Capítulo 54: Un aliado inesperado
.
Su cara se contorsionó y, mientras renovadas lágrimas recorrían su rostro sucio e hinchado, sus manos se empeñaron en descargar la ira y tristeza contra el árbol. No sintió que astillas se clavaban en sus manos, raspando sus uñas, y no le importó el dolor de su piel desgarrándose con el roce de la corteza.
―¡Agatha! ¡Agatha! ―insistió agachándose y abrazándola. Enterró su cara en el estómago de aquel cuerpo inmóvil, sin cesar de repetir su nombre y sin importarle que quedara manchada en sangre, que aún estaba tibia.
No está muerta, no está muerta. Agatha, tú no estás muerta, tienes que abrir los ojos y ayudarme con esto. No me puedes dejar.
―¡No me puedes dejar, maldita sea, no me puedes abandonar a la mitad de esto! ¡No me dejes como todos me han dejado! ¡No puedes hacerlo, no puedes! ¡Me prometiste que ibas a estar conmigo, me prometiste que me ibas a ayudar! ¡Dijiste que ibas a estar conmigo para siempre! ¡DESPIERTA!
Merlina no paró de hablar durante minutos. No paró de gritarle, no paró de pensar en cosas imposibles, a pesar de que estaba consciente de que todo era en vano. Ni siquiera le importó ser encontrada por los Mortífagos. De pronto, todo carecía de sentido. En ese momento, no le habría importado morir junto a su amiga.
―Me lo prometiste, Agatha… ―exhaló, perdiendo repentinamente su fuerza. Colapsó cayendo sobre el hombro de la mujer.
¿A cuántos más tendría que perder en su vida?
Dios, perdóname, nunca quise que muriera… Nunca la odié de verdad, sólo me llevaba mal con ella. Te lo suplico… te lo suplico, haz que viva. Hazlo. Debes hacerlo…
Aguardó a que alguna réplica de la voz de Agatha sonara en su cabeza para calmarla, a que su ángel guardián le diera buenas señales. Esperó a tener alguna epifanía e, incluso, rebuscó en los bolsillos de ella para encontrar alguna carta que le explicara por qué había ocurrido todo aquello; por qué había fallecido, y que le narrara el lindo tiempo de amistad que habían tenido. Quería que le dijera algo, cualquier cosa para saber que no estaba sola.
Pues no encontró nada, tampoco lo oyó, ni lo vio ni lo soñó. No apareció el fantasma, ni el espíritu, ni el eco ni la energía de su amiga. Simplemente, no quedó testigo que verificara que había existido, excepto su cuerpo herido.
Las lágrimas y sollozos no paraban de brotar de Merlina, llorando sobre el hombro de Agatha, acariciando su rostro sin vida. Provocaba sonidos guturales, dolorosos. Su pecho ardía de tristeza, el estómago se le apretaba. ¿Por qué el destino se empeñaba en alejarla de todo lo que le ayudaba y le hacía bien? ¿Qué cosa, maldita sea, había hecho ella para merecer ello? ¿Qué había alcanzado a hacer Agatha en su vida de bueno, además de haberla dejado con un increíble vacío al perderla?
Pues, qué injusta era, porque Agatha la había ayudado.
De pronto se percató de la varita que estaba metros más allá de su dueña, y la utilizó contra ella. Difícil era que las cosquillas despertaran a alguien muerto. MUERTO.
Pensó en su familia. ¿Alguna vez había tenido algo que hacer luego de que dejaron sus vidas? ¿Acaso habían ocurrido milagros?
No.
Entonces, ¿algo iba a revertir esa situación? Por supuesto que no.
Siento no haber podido hacer nada por ti, Agatha.
―Gracias por todo lo que hiciste por mí… ―farfulló colocando una mano en la ya fría mejilla pálida, antes trigueña. Sintió el sabor salado de las grandes lágrimas que habían entrado a su boca.
No se detuvo a pensar si se acordaba del encantamiento, pero se las arregló, con la varita de Agatha, para hacer magia y cavar un profundo agujero, allí mismo donde había caído.
