Capítulo 50: La verdadera Agatha
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Caminaron calle abajo, en dirección a la tienda escondida que habían montado. Anduvieron relajadamente, intentando parecer despreocupadas. Merlina iba con la cabeza gacha y los brazos cruzados sobre su estómago, como si con eso pudiera ocultar lo evidente. Agatha apretaba con firmeza la varita en su mano derecha.
―La verdad, es que me aterraría sufrir lo que pasaron ellos. No me lo esperaba para nada ―comentó en un hilo de voz.
―¿Sufrir qué?
―Quemarme, ya sabes. Siempre hay una parte negra luego de lo bueno. Ya me había acostumbrado a la idea de tener este poder, me había familiarizado; y saber que, en algún punto, puede volverse en mi contra… Nunca lo había pensado de ese modo, la verdad… ¿Qué sucede?
Dunstan se había quedado atrás, con expresión congelada en el rostro.
―¿Alguien se ha quemado con fuego? ―preguntó, sonando incoherente.
Merlina arqueó las cejas.
―Mi familia murió quemada cuando tenía catorce… Bueno, quince recién cumplidos. No es un gran secreto, se supone que todos lo saben. Especialmente tú.
―Dios santo ―exhaló Agatha tomándole la mano, con el rostro pálido como la cera―. No tenía idea. No sabía…
―¿No lo sabías? ―inquirió Merlina con incredulidad.
―No. No… jamás… ¿quién podría habérmelo contado? Siempre que Phil hablaba de ti decía cosas buenas, pero jamás algo como eso. Simplemente… Oh.
Merlina tuvo la fugaz visión de Severus en llamas: no había sido la intención de Agatha hacerle pasar por ello con lo del boggart. No tenía idea de su terror al fuego, hasta ese mismo instante.
―Cuando mencionaste a mi madre, no lo hiciste adrede —repuso Merlina en una afirmación.
"¿Me vas a acusar con Snape esta vez o con tu mamá?" Luego de lo del boggart, cuando Merlina había ido a enfrentarla, ella había dicho eso.
―No tenía idea… Lo siento tanto. Jamás lo hubiera dicho si… ―Agatha parecía recordar perfectamente lo que había sucedido antes.
Le soltó la mano con lentitud, con expresión de culpabilidad.
―Pasó hace mucho… Es algo que siempre estará en mí, pero ya no me afecta tanto como antes ―adujo Merlina―. Es inevitable no acordarme, pero siempre he pensado que… No tengo que echarme a morir. Cada vez es más fácil recordar las cosas buenas, la vida con ellos, y no la muerte. Ha sido todo un proceso, pero cada vez hay menos dolor.
Continuaron el camino, siendo envueltas por la oscuridad de la noche que recién comenzaba. Luego de unos minutos, la profesora volvió a abrir la boca.
―Creo que tengo aún más para sentirme identificada contigo ―dijo sin atisbo te alegría en la cara. Merlina se limitó a observarla, esperando a que continuara. ―Mi madre murió cuando yo tenía dieciséis. No tuve hermanos.
―¿Y tu padre?
―Nunca lo conocí. Era muggle y dejó a mi madre cuando supo que estaba embarazada. Luego…
―Si no quieres hablar…
Agatha tomó aire con fuerza, interrumpiéndola.
―No, lo haré. Lo necesito. Si alguien tiene que saber de mí, esa eres tú. ―dijo con ansiedad. Se notaba a leguas que quería liberarlo todo. Merlina comprendió, entonces, que Agatha tuvo que haber estado muy sola, guardándose todos esos sentimientos dentro de ella por demasiado tiempo.
Faltaban pocos metros para llegar a la tienda, pero no entraron en ella. Se sentaron en el suelo, al lado del Thestral, que se había quedado allí, descansando.
Agatha mantuvo la boca abierta y los ojos perdidos en el cielo estrellado durante unos segundos antes de comenzar.
―Mi madre tenía quince cuando quedó embarazada. Pidió ayuda a su hermana, quien estaba estudiando acá, en Hogwarts, porque sus padres, mis abuelos, no podían saberlo; eran muy estrictos y apegados a las reglas de sus tiempos. Pero ella ―mostró los dientes con ira― la traicionó, les contó la verdad a mis abuelos y le envió otra carta a mi madre diciéndole cosas horribles.
