Capítulo 51: El secreto revelado
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Ambas montaron al Thestral con violencia y premura incontrolada. Merlina apenas era dueña de su respiración y la cordura de sus pensamientos. Automáticamente, con brazo de hierro, se aferró a la cintura de Agatha y emprendieron un vuelo ininterrumpido y rápido. El animal parecía estar conectado al estado de ánimo de ambas mujeres.
Por suerte, la gente aún no se levantaba, por lo que no hubo nadie que inmiscuyera la mirada en el cielo a través de las cortinas. Sin embargo, aunque hubiesen sido vistas o no, los problemas iban a llegar de todas maneras, tarde o temprano.
Merlina tuvo ganas de lanzarse del Thestral cuando estaban a pocos metros. Agatha, como presintiendo aquello, apretó con una mano gruesa un brazo de Merlina, aún puesto en su cintura flojamente.
No perdieron tiempo, al pisar tierra, en entrar al círculo de salvedad e introducirse en la tienda para ver lo que ambas habían pensado en buscar apenas Merlina encontró la respuesta a todo el misterio que la había estado acechando hacía meses. La pregunta era "¿cómo?" El "por qué" ya estaba claro: siempre ha habido gente que no descansa en paz hasta cumplir su cometido, esté loca o no.
―No sé cómo no lo pensé antes ―dijo entre un suspiro embargado de concentrada preocupación y del más profundo miedo.
Lo más normal hubiera sido permanecer en shock, sin embargo, la realidad era tan cruda que no había tardado en caer sobre su cabeza. Por eso, cada vez que vio fotografías de Craig, se sintió extraña. Por eso causó un incendio en el Ministerio cuando tocó el diario. No era su sexto sentido, era la conexión que había generado la Scorpia Salamandris con su destino.
De rodillas y con angustia se pusieron a revolver el amasijo de ropa, sábanas y almohadas que tenían dentro de la tienda, buscando el diario de Craig Ledger.
―Debe tener un secreto ―continuó Merlina encontrando por fin el diario y colocándoselo sobre sus rodillas.
―¡Por supuesto que debe tener un secreto! ―corroboró Dunstan con furia―. ¡No sé cómo yo tampoco me di cuenta! Era bastante obvio después de todo, ¿no lo crees? Y yo debí haberlo sabido. ¡Maldita sea!
Merlina pudo notar que la frustración de Agatha se debía más a no haberle podido advertirle antes sobre lo que iba a ocurrir más que a su inusitada falta de habilidades en la revelación de magia oscura.
Claro que el diario no contenía ningún tipo de magia oscura. Tenía sencilla magia blanca que sólo Merlina sería capaz de revelar, y estaba a segundos de hacerlo.
Con desquicio en los ojos se puso a hojear el diario, no encontrando nada, hasta que llegó a las últimas páginas en blanco. Y éstas sólo estuvieron en blanco por unos pocos segundos: letras negras poco estéticas aunque legibles, que demostraban seguridad y autodominio, comenzaron a reaparecer en el papel para completar frases reveladoras.
―Cognotium arcanus… ¡magia que implica conocimiento! Si sabes parte de un secreto o cualquier cosa oculta, si tienes algún canal que se conecte con él, puedes revelarlo todo ―explicó Dunstan con la emoción en la voz, apenas guardando aliento al hablar tan rápido―. Es un magia muy antigua, compleja e inexplicable ―añadió.
Pero a Merlina no le importaba nada de ello, si el encantamiento era usado con frecuencia o no. Haciendo oídos sordos a los posibles comentarios siguientes de Agatha, comenzó a leer, asombrada; no había pensado precisamente que el diario le diera un golpe de información. La página no tenía fecha, pero daba igual: era imposible evitar algo que ya había sido ejecutado hace tanto tiempo.
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Hoy he tenido una revelación. Hoy supe por qué tengo tanto en común con Lina, y por qué me hace tanto mal a la vez estar con ella. No lo hubiera sabido si no hubiese sido por aquél lejano recuerdo; al menos, ahora, puedo justificar el hecho de querer hacerla desaparecer. Somos tal para cual, el uno para el otro, estamos modelados de una manera similar, por lo que yo no puedo permitir que exista sin que ella desee estar conmigo.