Luego, con parsimonia, la recostó en el fondo, con fuerzas que jamás pensó que tuviera. Podría haberlo hecho con magia, pero creyó que sería impersonal. Deseó sentirla entre sus brazos, el último ápice de su calor, y ni siquiera se detuvo a pensar si podría ser dañino para ella y su hijo. Simplemente lo hizo. La acomodó con las manos sobre el vientre y le besó la frente. Luego, colocó la tierra en su lugar, dejándola lo más lisa posible.
Una vez habiendo puesto unas cuantas manzanillas arrancadas de sus raíces, se recostó encima, como si eso le ayudara a sentirse cerca de su amiga. Su amiga, su maldita amiga, la única amistad verdadera que había tenido en mucho tiempo.
¿En qué se diferenciaban Hermione y Ginny con ella? Pues Agatha había sacrificado mucho por ella. Había compartido con ella cosas inimaginables y completamente inesperadas. La había comprendido mejor que nadie, mejor que Severus. Severus.
Cerró los ojos, sabiendo que no despertaría de una pesadilla y que estaría camino a San Mungo con Agatha Dunstan. Tenía claro que no iba a pasar, y no por falta de esperanzas, sino porque tenía los pies puestos en la tierra.
Los recuerdos llegaron a ella de golpe: cuando la había conocido, cuando la volvió a ver en el comienzo del año anterior, las bromas que se gastaron, lo mal que se trataron infantilmente, desaprovechando el tiempo…
Abrió los ojos para ver si se había dormido. Sin embargo, apenas habían transcurrido segundos.
Se paró con esfuerzo; cansada, triste, aún llorando con desconsuelo, con la varita en la mano: tenía que ir a sepultar al otro amigo que había estado con ellas.
Él Thestral se quedó en la isla porque presintió lo que pasaría, y regresó, a pesar de ello, a Inglaterra. Si no hubiese llegado a ayudarlas, Merlina también estaría muerta. Ella y su hijo.
Siguió llorando, pero sin estruendos, mientras daba sepultura a la criatura. El corazón le latía rápido, aunque se sentía calmada, como si se hubiese adentrado en un estado de paz. Algo le estaba sedando los nervios. Algo le estaba haciendo sentir un poco mejor, tal vez era el cansancio, hasta que…
Había recién acabado de colocar la tierra encima, cuando un ruido de rama quebrada retumbó cerca de ella.
¿Estaba soñando o era todo real? Por un instante se vio confundida.
Esa vez sí tuvo la absurda idea de que Agatha se había levantado de su tumba; un pensamiento fugaz, pero lo tuvo. Hubiera sido fantástico, aunque, por más que lo deseara, no iba a conseguir que ocurriera. Casi rio, tal vez por miedo, tristeza o ingenuidad.
Se desplazó hacia atrás, posando una mano en su vientre y con la otra asiendo la varita, preparada para lanzar el primer encantamiento que se le fuera a la mente.
Aguzó sus oídos: alguien respiraba con fuerza, como si hubiese corrido una maratón. Caminó con lentitud, siguiendo el rastro y…
―¡Depulso! ―exclamó señalando entre medio de los árboles, siguiendo su instinto.
Y dio en el blanco. Alguien se había quejado.
―Lumos.
Iluminó el bosque y avanzó con cautela hasta que pilló una silueta que trataba de reincorporarse del suelo.
―Quédate dónde estás ―amenazó con la voz tomada. Dándose cuenta de que tenía la nariz sucia y húmeda, se pasó rápidamente la manga por ésta: no quería verse demasiado frágil. Sus facciones habían vuelto a la normalidad―. Estoy armada.
El mago dio un respingo y comenzó a retroceder con expresión de terror.
A esas alturas, Merlina ya le había visto bien el rostro pálido, sucio y sudoroso con el pelo rubio despeinado. Se quedó de piedra antes de farfullar un sorprendido "¿Malfoy?".
Eso fue suficiente para que el joven dejara de retroceder.
―¿Quién está allí? ―inquirió con voz aguda y aterrorizada.
Merlina avanzó hasta quedar a tan solo un metro de él. El corazón se le desaceleró repentinamente, como si intuyera por sí solo que estaba fuera de peligro. ¿Fuera de peligro con Malfoy? Estaba muy cerca de él, así que sería presa fácil ante un ataque. Sin embargo, tenía un presentimiento.
