Capítulo 56: Personas del pasado y del futuro

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Se despertó dando un grito ahogado, escuchando en sus oídos los alocados latidos de su corazón. Oyó la respiración de Draco, acompasada y profunda, al otro lado de aquella "pared" que tenían por división.

Había sido apenas un sueño, pero tan real…

No se dio cuenta que se había orinado hasta que se sentó.

―Aah, pero qué estúpida ―farfulló arrastrándose hasta la muralla para pararse. Fue a buscar la varita que estaba bajo la almohada de Malfoy. Tuvo que despertarlo.

―¿Qué quieres? ¿Por qué me has despertado? ―una pregunta no muy diferente a la de su sueño.

―Necesito que me des la varita. Me acabo de…

―Ya.

Le clavó la varita en la mano y le dio la espalda para dormirse otra vez. Agatha no habría hecho lo mismo. Estaba segura de que le habría cedido su cama, yendo ella a limpiar la otra para dormir…

―Basta ―susurró―. Basta. No vivas en el pasado, no vivas en el pasado…

Mientras limpiaba la cama pensó en Phil. ¿Cómo estaría él? ¿Qué sería de Celyn y su hijo? ¿Qué sería de la familia Weasley? ¿De los estudiantes de Hogwarts?¿Qué sería del misterioso Albus Dumbledore, que había desaparecido mucho antes de la huida masiva de Hogwarts? ¿Cómo estarían sus tíos?

¿Dónde estaba Craig?

Se volvió a acostar cuando terminó, pero no pudo dormirse otra vez.

Pensó sobre Craig, en el diario, y en lo que era ahora, su nueva apariencia. No podía estar cerca, estaba segura de que sentiría algo en su cuerpo cuando estuviera próximo a ella.

Empezó a acariciar su vientre con suavidad. Sólo quería formar su familia, vivir con normalidad alguna vez en su vida. ¿Era mucho pedir?

―Si eres niña, te llamarás Agatha… Si eres hombre ―hizo una pausa y sonrió para sí misma―, te llamaré Drake.

Sí, Drake, te lo mereces… Fuiste un buen hermano.

―¿Puedes quedarte callada? ¡Llevas un montón de tiempo hablando sola y quiero dormir! ―gruñó el rubio con voz amortiguada. Había estado con la cabeza bajo la almohada tratando de ahogar los susurros poco disimulados de Merlina.

Merlina bostezó, se acomodó y volvió a pegar los ojos.

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―¿Sabes qué día es hoy?

―No, ¿el día que vuelves a engordar?

Merlina arqueó las cejas. En dos semanas pareció su panza haber crecido aún más. Cuando llegara a los nueve meses ―suponiendo que llegara a ellos―, iba a dar a luz a un dragón por hijo.

―Es mi cumpleaños, creo, tres de agosto. Me sentiría bien con un saludo, ya que casi nunca me acuerdo de él.

―Feliz cumpleaños.

―Gracias.

Era una mañana soleada y calurosa. Tenían luz suficiente para desayunar al aire libre, donde estaban en esos instantes.

Observó a Malfoy por unos segundos. ¿Cómo se sentiría él? Le habría gustado saberlo. O tal vez no. Tal vez sólo quisiera saberlo para hacerse la mártir o quedar satisfecha ante un sufrimiento injustificado de su parte.

Le hubiera gustado ser abrazada. Veintinueve años, ¿qué significaban, si no podía celebrarlos?

De pronto, la vida en Hogwarts se le hizo lejana. En su mente vio los pasillos, el comedor… las salas de clase, los jardines. Fue como si visualizara su niñez a la vez. Quiso disfrutar, quiso sentir a la gente, a los estudiantes. Quiso, por un día, regresar. Fue gracias a eso que comenzó a tener sueños en Hogwarts. Nada malo, pero se repitieron durante días y días, haciendo que llegara, incluso, a desesperarse y a temer por su salud.

―Bien, he pasado la prueba de fuego. Si ya superamos la mitad de agosto, ya cumplí los ocho meses y casi dos semanas. Temía que sucediera algo al bebé.

―Sí, creció un poco más ―se burló Draco.

