Capítulo 60: Los prisioneros

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Merlina quitó el encantamiento a la puerta y la abrió para que el poltergeist se marchara. Con Draco asomaron sus cabezas al pasillo, aferrando sus varitas con fuerza.

Vieron cómo Peeves llegaba al final del corredor para inflar su pecho de aire y gritar a todo pulmón:

―¡LOS INTRUSOS HAN ENTRADO A LA CABAÑA DE HAGRID! ¡INTRUSOS EN LA CABAÑA DE HAGRID!

Alcanzaron a entrar las cabezas antes de que un Mortífago los viera. El hombre corrió hacia donde había ido Peeves, gritando disparates. El piso llegó a temblar de tanta gente que corría.

Alcanzaron a oír un "¡Puede que sea Potter! Rápido, ¡vamos!"

Cuando estuvieron seguros de que no iban a ser vistos, se pusieron las capuchas y echaron a correr, con varita en mano, por el pasillo. Doblaron la esquina y se agacharon antes de pasar por el balcón que daba al Vestíbulo, al lado de una armadura. Se asomaron y vieron a dos Mortífagos que estaban vigilando la entrada: la puerta estaba abierta y estaban lo suficientemente distraídos para no ser vistos si pasaban rápido.

Si tan sólo hubiesen sabido en un inicio del paradero de Pansy Parkinson, hubieran podido dar de inmediato con el despacho de McGonagall, si tener que estar haciendo tanto jaleo…

Draco hizo un signo afirmativo con el pulgar para indicar a Merlina que podían avanzar.

Corrieron hacia la otra baranda lo más agachados que pudieron y se apegaron a la pared, respirando agitados: nada había pasado; podían continuar.

Entrar al despacho de McGonagall no fue gran cosa. Al parecer no estaba encantado para que no pudieran entrar. La joven Slytherin debía estar como una prisionera. ¿Era por seguridad o un castigo por haber quedado embarazada? ¿O tal vez, una simple medida de protección?

―¡Draco!

Merlina alcanzó a ver, con envidia, cuando la puerta se cerraba tras ella, el abrazo que unió a los dos muchachos. El pelo negro de la chica se mezcló con el de él al vivir un beso violento y breve.

―¡Estás vivo! Estás vivo, Draco, Draco…

Merlina se sintió incómoda. Miró su entorno, sin notar demasiado cambio. Lo único que había de distinto era un coche con un bebé regordete y rosado en el interior. Un niño con pelo rubio y ojos castaños.

Sintió una opresión en el pecho al recordar sus propios hijos. Habían pasado tan sólo unas pocas horas desde que se había separado de ellos, pero le parecían siglos con tanto riesgo que habían corrido desde que habían emprendido el viaje con el Slytherin.

Pansy hizo un gesto seco y frívolo con la cara cuando la vio parada frente a la puerta. Merlina respondió con una mirada neutra. Eran tantas las emociones y sentimientos que estaba concibiendo en ese momento, que no sabía qué cara poner. No sabía si la envidia, el odio o la tristeza invadían más su cuerpo. Detestaba sentirse así, como una mala persona.

Estaba, sin duda, conforme de haber ayudado: había cumplido su promesa. Pero ¿y ahora qué? Draco era feliz, no tenía más problemas que enfrentar, salvo el peligro inminente que corría, tanto como ella misma por haberse inmiscuido en el castillo. Pero fuera de eso, él estaba con su novia y su hijo. ¿Y ella? Claro: insegura, más que nunca, sin tener idea de qué hacer o adónde ir, sin olvidar que tenía algo pendiente, un asunto personal que resolver, y con el constante recordatorio de que estaba sola, sin esposo que la apoyara y sin hijos a quienes cuidar.

Sabía que no era la única que tenía ese tipo de problemas, y sabía que Harry y los muchachos estaban en apuros peores que los de ella. Sin embargo, en esos instantes, se estaba sintiendo como la persona más desgraciada del planeta y temía que ello jamás acabara.

No hacían falta ni cien dementores para que aumentaran su infelicidad. Pero intentó no demostrarla mucho.

