Capítulo 53: Muerte inminente

.

―Toma, encontré esto afuera cuando fui a buscar comida… ―dijo esa voz gélidamente. Se notaba que aún estaba molesta por lo de la noche anterior―. ¿Qué te pasó?

Merlina se hallaba agachada, con una mano sobre el pie izquierdo y lanzando maldiciones, en silencio, con los ojos cerrados. De ellos, las lágrimas salían a borbotones.

Agatha suspiró cansinamente.

Habían logrado salir ilesas de las persecuciones que habían vivido hasta ese momento, pero era prácticamente sorprendente que a Merlina no le hubiera ocurrido nada físicamente malo hasta esos momentos, lo que anunciaba que, tarde o temprano, iba a sufrir algún accidente, por más mínimo que fuera.

Y era eso lo que le había sucedido momentos antes de acabar de empacar algunas cosas para marcharse de la casa. Supusieron que los dueños estaban muertos, dado que jamás se volvieron a presentar, pero era prioritario que se movieran del lugar.

"Pobres muggles", pensaba Merlina a cada momento, inevitablemente asociándolos con su familia.

Lo que le hizo daño fue una figura de cobre, muy pesada, y que le había caído justo en el pie izquierdo, sacándole sangre y marcándole con un cardenal doloroso la zona del empeine.

Dunstan dejó la bolsa con las provisiones en una de las encimeras y se puso a curar a Merlina con unos brebajes, haciéndole entrega del periódico que había encontrado mientras le sanaba la herida.

―Ah. Con cuidado, por favor ―demandó Merlina.

―Eso es lo que estoy teniendo, pero si tú te quedaras quieta y comprendieras que estoy tratando de curarte la herida… Y menos mal que fue ahora y no después ―añadió―. En un mes más seguro que vas a estar con los pies como empanadas.

―Qué alentadora ―contestó Merlina con desánimo.

Acomodó el periódico encima de sus muslos y miró la portada. El Clandestino mostraba una imagen moviéndose de un grupo de gente muggle llevando un ataúd encima de sus hombros.

―Sigue muriendo gente muggle… se piensa que es para algún tipo de magia oscura. Al primer ministro muggle se le acaban las excusas para encubrir a los Mortífagos, los verdaderos autores de todo ese desastre.

Sus manos continuaron pasando página tras página, leyendo muchos nombres de personas muertas. En ningún lugar mencionaban a alguien que conociera.

No había rastro de Dumbledore en las noticias, y a pesar de que mucha gente enviaba cartas al director para rogar información de Harry Potter, no se sabía nada.

¿Qué había sido de los muchachos? Y, en general, ¿dónde había ido a parar toda le gente que conocía? Parecía que hubieran desaparecido de la faz de la tierra.

―Listo, he terminado. Ahora, antes de perder más tiempo, salgamos de aquí.

―¿Por qué tanto apuro? ―inquirió Merlina frunciendo el entrecejo. Estaba adolorida y cómodamente enterrada en el polvoriento sillón.

―¿Miraste la última página?

Merlina se fue hasta el final del periódico para leer los últimos apuntes.

.

Según informaciones que hemos obtenido gracias a nuestras fuentes, hemos logrado acceder a uno de los planes de los Mortífagos, que es viajar a Escocia, Gales e Irlanda, y tener así un mejor control sobre Inglaterra. A la vez, se quieren resguardar de la posible intromisión de magos extranjeros, por lo que crearán una fuerte barrera; no se sabe cómo, pero adivinamos a que será muy peligrosa, prácticamente letal para cualquier mago capacitado, y sin dudas, para los débiles y los muggles. Por esto, se les solicita a las personas que estén donde acabamos de nombrar, que abandonen inmediatamente sus casas y busquen un refugio mejor.

Si conocen gente muggle, intenten hacer lo mismo mediante encantamientos; está completamente autorizado utilizar la maldición Imperius si es para proteger a los demás.

―Vaya ―bufó Merlina con brío, sintiendo cómo algo helado se deslizaba por su garganta. De pronto, el cronómetro de su vida comenzó a correr―. Si esto es así…

―Sí, es así ―cortó Agatha con impaciencia―. Vámonos ya; terminemos la maleta rápido y larguémonos de acá; tengo malos presentimientos.

―¿Vamos a irnos a algún país de América? ¿O de Asia? ―inquirió Morgan con su pie curado, pero algo coja porque el dolor aún yacía.

