Capítulo 55: Esperanza arrebatada

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―Hermione… ―masculló con un hilo de voz. El corazón le saltó de la emoción.

―¡Merlina! ¡Eres tú!

De pronto, de algo invisible, lo que pareció ser una tienda de campaña, salieron Ron y Harry, quienes corrieron hacia ella. Al parecer estaban utilizando el mismo método de ocultamiento que había practicado ella con Agatha.

―¡No lo puedo creer!

―¡Sabía que eras tú, lo noté por tu voz…!

―¿Estás bien?

―¡Vaya que estás gorda!

―¡Y le dije a los chicos…!

―Yo no creí, pensé que…

Merlina se mareó con tanto griterío y cerró los ojos, esperando a que se calmaran las emociones. Las suyas sobre todo, porque estaba a punto de gritar de la pura felicidad y asombro. No podía creer tanta coincidencia.

―No saben… ―Se lanzó contra Hermione primero para abrazarla. Fueron abrazos cortos, pero cargados de sentimientos―. Esto es…

―¡Vi a alguien! ―gritó Hermione de pronto―. ¡Allá!

Merlina se giró y vio el brillante pelo platino de Malfoy alejándose entre los árboles.

―Esperen. ¡Ey! —Trotó hasta el chico, alcanzándolo en menos de diez segundos; Draco había aminorado la marcha. ―¿Para dónde crees que vas?

No alcanzó a tomarle el brazo. Malfoy ya la había enfrentado.

―Encontraste a Potter, a la sangre sucia y a la rata, ¿no?

La mujer arqueó las cejas y se mordió el labio inferior.

―¿Qué quieres decir con eso?

―Me marcho. Tienes a gente a la que va a estar contigo, así que…

―No ―le cortó Merlina negando con rotundidad. El pecho se le apretó.

Recordó a Agatha… y a Severus.

―Las cosas no funcionan así. Tú prometiste lo que te pedí, y ahora lo vas a cumplir. Y en ningún momento te dije "que me dejaras" si contaba con más apoyo.

―Escucha… ―dijo con impaciencia.

―No, escucha tú: no me importa que te caigan mal los muchachos, de verdad no me importa; lo encuentro estúpido de tu parte, más con todo lo que hemos vivido el último tiempo. ¿A estas alturas te importan los enredos de antaño? Así que vas a quedarte conmigo a escuchar lo que tengamos que hablar con ellos. Si a ellos no les gusta la idea de que estés inmiscuido, tampoco me va a importar. Así que vamos.

Draco la observó desafiante, pero no pudo contra los ojos de ella. ¿Acaso se estaba sintiendo maternal y ejercía algún poder sobre el muchacho? Él pareció sentir eso también, y era difícil abstenerse ante la mirada de una madre. Fue bastante extraña la situación.

Tal como lo dijo Merlina, los muchachos comenzaron con sus diferencias de inmediato. Ron fue el que más protestó por eso; Harry desconfiaba un montón. Hermione era la que, al igual que ella, trataba de dar explicaciones razonables a la situación. Incluso, tardaron un montón en ponerse de acuerdo para entrar a la carpa; temían que Draco hiciera algo, como robar. Pero no tenía cómo: carecía de varita, y eso les dejó mucho más tranquilos.

―No puedo creer que estés embarazada, Merlina ―soltó Hermione una vez adentro―. ¿Te sientes bien?

En una fracción de segundos pensó en que no estaba bien: sin Severus, sin Agatha; el recordar su muerte… la muerte del Thestral, lo de Craig, las muertes incesantes… ¿Cómo iba a estar bien?

Pero no podía lamentarse siempre que tuviera la oportunidad. Su vida no iba a cambiar, y ya había derramado muchas lágrimas para continuar haciendo berrinches. Y, la verdad, es que el encuentro con ellos había servido como un sedante para sus heridas; un momento de felicidad.

―Estoy bien. Espero que el bebé también lo esté, he vivido muchas aventuras un poco bruscas…

―Si te sientes bien, entonces vas a estar bien. No me deja de sorprender, claro, luego de tu pérdida de memoria…

―Ay, Hermione, esa es una larga historia, pero recuperé la memoria ―y narró en breve lo ocurrido. Hermione se emocionó.