Hoy recordé cierta parte de mi pasado, un recuerdo bloqueado, algo que no lo sabe nadie y que, hasta hace unas horas atrás, tampoco lo sabía yo. Me hizo recobrar lucidez; debo admitir, sólo es poca, lo suficiente para que aclare mis pensamientos.
Sucedió hace diecinueve años, yo tenía cinco. Mis padres y yo habíamos viajado a Albania a ver a mi abuela paterna, ya muerta. Acampamos cerca de un bosque cercano a la casa, y fue en la noche cuando me extravié en el bosque con mis primos. Fuimos a parar a distintos lugares, pero yo caí en el peor: no supe si era el corazón del bosque o apenas un extremo, pero sí la luz del sol escasamente se colaba por los árboles para alentarme a continuar.
Lo que encontré fue un claro hundido, lleno de serpientes muertas, ratones, aves, rastros de insectos y cualquier roedor o animalillo de campo que hubiese tenido la mala suerte de ir a parar a ese cementerio.
Como yo era pequeño e iluso, creí que era un lugar aventurero para investigar. Tuve la intención de correr e ir a buscar a mis primos, pero antes de que pudiera mover un pie para retroceder, me agaché estirando una mano tocando algo blanco que sobresalía, pensando en que era algún tesoro enterrado. Imaginé que se trataba del marfil del que siempre hablaba mi padre, hasta que caí en la cuenta de que no se trataba de eso… demasiado amarillento tal vez para serlo.
Entonces, cavé con la mano sin escrúpulos por la superficie, dejando expuesto un cráneo gastado por los años. En ese mismo momento, un pequeño insecto caminaba hacia arriba, por el monte de muerte, y como sin querer chocó con éste, muriendo instantáneamente.
Eso fue lo que me advirtió que estaba en un lugar peligroso y tuve la intención de huir, porque el miedo comenzaba a carcomerme por dentro, pero mi índice rozó el cráneo…
…y tuve una conexión aterradora, como si me hubiese metido en una especie de pesadilla o maldición. Tuve ganas de morir.
Me vi envuelto en una especie de tornado con millones de imágenes espeluznantes y voces que enfriaban hasta la médula. Alguien chillaba por ser torturado, alguien aullaba por un dolor intenso que sentía. Vi a un viejo retorciéndose en el suelo, en el mismo bosque en donde estaba, pero luego oí más voces que no provenían precisamente de él.
Vi un millón de cosas incomprensibles, como a un hombre encapuchado con la varita en alto, unos ojos rojos y sedientos de poder y malevolencia.
Y, lo último que oí antes de que mi dedo se despegara del cráneo, fue "un Horrocrux más, listo", salido de una voz afilada y gélida. La frente me sudaba y el corazón luchaba contra mi pecho.
Corrí lejos, buscando la salida del bosque, queriendo olvidar todo, hasta que lo logré en cosa de segundos. Estuve aterrado, tanto, que casi oriné los pantalones. Pero, al estar seguro, a salvo, me entró al cuerpo una extraña fascinación. El miedo persistió, por cierto, fue inevitable parar de temblar mientras dormí la primera semana.
Pasamos un tiempo en la casa de mi abuelo para hacerle compañía por el fallecimiento de su esposa. Él tenía muchos libros en la sala, llenos de polvo, como si jamás hubiesen sido vistos. Yo hojeé algunos…
…Y encontré parte de la respuesta a lo que me había ocurrido aquel día. No lo supe todo, pero comprendí que se trataba de algo que provenía de lo más profundo del infierno.
Ahora, que lo he recordado todo y he puesto cada una de las imágenes en orden, sé lo que tengo que hacer. O al menos, sé por dónde tengo que partir buscando: primero, debo encontrar a alguien o algo que sepa cómo se hace un Horrocrux; sé que es algo que se "hace"… Luego, debo unirme a Él para adquirir entrenamiento. Porque, a él fue al que vi aquella vez, y él será el único que pueda comprenderme de algún modo. Sé quién es, sé que existe, sé qué busca. Después de todo, puedo ser de ayuda mientras cumplo mis propias misiones.