―Creo que es mejor irse ya ―comentó Merlina intentando que su voz no sonara a "interrupción cruel". Aunque se sintió un poco mejor al notar una pizca de orgullo cuando Draco tomó al bebé en sus brazos para verlo mejor. De todos modos, aquella tierna escena no podía durar toda la tarde. Unos diez minutos habían transcurrido desde que llegaron allí, y contando que pudieron haber descubierto la tetra de Peeves, debían marcharse en ese mismo instante. Era cuestión de tiempo que los persiguieran.

―Sí, sí. Pansy, te sacaremos por la chimenea, tenemos algo de polvos Flu en nuestras mochilas.

―¿Dónde nos esconderemos? ―preguntó preocupada.

―En un lugar que conocemos bien… en el séptimo piso. Debemos ir al despacho de Flitwick antes. Yo iré primero, por si hay alguien vigilando.

Pansy desapareció en segundo lugar, con el bebé en sus brazos, cubriéndole el rostro para protegerlo de las cenizas. Merlina fue a continuación.

No había nadie en el despacho del profesor de Encantamientos. Estaba como el de la profesora de Transformaciones: con las cosas en su lugar. La única diferencia, era el polvo que se acumulaba en las superficies, acusando el paso del tiempo y el desuso del lugar.

Merlina tuvo que reconocer que se confiaron: le habían salido las cosas tan bien hasta ese momento, que con suerte rastrearon el pasillo con la mirada cuando salieron. Aparentaba estar solitario.

Draco se detuvo frente al tapiz de Barnabás el Chiflado, pero mirando hacia la pared opuesta. Pasó una mano por la pared desnuda, pensativo. Luego, indicó que lo siguieran y comenzó a pasearse, con los ojos cerrados, de un lugar a otro.

Merlina miró a Pansy, esperanzada, mientras caminaban al ritmo de Draco. Ésta le devolvió una mirada cargada de disgusto.

A la tercera vez se detuvieron. Draco miró, decepcionado.

―¿Qué se supone que haremos? ―preguntó Merlina, mirando cómo Draco retomaba sus paseos a pesar del infructuoso resultado. El terror comenzó a recorrer su cuerpo.

―No lo sé… ―dejó la palabra en el aire.

No hubo resultado alguno ni a la segunda ni a la tercera, si es que tenía que ser visible el cambio.

―¡Maldita cosa estúpida! ―gruñó golpeando con los puños la pared.

―No hables tan fuerte… ―sugirió Merlina haciendo señales desesperadas al rubio para que se calmara.

Un grito ahogado escapó de los labios de Pansy. Al parecer, ya era demasiado tarde.

Unos quince metros más allá había aparecido un Mortífago enmascarado, y la cara de culpabilidad acabó por delatarlos. Tal vez pudieron haber pasado desapercibidos. Tal vez.

―¡Ey! ¡Impedimenta!

Esquivaron a tiempo el hechizo. Draco le arrebató a Pansy su hijo y a ella la tomó de la mano para apresurarla en la carrera. Merlina iba delante de ellos, tomando velocidad a cada zancada que daba, sin tener idea del lugar que pensaba utilizar de refugio. Las antorchas, armaduras y cuadros, parecían volar en pedazos a su alrededor.

―¡Los intrusos están en el séptimo piso! ―gritó la voz del Mortífago, corriendo tras ellos y lanzando hechizos a diestra y siniestra, los que ellos esquivaron de milagro.

Doblaron la esquina, perdiendo al Mortífago de vista y volviendo a doblar por otro pasillo para despistarlo. Merlina ya había perdido completamente el sentido de orientación. Simplemente estaba huyendo sin rumbo fijo.

De pronto, se dio cuenta que Draco se había quedado bastante atrás, tratando de abrir una puerta.

—¿Qué demonios haces?

―En esta sala hay una chimenea ―dijo logrando su objetivo, justo a tiempo.

En una esquina reapareció el mago que les seguía y, por el otro, un encantamiento pasó rozando el hombro de Merlina rasgándole la túnica. Observó a ambos lados, con el terror a flor de piel. Hasta los personajes de los retratos huyeron del lugar, como si presintieran algún inminente crimen. Miró a Draco fugazmente, suplicando que la ayudara. Él ya estaba adentro, con la cabeza asomada y a punto de cerrar la puerta.

―Draco ―susurró Merlina, anhelante, no queriendo creer lo que luchaba por aparecer en su mente. ¿Realmente el chico la iba a traicionar? ¿El lazo de confianza había desaparecido en apenas un instante?

―Lo siento ―contestó él, apenas moviendo los labios.

