Capítulo 47: El ataque

.

No la encontró. Buscó por cada una de las aulas, por cada rincón. ¡Cuánto habría dado en esos instantes por tener el Mapa del Merodeador! Hubiera sido mucho más fácil conocer el paradero de Ginny, apenas con una mirada hubiese sabido… Sin embargo, treinta minutos después de haber preguntado a fantasmas, a los cuadros, gárgolas, cualquier cosa que hablara, incluso a Peeves si habían visto a Ginny Weasley y recibir una negativa como respuesta, y no encontrar rastro de nada, era porque, definitivamente, la muchacha no estaba en el castillo. Le daba muy mala espina y le preocupaba demasiado, pero ya no iba a tener más tiempo para dejar a sus pensamientos volar más allá.

―¡AAAL ATAQUEEEE!

El cuerpo de Merlina se alzó unos centímetros por el susto al oír la voz de Peeves, que había retumbado desde el séptimo piso. Merlina estaba en el quinto, descendiendo para regresar al Vestíbulo, y se quedó de piedra, esperando a que el poltergeist se lanzara contra ella. No tuvo claro por qué pensó que tuviera que atacarla a ella, pero, dado que ocupaba el puesto de celadora, siempre iba a ser el blanco principal del poltergeist.

Pero Peeves no apareció en ningún momento. Entonces Merlina miró hacia la derecha, a la ventana… Y, a lo lejos, vio cómo un grupo numeroso de gente encapuchada entraba por las verjas, así sin más, caminando como una tropa militar, como una sombra maléfica, con las varitas en alto para invocar una brillante y enorme Marca Tenebrosa al mismo tiempo, todos en conjunto.

Eran, sin duda, Mortífagos. Y Severus debía estar allí: su corazón que saltaba violentamente se lo decía.

Bajó hasta la primera planta corriendo a todo lo que le permitían sus piernas y gritando a todo pulmón "¡Vienen hacia acá!" para alertar a todos los habitantes del castillo. Aún debían quedar algunos pocos estudiantes por desaparecer, los más grandes y con menos oportunidades de sobrevivir.

Una vez más recordó el diario, el objeto por el cual había sacrificado bastante, así que partió a buscarlo sin duda alguna. Cuando dobló la esquina del segundo piso chocó de lleno con Dunstan, dándose un cabezazo que las aturdió a las dos por unos segundos.

―¡Auch! ―se quejó Merlina sobándose el lugar afectado.

―¡¿Dónde te habías metido?! ―le espetó Dunstan reaccionando.

―Estaba buscando a Ginny…

―¡No hay tiempo, Merlina! ¡Están a punto de entrar!

―¡Pero tengo que ir a buscar el diario! ¡Estamos a tres metros de mi despacho!

Dunstan gruñó.

―¡Tú y tu maldito diario!

Merlina la ignoró y corrió hasta el despacho. Ni siquiera se dispuso a pensar si podía quemarlo o no. Simplemente lo tomó y se lo echó al bolsillo y se tocó el pecho, comprobando una vez más el que tenía guardada la preciada fotografía de su familia a la altura del pecho, en el forro interno. Cuando se volteó, se llevó un susto de muerte al ver allí al Thestral que había estado con ella hace un par de horas atrás.

―¿Por qué te sigue? ―preguntó Dunstan refiriéndose al Thestral.

―No lo sé, no lo sé…

¡PUM!

Un ruido de una bomba estallar resonó una vez en el pasillo, haciendo temblar el suelo. Ambas mujeres bajaron a la primera planta y se dirigieron a las proximidades del Vestíbulo.

Gritos de desesperación siguieron a ello, junto con una cantidad de pasos que sonaban en la escalera de mármol.

―¡HUYAN! ―gritó la profesora McGonagall a las dos mujeres, quienes se habían quedado paralizadas―. ¡Están todos a salvo! ―Se giró y gritó―: ¡Desmaius!

