Capítulo 57: La aflicción de Malfoy
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Sorprendentemente, ambas mujeres tuvieron la misma reacción: entrecerraron los ojos, analizando la expresión de Merlina, antes de lanzarse a reír al unísono.
Merlina quedó pasmada, con la boca entreabierta.
―Merlina, por favor… ―jadeó Endora secándose las lágrimas de la risa―, está bien que bromees, pero es algo serio…
―¡Es en serio! ―las atajó Merlina con un farfullo violento y ceño fruncido―. ¿Creen que tengo ánimos de bromear ahora? ¿En este preciso momento?
Susan Clapp y Endora Stanwood borraron la sonrisa de sus caras, colocando los ojos como platos.
—¿Te refieres a Severus Snape, el profesor de Pociones que tuvimos en Hogwarts, no?
―Sí, él. Él es el padre… y mi esposo.
Endora lanzó un largo silbido.
Merlina se saltó la parte en que conocía a Craig, directamente yendo hacia el espacio de la línea temporal en que volvió a Hogwarts.
―Severus seguía de profesor, y…
Fue algo tragicómico recordar lo mal que se llevaban y los mínimos problemas de convivencia que tenían. Cuántas veces Merlina se había entristecido por ello. Ahora le parecían nimiedades. Le habría encantado pelear con Severus por alguna estupidez, para tener la excusa de interactuar y estar con él.
A medida que iba avanzando en la historia, se fue dando cuenta de que, cada vez más, ésta adquiría más oscuridad en su gama de colores. En las vacaciones de verano del año anterior ella había perdido la memoria, algo que le había jugado un punto en contra. En realidad, varios puntos en contra.
―Entonces, ¿ahora recuerdas todo?
―Hasta la última gota de recuerdos… Cada una de las situaciones que viví con ustedes ―trató de sonreír. No lo logró.
Luchó contra las lágrimas que querían aparecer cuando llegó a la parte en que él la dejaba por miedo a ser padre, a tener hijos… que no podría criar.
―Me dejó, sí, pero no es tanto así como ustedes lo creen. Es un conjunto de situaciones… y estoy tan asustada.
Susan torció la cabeza, comprensiva. Endora, por otro lado, estudió su cara.
―Hay algo más que no nos has contado, ¿cierto?
―Cierto ―admitió Merlina, sin dudarlo. Sabía que iba a terminar soltándolo todo. Si no lo hacía en ese instante, iba a estallar. De todos modos, no iba a hacer más daño decirlo.
Y les reveló lo que tendría que hacer, sin sucedáneos de palabras o diminutivos. Les narró desde el inicio de la cuasi romántica historia de amor que tuvieron ella y Craig, y lo oscura que se tornó luego de que él supiera que ella lo había visto con otra mujer. Ni Merlina comprendía cómo una persona que parecía ser normal hubiera cambiado tanto. A menos que siempre hubiese sido igual y él lo ocultara, o ella sacara a relucir ese lado maligno de su mente.
―Tengo grandes posibilidades de morir en el camino… pero las tendré más cuando me reencuentre con Craig Ledger ―dijo con sensatez. Las cosas no iban a ser fáciles.
Se esperaba lo que pronto oiría decir de sus amigas, pero fue agradable a sus oídos cuando formularon la idea verbalmente.
―Te ayudaré en lo que pueda, Merlina ―prometió Endora―. Desde que mi esposo murió ―Merlina abrió la boca, aterrada―… no te preocupes, fue hace mucho, alcanzamos a estar juntos tres años después de que yo cumpliera los diecinueve ―hizo una pausa―. Desde que él falleció, no he tenido nada más que perder.
―Yo me vi envuelta en un problema con un Mortífago ―dijo Susan con vergüenza―. Estuve a punto de casarme con él hace un año atrás ―suspiró―. Quiero hacer algo por lo que me pueda sentir útil. Quiero que todo esto acabe; tuve que esconder a mis padres para ponerlos a salvo.
