Capítulo 58: Enfrentamientos
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―¡Vamos! ―saltó Draco, reaccionando y levantándose. Merlina también se puso de pie. Se tomaron de la mano y desaparecieron del lugar justo cuando una chispa de una de las varitas de los aliados de Voldemort llegaba hasta el árbol en donde ellos habían estado. El bosque también se comenzó a incendiar y ni siquiera la nieve pudo frenar ese fuego demoníaco.
―Dios mío ―farfulló Merlina agitada cuando reaparecieron en un solitario y oscuro callejón de Londres, que también estaba cubierto de nieve―. No puedo creer… no puedo creerlo. Están invadiendo todo, están destruyéndolo todo… No quieren dejar nada a su paso…
―No me digas que eso te impresiona a estas alturas. Estoy seguro de que has presenciado cosas peores ―repuso Malfoy con amargura.
―Sí, seguro que sí que he visto cosas peores, pero no me puedo acostumbrar. ¡Es horroroso! No deseo que nadie muera quemado ―Draco hizo un ruido extraño, era evidente que no se había olvidado de que él y sus secuaces habían intentado quemar el despacho de la celadora, y que por poco mueren todos―, como mis padres, digo. Pero si tengo que elegir que sean torturados por unos cerdos como los Mortífago… creo que no dudaría en elegir la muerte más digna… Incluso para mí…
Se acomodaron bien las capas, las mochilas y rehicieron el encantamiento desilusionador, que ya estaba comenzando a perder su efecto. Tuvieron que aguardar unos segundos para calmarse. El susto había sido potente para los dos. No pensaron que los problemas iban a ocurrir tan pronto.
El plan para poder entrar a Hogwarts ya estaba preparado, pero tenía muchas fallas y había más posibilidades de que terminaran muertos a poder salir victoriosos de la misión. Pensaron en un montón de ideas antes de seleccionar la menos insulsa. De hecho, Draco, estaba reacio a actuar con tanta rapidez sin tener algún conocimiento previo de cómo estaba la situación en el mundo mágico, y no podían negar que estaban más desinformados que nunca respecto al tema. Sin embargo, Merlina tenía razón al decir que debían actuar lo más rápido posible, antes de que fuera demasiado tarde, porque las cosas, probablemente, empeorarían. En cuanto a los posibles planes, coincidieron que era estúpido arriesgarse a entrar por Honeydukes u otro pasadizo como ese, ya que había altas probabilidades de que estuvieran custodiados u obstruidos por la nieve. Menos podían intentar aparecerse directamente, porque era obvio que la protección en Hogwarts era máxima. Incluso habían llegado a cavilar que podrían colarse en el Ministerio y, por una chimenea, viajar hasta allá con polvos flu. Evidentemente, nada de aquello iba a ser efectivo.
Por eso, tras analizar las opciones, decidieron que lo mejor sería colarse en los terrenos directamente. Y, eso, lo lograrían con mucha precaución, buena puntería y algo de suerte.
El primer paso era dirigirse al pasaje en donde se aparecían los funcionarios del Ministerio de Magia y tomar la identidad de algunos de ellos, para poder recién ir a Hogsmeade. Draco había oído rumores que decían que las apariciones y desapariciones de Hogsmeade estaban siendo rigurosamente controladas. Claro que ninguno de los dos quería intentar aparecerse para comprobar si eso era cierto o no. Era con creces mejor ir por el camino largo.
Con cuidado salieron del callejón. Había muggles que paseaban a esa hora de la mañana para dirigirse a sus respectivos trabajos. Sin embargo, eran contados con los dedos y la expresión de inseguridad de sus rostros sería difícil de desterrar con una sesión de payasos profesionales de circo.
―A la cuenta de tres correremos hasta el próximo callejón ―señaló Draco. Como habían corroborado en el mapa antes, estaban en el lugar correcto. El callejón principal de entrada quedaba tan sólo dos calles más abajo, en la otra acera―. Uno… dos…
Pasaron desapercibidos, así que la primera fase resultó bien. El callejón estaba decorado por dos contenedores grandes que no despedían olor. Estaba claro que sólo eran decorativos y que los muggles jamás se volteaban a mirar esa calle. Entre los contenedores, en la pared, había una puerta metálica llena de grafitis. Era allí en donde los magos aparecían para ir a trabajar.