―Tú eras quien…
Merlina recordó haber visto un cabello brillante a la luz de la luna, perteneciente a persona que apareció primero en el claro, antes que los Mortífagos, y fue a quien algunos salieron persiguiendo de inmediato, antes de verla a ella y a Agatha.
―¿Quién eres tú? ―preguntó Draco Malfoy con violencia.
Merlina se iluminó a sí misma, dejando al joven con la boca abierta. Tardó unos segundos en reconocerla.
No se le hubiera caído la mandíbula si no hubiese topado con su enrome barriga. Merlina podía apostar que estaba delgada la última vez que se vieron. Debía de ser sorpresivo para él verla así.
―Sangre sucia ―masculló impresionado.
Se quedaron observando algunos segundos. Merlina estaba asombrada, jamás en su vida se le habría ocurrido encontrarse con Malfoy, menos en un lugar así. Luego…
Draco Malfoy no se dio ni cuenta cuando la mano libre de Merlina se había lanzado contra su mejilla. Fue el ruido y luego el dolor que le hicieron percatarse que le habían abofeteado: no lo había visto venir.
―¿Qué diablos te pasa? ―le espetó sobándose la mejilla.
―¡Si no hubiese sido por ti, los Mortífagos no hubieran aparecido!
Malfoy se alejó.
―¡No estás muerta!
―¡Pero mi amiga sí! ¡Y el Thestral también! ¡Y tal vez mi hijo pudo haber muerto! ―se defendió con nuevas lágrimas saliendo de sus ojos. La ira y la tristeza comenzaban a apoderarse de ella lentamente, como un veneno potente.
La cruda realidad había caído otra vez sobre ella. Estaba sola. Había prácticamente presenciado dos muertes en ese rato y seguía estando embarazada y al acecho de los Mortífagos.
Tuvo ganas de abalanzarse sobre Malfoy, pero ¿por qué debía culparlo? Él sólo estaba huyendo, y fue una mala coincidencia que ellas estuvieran en el mismo lugar por el que él decidió escapar.
―Mierda ―farfulló colocándose una mano en la frente y caminando hace cualquier dirección, alumbrando con la varita para no tropezarse.
No supo qué hacer. ¿Dónde debía ir? ¿Y si volvía al lugar en donde habían dejado la tienda de campaña? ¿Debía ocultarse en otro lugar?
―Ey, ¡oye! ¿Adónde vas?
Merlina se dio vuelta. Le hubiera gustado que Malfoy viera su cara para expresar la molestia por aquel descaro.
―¿Disculpa? ¿Te importa donde yo tenga que ir? ―cuestionó con prepotencia.
El joven formuló una mueca ―ella le podía ver porque le estaba iluminando directamente―, y se cruzó de brazos.
―Yo que tú no me alteraría tanto. Si no quieres sufrir luego ciertas consecuencias…―aconsejó arrastrando las palabras y señalando su vientre.
Merlina no pudo contestar ante eso. Tenía razón. No obstante, era imposible que pudiera conservar la calma con lo que había sucedido. No era tan simple. Había ocurrido apenas minutos atrás. Estaba hecha un desastre.
De todos modos, no podía culpar a Malfoy. Ellas tampoco debieron estar allí en ese instante. ¿Cómo podía estar asignando culpas en un momento como aquél? No le iba a ayudar de nada encontrar el porqué de lo que había pasado y, en realidad, de lo que estaba sucediendo. Aunque lo supiera, nada iba a cambiar. Y, tal vez, sólo hubiese sido cuestión de tiempo para que Agatha o ella murieran.
Nada podía mejorar la situación. Nada.
―Lo siento ―contestó con abatimiento―. Tengo que ir… debería ir a buscar unas cosas. ―Siguió caminando casi sin rumbo, olvidándose de la dirección en donde habían acampado. Algún día llegaría.
Malfoy se quedó allí con los brazos colgándole torpemente a cada lado de su tronco, y observándola con desprecio.
Merlina se detuvo al darse cuenta de que no la seguía. Por un segundo pensó que iba a ir tras ella.