Se suponía que, luego del almuerzo de aquel día ―veinte de agosto si Merlina no hacía un mal cálculo, no había visto el periódico en meses―, acompañaría a Malfoy a buscar alimento para abastecerse por los días siguientes. Sin embargo, por pisar mal se torció un pie y tuvo que quedarse.

Primeramente, no fue tan terrible estar sola. Dos horas no eran nada, era lo que generalmente se tardaban en hacer las cosas con cautela. Sin embargo, cuando se cumplieron cinco horas, se inició la preocupación real.

―¿Dónde estará este idiota? ―se preguntaba en voz alta cada dos minutos.

Seis, siete, ocho horas, y nada. Había llegado, cojeando, cincuenta metros más allá de la cueva, y tuvo que devolverse. Más que por el dolor del pie, fue por el miedo y por la evidente desprotección que tenía sin la varita.

Repitió la acción en la mañana y tarde del día siguiente, sin jamás atreverse a llegar más lejos de donde lo había hecho la primera vez.

El tercer y cuarto día de la ausencia de Draco, la pasó en la cueva llorando, preocupada y con miedo.

Al quinto día, no aguantó más y fue otra vez hacia el bosque, proponiéndose como meta llegar hasta el final y encontrar a Draco de algún modo, aunque fuera a gritos. Al parecer eran cerca de las cinco cuando salió, y ese era el problema: podía tardar horas en terminar de pasear por el bosque y existía la posibilidad de no alcanzar a hallar el camino cuando oscureciera. Pero no pensaba quedarse sola, iba a necesitar ayuda…

No había caminado más de cinco minutos a paso lento, cuando…

―Ah ―gritó perdiendo la fuerza de las piernas. Alcanzó a afirmarse de un árbol.

No fue, sin embargo, una simple pérdida de fuerzas, sino que había sentido un agudo dolor en la parte baja del abdomen.

―No es nada… ―trató de calmar el ritmo de su respiración, que se había acelerado exponencialmente.

Dio un paso más y el dolor se reiteró. No era fuerte, sino que punzante y molesto, como si tuviera un pequeño alfiler clavándosele por dentro.

―Merlín. No puede ser ―farfulló con los ojos cerrados y masajeándose el lugar afectado, sabiendo que eso no surtiría efecto alguno.

Asumió que le sería imposible encontrar a Malfoy, así que, con cuidado retornó a la cueva, caminando afirmada de los troncos y ramas y, con la otra, afirmando su panza como si se le fuera a desprender.

A medida que avanzaba, el dolor se fue intensificando. Alcanzó a llegar justo a tiempo a la guarida, antes de que otra contracción le derribara sobre la cama de Malfoy. Ésta no era blanda, por lo que le dolió un poco la caída, pero no se hizo ningún daño.

Se recostó de espaldas y, pasando las manos bajo el suéter gigante, empezó a darse calor en su enorme barriga para aplacar un poco el dolor.

Faltaba todavía para que se cumplieran los nueve meses, pero con lo grande que estaba, suponía que era normal que diera a luz antes, ¿no? Bueno, de todos modos, podría ser peor. No debía haber mayores complicaciones. Su hijo ya debía estar con su crecimiento completo a esas alturas.

Súbitamente se sintió aliviada. El dolor desapareció por un par de minutos. Sólo un par de minutos.

Pensó que no podría ser peor, pero, luego de dos horas, el dolor había empeorado a tal punto, que estaba retorciéndose como culebra sobre la cama y chillando como un cerdo en el matadero.

El dolor era tan profundo e intenso, que parecía estar y no estar en ella, al mismo tiempo. Llegaba a afectarle la consciencia.

No puedo desmayarme. Daré a luz aunque sienta que me estoy partiendo por la mitad.

El sólo pensar que podría ser peligroso no tener a su bebé, le hizo reunir fuerzas para soportar el martirio. Sólo iban a ser unos minutos más. O, tal vez, otra hora.

Se sorprendió al ver, durante la décima vez que habría los ojos en esa hora, que ya no distinguía nada: había oscurecido. Intentó arrastrarse hasta la fogata e intentar prenderla, así obtendría algo de calor. No pudo.

―Maldita sea, maldita sea…

Se quedó callada. Había oído algo. Luego…

Otra contracción. Se aguantó el chillido que quiso salir de su boca.

Una vez más oyó algo.