―¿Estás loca? No podemos arriesgarnos a estar tan lejos. Volveremos a Inglaterra y buscaremos dónde quedarnos. Además, tienes una misión que cumplir cuando tu bebé nazca.

Merlina suspiró cansinamente.

―Ah, cierto. Craig ―los ojos le brillaron de tristeza. Lo sabía, pero cada vez que lo recordaba o se lo decían, era como si le fueran agregando una piedra al peso de la espalda. A veces le parecía más irreal caer en la propia realidad.

No le gustaba la idea de volver a Inglaterra. En realidad, ninguna idea le hubiera parecido buena. Se hubiese sentido insegura de todas formas.

Con Severus a su lado, sería mucho más fácil asumir el riesgo. Pero Agatha le ayudaba, claro que le ayudaba…

Agatha se agachó hasta quedar a su altura. Con una mirada que poseía más fuerza que compasión, murmuró:

―Tranquila, Morgan ―Merlina alzó las cejas; hacía mucho que no la llamaba por su apellido. Sin embargo, esta vez no había impreso ese tono despectivo que había utilizado en algún tiempo pasado―. Vamos a lograr salir de esto. Ya sabes que vas a contar conmigo, siempre.

Algo se movió con inquietud en el interior de Merlina, pero casi ni ella lo percibió. Fue algo a lo que no le habría dado importancia si hubiese sido más intenso. ¿Qué podía preocuparle ya? Todo en su vida se estaba convirtiendo en un caos, de pies a cabeza.

Agatha no sabía que Merlina había sentido aquella misma inquietud que mantuvo a raya. Las manos le temblaban mientras hacía el equipaje, y no encontraba ninguna razón de peso que le hiciera sentir incómoda. Claro que tenían suficiente con las preocupaciones, pero ella tenía más autocontrol. ¿Qué le sucedía?

Se le cayeron un par de calcetines de la mano. Al agacharse para recogerlo, sus ojos pusieron atención a una hormiga que caminaba por la madera, llevando a otra, muerta.

Muchas veces había visto esa actuación de las hormigas. Sin embargo…

Incoherentemente recordó cuando la anciana a la que fueron a visitar con Merlina, le dijo "aprovecha de tomarte lo que queda del té".

El estómago se le revolvió, creyendo saber lo que eso significaba.

.

Severus se reincorporó, no temblorosamente como lo habría hecho momentos antes de que llegara él, sino que con seguridad y firmeza. Una nueva vitalidad le había invadido cada partícula de su cuerpo en una fracción de segundo.

―No sé por qué, pero creo que te he encontrado en el momento más oportuno, Severus ―suspiró Dumbledore con una mirada que transmitía melancolía.

Se veía demacrado y débil, a pesar de que podía mantenerse en buena postura sin precisar de un bastón. Las arrugas y la mirada le delataban más que nunca. Los años habían pasado y la muerte parecía venírsele encima.

―Creo que pienso lo mismo, Dumbledore ―reconoció Severus, aproximándose con completa confianza.

Dumbledore formuló una mueca.

―No sé si sea buena idea que cada uno siga su camino, por lo que opino que sería lo mejor para ambos hacernos compañía mientras tanto, así que… ¿participarías en lo que pienso hacer?

―Lo que sea. En lo que sea le ayudaré.

Severus, una vez más, emprendió un nuevo viaje, sintiendo que estaba abandonando a Merlina por completo. Pero, tal vez, el impulso de valentía que necesitaba lo encontrara en el camino. Algún día ella lo perdonaría.

.

Asumieron que era imposible viajar volando en el Thestral y, aunque una de las dos cabía perfectamente en él para tener un vuelo placentero, no se convencieron de viajar solas. Iba a ser un lío encontrarse y, probablemente, Merlina terminara haciendo algo alocado. Agatha sabía que, gracias al embarazo, estaba mucho más consciente de las cosas que podía o no hacer, pero, súbitamente, le daban ataques de ira, en los que comenzaba a decir cosas como "ir a buscar a Severus" o "hacer un llamado a Craig para que terminemos con esto", y la verdad es que prefería no confiarse en los momentos en que su ánimo parecía mejor equilibrado.

Finalmente se aparecieron en Escocia nuevamente, sabiendo que su amigo, el Thestral que las había acompañado incondicionalmente, volaría hacia donde estuvieran ellas.

