Capítulo 49: Amistad

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El pueblo Callanish estaba en pleno silencio y oscuridad cuando llegaron. Lo primero que hicieron fue ocultarse tras unas rocas, mojándose hasta las rodillas por la marea alta.

―Esto me da mala espina ―susurró Merlina apenas moviendo los labios y asiéndose inconscientemente al brazo de Agatha.

―No sé por qué, pero creo que tienes razón ―replicó avanzando lentamente para salir del agua.

De pronto, una sombra apareció ante sus ojos saliendo de las tinieblas. Merlina ahogó el grito, creyendo que era un Mortífago con capucha. Luego se dio cuenta de que era muy deforme como para ser, incluso, un humano con la capa en movimiento.

Los ojos del desconocido brillaron en la oscuridad, y entonces supieron quién era. Ambas soltaron un suspiro de alivio: el Thestral.

―Pensé que se tardaría más en llegar ―comentó Dunstan con la voz temblorosa―. Vamos, vamos rápido a instalarnos. Creo que tendremos que estudiar el lugar primero antes de buscar a Trelawney y a la otra señora.

Nuevamente instalaron la sábana a modo de carpa cerca de la playa, entre unos matorrales. El Thestral se acomodó afuera para custodiar el lugar.

Al sentarse, Merlina soltó un gritito de dolor e inmediatamente se llevó una mano hacia un costado.

Agatha, quien estaba protegiendo el espacio que ocupaban con distintos poderosos sortilegios, entró como un rayo a ver lo que le sucedía.

―¿Necesitas algo? ―sus ojos estaban muy abiertos, viéndose más redondos que de costumbre. El labio le tembló, y a Merlina le pareció que su pregunta significaba que se refería a algo grave.

―No, sólo es un gas ―contestó sorprendida por la rapidez con la que Agatha había entrado en pánico―. Estoy un poco hinchada. No tienes que…

―¿Segura?

―Segura. ¿Te pasa algo a ti?

Merlina analizó la súbita palidez de la profesora con una ceja arqueada.

―No… Nada. Sólo…

Y nuevamente salió, sin contestar nada coherente, a finalizar su trabajo.

Comieron entre intervalos de silencios incómodos y lo poco que hablaron se basó básicamente en cómo iban a actuar para no meterse en problemas. Luego entraron a la carpa para dormir.

Pero ninguna de las dos pudo. Merlina se sentía demasiado inflada como para dormir y tenía una vergüenza terrible de liberar sus eructos. Dunstan había sido muy comprensiva con ella, pero no sabía hasta qué punto de confianza podrían llegar.

Por otro lado, Agatha no podía pegar pestaña por el pensamiento que circulaba por su cabeza. No le gustaba sacar a la luz su comportamiento bipolar, pero no podía evitarlo. Y no quería dar lástima tampoco.

Merlina se sentó porque no aguantaba más la incomodidad y soltó el eructo en silencio, lo que pareció ser una tos extraña.

Agatha dio medio giro para observarla.

―¿Te desperté?

―No. Es que no puedo dormir. ¿Sigues hinchada?

―Mucho.

―¿No que sabes algo de pociones?

―Algo.

―Bien, ¿no se te ocurre algo que te ayude a aliviar la incomodidad? Porque, de las que robamos, ninguna es muy útil.

Merlina tuvo una rápida visión de Severus haciendo pociones para la Enfermería: ortiga y tomillo en una infusión líquida con agua y tres toques de varita, muy simple de fabricar. Sólo se respetaban las medidas y se dejaba hervir, sin siquiera revolver. Era un recuerdo lejano, como si hubiese sucedido hace años.

―Sí, hay una poción…

Media hora más tarde, cerca de las dos de la mañana, Merlina estaba bebiendo la infusión preparada por Agatha muy meticulosamente, gracias a sus instrucciones. Estaban dentro de la carpa, cómodamente sentadas, entre unas luces flotantes que había hecho aparecer la profesora.

De sólo oler el vapor se sintió mejor.

―¿Fue gracias a Snape que aprendiste pociones o… lo sabías? ―inquirió Agatha con mera curiosidad preparándose una taza de té.