―¡Vamos! ―La alentó Dunstan tirando a Merlina del brazo.

Comenzaron a correr escaleras arriba otra vez, seguidas por el animal alado. A la embarazada la cabeza le bombeaba con fuerza atontándola un poco, impidiéndole concentrarse bien en lo que estaba haciendo. Actuaba por mero instinto.

Desde abajo se oían gritos y maldiciones. Afuera una enorme, verde y luminosa calavera con una serpiente en la boca oscilaba sutilmente y de forma macabra. Las personas de Hogsmeade no lo pasaron por alto y comenzaron a inquietarse. ¿Estarían ellos a salvo? ¿Huirían de sus hogares?

Merlina no supo cómo iban a escabullirse de allí, hasta que vio al caballo esquelético corriendo a su lado.

―¡Tenemos que escapar volando! Se lo había pedido, pero no pensé que funcionara realmente… ¡Vamos a algún balcón por el que podamos salir! ―adujo a la profesora. Ésta asintió en respuesta; tenía la garganta seca.

Cuando iban por la mitad del quinto piso en dirección a unas de las torres oeste, un Mortífago encapuchado salió de un pasadizo secreto. Las mujeres frenaron en seco cuando éste las vio.

Dunstan se puso delante de Merlina, desenvainando la varita. Ella no podía hacer nada: estaba sin la suya, todo por culpa de Umbridge. Incluso pudo haberla destruido, así que quizá tuviera que adquirir una nueva de un modo u otro.

Merlina soltó un gemido de terror.

―¡Depulso! ―exclamó Dunstan, fallando por poco. El hechizo apenas rozó a la persona, bajándole la capucha y revelando su identidad.

―Severus ―la voz de Merlina salió como una exhalación. Severus la miró aterrado. La luz verde de la Marca que se filtraba por la ventana le daba un aspecto más cetrino de lo usual. Ella tuvo la opción de haber tomado ventaja, sin embargo, corrió los cinco metros que les separaban.

―¡Merlina! ¡No hay tiempo! ―le reprochó Dunstan, tratando de agarrarla del brazo en vano. El Thestral también aguardaba allí, preparado para correr otra vez, resoplando.

―Morgan… ―comenzó a decir Severus cuando ella lo alcanzó. No pudo hablar porque los labios de ella habían atrapado los suyos.

A pesar de estar en una situación amarga y violenta, el beso fue cálido y suave. La celadora quiso quedarse así para siempre.

Voces y gritos malévolos iban aproximándose más y más. De seguro estaban buscando a algún alma inocente para atacar, arrasando con cada aula y escondite que hubiera en el castillo.

Severus se desligó de los brazos de Merlina con algo de esfuerzo, tanto por la energía que ella imprimía en ello, y por su propia fuerza de voluntad que quería ceder.

―Morgan, tienes que saber que…

―¡MERLINA! ¡Vamos! ―gritó Dunstan nerviosa por los ruidos de explosiones y pasos que parecían estar rodeando el piso. El piso retumbaba y el olor a tierra abundaba en el lugar.

―Severus ―farfulló ella, desesperada, comenzando a alejarse, sabiendo que no podría arriesgarse más rato allí, a su lado. Si alguien los descubría juntos sería fatal para todos―, estoy…

―Morgan, espera, tienes que escucharme ―insistió Severus―. Clive Lam…

―¡Merlina, apresúrate!

Merlina retrocedió más pasos, ya a un par de metros de él.

―Estoy… estoy ―y, la última palabra salió tan despacio de sus labios, que pudo haber sonado a cualquier cosa― embarazada…

―¡Apúrate, que éstos se acercan!

Merlina pegó media vuelta con los ojos llenos de lágrimas, sintiéndose cobarde por no poder haberle dicho de forma fuerte y clara lo que le sucedía, aunque tuvo la impresión de que los ojos de Severus viajaron hasta su vientre cuando se lo dijo. Comenzó a correr, alcanzando a Dunstan otra vez.