Y cerró la puerta.

Merlina actuó mecánicamente, lanzándose al piso para esquivar los maleficios que lanzaron los Mortífagos mientras se aproximaban. Pero daba igual lo que hiciera, de todos modos, su sentencia de muerte ya estaba firmada.

―¡Ve a buscar a los otros! ―dijo uno al Mortífago que los había visto en el inicio.

Merlina quiso aprovechar el segundo de distracción. Sin embargo, no alcanzó a arrodillarse cuando unas cuerdas se enroscaron en su cuerpo tumbándola de cara al piso, haciendo que su varita rodara lejos de sus manos. Tuvo que agachar la cara para darse en la frente contra el piso y no en la mandíbula o en la nariz.

Quedó viendo duendes cuando reaccionó del golpe. Dolía de los mil demonios. Pero no sabía qué dañaba más, si la crueldad de Malfoy o el mismo golpe.

―Vaya, vaya, qué tenemos aquí… ―dijo el Mortífago aproximándose a ella, que estaba como babosa en sal sobre el gélido piso de piedra.

Merlina sintió que le clavaban la punta de un zapato en la espalda y la empujaban. Quedó boca arriba. Tenía los dientes apretados y los ojos inundados en lágrimas. Eso sí era por el dolor de la frente, y ya comenzaba a inflamársele la zona.

―¿Cuál es tu nombre, mujer? ―inquirió el hombre, imponente y sonriendo con fingida amabilidad. Tenía el pelo castaño tan largo como el de Severus.

Merlina no quiso contestar, y frunció la boca como si quisiera evitar que le escaparan las palabras.

El hombre suspiró con dramatismo.

―Preguntaré por segunda vez. ¿Quién eres, maldita sangre sucia? ―Ubicó su pie encima de la mano de Merlina y comenzó a hacer presión.

―No soy una sangre sucia ―escupió Merlina con odio. Era una monumental mentira, pero estaba tan despechada, tan asustada… No podía pensar tampoco con claridad… De pronto todo estaba muy nebuloso.

―¿Ah, no? ¿Segura? Digo, si no lo fueras, no huirías como lo has hecho… Además, tu cara es demasiado común. He visto miles de caras como las tuyas en el mundo muggle.

Merlina sintió dolor en los dedos de la mano. El Mortífago cada vez apretaba más.

―Yo soy John Gibbon. Tal vez fui mal educado ―corroboró, agachándose y mirando a Merlina con sus maléficos ojos azules y sonriendo con unos dientes amarillos. Desde esa distancia Merlina sintió un olor a tabaco putrefacto. Él blandió la varita de forma amenazadora―. Así que, última vez que realizo la pregunta; ¿cuál es tu nombre?

Merlina no supo por qué mintió, pero daba igual lo que dijera, la iban a torturar de todos modos.

Perdóname.

―Agatha Dunstan ―gruñó.

―Luego comprobaremos si estás o no en la lista de los condenados a muerte.

Sacó el pie que tenía sobre la mano de Merlina y la hizo ponerse de pie con brutalidad. Movió su varita y las cuerdas desaparecieron de sus pies, quedando sólo sus manos inmóviles delante de su estómago.

―Camina ―dijo agarrándola del cuero cabelludo. Merlina se obligó a no chillar y a aguantarse el dolor durante el largo camino que emprendió hacia la parte más aislada del séptimo piso.

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Cuando terminó el largo camino por el caluroso túnel, se hallaron con el paisaje más insólito que pudieron pisar. Quedaron ciegos por tanta claridad que iluminaba la cueva. La luz caía directamente sobre algo que parecía cristal o una pista de hielo. El lugar acababa en una pared de barro circular.

―¿Qué es este lugar? ―preguntó Severus, evitando demostrar su asombro. No quería sentirse ignorante y tampoco como si jamás en su vida hubiera visto cosas buenas o lugares fuera de lo común.

―Ahora lo sabremos ―respondió Dumbledore arrodillándose ante la capa de vidrio del suelo. Colocó una mano encima y…

…atravesó lo que parecía líquido.

―Es sólo agua ―respondió. Luego miró sobre sus gafas lo que parecía ser su reflejo. Transcurrió cerca de un minuto―. Vaya. Esto es muy diferente a lo que esperaba. Este espejo líquido muestra lo que está ocurriendo en el momento, lo que sea que quieras saber. Es impresionante. Mucho más útil que el espejo de Oesed.