Se quedaron en la esquina agachados, sin entrar de inmediato, porque había varios magos apareciéndose y saliendo por la otra calle principal.
―Rápido ―susurró Merlina segundos más tarde, cuando hubo un espacio por el que pudieron correr hasta el segundo contenedor y así esperar, tras él, a escoger al mejor candidato.
―Tenemos que ser rápidos, no podemos perder mucho tiempo, pronto aparecerán…
Tres magos y dos brujas aparecieron en ese instante. Merlina estaba lista para atacar a una de ellas; lo mismo Malfoy, que había alzado su varita.
―Desmai…
Pero no pudieron concretar el encantamiento: de pronto el suelo comenzó a temblar con mucho ruido subterráneo. Se quedaron quietos, agazapados. Merlina creyó que era un simple movimiento sísmico y que ya pasaría, no obstante…
¡TAM! La tapa que cubría el hoyo de la cámara de desechos salió disparada, lo que alarmó a la gente lo suficiente para que creyeran que debían apresurarse a entrar. Nadie comprendió lo que sucedió, pero a Merlina no le dio buena espina: seguía temblando un poco, y el olor putrefacto que comenzaba a emanar del agujero era demasiado fuerte como para que fuera normal…
La tapa de metal cayó al concreto a un metro de distancia del agujero, haciendo un bache, mientras que tres manos verdes, pegajosas y humanas salieron de la cámara. Diez magos y brujas perdieron la calma, entre gritos de desesperación y de maldiciones para evitar que esas manos lograran salir de allí.
―Son Inferius… ―farfulló Draco despavorido, con ojos grandes.
Merlina sabía lo que eran, pero no iba a dejar que el miedo le dominara. El corazón ya lo tenía demasiado disparado como para ceder a más temor.
―Vamos, Malfoy, es ahora o nunca ―dijo con la voz temblorosa.
Aprovecharon el caos que se estaba comenzando a formar para cazar a un mago y una bruja que parecieran capacitados para ellos: ambos candidatos intentaban mantener la calma, pero nadie les extrañó cuando desaparecieron de la multitud; la gente estaba demasiado pendiente de las manos que trataban de salir de la alcantarilla. Se escondieron tras el contenedor otra vez. Le sacaron tres pelos a cada uno, le quitaron las túnicas y sus respectivas identificaciones junto con algunas fichas que servían para entrar al Ministerio. Luego, asegurándose de que estuvieran bien inconscientes, los escondieron dentro del basurero. Absolutamente nadie se había dado cuenta, por suerte.
―Vamos, la poción, la poción ―apuró Merlina. Draco sacó la botella de poción Multijugos que se habían conseguido del arsenal que tenía Endora en un botiquín, y sirvió un poco en dos vasos plásticos que estaban transportando. Echaron los cabellos y se la bebieron de inmediato.
Con tanta bulla, nadie se dio cuenta de que, una bruja y un mago desilusionados y escondidos tras el contenedor, estaban atragantándose y quejándose por las dolorosas transformaciones físicas. No era primera vez que Merlina lo hacía (una vez, hacía lo que parecía mucho tiempo, se había transformado en Severus, y no hace tanto se había hecho pasar por Agatha, cuando se llevaban mal), pero ya había olvidado lo doloroso que era el proceso de transformación y la incomodidades que causaba.
Cuando finalizó el martirio, se pusieron las túnicas, se quitaron el encantamiento desilusionador y salieron como si nada al tumulto de gente que trataba de combatir contra los cadáveres que luchaban por salir a la luz gris de la mañana. Merlina era una tal Elspeth Harrow, del Departamento de Seguridad Mágica; diez centímetros más alta, robusta, rosada y de cabello color ceniza que combinaba con los brazos de los muertos. Draco, en cambio, era bajo, escuálido, de tez cetrina y pelirrojo, llamado Elmer Latherby, del Equipo de Reversión de Accidentes Mágicos.
Había dos magos corpulentos intentando mantener el control.
―Son Mortífagos ―susurró Draco con una voz ronca. Tenía tufo a cigarro.
