Capítulo 62: Rumbo al castillo
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Después de todo, Severus, fue bien recibido por las amigas de Merlina; mejor de lo que él hubiera esperado merecer. Le dejaron dormir en una camilla, con la cuna al lado, haciéndole constante compañía a sus hijos.
Fue tan inesperado e increíble estar así, en esa situación, que no podía conciliar el sueño. Estaba alerta por si se despertaban. ¿Lo hacía porque era su deber o porque necesitaba sentirse parte de ellos? ¿Quería enmendar el no haber estado en el nacimiento, en el proceso?
Haber tenido contacto directo con cada uno, sin haber sido rechazado, fue más de lo que pudo pedir. Agatha había estirado sus brazos de inmediato y le había intentado pellizcar las mejillas con sus pequeños dedos. Sus ojos eran como los suyos, negros, aunque la forma era la de los de Merlina, grandes y, por supuesto, muy cálidos.
Drake se resistió un poco más, pero, sin embargo, se desenvolvió de inmediato con él, con la condición de estar de pie sobre sus piernas. Trató, con su boca desdentada, de morderle la nariz. Sus ojos eran los de Merlina, castaños, muy vivos. Pero tal vez pudiera parecerse más a él cuando fuera creciendo. Sólo esperaba llegar a saberlo en el futuro.
Ambos, balbuceantes de palabras incomprensibles e inquietos, tratando de agarrar todo, eran, lo que para cualquiera se decía "adorables".
No pudo expresar lo que sentía. No estando allí con dos mujeres prácticamente desconocidas. No pudo reconocer, sin vergüenza o temeridad, lo bien que se había sentido, lo importante y especial que esos niños lo habían convertido de un segundo a otro, con tan sólo mirarle y darle un toque con sus manitos cálidas y pegajosas. Se sintió culpable por haber dicho esas palabras… Sólo quería velar por el cuidado de ellos, de alguna manera.
No quise hacerlo, no quise negarlos. Ustedes son mis hijos, siempre serán mis hijos. No permitiré que nada les suceda. Nunca, nunca. Prometo estar con ustedes hasta el final de mis días. Perdónenme.
En la espesura de la oscuridad, Severus se juró a sí mismo proteger a sus hijos a toda costa. Amaba a Merlina, la amaba, la extrañaba, y de sólo pensar en ella, la comenzaba a desear de mil maneras. Era su esposa, la madre de sus hijos y por quién arriesgaría todo. Pero, de pronto, sus prioridades habían cambiado, y no porque no la quisiera. Era imposible no cambiar de parecer cuando tenía a alguien al lado mucho más indefenso. Y estaba completamente seguro de que ella los había dejado allí por seguridad, para arriesgar su vida y no la de ellos.
Sin embargo, aún con la cuna a su lado y la prueba innegable de que eran sangre de su sangre, no podía sentirse como un padre. ¿Recibiría una señal cuando se dictara que tenía que comenzar a serlo?
Sus pensamientos se vieron interrumpidos por el llanto de la pequeña Agatha. Por consecuencia, Drake despertó y comenzó también, removiéndose inquieto de su cuna.
Susan encendió la luz, apenas levantando la cabeza de la cama, y le dijo, con voz soñolienta:
―Ahí está el bolso con las cosas por si los tienes que cambiar. Y en la cocina está la olla de la leche…
Apagó la luz y volvió a sumergirse en un sueño profundo.
Severus, nervioso, tomó a cada uno en un brazo y comenzó a balancearlos para que se callaran. Comenzó a sentirse acalorado. Sintió que podía hacerles daño si les tomaba con mucha brusquedad. Parecían ser tan frágiles…
Tras dos minutos de llanto los logró callar, haciendo que se durmieran con sus cabezas en cada hombro.
Con cuidado los dejó encima de la cama e, iluminando con la varita con algo de escrúpulos, revisó sus pañales. Estaban mojados hasta rebalsarse.
En el bolso de la mesa, rojo y grande, con dibujos infantiles, encontró más mudas de ropas, paños suaves y pañales. Sin perder la calma ―era primera vez que hacía eso, jamás había tenido ningún niño a su cargo, no había tenido hermanos, y lo más cercano fue Wealthow, prima pequeña de Merlina, hermana de Philius Grace, quien había estado a cargo de la propia Merlina―, estiró una manta en la cama, levantando con suavidad a los niños para ponerlos encima, y comenzó con la tarea.
Cinco minutos más tarde se dio cuenta de que había sido un trabajo simple y limpio. No se habían convertido en banshees por tanto llorar y tampoco había salido ningún tipo de espécimen de sus traseros al mudarlos.