―¿Y dónde estás Snape…?

―¡Ron!

―Es sólo una pregunta…

―Descuida, Hermione ―se volvió hacia Ron―. No sé dónde está. No lo veo hace un tiempo, y la última vez que lo vi, estaba… ―Recordó la escena: el sufrimiento en su rostro al darse cuenta lo que significaba tener un hijo―. Estaba bien ―completó.

No fue fácil soltarse para Merlina. Había pasado tanto tiempo desde que se había desconectado de los chicos, que se le llegaban a hacer un poco ajenos. Además, el verlos más grandes y con un aire de cansancio, no le parecían los mismos. El pelo de Hermione era un pajar, lo mismo que el de Harry. Ron estaba más ojeroso que pecoso. Varios raspones y heridas frescas decoraban la piel visible de los jóvenes.

Claro que su sensación de desencajamiento no superaría jamás a la de Malfoy. El rubio estaba casi atrás de Merlina, procurando no mirar a nadie. De verdad no quería nada con ellos.

―¿Tienen donde quedarse?

―No, eso íbamos a buscar ahora ―contestó a Hermione―. Me encontré con Malfoy y decidimos buscar refugio, juntos. Es tan inocente como yo ―añadió ante la mirada de desconfianza de Harry.

―¿Cómo lo sabes? ―le espetó este. Merlina se sorprendió.

―Harry… ―farfulló Hermione anonadada.

―Digo, no tienes pruebas de que sea inocente. Tienes la Marca Tenebrosa, ¿no, Malfoy?

―¡Silencio! ―estalló Merlina, harta―. Es inocente, y punto. Y he visto suficiente maldad, y he conocido a gente inteligente que es buena y finge ser mala. Saben a quién me refiero, así que no vengan a juzgar mi juicio y confianza. Se supone que tenemos que estar unidos, ¿no? Porque, de verdad, si vamos a estar así…

―Lo siento, Merlina ―se adelantó Harry con cara de culpabilidad.

Merlina asintió conforme. Sabía que no iba a lograr controlar nada, nunca lo había hecho y esa no iba a ser la excepción. Pero se alegraba con poder llegar a un acuerdo. O a la mitad de él.

En la tarde, por parte de ella y de Hermione, los tres chicos fueron a buscar comida. Merlina le hizo entrega de su varita a Draco —bueno, la de Agatha, pero que ahora era de ella— para él pudiera defenderse también en el caso de que ocurriera algo malo, y así los Gryffindor no tendrían que estar pendiente de él. Confiaba en que ni Harry ni Ron trataran de deshacerse del rubio.

—Malfoy ha de devolverme la varita, chicos, así que no intenten nada. Y tú, no pierdas esa varita —amenazó antes de que se fueran—. Es la única que tengo, además de ser valiosa.

Se quedó sola con Hermione en la carpa.

―¿Qué ha pasado, Merlina? ―inquirió Hermione tomándole las manos y mirándola con preocupación… y compasión.

Merlina sonrió un poco, evitando que la tristeza le invadiera otra vez.

―Todo está patas arriba, Hermione ―respondió con sinceridad―. Severus se marchó de mi lado porque no le gustó la idea de que vamos a tener un hijo ―la jovencita soltó un grito ahogado―, y ahora no sé dónde está.

―¿Has estado sola desde que te dejó?

―Bueno, la verdad es que estuve acompañada. Luego nos reencontramos, y me volvió a dejar, por lo que te acabo de explicar ―se secó de inmediato las lágrimas que intentaban escapar de sus ojos.

―¿Estuviste con alguien?

―Sí. Con una amiga; digo, con la profesora de Defensa con la que me amisté luego de que huimos juntas, y… ―dejó la frase a medio acabar, pero la chica pudo comprenderle perfectamente.

―Lo siento, tanto, Merlina… Supongo que fueron Mortífagos, ¿no?

Asintió. Luego lo explicó lo de Draco y, por último…

―Hay algo peor aún.

―¿Qué quieres decir?

Merlina miró a los ojos a Hermione.

―¿Recuerdas a Craig?

―Sí, claro que sí, es imposible olvidar algo como eso.