―Creo que todos queremos lo mismo… ―Bajó la voz―. Draco es hijo de Mortífagos, el pobre está… ―Miró hacia el rincón en donde estaba el muchacho. Cuando abría la boca para seguir hablando, se dio cuenta de que no estaba.
―¿Qué pasa? ―dijo Susan, sobresaltada ante los ojos preocupados de Merlina.
―¿Draco? ¡Draco! ―llamó, asegurándose de que su vista no le estaba engañando.
Las tres se reincorporaron al mismo tiempo para hacer una inspección visual a la cueva.
Draco Malfoy no estaba.
―Merlina, no se te vaya a ocurrir ir tras él, si se fue, es su culpa…
―Si se fue, sería mí culpa ―masculló Merlina, sintiéndose mal―. Tengo que ir a ver… Sólo echaré un vistazo ―prometió tomando las manos de sus amigas―. Volveré en cinco minutos. No llegaré lejos ―insistió ante la mirada desconcertada de ambas mientras guardaba la varita en su bolsillo.
―¿Te importa el muchacho? Es un verdadero idiota.
―Si no fuera porque es hijo de alguien, tal vez no me importaría ―sinceró Merlina con algo de impaciencia―. Si no me hubiese ayudado durante meses, tampoco me importaría. Tengo que ir a buscarlo, chicas ―miró suplicante―. Por favor… por favor cuiden de mis hijos.
O ella no oyó respuesta, o sus amigas quedaron paralizadas ante ese movimiento tan rápido. Había corrido cinco metros cuando oyó un llamado. Tal vez no era tanto lo que había avanzado, pero estaba tan decidida, que no quiso volver.
Se metió entre los árboles con inusitada agilidad hasta que se sumergió en una maraña de malezas que se le enredaban en los pies como serpientes finísimas. Ahora se sentía liviana y era mucho más fácil andar.
El bosque se veía tenebroso a la luz de la varita. Estaba demasiado tranquilo todo. No era una buena señal. ¿Y si había Mortífagos ocultos por allí…?
―¡Draco! ―vociferó con fuerza, tratando de sacarse ese pensamiento de la cabeza―. ¡Draco, regresa!
Siguió trotando sin una dirección clara por cinco minutos.
―Dónde te has metido, maldita sea… ―masculló con frustración, pensando en devolverse. Sus hijos… No debió de haberlos dejado, ella tenía que permanecer con ellos. Estaban recién nacidos, necesitaban de su madre…
Cuando pensó en regresar y abandonar el plan de encontrar a Draco Malfoy, oyó un sollozo proveniente de las cercanías. Por un instante no supo si era un arroyo o una persona. Luego se dio cuenta que eran las dos cosas.
El rubio estaba arrodillado frente a un riachuelo, con las manos en la cara. Merlina sintió un vago olor a vómito.
―¿Malfoy…?
―¡Vete de aquí! ―rugió.
―¡Ey! ¿Cómo se te ocurre hacerme esto? ―le espetó Merlina sin compasión. Dio dos tumbos hasta él y lo tomó de un hombro para zarandearlo.
Draco se quitó las manos de la cara y, por darle un manotazo a Merlina, se fue hacia atrás.
―¡Déjame! ―gruñó con voz aguda.
Merlina le alumbró la pálida y puntiaguda cara. Tenía los ojos rojos, las mejillas arreboladas y la boca desfigurada en una mueca.
―¿Qué te sucede? ―inquirió Merlina impresionada. Jamás lo había visto tan deprimido y semejante a un estropajo. Desde el suelo, Draco se veía desnutrido, pequeño y débil.
―No te importa ―respondió reincorporándose torpemente. Iba a dar media vuelta, pero Merlina alcanzó a agarrarlo del brazo con mano poderosa.
―Me importa, porque acabas de romper una promesa ―le zanjó Merlina―. Te has ido sin decir nada. Quedamos en que…
―¡Da igual en lo que hayamos quedado! ¡Tú no tienes idea…!