―¿No vienes? ―indagó volteándose.
―¿Por qué habría de ir? ―le espetó él venenosamente.
Merlina se aburrió y decidió expulsar una voluta de luz de la varita para que alumbrara, lo que resultó exitoso. Al hacerlo, pudo mirarle con el entrecejo fruncido, asegurándose de que vería su expresión.
―Bien, supuse que vendrías conmigo porque me preguntaste a dónde iba.
―Fue sólo una pregunta. No iría con una sangre sucia como tú. No tengo por qué acompañarte.
Merlina arqueó una sola ceja, hallando eso insólito.
―No eres un Mortífago, ¿o sí?
El chiquillo no respondió. Se limitó a mirarla enigmático, como si ocultara su maldad o la vergüenza.
―¿Lo eres? ―insistió Merlina, demandante.
―¡No! ¿Por qué crees que me salieron persiguiendo? ¿Por qué somos buenos amigos?
―¡Pues, no lo sé! Y si no lo eres, ¿cuál es el problema de que estemos juntos? Te aseguro que no nos vamos a infestar más de lo que ya estamos…
Al decir eso, Merlina habría encontrado la respuesta. Se sorprendió a sí misma. En primera instancia no lo había analizado: por algo se había encontrado con Malfoy. De pronto la seguridad volvió a nacer en ella.
―Yo no voy a ir contigo a ningún lado ―contestó con sequedad. Dio media vuelta y desapareció.
Merlina se quedó paralizada durante unos segundos, esperando ayuda divina.
Claramente no ocurrió.
Quiso llorar otra vez para botar la frustración y tristeza que aún tenía y que probablemente duraría días o semanas. Quizá meses.
Sin embargo, sus ojos no soltaron ni una sola gota. Se sentía tan mal, que su organismo estaba gastando energía en mantenerla sedada de algún modo.
La única vez que había estado tan sola en los últimos años, fue cuando había renunciado de Hogwarts. Fue allí cuando se dio cuenta de que Craig la engañaba. Luego de haberlo constatado, se fue a un parque y estuvo horas allí.
La diferencia era que allí, en el parque, caminaba gente. En esos instantes, no había ni un alma por el bosque, además de Malfoy y ella.
Las piernas le parecieron de plomo cuando inició su andar. La luz que flotaba la siguió por un camino estrecho y frondoso.
Lo que vas a hacer, Merlina… Lo que vas a hacer es buscar las cosas… luego armarás la carpa… Después… Después vivirás allí, protegida, hasta que nazca tu hijo. Sola.
Apenas alcanzó a caminar un minuto por el bosque ―sin saber si iba en la dirección correcta― cuando escuchó pasos atrás de ella, acompañado por un llamado.
―¡Espera!
Merlina se detuvo.
Draco Malfoy reapareció de nuevo, con las mejillas coloradas y una mirada de orgullo herido.
―Está bien. Está bien ―titubeó un poco―. Iré contigo. Pero no te acerques a mí y evita hablarme.
Merlina nunca se esperó ser amiga de Agatha. Nunca pensó lo que podría ocurrir entre ellas. Sin embargo, al analizarlo en esos momentos, no se le hacía raro. Era normal, había todo seguido un camino casi natural.
No obstante, el que Malfoy le dijera que iba a acompañarla, era muy diferente. Y estaba segura de que su vida iba a cambiar mucho en ese instante, y no sólo por los recientes eventos que estaban socavando su vida, a pesar de las condiciones impuestas por él. No pensaba acercársele, pero dudaba poder quedarse callada para siempre.
Merlina asintió y continuó caminando, con el muchacho siguiéndola.
Ambos prefirieron no pensar en las consecuencias que iba a acarrear estar juntos. De todos modos… debían estar unidos, ¿no? De cualquier modo, Merlina podía sentir cómo la tranquilidad le iba invadiendo poco a poco, pero la tristeza se iba haciendo más profunda.
No fue fácil el comienzo. Merlina se pasó un buen rato tratando de adivinar cuál había sido el agujero en dónde habían dejado las cosas. Pero, luego de hallarlas, de todos modos fue todo un fracaso, porque no lograron armar nada ―o Merlina fue la que no pudo; el Slytherin no tenía varita― y terminaron decidiendo que se llevarían la sábana que utilizaban como carpa, para taparse del frío junto con las otras frazadas. Al menos, todo ello sería igual de útil que antes.