Por alguna razón, se le había hecho completamente familiar. Cuando esa emoción desconocida cruzó su cuerpo se asustó. ¿O era un sentimiento? ¿Era amor? ¿Podía serlo si apena llevaba horas con ellos?
Jamás siquiera había tenido algún sueño semejante. No se le hubiera ocurrido pensar que, en algún momento de su vida, iba a tener a dos criaturas pequeñas en sus brazos. Con suerte en su imaginación se había visto, mucho antes de que los problemas en el mundo mágico comenzaran a tomar forma, con Merlina Morgan, en la vida futura. Pero nunca con hijos. Siempre solos, y ni siquiera casados. Pedirle matrimonio había sido algo de último momento, nunca lo planeó.
Casi como por instinto, cuando los acomodó en su cuna, posó sus labios unos segundos en sus frentes blancas y tersas. Tenían un olor tan agradable, una mezcla de leche, de perfume suave, a limpio…
Acostado en la cama de hospital, segundos más tarde, se sintió culpable otra vez y tuvo ganas de gritar.
No me voy a permitir encariñarme. No me permitiré nada más que la mera responsabilidad que tengo con estos niños. No haré nada más que pueda lastimar a alguien… o a mí mismo. Qué he hecho.
Volvió a cuestionarse un sinfín de cosas, culpándose una y otra vez del error cometido por él y Merlina y, luego, pensando en que era una bendición para él estar viviendo eso. Al final, no tenía idea qué concluir. Estaba confundido. Al menos, podía ya estar seguro de que no imitaría la acción de su padre. Tobías lo había abandonado y él, Severus Snape, no debía recrear esa situación. Tampoco haría la vida de Merlina un infierno, como su padre lo había hecho con Eileen, su madre. Debía evitar errores… Romper con el círculo.
Pero encariñarse, encariñarse era lo peligroso. También el peligro lo ponía él. Seguro que estaba siendo buscado por los Mortífagos.
Observó a las dos mujeres durmiendo tranquilas. Ahí no había posibilidad de que pudieran salir heridas y estaba seguro de que serían responsables en cuidarlos y atenderlos. Tal vez, si él seguía otro camino para no ponerlas en peligro y tratar de encontrar a Merlina… Pero sería como volver a huir de la realidad…
De pronto se oyó una respiración agitada y una voz que exclamó "¡Ey!". Severus desenvainó su varita e iluminó la habitación con ella, sentado en la cama, iluminando todos los rincones.
Casi inmediatamente reparó que lo único que estaba fuera de lugar era el cuadro un poco más allá, en la misma pared en la que la cama estaba apoyada. Un nuevo miembro se había unido al grupo de gente que era sanado por Abubakar. Era una bruja, precisamente Dilys Derwent, quien había sido directora de Hogwarts y sanadora de San Mungo. Tenía sus rizos despeinados y estaba colorada.
―¿Hay alguien ahí? ―preguntó mirando para todos lados, tratando de distinguir a la persona que estaba tras la luz.
―¿Qué sucede? ―dijo la voz de Clapp o Stanwood, Severus no prestó mucha atención.
―Dilys, ¿qué hace aquí? ―indagó Severus acercándose al cuadro.
―¿Quién está allí? ―dijo otra vez la bruja.
Severus hizo un movimiento con la varita, prendiendo todas las velas de la sala.
―¡Profesor Snape! ¡Usted…!
―No soy un Mortífago, Dylis ―se adelantó él con gravedad―. He estado trabajando para Dumbledore.
―¡Dumbledore! ―exclamó maravillada, con los ojos anegados en lágrimas.
Tras Severus se posicionaron Clapp y Stanwood para oír la conversación.
―¿Por qué está aquí? ¿Qué sucede? ―insistió Severus.
―He estado varias horas corriendo, buscando de habitación en habitación algún mago o bruja que esté interesado en regresar a Hogwarts para la guerra. He encontrado a algunos, les he dado el mensaje.
―Pero Hogwarts es inseguro, ¿no? ―fue Susan Clapp la que habló.
―No, hay una sala, la sala Multipropósito. Alguien la ha logrado transformar en una fortaleza, nadie más puede entrar. La entrada está por el Cabeza de Puerco, tienen que decirle a Aberforth. Deben aparecer directamente en el lugar: resulta que Hogsmeade está bajo total control y es peligroso materializarse allí.
―¿Algún Mortífago sabe que se está infiltrando gente en Hogwarts?
―No, no tienen idea. Es muy seguro el lugar en el que están, profesor Snape. Estuve allí, mirando por el otro cuadro, y hay mucha gente. Ahora, debo irme, que me queda un montón de habitaciones ocultas como esta. Debo continuar.
