Capítulo 45: La huida
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Y comenzó un descenso complicado, pero que no duró más de cinco minutos. Merlina se afirmaba con todas sus fuerzas primero de los picachos para comprobar si eran seguros, y luego bajaba. Sentía un cosquilleo en la nuca cada vez que daba un pequeño salto; el viento era algo violento con ella. El pelo se le apegaba a la cara y la adrenalina la tenía alerta a todo. Por eso se asustó tanto cuando pasó un brazo con brusquedad por el filo de una piedra y se cortó el brazo. Fue una línea poco profunda, pero ardía.
―Vamos, vamos, falta poco ―se alentó ella misma, con una gota de sudor corriéndole por la frente. Todo el frío que había tenido había desaparecido gracias al ejercicio. Sin embargo, éste volvió cuando alcanzó la roca. Claro que no era el mismo frío. Éste traspasaba los huesos y llegaba al alma. Se giró lentamente, echando los brazos hacia atrás para afirmarse de las piedras que sobresalían.
Los ojos se salieron de sus órbitas.
―Oh, oh…
Un centenar de dementores se deslizaban fantasmalmente por encima del mar, unos treinta metros más abajo, esquivando olas como si fueran traspasables. Venían rodeando toda la isla de rocas hasta donde los ojos de Merlina alcanzaban a ver.
Un rayo partió el cielo en dos. Tres segundos más tarde el trueno estalló iracundo. En ese instante ella aulló "¡Agathaaaaaa!".
La aludida no se había percatado de nada ―ella estaba descendiendo, de espaldas al escenario―, y cuando vio lo que tenía detrás, aumentó la velocidad.
―¡Espérame ahí, Morgan! ―gritó cuando una enorme ola estallaba con una roca de manera violenta.
Merlina comenzó a tener pensamientos negativos, pero su mente aún funcionaba de manera correcta. Miró hacia un costado donde había un gran hueco en las rocas que conducía al segundo piso de celdas. ¿Y si se escondía allí?
No, no era buena idea encerrarse otra vez cuando ya era libre. Y seguía atada a Dunstan.
Piensa positivo. Piensa positivo. ¡Vamos! ¡No dejes que éstos borren tu conciencia! Tienes que mantenerte en pie, no caer. ¡Recuerda lo que llevas en la panza!
Los dementores comenzaron a deslizarse por sobre las rocas, colocando sus pustulosas manos en las piedras para ascender a un paso lento y mecánico.
―¡Ya llego! ―anunció Dunstan desde tres metros más arriba.
Sin embargo, de la nada, un dementor apareció: había salido del hueco en donde ella había pensado meterse.
―No ―farfulló cuando éste se giró hacia ella sintiendo su alma, hambriento. Ése era su dementor. Todos eran iguales, pero ella lo sabía. Sabía que era el mismo que había custodiado su celda: no había aspirado almas porque deseaba la de ella.
De pronto, Merlina se imaginó a sí misma en una habitación de San Mungo, sola, con una bata blanca acostada en una cama y con la vista perdida en el techo, sin sentir nada.
―¡AGATHA! ―exclamó desesperada. El dementor acortó los pasos y alzó sus manos apestosas hacia la cara de Merlina. Tocó sus mejillas…
La sensación de tener algo helado y viscoso en sus mejillas no le importó cuando vio su vida pasar en un segundo. Gritos de desesperación oyó en su cabeza y una infinidad de imágenes corrieron ante sus ojos. Vio a Severus delante de ella y a algo cercano a lo que podía ser su hijo o hija.
―¡Expecto Patronum! ―conjuró Dunstan justo a tiempo, apenas un metro más arriba.
De su varita salió una considerable cantidad de luz blanca que dio forma a un oso polar que derribó directamente al dementor. ―¡Aléjalos a todos! ―ordenó a su Patronus. Éste, obediente, envistió a cada uno de los presentes.
Merlina estaba paralizada, clavándose las piedras en la espalda.
Agatha llegó a su lado con un salto y la tomó de los brazos.
―¿Morgan? ¿Morgan? ¡Contesta!
―¿Qué?
―Oh, ¡por las Barbas de Merlín!, ¡pensé que estabas sin alma por esa cara que tienes!