De una de las escaleras, hacia su izquierda, apareció un Mortífago gordo que fue alcanzado directo en el pecho por un encantamiento no verbal de la profesora.

Sin embargo…

―¡Atácalas! ―gritó la voz de una mujer, a la altura de donde antes había estado Merlina con Snape.

―¡Avada Kedavra!

Merlina creyó oír su corazón quebrarse cuando oyó salir la maldición asesina de los labios de Severus Snape.

Mientras corría creyó que iba a morir, pero fue a Dunstan a quien el rayo rozó antes de que doblaran la esquina, justo a tiempo.

―¡Entremos por esa puerta! ―indicó Agatha. Atrás se seguían oyendo pasos y gritos.

―¡Voy a matar a ese animal! ―vociferó la misma voz de mujer tras ellas refiriéndose al Thestral.

Los tres se precipitaron por la puerta de un aula vacía y la cerraron. Algunos de los del otro bando no tardarían en entrar.

―¡Diffindo! ―conjuró la profesora quebrando la ventana más grande. Era suficiente para que cupiera el animal.

Sin decir nada, sudorosas y estresadas se las arreglaron para subir al delgado lomo del Thestral.

―Afírmate con todas tus fuerzas ―ordenó Dunstan cuando el animal se preparó para volar. No había mucho lugar y Merlina sentía que podría resbalar en cualquier momento. Se aferró como pudo a la cintura de Agatha.

La puerta se abrió de golpe antes de que despegara, y en la lejanía se oyó que Bellatrix Lestrange aullaba un "¡Que no escapen!". Sin embargo, no fue Severus quien entró por la puerta, ni tampoco el otro Mortífago gordo a quien Agatha había atacado. Era otra persona, quien hizo que a Merlina le hirviera la sangre.

Y sucedió otra vez, pero de forma distinta: el fuego salió de sus ojos, ―en algún momento se cuestionó si podría lanzar su poder de esa manera, cual Superman, de forma irónica―, pero fue demasiado tarde para que el rayo candente alcanzara al desconocido: el Thestral despegó y el fuego fue a parar al mobiliario, desatando un infierno inmediato. El hombre, impresionado por lo que vio, tampoco pudo alzar la varita.

―¡No entren aquí! ―gritó la voz del mago. Ella había oído esa voz antes.

El animal era rápido, pleno e irradiaba seguridad. Ascendió metros y metros en milésimas de segundo hacia el cielo azul, siendo imposible para cualquiera poder alcanzarlos con alguna maldición. Merlina sintió el viento revolviéndole el cabello. Tenía una oreja apegada a la espalda de Agatha, sin saber si los latidos tan violentos eran de una de las dos o ambas juntas.

Sin creer de la que se había salvado, giró la cabeza lentamente hacia atrás. A más de medio kilómetro pudo divisar el castillo, el lago y el bosque. La Marca tenebrosa seguía arriba de Hogwarts, como una pequeña constelación.

―Estamos a salvo ―le alentó Agatha al sentir la espalda mojada. Lágrimas volvían a salir de los ojos de Merlina―. Estamos a salvo y él también lo estará.

Aquel último comentario lo dijo sin mucha seguridad, pero Merlina agradeció su intento.

Trató de decírselo, trató de advertirla, pero ella le interrumpió y no pudo. Luego, se quedó sin habla por lo que creyó haber escuchado.

"Severus… estoy…" y lo último no lo pudo oír, pero leyó sus labios. Habían formado la palabra "embarazada".

¿Merlina, embarazada? Claro que no. Sólo había sido una palabra similar a ello, como "enojada", "decepcionada".

Ella no estaba embarazada. No lo estaba. Borró ese pensamiento de su cabeza.

Y ahora, ¿cómo iba a decirle lo que sucedía con Clive Lamport?

.