―¿Qué no tengo idea? ¿De qué no tengo idea? ¡Dime qué es lo que te pasa! ―exigió, roja como tomate.
Pensó que el chiquillo iba a seguir gritando. Sin embargo, limitó a tomarse el pelo con las manos para jalarlo con fuerza.
Merlina, aún con varita en mano alumbrando el lugar, trató de frenarlo, tomándole las muñecas.
―No… seas… idiota ―demandó forcejeando.
Y, sin pensar que eso surtiría efecto, Draco habló.
―Voy a ser padre…―murmuró con la voz desgarrada.
A Merlina le costó entender la declaración. Trató de buscarle el lado metafórico a ello, pero no le encontró.
―¿Es… en serio?
Malfoy se zafó de Merlina y se apoyó en el tronco de un árbol, aún sollozante, frustrado.
―La abandoné… ―farfulló con la voz quebrada. Merlina jamás sintió tanta lástima―. Cuando me dijo, no me importó… Pansy me suplicó, pero la dejé…, igual que Snape a ti ―tomó una bocanada de aire―. Entré en pánico —reconoció—. Lo último que supe de ella, fue que estaba en Hogwarts…
―¿En Hogwarts? ¿Hogwarts ha vuelto a funcionar? ―preguntó asombrada, pensando inmediatamente en Severus.
―No… se lo han tomado los Mortífagos. Todos ellos están allá… Su padre la tiene allí, encerrada y yo… yo necesito… ―Dio un golpe violento al tronco del árbol.
Merlina comprendió y, por primera vez en su vida, sintió algo de admiración por el Slytherin, a pesar de lo que había hecho a su novia. Era evidente que deseaba reparar el error, a diferencia de su propio esposo. Había un arrepentimiento terrible en esos ojos de hielo.
―Yo te puedo ayudar, Draco ―ofreció―, pero no ahora ni en un mes más. Yo debo estar con mis hijos. Lo tomas o lo dejas. No te obligaré más a quedarte. Siento haber sido tan egoísta, pero tú nunca me dijiste… No tenía cómo saberlo, si eres una ostra.
Merlina esperó unos segundos para obtener respuesta de Draco. Éste tenía una mano en los ojos y en la boca se le formaba una mueca.
―Gracias por todo… Tal vez estaría muerta a estas alturas. Digo, sin ti… Que tengas suerte. ―Suspiró y se marchó tratando de no parecer perdida.
No llegó mucho más allá cuando Draco le dijo con la voz tomada:
―Sangre impura, es por el otro lado.
Y partieron juntos otra vez hacia la cueva.
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En el transcurso de tres meses, Draco no se pudo amistar con las amigas de Merlina ni con la misma Merlina. Había, sin duda, aceptado estar con ella para él luego recibir la misma ayuda prestada, pero no significaba que pudieran llegar a construir una amena relación. Las diferencias de pensamiento se notaban más que nunca, sobre todo cuando Drake y Agatha hacían barullo con sus mañas. Constantemente estaban discutiendo sobre la tranquilidad de la cueva la que, por cierto, ya estaba pareciendo casa. El rubio se quejaba por sacrificarse en ir a buscar alimento y muebles para el hogar, y en la noche se veía invadido su espacio y tranquilidad para descansar.
―No creas que esto me pasa a mí solamente ―ladró Merlina una noche―. Si estás planeando ir a buscar a Pansy y a tu hijo (quien seguro ya nació), no esperes que sea una momia en la cuna, porque seguro que va a ser molestoso, igual que sus padres, y peor, porque el karma se ha de equilibrar. Así que no creas que vas a quedar libre de esto, vete acostumbrando.
Por otra parte, los dos pequeños estaban en perfectas condiciones. Agatha seguía siendo más robusta que su hermano, pero ambos estaban en el equilibrio, a pesar de haber nacido antes de tiempo. Endora les revisaba todas las semanas para diagnosticar sus estados de salud.