―Técnicamente él me enseñó algunas cosas. Fue mi profesor antes… y bueno, pasar tiempo con él ayudándolo a ordenar su despacho y revisar informes estos últimos dos años… ―Se quedó callada.

Viajar a esos recuerdos se le hacía completamente irreal. Le retorcían las entrañas como si fueran trozos de pergamino.

―No te preocupes, vamos a salir de esto. Ya vas a ver, que con el tiempo… Si nos protegemos y hacemos lo que esté a nuestro alcance, estaremos a salvo. Y tú podrás volver con Snape y ―sonrió extrañamente― formar tu familia.

Merlina bajó la taza de infusión por dos razones: se había acabado y la actitud de Agatha le sorprendía. Se dio cuenta de que no sabía por qué la ayudaba, y por qué ella aceptaba su ayuda luego de lo que se habían hecho mutuamente. Habían sido enemigas declaradas, casi se habían asesinado y los celos era lo que predominaban en ambas. ¿Qué era lo que estaba sucediendo?

Merlina frunció el ceño y tomó una bocanada de aire.

―¿No te molesta?

―¿Qué es lo que debería molestarme? ―Sus cejas se arquearon.

―Agatha… ―Abrió la boca buscando palabras que no fueran violentas ni ofensivas―. Tú estabas tratando de separarme de Severus. ¿No harás nada cuando todo vuelva a ser igual?

Agatha frunció el entrecejo y medio sonrió.

―Lamento haberte dado esa impresión, Merlina, pero yo no estaba enamorada de Snape. Nunca lo estuve.

Merlina se enderezó.

―Entonces, ¿por qué le coqueteabas? ―a Merlina se le colorearon las mejillas. Recordaba haberlos escuchado hablar en el despacho de él una vez―. Una vez fuiste a su oficina a pedirle no sé qué, entre otras cosas…

Se miraron fijamente a los ojos.

―Yo no coqueteaba con él. Bueno, sólo quería que pensaras eso, pero eso de coquetear… Nunca lo hice. Yo le caía mal y él tampoco me agradaba ―contestó con sinceridad―. Ahora, la vez que fui a hablar con él, era para conseguirme huevos de Chizpurfle con él y lo agrandara con una de sus pociones para hacer duradero el efecto. Era para hacer un experimento en las clases de séptimo año… ¿Qué pensaste que le había dicho?

Merlina movió las manos con ímpetu, como si con eso pudiera expresarse mejor.

―No sé qué me imaginé exactamente, ¡pero lo rescataste de eso… eso que le dio!

―¿La maldición del sueño? ¡Era algo que tenía que hacer! Si no se resuelve a tiempo, la persona puede quedar con problemas neurológicos graves. Era mi deber como profesora, ¿no? ―Tomó una gran bocanada de aire―. Ahora entiendo que en mí veías un monstruo. Pues no lo soy. Además, no es algo que se pueda tomar a la ligera.

―¿Qué quieres decir? ¿Y tú no me veías así mismo, entonces?

―La maldición del sueño es algo gravísimo, Merlina. Es magia negra antigua, y no es algo que se haga comúnmente como utilizar la maldición Cruciatus… ―Se quedó callada, mirando el vacío. Luego frunció el ceño, evidentemente incómoda.

―¿Qué? ¿Qué? ―presionó Merlina, ansiosa por el silencio de la profesora.

―Es… Es que nunca supimos quién lo hizo, Merlina. Y, ahora que lo pienso… ¿No tendrá que ver contigo?

―¿Quieres decir que fui yo quien lo hizo? ―esta vez se puso roja de ira.

―¡No, no! Me refiero a que, tal vez, quien hizo esto puede que sea tu enemigo. Porque, ¿qué enemigos tiene Snape?