Merlina y la profesora de Defensa volaron por múltiples campos y zonas rurales, por lo que le parecieron horas y horas de viaje. No obstante, pisaron tierra antes del amanecer. Era de noche aún, una noche muy oscura, cuando el Thestral aterrizó en una superficie rocosa al pie de un monte, en el corazón de un bosque no tan tupido como el de Hogwarts. Ninguna de las dos tenía idea de donde estaban.

Merlina aún sentía el efecto de lo ocurrido en el castillo. Tenía las lágrimas secas en la cara, y sus lagrimales no paraban de querer generar más a cada momento en que Severus se cruzaba por su mente. Las mejillas las tenía tirantes por la sal y el viento helado.

La criatura que las había cargado caminó hasta una pequeña posa de agua para beber.

―Bien… Creo que debemos buscar un lugar para poder pasar lo que resta de la noche.

―Sí, estoy de acuerdo, pero antes podríamos buscar algo que comer ―propuso, siendo secundada por su estómago―. ¿Sabes cazar, por casualidad?

―Eh… no, pero podría intentarlo. Conservo mi varita.

―Ya, porque muero por comer carne en este mismo instante ―replicó con voz trémula.

Caminando por el bosque y el nuevo amigo entre ambas buscando signo de vida, dieron con una especie de choza, como si alguna vez alguien hubiese vivido en ello. No era un cuarto de más de dos metros por uno y medio, y de un metro y medio de altura, pero podrían cobijarse bajo él perfectamente, haciéndole un encantamiento antiderrumbe. Los palos estaban podridos por la humedad y al parecer adentro había algún tipo de animal muerto. No tenía ni puerta ni ventanas ni piso y se hallaba en un enorme claro. El cielo podía verse perfectamente.

―Ya tenemos casa, pero sigo teniendo hambre ―dijo Merlina con pesimismo.

Agatha la miró molesta, malinterpretando su tono de voz.

―¿Qué crees que soy? ¿Tu empleada?

Merlina pestañeó.

―No, Agatha, no… Yo sólo estoy preo…

―Pues, mira: coge un palo, le sacas filo y lo utilizas como lanza, ¿quieres? Así se hacía antes de tener varita.

―Agatha, no quería ofenderte. Sólo fue un pensamiento, no iba en tu contra ―argumentó Merlina, resignada a alzar la voz. No tenía ganas de pelear con nadie, ni menos con la única persona que la acompañaba y que, más encima, la había rescatado de una serie de situaciones comprometedoras y la había ayudado en todo lo que había podido el último mes para animarla.

La mujer asintió con sequedad.

―Lo siento, estoy preocupada al igual que tú. Todo esto… no me lo esperaba. Pude haberme quedado en Estados Unidos, ¿sabes?

―¿Y por qué no lo hiciste?

―Y ahora todo esto, con los Mortífagos, los ataques…―continuó Dunstan haciendo girar la varita entre sus manos, iluminando los árboles de manera alternada, ignorando la pregunta de Merlina―. Me supera… En fin. Vamos a buscar ese conejo, liebre, serpiente o lo que sea.

―No ―contestó Merlina formulando una mueca de asco―. Ya no quiero.

―¿Por qué?

―Porque me va a dar pena verlo morir. Además… creo que ya no tengo ganas.

Agatha puso los ojos en blanco.

―Esto de estar embarazada… ―farfulló.

―Deberías ponerte en mi lugar. Los antojos y las náuseas son horribles.

Dunstan abrió la boca para contestar algo, pero la cerró luego. Merlina lo pasó por alto al ir mirando el suelo.

Finalmente dieron con un árbol de naranjas y comieron unas cuantas. Eso no iba a curar el hambre por completo, pero al menos las mantendría hidratadas hasta que pudieran hacer algo más. Luego de eso, hicieron los arreglos correspondientes a su nueva casa para poder recostarse en un espacio de tierra compacta, sin animales muertos ni nada que les impidiera tener una noche relativamente cómoda.

El Thestral se echó afuera, también para dormir.