―No, estoy en shock, o eso creo ―declaró con la voz temblando y sin mover los ojos.
Agatha le frotó los brazos.
―Morgan, no es momentos para parálisis. En cualquier momento se darán cuenta de que hay un Patronus acá y nos van a descubrir ―el viento salino las golpeó, zarandeándolas―. Tenemos que bajar.
Merlina tuvo que esforzarse en no tiritar y afirmarse bien. Dunstan descendía a su lado y, por si las moscas, ambas aún estaban atadas con la misma cuerda por la cintura.
A lo lejos, en el mar, se mantenían los diabólicos seres a raya, gracias al Patronus de Agatha que aún conservaba su poder.
¿Qué le hará sentir feliz? —pensó Merlina con curiosidad, calmándose poco a poco.
―Tu varita mágica la tienen ellos, ¿no? ―preguntó refiriéndose a los de la recepción.
―No, la tiene Umbridge, tu…
―No es mi tía ―la cortó Agatha de mala gana, resbalando un poco de una roca. En ese instante su Patronus desapareció. Merlina vio el pavor en sus ojos―. Vamos, rápido.
Descendieron los últimos cinco metros de frente, como cuando se baja una colina, y llegaron a la parte más baja, donde el agua chocaba y salpicaba.
A lo lejos, ellos comenzaban a aproximarse nuevamente.
―¡Apresurémonos, Morgan! Tenemos que lanzarnos al agua.
―¿Vamos a nadar? ―aulló con espanto.
―¿Cómo crees que llegué? ¡¿En escoba?!
―¿Y por qué estás seca?
―Bueno… la varita hace ese tipo de encantamiento si se quiere, ¿sabes? Además, la ropa pesa más si está mojada, y escalar así no es muy cómodo.
―Bien…
―¡No tenemos tiempo para pensar! ―criticó, y con magia desabrochó la túnica de Merlina―. ¡Sácatela para que no pese!
Merlina se sacó la túnica y la tiró hacia el mar. No quería dejar pistas de su escape; algún ser marino se encargaría de destruir la evidencia.
Dunstan extendió su brazo derecho y dijo:
―¡Toma mi mano! ―Merlina obedeció automáticamente, mirando las aguas negras y arremolinadas con aversión y la piel de gallina. Apenas tenía una blusa de manga larga puesta―. Ahora… ¡Saltemos!
No había tiempo para cuenta de tres, así que dieron un paso hacia atrás, muy coordinadas, y se impulsaron. Había que caer unos tres metros hasta tocar el mar.
―¡Estira las piernas y toma aire! ―alcanzó de decir Dunstan antes de romper la tensión superficial.
Fue como si se metiera en un trozo de hielo gelatinoso y granuloso a la vez. La blusa se le hinchó y sintió la arena raspándole la espalda.
Se hundieron apenas un metro por sobre sus cabezas, pero fue difícil encontrar la superficie nuevamente. Los pulmones de Merlina exigían un cambio de aire urgente.
Entre las dos se ayudaron a salir y, al mismo tiempo tomaron una bocanada de aire. El viento se sentía más helado en sus caras.
Merlina se pasó la lengua por los labios salados.
―No pares de patalear. Me he desorientado.
Pasaron unos segundos. Merlina estaba teniendo calambres en las piernas. El cerebro lo tenía congelado, y por ende, sus neuronas.
―¡Ah, ya! ¿Ves esa roca? ―La celadora alzó la barbilla para observar una roca a unos veinte metros de ellas―. Tenemos que llegar allí. Es donde aparecí, es la roca más cercana que está fuera del hechizo antidesaparición. ¡Nada con fuerza!
Merlina se sintió afortunada de saber nadar. No se le daba de maravillas, pero podía mantenerse en superficie sin tener problemas de hundimiento. El único problema era el cansancio, el frío y el dolor de los músculos. Éstos exigían a gritos descanso y alimento.
Aún afirmada por la cuerda, no se lograban separar más de un metro en el mar, pero si se quedaba una atrás, la otra debía esperar.
―¡Dunstan! ¡Agatha! No doy más… No doy más ―se quejó una sollozante Merlina cuando apenas quedaban cinco metros. Los brazos no le querían responder, se le habían dormido. Apenas podía seguir batiendo las piernas para no sumergirse.