―¡Merlina!

―¡Merlina!

―¡Merlina!

Tres voces diferentes. Ya estaba comenzando a alucinar: ¿quién más podía saber que estaba allí? Si de algo estaba segura, al menos, era que una de las voces era de Malfoy.

La voz de Malfoy siguió aproximándose por el bosque, siendo coreada por las otras dos. ¿Sería el eco? No, demasiado femenino.

―¡Merlina Morgan!

Merlina gritó. Gritó por dolor y para avisar que estaba allí.

La luz de la varita le cegó.

―¿Qué te sucede? ¿Estás…?

―¡No estoy bien, Malfoy! ¡Maldita sea! ¡Voy a parir, si eso es lo que interesa saber! ―rugió roja como tomate, sudando como condenada―. ¡Así que, ayúdame, no te quedes parado ahí como un idiota mal nacido!

Creyó que con eso el muchacho reaccionaría. Pero se equivocó: éste salió corriendo por donde había entrado, gritando cosas incomprensibles.

Merlina ya no tenía cabida para nuevas sensaciones, o eso era lo que pensaba, porque se impresionó a sentir cómo su corazón estallaba para bombear sangre violentamente.

―¡MALFOY! ―vociferó con toda sus ganas―. ¡VUÉLVETE! ¡Trae tu trasero rubio de vuelta!

Su llamado no fue en vano: a los diez segundos llegó otra vez. Aun así, al parecer estaba acompañado. En ese momento sintió que se mojaba por completo. Había reventado la bolsa.

Merlina sintió tanto dolor, que no se preocupó de si era gente buena o mala; asumió que la ayudarían.

―Vamos, acomodémosla. Muévete, muchacho, haz algo, prende fuego, trae agua. ¡Ya!

―No, espera. Trae alguna almohada, o algo.

Eran dos voces femeninas, efectivamente. Merlina sintió alivio: Hermione y Ginny estaban con ella… la ayudarían.

Unos fuertes brazos la arrastraron para apoyarla en un montón de frazada y almohadas hechas bola. El estar más cómoda le hizo afinar su sentido común: no podía ser Ginny y Hermione, y por supuesto que era imposible que Agatha volviera a la vida.

―Ahora, ve a hacer lo que te dije, chico ―insistió la voz más grave.

Merlina oyó los pasos de Draco que se alejaban.

Súbitamente Merlina sintió frío al momento en que chillaba por otra contracción: le habían quitado el pantalón y la ropa interior mediante magia, y le habían cubierto el torso.

―Merlina, trata de levantar las piernas y abrirlas, vamos…

Merlina obedeció lo que le dijo la voz suave. Las dos mujeres que estaban con ella le pusieron una mano en la rodilla y, con la otra, le ayudaron a mantener la posición.

Veía borroso con las lágrimas, pero pudo distinguir las siluetas de las mujeres cuando una de ellas encendió la luz de la varita: una era evidentemente más delgada y menuda que la otra.

―¿Está lo suficientemente dilatada? ―inquirió la voz grave.

―Creo le hace falta un centímetro ―contestó inspeccionando con una mano helada. Merlina ya no podía tener más frío y dolor. En cualquier momento se separaría en dos mitades.

Llegó Malfoy a rehacer la fogata. La cueva se llenó de luz naranja y Merlina Morgan sintió calor.

―¡No te quedes ahí mirando! ¿Acaso nunca has visto la vagina dilatada de una embarazada? ¡Ve por agua! ¡Y saca papel del que nos robaste!

―Merlina, vas a tener que esperar un poco. Y no te preocupes, que todo va a salir bien, porque sé cómo actuar en todo esto. Trabajo en San Mungo en la zona de maternidad…

Chilló otra vez, silenciando esa voz grave.

―Esperaremos a que el chico traiga agua, necesitamos lavarte primero, sólo por seguridad.

Los segundos se le hicieron eternos, pero Draco volvió con el agua. Milagrosamente, estaba tibia. Fue casi agradable.

―Ahora, vas a tener que pujar con todas tus fuerzas. Puja sin reparos, que te he hecho un encantamiento antidesgarro.

―¿Quiénes… son… ustedes? ―preguntó jadeante, sin poder distinguir bien las caras.