―Te refieres a…
―Sí. A mí querida tía Dolores.
Merlina se dio cuenta que, sobrina y tía, no se parecían en absoluto. Umbridge era mala de corazón, en cambio, Agatha, sólo utilizaba una coraza ácida para protegerse.
―A mi madre la echaron de la casa y le dieron un lugar en el hospital mágico a cambio de su trabajo. A su edad tenía bastante conocimiento de la materia. Fueron tiempos difíciles, pero logramos salir adelante y pudimos vivir bien; me dio todo sin quejarse jamás.
"Eso fue hasta que le dio viruela de dragón contagiándosela de un paciente, y fue demasiado tarde para tratársela. Murió, dejándome un buen trozo de herencia gracias a sus ahorros. Mejor ejemplo de paciencia y esfuerzo no he tenido. Pero creo que jamás voy a lograr su fortaleza.
Merlina quiso contradecir eso, pero Agatha continuó con el relato.
"Intenté llevar una vida sola, y logré bien mis estudios hasta que cumplí diecisiete y… quedé embarazada de un compañero del colegio.
Merlina abrió la boca, sin poder creer lo que estaba oyendo.
―Busqué a mis abuelos ―continuó con tristeza, sin lucir avergonzada―, pero ya habían muerto. Y, viéndome desolada, como una estúpida vine a buscar a mi tía; el padre jamás me prestó apoyo alguno para nada, por lo que tenía que buscar ayuda en otro lado. Ya tenía cuatro meses de embarazo cuando la encontré. Durante esos cuatro meses me había ilusionado con el bebé; ya lo había bautizado como Elijah. Había aprendido a vivir con las extrañas nuevas sensaciones, y me ilusionaba, a pesar de mi juventud, todo el cuento de ser madre ―explicó con un movimiento indescriptible con las manos, emocionada por un breve segundo, pero luego su rostro se ensombreció.
"Eres una mocosa sucia y despreciable. ¡De tal palo, tal astilla! ¿Crees que te ayudaré con lo que llevas allí? ¡Vete de acá, chiquilla estúpida! ¡No quiero volverte a ver! Serás una fracasada, ¡igual que tu madre!" Me dijo. Tuvimos una disputa ―continuó con amargura―. Me gritó los peores insultos que puedes imaginarte y yo le saqué en cara que ella pudo haberme tomado en cuenta apenas mi madre falleció. Nunca he sabido el porqué del odio, pero concluyo que es porque ensuciamos su camino al éxito con fracaso. Su camino de egoísmo, siempre tratando de pisar la cabeza de los demás.
―¿Qué hiciste? ―inquirió Merlina, alentándola a hablar tras unos segundos de silencio. Temblaba, y no era por la frescura de la noche.
La historia de Agatha la había dejado helada. Sabía lo que era sentirse rechazada, pero había tenido unos tíos buenos que la habían apoyado. Claro que nada le dejó más sobrecogida que lo que venía a continuación.
―Ese día tuve contracciones y corrí a San Mungo para que me ayudaran. Sin embargo, fue demasiado tarde. —Presionó los ojos con fuerza y continuó—: Perdí a mi hijo y perdí mi útero. Algo en mí murió ese día y nunca volví a ser la misma ―la voz se le quebró hacia el final de la frase.
Y, por primera vez en su vida, Merlina observó llorar a Agatha Dunstan. Era más impresionante que ver romperse un cristal o una flor secarse. La tristeza que emanaba podía sentirla, casi palparla. Y, tal como Agatha lo hizo varias veces, Merlina la abrazó, ofreciéndole un hombro consolador, un abrazo de empatía, de amistad. La abrazó con fuerza, intentando brindarle calor, seguridad y cariño; el refugio que tanto había necesitado.
Pocos segundos más tarde, la cara trigueña de Agatha se alzó entre sollozos.
―Eso es lo que me ha impedido estar con hombres, contando a Philius ―susurró con la voz temblorosa, pero más tranquila―. El saber que nunca podré dar hijos… me aleja automáticamente. Sé que mi valor como mujer no está determinado por eso, pero, para mí, es trascendental y sé que jamás volveré a concebir. Por eso he tratado siempre de centrarme en cualquier tipo de éxito, para llenar el vacío de no poder ser madre.
Merlina asintió con lentitud. Era difícil dar un consejo para ello, y más en esa situación.