Por un instante ambas pensaron que Merlina se había escindido: un grito agudo y corto había escapado de sus labios en el momento de la aparición. El motivo fue un dolor insoslayable en la parte baja del abdomen. Se aseguraron de revisar bien el estómago de Merlina, pero no parecía faltarle nada, ni adentro ni afuera. Sólo había sido coincidencia.

―Cualquier cosa te subes y sales volando a San Mungo ―ordenó Dunstan con preocupación―. Pero como último recurso, porque, probablemente, te atrapen.

Sin embargo, si hubiese ese sido el caso, Merlina no hubiese llegado muy lejos; cuando abandonaron Isla Lewis, el animal no partió. Trotó a toda velocidad hasta la caverna más oculta, y se quedó allí, transmitiendo la inusitada idea de que no planeaba salir bajo ninguna condición.

Luego de haberse asegurado que ambas estaban enteras, Merlina se sintió mareada y se agachó a vomitar, causando el automático alejamiento de Agatha. Bautizó suelo escocés.

A ella misma no le sorprendió hacerlo, y tampoco le incomodó, casi estaba acostumbrada. Dignamente se secó la boca con la manga, se puso de pie, y caminaron en dirección a un bosque para acampar por esa noche. Así podrían borrar los rastros ―en realidad, podría hacerlo Agatha―, Merlina seguiría practicando magia con la varita y, luego, descansarían bien para partir en la mañana a Inglaterra, para ya establecerse definitivamente. Luego de eso, no se veía más futuro. No había más planes. Los engranajes del cerebro de Merlina se atascaban cada vez que trataba de imaginar algo más.

―Al menos puedes hacer levitar cosas ―le alentó Agatha a Merlina cuando esta despotricaba al no haber podido petrificar a una mosca―. Aunque, tal vez, esto sea demasiado difícil. Quizá podamos intentarlo con el Thestral.

―¿Qué? Claro que no, el pobre nos atacaría. Además, no estoy de acuerdo ―alegó Merlina con rotundidad―, y, otra cosa, tampoco ha llegado. Hace un rato lo busqué y no estaba.

Agatha frunció las cejas.

―¿Estás segura?

―Ve a mirar.

Agatha le hizo caso y se fue a echar un vistazo al exterior. Por la cara con la que regresó a la tienda que montaron, no lo encontró.

―¿Crees que esté bien? ―inquirió la profesora.

―Eso espero. Es extraño que no haya regresado ya, ¿no lo crees? A menos que haya estado demasiado hambriento como para quedarse cazando por allí…

Merlina tuvo un pensamiento fugaz, al que no tomó en cuenta: los animales tenían la habilidad de predecir y presentir situaciones peligrosas. Fue un pensamiento ligero, casi imperceptible.

Se encogieron de hombros y siguieron con las clases.

Hacia las doce de la noche Merlina pudo dominar el encantamiento, por fin.

Creyó que la satisfacción de haber hecho algo bien la haría dormir plácidamente. Pues, no sucedió así. Sus sueños se vieron, de todas formas, empapados de pesadillas oscuras, trágicas y sangrientas, siempre teniendo a Severus de protagonista y a un bebé asexuado, al que no podía verle la cara, que le era arrancado de los brazos por una oscuridad densa que formaban un grupo de personas. Mortífagos, sin duda. Por esa misma razón, despertó varias veces durante la noche con lágrimas en los ojos, y transpirando tanto, que la ropa la tenía pegada totalmente al cuerpo. Pero tenía frío, así que, para no enfermarse y cuidando de que Agatha no despertara, utilizó el encantamiento de calor que, por suerte, funcionó satisfactoriamente. Aunque tampoco le hizo dormir bien.

Cuando amaneció, Merlina sintió un alivio tan grande, que casi se desvaneció cuando se reincorporó, y más aún cuando pisaron uno de los bosques de Inglaterra.

Estuvo con insomnio por varios días más, hasta que cumplió el quinto mes de embarazo y comenzó a abandonar las náuseas poco a poco.

Sin embargo, ¿era el quinto mes de embarazo? Con Dunstan se preguntaron un par de veces si habían perdido la cuenta. Merlina se acordaba perfectamente de la fecha en que había recuperado la memoria, día que se reencontró con Severus. Lo extrañaba tanto, pero estaba tan furiosa, que llegaba a ser un recuerdo doloroso.

Ya habían pasado la mitad de mayo y era más que obvio que llevaba cinco meses y una semana. Pero ¿por qué se veía tan gorda? A parte, se sentía como si fuera a dar a luz a una ballena.