―No lo sé. Es poco posible que los Mortífagos estén en su contra, cuando él está allí. Y eso fue a principio de año. No sé qué puede haber sido, pero ahora que lo pienso, tienes razón…

―La persona que lo hizo tiene que haber sentido mucho odio por ambos o por uno de los dos. Y tiene que haberse asegurado de que iba a volver al castillo a dormir y no lo hiciera antes en otro lado. Alguna información debía tener sobre Severus para haberla ejecutado con éxito. Y no, no te vía como un monstruo ―añadió.

Morgan se pasó las manos por la cara, tratando de mantener la calma. Otra vez la confusión inundaba su cabeza. Había un pensamiento que no alcanzaba a tomar forma, como si lo tuviera en la punta de la neurona.

―Sé que es algo obvio ―dijo―, pero no lo logro conseguir.

―Calma, calma ―alentó Agatha palmeándole el brazo―. Tienes que estar tranquila.

Merlina negó con la cabeza lentamente.

―De no ser por ti, ya estaría muerta.

―Habrías encontrado la forma de sobrevivir.

Segundos de silencio.

―¿Por qué me odiabas, Agatha? Tal vez, pudimos habernos caído bien antes…

La profesora le observó con melancolía antes de abrir la boca.

―Merlina ―farfulló cansinamente―, ¿es que no te das cuenta? ¡Te tenía envidia! Una envidia venenosa, de la peor que existe ―sinceró con vergüenza y una mirada de abatimiento.

―¿Por qué?

―Porque tienes todo lo que yo no tengo.

Merlina no supo que contestar a ello.

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Deseó vomitar tras escuchar lo que había hecho Bellatrix con una bruja embarazada hacía unos días atrás.

Luego de haber salido de la sala de la mansión, huyendo de la maléfica y detestada presencia de Clive Lamport, pensó dirigirse al comedor, donde siempre se reunían. Sin embargo, al ver cómo Narcissa salía corriendo del lugar, aparentemente llorando, le hizo quedarse tras las puertas oyendo la conversación, lo que fue inevitable. Y fue cuando oyó los detalles.

Quizá por la misma imposibilidad de vomitar, al ir a una de las habitaciones y quedarse dormido otra vez, le causó otra pesadilla. Pero no una pesadilla cualquiera. Era casi un flashback: volvía él a estar corriendo por el pasillo de Hogwarts, cuando se topó con Merlina. Tal como había ocurrido en la realidad, trató de advertirle de Lamport, pero ella se adelantó, queriendo decirle otra cosa. Y allí fue cuando las cosas cambiaron y se volvieron, de cierta manera, etapas de una pesadilla.

Morgan lo abrazó con fuerza, haciéndole quemar la piel por unos segundos. Segundos más tarde, algo comenzó a crecer, algo que se interpuso entre ellos y los distanció. Los brazos de Merlina dejaron su cuerpo, alejándose un poco más de él. Luego, una luz blanca que parecía provenir de ninguna parte, la iluminó. Entonces, Severus pudo ver perfectamente lo que tenía delante de sus ojos.

Merlina estaba desnuda, casi con la misma pose que la Gioconda y, bajo el brazo que cubría su pecho, se asomaba un abdomen blanco, voluminoso y brillante.

El corazón de Severus se aceleró con violencia. No era una imagen que le provocara esperanza; la luz no era angelical. Al contrario: brindaba más frialdad a la situación. La sonrisa de Merlina también era helada y sus ojos parecían muertos, vacíos.

―Severus ―susurró con voz temerosa y suave―. Estoy… Estoy embarazada…

No era necesario que se lo dijera, pero cuando aquella palabra tocó sus oídos, su corazón pareció estallar como bomba en su pecho, viajando hasta su estómago.

De un momento a otro, su esposa cayó de golpe al suelo, poniéndose en posición fetal y chillando de dolor. Los gritos fueron como dagas para él.

Despertó de golpe, lleno de sudor y miedo.

―No puedes estar embarazada ―farfulló como si lo del sueño pudiera ser real de algún modo.

Se calmó, pensando en lo que había dicho Bellatrix, sintiendo otra vez repulsión. Esa había sido la causa del sueño, estaba seguro. No obstante, ¿él debía estar matando a más gente inocente? ¿Y si debía de matar a una mujer embarazada?