Severus se aproximó y se agachó también, sintiendo su corazón acelerarse.

―No veo nada ―comentó sorprendido.

―Tal vez es porque estoy yo adelante. Me echaré para atrás.

Severus se arrodilló con la vista hacia la pantalla de agua. Su entrecejo estaba fruncido por la incertidumbre. ¿O era preocupación?

Al principio creyó que no había resultado, pero luego de unos segundos comenzó a formarse una nebulosa figura en el fondo del agua. Parecía un dibujo abstracto en sepia, que poco a poco fue delineándose, dando un resultado bastante similar a las fotografías de El Profeta.

―No puede ser ―siseó cuando vio a Merlina siendo tironeada por un pasillo… Un pasillo de Hogwarts. Un momento, ¡estaban pasando frente uno de los cuadros del séptimo piso!―. Merlina ―dijo inconscientemente, acongojado, sintiendo su cuerpo estremecerse del miedo.

―¿Qué sucede, Severus?

Snape vio como trataba de zafarse de su captor, intentando escupirle la cara y moviéndose como un gusano. El hombre apegó su cabeza contra la muralla, haciendo que la cara de Merlina se contrajera de dolor.

―Esto no puede ser. Es… Es Merlina. Está en Hogwarts y… ―analizó la imagen, y vio que no había nadie más. Y ella estaba delgada, igual que siempre. Era obvio que ya había nacido su hijo. ¿Dónde estaba? ¿Por qué no estaba con ella? ¿Estaría…?

Repentinamente, al cambiar de pensamiento, se configuró otra imagen en el espejo. Vio a dos mujeres que conversaban con aspecto preocupado en una habitación iluminada y pequeña. Estaban sentadas alrededor de una mesa redonda y una de ellas sostenía un bulto blanco y lo mecía de un lado al otro.

Era su hijo, o su hija, que lloraba. ¿Quiénes eran esas mujeres?

―¿Dónde estará? ¿Dónde están, maldita sea?

Respondiendo a su pregunta, y fue algo completamente inesperado, se trazaron unas letras doradas formando las palabras:

Lugar: sala 24 (Abubakar Sawalha), segunda planta, San Mungo.

Severus entendió la magia del líquido de inmediato.

¿Cómo entro sin ser visto? ―inquirió en un susurro.

Entrada: colocarse frente a la puerta de la sala 24 y tocar ésta tres veces con la varita. Luego, con ambas manos, empujar hasta que la puerta se ponga de color azul.

Se reincorporó. No necesitaba saber más. De pronto, una energía había invadido su pecho. Era ira mezclada con un sentimiento inusitado.

―Me debo marchar, Dumbledore. Merlina está en peligro y mi hijo puede que también.

Dumbledore suspiró cansinamente.

―Supuse que pasaría esto.

―¿A qué se refiere? ―inquirió Severus poniéndose a la defensiva y apretando los puños.

―Sabía que desertarías. Me imaginé que podría llegar a haber un motivo. Tarde o temprano tendrías que arreglar tus errores.

Severus miró el suelo. Errores. Una vida llena de errores y de horrores.

―No ha sido cobardía. ¡No soy un cobarde! ―recalcó entre dientes.

―Ya lo sé Severus, me lo dijiste alguna vez. Pero eres orgulloso. Eres prepotente y muy cerrado de mente. Si no logras mejorar eso, si no logras (y no digo que seas una mala persona) ―añadió viendo la expresión iracunda del hombre― manejarte como deberías, vas a terminar por perder todo lo que te ha costado ganar, y créeme que es mucho más de lo que tú imaginas. Tienes personas para amar y quienes te aman. No dejes que las actitudes y sentimientos que aún emanan tus heridas abiertas dejen que te hundan en la tierra ―reprochó Dumbledore. A continuación se aproximó hasta Severus, quien se obligó a no retroceder, y le colocó una apergaminada mano en su hombro―. Eres fuerte, Severus, y tú aún no quieres aprovechar ese poder. Temes ser feliz.

―Yo no quiero abandonarlo porque se me da la gana ―continuó Severus intentando ignorar lo que había oído―. A pesar de que usted no me ha contado prácticamente nada de lo que hemos estado averiguando, le he querido ayudar y lo hubiera seguido haciendo si no fuera por lo que acabo de ver.