Después de eso, tampoco fue fácil ponerse de acuerdo para elegir el lugar en el que podrían resguardarse. Pasaron cerca de diez minutos discutiendo a qué lugar podrían ir.
―Tú tienes la varita, tú deberías ser el cerebro, pero está más que claro que no tienes ni una sola neurona.
―Qué infantil. Lo que menos me faltaba. No puedo creer que sigas con esto. Si hay que resolver algo, entonces hablemos de inmediato, Malfoy —le reprochó Merlina, desafiante.
El joven se la quedó mirando un rato.
―Tal vez podamos encontrar una cueva ―masculló con enojo contenido, finalmente.
Merlina tuvo la impresión de que había recordado que ella le había salvado la vida. Se sintió orgullosa de haberlo hecho; Malfoy le debía la vida y eso le carcomería el cerebro por el resto de los años, y fue lo que seguramente le hizo volver a su lado.
―Bien, entonces, busquemos alguna maldita cueva. Si no, tendremos que dormir en el bosque, porque estoy comenzando a sentir las piernas hinchadas y requiero estar en posición horizontal.
Como era de suponer, no encontraron una cueva, pero sí un inmenso árbol con un gran agujero en él, donde pudieron caber los dos, pero con las piernas afuera. Algo era algo.
Los dos lograron dormir a ratos, tapados escasamente con la sábana
Merlina tenía el eco en la mente de la situación que había vivido en el bosque. El estómago se le retorcía y le ardían los ojos por las lágrimas que no podían caer; había llorado mucho en poco rato y, ya que lo pensaba, no había bebido nada de agua.
Su primera prioridad debía ser alimentarse apenas aclarara. Ojalá que, cuando despertara, no hubiese ocurrido nada de aquella horrible pesadilla. El problema era que sabía que estaba pidiendo lo imposible. Había presenciado la muerte de Agatha, ella en sus brazos, sangrando, débil… El alma se le desgarraba cada vez que convocaba el fresco recuerdo.
Tampoco fue fácil encontrar un río al otro día. No obstante, cuando lo hicieron, hallaron una cueva cerca también, mejor aún como la había imaginado Merlina. Allí hubiera alcanzado dos camas de plaza doble. Para mala de suerte de ellos, claro, iban a tener que carecer de comodidades por un tiempo, hasta que hallaran la manera de llevar algo ―por no decir "robar"― o que Merlina aprendiera bien los encantamientos de transformaciones con una varita que no era la suya. Malfoy era casi nulo para ello. Sólo se valía con maldiciones y, en esos momentos, ni siquiera andaba con varita como para hacer algo productivo.
―¿Es que no aprendiste nada en el colegio? Al menos yo tengo la excusa de que salí hace tiempo de él.
Luego de pasar casi una semana en el agujero del tronco, sobreviviendo con raíces, hongos no venenosos, frutas de los árboles, y tapados con una frazada que le habían quitado a un perro que dormía fuera de una de las casas del pueblo más cercano, se mudaron de allí muy temprano en la mañana, hasta hallar la cueva de sus sueños. El único inconveniente era que se ubicaba en un lugar pantanoso y húmedo. Pero eso, con leña y fuego, se solucionaba.
A pesar de los robos y caminatas que habían realizado juntos ―más Malfoy que Merlina. Ella tenía energía, pero prefería no arriesgarse a hacer esfuerzos―, la relación estaba estancada. No hablaban de nada que no tuviera que ver con los planes futuros para protegerse o de los hechizos que podrían efectuar "en caso de".
Por supuesto, Merlina se mordía la lengua por averiguar qué se le estaba pasando a Malfoy por la cabeza. Pero se llevó una sorpresa cuando, éste mismo, se dejó de llevar por la curiosidad y le atacó con una pregunta.
―¿Es de Snape? ―farfulló con dientes apretados y sin mirarla mientras comían pan con huevo y leche que habían extraído de una casa. Estaban sentados en sendos cojines cerca de una pequeña fogata.