―Bueno. Está vivo.

Esta vez Hermione se tapó la boca con ambas manos para amortiguar el grito estridente que se le había escapado.

―¿Qué quieres decir con "vivo"? ¿No que había muerto? ¡Lo leí en El Profeta!

―Sí, Hermione, pero, mira…

Merlina, quien jamás se había separado de la evidencia, había estado acarreando el diario para todos lados. Lo sacó del gran bolsillo de la túnica que ocupaba, la que, de hecho, pertenecía a Harry.

Hermione leyó cada palabra de las páginas escritas en cuestión de minutos. Sus ojos castaños pasaban a la velocidad de la luz embargados de terror.

―Esto es… es imposible. Digo, tiene que estar con… con el Innombrable, ¿no?

―Es lo que pienso yo. Aunque, no sé por qué presiento que ya anda tras mi huella.

En esos precisos instantes llegó el trío de chicos, con evidente aspecto de haber discutido. Al menos habían dado con la comida.

―Aquí tienes―musitó Draco a Merlina, entregándole la varita.

Merlina decidió exponer el tema a la hora de la cena. Después de todo, podía valer la pena haber encontrado a los muchachos. Draco se puso colorado cuando Merlina nombró a Craig; él había sido partícipe de la venganza del hombre. Había pasado información indebida.

Harry fulminó al chico con la mirada.

―Es sólo para que tengan cuidado. Y para que no le hagan nada en el caso de que se toparan con él.

―Alguien que murió no puede estar vivo ―musitó Malfoy con escepticismo, pero todos lo ignoraron. Era el único que no tenía idea acerca de lo que era un Horrocrux.

―¿Cómo? Se supone que hay que matarlo, ¿cierto? ―preguntó Ron con una mueca.

Merlina negó con rotundidad.

―Es algo que puedo hacer sólo yo.

Creyó, por un momento, que comenzarían a rebatirle o a regañarla incluso, pero los tres parecieron comprenderla. Malfoy fue el único que miró su panza con enojo, como diciendo "tienes un hijo al que tendrás que cuidar". No pudo evitar sentirse algo sorprendida por ese mensaje visual.

―Pero ¿qué harás, Merlina? ¿Qué harás cuando seas madre? No es que te vayas a arriesgar antes, ¿cierto? ―preguntó Hermione temerosa.

―Esperaré, claro. Pero no sé qué haré. Supongo que buscar a Severus, asumiendo que esté viv… esté bien.

Se sintió incómoda luego de terminar de cenar. Los chicos apenas hablaban entre ellos si no era ella la que proponía un tema o preguntaba algo. Había obtenido una cantidad de información inimaginable acerca del Ministerio de Magia y de los nuevos Mortífagos que se presumían en el bando de Voldemort. También se enteró de que Ginny se había reencontrado con los Weasley, lo que le aflojó un nudo que tenía atado hace mucho tiempo en el estómago.

Para que no se hiciera el silencio tan rápido, comentó a Harry de la túnica y decidió entregársela.

―No debí haberla usado, Harry, pero tengo que dártela, porque es algo que le prometí a Dobby.

Harry, que en un inicio se había negado a recibirla, decidió cambiársela por una más liviana para que pudiera caminar con más agilidad, lo que a ella le fue como anillo al dedo.

Y, luego de eso, se fueron a dormir sin tener nada más que hacer.

El día siguiente fue mucho más incómodo. Se habían terminado los temas de conversación y Draco Malfoy lucía más hosco que nunca. El único sonido que hizo durante el día fue el de largos suspiros.

Merlina sospechó de lo que estaba sucediendo allí, pero no se decidió a hacer algo hasta la tarde del tercer día. Hacía tiempo que no tenía un almuerzo tan incómodo, ni si quiera con Agatha. Los muchachos parecían tratar de comunicarse con la mirada y con palabras incomprensibles cuando estaban cerca. Evidentemente no querían que alguien se inmiscuyera en sus asuntos.

―Chicos. Quiero que me contesten lo siguiente: ¿soy un estorbo?

