Capítulo 52: Dolor

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Severus parecía, al igual que ella, haber echado poderosas raíces en el piso. El aspecto que tenía no era alentador; su túnica estaba sucia, y su cara, contorsionada en incredulidad. Parecía que no iba a poder despegarse del suelo, no obstante, logró moverse luego de una fracción de segundos, como si electricidad se hubiese descargado en él.

Fue rápido. Merlina no alcanzó a reaccionar, pero sí su cuerpo se vio invadido de un calor especial, muy diferente al fuego interno que yacía en ella, cuando Severus la rodeó con sus brazos fuertemente, quitándole el poco aliento que tenía reservado. Una emoción nueva estaba surgiendo de ella.

¿Cuántos reencuentros habían tenido ya? Cada uno era agridulce a su manera, diferente y único. Sin embargo, no verlo durante tanto tiempo, sabiendo el riesgo en el que se encontraban y la gran probabilidad de no verlo más, lo hacía todo más especial y dramático. Además, las cosas habían cambiado demasiado. Todo estaba patas arriba, de verdad.

Merlina, sin sacar la manta de su espalda, lo abrazó con fuerza, enterrando la cara en su cuello fuerte y sollozando sin soltar lágrimas aún. Estaba en shock y el piso se le empezaba a hacer de lava.

Si le hubiesen dicho que iba a ver a Severus en ese momento, no hubiera creído. No habría creído jamás.

―Morgan… ―ronroneó él―. ¿Estás bien? ―inquirió él con voz seca, separándose de ella para observarla mejor. Tenía ojeras de cansancio alrededor de los ojos y parecía haber envejecido unos cuantos años. Las arrugas que surcaban su frente y ojos no eran por nada más que de tristeza, preocupación y arrepentimiento.

Merlina lanzó un suspiro prolongado antes de contestar.

―Estoy bien, estoy bien… No puedo creerlo… No puedo creer que estés aquí, Severus ―susurró afligida. El corazón no podía cesar de latirle con violencia. Las mejillas las tenía arreboladas y la vena de la sien le sobresalía dolorosamente―. ¿Y tú? ¿Qué ha sucedido? ¿Estás en peligro? ¿Te sientes bien? ¿Cómo has llegado?

Inevitablemente le atacó con preguntas. Hubiera seguido con el cuestionario si no hubiese sido porque el aire se le estaba acabando.

Severus le acarició la mejilla, tembloroso.

―Probablemente sí esté en peligro… pero eso no importa ahora ―la tomó de los brazos y la observó con una mirada indescriptible. El labio inferior le tembló―. Esto te lo traté de decir la última vez, pero no pude, no alcancé antes de que huyeras del castillo, y ahora tiene más importancia que nunca…

Merlina arqueó las cejas, expectante.

―Craig Ledger va tras de ti ―soltó Severus como si estuviera escupiendo un veneno.

Merlina, quien ya sabía aquello, no pareció sorprendida, pero sí nuevamente aterrada, como si el peso de la verdad hubiese caído con toda su fuerza sobre ella otra vez. Las rodillas le temblaron y, por un segundo, creyó desvanecerse.

Una morisqueta apareció en su cara.

―Ya lo sé… Severus, no sé cómo…

―Yo, sí. Digo, sé quién es, Morgan ―le cortó con ira, soltándola para no hacerle daño―. ¡Debí haberlo sabido!

De pronto el Severus con el que Merlina se había acostumbrado a convivir renació.

―¿Quién? ¿Quién es?

―Es alguien que tú conociste; un hombre que viste en Hogsmeade una vez. Tienes que recordarlo ―dijo con dientes apretados y los ojos bien abiertos.

Merlina no tuvo necesidad de hacer mayores esfuerzos. Tenía la imagen fresca en la cabeza; la mayoría de su mente mantenía sus recuerdos, desde que había recuperado la memoria, guardados como en una caja de vidrio para verlos con claridad. Y ese día lo recordaba con detalle, dado que había sido el día en que Severus había culpado a Merlina de su pérdida de memoria y de todo lo malo que estaba ocurriendo en la precaria relación que tenían.

Inconscientemente, la vista de Merlina se trasladó hacia un hombre joven sentado en el otro extremo del local. Tenía una copa de hidromiel en la mano izquierda y la miraba fijamente, con la cabeza algo gacha y sus ojos del color del hielo.