Merlina, por suerte, podía amamantarlos bien, a pesar del detalle de tener los pezones en carne viva —a pesar de los conjuros y hierbas mágicas usadas—. Eso había incrementado el vínculo afectivo con sus hijos y apostaba a que ya la reconocían como su madre. Se había dedicado ser cuidadosa y muy cariñosa con ellos esos tres meses, para aprovecharlos. Sus amigas, por supuesto, no dejaban de mimarlos, y ambas estaban fascinadas. Ninguna de las dos había tenido el privilegio de ser madre y Merlina comprendía que desearan expresar su cariño hacia ellos. De todos modos, le gustaba que quisieran a sus hijos. Le gustaba verse sumergida en un ambiente cálido. Se sentía tan bien estando allí ―a pesar de todos los problemas obvios―, que se le complicaba recordar cuándo había sido la última vez que había estado rodeada de tanto amor.
Cabía subrayar que con Agatha las cosas habían sido completamente diferentes. Habían creado una amistad sincera y de confianza, pero jamás habían llegado a demostrarse el cariño que habían logrado tomar la una por la otra. Más bien, habían interferido la vergüenza y el orgullo por parte de ambas. Le hubiera gustado abrazarla sin tener una razón de por medio que implicara consolar. Hubiera sido lindo darse un abrazo de amistad sincera, y le habría encantado tener un segundo más junto a su lecho de muerte, y el impulso, para decirle cuánto la quería.
Con Severus las cosas eran aún más distintas. Había amor ―o había habido amor―, pero no se alcanzaba a notar en el aire. Era difícil explayarse cuando había tanto impedimento de por medio, como el miedo, la inseguridad y los factores externos. Jamás había estado en una situación tan carente de calor. Y eso le dolía.
A veces, Merlina se abstraía en aquellos pensamientos, perdiendo la mirada en las paredes de la cueva. Sus amigas siempre la descubrían y le preguntaban si estaba pensando en él. Ella prefería no contestar algo tan obvio.
Al cumplirse ese tercer mes de vida de los hijos de Merlina, decidieron intentar alimentarlos con leche de bebés ―extraída de un supermercado muggle― lo que, por suerte, fue un éxito. Al menos, sabían que no iban a adelgazar por no tomar leche de su mamá. Mientras se alimentaran de otro modo, no existiría problema.
Y allí fue cuando Merlina se dio cuenta de que tendría que pronto emprender viaje con Draco. Lo había prometido, y reconocía que se estaba arrepintiendo. Miraba a Agatha y a Drake, y el corazón le latía con fuerza sólo por amor. Tenía miedo de morir, no por sufrir. Tenía miedo de que sus hijos quedaran solos. Quería criarlos, vivir con ellos. Vivir con Severus…
Fue a mediados de diciembre cuando, una noche, tras tener una horrible pesadilla, despertó estallando en un llanto ahogante y silencioso por la frustración y el terror que la embargaba. Por suerte afuera llovía a cántaros, y tal era el ruido, que nadie se dio cuenta de su sufrimiento. Habían transcurrido casi dos semanas desde que Drake y Agatha se podían alimentar de leche normal, y Draco había estado queriendo omitir la situación para no presionarla; ella lo sabía. Pero se sentía más presionada aún por eso mismo. De hecho, su colapso se había provocado porque Draco había conseguido una varita. Susan le había acompañado por tres días largos de viaje a buscar a un viejo fabricante de varitas de poco éxito, quien yacía escondido en su casa. Les había prestado ayuda sin reparo tras una suma considerable de dinero. Ese día, el joven había llegado con su nueva adquisición sin parar de admirarla y fanfarronear sobre los componentes que la formaban y lo poderosa que era.
Eso había minado con la poca paz que le quedaba a Merlina.