Hacía un rato atrás había pensado que iba a tener que resistir. De pronto, todos sus pensamientos se habían visto volteados de cabeza a pies: era hora de abandonar y volver con Merlina. Debía estar con ella.

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Merlina arqueó las cejas, sorprendida, y levemente molesta cuando reaccionó. ¿Acaso ella era afortunada de algo? No veía que la suerte la hubiese acompañado esos últimos meses. O, mejor dicho, el año escolar entero. No recordaba haber salido airosa de alguna situación complicada, y eso le ofuscó bastante.

Frunció los labios antes de preguntar en voz baja:

―Perdón, pero… ¿en qué se supone que soy afortunada? Digo, debes de haber tenido envidia de algo "bueno" de mi vida ―corroboró con sorna.

De pronto se extrañó de sí misma por haber contestado eso; no solía ser negativa. Aunque tampoco retiraba lo dicho.

Agatha abrió la boca para replicar. Sin embargo, sólo generó silencio. Negó con la cabeza. Merlina no supo si era porque no sabía qué contestar o prefería no hacerlo.

―Mira, Agatha, últimamente has estado muy rara; no quiero meterme en tu vida, pero ¿qué demonios te sucede? ―Agatha frunció el ceño, pensativa―. Puedes confiar en mí ―agregó automáticamente.

Dunstan formuló una mueca. Luego, con desgano, replicó:

―Eres afortunada porque estás con la persona que quieres, Merlina, y yo no.

Merlina supuso que se refería a un sentido figurado de estar "con la persona que quieres".

―No me digas que…

―Ya te dije que no es Snape ―la cortó Agatha abriendo como platos sus ojos redondos de manera casi amenazadora.

―Entonces, no sé a qué te refieres.

―Vamos, Merlina, ¿cómo nunca te diste cuenta?

―¿De qué cosa? ―la aludida comenzaba a verse algo confundida.

Agatha resopló y rehuyó de su mirada.

―Creí que podía ser algo obvio para ti… y que podría haber sido una de las razones de ganarme tu enemistad. Pero veo que no te percataste de que estoy enamorada de tu primo.

La verdad le cayó a Merlina como un gigante en la cabeza.

Casi un minuto entero transcurrió en un sepulcral silencio. Las neuronas de Merlina se habían estancado en cierto punto que le impedía avanzar demasiado.

―¿Hace cuánto tiempo?

La boca le tembló cuando realizó la pregunta.

―Hace unos cinco años. Cuando nos conocimos en el instituto.

De un momento a otro los ojos de Merlina parecieron adquirir el poder de la verdad. Figuradamente desnudó a Agatha Dunstan con la mirada: ya no la vio decidida, obstinada y fuerte, sino que vio lo que estaba dentro de su coraza: miedo, duda y debilidad. Pareció que ya ella no era la única que temía quedarse sola.

―¿Y por qué…? ―masculló Merlina atónita―. ¿Por qué no le dijiste? En ese tiempo apenas estaba con Celyn. Apenas.

―Intuía que no iba a valer la pena ―se encogió de hombros con resignación―. Tal vez no, tenía confianza en mí misma. Y si no lo hice, si no se dieron las cosas, es porque no éramos el uno para el otro. Luego, cuando supe que estaba saliendo en serio, no iba a ser capaz de entrometerme en su relación, porque no soy ese tipo de persona.

Merlina hizo el ademán de palmearle el brazo, pero pasaron demasiados segundos para hacerlo y se vería fuera de lugar si se decidía a hacerlo.

―Te juro que cuando casi lo maté…

―No lo mataste, puedes estar más que tranquila ―contestó sintiéndose inconsecuente: se había encargado de refregarle en la cara lo que casi había hecho esa vez.

―Pero casi lo hice. Te juro que no tienes idea de lo que sentí ―sonrió tímidamente y con profunda tristeza―. No es que no me haya sentido mal por ti; insisto que no era mi idea llegar a ese punto cuando hice que llegaras hasta el bosque. Pero jamás pensé que saldría mal… Y que… Tuve deseos de arrodillarme para que me disculpara, pero ¿qué sacaba? No existo para él y sé que finge que le caigo bien porque tengo algunos buenos contactos para su trabajo. Aunque no lo hiciera, yo lo ayudaría igual, por supuesto, porque mi amor es más grande.