Merlina se paralizó al ver la situación. Las putrefactas y pustulosas manos no paraban de moverse como si fueran una especie de tentáculos venenosos, y la presencia de los Mortífagos… ambos se veían feroces y amenazadores.
―No te quedes ahí parada, muévete ―adujo el muchacho dándole toques en el brazo a Merlina.
Esto es una pesadilla… va a salir todo mal… si nos descubren, va a ser fatal…—pensó Merlina aterrada. Estaba siendo parte de una pesadilla. De todos modos, ¿cuándo había pensado que el plan iba a ser todo un éxito? Tan sólo estaban intentando cosas al azar, a ver si salían victoriosos en algo.
Reaccionó por fin y se intentó escabullir tras Draco, evitando que la multitud los separara. No obstante, antes que pudieran llegar más lejos, uno de los Mortífagos los detuvo.
―¿Para dónde van ustedes? ¡Vayan a avisar a alguien para que nos ayude a controlar la situación! ¡Digan que hay una infiltración de Inferius descontrolados!
Bueno, no hace mucha falta que digas eso… nos hemos dado cuenta solos.
Salieron a la otra calle, a sabiendas de que podía estar más concurrida que la otra. Sin embargo, para su sorpresa, estaba desierta, así que no tuvieron problemas de llamar la atención de los muggles. Más allá encontraron los baños públicos que estaban al final de unas escaleras que conducían a una especie de subterráneo. Allí estaba la entrada principal. Draco se había encargado de explicarle cada uno de los detalles del Ministerio. Su padre siempre lo había frecuentado para hacer caritativas e influyentes donaciones.
Merlina torció hacia donde estaban los baños de damas y Malfoy hacia los de varones. Cada uno introdujo la ficha, se encerró en el cubículo, subió al retrete y tiró de la cadena para aparecer en la chimenea del Atrio.
Merlina sintió escalofríos al entrar al vestíbulo del Ministerio de Magia. Sólo le traía recuerdos amargos, como cuando había visto las fotos de Craig Ledger pegadas aún después de "muerto" en las paredes, y cuando había perdido el control con el fuego, incendiando la alfombra. En ese tiempo el cielo raso del lugar era de un azul eléctrico y había una fuente decorada por Los Hermanos Mágicos. Ahora, el lugar era lúgubre, el techo era similar al de Hogwarts, pero estaba encantado para que se vieran nubes cargadas de lluvia y de tristeza. La fuente ya no era la misma, sino que tenía grotescas figuras que prefería no mirar de cerca para no asustarse más de lo que ya estaba.
Se juntó con Malfoy a la mitad del Atrio.
―¿Y bien? ¿Dónde tenemos que avisar?
―Supongo que a nuestros departamentos ―sentenció Draco con nerviosismo―. Diremos que tenemos que ir… Podemos decir que nos han mandado a llamar.
Fueron al ascensor y se colaron con otros magos de aspecto tan tenso como el suyo, y otros de rostro bruto como los Mortífagos. Merlina tenía que bajarse en la segunda planta y Draco iba a la tercera, lo que significaba un largo viaje bajo tierra.
―Buenos días ―les saludaron algunos magos.
―Buenos días ―contestaron ellos dos al unísono.
―¿Cómo estás, Elphie? ―dijo una bruja menuda y de cara simpática, mirándola. Merlina tardó unos segundos en darse cuenta de que se dirigía a ella.
―Oh, he estado bien… bien… Sólo un poco cansada.
―Es que, en estos tiempos, ¿quién no está cansado? Creo que todos… ―la bruja, llamada Gerda Ridgebit (Merlina miró fugazmente su placa que tenía enganchada en el pecho) suspiró y dejó el comentario en el aire, mirando con desdén a uno de los matones.
Las puertas de hierro se cerraron rechinando siniestramente para, luego, traquetear en dirección descendente. Merlina, quien no era claustrofóbica, se sentía como una. Por suerte, Gerda no habló más. Supuso que ya nadie sentía la libertad de expresión de antes y era más seguro callar.