Para tranquilizarse y borrar ese pensamiento de la cabeza, puso una mano cerca de las pequeñas piernas de sus hijos, pudiendo volver a retomar el sueño.
Al día siguiente, ya había tomado una decisión. Había apenas permanecido tres meses y medio con sus bebés, pero no podía dedicarse a pensar en el tiempo que no estaría con ellos por cumplir sus deberes. Tarde o temprano tendría que actuar.
Se levantó decidida, mas no animada. Parecía venir de un funeral con esos ojos enmarcados por un tono morado e hinchados por el llanto de la noche.
Mientras sus amigas preparaban un desayuno decente se aproximó a Draco, que estaba en su rincón mirando algo que tenía en la palma de la mano. Alcanzó a ver que era una foto, pero no distinguió de quién; la había guardado rápidamente cuando se dio cuenta que ella estaba a poca distancia de él. Supuso que era una foto de Pansy.
―Malfoy… ―susurró nerviosa.
―Ya sé lo que me dirás. No importa.
―¿Qué cosa no importa?
―Da igual que no me acompañes, desde un principio supe que no cumplirías. El problema es que ahora yo también siento que no debería ir, creo que no va a valer la pena…
¡Pam!
La palma de Merlina había chocado contra la nuca del rubio de forma repentina y violenta. Endora y Susan se dieron vuelta a mirar, estupefactas.
―¡Idiota! ―le gritó súbitamente roja. Sus amigas le hicieron un fuerte "ssshh" para que no despertara a los niños, por eso bajó la voz, pero no le restó potencia a lo que iba a decir luego―. ¿Qué te crees? ¿Crees que a Parkinson le guste que el padre de su hijo les tenga abandonados? ¿Crees que a mí no me gusta estar con Severus? ¿De verdad eres así de estúpido? ¿Crees que debe estar feliz de estar sola y encerrada en el castillo, sin la persona que ama a su lado? ¿ACASO CREES QUE NO ERES IMPORTANTE PARA ELLA? ―Draco, sobándose la nuca la miraba impresionado, con la boca abierta―. Porque si crees que eso es así, te informo que estás en un gravísimo error. Así que deja de pensar idioteces, levanta el trasero y vamos a Hogwarts de una vez por todas, que yo tengo que hacer cosas también y no tengo todo el tiempo del mundo.
A Merlina le había invadido una especie de ánimo desconocido y sabía que no era momentáneo. Draco no se iba a quedar sin la experiencia de ser padre ni librarse del trabajo que implicaba ello por una simple cobardía. No iba a permitir que se corrompiera ni que siguiera el camino de Severus.
Ella no se iba a quedar con los brazos cruzados por nada del mundo, había mucho que hacer. Por fin abandonó sus temores, ya era hora de actuar.
Por un mínimo instante pensó que la energía que le había invadido iba a desaparecer muy pronto, dejándole con un vacío. Sin embargo, no fue así, lo que le hizo sentirse bien, auténtica. Estaba recuperando su valentía e imprudencia, a pesar de todo lo que había vivido el último tiempo. Volvía a ser la misma Merlina Morgan de siempre, atarantada y testaruda. No se había dado cuenta, hasta ese momento, cuánto extrañaba ser ella misma. Sólo faltaba que su optimismo volviera: quería volver a ser soñadora… eso era gratis y no le hacía daño, hasta que volvía a caer en la realidad.
También el chichón en la cabeza de Malfoy no desaparecería tan fácilmente. Por lo mismo, no paraba de quejarse mientras se preparaban para el viaje que emprenderían, a primera hora de la mañana. Merlina jamás se había sentido tan insultada, pero era Malfoy, ¿no?
―Si no cierras tu sucia boca, juro que te la coso. Y sin magia ―amenazó Susan ya harta de escuchar su voz arrastrada y quejosa. Merlina pensó que su amiga estaba en lo correcto. Malfoy debía de estar agradecido por haber reaccionado, valga la redundancia, gracias a ella.