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Merlina buscó el siguiente texto que ya estaba en varias páginas más, esperando encontrar algo tan extenso como lo que llevaba leyendo, sin embargo, sólo halló unas pobres frases que no revelaban demasiado. El mensaje tampoco tenía fecha, por lo que era difícil ubicarlo en el tiempo. De algo que estaba segura era que iba completamente dirigido a ella.
Hoy soy otro. Hoy comenzaré otra vez, como un renacido. Ya verás, Lina… Esta vez no vas a escapar. Voy a hacer el último intento contigo, y si escapas de mis manos otra vez…. Pronto comprobarás que podré estar más cerca de lo que imaginas. Desearás que yo te hubiese matado antes, o, incluso, estar conmigo. Pero, de todos modos, siento que ya pasó tu oportunidad y esto tendrá un solo final.
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Merlina miró a Agatha con terror, dudando de la calidad de seguridad de ambas en esos momentos.
―¿Y si estamos siendo vigiladas ahora mismo? ―inquirió con pánico en la voz.
―Lo hubiéramos sabido ―replicó la profesora negando con la cabeza rotundamente―. La protección que tenemos es fuerte, y estoy plenamente segura de que puedo percibir lugares con magia negra concentrada. Ahora… ―Hizo una pausa―. Hay algo que no me queda claro.
―¿Qué cosa?
―No tengo idea que es un Horrocrux. Sé que es magia negra, pero ¿qué es?, ¿de qué trata?, ¿qué hace? No tengo idea. Hay ciertos tópicos de magia negra que está absolutamente prohibidos, incluso en Estados Unidos.
Merlina negó con la cabeza. Se sintió cansada y atascada totalmente.
―Buf… al parecer tengo otra cosa que averiguar ―suspiró con desánimo.
―Que tenemos que averiguar ―corrigió Agatha.
Si hubiese sido fácil ir a una biblioteca, hubiesen tomado el riesgo en ese mismo momento, ¿qué otra cosa podían hacer? No obstante, no conocían ninguna que fuera tan completa como la de Hogwarts y, ya que las cosas habían tomado un rumbo diferente, no iban a poder tener tanta ventaja en el futuro.
―Ay, no… No puedo que esto esté ocurriendo otra vez ―la voz de Merlina se quebró al decir eso―. Es como una pesadilla que nunca va a acabar.
―Tranquila, Merlina… no me voy a separar de ti. Yo te ayudaré a terminar con ello, te lo prometo. No tengo nada que arriesgar ―le alentó.
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El resto de la semana, se dedicaron a viajar a las bibliotecas públicas más cercanas de la isla. Apenas eran tres en total y no tuvieron suerte hasta llegar a la última. La bibliotecaria era una mujer sumamente vieja, al igual que el lugar, que apenas se sostenía de sus cimientos. Los libros, probablemente, tuvieran más edad que la construcción. Los registros de cada persona visitante estaban hechos con pergamino antiguo y apenas se veía lo que decía. Todo estaba cubierto de telarañas y polvo, haciendo los libros muchos más pesados.
Merlina se contrajo cuando se vio en ese lugar tan sucio. Sintió náuseas al ver las telarañas y la piel se le puso de gallina.
―No creo que pueda estar demasiado rato aquí ―reconoció con voz temblorosa cuando ya estaban en un pasillo repleto de libros con cobertura negra. Había cosas que seguían teniendo prioridad ante otras: sabía que podía sucumbir ante las arañas.
Súbitamente, recordó cuando Severus le hizo aquella mala pasada con las enemigas de ocho patas.
Severus…
Agatha la observó con exasperación en un principio, pero al notar la expresión de ella, no puso objeciones.
―Está bien, puedes aguardar afuera. Pero ponte la capucha, por favor.
―Sí…
Merlina salió a todo lo que le permitieron sus pies, a sentarse a un pequeño banco de piedra que estaba afuera de la biblioteca, al lado de un frondoso árbol. Mientras esperaba impaciente, estuvo moviendo las rodillas y mordiéndose las uñas, cosa que nunca hacía. Hacía tiempo que no estaba completamente sola. Agatha estaba al otro lado de aquella pared, pero, aun así, estaba sola.
Habían transcurrido más de veinte minutos cuando la profesora reapareció. Tenía cara de haber visto algo insólito y parecía apenas darse cuenta de que estaba caminando.