―No te tienes que excusar conmigo, Severus. Yo puedo continuar solo; con la fuente podré saber más cosas transcendentales y será fácil, creo, si logro contactarme con la Orden del Fénix. Sin embargo, tú perteneces a ella aún, sigues siendo un miembro, y necesito que hagas algo cuando te asegures de la salvedad de tu familia. —Severus escuchó con atención. ―Necesito que saques la espada de Gryffindor que está en mi despacho (estoy seguro de que nadie ha podido vencer los privilegiados encantamientos que tiene la oficina del director) la pongas dentro del Sombrero Seleccionador y lo lleves contigo hasta que recibas mi mensaje.

Severus asintió con solemnidad.

―Lo haré ―prometió.

―Entonces, buena suerte, Severus.

―Buena suerte a usted, señor director.

Con esa última palabra y un sencillo apretón de manos, Severus caminó por el mismo túnel que habían recorrido y salió a la superficie, preparándose para el nuevo viaje que iba a realizar y que tanto había tardado en emprender.

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Aún estaba atontada cuando el Mortífago la empujó con violencia hacia el aula. Estuvo a punto de caer, pero varios brazos la recibieron antes de que pudiera perder el equilibrio.

La cabeza le bombeaba a mil por el golpe que el maldito bastardo le había obligado a darse contra la compacta pared de piedra del castillo. Sin embargo, tomando en cuenta la situación, tal vez se lo mereciera. Es decir, había intentado escupirlo, pisarlo y huir. Lamentablemente, bajo el nuevo régimen en el que el mundo mágico estaba sometido, indicaba que se merecía ello. No quedaba otra cosa que aceptarlo.

―¿Estás bien? ―inquirió alguien a su lado. Las manos que la habían atajado la habían hecho sentarse en una dura silla de hierro.

Abrió los ojos y se sacó la mano que tenía en la cabeza.

―Creo que sí ―contestó mirando a un grupo de jóvenes y adultos que no sobrepasaban los diez en total—. ¿Qué hacen ustedes aquí? ―preguntó súbitamente asombrada. El lugar se hallaba pobremente iluminado, no precisaba de comodidades, no había chimenea ni nada que pudiera quitar la humedad del lugar, salvo las antorchas que iluminaban el penumbroso calabozo que se hallaba en pleno séptimo piso, sin ventanas ni ventilaciones visibles. Y, a contar por las cadenas que colgaban, nadie podía estar allí por ser simples invitados. Era una habitación de torturas.

―Hemos sido apresados por los Mortífagos ―contestó un joven mago con desdén―. Nos han pillado inmiscuyéndonos en Hogsmeade.

―Sí, hemos sabido que en el castillo se ha congregado gente para luchar ―contestó otra muchacha con rasgos asiáticos―. Yo soy Cho, ¿y tú?

―Soy Merlina ―contestó vagamente confundida―. ¿Qué quieres decir con que se está congregando gente para luchar en el castillo? Es decir, ¿no somos los únicos aquí?

―Claro que no ―contestó un chico rubio y muy joven para estar allí metido entre los demás. Se le hacía conocido, estaba segura haberlo visto en el castillo cuando estaba de celadora. Le parecía tanto tiempo…―. De hecho, yo vine aquí buscando a mi hermano Colin. Se suponía que debía permanecer en casa, pero no pude, así que vine y me atraparon. Tú eres la celadora, ¿no? ―añadió.

―Sí. Bueno, lo era.

Merlina, mientras oía las historias de cada uno, fue observándolos con atención. Todos se veían maltrechos, delgados y con heridas visibles en la cara y manos. Estaban sucios y malolientes. Pero hubo algo que llamó la atención de Merlina más que todo eso: su expresión era de optimismo. ¿Qué podía llenarles de esperanza y fuerzas si estaban encerrados allí, con más probabilidades de morir que de llevar una vida plena? No logró comprender, no logró conectar las ideas.

Ella estaba triste, frustrada. ¿Cómo había creído que Draco Malfoy la iba ayudar hasta el final si era el mismo de siempre? ¿Cómo había podido creer que él era diferente a lo que había conocido alguna vez? Y ¿cómo…? ¿Cómo había imaginado que él iba a arriesgarse para rescatarla de la captura por el Mortífago, si iba aponer en peligro la vida de su novia e hijo?