―Tal vez he hecho mal, pero sólo te he tratado de proteger porque no quiero que pases por lo mismo. Creo que la pérdida de un hijo, al que aprendes a amar, a aceptar y a imaginar, es algo que no le puedo desear a nadie. Por eso reaccioné mal el otro día al saber que no tenías nombres para él o ella, porque es algo en lo que yo pensaría ansiosamente si yo estuviera… Bueno, por eso suelo ser una amargada.
Haces que coma bien. Me ayudas a relajarme… Y me has acompañado en gran parte del proceso. Y lo entiendo. De verdad lo entiendo, porque de verdad, no creo que pueda separarme más de mi hijo.
―Gracias a ti he podido llegar hasta acá, Agatha. Si hubiese seguido sumergida en esos ataques de histeria en los que me vi envuelta, tal vez no tendría esto… Oh. ―De pronto los ojos de Merlina se abrieron grandes, llenándose de lágrimas.
―¿Sucede algo?
Merlina sonrió a la vez que tomaba una mano de su amiga. Colocó la mano estirada en su barriga. Dos segundos más tarde ambas se miraron con la alegría bailando en los ojos: los primeros movimientos del bebé.
Por largo rato se quedaron disfrutando del milagro, en silencio.
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Severus había huido por la puerta de enfrente, apenas como si fuera a dar una vuelta por los terrenos de la mansión Malfoy. Se había colocado una capa de viaje e iba firmemente preparado con su varita mágica en la mano, aunque no tuvo problema alguno en alejarse. Su pensamiento era firme: ya había tomado la decisión.
¿Cómo iba a lograr encontrar a Merlina? Era algo que iba a tener que averiguar. Iba a tener que intentar pensar como ella… Y eso iba a ser algo difícil.
Nadie se dio cuenta tampoco de que, pocos minutos después, otra persona abandonaba la mansión.
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Tal vez fuese porque alguna fuerza sobrenatural deseaba que Merlina no se enterara de ciertas verdades tan fácilmente como había ocurrido con la anciana de la Scorpia Salamandris, pues, por más que recorrieron el pueblo los días siguientes, no hubo rastro de Trelawney.
―Tal vez debamos ir más lejos. Puede que no esté precisamente escondida aquí, en un casa. Puede estar en una tienda como nosotras.
―¿Crees que vas a poder andar con esa panza? Cada vez estás peor. Parece que vas a tener una ballena de hijo… sin ofender. ―Sonrió amistosa. Merlina le correspondió.
―Bueno… No tenemos que por qué andar, cuando podemos volar.
―Se me olvida que tenemos ese compañero. Siempre tenemos que hacernos los planes mucho más difíciles.
Antes de que saliera el sol, al día siguiente, montaron vuelo en el animal, quien, en apenas diez minutos, pudo llevarlas al lugar exacto en donde estaba escondida Sybill Trelawney: una madriguera en un pequeño cerro que estaba cercado por arbustos. No había puerta, así que lograron entrar sin esfuerzo. Antes, claro, Dunstan comprobó si no había ningún hechizo que las hiciera caer en alguna trampa.
Merlina había pensado que la profesora podía haber estado en compañía de alguien, sin embargo, el interior estaba silencioso, sofocante y oscuro. Más tarde comprendieron por qué el lugar era irrespirable: había velas e inciensos prendidos por cada rincón.
Una mesa y una silla destartaladas, más un colchón lleno de mantas de colores sobre una tabla, y una caja que parecía ser usada como baño, era lo único que formaba parte de la decoración. En una manta con lentejuelas, estirada sobre el suelo, se apreciaban todo tipos de cartas, bolas de cristal, libros y una serie de elementos para predecir el futuro. La profesora estaba frente a ello, sentada en un cojín, con las piernas cruzadas. Se hallaba concentradísima en lo que parecía ser la lectura de las hojas del té.
Avanzaron con cuidado para no derribar nada que estuviera en su camino, o no tropezar con las irregularidades del suelo.
―¿Profesora? ―farfulló Merlina inclinándose hacia un lado para mirar a la mujer. Estaba con los ojos cerrados.
―¿Sybill? ―inquirió Agatha en un tono más alto. Eso fue suficiente para que la vidente se pusiera en guardia de inmediato, echándose hacia atrás, con la varita en una mano temblorosa.