El hombre, tras algunos segundos, se puso de pie y fue a pagar lo bebido a Rosmerta. Luego dio media vuelta y comenzó a caminar hasta ella.

¿Nos conocemos? ―inquirió el desconocido roncamente.

Merlina no pudo evitar arquear las cejas.

No lo creo. O tal vez no lo recuerde ―añadió insegura. Tal vez lo conocía y no se acordaba, ¿no?

Creo que nos hemos visto antes ―extendió su mano para estrecharla con Merlina.

Estrechó la gélida mano del hombre, insegura. ¿Sería broma de Dunstan?

Me llamo Clive Lamport ―se presentó mientras se soltaban las manos―. Tú eres Merlina Morgan, ¿no?

Sí… ―admitió, sin comprender―. ¿De dónde nos conocemos…?

¿En serio no recuerdas? Tengo que parecerte conocido aunque sea. O al menos, recordarte a alguien.

Merlina quiso sonreír, pero de su boca no salió más que una mueca de confusión.

Lo siento mucho, de verdad. Tal vez te conocí, pero debo decirte, Craig…

Clive ―corrigió él con cierta dulzura.

Inconscientemente, aquella vez, alguna célula de su cerebro había realizado la conexión. Era tan obvio. Calzaba todo a la perfección.

―Sabía que él era extraño ―masculló incrédula―. Lo sabía, lo presentí… Pero… Clive Lamport, dijo que se llamaba. Ahora que lo recuerdo, todo comienza a tener sentido… Qué tonta…

Merlina llevó la mano a su vientre, había sentido un movimiento. Entonces, recordó lo que debía decir a Severus. Era más urgente que todo lo que se avecinaba… necesitaba su apoyo más que nunca.

Pero dudó. Era ridículo hacerlo, dado que iba a ser sumamente notorio cuando se deshiciera de la frazada que la cubría. Por unos segundos se aferró a la manta como si en ella se le fuera la vida.

―¿Qué sucede…? ―preguntó Severus con preocupación al ver la palidez repentina de su esposa.

―Severus… ―susurró con amor en los ojos tomándole una mano. Severus miró extrañado cuando Merlina se abrió la túnica, pero cuando levantó su camisa y colocó su mano allí, con los dedos abiertos, supo de qué trataba todo.

Los pensamientos, los sueños y presentimientos que había tenido sobre Merlina Morgan eran completamente ciertos.

―¿Estás embarazada? ―cuestionó con el corazón en la mano.

Merlina percibió el tono afilado y decepcionado de su voz, pero, tal vez, sólo fuera cosa del momento…

Asintió con una leve sonrisa. Severus la imitó, sin decir palabra, como si no le hubiese quedado más remedio que aceptar todo eso. Deslizó la mano hacia abajo, dejando de tocarla.

La joven se sintió mal, pero era mejor de lo que pudo haber sucedido, ¿no?

―¿Tienes hambre? ―su voz salió notablemente decepcionada. Se tragó, sin embargo, las ganas de buscar otra respuesta de sus labios.

―No, estoy cansado, necesito acostarme.

Merlina actuó con rapidez. Pidió a Agatha que hicieran la cena mientras Severus descansaba en la habitación.

Antes de recostarse, Severus se dio una ducha "rápida". Estuvo más tiempo del necesario. Cuando salió de allí, con el pelo chorreando y una palidez enfermiza, ambas mujeres ya habían acabado de comer.

Se encerró en el cuarto.

―Está bien ―dijo Agatha antes de que Merlina pronunciara palabra―. Yo puedo dormir en el sillón. Déjame la frazada que estabas ocupando encima de allí.

Tras lavarse los dientes y sacarse bien el sabor de la comida que comenzaba a darle asco, fue a acostarse al lado de Severus. Al principio temió que la puerta estuviera con llave, pero, simplemente, la puerta estaba algo atascada.

Apenas oyó la respiración de su esposo. Con cuidado, se posó a su lado, pasándole una mano por la cintura y apoyando la frente contra su espalda.

Le hubiera gustado que Severus le tomara la mano y se la acariciara; lo sintió lejano en esos instantes. Por supuesto, era natural: tanto tiempo estando sin él, tanto tiempo preocupándose, que no le cuadraba bien. De hecho, no le calzaba nada. Sabía que estaba allí, con él, abrazándolo y sintiendo su calor. Sin embargo, no podía comprenderlo del todo. Era como si fuera de cuerpo etéreo. Estaba y no estaba al mismo tiempo.