Querían salir con el alba, era más seguro. Tampoco querían hacer todo sin un plan previo. Debían ser más cautelosos que nunca, ya que el peligro acechaba a cada segundo. Y, por mucho que Merlina quisiera actuar y ayudar al Slytherin, no quería separarse de sus hijos tan rápido. Si bien la energía no quería esfumarse de ella, el pensar que dejaría de verlos por un tiempo le daba dolor de pecho, como si tuviera los músculos del tronco tensos.
―No te preocupes, Merlina ―susurró Endora cuando estaban las tres en un rincón. Las amigas de Merlina ayudaban a darles la leche a los niños a la última hora de la noche. Draco había salido a "tomar aire fresco". Bien sabían que eso significaba ir al baño por largas horas―. Los cuidaremos bien, porque nosotras vamos a cuidarnos bien. No creas que vamos a salir a cazar peligro.
―Lo sé, pero…
―No pienses de manera negativa ―le atajó Susan―. Tú dedícate a lo que debes hacer. No te darás ni cuenta cuando estés de vuelta con Drake y Agatha en tus brazos.
―Nos esconderemos bien ―repuso Endora al ver que Merlina seguía poco convencida―. De hecho, no vemos motivo para movernos de aquí, pero, si es necesario hacer un hoyo en la tierra para ocultarnos, créeme que lo vamos a hacer. Tenemos nuestras varitas, estamos sanas y somos fuertes.
―Y somos tus amigas. No vamos a hacer nada indebido, nada que te ponga en peligro a ti y a tus hijos.
Merlina las observó con los ojos llenos de lágrimas. Cuando dejó a los pequeños durmiendo en la cama, abrazó a sus amigas por largo rato, sintiéndose embriagada de cariño. Hace tiempo que no se sentía tan confortada.
Por el momento, era el único remedio que tenía para levantarle el ánimo.
A las seis y media de la mañana estaba aclarando y Merlina se despedía de sus amigas y sus hijos. Draco sólo hizo un seco gesto de la mano, y es que nunca había estado muy comprometido con ellas. Sin embargo, Merlina notó que le echaba un fugaz vistazo a los tiernos bultitos que dormían plácidamente en la cama.
Merlina sonrió al notar que ellos no iban a saber nada. No iban a notar lo que estaba sucediendo en el mundo. Pobres inocentes… tantos como ellos…
―Suerte.
―Regresa pronto.
Merlina y Draco se echaron sus respectivas mochilas al hombro y, con varita en mano, salieron hacia la luz radiante de la mañana, en un bosque completamente nevado.
El bosque parecía tranquilo. Hacía frío, pero no corría viento. Se podía divisar entre las abultadas copas de los árboles, completamente nevadas, que el cielo de ese día iba a ser gris claro y brillante.
Cuando llevaban quince minutos caminando en dirección al pueblo, borrando sus huellas todo el tiempo, Merlina no aguantó más. Había pasado todo el rato lanzándole miradas furtivas al muchacho para ver si había algún atisbo de emoción o de sentimiento, pero no demostraba nada más que disgusto.
―¡Pues, ya di algo! Sabes que me desespera no hablar por tanto rato. Y ya te soporté tiempo suficiente dejando que callaras cuando me hacías compañía. ¿Cómo no vas a querer siquiera descargarte conmigo?
Malfoy se giró hacia ella y sonrió con sorna, observándola con sus gélidos ojos grises.
―Que me ayudes tú ahora, no significa que yo quiera ser tu íntimo amigo y contarte mi vida.
Eso fue suficiente para que Merlina se convenciera de que las cosas jamás iban a cambiar. De todos modos, era mucho más sano no ser amiga de alguien como él. Tampoco le agradaba Draco al cien por ciento. Estaba agradecida con él, pero jamás podría existir una amistad sólida como había ocurrido con Agatha. La diferencia radicaba en que Draco era un millonario mimado, clasista y racista, que jamás aceptaría tenderle la mano a una sangre impura como ella. No lo criticaba; después de todo, ese estigma era de familia. No podía pedirle escarbatos a un dragón. Y, sinceramente, ella no quería tener una relación con alguien como él, que iba tanto en contra de sus valores y principios personales.
