuvo las energías, y sin ponerse a pensar que con Dunstan no eran amigas, se reincorporó y se lanzó hacia ella para estrecharla en un fuerte abrazo.
―Oh, no puedo creerlo, ¡no puedo creerlo! Estás aquí, es increíble… Jamás pensé que…
―¡Sshh! ―reiteró Dunstan deshaciéndose de su abrazo con brusquedad―. ¡Tienes que callarte, Morgan ―masculló molesta―. ¡Pueden escucharnos!
Tum, tum, tum.
Pasos firmes que provocaron un gélido eco en el séptimo piso, indicando la llegada de un visitante.
―¡Demonios! ¡Vuelve a tu lugar! ―ordenó Dunstan retornando por donde había llegado. Con agilidad se sentó en la pared de piedra, torciéndose y dejándose caer, quedando parada en una orilla de una roca muy firme. Luego tendría que escalar ese tramo de nuevo, y no había sido nada fácil.
Merlina regresó nerviosa a al rincón donde había estado acostada, golpeándose en el hombro al acomodarse contra la pared.
Un haz de luz precedió a Alistair. Éste iba serio, con esa rara curvatura en su columna y la varita agitándola de un lugar a otro.
―¿Qué fue ese grito? ―preguntó peligrosamente, brindándole luz a la cara de Merlina. Ésta tuvo que cerrar los ojos―. ¿Estás poniéndote difícil? No tienes dementor en guardia para que te vigile y te haga tener recuerdos penosos ―formuló una sonrisa burlesca―. ¿O es que quieres meterte en problemas? No lo has hecho en todo un día, ¿y harás escándalo ahora?
Merlina negó con la cabeza, aún con los ojos cerrados.
―Me duele la pierna terriblemente ―contestó con la voz temblorosa por los nervios, lo que pudo pasar perfectamente por dolor.
―¿De verdad? ―preguntó con desconfianza mirando el lugar.
―¡Me duele! ¿Qué más quieres que te diga?
El hombre miró la pequeña celda de extremo a extremo, posando sus ojos más tiempo en la parte que no había muralla.
―Bien. En un rato llegará tu dementor a vigilarte ―informó conforme—. Así que más vale que te comportes si no deseas que te bese.
Merlina abrió los ojos cuando la varita de él descendió.
―¿No está aquí en Azkaban?
―Claro que no. Ya sabes… cumplen nuestras órdenes, pero también aquellas que incluye a su naturaleza para agradecerles su fidelidad ―sonrió con crueldad―. Te podrás imaginar lo que les sucede a esas personas.
Arcadas llegaron a la boca de Merlina otra vez, pero se obligó a no soltarlas.
―Bien. Cuidado con gritar ―advirtió él―. Es mejor que guardes silencio. Si lo haces, tal vez el pan de mañana esté sin hongos. Y… ten cuidado. No intentes nada, como escapar, por ejemplo…
Merlina no contestó y esperó a que él se esfumara para poder relajarse. Segundos después volvieron a oírse los suspiros de esfuerzo, hasta que Dunstan alcanzó el borde otra vez.
―Lo siento ―farfulló Merlina, arrepentida―, no volveré a gritar. Fue la emoción ―se justificó con pesar y aflicción en los ojos―, llevo un día completo y se me ha hecho eterno, sin comida, sucia, sin poder ir al baño ―hizo un gesto desesperado mientras se ponía de pie―. Es desesperante.
―Un día no es nada, no puedes ser tan exagerada ―le reprochó Agatha aproximándose a ella, atenta al pasillo por si llegaba alguien.
―La comida es horrible y el agua es salada ―se defendió Merlina.
―Sí, me lo imaginé ―abrió su mochila, la cual había estado en su espalda, y sacó algo.
―Y estoy embarazada, lo que hace todo peor.
―Eso lo sabía antes que tú, Morgan. Por cierto, apestas, ¿qué te pasó?
―Me oriné dos veces encima mientras dormía. No es muy agradable, ¿sabes?
―Bien, debes estar sedienta, entonces ―extendió un vaso y lo llenó de agua de su varita, y le pasó un trozo de pan―. Toma, come, y rápido. No debemos confiarnos, el idiota podría reaparecer.
Se hizo silencio mientras Merlina devoraba el pan como si no hubiese comido en años. Se bebió cinco vasos de agua, apenas respirando.
―Gracias.
―De nada. ―Miró otra vez al pasillo―. Ven ―indicó Dunstan haciendo que se aproximaran hasta el espacio en la pared.
El paisaje era como de cuento de terror: las nubes negras creaban un círculo concentrado encima de la fortaleza, y el viento agitaba las aguas con violencia, reventando las olas contra las enormes rocas azabaches, abajo.
―¿Cómo llegaste? ¿Qué hiciste? ¿Cómo supiste que estaba aquí?
Dunstan se asomó y miró hacia abajo.
―Mira, es una larga historia que te contaré cuando estemos a salvo. Mientras tanto, debemos salir de aquí antes de que vuelvan los dementores ―respondió la profesora impaciente, tanteando el terreno.
―¿Cuál es el plan? ―preguntó Merlina, frotándose las agarrotadas manos.
―Tenemos que bajar por aquí.
―¿Cómo? ¿Por las piedras?
Dunstan se volvió hacia ella con exasperación.
―¿Quieres que te saque de aquí, o no?
―Bueno, claro que sí, pero ¿pensaste la razón por la que yo no escapé solita por aquí?
―Bueno… ―Dunstan sonrió un poco―. No tenías a nadie para que te ayudara a bajar.
―Pero ¿y si salimos por acá? Tú tienes varita, podrías atacar a los de la recepción ―sugirió Merlina sabiendo la respuesta de antemano.
―Sabes que sería difícil arreglármelas yo sola con ellos. Además, pueden tener trampas antiescape. Es mucho más peligroso. Ahora… ―hizo un movimiento sencillo con la varita e hizo aparecer una gruesa cuerda de unos veinte metros de largo, enrollada en el suelo―: te atarás esto a la cintura y comenzarás a bajar. Tienes que llegar hasta esa roca ―señaló una que estaba diez metros hacia abajo, y era lo suficientemente grande para que dos personas cupieran de pie.
Merlina suspiró y asintió. De pronto se sintió más valiente. Lo único que quería era salir de allí, volver a Hogwarts, tomar un baño y comer, comer, comer…
Se ató la cuerda en la cintura lo más apretada que pudo. Agatha la ayudo a sentarse en la pequeña pared que quedaba y la afirmó de las manos para que se pusiera en la posición correcta, de cara a las rocas, tal como había estado ella cuando se escondió.
―Ahora ―masculló―, yo iré cediendo la cuerda a la medida que vas avanzando. Hazlo con cuidado, por favor ―rogó―. Y no lo digo sólo por ti. Si te vas de golpe, puede que me caiga yo.
―Sí ―contestó Merlina cansinamente, mirando hacia arriba, a su cara.
―¿Preparada?
―Lista.