―Sí sabe que existes, Agatha…

―Eso lo dices para que me sienta mejor.

―Quizá.

La profesora se sirvió más té con parsimonia.

―Y no solamente porque estás con la persona que quieres me desagradabas… sino que eres cercana a Phil, Merlina. Era algo que yo deseaba más que nunca. Y aún deseo, claro. Ver cómo se dirigía a ti, cómo te miraba, te abrazaba, como una hermana; yo sólo con eso me hubiese conformado… Vi la posibilidad de desquitarme contigo de algún modo, porque con Celyn jamás podría hacerlo ―sinceró con desgano—. Fuiste el saco de boxeo perfecto para poder descargar todas mis emociones.

Merlina negó con la cabeza, un poco harta.

―Bueno, Agatha, no es por hacerme la víctima, pero al menos tú sabes que Phil está bien. O es de lo que me fío yo. Pero yo no tengo idea qué es de Severus. Y tal vez terminemos muertos ―dijo con una crudeza exagerada.

No era un chiste, pero aun así soltaron una breve carcajada.

Agatha formuló una mueca. Tras eso, abrió y cerró la boca varias veces antes de hablar. Merlina supuso que diría algo incómodo, así que se preparó.

―Creo que me terminé identificando contigo. Después de todo, no somos tan diferentes. Ambas hemos sufrido estos problemas amorosos… Yo, familiares… ―titubeó.

Merlina no pasó por alto la palabra "familiares". Recordaba perfectamente cuando Dunstan la había rescatado de Azkaban, y a la mención del lazo familiar con Dolores Umbridge, ella había dejado en claro el "no es mi tía".

―Tienes problemas con ella, ¿verdad? Ya sabes a quien me refiero.

―Creo que la palabra "problemas" no alude a la totalidad del asunto. Ay ―se quejó―. Jamás pensé que terminaría hablando de esto.

―Si no quieres hacerlo, no lo hagas.

Agatha negó con la cabeza, atreviéndose a mirar a Merlina a los ojos.

―Pero lo terminaré haciendo. Ese es el problema.

―¿Por qué? ¿Crees que te puedo obligar aún con mi falta de varita?

―No, Merlina… ―Cerró los ojos―. Sino porque creo que eres mi amiga, y si no lo eres ahora, lo terminarás siendo. Con todo lo que ha sucedido en este último tiempo, es obvio que nos hemos acercado mucho…

El corazón de Merlina se hinchó de orgullo y felicidad cuando oyó eso, brindándole un calor agradable al resto del cuerpo. Ella también lo estaba sintiendo, tal vez lo había sentido desde el momento que Agatha la había ayudado. Jamás había tenido una relación así con alguien, jamás la habían apoyado tanto y habían arriesgado tanto por ella. Eso era lo que definía una amistad verdadera: el apoyo mutuo incondicional. Era algo que, de todas maneras, le hacía sentir avergonzada y extraña.

Los ojos se le llenaron de lágrimas.

―Sí ―reconoció Morgan sin aliento―, ya me había dado cuenta de eso, sólo que no quería reconocerlo ―añadió con pesar―. Bien sabes que es difícil ceder cuando una barrera de orgullo te lo impide. Y cuando el orgullo me gana… ―dejó la palabra en el aire.

―Bien… entonces… creo que no diré nada por hoy ―le dedicó una sonrisa―. No quiero entristecerme cuando ya estoy feliz.

―No hay problema. Y gracias por decirme lo de Phil. Y me alivia saber que era de él quien estabas enamorada y no de Severus.

Se dedicaron la última sonrisa de la noche ―o madrugada― y se durmieron en cosa de segundos.

Les esperaba una agotadora semana, pero al menos se sentían más seguras.