―Somos nosotras, Merlina, tus amigas…

―Ah, ya, qué bien…

Distinguió a Malfoy unos metros más allá, en frente de toda la escena. No pudo notarlo, pero el joven estaba con los ojos tan abiertos, que parecía que se le iban a salir. Estaba aterrado y asqueado.

―Merlina, tienes que pujar a la cuenta de tres, que ya es hora.

―Uno… dos… ¡tres!

Si bien le dolía el simple hecho de tener contracciones, pujar era de otro mundo. Era peor que cuando se tenía indigestión. Y, a pesar del sufrimiento, no pudo evitar que saliera una extraña emoción y sentimiento, que se mezclaba en la alegría y el amor. ¿De verdad estaba a punto de tener un hijo? ¿De verdad ese era el proceso para ser madre?

―¡Sigue, sigue! ¡Veo un trozo de su pelo!

―¡Vamos, Merlina, tú puedes!

Expulsó el aire hiperventilando, para tomar otra gran bocanada y comenzar otra vez a contraer sus músculos. Quería verlo, quería sentirlo con ella, sólo quería terminar con el martirio de no tener a su bebé en sus brazos.

Continuó durante poco más de medio minuto así. Hasta que, de pronto, el bebé resbaló como jabón.

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Estaba de guardia en la puerta de aquella casa desvencijada en la que se estaban ocultando, en el valle más cercano al Valle de Godric. Tal vez, si hubiese permanecido en pie, no se hubiera quedado dormido, corriendo el riesgo de no estar atento si ocurría algo, pero la fatiga que tenía en las piernas era algo que iba en contra de todas sus fuerzas. Reconocía tener un estado físico óptimo, era ágil y fuerte si se lo proponía. Sin embargo, debía reconocer que jamás había caminado, trotado y corrido durante tantos días.

En todo caso, si se despertó del profundo sueño que tuvo en un par de minutos, plazo que se le había hecho eterno, no fue a causa de un ruido sospechoso, ni siquiera por la fiereza del viento. Había sido porque había soñado con Merlina Morgan, una vez más. Sin embargo, en el sueño algo había cambiado. Ella había cambiado: la redonda panza había desaparecido y afirmaba con fuerza un bulto en los brazos, con expresión radiante, que rayaba en lo desquiciado u obsesivo.

Se sintió incómodo, preocupado. Si pensaba con sensatez, ya debía estar por tener al bebé, a su hijo, el hijo de ambos y que dudaba que fuera conocer alguna vez.

La puerta se abrió y se asomó Albus Dumbledore con una expresión de cansancio más severa que la que tenía él ―y eso que Severus había sido un poco más partícipe del riesgo.

―Ya he dormido suficientes horas, Severus. Si quieres puedes ir dormir.

―No, señor. Me quedaré en la guardia hasta donde pueda.

No quiero volver a soñar.

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―¡Eso! ¡Perfecto! Un hermoso ombligo quedará. Vamos, chico, entrégame el papel y trae las toallas de mi bolso.

―Es precioso, Merlina, es un varón… ―dijo una de las desconocidas al momento que el bebé estallaba en llanto, anunciando su inminente llegada al mundo.

Drake. Drake, estás a salvo, qué alegría, qué alegría…

―Entré… Entréguenmelo, por favor… quiero verlo…

―Ya va, un momento.

Más tranquila se secó los ojos para poder admirar a su bebé. Quiso sentirlo en sus brazos, quiso besarle. Quiso mimarlo y darle calor. ¿O era algo que, tal vez, había leído en un libro?

No, porque había un inusitado calor maternal que había nacido en ella, un instinto natural.

Antes de recibir al bebé envuelto en una toalla azul, miró a sus salvadoras. Suspiró.

―Por Merlín… ―susurró pasmada.

―No estás loca ―dijo Endora.

―Claro que no ―corroboró Susan.

La luz no les favorecía y, aun así, con apenas esa mirada, supo que estaba en compañía de sus antiguas amigas de Hogwarts. Las únicas que tuvo en su niñez. Sintió una energía diferente en su cuerpo. Millones de pensamientos querían cruzar su mente al mismo tiempo, causando un revoltijo de emociones.

―Yo…

Antes de que completara la palabra y sintiera a Drake en brazos, otra contracción le atacó como una puñalada en el estómago.