―¡Vamos, patalea y aguanta el aire por treinta segundos! ¡Luego vuelves a salir!
Fue la profesora, entonces, quien empezó a nadar con gran esfuerzo, tirando de Merlina. Tres veces fue necesario que la celadora tomara aire para llegar sana y salva a la roca.
Merlina tuvo que ser ayudada en la mitad del trabajo para escalar. Sentía hormigueos en los brazos.
Se sentaron, agitadas y cansadas. Se le quisieron cerrar los ojos y se fue contra el hombro de su salvadora.
―¡Morgan! No es tiempo de dormir, tenemos que desaparecer ahora mismo. ¡Párate, vamos!
Haciendo el último esfuerzo, se puso de pie al tiempo que lo hacía Dunstan, y se tomó de su brazo. No sería capaz de desaparecer sola. De pronto…
―¡Dunstan! ―vociferó, recuperando fuerzas y tomándola a ella de los brazos, lista para zarandearla―. ¡Umbridge tiene el diario!
―¿Cómo? ¿Qué? ―la miró desconcertada.
―Recuerda que fui en búsqueda de ese maldito diario. ¡Tengo que recuperarlo!
―¿Por qué?
―¡¿Por qué?! ¡Porque es importante! Hay algo importante allí, lo sé. Tengo que recuperarlo.
―Es muy peligroso, Merlina…
―Tengo que recuperarlo ―reiteró con sus ojos muy abiertos.
Dunstan negó con la cabeza.
―No te entiendo. No sé…
―Agatha ―suspiró―, esa maldita cosa me hizo que incendiara el Ministerio. Estoy segura, y tengo que saber por qué. Tenemos que sacarlo del allí. Si no voy pronto, sabrán que hui y sospecharán que puedo ir al Ministerio en cualquier momento.
La mujer la miró frunciendo los labios.
―Si algo sale mal, todo mi esfuerzo habrá sido en vano y te lo sacaré en cara ―amenazó―. Pero si es importante para ti, iremos. Sé dónde está el despacho de mi tía, tengo varita… y son alrededor de las ocho de la noche. Ya sólo deben quedar los guardias del lugar. No tendría que ser tan difícil…
Merlina asintió con entusiasmo. La adrenalina se había apoderado de ella.
―Si algo sale mal, luego podrás reprochármelo, no me ofenderé. ¡Adelante!
―A la cuenta de tres, prepárate. Uno… Dos… Tres.
La roca que la mantenía de pie desapareció. Fue como si tuviera una caída libre durante un momento y, luego, como si volara, hasta que pasó por el tubo de goma y se le apretaron los órganos. Le dieron unas ganas locas de orinar. No debió haber bebido tanto líquido.
El frío desapareció llevándose al viento consigo y el olor a sal. Todo eso fue reemplazado por grava y una pestilencia a basura. El ambiente era mucho más cálido.
Abrió los ojos: estaba en un callejón del centro de Londres.
―Bien. Ahora nos secaremos y tú te pondrás esta túnica que traje para ti. ―Merlina asintió con fervor.
Se prepararon.
―Cuando fui a preguntar por ti al Ministerio, descendí en la cabina ―indicó Dunstan―. Ya está reparada, así que es mejor que bajemos por ahí. La entrada de trabajadores es insegura.
Caminaron hasta donde estaba la salida del metro más cercano a la calle en donde estaba la cabina. Anduvieron por las sombras hasta que los edificios se empequeñecieron evidenciando el lado más pobre del barrio.
A la luz de la luna relucía la pintura roja de la cabina.
―Vamos, entra ―murmuró Dunstan abriendo la puerta a Merlina.
―Esto no me gusta nada. Terminaré vomitando.
―No lo podrás hacer. Tendrás que esforzarte. Ahora te voy a desilusionar. Caminarlas apegada a cada pared, y si no la hay, te agacharás. Munch tiene buen ojo y no debe verte. Ni nadie.
Merlina sintió como si un huevo se aplastara en su frente cuando Dunstan la encantó, y fue extraño verse mimetizada con el interior de la cabina.
―Vaya, si hubiese sabido hacer este encantamiento antes, de seguro me hubiese vengado mejor de ti.