Tuvo miedo de que el bebé tuviera algún problema. ¿Y si lo tenía? ¿Si era una especie de mutante con cabeza de sandía? ¿Qué haría? No podría dejar de culparse a ella misma.

Se aterró tanto que se mareó al sentir la sangre de golpe en la cabeza.

―Tal vez podríamos hacer algo para asegurarnos de que tu hijo esté creciendo bien.

La voz de Agatha sonó enigmática, como si fuera peligroso lo que se le estaba cruzando por la mente.

En ese instante estaban cocinando la cena, sentadas en el césped, rodeando a una cazuela flotadora en fuego mágico. Eran cerca de las siete de la tarde. Había suficiente luz solar para hacerles sentir seguras, a pesar de toda la cantidad de magia protectora que las rodeaba. Merlina había logrado hacer algunos de los sortilegios con la varita de Agatha.

Merlina Morgan alzó la mirada con curiosidad.

―¿A qué te refieres?

―Bueno… podríamos desfigurarnos un poco para cambiar nuestra apariencia, lo mismo podríamos hacer con la ropa…―suspiró―. La idea es ir a San Mungo y hacer que te analicen. Es mejor eso a perder el tiempo en hacer o buscar poción Multijugos.

Merlina frunció el entrecejo.

―No hay otra forma, nos arriesgaríamos más yendo a robar a algún lado materiales para hacerte alguna prueba que demuestre la sanidad de tu hijo. Es mejor ir directamente para allá, así nos aseguraremos de que todo sea certero. Y de algo que podemos estar seguras, es que la gente de San Mungo está trabajando por bondad. O eso espero. De todos modos actúan bajo juramento, y eso vale más que las opiniones personales.

―Sí, tienes razón ―concordó la otra joven―. Es la mejor idea.

―Bueno… ¿quieres intentarlo cuando anochezca? ¿O lo intentamos de mañana?

―Es mejor hacerlo apenas podamos. No quiero esperar más, estoy tan preocupada…

Pensó que se quebraría, pero no sucedió. Apenas se le aceleró la respiración. De todos modos, fue peor no estallar, porque sintió energía negativa acumulándose en cada una de sus células.

Merlina comió despacio a pesar del apuro que imponía lo que querían hacer. Y últimamente había rogado a Agatha que consiguiera comida más variada para alimentarse mejor. Como si eso le fuera ayudar en una etapa tan avanzada.

Apenas acabaron, volvieron las cosas a su estado natural ―la cazuela era una simple roca, lo mismo que los platos— y entraron a la carpa a alistarse.

Merlina por fin desenvolvió el paquete que le había entregado Dobby el elfo doméstico hace tiempo atrás. La túnica estaba hecha de diferentes trozos de tela de tonos azules, celestes y blancos, completamente artesanal, pero, para haberla hecho un elfo, estaba bonita y a la moda, y, mejor aún: abrigadora. Apenas, por un segundo, le dio pena usarla, pero ¿qué sacaba con dejarla guardada si podía jamás hacer la entrega? Mínimo que cumpliera su destino: ser utilizada.

Cerca de las diez de la noche, una joven con ojos rasgados estaba en el lugar de Merlina. Un lacio cabello negro azulado caía como cascada sobre su espalda, y la nariz la tenía más pequeña. Agatha, por otro lado, estaba rubia platinada y con la piel tostada. Sus ojos, del color ámbar, eran igual de redondos que antes. Apenas había cambiado, pero la ropa holgada de Merlina le hacía ver mucho más ancha.

Merlina se veía mucho más diferente, a excepción de la panza. Sin embargo, podría pasar desapercibida si sabía comportarse.

―Creo que lo mejor es que desarmemos la carpa y guardemos todo en algún agujero de árbol.

Merlina encontró razón a Agatha: si se ausentaban por mucho rato, podían correr peligro dejando todo armado, aunque estuviera el lugar bajo potentes encantamientos.

Una vez despejado el lugar, y ya bajo un cielo completamente negro, estrellado y frío…

¡FUU!

Una sombra grande y deforme cortó el cielo de pronto, cuando apenas habían dado unos cuantos pasos.

Agatha, reaccionando con rapidez, agarró a Merlina del brazo e hizo que se ocultara tras un árbol. No obstante, la sombra caminó con lentitud, pisando tierra seca, y asomó su hocico con temor.

Era el Thestral.