Merlina cerró los ojos, de pronto sintiéndose soñolienta. Amanecería con dolor de cuello y de cuerpo en general, pero tenía tanto sueño…

.

Abrió los ojos, asustada. Había soñado algo que no recordaba, pero que le había causado miedo o asombro. Se levantó y miró su cuarto. El espejo, el único espejo de cuerpo entero que tenía, expelía un brillo extraño, azulino.

Sin calzarse las zapatillas se levantó y caminó hasta el espejo. Vio su reflejo rodeado de aquella luz.

―Tienes que unir los cabos sueltos ―dijo su reflejo. Sí, él había sido, porque la Merlina que estaba enfrente del espejo no había despegado los labios.

Ni siquiera en el mundo de la magia era común ver que el reflejo de una persona pudiera hacer algo diferente, pero Merlina no sintió miedo. Lo que le embargaba era la curiosidad.

―¿Cabos sueltos? ―preguntó a la muchacha del espejo. Mientras más la miraba, más se daba cuenta que era ella en estado natural: no se veía ni un bulto creciente bajo su panza, su expresión era más vivaz, los ojos le brillaban y su cuerpo no era tan delgado como en esos instantes, a pesar del embarazo. Se notaba en las mejillas: Merlina embarazada tenía la cara más delgada y los ojos más sobresalientes. Tal vez, en el espejo fuese unos meses más joven.

―Sí, tienes que unirlos ―reiteró su imagen.

Merlina se observó con el ceño fruncido.

―¿Qué quieres decir? ¿Qué está sucediendo?

―Tú sabes perfectamente lo que está ocurriendo.

―¿Habrá una guerra? ―inquirió dudosa.

La joven del espejo sonrió con una expresión cansina.

―Sí, habrá una guerra. Tu propia guerra. ¿No lo adivinas? ¿No lo recuerdas? Recuperaste tu memoria para retomar el camino.

La mente de Merlina trató de funcionar, pero no logró conectar ninguna idea.

―No sé… ¿"mi guerra"?

―Sí. ¿No recuerdas la última de las profecías?

―Muy poco, la verdad.

―Deberías recordarlas y ponerte a pensar en ellas para que puedas llevarlas a cabo, si no, nunca podrás vivir en paz.

―¿Quién es mi enemigo? ―inquirió Merlina, recordando una de las partes de las profecías que más rondaban por su cabeza.

―Lo sabes. Si yo soy tú y yo lo sé, entonces, es porque lo sabes, en el fondo. Soy la parte más alejada de tu mente: tú subconsciente. He guardado información que has obtenido bajo presión… Y si aplicas un poco más de presión a tu mente… vas a recordarlo. Haz la prueba.

Merlina bufó y se pasó una mano por la cara, un poco harta. No le gustaba sentirse desesperada. ¡Se despertaba para ir a hablar directamente con su reflejo! ¿Se estaba volviendo loca? Y, para peor, ella no quería hablar las cosas de manera clara.

―Mira, no estoy para adivinanzas. No me levanté para venir a perder el tiempo. Si sabes algo, es mejor que lo digas ahora ya ―le espetó, evadiendo la tentación de golpear su imagen.

La Merlina del espejo sonrió otra vez, acentuando ese brillo azulino que expelía de su cuerpo.

―Vamos, no seas así. Eres inteligente, y, dentro de todo, estás sana. No es necesario que te exprimas el cerebro para descubrir la respuesta. De hecho, si buscas en tu bolsillo, puedes encontrar una clave.

―Si tú eres yo, y somos lo mismo, no creo que tenga nada de malo que me lo digas ―rebatió Merlina con los dientes apretados―. Y, la verdad, no creo que nos parezcamos mucho.

―Claro que nos parecemos, aunque yo sólo tomo la información que se borra de tu mente… Y no puedo revelarte nada, porque estoy dentro de tu inconsciencia, Merlina. Tienes que estar despierta y pensar… Descúbrelo antes de que sea tarde.