―Te hubiera visto. Ahora te veo, no eres del todo invisible. Bien, marcaré el número, así que afírmate y no te marees.
"Visita urgente" dijo Dunstan cuando la fría voz preguntó la razón de la ida. No hubo problema. Se colocó las chapita en el pecho y Merlina echó la suya en un bolsillo de la túnica.
Con un traqueteo brusco descendieron.
Las puertas se abrieron mostrando el Atrio, el largo vestíbulo con piso de madera, y, en el centro, precisamente bordeando el mostrador, la alfombra de un color más claro, el preciso lugar que Merlina había quemado. El techo azul eléctrico con runas parecía fuera de lugar, y la fuente no estaba funcionando, pero el silencio no era absoluto.
―¿Qué hace aquí? ―indagó el mago que cuidaba la entrada del Atrio. Era miope, una suerte para Merlina―. Es un poco tarde para que recibamos visitas.
Hacia el centro, Eric Munch miró con curiosidad, despertando de su letargo.
―Disculpe, es urgente ―dijo Agatha con voz grave―. Soy sobrina de Dolores Umbridge, y hoy dejé algo mío en su despacho. Necesito ir a buscarlo.
―Ah, claro, claro ―contestó el mago con extrañeza―. Bueno, siento decirle, señorita, que Madame Umbridge dejó muy claro que no quería que usted volviera a pisar el Ministerio de Magia.
Hubo silencio. El corazón de Merlina se agitó. Se apegaba a la pared, tras Dunstan lo más que podía.
―¿Está seguro? Eso es extraño. Es una locura.
―No sé si será una locura, señorita, pero debe retirarse.
―Bien…
Merlina esperó, aguantando la respiración, pensando en que había sido una pésima idea ir a meterse en más problemas. Tal vez el diario ni siquiera tuviera importancia y todo lo del fuego fuese una coincidencia.
―Claro que me iré, sin antes irme con lo que vengo a buscar. ¡Expelliarmus! ¡Depulso! ¡Petrificus Totalus! ―Los hechizos fueron pronunciados con toda rapidez, dedicándolos a las tres personas que estaban allí. Sus movimientos fluidos hicieron que fuera imposible atacarla.
Después de unos segundos…
―¡Oh, Dunstan! ¿Viste? ¡Hubieras podido con los idiotas de Azkaban! ―se quejó Merlina, asombrada de lo que acababa de ver.
―Merlina, si te fijas, Munch es un estúpido, este viejo casi es ciego y el otro parece que era sordo ―argumentó ella pasándose una mano por la frente.
―Tienes razón.
―Ahora tenemos que ir a la segunda planta. Ahí habrá más guardias y tal vez no sean tan estúpidos como estos dos. Parece que los Mortífagos andan cumpliendo trabajos esta noche, por eso no tienen muy vigilado ―añadió.
Merlina frunció el ceño, y pensó—: Por qué el diario lo debiera tener esa vieja cara de sapo? —cayendo en la cuenta un segundo más tarde.
―Eh… ¿Agatha? Creo que cometimos un error.
―¿A qué te refieres?
―A que no era necesario atacar a nadie para llegar al despacho de tu tía. El diario tiene que estar donde mismo: en el mostrador, con Munch.
―¡Deberías haberlo dicho en un principio! De todos modos, tenemos que ir a buscar tu varita.
―¿Con todo lo que pasé? No tengo tan buena memoria. Y la varita es menos importante.
―Actuemos antes de que éstos pierdan el poder de mis encantamientos.
Trotaron hasta el mostrador y pasaron por encima. Munch estaba inconsciente en el suelo.
Había tantos paquetes y papeles que tuvieron que sacar casi todo para encontrarlo, pero no podían ponerse a ordenar.
―Tómalo tú ―aconsejó Merlina, nerviosa―. Yo podría ponerme incendiaria.
Dunstan guardó el diario en un bolsillo interior, en su túnica, y se puso la capucha justo al tiempo en que la puerta de los ascensores que llevaban a los pisos subterráneos se abría.
―¡Alto ahí! ―gritaron dos magos cuando vieron a Agatha. Pero ésta, una vez más, fue más rápida y pudo aturdirlos el tiempo suficiente para alcanzar la cabina de teléfono.