―¿Qué sucede? ¿Qué pasa? ―chilló Susan, preocupadísima.

La corpulenta Endora, con rapidez volvió a acomodar a Merlina y dijo:

―Si es lo que pienso… Puja.

Merlina hizo caso, sin saber la real razón. Simplemente se preocupó por el dolor, además, quería tomar a Drake.

―Oh, Dios… ―masculló Endora mirando de soslayo a Susan para transmitirle el mensaje.

Merlina abrió los ojos, con nuevas lágrimas aflorando.

―¿Qué… su… sucede? ―preguntó apenas tomando aliento.

―Merlina, vas a tener que hacer otro esfuerzo… Falta otro, o sea, son dos bebés ―repuso Susan con gravedad.

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No podía dejar de observar a Agatha y a Drake con esa expresión de profunda ternura bobalicona en la cara. Le hubiera encantado tener diez ojos en el rostro para poder apreciar a cada uno de manera exhaustiva y así descubrir sus rasgos, y saber a quién se parecía más cada uno; necesitaba conocer algo de ellos. Necesitaba sentirlos completamente suyos.

"Son dos niños" había dicho Susan con voz ahogada producto de la emoción. Luego de dos minutos, pudo parir al siguiente. Sin embargo, no era niño. Era nada menos que una niña, una niña hermosa. Habían resultado ser mellizos.

Por un segundo, aterrada, mientras pujaba para dejar a la pequeña libre de ese cavernoso encierro, pensó que su mundo se convertiría en infierno. ¿Dos hijos? ¿Qué iba a hacer con dos criaturas? ¿Cómo iba a criarlos? Tantas ideas que se le cruzaron por la cabeza en cosa de milésimas, imágenes nada agradables ni alentadoras. Menos alentador era volver a sentir las contracciones y los dolores, cuando ya había pensado que el suplicio había cesado.

Cuando Endora se los entregó, acomodándoselos uno en cada brazo, Merlina no tuvo duda de nada. Fue como si su vida se hubiese resuelto de un momento a otro, como si todos los problemas habidos y por haber se hubiesen evaporado. Incluso llegó a olvidar que sus antiguas amigas habían estado allí con ella, ayudándola, y sólo se dedicó a descansar, observándolos y sintiendo sus pequeños y cálidos cuerpecitos contra el suyo. Dormían profundamente, tan angelicales, tan inocentes e indefensos.

Tenían poco cabello, pero era negro como el azabache y suave como la seda; daban ganas de no dejarlos de acariciar. Sus caritas coloradas les hacían parecer dos tomates bien maduros. Podían verse bastante parecidos desde esa perspectiva, pero Agatha estaba mucho mejor alimentada que Drake. Seguro que había logrado recibir más nutrientes que su hermano.

Deseaba que Severus estuviera allí, pero sabía que no serviría de nada tener ese pensamiento carcomiéndole el cerebro, por eso, apenas quería desear que estuviera allí con ella. Lo sentía lejos, y eso era lo peor de todo. Ella estaba sentida con él. Le era difícil perdonarle tan fácilmente el hecho de que la había dejado por un miedo que ya sonaba absurdo a esas alturas de su existencia. Si se colocaba en el plano real de su vida en esos instantes, probablemente él le estuviera gritando cosas como "regala a tus hijos a alguien que pueda hacerse cargo de ellos". Para terminar rematando la situación, eran dos. Eso le volvería loco.

Suspiró con tristeza.

Podía conformarse, mientras tanto, de recuperarse y estar con sus hijos. Era lo más que podía aspirar en esos momentos.

Dejó a los dos a un solo lado de la cama cuando le empezó a dar sueño, arropándolos bien. Debía de aprovechar de descansar antes de que comenzara la parte dura: no lo lamentaba, para nada, pero sabía que iba a tener que ser madre antes de poder luchar por una libertad prácticamente imposible. Primero estaba la familia, ¿no? Y ella lo sabía más que nadie.

Tal como lo estipuló, durmió poco para alimentar a los bebés. Le pareció simple y extraño dar pecho a sus hijos. Claro, que sólo era el principio.

