Capítulo 48: De viajes y pesadillas
.
―Esto es… enfermizo ―susurró Merlina. Cerró el diario de golpe y lo lanzó contra la pared del lado de Dunstan. Cayó abierto, hacia abajo―. Era un maldito enfermo. No sé cómo no me di cuenta, cómo fui tan tonta. Por lo demás… ya sabía que me quería matar, y no lo logró. Era un maldito psicópata, un machista asqueroso, frustrado y desquiciado.
Agatha tomó el diario, no muy satisfecha con lo que estaba alegando Merlina.
―Creo que es algo diabólico. No siento que todo haya sido tan psicopático, al menos no lo último que leímos. Hay algo extraño allí.
Pasó los ojos otra vez por el escrito, pensativa y minuciosa.
―¿Alguna vez te mencionó que haya visto algo en un libro? Algo como… ¿magia negra?
―No. No que lo recuerde. Siempre aparentó ser el único que me entendía. Fingió ser una persona correcta. Siempre que me hablaba de su pasado, contaba cosas buenas de su vida… de Quidditch y Whiskey de Fuego.
―Ya, Merlina, enfócate. De verdad hay algo en el libro, pero no vamos a entender nada si tú no haces un esfuerzo. Podrías tratar de recordar la Profecía de Trelawney, fuiste la oyente.
Merlina negó con la cabeza.
―Eso será un esfuerzo inútil. Agatha, si alguna de las profecías hubiese tenido algo importante salvo de "tener un enemigo mortal" al que debo destruir, lo recordaría.
―Bueno, ¿y qué propones? Si no tienes alguna pista, no vas a poder adivinar nunca. Y yo menos, no creo que te sirva de mucha ayuda si tú no tienes buenas ideas.
Merlina hizo una mueca y movió la cabeza indefinidamente.
―¿Sabes de algún hechizo que sirva para hacer que una persona vidente lance profecías?
Los oscuros ojos de Agatha se entrecerraron con recelo.
―No que yo sepa y no sé si exista. ¿Por qué?
―¿Para qué preguntas si ya sabes a lo que me refiero? Dime qué piensas.
―Bueno… No es tan mala idea.
―Entonces vamos a buscar a Trelawney.
La situación no era tan sencilla: no podían utilizar el encantamiento Patronus para hallarla, dado que no tenían idea de cuál era su paradero. Incluso cabía la remota posibilidad de que estuviera hecha polvo en su torre en Hogwarts y era algo muy, muy malo de imaginar dada las circunstancias. El único camino que podían tomar era encontrar a alguna lechuza ―no sería tan difícil con algo de magia, durante la noche― y confiar en que el ave lograra encontrarla lo antes posible. A su regreso tendría que hechizar a la lechuza para que esta comunicara de alguna forma el escondite de la profesora. No podían arriesgarse con una carta, una, porque podía ser interceptada, y, otra, porque Trelawney podría desconfiar de lo escrito e irse.
Esa noche la lechuza fue enviada a hallar a la adivina, quien obedeció dichosa, aunque quedaba todos los otros tediosos días de espera.
Merlina fue obligada por Agatha para que se relajara, y cómo no hacerlo. Se mordía las uñas cada dos segundos; le daba algún tic de la nada, como el de mover la pierna, morderse el labio o chasquear la lengua. Así que, para hacer algo productivo y distraerse, durante tres días se dedicaron a la transformación de rocas o trozos de maderas en cosas útiles, como mantas, almohadas e incluso recipientes para tomar agua o cocinar. Lograron montar algo muy similar a un retrete entre unos arbustos, a unos cuantos metros de la casucha. Entre que hacían todo eso, el Thestral se ubicaba lo más lejos posible de allí, aunque siempre vigilante.
Mantenerse aseada era más fácil que borrar el nerviosismo, lo que fue el punto de inflexión para que Dunstan decidiera ayudar a Merlina, y eso consistía en enseñarle ejercicios de embarazadas y mostrarle cómo se masajeaba la panza. Así no solo se relajaba, sino que también preparaba la piel y músculos. De pronto Merlina había parecido incrementar mucho más de tamaño. Quien la viera, no dudaría de que estuviera embarazada; ya no pasaba por una simple hinchazón por exceso de comida.