―No, Merlina, no es eso…

―Lo que pasa es que…

―No es por despreciarte, ni siquiera a Malfoy…

―Momento, momento, no me voy a sentir mal ―eso era mentira―. Quiero que me digan si necesitan que me… nos vayamos ―miró de reojo a Malfoy.

Esta vez no fue Hermione la que dio la cara, sino que Harry.

―No es nada en contra de ti, Merlina. Tú sabes cuánto te apreciamos, pero ten seguro que la situación sería igual si no estuviera Malfoy. Y no es por cuestión de confianza. Lo que estamos haciendo ha sido un secreto que tenemos juntos desde que te conocemos prácticamente, y jamás lo hemos dicho a nadie. No podemos hacerlo ahora, porque tampoco podemos incluir a otra gente. Como tú no quieres que nadie se meta con Craig, nosotros no debemos incluir a nadie en este asunto.

―Comprendo. Entonces los dejaremos luego del almuerzo ―dijo con una sonrisa triste, pero tranquila, mientras sentía que algo se volvía a derrumbar dentro de ella.

Draco pareció repentinamente relajado. Le agradaba la idea.

―Lo sentimos mucho, Merlina. De todos modos, teníamos que abandonar luego este lugar. Debemos ir cambiando de sector cada cierto tiempo. Además, corres más riesgo con nosotros que con otra persona. Harry sigue siendo el más buscado.

Merlina no lo dudaba. Tenían sed de llevar "la cabeza" de Potter ante el otro bando, y estaba consciente de que eso ponía más en juego su escasa seguridad.

Tal como lo dijo, luego del almuerzo se preparó con el Slytherin para dejar la carpa de los chicos. Pero ellos fueron completamente considerados: Hermione le hizo un pequeño equipaje con un montón de frazadas, algo de ropa y artículos de cocina. Incluso le regaló un cepillo de dientes nuevo a cada uno ―los de ambos eran reutilizados―. Era un bolso extremadamente pequeño para tantas cosas que había guardado dentro. Claro que Malfoy fue el que tuvo que cargarlo a la espalda.

―Gracias, chicos, por habernos recibido estos días. Siento haber retrasado sus planes.

―No te preocupes, Merlina. Nos alegró mucho verte ―sinceró Harry con una sonrisa.

―Sí, ha sido genial saber de ti ―añadió Ron.

―Ojalá que tu bebé nazca sano ―terció Hermione abrazándola con fuerza.

―Estaré bien. Todo estará bien.

Malfoy apenas sacudió la cabeza a modo de despedida.

Se alejaron de la carpa, que desapareció de su vista cuando se alejaron.

Caminaron cerca de veinte metros en silencio, cuando Merlina se largó a llorar súbitamente, con estruendo, pero sin dejar de caminar.

Malfoy se limitó a mirarla, con desagrado e incomodidad a la vez. Ella sabía que iba a ocurrir eso, no podía conseguir más de él. Se sintió sola; con un abrazo amistoso se hubiera conformado. Y ahora que había tenido que separarse de los muchachos, para que cada uno pudiera enfrentar la realidad como pudiera, le parecía aún mucho más duro todo. Como si hubiese encontrado un hálito de esperanza y se lo hubiesen quitado de inmediato.

No debí ilusionarme. En el fondo, sabía que no iba a poder quedarme con ellos, que tendría que seguir sola mi propio camino…

Sí, pero no había pensado que ellos fueran los que la necesitaran más apartada, aunque fuera con la excusa de la "seguridad". Estaba harta de eso. Por su "seguridad" Severus una vez se había alejado de ella. Por "seguridad", Severus se había arriesgado a servir más tiempo a Lord Voldemort. Por "seguridad" había decidido ir a San Mungo; si no hubiesen llegado a esa altura del bosque, Agatha jamás…

―¡Es ahí!

Escapó de sus pensamientos súbitamente. Draco alcanzó a rescatarla antes de que se lanzara al hoyo otra vez.

―¡Vamos!

Merlina le siguió los pasos, secándose las lágrimas y sorbiéndose la nariz con decisión. A esas alturas debió haber dejado de llorar. Aunque, prefería mil veces lagrimear a que querer hacerlo y no poder, como le ocurrió durante años, en los que no podía demostrar sus tristezas y frustraciones tal como quería, por el tan solo hecho de que carecía de lágrimas.