Probablemente todo mejorara a la mañana siguiente. Sin duda que iban a tratar de resolver lo de su futuro y verían la mejor solución para todo. Seguro que podría contar con él. Creía sentir que la vida mejoraría a partir del día siguiente.

Los ojos se le comenzaron a cerrar. Su cuerpo se amoldó al de Severus mientras los pensamientos coherentes iban esfumándose de su cabeza…

No supo cuántos minutos pasaron, pudieron haber sido segundos. Aún se hallaba en el limbo de estar y no dormida; recién se iniciaban los sueños, cuando su brazo cayó a la cama.

Con lentitud volvió a la realidad: Severus se estaba levantando y se dirigía hacia la puerta.

―¿Severus? ―farfulló soñolienta. Apenas distinguió a Severus atravesando el umbral, todo estaba oscuro. ―¿Severus? ―inquirió otra vez parándose con agilidad y yendo tras él.

Agatha prendió la luz eléctrica.

—¿Qué pasa? —inquirió la profesora, somnolienta. Se quedó al lado del interruptor, paralizada. Tenía cara de haber estado durmiendo.

Severus estaba tomando su capa de viaje.

―¡Severus! —volvió a espetar Merlina. Éste apenas la miró. ―¿Qué demonios te ha sucedido? ¿Por qué te has despertado? ―preguntó, un poco desesperada.

Severus se giró hasta ella por fin. La mirada de hielo le congeló el alma a la joven.

―No estaba durmiendo ―contestó con frialdad―. Estuve despierto todo el rato.

―¿Y por qué no me hablaste? ―repuso dolida, casi oyendo como se le iba trizando el corazón―. ¡Pudiste haberme dicho algo!

Severus no contestó. Se limitó a colarse la túnica por los brazos.

La respiración de Merlina se aceleró. La pregunta que iba a hacer era tan obvia… que era ridículo realizarla.

―¿Tiene que ver… con mi embarazo?

Severus la observó otra vez con esa mirada venenosa.

―¿Qué crees tú, Morgan? ¿Crees, acaso, que era una noticia maravillosa?

―Yo no…

―No lo puedo entender. No lo puedo aceptar. Esto no puede ser ―concluyó agudamente, súbitamente rojo de desesperación.

Merlina se acercó lentamente, con una expresión de incredulidad en el rostro.

―Sí puede ser, Severus.

―No.

Merlina se puso de inmediato en guardia para abofetearlo si era necesario.

—Sí…

―¡No, no puede ser! ―contradijo Severus alzando la voz increíblemente. Se había estado aguantando todo aquello hace rato―. ¡No bajo estas condiciones! ¡No bajo…! ¡No quiero hijos!

Merlina abrió la boca, pasmada. Su mente se estaba adelantando al posible final de la situación. Comenzaba a sentir cómo la tierra se iba hundiendo bajo sus pies. ¿Podía ser una pesadilla?

Por favor, que fuera una pesadilla.

―¡No es cuestión de querer o no querer tener hijos, Snape! ―chilló en respuesta―. ¡Créeme que no escogí quedar embarazada…!

―¡Pero en ningún momento sucedió antes! ¡Jamás había pasado!

―¡No, porque no podía! ¡No sé por qué pasó ahora, no es mi culpa! ¡No me vengas a echar la culpa a mí!

―¡No te estoy culpando a ti, maldita sea! ¿Qué vamos a hacer? ¿Qué va a pasar? ¡No podemos tener un hijo…! ¡No podemos, simplemente no podemos y jamás vamos a poder! ―rugió con ira. La vena de la sien parecía estar a punto de estallar.

―¿Qué quieres que haga? ¡Dime! ¿Qué es lo que quieres? ―las lágrimas comenzaron a rodar por las mejillas de Merlina.

Severus abrió la boca varias veces antes de contestar con frialdad:

―Esto es un completo error, Morgan. Algo que no debió haber pasado.

―No podemos hacer nada…

―¡Claro que ya no se puede! ¡Y, por lo mismo, no quiero ser el responsable de lo que suceda! ―espetó girándose para avanzar hacia la puerta.

―¡Severus! ¿Severus? ¿A dónde crees que vas? ¡Severus!

Severus ya había salido hacia la oscuridad de la noche.

―¡SEVERUS! ¡SEVERUS! ¡Por favor!