Cumplidos los tres meses hacia la segunda la mitad de marzo, poco más de tres semanas luego de huir de Hogwarts, obtuvieron por fin una señal de Trelawney: estaba en algún lugar de Escocia. La lechuza apenas tuvo que dibujar con el pico en la tierra un pequeño mapa, gracias a un encantamiento de Agatha.
Y, de pronto… la luz iluminó a Merlina: la señora que les había cobrado un dineral por ayudarla en el verano anterior podría ayudarla nuevamente, y esta vez tendría que ser gratis.
.
Al día siguiente decidieron hacer los preparativos del viaje que emprenderían a Escocia, lo antes posible. Era algo en lo que no podían perder mucho tiempo porque, prácticamente, tenían la vida cronometrada para actuar.
Merlina sabía, y había sido más que convencida por Agatha, que debía darle prioridad a su poder, a las profecías y a ese diario que, hasta esos instantes, nada importante tenía, pero que de misterio rebosaba. Ella jamás había sentido afición por la suerte, azar o destino. Sin embargo, podía confirmar que no era coincidencia haber encontrado el diario, junto con todos los sucesos que procedieron a ello. ¿Cómo podría, de todas maneras, haberle dado prioridad antes al objeto, si no tenía las pistas suficientes como para interesarse por él?
No era que haber recuperado la memoria le hubiese ayudado del todo, ni menos con las idas y venidas constantes de Severus, sumando la marcha definitiva que le había destrozado como jarrito de cristal. Sin embargo, no iba a ceder ante eso; haría de tripas corazón. Los tiempos dictaban no rendirse con nada y ante nada, y ella, que jamás lo había hecho, no iba a quebrarse en esos instantes, bajo ninguna circunstancia.
―¿Sabes lo que sería una buena idea? Conseguir algo de ropa. Estoy cansada de usar túnica sin ropa interior para lavar los pantalones y la camisa ―alegó Merlina mientras Dunstan volvía las cosas transformadas a su estado natural para no dar pistas de que gente había habitado el lugar. Merlina estaba apoyada afuera, en la pared que tenía sombra, acariciando inconscientemente su panza, con el Thestral a su lado como compañero.
Tampoco quiero utilizar la túnica que regaló Dobby a Harry. No me corresponde, pensó poco convencida, apostando contra ella misma que la túnica, en cualquier momento, sería liberada de su envoltura.
―Pues no eres la única que tiene que hacer de una, dos mudas de ropa ―respondió Agatha con cierto sarcasmo.
―Ya, pero yo me estoy poniendo como pelota ―indicó Merlina de malhumor, haciendo una mímica con sus manos alrededor de su cuerpo, aunque la profesora no pudiera verla―, y, de verdad, los pantalones no creo que se puedan agrandar más, voy a tener que terminar colocándome hojas en mis partes privadas.
Dunstan salió de la casa colocando los brazos en jarras.
―Está bien ―contestó con la mandíbula tensa―. Buscaremos algún lugar de donde podamos sacar ropa.
Hicieron cazuela de pájaro, el primero que pudieron cazar, muy flacucho e insípido, pero que disfrutaron de todas maneras. El amigo de ambas se las arreglaba solo para comer los animales muertos que pillaba por ahí.
Luego de borrar la última huella, Agatha se desilusionó a sí misma y a Merlina para poder volar seguras de día, sin llamar la atención. Se acomodaron en el lomo del Thestral.
―Esto es algo incómodo ―se quejó Merlina de mala gana.
―Bueno, vas a tener que apretarte un poco más para que no termines con las nalgas en el aire. Si me hecho más para adelante, me caeré y no cabe duda de que te vendrás abajo conmigo. ¡Pero no me aprietes tanto!
Merlina trató de aflojar el abrazo lo más que pudo. No quería sentirse insegura.
―Oh, espera, un momento. Tengo ganas de vomitar.
Pasaron diez minutos más antes de ubicarse encima del Thestral y comenzar a volar. El borrar las huellas otra vez no era nada fácil para una sola persona.