De pronto el bosque se hizo tan estrecho y los árboles tan grandes, que Merlina tuvo que buscar el ángulo preciso de su cuerpo para poder pasar entre ellos. Había tanta maleza entremedio, que le fue imposible no tropezarse; apenas llegaba la luz solar. Por suerte podía afirmarse de los mismos árboles para no caer.

Luego de casi cinco minutos caminando, llegaron a lo que pareció ser el fin del bosque, viéndose una masa negra de tierra y roca: habían llegado a lo que comenzaba a ser un cerro y, en él, se divisaba una cavidad resguardada por un gran tronco y un matorral espinoso y tupido.

―Me parece perfecto ―comentó Merlina, a gusto, aún con la voz tomada.

Con magia hizo desaparecer las espinas de la planta para que pudieran entrar sin problemas.

La cueva en la que habían permanecido anteriormente no era nada comparado con aquella. Ésta era enorme e, incluso, pareció tener compartimentos. Tal vez, era demasiado grande para los dos solos.

―Bien, yo estaré acá ―señaló el chico apuntando hacia al primer espacio―. Me dedicaré a hacer guardia, hasta donde aguante, pero necesitaré tu varita.

Merlina lo miró sorprendida. Si bien decía todo aquello con algo de esfuerzo y arrastrando más las palabras de lo común, parecía ir en serio.

Quieras o no, me ves indefensa y me quieres proteger. Si es así, Draco, llega un momento en que te pones en el lugar del otro te guste o no; el momento en que la calidad de la sangre ya no importa y sólo somos seres humanos.

―Gracias ―se limitó a decir ella―. No te molesta que descanse ahora, ¿no?

Malfoy negó con la cabeza y estiró la mano para recibir la varita.

Se repartieron las frazadas equitativamente para cada uno. Merlina se quedó con la almohada que les había entregado Hermione.

Draco se sentó sobre la frazada al lado de la entrada de la cueva, mientras Merlina se acomodaba para dormir, lo que tardó poco en hacer. El cansancio había llegado a ella repentinamente.

Se despertó con el olor a carne asada, apenas recordando lo que había soñado. Tenía la seguridad de que no había sido pesadilla, lo cual era una sorpresa. Sentándose en la cama improvisada, observó a Malfoy que giraba al conejo en el aire sobre el fuego.

―No pensé que tuvieras dotes culinarias ―comentó reincorporándose con algo de dificultad.

El chiquillo apenas levantó la mirada. Estaba en evidencia que se preocupaba tanto por su propia seguridad que por la de Merlina. Era costoso admitir algo así. Merlina sonrió en su interior, satisfecha de la situación. Más no podía pedir.

Comieron en silencio, oyendo tan sólo el crepitar del fuego y alguno que otro animal gorjear en el bosque.

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Y así fue como vivieron, día tras día, en una monotonía incesante. Poco se dirigían la palabra; cada uno tenía a las personas que extrañaban en mente. Sin embargo, de una u otra forma, estaban conscientes del apoyo que implicaba el estar juntos. Merlina sabía que Draco lloraba algunas noches, y no porque lo oyera sollozar en el momento que lo hacía, sino que amanecía con los ojos sospechosamente hinchados y enrojecidos, y con una actitud aún más hosca.

―Mira, si deseas irte y buscar a tu madre, puedes hacerlo ―le comunicó Merlina cuando lo vio levantarse con ese aspecto la quinta vez, en un periodo de dos semanas―. No tienes por qué estar separado de ella, ¿quién soy yo…?

―Cállate ―le contestó de malas pulgas, lanzándole una frívola mirada desde la entrada de la cueva.

―No tienes que por qué comportarte así. Basta ya, ten un poco de respeto por mí ―le espetó Merlina ofendida.

―Hicimos un trato. Se supone que debo permanecer contigo ―gruñó Malfoy con firmeza―. Te lo debo.

―Bueno, un trato no es trato cuando alguien no te está contestando con nada, ni si quiera con una pizca de amabilidad.

El chico no respondió. Merlina sólo quería asegurarse de que ella estaba retribuyéndole, de algún modo, lo que él estaba haciendo por ella. No quería tener la sensación de estar con las manos vacías.