―Oh, por Merlín ―susurró Merlina colocándose una mano en el corazón, aterrada. Vio la muerte por unos segundos. El corazón se le había desbocado por completo.

Agatha no contestó nada. Se había quedado completamente paralizada, con la varita alzada en un brazo congelado.

―¿Agatha? ―inquirió Merlina tocándole el hombro y zarandeándola suavemente.

Ella exhaló con fuerza.

―De pronto me sentí mal ―declaró.

Merlina se puso enfrente de ella y trató de descifrar su cara en medio de la oscuridad.

―Si quieres nos quedamos, si quieres podemos ir mañana a San Mungo. Debo tener algo de fe, ¿no crees?

Con eso, la profesora pareció reaccionar.

―No ―repuso―. No hace falta solo la fe, tenemos que ir a San Mungo a que te revisen ―comenzó a caminar―. Vamos.

Merlina se encogió de hombros y el Thestral fue tras ellas, trotando suavemente. Se formaron tras unas plantas.

―Nos desapareceremos aquí y reapareceremos en callejón más cercano de San Mungo. De ahí caminaremos, y vas a tener que fingir que te sientes mal. Puede que haya Mortífagos apostados en puntos estratégicos para vigilar.

―No me cabe duda ―refunfuñó Merlina―. Hay plaga de ellos en todos lados.

Dunstan suspiró.

―Ya estamos aquí, ahora vamos y…

El Thestral batió las alas con violencia lanzando un chillido y alzándose en las patas traseras. Ambas mujeres pegaron un brinco hacia atrás, sorprendidas por el repentino desasosiego del animal.

―¿Qué demo…? ―comenzó Merlina a disparatar.

Pero no alcanzó a completar la palabra porque, en ese preciso, una gran explosión se produjo, dando como resultado a una cabeza brillante que se apareció en el centro del claro en el que se hallaban, seguida de una serie de más explosiones consecutivas, al mismo tiempo que otras siluetas negras y encapuchadas se materializaban de manera terrorífica. Un grupo salió corriendo tras el primer individuo que había aparecido y, el resto…

―Corramos ―masculló Agatha sin aliento, sabiendo que no habían pasado desapercibidas.

Y empezaron a correr, con el animal adelantándoseles.

Merlina no distinguió voces ni nada. Cuando comenzó a correr, un estilo de pitido empezó a sonar en sus oídos. Agatha le jalaba de la manga y le obligaba a agacharse cuando pasaban bajo los frondosos árboles, logrando de suerte esquivar los rayos multicolores y veloces que les rozaban por centímetros.

Todo ocurría tan rápido, que apenas Merlina pudo detenerse a pensar en lo que estaba sucediendo y por qué estaba sucediendo.

Atrás de ellas, una pandilla de Mortífagos iba trotando y lanzando maldiciones a diestra y siniestra.

Entonces, ocurrió lo inesperado cuando parecían estar perdiendo de vista a los Mortífagos: Agatha tropezó y cayó de bruces.

Merlina continuó corriendo sin reaccionar de inmediato; no había sentido que Agatha le había soltado el brazo. Y, cuando frenó para dar media vuelta e intentar hacer algo, se le destaparon los oídos de súbito, como si hubiese salido a la superficie del mar.

―¡CORRE, MERLINA! ¡SIGUE!

Vio cómo Agatha trataba de reincorporarse, estirando un brazo hacia atrás para seguir defendiéndose de quienes la atacaban. Y, atrás de ella, los Mortífagos la comenzaban a rodear. Claro que otros siguieron corriendo hasta Merlina.

―¡Agatha!

―¡HUYE!

A Merlina se le retorcieron las entrañas al percibir el "huye" como una despedida.

De la nada reapareció, a ras de suelo, el Thestral volando entre los arbustos, y la derribó sobre su lomo al pasar para que cayera sobre él.

Por puro instinto se aferró a él como pudo, sin mirar hacia dónde comenzaban a volar.

Giró la cabeza en dirección a Agatha, al mismo tiempo que un rayo verde la iba directo hacia ella.

No logró ver si la había alcanzado la maldición asesina.

Merlina creyó que el mundo se iba a acabar en ese instante, pensó que se iba a nublar y desmayar. No obstante, antes que su organismo actuara de algún modo, la situación empeoró: de reojo vio cómo un rayo morado daba en plena ala del animal, la cual se despegó por completo de su cuerpo.