Robar a una alguien que viviera solo, incluso con magia, no era tan sencillo. Lo primero que encontraron, al salir del campo, fue un pequeño pueblo muggle. Merlina tuvo la obligación ―o la suerte, como se le viera― de permanecer escondida con el animal volador tras los matorrales que decoraban el cerco de una casita.
Cerca de media hora tardó la profesora en recolectar ropa apta para ambas, más unos cuantos cepillos de dientes usados, algunas cosas básicas de aseo, y otras botellas de pociones —resultó, milagrosamente, ser la casa de un mago—. Todo ello lo envolvió en una sábana y lo hizo aparecer al lado de Merlina. Llegó a los minutos, corriendo y colorada como tomate.
―Listo. Traje un mapa, así que podremos utilizar la aparición. El Thestral nos puede seguir volando, como siempre.
Merlina estuvo de acuerdo. Volar con equipaje en un lomo tan raquítico era firmar casi una sentencia de muerte.
—Prefiero desaparecerme conjuntamente —reconoció Merlina—, me da miedo que suceda algo —se tocó la panza—; nunca he sido tan experta, y ahora que no soy una persona sola…
—Bien, tómate de mi brazo. Nos apareceremos en Laide. Es más seguro que ir directamente a la Isla Lewis. Luego, si encontramos que es seguro, seguimos avanzando.
Ninguna de las dos tuvo necesidad de explicarle al animal lo que habían dicho. Éste ya había comenzado a volar apenas oyó "Isla Lewis".
No perdieron más tiempo. Merlina se tomó del brazo de Dunstan y procuró cerrar muy bien los ojos. Era muy posible que se mareara.
No es tiempo de devolver la poca que comida que he ingerido —pensó Merlina cuando abrió los ojos, sin soltarse del brazo de Dunstan para no caerse. Respiró con fuerza hasta sentirse bien nuevamente y analizó su entorno.
Se hallaban en la playa. El mar era completamente calmo, azul y cristalino, y un collar de piedras pequeñas adornaba la orilla para que el agua no pudiera llegar hasta la fina arena blanca.
Tras ellas había una montaña de rocas, las que estaban rodeadas de pequeñas montañas verdes. Por lo demás, el litoral estaba solo. Alguna que otra ave volaba por allí.
—Tenemos que instalarnos ya —urgió Agatha haciendo levitar la bolsa que cargaba a su lado, para que pareciera que la llevaba ella. En cualquier momento podía parecer un muggle, a pesar de que Laide era poco habitado.
Anduvieron agachadas hasta encontrar la parte baja de las rocas y subir. No era mucho el esfuerzo que tenía que hacer Merlina; aún su panza no era tan prominente, pero se sentía muy incómoda.
A pesar de la presencia de sal, el pasto era verde, lo mismo que las hojas de los árboles escasos que decoraban el lugar. Tenían muchas posibilidades de ser vistas.
Con la máxima rapidez que pudieron, corrieron hasta dos árboles solitarios casi a treinta metros de distancia de la orilla.
—Rápido, rápido —farfulló Merlina, nerviosa, ayudando a extender una de las sábanas que había echado al equipaje robado. La colocaron en el suelo y, con un simple movimiento, Agatha la alzó y la convirtió en una consistente carpa de espacio suficiente para dos personas y un tercio.
Merlina entró con las demás cosas mientras la profesora se dedicaba a proteger el exterior y a hacer la carpa invisible.
La joven embarazada cerró los ojos con alivio, pasándose una mano por la cara sudorosa. No podía creer que estuviera a salvo y que tuviera a Agatha Dunstan protegiéndola. Porque, al fin y al cabo, eso estaba haciendo ella: funcionando de escudo.
En algún momento iba a tener que pagarle con la vida; le había salvado el pellejo muchas veces ya. Sin embargo, algo que agradecía enormemente, era su compañía. De no ser por ella estaría sola, y algo que odiaba era estar sola… o al menos, sentirse así.
Un nudo se le formó en la garganta. En ningún momento había olvidado a Severus; él estaba en sus pensamientos las veinticuatro horas del día. Si hacía algo y se distraía —Agatha solía cooperar con ello, le daba actividades fáciles para que se mantuviera ocupada—, una parte de su cerebro seguía en esposo, preguntándose dónde estaría, en qué estaría ocupado, si la extrañaba, si estaba herido. Lo único que no se preguntaba era si estaba muerto. En su corazón algo le indicaba que él seguía con vida, o ella se negaba a pensar que eso —su muerte— pudiera ser cierta. Se sentía en una irrealidad cuando esa macabra idea se le cruzaba por la cabeza.