―¡No me hagan daño! ¡Por favor! ¡Soy inocente! ¡Aléjense de mí!
―¡Profesora! ¡Profesora! ¡No le haremos nada! ¡Somos de Hogwarts! ¡Somos Merlina Morgan y Agatha Dunstan! —exclamó Merlina nerviosa.
Sybill Trelawney se enderezó, pero retrocedió unos centímetros hacia atrás, observando a las dos jóvenes a través de esos gigantescos lentes que le daban aspecto de un insecto gigante y despeinado.
―Ah… ¿Y qué hacen aquí? ¿Cómo me han encontrado? ―preguntó con voz aguda.
Ella y Agatha trataron de explicar muy complicadamente por qué estaban allí. No era fácil decirle a alguien "quiero que me hagas una profecía", por eso simplemente optaron por el camino más conveniente: pedir la lectura de cartas, bola de cristal y todos los medios de premonición que pudieran utilizarse.
―Vaya ―suspiró colocándose una mano en el pecho abultado de joyas―. Jamás me habían pedido tanto ―admitió halagada―. Por favor, tomen asiento ―invitó e indicó con una mano delgada dos almohadas que había hecho aparecer en el suelo.
Merlina tuvo que recibir cierta ayuda para poder sentarse en una posición cómoda.
―Vaya, ¿llevas cinco meses?
―¿Cómo?
―Que si llevas cinco meses de embarazo ―repitió Trelawney con voz mística y emocionada.
―Eeh… no. Que yo sepa, llevo tres y medio.
―¡Tres! Vaya, va a ser un bebé muy grande. O estás engordando mucho. ―Merlina arqueó las cejas. ¿Con tanto que tenían para comer en ese último tiempo?―. No deberías comer demasiado, que luego los niños tienen problemas intestinales por siempre. Ahora, comencemos. ¿Quieres que te lea las cartas primero?
―Inicie con lo que desee.
Una hora Merlina se tuvo que aguantar de ir al baño. La lectura de cartas fue muy profunda y llena de cosas que sonaban a mentiras muy exageradas. Merlina no creía poder encontrar un tesoro enterrado durante la guerra, y tampoco creía ser partícipe de la guerra en sí mientras estuviera embarazada. Y lo que menos podía aceptar, era que el hombre de su vida iba a morir. Porque Severus no iba a morir. En su mente no había escenario posible donde eso ocurriera.
Cuando regresó del baño —unos arbustos fuera de la guarida de la profesora—, recibió otra dosis de una hora de más predicciones mediante hojas de té, bola de cristal, piedras y lectura de mano.
―Tienes una sombra que te persigue constantemente ―le reveló la mujer cuando miraba la bola―. Tal vez sea la sombra de tu pasado.
A ella no le sorprendía en absoluto que su pasado estuviera acechándola siempre. Desde que había recordado el accidente, tanto por primera vez como cuando pudo recuperar la memoria (gracias al golpe recibido por la culpa de Agatha), aunque no fuera algo bonito, era algo que prefería no borrar de su mente. El accidente de sus padres era parte de su vida y formaba parte de su identidad.
Además, de lo vivido se crean las experiencias, ¿no? —pensó.
―Y… oh, querida. Lamento revelarte que tienes una línea de vida sumamente corta.
―¿No se supone que debería leerme la mano izquierda?
―No. Muchas adivinas baratas creen que la mano derecha es la del pasado, pero realidad es la del futuro.
Merlina frunció los labios.
Esta vieja me está tomando el pelo, como lo hace con todo el mundo.
―Un momento, necesito ir al baño otra vez. ¿Me acompañas, Agatha?
En realidad no tenía ganas de hacer nada, pero necesitaba hablar con su amiga, a solas.
Se quedaron en la entrada de la madriguera, recibiendo la caliente luz del sol.
―Creo que tendremos que recurrir al plan B ―dijo a Agatha―. Primero que todo, no me dirá nada que valga la pena o que sea meramente revelador. Y, segundo, no creo que pueda soportarla por mucho tiempo más.
―Está bien. Sólo espero que no la matemos de una sobredosis. Es ilegal por completo lo que haremos, pero da igual ya; lo peor es el peligro.
Cuando regresaron, la profesora de defensa se ofreció amablemente servir jerez. Sirvió tres copas, para cada una, pero sólo era teatro, porque una persona debía beber del líquido mezclado con yerbas mágicas que habían conseguido en la tienda.