―Séptima planta ―anunció una voz gélida, como de un autómata, cuando las puertas se abrieron―, Departamento de deportes y…
El corazón de Merlina parecía cada vez latir más rápido. Miraba constantemente la hora del reloj que estaba dentro del ascensor. Ya habían transcurrido siete de sus preciados minutos con la poción Multijugos. Observó a Malfoy que tenía la cara sudorosa y que también miraba el reloj con ansias.
Cállate, maldita desgraciada; ¡cierra el pico de una vez! —pensó la tercera vez de escuchar a la mujer invisible que nombraba los pisos y su conformación cada ocasión que se habrían las rejas.
―Tercera planta…
El rubio dio un respingo. Con disimulo susurró al oído de Merlina un: "Nos vemos en quince minutos en el Atrio".
Merlina carraspeó para comunicarle que había captado el mensaje. Las puertas se abrieron y Draco, como Elmer Latherby, desapareció con otro grupo de magos, entre esos Gerda, que se despidió con un gesto de la mano.
Merlina quedó acompañada de un mago y una bruja que bajaron con ella en la segunda planta.
Les siguió con paso seguro para no parecer perdida, pero no fue necesario esforzarse demasiado, porque el Departamento de Seguridad Mágica ocupaba la primera oficina, que era la más grande.
―¡Tengo dos emergencias! ―anunció con voz de mando para ver si algo resultaba: surtió efecto, dos brujas jóvenes se le acercaron.
―¿Necesita de personal? ―inquirió una.
―Sí eh… manda a… digo, ve quién esté disponible para que vaya a controlar el jaleo que hay en el… en el pasillo de aparición. Ha aparecido una horda de Inferius en la alcantarilla ―indicó con voz ronca. La muchacha se fue de inmediato a cumplir el pedido.
―¿Qué más necesita?
―Se me ha informado que ha habido un problema en Hogsmeade con una familia y unos… ―Se quedó callada, no quiso decir "Mortífagos"―, quiero decir, con otros funcionarios del Ministerio ―la chica tomó nota en un memorándum salpicándose de tinta―, pero no es de carácter grave, así que se me ha pedido que vaya yo. Si necesito de ayuda…
―Señora Harrow, usted sabe que debe ir mínimo con dos acompañantes; recuerde que está reglamentado ahora en las nuevas normas.
―Ah… ―Merlina tragó saliva siento como si un balde de agua fría le caía en la cabeza―. Lo había olvidado.
Hubo una pausa. La chiquilla le sonrió con amabilidad.
―Bien, consígueme a dos… acompañantes, entonces…que no den muchos problemas, claro; no quiero empeorar el dolor de cabeza que tengo con discusiones efímeras y vanas ―concluyó intentando de devolver la sonrisa.
―Enseguida regreso ―saltó la chica muy contenta de cumplir su trabajo.
Qué idiotez… y ahora ¿cómo me voy a librar de este par? A Malfoy debe de haberle ocurrido lo mismo. Seremos dos contra cuatro, o más.
Miró la hora con ansiedad. A las ocho con cinco habían tomado la poción y ya eran las ocho y media. No podían pasarse de la hora, sino tendrían resultados fatales.
A las ocho con treinta y siete minutos llegaron dos magos de mediana edad, pero de aspecto ágil. Se veían serios y misteriosos. Uno de ellos era Unferth Linfox, un Auror con peinado de libro abierto, quien había sido su guardaespaldas cuando Craig andaba suelto persiguiéndola.
―Nos encontramos otra vez ―dijo Merlina.
―Como todos los días, señora Harrow.
Merlina se dio cuenta de su error y trató de rectificar.
―Albergo la esperanza de que, algún día, no tengamos un día ajetreado, digo yo.
El hombre asintió con una sonrisa
―Bien, vamos, no debemos perder más tiempo.
Merlina encabezó una rápida marcha hasta el ascensor, el que lamentablemente no podía ir más rápido. Dieciocho minutos faltaban para las nueve de la mañana cuando se juntó con Draco en el centro del vestíbulo. Éste estaba con una bruja y un mago de escoltas. Tenían, entonces, veintitrés minutos aún para actuar; a las nueve con cinco pasaría el efecto de la poción.
―¿Utilizaremos la chimenea que está conectada con Las Tres Escobas, Señora Harrow? ¿O viajaremos por aparición?