"Tienes que cuidar tu salud mental" le decía varias veces al día Agatha cuando la veía al borde de los nervios.
Merlina respiró hondamente, mirando el techo que casi le raspaba la cabeza, evitando que las lágrimas se formaran.
—¿Estás bien? —inquirió la profesora cuando ingresó gateando en la tienda, colocándose al lado de Merlina con una gran naranja en cada mano. Le tendió una.
Merlina hizo un movimiento indefinido entre hombros y cabeza.
Agatha le dedicó una mueca de comprensión.
—Sé que no es fácil, pero ahora debes tener el objetivo claro.
—Sí. Lo único que quiero es comer, descansar e ir lo antes posible donde Trelawney —se tocó el bolsillo de la túnica mientras se sorbía la nariz—. Sé que el diario solo no me va a ser útil, y tengo que desentrañar todo esto de una vez por todas.
—Puede que hoy lo hagas, si tenemos suerte. Viajaremos en la noche, es más seguro.
Con esas palabras se sintió apenas más animada, lo suficiente para devorar la naranja, dormir plácidamente sin pesadillas y comer un estofado de pescado que hicieron entre las dos fuera de la entrada de la tienda, viendo a gente campesina pasar, sin ser vistas, y recibiendo la brisa cálida en la cara. Era extraño saber que una voz que antes le inquietaba podía brindarle confianza ahora.
—¿Has pensado en cómo le vas a poner al niño o niña cuando nazca? —inquirió Agatha con curiosidad cuando comían otra taza de estofado a media tarde.
La aludida frunció el ceño. Jamás se le había pasado por la cabeza. Sabía que iba a tener un hijo, pero lo que más se evidenciaba era el bulto incómodo que crecía dentro de ella. Aún era pequeño, ―a pesar del tamaño de su vientre que parecía más grande de lo normal―, y por la misma razón no le daba la total connotación de "vida". Sabía todo lo que iba a implicar tener un hijo, pero no lo sentía aún. Era un pensamiento extraño.
Por esa razón, a su cabeza no acudió ningún nombre.
—La verdad es que ni siquiera lo he pensado —sinceró con una sonrisa avergonzada.
Dunstan carraspeó, pensativa. Súbitamente dejó su plato de greda y giró hacia la entrada de la carpa.
—Lo siento —se disculpó de la nada y entró.
Merlina arqueó las cejas, anonadada por tal repentina reacción. Se quedó observando la entrada de la tienda embobada.
¿Dije algo malo? ¿Qué diablos? Creo que no es tan malo aún no pensar en el nombre de tu hijo o hija, especialmente si has vivido las mil y una penas del infierno con poco tiempo.
Terminó su plato mirando hacia el oeste, donde el sol comenzaba a atenuar. Los rayos del sol ya no eran amarillos, sino rojos. El horizonte estaba rosado y con escasas nubes.
No se atrevió entrar a la tienda de inmediato por temor a desatar el mal humor de Dunstan que había aparecido de la nada. O reaparecido. Sin embargo, no pudo estar mucho rato afuera, pues una ventisca hizo que se le pusiera la piel de gallina. Para su sorpresa, la mujer le sonrió cuando se protegió en el interior de la tienda.
―Vamos a partir antes de las diez ―avisó Agatha con un tono de simpatía forzado.
Merlina se mordió la lengua para no ser imprudente, pero no pudo evitarlo.
―Mira… si dije algo malo, es mejor que me lo digas ahora mismo porque…
―No dijiste nada malo ―le cortó Agatha con voz impertérrita.
La joven embarazada miró el techo, bufando.
―Bien, creo que dormiré un rato ―dijo acomodándose, siendo consciente de que le quedaban varias horas libres, y si Dunstan iba a comportarse de manera extraña, prefería no ser partícipe. No creía poder tener mucha paciencia.
.
―Ya es la hora.