Quizá había sido demasiado egoísta creyendo que tenía que servirle a ella como un elfo doméstico, como si hubiesen hecho un pacto. Pero apenas habían realizado una promesa, y estas se podían romper, especialmente si tienes que proteger algo aún más valioso.

Le costaba, sin embargo, reconocer que Draco Malfoy había hecho mucho más que ella que por él. Pero le dolía, le dolía quedarse sola, lo que le llevaba a otra cosa…

Severus.

¿Podía sentirse odio por alguien que se ama? Al parecer, sí. Ella lo sentía. Pensar en los buenos momentos le hacía flotar por pocos segundos, hasta que un mal recuerdo se atravesaba por su mente, extendiendo el odio como un cáncer por su cuerpo. ¿Por qué le había hecho tanto daño? ¿Por qué la había tratado de ese modo, como si ella no importara nada? ¿Es que, acaso, era así?

Si no la hubiese abandonado, las cosas podrían haber sido diferentes. No obstante, ¿qué le aseguraba la victoria si hubiesen permanecido juntos? ¿Y si tenían que separarse en el camino para lograr sobrevivir, cada uno por su lado, porque era el único modo de llegar vivos hasta el final? Y si ella se hubiese quedado al lado de sus hijos, ¿Ellos habrían corrido más riesgo a su lado? ¿Y sus amigas?

―Puedes ir al baño si quieres refrescarte ―dijo una mujer de su edad amablemente cuando la vio pasarse le puño por una sudorosa frente―. Está tras esa puerta. Lo hemos tratado de mantener limpio con la única varita que tenemos. También, podemos hacer aparecer comida de las cocinas gracias a ella, así que si tienes hambre…

Merlina asintió y se dirigió al baño arrastrando los pies. No supo para qué lo hizo, si sabía que iba a estallar en llanto.

Cuando abrió la llave del agua, juró haber oído la voz de Severus que pronunciaba su nombre. ¿Tenía que recordársela su consciencia? Era sufrimiento, martirio.

¿Por qué no perdía la memoria en ese instante? Los recuerdos, golpeaban en su mente como martillos afilados en su cerebro, dañándole.

No, Merlina. Debes aguantar. Eres fuerte, tienes a tus hijos, que esperan por ti.

Al recordar eso, se metió la mano dentro del pantalón, tocando un bolsillo interno de éste y sacando una foto que siempre guardaba con ella. Era tan innata la protección que brindaba a esa imagen, que se olvidaba ya que la llevaba con ella constantemente. Donde fuese que fuera, la guardaba con ella, en cualquier bolsillo seguro, o en el sostén, incluso en los calzones cuando éstos tenían bolsillo.

Observó la imagen, sentada sobre la tapa del retrete, enjugándose las lágrimas. Ahí estaba su familia, rodeándola, amándola. Ellos no la hubieran abandonado jamás de no ser por lo ocurrido. Y ella no iba a hacer algo así, no iba a echar su vida por la borda, ignorando a sus hijos y al propio Severus, por quien rogaba con toda su alma que estuviera a salvo.

Si ya no estuviera entre los vivos, ella lo hubiera sentido, ¿no?

Se lavó la cara, se refrescó y salió con una sonrisa, tratando de infundir seguridad propia. No quería que la vieran como un ser débil, que era lo que solía aparentar.

―¿Han planeado salir de aquí? ―preguntó, tomando lugar en el suelo junto a los demás, sobre unas mantas raídas que habían colocado.

―Lo hemos pensado varias veces ―contestó un hombre moreno―. Pero, con una varita es imposible. Además, no hemos estado más de una semana acá. Y los encantamientos que ponen a la puerta sólo los puede deshacer la misma varita que los ejecuta.

―Yo llegué ayer, por ejemplo ―terció una mujer.

―No sabemos dónde podemos escondernos, y tampoco tenemos idea de dónde están los demás ―continuó el hombre.

―Y ya nos han torturado. No queremos arriesgarnos a dar un paso en falso ―comentó otro con pesadumbre.

Claro, no es cosa simple —pensó Merlina, rindiéndose y aceptando que iba a pasar largo tiempo allí. Iba a tener que pensar en una idea muy buena si quería salir de aquel lugar, y eso iba a tardar días en formarse en su mente.