Antes de salir del bosque y borrar sus últimas huellas, decidieron desilusionarse para caminar con más seguridad. No saldrían a exponerse por completo al pueblo; si bien lo habitaban en su mayoría muggles, no significaba que no lo habitaran magos. Podía haber Mortífagos escondidos por allí, vigilando a las personas que no pertenecieran a su bando…
No obstante, cinco minutos más tarde, mientras caminaban por la orilla del bosque observando en las pequeñas colinas nevadas las casitas humildes, amontonadas alrededor de lo que parecía ser una iglesia y, en la periferia los negocios respectivos, supieron que en el pueblo no había ni un ser maligno que pudiera resultar amenazador ante ellos. El peligro evidentemente estaba en el exterior.
―¿Desde cuándo te volviste tan considerado? ―inquirió Merlina en un susurro.
Un pensamiento le había estado atacando hacía rato y concernía a que Malfoy había experimentado un gran cambio en ese último tiempo. El que ella había logrado conocer hacía casi dos años era muy egoísta y parecía estar dispuesto a traicionar por seguridad y conveniencia.
―¿A qué te refieres? ―Su voz sonó despreocupada.
―Pues, bueno… las cosas han cambiado mucho contigo, ¿no? Digo, hace un año ¿hubieses estado decidido a ir por un camino riesgoso, aunque yo te obligara con tortura? Creo que no, ¿no es así?
Hubo una breve pausa.
―Tú no me conoces ―gruñó finalmente y, de pronto, se giró hacia ella. Merlina se detuvo al ver que su imagen desilusionada había cambiado de posición, pero no podía ver su expresión. Imaginó que estaba molesto―. Mira, el que tú y yo estemos intentando apoyarnos mutuamente, no significa que tengas el derecho de inmiscuirte en cómo soy yo o por qué hago las cosas. No quiero que seas mi amiga, y tampoco necesito una amistad. Apenas necesito compañía. Tan sólo quiero un aliado para llegar hasta Pansy de alguna forma, y tú lo prometiste… y si algo debo reconocer… ―bajó la voz y pareció que se avergonzaba―, que si acepté que me siguieras, es porque… ―dudó― confío en ti. Nada más que eso.
Merlina se conformó con esa declaración, pero le hubiera gustado que admitiera ello con más facilidad y, por supuesto, le hubiera fascinado verlo rojo como tomate sólo para satisfacerse a sí misma.
―Está bien. Veo que contigo no se puede mantener una charla normal, pero lo prefiero así porque, de todos modos, no me agradas y…
Merlina se interrumpió. Hubo un estallido múltiple y, de pronto, el pueblo pareció haberse oscurecido.
Los dos tuvieron por reacción inmediata esconderse tras los árboles, lanzándose al suelo, clavando las rodillas en la nieve. Enarbolaron sus varitas, preparados para atacar, pero no hicieron nada cuando se dieron cuenta de que, el motivo porque habían atinado a refugiarse, había sido por una aparición masiva de personas encapuchadas. Y, de pronto, un frío aún más intenso comenzó a apoderarse del lugar, junto con una neblina que se aproximaba por la periferia. Efectivamente, el peligro había llegado del exterior.
Merlina tomó el brazo de Draco y lo apretó con fuerza. Su mente insistía en sumergirse en recuerdos…
―Hay que irse… hay que irse…
Hubo una gran explosión que provenía de la iglesia, y no transcurrieron muchos segundos para que el fuego comenzara a expandirse a gran velocidad por las casitas. Los gritos de los muggles no tardaron en inundar el lugar. Los Mortífagos los iban a torturar… Destruirían todo, y pronto los dementores cubrirían el lugar.