―Me siento mal, creo que voy a vomitar ―dijo Merlina mientras subían.
―No hay tiempo para ello. De seguro nos van a perseguir, así que, apenas salgamos, desapareceremos de aquí.
Merlina se tomó del brazo de Dunstan antes que se lo pidiera.
Desaparecieron justo cuando tres personas sospechosas ―posiblemente magos que las estaban rastreando― doblaban una esquina.
Segundos más tarde, Merlina tocó tierra firme en un lugar más bullicioso. De algún lugar salía un exquisito olor a chocolate y caramelos.
Abrió los ojos: estaban a lado de Honeydukes. Las luces venían de la tienda de arriba, donde vivían los dueños. Apenas se oían ruidos del pueblo.
―Oh… Oh… ―Las piernas le fallaron y se fue contra la pared, dejándose caer.
Agatha se agachó a su lado y le puso una mano en el hombro.
―Vamos, Merlina, falta poco ―la alentó en un susurro―. Luego podrás descansar. Tienes que hacer el último esfuerzo. Además, podemos no estar seguras aún.
Merlina abrió los ojos y la miró. Un calor se extendió en su interior y en su cara, avergonzada por lo que iba a expresar. No podía creer que tuviera que agradecer a Dunstan otra vez.
―Nunca voy a olvidar lo que has hecho por mí esta noche.
Agatha puso los ojos en blanco.
―Ahórrate eso ―le tendió una mano para que se parara―. Dejé un Thestral cerca de aquí. Volaremos en él hasta el castillo.
―¿Por qué demonios no viajaste en el Thestral a Azkaban?
―Habría tardado mucho más y se hubiera cansado. Apresúrate.
Merlina se sentía estúpida al preguntar cosas tan obvias, pero su mente estaba demasiado cansada para comprender bien todo.
Sus piernas la odiaron por trotar otra vez. Detrás de una planta tupida, tras una de las casas, estaba el misterioso animal negro, mimetizándose con la oscuridad tal como lo hacía Merlina. Lo único que destacaban eran sus ojos de un blanco lechoso.
La celadora se subió tras la profesora, afirmándose de su cintura con firmeza.
―Si te llego a vomitar en la espalda, tendrás que disculparme.
Merlina no tuvo necesidad de ensuciar la túnica de Agatha Dunstan. Cuando sintió ese viento fresco y con olor a naturaleza y a agua dulce, se relajó. Tuvo un grato sentimiento de libertad al volar en el suave animal.
Volaron por encima de todo Hogsmeade. Pasaron por encima del lago y, luego, atravesaron la reja sin ningún tipo de impedimento —era la ventaja de ir por aire y en un animal tan poderoso y especial—, todo ello en unos cuantos minutos. El Thestral descendió en picado, provocándole vértigo, aunque aterrizó con elegancia y cuidado en el borde de la escalinata de piedra.
Todo en el castillo era tranquilidad. En algunos pisos se veían luces, al igual que en el Vestíbulo. El bosque estaba quieto y la cabaña de Hagrid no tenía humo. Merlina tuvo la impresión de que Hagrid no regresaría más y que Albus tampoco lo haría. Algo le decía que no estaba en el castillo.
―No puedo creer que haya llegado. Creo que no me bañaré ni comeré. Quiero dormir ―reconoció, subiendo lentamente las escaleras con su colega.
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El barco chocó contra las rocas, pero Severus pudo salir fácilmente de allí. Su expectación y adrenalina le hacían ser más ágil físicamente. No obstante, la presencia de dementores cerca le causaban pensamientos no gratos.
Caminó con paso fuerte hasta la puerta de entrada, ignorando el frío y las oscuras rocas que le rodeaban, e irrumpió con prepotencia. Tres caras desconocidas se giraron hacia él. Eran aquellos personajes que creían ser Mortífagos, pero jamás en su vida habían tenido algún contacto con el Innombrable.
La habitación estaba apenas iluminada por dos velas encima del mesón.
―¡No se permiten las visitas! ―saltaron los tres al mismo tiempo.
―¡Al carajo con eso! ¡Díganme donde está Merlina Morgan! ―Los apuntó con la varita. Ellos fueron más lentos, pero no se produjo ataque.