El brillo que rodeaba al reflejo de Merlina se desvaneció, mostrando tan sólo la imagen de una joven un poco más destartalada que la anterior y con el vientre inflado.

"…si buscas en tu bolsillo puedes encontrar una clave."

Ni siquiera tenía bolsillos. Su camisa de dormir era lisa.

Y, de un momento a otro…

… abrió los ojos, clavándolos en el techo parcialmente oscuro. Un haz de luz anaranjada daba en una parte de la pared de la casucha. Giró la cabeza hacia su izquierda, echando un vistazo a la espalda de Dunstan. Ésta dormía plácidamente, roncando apenas.

No supo por qué, pero el corazón le latía con violencia. No recordaba bien el sueño, sólo algunos detalles, y tampoco había sido como para agitarse. Sólo había sido un sueño, y éstos pocas veces tenían importancia.

Con lentitud se sentó en la tierra. Tal como había previsto la noche anterior, los músculos de la espalda le dolían ferozmente. Nunca pudo estar mucho rato de lado mientras dormía, porque le molestaba apoyarse en los hombros. Sentía, también la cabeza como tabla, como si su nuca hubiese adoptado la forma del suelo.

Bostezó, extrayendo inconscientemente algo que se le clavaba en la cintura. Estaba en su bolsillo. Echó un vistazo, no muy interesada, viendo el diario de Craig envuelto en el papel.

―Porquería ―farfulló entre el bostezo, dejándolo a su lado.

Se desperezó estirando los brazos y pensando en el hambre que tenía.

"…si buscas en tu bolsillo puedes encontrar una clave". Esa frase atravesó la línea de sus pensamientos a la velocidad de la luz. Tocó sus bolsillos en búsqueda de algo más, pero no había nada, a menos que se contaran las pelusas o migas de pan y papeles de dulces como "algo útil". No es que fuera a encontrar una respuesta en el envoltorio del caramelo…

Miró el diario otra vez.

―Pero qué tonta ―farfulló tomándolo otra vez. Iba a desenvolverlo, cuando se dio cuenta que no echaba fuego por ningún lado. Miró el diario, concentrada, oyendo la frase una y otra vez, no sabiendo si estaba más impresionada porque no tenía ya el complejo de dragón o porque había tardado en descubrir que el diario era la clave.

Se giró y sacudió el hombro de Dunstan con brusquedad.

―¡Agatha! ¡Agatha!

La mujer se levantó de golpe, asustada y con la varita apuntando el techo.

―¿Qué? ¿Qué demonios te pasa?

Merlina abrió la boca para decir algo, pero no supo cómo expresarse. De pronto se le acabó la emoción.

―¿Sí? ―inquirió la otra alargando la "i" al final.

―Eh… Es que… No sé. Ahora que lo pienso, es ridículo ―admitió. Seguir los consejos de un sueño no era lo más… común. Ni siquiera tenía poderes de vidente como para corroborar la importancia de ello.

―Bueno… podrías intentar explicarlo aunque sea, ya que me despertaste.

Merlina le narró lo más detallado posible el sueño en un minuto y medio, y para su sorpresa, Agatha no se burló en ningún momento de ella o subestimó lo que le dijo.

―Merlina ―dijo con calma. Allí recién la aludida se dio cuenta que, en algún momento, habían comenzado a llamarse por sus nombres. Frunció el ceño: Agatha, definitivamente, ya no le caía mal―, debes de saber que los sueños no significan estupideces precisamente. En tu inconsciente hay mucha información valiosa, lo mismo para el subconsciente, su compañero más cercano. No es que en tu mente haya llegado una Merlina Dos y te haya hablado de la vida como tu amiga: eras tú misma; un trozo de tú mente. Fuiste tú misma que te "dijiste" eso.

Merlina asintió con pesar.

―Ya, pero ¿y qué hago ahora? ¿Qué cabos son los que tendría que unir? Mencioné las profecías y casi no me acuerdo de ellas. Sé que jamás he oído algo tan abstracto como eso.