Luego de que amaneciera, Merlina dejó encargados a los bebés a Endora y Malfoy para poder ir a bañarse al río y comenzar el día de la mejor manera. Susan había ido a buscar todo tipo de cosas necesarias para los niños.

Cuando Merlina regresó, renovada, enérgica, pero aún asemejándose a una embarazada de cuatro meses ―estaba hinchada y tardaría días en recuperar su contextura normal―, pero en perfectas condiciones, sus dos antiguas amigas estaban allí, colocándole pañales a sus hijos, con un asqueado Draco Malfoy detrás de ellas. Era asombroso ver al muchacho con su rostro real de asco.

―Endora, Susan ―dijo ubicándose ante ellas. No había tenido tiempo de saludarlas antes como correspondía, pero nunca era tarde para hacerlo.

Sus amigas se reincorporaron y le dio un largo abrazo a cada una. Asombrosamente, sintió amistad. Fue como si sus poros se hubiesen dilatado para recibir la energía de la hermandad. La misma que había sentido antes, en sus tiempos de niñez, y la misma que había construido con Agatha Dunstan. Fueron dos calurosos y emocionantes abrazos, y tan sólo con eso logró saber que las conocía, que eran las mismas de siempre y que ellas le iban a ayudar.

―Chicas… Oh… No saben lo agradecida que estoy, no saben qué maravillosa sorpresa me han dado, no se imaginan cómo me siento…

―Fue gracias a mí que están acá ―interrumpió Malfoy apoyándose en una de las paredes, con mirada despectiva hacia las tres mujeres.

―En ese punto concordamos contigo ―admitió Susan rodando los ojos.

Se sentaron las tres en la cama donde estaban Drake y Agatha, y mientras los vestían ―la morena y escuálida Susan había conseguido ropa de bebé―, Endora comenzó a narrar lo que había sucedido.

Resultó que Draco había ido a saquear una de las casas del pueblo muggle más próximo de allí, del bosque en el que estaban. Claro que nunca pensó que se fuera a encontrar con auténticas brujas en el interior. Al principio, ni Endora ni Susan se percataron de nada; dormían plácidamente. Malfoy se fue al baño a guardar cosas útiles para el aseo, entre eso, grandes cantidades de papel higiénico. Mientras hacía espacio en su mochila para que todo cupiera, no se dio cuenta cuando su brazo pasó a llevar un vaso de metal con cepillos de dientes en su interior.

Las brujas se llevaron un susto de muerte cuando oyeron el ruido estrepitoso proveniente del baño y no tardaron en lanzar maldiciones a diestra y siniestra para poder capturar al infiltrado. Malfoy cayó a los minutos, atado e indefenso en el polvoriento suelo de madera de la sala por donde había tratado de huir.

Fueron malos días para el chico. Él no quería confiarles por qué estaba robando, quién era él y a quién trataba de proteger. No era bueno confiar en la gente a la primera.

―Vamos, ¿champú? ¿Jabón? ¿Papel higiénico? Un hombre no lleva estas cosas, lo común sería que sustrajeras comida y dinero ―le reprochó Susan con desconfianza.

―O eres un Mortífago que trata de pasar desapercibido, tienes una novia o esposa ―opinó Endora arremangándose la túnica en sus firmes brazos. La gordura que había tenido alguna vez se había convertido en más músculo que en grasa―. ¿Tratas de encubrir a alguien, acaso? ¿A alguna amiga tuya?

Draco trató de mantenerse en silencio hasta el final en cuanto a la valiosa información, pero siguió alegando que, a pesar de que tenía la Marca Tenebrosa, era inocente.

No le creyeron hasta que decidió delatar a Merlina. La aludida no se sorprendió al oír eso. Típico de alguien como Malfoy, exponer el pellejo de los demás antes que el suyo

―Tengo que ir ayudar a una mujer que se llama Merlina Morgan, una bruja bastante estúpida… ―confesó ante las amenazantes varitas mágicas que le señalaban el pecho―. ¡Es verdad! ―añadió al ver sus atónitas miradas―. Si quieren asegurarse…

―¿Estás seguro de que su nombre es "Merlina Morgan"? ¿Cuál es su segundo apellido? ¿Tiene segundo nombre?