Los recepcionistas se miraron. Alistair, quien había sido el que vigilaba a Merlina a ratos, parecía nervioso.
―¿Qué pasa? ―rugió Severus con la sangre hirviendo, imaginándose un millón de cosas. Merlina con esos hombres. Merlina… Merlina siendo violentada de alguna manera.
Si le habían tocado un solo pelo, lo iba a saber… Y no les convendría nada.
―Merlina Morgan ha escapado ―contestó al final.
El profesor de Pociones se quedó de piedra. No se esperaba esa respuesta.
―¿Cómo? Mientes.
―No, ha escapado. Su celda tenía un agujero, pero es muy difícil descender sin ayuda ―declaró otro de los hombres―. Cuando era la hora de llevarle la cena no estaba, y registramos por todos lados. No está.
―Pero existe la posibilidad de que se haya ahogado en el mar ―añadió el tercero con maldad.
Severus se puso serio, y ni siquiera tuvo necesidad de hablar para atacarlos. Los dejó inconscientes y les borró las memorias. Nadie podía saber que había ido hasta allá.
Desconfiado miró el registro de su celda y subió a echar un vistazo. Tal como habían dicho, un trozo de muralla faltaba y ella no estaba. Apoyó una mano en una de las paredes y cerró los ojos, pensando en lo que había podido ocurrir. Él sabía que estaba viva, lo sentía. Ella no había caído al mar, no lo había hecho. Simplemente no podía ser.
¿Había escapado sola? No se la imaginaba tampoco descendiendo por allí. Pero había escapado, era libre. Sin embargo… Si había huido sin problemas, ¿dónde había ido?
El corazón de Severus se detuvo un momento para, un segundo después, seguir latiendo con más violencia. Furioso, frustrado y aterrado, enterró un puño en la pared. Ni siquiera sintió el dolor.
―¡Morgan! ¿Qué has hecho? ―bramó.
Ya no había tiempo para nada. Las cosas ya estaban así: en dos días más, Hogwarts iba a ser atacado y ella iba a estar allí, indudablemente.
Lamentablemente, esta vez, no podría arriesgarse a enterar a alguien del castillo acerca de lo que iba a ocurrir; ni siquiera sabía dónde estaba Dumbledore para hacerlo a través de él. Sabían que Hogwarts sería atacado… No obstante, los tomarían a todos por sorpresa.
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Tal como lo dijo, se fue directo a la cama. Las piernas las tenía agarrotadas y su cerebro no llegaba más allá del pensamiento "descansar". Sin embargo, reconocía bien el sentimiento de tranquilidad que le inundaba. El cambio de escenario era totalmente radical, así que no podía pasar por alto el volver a estar en el castillo, en paz, sin preocupaciones por el momento —sin contar a Severus, por supuesto, y el hecho de que seguía estando embarazada.
Agradeció que no hubiera estudiantes en los pasillos. Todos estaban ya en sus salas comunes, por lo que se ahorró las posibles miradas curiosas. Primero que todo, ella y Dunstan despedían olor a mar, entre algas, sal y algo podrido, el pelo lo tenían apelmazado y duro, como si se hubieran echado huevo, y sus caras lucían resecas por la sal. Además, andaban de forma desgarbada y poco entusiasta. Un buen observador hubiera visto el temblor de sus extremidades inferiores al dar un paso. Lo más increíble de todo era, y que hubiese dado para comentar a los demás, que caminaban la una al lado de la otra, sin hablar, aunque con un aura extrañamente pacífica. ¿Ellas, juntas, cuando habían demostrado ser enemigas declaradas? No era algo que ocurriera con frecuencia.
―Bien, aquí nos separamos ―dijo Dunstan con una amago de sonrisa en los labios al momento que llegaron al primer piso.
Merlina suspiró y asintió. Le dio una tímida palmada en el brazo derecho.
―Gracias ―reiteró con sinceridad, y tuvo que admitir que se sintió bien al expresarlo.
―No hay de qué —repuso Agatha―. Buenas noches.
―Buenas noches.