No puedo creer que esté pasando eso… no puede dejarme aquí como si nada…

Pensó en seguirlo, y estuvo a punto de cruzar el umbral, cuando Agatha la jaló hacia atrás y cerró la puerta con violencia, con un movimiento de la varita. Había estado observando la discusión todo el rato, con ojos grandes y vidriosos.

―Tú no vas a ningún lado ―gruñó con evidente enojo.

Merlina se zafó de ella, molesta y aún con las lágrimas brotando de sus ojos.

―¿Perdón? ¿No has visto lo que acaba de suceder? ¡Tengo que ir a buscarlo! No me puede dejar botada…

―Merlina, escúchame. ¿Te has dado cuenta de cómo te ha tratado? Y, en primer lugar, ¡no puedes arriesgarte a salir!

―¡Tú no tienes ningún derecho sobre mí! ¿Crees que lo quiero ir a buscar para hacerle que me pida perdón? ¡Necesito que esté a mi lado porque el hijo es de los dos y tenemos que protegernos mutuamente!

―Entonces, ¿se te ha olvidado que corres, al igual que yo, peligro allá fuera? Si quieres velar por la seguridad de tu hijo, entonces, ¡quédate!

Merlina se tapó la cara con las manos ahogando el grito que estaba soltando. Sentía un pitido en los oídos. Las paredes de su vida se estaban derrumbando de verdad.

Agatha arqueó las cejas a modo de resignación.

―Está bien ―repuso―. Está bien. No soy tu madre para estar diciéndote o no lo que debes hacer, y eres libre de poner tu vida en peligro. Si tú quieres ir a buscarlo; perfecto, no te voy a detener. Pero no voy a ser responsable de lo que te suceda, al igual que él.

Su tono fue duro e intenso, pero sus ojos demostraban tristeza profunda. Además, había dado en la llaga.

Sin decir más, ella se fue a la habitación, dejando a Merlina sola. Ésta se desmoronó en el suelo, al mismo tiempo en que su vida lo estaba haciendo.

Sintió que las paredes caían, que la tierra se movía y que el cielo retumbaba, aunque no era más que su cabeza la que multiplicaba por mil el sonido de los latidos de su corazón.

Se internó en una especie de sueño. No se movió, tampoco se desmayó o tuvo algún tipo de espasmo. Simplemente, se quedó allí, arrodillada con los brazos débiles y la mirada perdida. Todo lo veía oscuro, a pesar de la luz en el techo.

Y transcurrió el tiempo, hasta que alguna neurona funcionó con más agilidad y le hizo dar cuenta de que no iba a ocurrir nada, que Severus no iba a regresar. Y que el milagro no iba a llegar.

Se reincorporó temblorosa y, olvidándose de las crudas palabras de Agatha, quien se suponía que era su amiga, salió de la casa pegando un portazo.

En primera instancia, se enfrentó con el helado viento de la noche. Luego, al caminar más allá, completamente desprotegida, reaccionó al miedo que le había acechado desde que había comenzado toda esa pesadilla.

A lo lejos, una criatura nocturna, probablemente un lobo o, incluso, un hombre lobo, aulló quebrando el silencio de la noche.

En el cielo se estaban arremolinando turbias nubes deparadoras de lluvia, alrededor de la luna redonda.

―¡Severus! ―gritó a la noche, sin esperanza alguna.

Las copas de los árboles sólo se movieron por el viento: Severus ya no estaba. Una vez más la había abandonado a la mitad de una crisis.

Vuelve, Merlina, vuelve. No seas testaruda; Agatha tiene razón, no conseguirás nada siguiéndolo más que poner en riesgo dos vidas. ¡No seas estúpida! ¡Todo ha acabado, admítelo!

―Maldito seas, Severus… ―farfulló con dolor en el alma y la garganta quebrada. Jamás pensó que, de verdad, el corazón pudiera partirse: el dolor en el pecho fue indescriptible.

Resignada a la realidad, dio media vuelta para refugiarse en la casa nuevamente.

El Thestral, que había estado atento a las acciones de Merlina, agachó la cabeza cuando pasó por su lado, como si el dolor de ella fuese contagioso.

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Severus corrió hacia el bosque con toda su fuerza cuando dejó a Merlina. Tenía la cabeza hecha un torbellino. Ni siquiera sabía con claridad por qué huía y por el camino que iba. La presión del pecho era opresiva: se sentía atrapado.

El sudor corría por su cara y, al parecer, se mezclaban con lágrimas. No era consciente de las reacciones que su cuerpo tenía.