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Tal como acordaron, el primer día se dedicaron a analizar la situación en la que se encontraban inmersas y a estudiar el lugar de cabeza a los pies. Ninguna de las dos deseaba meterse en las fauces del dragón. Por suerte descubrieron que el lugar no estaba vigilado o no parecía estarlo, salvo por ellas. Aunque pudieron notar la constante preocupación en las facciones de las personas. Tal vez no tuvieran una visión completa de las noticias mágicas del Reino Unido, no obstante, era evidente el antes y el después del ambiente y eso la gente lo notaba.

―Creo que tenemos que buscar a Trelawney antes de que anochezca. No quiero que gastemos mucho tiempo aquí, me siento insegura ―expresó Merlina cerca de las seis de la tarde. La posición del sol les proporcionaba, fácilmente, tres horas de luz.

―Bien. ¿Y por dónde empezamos? Ya sabemos que no está por las cercanías.

―Comencemos buscando por las tiendas, bares y restoranes.

La celadora imaginaba fácilmente a la profesora con una botella de jerez en la mano, o cualquier licor fuerte que le hiciera olvidar los malos momentos que estaba pasando por haber sido desterrada del castillo tan salvajemente, el cual era su hogar.

Suerte que Trelawney esté viva. Necesito saber en qué lío estoy metida.

El destino, de todas maneras, le deparó encontrarse primero con la señora estafadora de las vacaciones pasadas en una tienda de yerbas mágicas.

Merlina tuvo la impresión de que la mujer la ignoraría olímpicamente, pero se quedó mirándola con sorpresa, e incluso incredulidad.

―Vaya. Tú eres la joven del verano ―dijo sin reparos ni vacilaciones. Echó un vistazo a Agatha y frunció los labios, como si quisiera ahorrarse lo que iba a decir―. ¿Qué haces acá?

―Necesito su ayuda ―replicó Merlina en voz baja, con el corazón acelerado de la emoción repentina. Si no hubiese sido porque era vieja, frágil y no le agradaba, le hubiera estrechado en un abrazo. No pensó que pudiera encontrarse con ella así como así―. Vine acá para buscarla. Necesito que me hable más acerca de lo que tengo.

―¿Y qué quieres que te diga yo? Se ve que no tienes dinero para pagarme ―miró el prominente vientre despectivamente―. No creo que pueda hacer nada por ti.

―Necesito que me explique de qué trata la Scorpia Salamandris, con exactitud ―insistió Merlina con firmeza―, que me explique de verdad. Me lo debe.

La anciana, baja y arrugada, suspiró.

Quince minutos más tarde estaban las tres mujeres sentadas en la polvorienta sala de su casa, con una humeante taza de té, de las hierbas que había comprado la viejecilla.

―Usted dijo que sólo había una manera de obtener el poder… como me sucedió a mí ―Merlina se puso colorada―, como dijo usted… "con el ritual del amor" ―se aclaró la garganta incómodamente, pero ninguna de las otras dos mujeres pareció perturbarse―, pero hace un tiempo leí una leyenda de La Mujer de Viento y no decía nada sobre… eso.

La mujer dejó su taza a un lado y cogió una pipa de un mueble esquinero, ubicado al lado de su sofá.

―Vamos, chiquilla ilusa, no crees que la chica de Viento le iba a contestar a un desconocido, y para peor, hombre, lo que verdad había hecho con algún amante en el círculo de piedras de Callanish Stones, ¿no? No seas ingenua. Y en el caso de que aquella chica, la Mujer de Viento, haya sido una santa, entonces sería apenas otra forma de agarrar la peste y, luego, adquirir el poder.

―¿Cómo sabe que me estaba refiriendo a esa leyenda, precisamente?

―No soy una anciana ignorante ―contestó de mala gana. Dunstan bufó―. Ya te dije que tengo casi ciento cincuenta años. He leído cientos de libros.

―No vinimos aquí para hablar de su sabiduría…

―Eh, silencio, chiquilla ―contestó a Agatha con un movimiento brusco de la mano. Agatha frunció los labios con fuerza―. Y ¿qué poder tienes? ―Continuó.