―Vamos, tenemos que irnos ―masculló con voz seca, tomando a Merlina del brazo para doblar una esquina y desaparecer.
Ya estando una vez fuera de la tienda, protegidas por los encantamientos y vigiladas por el Thestral, Agatha decidió hablar.
―Jamás había oído hablar de algo así, o leído ―comenzó con nerviosismo. Llegaba casi a tartamudear―. Y ni si quiera sé si entendí realmente, porque es demasiado horrible… es… ―Carraspeó y se pasó las manos por la cara―, trataré de ser breve… trataré de no confundirte. Y de no horrorizarte demasiado.
Merlina cada vez tenía las cejas más juntas y las manos le habían comenzado a sudar.
―Un Horrocrux es un trozo de alma que proteges para preservar tu vida ―explicó con seriedad y temblor en la voz―. Es un procedimiento diabólico… ―titubeó― debes matar. Matar a una persona para poder hacerlo. No sé qué es lo que ocurre exactamente, qué se siente; no se explica allí. No obstante, debes esconder ese pedazo de alma en algo que creas que la puede mantener…
Morgan cerró los ojos, comprendiendo todo súbitamente. Todos los cabos sueltos estaban, de pronto, atados para ella.
Fue todo planeado desde el principio por Craig: huyó con locura, pero, aun así, una parte de su cerebro todavía estaba cuerda para maquinar planes siniestros. Preservando su alma pudo dejar morir en paz su cuerpo…
…y tomó otro. ¿Cómo pudo haber hecho eso?
―Entonces… ―susurró atemorizada― al tener un trozo de su alma a salvo… pudo tomar un cuerpo…
―Esconder su alma en un cuerpo ―corrigió Agatha con gravedad.
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Pensar como Merlina no había sido tan sencillo para Severus. Ella solía tener ideas alocadas algunas veces y podían ser de cualquier tipo. Sí podía confiar en que no se había ido del continente o algo por el estilo. Debía estar cerca, al menos en un lugar del Reino Unido. Jamás se hubiera arriesgado a ir a un lugar desconocido.
Exacto… jamás habría ido a un desconocido. Si no estaba en Hogwarts y tampoco en Azkaban… ¿dónde estaría escondida?
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No hicieron falta dementores para que su mente se viera inundada de pesadillas. Tanto la incomodidad física y mental le hicieron sudar toda la noche y despertarse cada media hora con el grito atrapado en la garganta.
Hizo lo que pudo para no preocupar a Agatha, y fue en vano. Su amiga estaba programada para despertarse cada vez que ella lo hacía, ¿y cómo no hacerlo, cuando habían recibido tal información en tan poco tiempo?
No había muchas opciones para Merlina como para poder tranquilizarse y seguir con su vida normal. O sea, iba a poder continuar su "vida normal" si se escondía como estaba y continuaba teniendo a Dunstan a su lado. Tal vez sonara egoísta de su parte, sin embargo, la pura verdad era que estaría con ella de todos modos: le gustaba su compañía. Confiaba en ella y la necesitaba como amiga. En esos instantes necesitaba a una más que nunca.
Quería saber tantas cosas, resolver tantos misterios, poder desenredar la madeja de líos que la envolvía, pero no lograba concentrarse más allá de sólo asumir que iba a ser perseguida; porque iba a ser probablemente torturada y asesinada. Ya no podía ni siquiera discernir si la mejor opción de hacer las cosas era, o escapar cuánto pudiera, o buscar la manera de enfrentarse con Craig Ledger apenas se presentara la oportunidad y acabar con él de una vez por todas. Sin embargo, no tenía idea cómo iba a encontrar el momento.
Durmió con las manos en el vientre toda la noche.
Cinco días transcurrieron y para Merlina era imposible recuperar la calma. Agatha esta vez no intentó ningún truco de palabras para inducirla al placebo, pues ella se hallaba en la misma condición de alarma constante. El silencio predominaba entre ellas, cada una sumergida en el mismo pensamiento: qué iba a suceder.
Habían ya abandonado el lugar un par de días antes para ir borrando rastros, tratando de resguardarse del peligro que les acechaba. Merlina había, incluso, intentado varias veces de fabricar varitas mágicas para defenderse, pero éstas sólo rodaban por el suelo si se las empujaba. Tampoco era que pudiese ocupar el tiempo en algo más productivo.