Merlina, de apoco, había conseguido hacer nuevas cosas para la cueva, la mayoría con transformación de las rocas y ramas. Si bien se le daba más difícil bañarse en el río y hacer calzar la ropa en su voluminoso cuerpo, los encantamientos y hechizos iban indirectamente proporcionales a eso. En esos catorce días ya había conseguido tener almohadas decentes, tener una pequeña mesa estilo japonés para comer, y otros dos cojines a modo de asiento. Cuando lograra agrandar la mesa y hacer aparecer sillas de chintz, iba a ser el indicador de que ya podría pasar a una nueva etapa de maldiciones.

―Malfoy, tú sabes algo de maldiciones, ¿no? ―inquirió una semana antes de que se cumpliera su séptimo mes de embarazo. Su cara delgada se veía asimétrica ante su redonda contextura.

―Sí.

―¿Qué dices? Imaginaré que ya sabes por qué lo pregunto.

―Lo intentaré; sólo espero que valga la pena gastar mi tiempo en esto.

Como si tuvieras algo mejor que hacer, estúpido. Sí, vete a volar en escoba, tal vez eso sería más saludable.

Malfoy no era un gran maestro, jamás igualaría a Agatha. No obstante, lograba ser bastante capaz de hacer maldiciones útiles y darle indicaciones y explicaciones coherentes a Merlina para que pudiera ensayar; claro que tenía mucho menos paciencia y más mal humor que su amiga.

Merlina hacía movimientos mucho más lentos, pero sus brazos aún podían ser ágiles, lo mismo que su mente. Era imposible que no estuviera atormentada y, generalmente, sus sueños se veían inundados de pesadillas, pero sí estaba consciente de lo que hacía y porqué lo hacía, así que el esfuerzo iba a valer la pena. O tendría que valerlo.

La verdad, es que no podía ver más allá de un futuro cercano, o sea, un promedio de dos días era lo que más podía imaginar. Tampoco quería intentarlo; temía encontrarse pesimista. Pues, ¿qué iba a ver? ¿Acaso podría imaginarse con Severus, su bebé, ambos sumergidos en una utopía? Optaba, simplemente, por esforzarse al máximo y así sentir que hacía algo por la vida. En algo tendría que retribuirse su voluntad.

―Eh… ¿Malfoy?

Silencio.

―¡Malfoy!

―¿Ah? ¿Qué? ¿Por qué me despiertas? ¡Es de noche!

―Sí, pero necesito ir al baño y no me puedo poner de pie. ¿Tendrías la amabilidad de echarme una mano, por favor?

Cinco segundos después estaba saliendo por la estrecha entrada, con la varita en mano para iluminarse el camino.

Faltaban una semana para que cumpliera el octavo mes y Merlina ya parecía que tuviera diez. También faltaba poco más dos semanas para que cumpliera los veintiocho, si es que no los había cumplido ya.

Estaba ya familiarizada con los árboles y plantas, y sabía a la perfección dónde podría ubicarse para orinar con comodidad, sin voltearse como pelota ni perder el equilibrio. Claro que eso no quería decir que no extrañara un baño decente. Se sentía como en la época prehistórica.

Terminó lo suyo y se devolvió.

Pero no es tan terrible. Podría ser peor, como volver a estar encerrada en Azkaban, pudriéndome en mis propios desechos…

El ruido de una rama quebrarse le impidió llegar a la cueva. Algo le dijo que no sucedió por efecto de algún animal. Fue otra cosa.

Miró hacia atrás, preocupada y sintiendo cómo, poco a poco, los nervios iban aflorando y su corazón se aceleraba. El miedo la invadió en cuestión de segundos…

Vio que delante de ella se asomaba una luz blanca. Ésta iba hacia ella, avanzando con lentitud…

Alguien apareció a un par de metros de ella. Se encandiló y no pudo verle la cara al individuo. Pero no fue necesario investigar más. Cuando habló, el mundo desapareció bajo sus pies.

―No huyas; no se te ocurra. Mejor acabemos ya con esto.

El rayo que salió de la varita de Craig no fue verde, pero sin duda iba a sufrir mucho antes de morir…