Merlina parpadeó antes de comprender a lo que se refería.
―Sí.
―¿Estás a punto?
―No que yo sepa. Pero probablemente suceda cuando estemos juntos, así que prepárate para ayudar con el nacimiento ―dijo, más en serio que de broma.
Los ojos grises del chico se abrieron desorbitados, aterrado.
―¿Qué?
―No debes preocuparte de eso todavía ―hizo una pausa para masticar y tragar―. Y tú ¿no deberías estar con tu familia?
Los ojos del chico se enfriaron a pesar del fuego que se reflejaba en ellos.
―Eso no te importa.
―Vaya. O sea que tú sí puedes preguntarme lo que sea y yo no. No sé por qué no me lo imaginé. ―Le picaron las manos. No andaba de humor para ser tratada de esa manera.
—Es difícil hacerlo cuando mataron a tu padre y te separaste del lado de tu madre, ¿no lo crees? ―escupió él apretando el trozo de pan que tenía en la mano.
Merlina no dijo nada y no se sorprendió tampoco, ya que se esperaba una respuesta así. Era algo que comprendía a la perfección. Una situación desagradable. Ella lo sabía mejor que nadie.
Sin embargo, durante la cena de esa noche no pudo dejar de estudiar los gestos del chico. Estaba sorprendentemente calmado. No había siquiera indicios de que pudiera estar triste. Preocupado, sí.
―Ya que no vamos a ser amigos, Draco ―el muchacho alzó la cara, sorprendido al oír su nombre―, quiero que me prometas algo.
En cualquier otra instancia él la habría, sin duda, atacado o ignorado esa frase. Sin embargo, algo en el tono de voz de ella hizo que Malfoy le prestara atención con seriedad.
―¿Qué?
―Que, pase lo que pase, vas a estar a mi lado a menos que yo te diga que me dejes. De verdad que voy a necesitar ayuda, y ahora no tengo a nadie más que a ti; y no puedo ni quiero estar sola. Me lo debes.
Merlina hizo la petición con tanto anhelo, que ni siquiera sonó absurda. Malfoy debió haber percibido ello, porque se limitó a asentir sin objetar nada. Eso era más de lo que ella esperaba.
.
Merlina pensó que el chico la podría traicionar en cualquier momento y la dejaría para irse a otro lado. No obstante, luego de tres días de haber dicho eso, Malfoy seguía a su lado, un poco mala voluntad y burlón, pero se quedó. Incluso, fue él quien encontró una cueva mejor para mudarse. Así que, a mitad de la segunda semana, juntos emprendieron marcha otra vez.
―No está a más de tres kilómetros, lo sé. No está en un pantano, pero sí unos cuantos árboles tapan la entrada. Creo que cabes ―comentó mirando su barriga.
―Espero, porque si no vas a tener que cargarme de vuelta. Los pies los tengo como empanadas.
Era plena mañana. El sol brillaba entre las hojas y, de verdad, no parecía que nada pudiera ocurrir. Estaba demasiado tranquilo.
―Ayer me fui por allí, hay un claro… ―Siguieron caminando―. ¿Ves? En veinte minutos, si te apresuras, estaremos donde te digo.
―No puedo caminar más rápido, de verdad no entiendes lo que es tener siete kilos extra en tu barriga, más otros tantos que has ganado. Así que vas a tener que darme tiem…
Soltó un grito ahogado, alcanzando a agarrarse de una rama baja. Había tropezado con una desnivelación de la tierra.
―No te atrevas ―amenazó a Malfoy cuando vio que pensaba hacer algún comentario sarcástico.
Se enderezó y movió con cuidado el pie antes de seguir avanzando; se había hecho algo de daño, pero no lo suficiente como para no caminar.
―Sigamos ―dijo impertérrita.
Y continuaron caminando, sin llegar muy lejos porque, cuando estaban dejando el claro, Merlina escuchó claramente su nombre, y no lo había dicho Malfoy, dado que fue una voz femenina la que lo pronunció.
―¿Merlina? —volvieron a llamar.
La joven se dio vuelta. Donde había tropezado, había una chica de pelo castaño enmarañado mirándola con ojos grandes.