Fueron a parar a una casa desocupada en un sector de viviendas campestres muggles. Por la extraña ausencia que se desplazaba por la casa y la falta de objetos en el baño y habitaciones, se hacía evidente que la gente se había ido de viaje. O, tal vez, fuera por la misma humildad de la casa la poca presencia de amueblamiento. Era de alguna pareja pobre; no había mucho que mirar en el hogar.
Dunstan, como siempre, hizo todo tipo de sortilegios para proteger la estructura de cualquier magia oscura que pudiera querer atacarlas.
Fuera de la poca tranquilidad que podía conseguir cada una, estaban abrigadas y podían dormir con real comodidad; los cojines poco espumados y viejos eran un real lujo. Merlina agradecía el hecho de brindar calor a su cuerpo y comer sentada en una silla, aunque estuviese desvencijada: se sentía muy cansada, y agacharse le parecía un desafío.
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Severus viajó, durante tres días aproximadamente, a tres lugares en distintos puntos de Inglaterra, sin tener éxito. Buscó en algunos sitios clave en los que podría estar Merlina, incluso el Callejón Diagon. Se contactó con su primo, Philius, pero no había rastro de ella. Hasta que un viejo mapa de Escocia que apareció bajo su zapato en una calle llena de basura iluminó su cabeza.
No era algo obvio, pero tampoco imposible que estuviera allá. Era un lugar conocido para ella, pero lo suficientemente lejano para mantener la esperanza de que estuviera a salvo.
No iba a perder más tiempo.
―Me aburrí ―espetó Agatha a Merlina durante esa misma tarde, mientras tomaban un té insípido y poco azucarado, golpeando la mesa con el puño. La otra se sobresaltó, desprendiéndose de su taza de golpe.
―¿Qué? ―inquirió ella desconcertada.
¿Y cuál es el problema ahora?
―Te he ayudado ―constató―. Te quiero ayudar aún más; de verdad que siento ese afán te protegerte ―admitió sin represión alguno―. Pero yo no voy a poder hacer todo por ti, Merlina. Yo no soy la que va a tener que enfrentarse a algo peor.
―Eso ya lo sé. De todos modos, ¿qué esperas? No tengo varita mágica y tampoco puedes esperar a que la magia me salga de los ojos de un momento a otro con ningún tipo de práctica ―farfulló iracunda―. No puedo hacer nada.
―¡A eso es lo que quería llegar! Mira: lo único que queda por hacer, es que utilices mi varita. Tal vez no sirva de mucho, pero con ello lograrás, aunque sea, canalizar un poco tu energía a aprender a defenderte. ¡No puedes estar aislada de la magia de ese modo! Tengo que instruirte.
Merlina no pudo decir que no, y es que no se le habría ocurrido decir que no. También era porque la propuesta de Dunstan era una imposición.
No tardaron en comenzar. Luego de tomar el té se pusieron a trabajar. Claro que a Merlina le tomó más desprevenida de lo pensado todo aquello.
No fue fácil, y no lo iba a ser durante un tiempo para ella acostumbrarse a esa varita y la varita a ella. Al menos, al tercer día de práctica, durante la mañana, pudo lograr elevar objetos e inmovilizar a Agatha durante cinco segundos.
―Ya no puedo más ―se quejó desplomándose sobre el sillón, creando una nube de polvo que se alzó sobre ella―. He dormido tres horas cada noche; por favor, Agatha, paremos ―suplicó con mirada cansada.
―Está bien, está bien… de todas formas, me está dando hambre y está oscureciendo ―argumentó piadosa―. Iré a buscar comida antes que me trague la noche.
Tras anunciar eso, pegó media vuelta y salió por la chirriante puerta de la casa.
―Odio quedarme sola ―farfulló la joven retorciéndose las manos con nerviosismo. Sus ojos oscuros se clavaron en la puerta, esperando a que se abriera en cualquier momento, revelando una putrefacta imagen de Craig…
Luego de cinco minutos, se dio por vencida y comenzó a pasearse por el frío que tenía. Eso no surtió efecto, por lo que fue a buscar una frazada para cubrirse con ella y volver a instalarse en el sofá.