Merlina despertó sobresaltada. La voz había resonado en sus oídos al mismo tiempo que ella, en sueños, decía "ya es la hora", y se refería al nacimiento del bebé. Suspiró de alivio por un momento, y luego…
―Creo que vomitaré.
―Afuera, por favor.
Alcanzó a salir, a rastras. ¿Hasta cuándo tendría que estar con náuseas? Se sintió molesta y por un breve segundo deseó no estar así. Luego recordó, con un chispazo de emoción que el bebé no le pertenecía sólo a ella.
Se prepararon para viajar nuevamente. La tienda volvió a ser una simple sábana y, nuevamente, la utilizaron para trasladar las cosas de una manera fácil y rápida.
―Estuve observando el mapa mientras dormías y he escogido el mejor lugar para aparecernos. Casi no hay habitantes y podremos tener una visión periférica para estudiar primero a los habitantes y al pueblo en general. Luego podemos comenzar nuestro recorrido. No es bueno lanzarse con todo esta noche ―explicó Agatha borrando cada uno de los rastros que habían dejado―. Nunca se sabe si lo peor ha llegado a otros lados. Y es seguro que nos están buscando. El único camino que les queda es fingir que buscan a gente para ocultar la verdad del Ministerio. Están arruinados ―adujo y suspiró mirando la noche con fijeza.
―Eso mismo había pensado ―contestó ella con sinceridad, aún con parte de su mente en el sueño.
Dentro de todas las cavilaciones que tenía Merlina acerca de Severus, el bebé, Agatha y la supervivencia diaria de ambas, se hallaba la preocupación por el asunto de Azkaban. Nadie se quedaba de brazos cruzados luego de una fuga, y no creía que dejaran pasar la posibilidad para culpar a alguien de las tragedias que estaban ocurriendo. Por todo ello estaba plenamente consciente del cuidado que tenían que dedicar al arte de ocultarse. A pesar del peligro inminente, ella se sentía segura. Tenía sentimientos encontrados en lo que respectaba a Agatha. No le gustaba admitir que, bajo su mirada, estaría tan a salvo como si lo estuviera con Severus. Esa actitud decidida, sus grandes habilidades y sus buenas ideas eran algo que le daba plena garantía de que no le ocurriría nada mientras permanecieran juntas.
Imaginó que los del Ministerio debían tener fotos de "los más buscados" pegados en todo Hogsmeade y el Callejón Diagon. Entre aquellas, debía estar su cara y la de la profesora.
.
Agatha asiduamente constataba si Merlina estaba bien, si no necesitaba nada. Se excusaba de no saber cómo determinar la seguridad del bebé, pero sí velaba por la alimentación y el descanso de Merlina, y no podía negar su preocupación.
Merlina jamás había estado tan agradecida. Y pensar que ella, en algún momento, había pensado en que nunca podría agradecerle algo, pedirle ayuda. Era, de hecho, increíble que compartieran tan bien. Sin contar los cambios radicales de ánimo de Agatha, siempre se encontraban en una situación amena.
―¿Por qué te colocas eso? ―inquirió señalando el pecho de Merlina que se conectaba directamente con su vientre. Se había rellenado la túnica con una almohada para dar la impresión de estar pasada en peso y no embarazada.
―No quiero que sepan que estoy en una situación complicada. No quiero demostrar que soy más débil que nunca ―explicó con un suspiro.
―Tu rostro te delata.
―Pues hay gente gorda de cara delgada ―se defendió de mala gana, sacándose el cojín y lanzándolo, abortando su plan.
.
Cuando vio a Merlina caer sin vida por culpa de ese rayo verde que había emanado la varita del encapuchado, Severus despertó sobresaltado en medio de la oscuridad del salón de la mansión Malfoy. La única respiración que se oía era la de él mismo y había un lejano murmullo de alguna parte de la morada. Evidentemente, algunos Mortífagos estaban charlando con libertad y emborrachándose, aprovechando la ausencia del Innombrable, quien tenía sus propios planes que ejecutar y tareas que cumplir.