―Puedo lanzar fuego…

―Pero ya lo tienes controlado. Si no, ya hubieras incendiado mi casa, ¿no?

―Sí. Eso creo.

―¿Qué quieres saber, entonces?

―¿Cuándo será el momento?

―Si leíste la historia de Balbino Balbín, entonces, lo sabes.

―¿Qué he de saber? ―Merlina comenzaba a perder la paciencia. ¿Cómo podía haber gente tan ambigua y egoísta? Sólo deseaba cómo debía actuar, qué debía hacer, qué iba a ocurrir exactamente… Y las características de su enemigo.

―Mira, chiquilla, no sé qué más quieres que te diga ―se pasó una mano por el cuello apergaminado―. Tienes un poder controlado, el cual, en el momento en que tu enemigo mortal se presente, tendrá que ser utilizado. El enemigo mortal no tiene que ser precisamente un individuo, puede ser algo abstracto, sin vida. Puede ser lo que sea que esté acechando tu seguridad, ya sea si te hayas dado o no cuenta.

―Pero, cuando utilice el poder, ¿saldrá de mí?

―Por supuesto. Si liberas toda la energía que tienes en ti (la cual tiene que reaccionar con el factor enemigo) , entonces volverás a ser una bruja normal. Por eso, si liberas fuego… tienes que cuidar de no quemarte tú. Sabrás que eres normal cuando te quemes, cuando el fuego te haga daño nuevamente.

Las dos jóvenes se miraron de soslayo. La verdad no había sido agradable, menos para Merlina Morgan.

―Bien… ¿Y mi poder se activa cuando estoy cerca de mi enemigo?

―Sí, o algo que pertenezca a él. Por ejemplo… si tu enemigo es el agua del mar, lo será también la lluvia, agua dulce, agua de la llave; no así el té o el café, o cualquier mezcla que fastidie la esencia del agua. Si es una persona, lo serán sus pertenencias íntimas, por ejemplo, una varita mágica o su túnica favorita, pero el poder manifestado ante esos objetos suele ser más un reconocimiento que algo permanente; un ataque limitado. Ahora, los familiares no cuentan. Por supuesto, debes tener cuidado y averiguar pronto quién quiere hacerte desaparecer, o adónde te llevará el destino para que lo enfrentes, porque, a cierta edad, será perjudicial para tu vida… puedes morir antes de lo deseado, u ocurrir cualquier cosa inesperada. Primer caso como el tuyo que conozco.

Merlina conectó su vista con un punto entre sus rodillas. Al ver su panza de soslayo, recordó otra cosa.

―¿Y mi hijo? ¿Es perjudicial todo esto para él… o ella?

―Eso no lo sé, pero no lo creo… Digo… No quedaste embarazada antes de esto. Ahí el poder está sólo en tu cuerpo. Si hubieses quedado embarazada primero y luego haberte "contagiado", hubiera afectado al bebé. Ahora, espero que mi teoría esté en lo correcto.

―Entonces, ¿nacerá bien?

―Eso dependerá del cuidado que tengas tú.

Ambas invitadas se pusieron de pie para retirarse. La luz del crepúsculo dibujaba formas alargadas gracias a los visillos de las ventanas de hierro oxidado y vidrio sucio.

―Muchas gracias ―agradeció Merlina a la anciana.

―De nada… Y espero no volver a verte por acá, porque no te saldrá gratis la consulta. Una vieja como yo sólo se gana la vida con esto.

―¿Y cómo sabemos que no está mintiendo? ―cuestionó Agatha cruzándose de brazos.

―No hay ninguna manera, y tampoco tú alcanzarás a saber si les mentí o no. Aprovecha de tomarte lo que queda del té.

―Me tomé todo su té, gracias ―Agatha arqueó las cejas.

―No lo comprendiste ―repuso con sequedad―. Ahora, si me disculpan, tengo que hacer algunas cosas ahora.

Merlina y Agatha avanzaron hasta la puerta, las dos con una expresión osca en la cara.

―Creo que es mejor que busquemos a Trelawney mañana― ofreció Merlina.

―Para no oír tanto fraude en un solo día. Entiendo.