―¿Tendría que saberlo yo? No soy su amigo, simplemente la tengo que ayudar, soy su especie de sirviente. Si quieren…

―¡Llévanos donde está, entonces! ―sugirió la más delgada con desesperación.

―Eso era lo que estaba intentando decirles ―gruñó Draco más aliviado, sin siquiera detenerse a pensar si estaba exponiendo a Merlina al peligro.

Fue allí cuando emprendieron camino hacia la cueva, encontrándose con una Merlina a punto de parir a los mellizos.

―No entendemos qué fue de ti, Merlina. Digo, luego de lo de tu familia, te marchaste y jamás nos volviste a escribir ―dijo Endora con tristeza. No había rencor en ello, simplemente angustia.

Merlina comprendió. Se acomodó para poder dar pecho a sus hijos y comenzó con la narración, olvidándose por completo de Malfoy. Éste se fue a un rincón, con expresión de odio en cada fino y pálido rasgo de su cara.

En casi media hora puso al tanto a las muchachas de su vida en Estados Unidos, hasta que volvió a Inglaterra. Recordó a Craig. No sabía si comenzar por ahí era una buena idea, no quería alarmar a las chicas…

―Ya, pero Merlina, ¿qué hay de tus hijos? ―saltó Susan abriendo más sus expresivos y oscuros ojos―. Digo, ¿quién es el padre? Porque debe tener padre, ¿no?

―Sí, tiene padre ―contestó ella tras un largo suspiro, evadiendo sus miradas inquisidoras. Inevitablemente las mejillas se le encendieron como dos luces color escarlata. Podía notarse la sangre de su cara ebullendo.

―¿Qué pasa? ―preguntó Endora arqueando sus cejas, prácticamente inexistentes―. ¿El padre te abandonó? ¿Era tu esposo, tu novio?

―Algo así… y eh… estamos casados… Simbólicamente, pero lo estamos.

Merlina, luego de tanto tiempo, recordó el anillo. Estaba tan acostumbrada a llevarlo, que se había olvidado de su existencia. Lo miró de reojo, tratando de no darle mucha importancia a la situación.

Susan se exaltó, pero trató de mantener baja la voz para no asustar a los niños.

―¡¿Cómo que algo así?!

―Bueno…

―¿Quién es? ¡Hay que encontrarlo para que venga a hacerse cargo de lo que dejó…!

―Chicas, chicas ―interrumpió Merlina, apenada―. No se adelanten a los hechos, déjenme explicarles todo…

―Bien, entonces, parte contestando esto: ¿quién es el padre? ―inquirió Endora con severidad.

Merlina se sintió en un callejón sin salida. Las mejillas se le arrebolaron otra vez. No se avergonzaba de Severus, pero sí de la situación. Todo había sido tan contradictorio… Además de la ira que le invadía al recordar el daño que le había hecho.

―Es… ¿puedo comenzar con la historia, primero?

Endora arqueó una ceja.

―¿Es, acaso, alguien que conocemos? ―preguntó Susan con curiosidad.

Malfoy carraspeó y asintió con la cabeza sin disimular nada. Ninguna de las tres pasó por alto esos gestos.

―¡Por las barbas…! ―Drake se movió incómodo perdiendo la tranquilidad, haciendo que Merlina no completara su exclamación de desesperación.

Drake estalló en llantos y Agatha le imitó. Transcurrieron diez minutos antes de que los dos pequeños de ojos acuosos y oscuros se volvieran a dormir. Los cubrió bien para que no pasaran frío ni se sofocaran.

―Ya, Merlina. No vayas a evadir la pregunta, contéstanos ―insistió Susan.

Merlina pudo haberse negado. Después de todo, hacía tiempo que no se veían y se habían reencontrado hacía menos de doce horas. Pero no era una buena razón.

Se distrajo con las pelusas que volaban, siendo reveladas por la débil luz del sol que se filtraba por la entrada.

No puedo no decirles. Algo me dicen que siguen siendo mis amigas, a pesar de todo. Es como si Agatha hubiese fallecido para dar entrada a Endora y Susan a mi vida… Y eso no le sucede a cualquiera. No les puedo menospreciar… Además, ¿qué tiene de malo decir la verdad? Las cosas son como son.

―El padre es… Y por favor no juzguen nada cuando lo diga ―rogó―, el padre es Severus… Severus Snape.