―¿Qué demonios…? ―farfulló con extrañeza cuando se cumplieron los veinte minutos de espera.
Una ola de hielo recorrió su cuerpo, congelándole hasta el tuétano. Sin poder controlarse, la quijada le tembló con violencia.
Arrastrando la frazada que la envolvía, apagó la luz del interruptor y se aproximó a la ventana para poder mirar lo que se tejía afuera. El sol ya se había escondido.
―Vamos, Agatha… no me hagas ir por ti… ―masculló empañando el vidrio.
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Estaba recolectando patatas de una plantación cercana, cuando escuchó un extraño ruido de movimiento en el bosque, el que estaba cinco metros hacia su espalda. Con rapidez ató la bolsa en el cinturón de su capa y, con lentitud, empezó a avanzar de costado, desenvainando su varita.
Se internó en el bosque con mucho cuidado, intentando de hacer el menor ruido de hojas resquebrajarse bajo sus pies. Si hubiese podido girar la cabeza en trescientos sesenta grados, lo hubiera hecho.
El cuello de Dunstan estaba tenso por el temor súbito que le había embargado.
¡Chuc!
Un ruido de pisadas a su espalda le hizo actuar con eficiencia y sin dudar. Alguien le devolvió el encantamiento, el que le rozó en la mejilla haciéndole un corte.
Se escondió tras el árbol, esperando a que ocurriera algo…
Silencio.
―Oh, ¡vamos! ¡Quien sea que esté allí, que de la maldita cara! ―gruñó y, en un arranque de valentía, decidió asomarse, preparada para defenderse―. Si quieres luchar, da la cara, ¿quieres?
La persona que le acechaba salió de entre los árboles con cautela.
―¿Agatha Dunstan? ―inquirió la voz, la cual se le hizo conocida.
Sin deambular más, lo iluminó con la varita, revelando su identidad.
―Vaya ―masculló sin aliento, comprendiendo la familiaridad de la voz.
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Segundo a segundo, fue angustiándose más y más. Dunstan no tardaba más de diez minutos en conseguir algún conejo y unas cuantas verduras.
Trató de distinguir en la oscuridad si había algo extraño fuera de la casa, sin embargo, como la ventana no se encontraba cerca de la puerta, sino perpendicular a ésta, no pudo distinguir que dos personas con varita en mano se acercaban por el otro extremo para, claramente, entrar a la casa.
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Se le disparó al corazón a Dunstan cuando vio la casa a oscuras. No quiso parecer inquieta ante su acompañante; debía actuar con normalidad. ¿Le habría sucedido algo a Merlina? Si eso había sido así, acababa de firmar su sentencia de muerte.
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Hacía mucho tiempo que no sentía tanta ansiedad y miedo.
Merlina se volteó sobresaltada hacia la puerta cuando se abrió. Sin embargo, sintió paz cuando vio a Agatha estirando la mano hacia el interruptor para dar la luz. Sin duda había regresado sana y salva. A excepción por un rasguño largo y sangrante que tenía en la trigueña mejilla, y que logró ver cuando había encendido la bombilla.
―Merlina ―farfulló cuando la vio. Ésta no supo si era un saludo, una palabra de alivio o de advertencia: su nombre sonó a muchas cosas. Aún con la confusión, sonrió amistosa.
―Te tardaste mucho, pensé que te había ocurrido…
Se interrumpió a sí misma; primero por ver a Agatha no cerrar la puerta y alejarse sin más. Luego, dos segundos más tarde, no pudo hablar porque, tras ella, había entrado alguien completamente inesperado.
El corazón se le disparó, al igual que el de él.
Agatha cerró la puerta con un encantamiento y pasó de largo hacia otra de las habitaciones, encerrándose.
―Por Merlín ―exhaló Merlina, temblando con ímpetu bajo la frazada que tenía fuertemente aferrada al cuerpo―. Por Merlín.
Pudo haberse dado vuelta la tierra; pudo haberse desbordado el mar hasta cubrir todo; pudo el viento haber arrasado con la más mínima hoja, pero nada hubiera igualado la sensación de emoción y asombro de Merlina en ese momento.
Se le había congelado todo.