Se dieron la espalda y apresuraron el paso. Merlina hizo el último esfuerzo para correr y lanzarse sobre su cama, sin prender la luz siquiera. Fue una sensación tan agradable caer en ese colchón blando, tibio y suave, como si no hubiese probado hace años algo tan cómodo como aquello.
Se envolvió con el cubrecama, boca abajo, y cerró los ojos. El estómago le rugió de hambre y su cuerpo pidió a gritos una ducha, pero se quedó dormida profundamente durante las quince horas siguientes.
El último pensamiento que tuvo fue—: Qué bien que no seas más mi enemiga, Dunstan, sino estaría todavía en esa celda…
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Era la una y media de la tarde cuando despertó. La brillante luz del sol de marzo se filtró por el visillo de la ventana, proporcionándole un incómodo calor en la cara. Abrió los ojos lentamente para acostumbrarse a la luz de la habitación. Por unos segundos se sintió fuera de lugar: en apenas un día se había habituado a dormir en el helado suelo de piedra de Azkaban, muriéndose de frío y soportando ese hedor a muertos en vida que expelían cada una de las paredes de ese cubículo fatal.
Se alzó un poco para comprobar su habitación: todo estaba en orden, tal cual como había dejado las cosas cuando se fue. El único cambio que había se hallaba a su derecha, encima del velador, era el diario.
Estaba envuelto en el mismo papel café y tenía una nota encima con la caligrafía de Dunstan, y dictaba un: "Si vas a revisarlo, llámame. Es mejor que yo esté presente si se arma un incendio, ya que tú no tienes varita".
La circulación de su sangre aumentó el ritmo, esperando a que sucediera algo con su cuerpo por mirar el diario. Al menos, en los diez segundos que estuvo observándolo no despidió fuego por los ojos y consideró que eso era un gran avance.
Su estómago protestó por milésima vez durante el día.
―¡Ya voy, ya voy! ―contestó con las energías renovadas. Partió al baño para dejarse la carne viva con la esponja, hasta sacarse el último rastro de sal y suciedad, enviando toda su ropa directo a la lavandería.
Salió casi brillando del baño de tanta limpieza, y tomó el rumbo a la cocina para devorarla completa, antes que las náuseas le atacaran y le hicieran vomitar.
Mientras comía, Merlina inició una serie de pensamientos sin ilación alguna. La mayoría se basaban simplemente en recuerdos de Severus, y tuvo que reconocer que, ya que podía pensar con más claridad y sin letargo, se sentía decepcionaba al haber sido Agatha y no él quien la salvara de una muerte segura. No era malagradecida, sencillamente…
Te extraño. Te extraño tanto…
No quería llorar. No podía seguir gastando lágrimas cuando ya se estaba acostumbrando a las decepciones y a las tristezas. Debía sobrellevar lo que le ocurriera y aceptar que Severus se había ido por el bien de ambos, aunque no fuera capaz ella de concebir la idea en su cabeza.
Luego recordó a Harry, Ron y Hermione otra vez. ¿Dónde estaban? ¿Estarían en peligro, cumpliendo sus propias misiones? De algo estaba segura: estaban arriesgándose, dando el todo por el todo. También los extrañó, y por un momento deseó estar con ellos en los jardines de Hogwarts, como cuando no tenía ninguna preocupación, y cuando ni siquiera sucedía nada con Severus. Quiso conversar con ellos de cosas triviales, o con Hermione, para que resolviera sus dudas. Ella siempre tenía alguna respuesta… o casi siempre.
Y, de la nada, se sintió cobarde. Ella, en el castillo, segura, comiendo, y extrañamente tranquila, sin trauma alguno por haber sido encerrada en el peor lugar del mundo. Hogwarts, para ella, representaba seguridad, la seguridad absoluta. Ver sus poderosas e impenetrables paredes le significaban vida y paz. Por eso es que estaba tranquila y sin deseos de enfrentarse con lo que había más allá de los terrenos. ¡Pero tampoco podía! ¿Cómo hacerlo, si iba a arriesgar más de una vida? Esa vida era parte de ella, por eso ella debía mantenerse a salvo a toda costa.
Miró a los elfos domésticos, quienes limpiaban losa y mesones y cocinaban sin parar. Se veían tan tranquilos, concentrados en sus tareas, sin preocupaciones.