No lo entiendes, no lo comprendes, Morgan. Tú, más que nadie, debería ser la que entendiera lo que va a suceder. Tú deberías ser la más cuerda, la más sensible, la que debería estar sufriendo. No yo.

Se detuvo cuando se internó en el bosque. De pronto se vio envuelto en una masa de troncos gruesos y copas grandes, tupidas de hojas.

Vamos a morir, eso es lo que va a suceder aquí. Y si no morimos antes, dejaremos a un inocente sin padres. Esto no tenía que haber pasado. Es como si nos estuviéramos burlando de ti misma…

―¡No tenía que haber pasado nunca! ¡NUNCA! ―rugió fuera de sí, dejando caer su cuerpo contra un tronco.

Un inocente… Niño o niña, da igual. Lo abandonaremos o lo llevaremos a una muerte segura. No podemos hacer eso… Es una crueldad, una abominación.

De un momento a otro, en su mente apareció una imagen de él mismo con una criatura en los brazos, envuelta en chales suaves y coloridos. Se quedó sin aliento de sólo imaginárselo. Ya no podía dejar de imaginarse a su propio hijo y eso sólo le servía para sentir mil dagas enterrándosele en el alma.

Recordó a Bellatrix, quien había asesinado a una mujer embarazada.

―Demonios, Morgan… qué hemos hecho…

Se quedó callado. Había oído un ruido. ¿Sería Merlina? ¿Dunstan, tal vez?

Se produjo un sonido de pequeñas explosiones a unos cuantos metros más allá, en dirección al corazón del bosque. Un grito de terror procedió al hecho anterior.

Sólo por un instinto de protección ―que en esos últimos minutos había evolucionado considerablemente en Severus― siguió el eco del grito, recuperando las fuerza de su musculatura.

No fue tan difícil dar con el paradero de los hechos: se escuchaba una especie de tropa trotando con fuerza, además de verse una serie de chispas de colores provocadas por evidentes varitas mágicas.

Una vez más la voz gritó, pero esta vez de dolor. De dolor intenso, de un dolor mortífero que estaba recorriendo su cuerpo.

Esa persona va a morir.

El pensamiento de Severus era inminente y, por la misma razón, decidió retractarse. ¿Tenía sentido rescatar a alguien que iba a morir en un segundo más?

Pero ya era demasiado tarde para evitar exponer su propia vida: ya había sido detectado por los demás. Sólo alcanzó a colocarse la capucha para ocultar su identidad antes de que unos de los del grupo le iluminaran directamente.

―¿Quién eres? ¿Eres uno de ellos? ¿Un Mortífago?

Severus no quiso contestar por temor a que fuera una trampa. No siempre entre todos los servidores del Innombrable se conocían. No obstante, aunque no supieran quién era él en ese instante, debían ya estar a la siga de él para que pagara su traición.

―¡Muéstranos tus brazos!

Uno, dos, tres.

El profesor de Pociones corrió por su vida justo a tiempo, aunque no pudo evitar un rayo de una maldición le diera de manera brutal, fracturándole el brazo. Entonces comprendió que ellos eran simples magos que estaban pagando con el mismo galeon al bando del Señor Tenebroso, motivo que no era alentador. Significaba más peligro para cualquier persona, incluso para los inocentes, como suponía que lo era el individuo al que mataron. Quizá tan solo vieron un tatuaje y decidieron acabar con su vida. Trataban de tomarse la justicia por las manos.

Alcanzó a desaparecer antes que le alcanzara otra maldición, en el momento en que el grito de Merlina diciendo su nombre quebraba el silencio que había inundado el pueblo.

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Entró con los ojos hinchados, pero ya había dejado de llorar. De pronto, Merlina se había quedado helada, sin poder comprender lo que estaba sucediendo. No podía comprender el abandono de Severus; no podía entrarle en la cabeza que no le hubiera dicho ninguna sola palabra de aliento. O, tal vez, no quería reconocerlo.

Recordó su mirada afectada y aterrada, aún sintiendo el pecho adolorido

Agatha salió de la habitación para observarla. No pudo ocultar la tristeza que allanaban sus ojos.

―No te molesta dormir otra vez conmigo, ¿cierto?

Agatha suspiró cansinamente.

―Qué va, tengo que vigilarte sí o sí… me hayas gritado o no.

Merlina se durmió de inmediato, ya que el cansancio superaba a la tristeza. No obstante, las pesadillas aparecieron durante toda la noche.