El Thestral chilló de dolor y se fue en picada, cayendo entre los árboles y chocando en seco contra el suelo.

Merlina, durante la caída trató de ladearse instintivamente para no aplastar su panza con el lomo de la criatura, por lo que salió rodando con brusquedad por las plantas, aunque apenas rasmillándose, porque justo, y afortunadamente, había caído en un colchón de plantas blandas.

Cerró los ojos con fuerza, aguardando a que alguien la matara, a que la maldición asesina por fin la alcanzara.

Pues no ocurrió nada. No perdió la conciencia tampoco y, súbitamente, todo el bosque pareció quedarse en silencio, sólo oyendo sus latidos del corazón y algo más que parecían sollozos.

Unos lastimeros quejidos le hicieron reincorporarse.

―No, no mueras ―farfulló arrastrándose hasta el animal moribundo. Cuando habló, se dio cuenta de que ella había estado llorando desde el inicio: la cara la tenía empapada, la nariz sucia y de su boca no se distinguían más que los gimoteos―. No mueras ―reiteró a su lado colocando las manos donde antes había ala para cortar la hemorragia, pero no consiguió otra cosa que sacar más quejidos.

La luz de la luna iluminó el claro en donde se hallaban, por ende vio los ojos del animal, apenas abiertos. El charco de sangre era insoslayable.

―No… ―maulló Merlina al darse cuenta de que sus intentos iban a ser infructuosos―. Lo siento, lo siento tanto…

La criatura alcanzo a dar la última bocanada de aire con mucho esfuerzo, antes de que su corazón dejara de latir. El poco brillo vital de sus ojos se apagó lentamente, dejando tras él apenas una masa negra, desnutrida e inerte por cuerpo.

Merlina se puso de pie, con el bosque dándole vueltas. Era una mínima parte de su cerebro que se mantenía en funcionamiento.

―¡Agatha! ―vociferó con la voz quebrada y las lágrimas saliendo se sus ojos sin parar. Intentó seguir el rastro por donde el animal se había terminado de arrastrar cuando cayó a tierra. El resto lo corrió a ciegas, oyendo nada más que sus propios estruendosos sollozos y palabras incoherentes cargadas de horror. Parecía guiarse más por instinto que por otra cosa.

Chocó con unos arbustos pinchudos, que estaban mucho más atrás de donde Agatha había caído. Oyó un quejido, justo en donde un grupo de luciérnagas se amontonaban alrededor de un bulto.

Era ella y había recuperado su aspecto original.

Temblando de pies a cabeza, Merlina tomó de la cintura a la profesora y la levantó lo suficiente para apoyarla contra el tronco de un árbol, sin dejar de observar sus ojos abiertos y brillosos, y su boca temblorosa que trataba de formular palabras. Tenía un hilo de sangre corriendo por su barbilla.

Había logrado esquivar la maldición asesina, pero le habían dado de lleno con un conjuro perforador, como si le hubiesen disparado directo al pecho con un rifle. No paraba de brotar una sangre oscura y brillante.

―Agatha, lo siento, lo siento, no vine antes porque el Thestral estaba muriendo; te sacaré de aquí, no te preocupes…

―Mor…gan… Perdó… perdón… Ja-jamás quise… e-eres una bue-buena amiga... Me habría gustado…

―Un momento, no te despidas, sólo… ―Arrugó un trozo de la túnica de Agatha y la apretó contra el pecho herido con manos temblorosas―… sólo hay que detener la hemorragia y podremos…

Sus ojos se encontraron otra vez claramente, iluminado por los insectos nocturnos. Los ojos de la profesora temblaban tratando de enfocarse.

―Me habría gustado… ―continuó apenas― es-estar más tiempo…

El "contigo" no alcanzó a hacer formulado. La cabeza se le ladeó y sus ojos se perdieron en una oscuridad desconocida infinita.

―¿Agatha?

El nombre en su boca sonó patético. ¿Qué sentido tenía pronunciar su nombre?

―Agatha Dunstan, despierta ―farfulló con la voz seca. Le dio unas palmaditas en la mejilla para que reaccionara, y no fue más que un fracaso. Lo único que consiguió fue que se volviera a desplomar y que la boca le quedara en una horrible mueca.

Merlinas sintió que las manos le picaban y que una especie de descontrol la comenzaba a invadir. Todo ello tenía que ser irreal. Demasiado trágico era para estarlo viviendo.

Sin embargo, en el fondo, sabía la verdad…