Merlina pensó rápidamente: la mejor opción era aparecerse, pero era más inseguro…
―Viajaremos por Red Flu ―contestó con voz de mando―. Elmer, tú sigues después de mí.
Se metió a la chimenea, tomó un poco de polvos flu y exclamó un claro "¡A Las Tres Escobas!" justo cuando veía cómo Draco movía imperceptiblemente la varita. Viajó en un tornado de colores que lo conformaban las salidas de otras chimeneas. Segundos más tarde salió despedida de la chimenea que estaba dentro de un cuarto del bar, que probablemente se ubicaba en la parte trasera del antro, porque jamás lo había visto.
Para su mala suerte, había un Mortífago postrado a la salida, vigilando. No había nadie más. Era delgado y bigotudo. Merlina no lo pensó dos veces.
―¡Desmaius! ―susurró apuntando directamente al pecho del hombre. Éste ni alcanzó a abrir la boca, cuando ya estaba tirado en el suelo. Corrió hacia el cuerpo y lo empujó con los pies en dirección a un sillón largo que había. Draco apareció en ese momento.
―¡Ayúdame! ―pidió Merlina, desesperada.
―¡Wingardium Leviosa! ―murmuró Draco y, con cierta brusquedad, hizo levitar el cuerpo para esconderlo tras el sillón―. Me deshice de uno allá también; le hice el encantamiento Confundus.
―Sí, me di cuenta. Espera ―Merlina saltó tras el sillón―. Petrificus Totalus ―el cuerpo quedó rígido, como una tabla. Luego lo desilusionó, haciendo que se mimetizara como un camaleón con la alfombra y el tapiz del sillón.
Justo a tiempo se presentó uno de los guardaespaldas de Merlina. Ella y el rubio actuaron al unísono, derribando al mago y repitieron lo hecho con el Mortífago. Lo escondieron dentro de un armario de escobas. Esperaron unos segundos a que apareciera alguien más. Pero no apareció nadie. Ambos se miraron, extrañados.
―Vamos, nos quedan veinte minutos para conseguir dos cuerpos y cambiar de apariencia otra vez―urgió Merlina, asustada.
―¡Madame Harrow! ―dijo una voz de mujer cuando salieron a las Tres Escobas, que estaba prácticamente vacía. Estaban justo tras la barra.
―Rosmerta, buen día… Estamos algo apresurados.
―Sí, me imagino. ¿Cómo es que ese ―bajó la voz para decir "bruto"― no ha salido con ustedes? A mí me tiene prohibida la entrada a mi propia habitación, imagínese. No sé a qué nivel llegaremos… Si Dumbledore apareciera…
―Sí, bueno, sabe, no había nadie vigilando la chimenea ―terció Malfoy―. Ahora, debemos marcharnos.
Y a paso rápido, considerando que tenían medio minuto perdido, salieron a la neblinosa calle principal de Hogsmeade. El ambiente estaba tibio, pero la humedad era pesada y hacía que a Merlina le corriera agua por la nariz. Había nieve, pero gran parte de ella estaba derritiéndose.
―¡Hey, ustedes! ―gritaron unos hombres más allá. Eran Mortífagos.
Lo más lógico era que huyeran, pero necesitaban a dos de ellos para poder entrar al castillo. Si lo hacían como funcionarios del Ministerio, los vigilarían sin dejarlos en paz. Por ello comenzaron a acercarse con paso seguro. Dependían de ellos para irrumpir en Hogwarts.
Sin embargo, cuando estaban a la mitad de encontrarse con los dos hombres que avanzaban imponentes y desconfiados, alguien gritó atrás un "¡Deténganlos!".
Merlina se giró y vio a Unferth Linfox con el otro acompañante ileso de Draco, que los señalaba con el dedo índice, con una expresión acusadora.
―¡Dios mío! ―gritó Merlina actuando con rapidez, poniéndose pálida; evidentemente los habían descubierto―. ¡Ellos son unos rebeldes! ―dijo a los dos Mortífagos que se habían quedado sin saber qué hacer―. ¡Atrápenlos!