La profesora arqueó las cejas observando lo que afirmaban las manos de Merlina.

―Creo que podríamos ver lo que contiene ese famoso diario…

A Merlina le temblaron las manos cuando lo hizo, por temor a estallar e incendiar el lugar. No sucedió, ni tampoco produjo algún tipo de corriente en ella o que el viento soplara cuando el diario estuvo expuesto. No brilló, no sonó, no hizo nada. Era un diario simple, del mismo color que el papel, nuevo, pero descuidado y sucio, y sin nada en la portada.

―Me imagino que tendrás que abrirlo. No dice mucho ―se burló Agatha. Merlina le ignoró la broma, pero le hizo caso.

Casi se llevó un susto de muerte cuando lo abrió en la primera página: no estaba en blanco ni escrito, sino que estaba decorado con una infinidad de líneas negras. No eran cualquier tipo de líneas. Éstas eran siniestras e irradiaban el néctar de la ira. No se veían palabras entre medio, sólo trazos, círculos, formas indefinidas. Como si Craig Ledger hubiese impreso toda su energía en ello. Esas líneas representaban odio, en lo que se había llegado a convertir: un maniático obsesivo… Una rama infestada.

La tinta se marcaba casi en las veinte páginas siguientes. Ninguna supo cómo éstas no se habían rasgado de tanta presión. Luego de eso, había un párrafo escrito.

Una maldita, una perra, una puta. La odio. La odio, la odio y quiero verla muerta. Por ella estoy aquí, siendo vigilado día y noche. Crea pesadillas en mí. Me arruinó la vida. Ella tenía que estar conmigo. ¿Por qué me importa? ¿Por qué la odio? No debería hacerlo, pero así es, y por eso quiero que esté muerta para no preocuparme de ella. No quiero ser dependiente de ella. Pero la deseo, siempre lo he hecho, y ella no me aceptó. Ella me pertenecía.

Ella va a MORIR.

Cuando Merlina acabó de leer, se dio cuenta de que el estómago lo tenía repleto de plomo. Sintió la mirada de Agatha en su frente, insistente, pero ella sólo se limitó a voltear la página.

Tengo ganas de verla muerta para que no se aparezca más en mis sueños. No quiero desearla nunca más. No quiero que sea de nadie.

Y así continuaba en hojas y hojas, tratando de lo mismo, sin fecha alguna de ubicación: palabras de odio, trazos sin sentido, otras páginas en blanco, como si él hubiese creído escribir en ellas, pero nunca lo hizo realmente. Hacia la mitad recién pudo calcular una fecha, teniendo una claridad temporal. Las palabras dictaban:

Ya sé lo que haré. Huiré de aquí y la mataré. Uno de ellos me ayudará. Me contactará con su hijo y urdiremos un plan. Pero, primero, huiré. Sólo tengo que cavar con mis manos y, luego, entrar a Hogwarts para quitarle la vida.

Desde allí no hubo nada más escrito. Merlina tuvo miedo de ir a hacia la última página, temía que algo más trascendental pudiera encontrar allí. Agatha hizo el ademán de arrancarle el diario de las manos. Sin embargo, ella lo tenía pegado como con cola a las manos.

No pude hacerlo y tuve que huir. Ellos, los Mortífagos, me encontraron, me torturaron y me llevaron hasta el Señor de las Tinieblas. Yo sé lo que ha hecho para estar vivo, lo he descubierto al oírlo hablar con su serpiente. Pero, la verdad, es que ya lo había leído en un libro cuando pequeño. Un libro que era de mi abuelo, un libro horrible del que mi madre tuvo que deshacerse para que yo no volviera a encontrarlo, pero algo así jamás se olvida.

También se puede hacer con cuerpos, y yo lo intentaré. Primero necesito a una persona fuerte. Segundo… Necesitaré yo no ceder a mis impulsos.

Tarde o temprano, acabaré con ella.