―Veo que se ha acabo su copa… ¿quiere la mía? ―ofreció Merlina con fingida amabilidad―. No puedo beber, ya sabe.
La profesora aceptó beber más con gusto, y no fue necesario que Dunstan ofreciera su copa también: ya la había bebido antes que cualquiera de las dos exhalara.
Dado que siempre, o gran parte de las veces, Sybill Trelawney estaba fuera de sus cabales, no hubo mucha diferencia en lo que respectaba a las ocasiones anteriores que había bebido. No obstante, luego de diez minutos de bebida la copa, comenzó a hablar más pausado. También había desviado la mirada hacia el suelo, como si eso fuera mucho más interesante.
Y, de un momento a otro…
Merlina agarró automáticamente el brazo de Agatha cuando los espasmos comenzaron a agitar a la profesora de Adivinación. ¿Y si le estaba dando un ataque producto de las drogas y no porque fuera la "pose de profeta"? Sólo había una manera de averiguarlo: esperando y rogando porque no saliera espuma de su boca.
Tras varios segundos de incertidumbre y expectación, la mujer dejó de temblar, quedando con la cabeza colgando.
Pasaron segundos, minutos…
Horas.
Merlina ya había ido al baño otras cuantas veces, había bebido té, agua, había dormitado y había tenido otra serie de confesiones con Agatha. Y Trelawney no se movía, pero respiraba. Estaba sentada, con las manos en los costados y la cabeza inmóvil. Sus ojos estaban cerrados y apenas temblaban.
No tenían forma de saber la hora, pero al menos sabían que aún era de día.
―Estoy comenzando a pensar que está dormida. ¿Si le pateamos el trasero?
―Mejor es no arriesgarse a nada, sólo hay que esperar. Si la dejamos, si nos vamos, puede que justo comience a hablar y no nos enteremos de nada. Sé paciente, Merlina. Si de todos modos no tenemos nada que hacer.
―Sí, lo sé, pero me pone de los nervios que todo esto pueda ser en vano…
Una voz gutural la interrumpió. Ninguna de las dos se había dado cuenta cuando los ojos de la profesora se abrieron, observando a la nada de manera hipnótica. Su espalda estaba menos curva que antes.
―Será esta noche. Hoy, el enemigo de la Mujer de Fuego emprenderá su búsqueda para terminar con ella. Ella deberá buscar guarida donde ponerse a salvo y poder dar a luz antes de que deba enfrentarse a él y al Ejército Maldito que se alzará.
"El hombre que le hizo mal y que maldijo su alma para mantenerse vivo, no descansará en paz hasta hacer que el espíritu de ella se consuma.
Como un saco de harina la profesora se derrumbó hacia un lado, auténticamente dormida.
Merlina abrió la boca y Agatha lo interpretó como decepción.
―Creo que no resultará, no podemos sacar información más concreta de lo que ha dicho, simplemente las cosas tendrán que ocurrir…
―Oh, Dios, no.
"El hombre que le hizo mal y que maldijo su alma para mantenerse vivo…"
―¿Qué?
Merlina la miró aterrada, con una mano tapándose la boca.
―Ya sé. Sé quién… No puedo creerlo, no entiendo cómo… Sé quién anda tras esto. No entiendo y no sé cómo lo ha logrado…
―¿Quién?
Merlina susurró un nombre por lo bajo y Agatha apenas lo pudo captar.
―Pero tú dijiste hace un rato que…
―Sí, y no sé cómo ha sucedido, no sé lo que hizo, pero él es quien está tras mi vida. Por eso siempre me sentía extraña cuando veía su imagen. Craig Ledger aún existe, Agatha. No sé cómo, pero está vivo.
Sus miradas se encontraron, asustadas.
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A ratos Severus sintió que alguien le estaba siguiendo. Tal vez era paranoia suya por la preocupación de que nadie lo fuera a descubrir. Para asegurarse, hizo algunas cuantas maniobras de desaparición y aparición, y algunos amagos de ir a tal lado y a otro para lograr el despiste, si es que alguien iba tras su huella.
Si es que nadie andaba tras sus pasos, entonces sirvió para ganar más confianza en sí mismo y apreciar la sensación de libertad. La preocupación por Merlina, por supuesto, no se le pasó, eso era algo constante, como un dolor sordo.