Los dos servidores de Voldemort no discutieron dos veces; era obvio que esa tal Elspeth Harrow tenía más poder que los otros. Apuntaron con sus varitas a Linfox y al otro mago y los dejaron inconscientes. Luego se acercaron a ellos para llevárselos, y fue allí cuando se percataron de que Merlina y Draco habían desaparecido, en el momento que iban a preguntarle a Harrow qué hacían con ellos.
―¡Hay que buscarlos! ―dijo el menos corpulento―. ¡Nos han engañado!
―¡Ya lo sé! ¡Vamos tras ellos antes que los dementores lleguen! ¡Avisemos a los demás para que estén alerta!
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Se había visto envuelto en la más inimaginable aventura. No una aventura de las buenas, llena de animales fantásticos bondadosos y barcos voladores, sino que a una oscura, siniestra y muy peligrosa. Su vida nunca había carecido de peligro, claro; tantos años trabajando como doble agente le había supuesto muchas vivencias llenas de desgracias, incomodidades y tenebrismo, las que no paraban de envolver su mente, atormentándolo constantemente.
Tampoco podía negar que su infancia y juventud había sido la de una historia de drama, terror y tragedia. Peleas, violencia, malos tratos e indiferencia le habían rodeado durante más de dieciséis años, calándole el alma con pequeños agujeros y dejándosela como un colador, enfriando sus emociones y sentimientos. Todo ello Merlina había logrado enmendarlo, en gran parte, con su cariño, paciencia y amor incondicional.
Eso, no obstante, era otra cosa y ni siquiera podía describir con certeza por qué era diferente a lo vivido; no comprendía del todo la situación, y prefería no conocerla en todos los detalles tampoco. Había minutos en que sentía que iba a colapsar por tanta maldad que le rodeaba, algo que jamás le había sucedido. Y eso era sólo una parte: Merlina cada vez estaba más presente en sus pensamientos. Eso le hacía desear abandonar todo para regresar a su lado; la necesitaba consigo, la extrañaba.
—Si algo no te puedo contar, Severus, y es totalmente ilógico que no debas saberlo, dado que estarás participando tanto como yo en lo que nos vamos a enfrentar, es de qué trata todo esto.
—Potter lo sabe, ¿no es así? Él anda haciendo lo que haremos nosotros, ¿no?
—Sí, lo sabe y, probablemente, nosotros logremos cooperar con nuestro grano de arena, si mis conclusiones son correctas.
Hasta esos momentos, por supuesto, no habían encontrado nada que valiera la pena; sólo habían tenido indicios "de". No obstante, a lo que Severus se refería con "inimaginable aventura", era por el hecho de haber presenciado tanta magia negra en lugares que ni siquiera sabía que pudieran existir. Lugares que, con Dumbledore, habían descubierto, incluso por casualidad, a lo largo del trayecto que habían marcado. A veces se sentía ignorante, como si todo lo vivido antes hubiera sido una gran mentira, o apenas la punta del iceberg.
En esos instantes, en la soleada mañana que iluminaba aquel bosque frondoso y florecido sacado casi de un cuento de hadas, caminaban con lentitud, pero sí con mucha libertad. Algo les hacía, a Dumbledore y a él, sentirse seguros.
―No debería preocuparnos el lado bondadoso de la magia, dado que buscamos lo opuesto a ello. Pero tengo un buen presentimiento. Aquí hay algo que nos será útil.
―Luego de este lugar, ¿adónde iremos, señor?
―A Little Hangleton.
―¿No es ese el lugar donde Potter fue llevado en el Torneo de los Tres magos por el Señor de las Tinieblas?
―Sí, y el hogar de Lord Voldemort; sus verdaderas raíces.
Severus no pudo evitar realizar una mueca de insatisfacción al oír ese nombre. Le provocaba náuseas. Ni él sabía bien cómo había soportado tanto tiempo a su servicio; supuso que había sobrevivido en base a puro arrepentimiento.
Caminaron unos minutos más, cuando el anciano tocó un árbol con una huesuda mano.
―Aquí hay algo.
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A mis queridas lectoras: quiero desearles un feliz año nuevo, con muchas ganas de gozar la vida y pocos problemas. Les agradezco a quienes se dan el tiempo de leer, y a quienes me han seguido desde hace años y están releyendo todo esto. Un gran abrazo grande!