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No hubo momento en que, en ese mes y medio que transcurrió, Merlina Morgan no recordara a Severus Snape. No hubo día en que no lo amara; no hubo lapso en que no lo odiara. No hubo lugar en que no derramara una lágrima por él.

No hubo momento en que no dudara de la realidad. ¿Realmente la había abandonado?

Nada le parecía más grave ya. Habían logrado escapar dos veces ya de los peligros que estaban imponiendo las tropas de Mortífagos, que crecían más y más. Sin embargo, las cosas estaban claras: la mayoría estaba bajo maldiciones lo suficientemente fuertes como para que cometieran delitos terribles sin tener ni un poco de conciencia y remordimiento.

A pesar de todo, a Merlina no dejaba de sorprenderle el adivinar que, algunos de aquellos hombres, eran padres de familia, llenos de esperanzas y sueños que ya no podían ni recordar.

Esa era una de las tantas razones por las que no podía ni podía olvidar a Severus y, a veces, tenía ganas de no recordar, aunque eran contados los momentos que el pensamiento se le cruzaba por la cabeza. Lo menos que deseaba era otra pérdida de memoria.

¿Qué iba a suceder? Esa era una de las preguntas que no paraba de rondar por la cabeza de la joven. ¿Había alguna remota posibilidad de que pudieran reencontrarse? ¿Existiría el momento en que Severus se disculpara? ¿Permanecería el jarrón quebrado hasta que todo terminase? ¿Se verían nuevamente?

Por más que intentara imaginarse más allá, ni siquiera en un futuro muy lejano, no veía nada. Veía sólo oscuridad. Ni siquiera podía visualizar a su hijo nacer.

En el futuro, era ciega.

Que ganas tengo de golpearte, Severus. Te juro que si te llego a ver, quedarás estéril por siempre… No tienes idea del daño que me has causado.

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Había perdido la cuenta de cuánto tiempo llevaba huyendo, no tenía noción alguna. Comía poco y estaba muy deshidratado. Lamentablemente, el agua que surgía de la varita mágica sólo le refrescaba la garganta, pero no le nutría en nada.

Vista la situación desde donde estaba, era un verdadero caos: casas destruidas, gente muerta y desaparecida; caminos deshechos y tendidos eléctricos en el suelo. La evidencia de que algo oscuro estaba invadiendo las ciudades era clara.

Todos los periódicos del mundo muggle que había recogido, tenían como página principal muertes horrorosas, encubriéndolas como si un asesino en serie hubiese sido el perpetrador y como si todas esas ciudades devastadas fueran efecto de cataclismos y fallas de construcción.

Sin embargo, no era aquello lo que mantenía a Severus preocupado. Era Merlina. Su Morgan, su vida.

Se odiaba a sí mismo por haber huido como un cobarde y no haber permanecido para enfrentar la situación. ¿A qué le tenía miedo? A muchas cosas. Tenía terror a ser padre, tenía miedo a fallar. Con el tiempo, se había dado cuenta de que jamás debió haberse marchado. Debió haber permanecido al lado de ella, donde le correspondía estar. ¿Tanto le costaba aceptar nuevas responsabilidades?

No obstante, lo peor, era morir y dejar a su hijo a la deriva, y lo que menos deseaba, era que tuviera una vida como la de Merlina, o que quizá, viviera mal para ser una copia de él mismo.

Intentaría volver con ella. Intentaría salvarse, pero no se iba a quedar de brazos cruzados. Él iba a luchar. Tenía que hacerlo, ¿no? No quería que su hijo o hija tuviera que estar en peligro. Iba a protegerlos. Iba a hacer cuanto fuera necesario, directa o indirectamente… Había que acabar con el mal pronto.

Se agachó a la orilla de la acequia que encontró, por fin. Sus rodillas se clavaron en el barro y comenzó a beber como un condenado. Jamás se había sentido físicamente tan mal. Había salido herido muchas veces, pero eso era distinto.

No puso atención a la persona que se acercaba a su derecha. Estaba con los ojos cerrados y, lo único que oía, era el ruido de sus sorbos.

Sin embargo, no pudo pasar por alto cuando él habló. No solamente porque le conociera o le diera confianza; sino que era totalmente ineludible.

―¿Severus?

El aludido alzó la cabeza con rapidez.

―Director ―masculló con una sensación de alivio en el estómago.

Tal vez las cosas pudiesen ir mejor a partir de ese instante.