El mago se pasó ambas manos por la cara, como si con eso pudiera borrar el vestigio de la pesadilla, pero era más que imposible. Daba igual cuantas veces durmiera, cuanta distracción tuviera durante el día; siempre iba a ocurrir lo mismo: malos sueños y pensamientos venenosos. E iba a seguir sucediendo por tiempo indefinido. Mientras ese hombre estuviera entre ellos, iba a seguir con ese miedo que le apresaba la mente a cada segundo.
Con un movimiento de su varita encendió la chimenea. Extrajo un pequeño trozo de periódico que llevaba consigo a todos lados. Estaba algo gastado ya, pero se definía claramente las facciones finas de Merlina. Su cara delgada y pálida, y esa expresión de temor en los ojos ―los cuales miraban a todos lados con preocupación―, se plasmaban en el pedazo de El Profeta.
Era la única foto que tenía de ella y probablemente la única que tendría durante toda su vida.
Acarició con el pulgar su rostro, deseando tenerla con él. Sin embargo, ni siquiera sabía dónde estaba, y no quería arriesgarse a saberlo. Pero su sexto sentido le dictaba que estaba bien. Sí, ella está a salvo.
Volvió a guardar la imagen en movimiento en el bolsillo de la camisa, a la altura del corazón. No era que le gustara la procedencia de ésta ―a la semana cumplida desde la huida de Merlina, habían publicado en el diario una serie de escapes de varios reos a lo largo de los últimos dos años. Todos ellos, personas inocentes que se habían logrado salvar de una vida maldita, aunque todos tildados de magos y brujas peligrosos. Y Merlina Morgan había aparecido entre la serie de fotografías publicadas en el periódico. Entre ello, el anuncio importante era la alerta permanente ante cualquiera de esos individuos, exagerando totalmente el "peligro" que imponía Merlina, definiéndola casi como una pirómana empedernida―, pero era el único retrato físico que tenía de ella.
Luego, cuando Severus comenzaba a analizar la raíz del problema, sentía odio. Odio hacia sí mismo, pero no tanto como irradiaba hacia el real culpable. Lamentablemente, no podía dejarse llevar, no podía hacer nada. Había estado a punto de alzar la varita contra él la noche que se dio cuenta de su real identidad, pero se controló. Primero, lo hizo por la inseguridad. Podría ser una mera confusión. No obstante, más tarde confirmó que era quien pensaba. Esos ojos fríos, esa actitud déspota y vengativa, el misterio que yacía en él y la manera de hablar de su esposa, Merlina, lo conocía de una sola persona. Y sabía que era posible. Tenía muchas teorías, y cualquiera podía ser. Tantos años viviendo en un mundo de violencia y oscuridad, al lado de uno de los más grandes magos tenebrosos que pudiera existir, dejaban grandes huellas de sabiduría.
Tendría que soportar, que ser valiente, guardar la violencia que quería escapar de él, tal como el fuego escapaba del cuerpo de Merlina. Tenía que ir con cuidado, no debía adelantarse. Aún quedaba un largo camino que recorrer junto al bando de Lord Voldemort, y si quería sobrevivir para poder reencontrarse con ella, iba a tener que presionar su genio aún más para mantenerlo a raya.
Sólo trataba de ser no tan pesimista; porque sentía que era más probable que encontraran a Merlina que morir él antes. Entonces, las imágenes del sueño retornaron a su cabeza. Los ojos le ardieron al llenarse de lágrimas. Sin embargo, no tuvo tiempo para dejarlas deslizarse por sus mejillas.
La puerta se había abierto en completo silencio, pero la presencia que se hallaba cruzando el umbral era muy poderosa como para pasar desapercibida. Severus giró la cabeza lentamente y la ladeó, en signo de interrogación.
―Oh, lo siento. Pensé que no había nadie.
―No tiene importancia. De todas maneras ―dijo Severus reincorporándose, tratando de no sonar muy iracundo―, ya me iba de aquí.
Caminó hasta él y pasó por su lado, sin mirarlo a los ojos. No quería saber lo que podría encontrar en ellos.
Aguarda, Morgan… No dejaré que te haga daño, no permitiré que te toque. Sólo espérame unas semanas y estaré contigo otra vez.
Severus podía desear y luchar todo lo que quisiera, pero interferir en algo que Merlina iba a ejecutar a como diera lugar, era imposible.
Las cartas ya estaban echadas sobre la mesa.