Dicho eso, la bruja desapareció del retrato.
Severus reflexionó unos segundos y, sin querer, sus ojos se desviaron hacia la cuna. Drake y Agatha dormían plácidamente. Tal vez sería buena idea llevarlos…
―Oh, no, ni lo sueñes ―gruñó Susan golpeando su mano con el puño cerrado, sabiendo lo que estaba pensando―. Ellos permanecerán aquí.
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Llegó la mañana y Merlina yacía en el suelo de piedra, entumida de frío, con los músculos agarrotados y aullantes de dolor. Tenía un moretón en la cara que le tomaba la ceja y parte del ojo izquierdo. Sus manos estaban raspadas y manchadas de sangre seca. Sabía que sus piernas estaban cubiertas de cardenales frescos. La situación se le hizo familiar, de cuando había estado en Azkaban.
Le hubiera gustado despotricar y decir todos los disparates que se le cruzaran por la mente, pero el dolor era tal que, lo único que salía de su boca, era un ruido lastimero y ahogado.
Lentamente se fue poniendo de pie. Lo peor que podía hacer era quedarse tirada en el suelo. Tenía que salir del letargo y hacer funcionar sus músculos antes que se le tulleran y dejaran de obedecer sus órdenes.
Jamás pensó que llegara tal punto de perder tanto las esperanzas. Veía todo negro. Sin una varita, no tenía idea de cómo iba a salir de allí. A menos que muriera, se hiciera fantasma y atravesara la pared. No era una mala solución. Deliraba.
Bueno, bueno. Viví con muggles. Mi padre y mi hermano tenían una fuerza impresionante e ideas ingeniosas. Mi madre tenía una puntería perfecta, sobre todo cuando le lanzaba la zapatilla de dormir a Drake las veces que éste se comportaba mal. Puedo intentar defenderme con la fuerza bruta, ¿no?
Se imaginó que entraría algún Mortífago a la celda, por eso se ubicó al lado de la puerta. Y estuvo por dos largas horas así, en la misma posición.
La puerta de hierro se abrió pesadamente, sacándola del letargo en que estaba sumergida, casi durmiendo. Teniendo la esperanza de que existía un cincuenta por ciento de probabilidades de que su plan funcionara, simplemente se lanzó como fiera hacia el hombre que había entrado, con los dedos crispados, decidida a rasguñar y también a morder, y sacar pedazo de ser necesario.
Era el mismo Mortífago que la había encerrado la primera vez, John Gibbon. A pesar de que era corpulento, le había tomado por sorpresa el peso del cuerpo de Merlina. Cayeron hacia atrás. Merlina, de inmediato, comenzó una lucha felina, rasgando piel y pellizcando.
―¡Perra maldita! ―rugió cuando Merlina le mordió el cuello, sin escrúpulos ni preámbulos. Sólo estaba actuando bajo puro instinto de supervivencia.
Su mandíbula, débil, no logró hacer una gran herida. Pero el sabor de la sangre ajena le hizo titubear en el momento de huir, liberando una gran arcada. Gibbon la empujó al suelo, gruñendo del dolor, tapándose la herida con una mano. En la otra tenía la varita.
―Lo pagarás caro ―farfulló con los ojos inyectados en sangre.
Merlina, logrando reaccionar a tiempo, se puso de pie e intentó correr. El problema rayaba en que ella no tenía varita, por eso no se sorprendió de un latigazo que le llegó en la espalda, rasgándole la túnica y la piel.
Cinco minutos más tarde se encontró nuevamente en el suelo del aula, con una herida enorme en la espalda, y transpirando a causa de la tortura provocada por nuevas dosis de la maldición Cruciatus. Quizá se acostumbraría al dolor, o tal vez enloqueciera. Al menos, lo había intentado. Lo bueno es que sólo estaba arriesgando su vida, lo único que tenía a mano.
Le costaba respirar, tenía el pecho oprimido. No sabía si por el dolor o por el llanto que no lograba escapar de ella. ¿Acabaría alguna vez ese sufrimiento? ¿Moriría así, finalmente?
De súbito se oyeron ruidos en el pasillo, como si gritaran y botaran armaduras. Sin embargo, no tuvo fuerzas para acercarse a la hendija de la puerta y echar un vistazo.
Pensó que la puerta volvería a abrirse, pero nada sucedió. Al parecer, había ocurrido un altercado en el pasillo. Agradeció, de todos modos, que su puerta no volviera a abrirse. Estaba muerta de hambre, pero agradecía estar en paz. Al menos, hasta la noche.
Los ojos se le anegaron en lágrimas cuando la puerta comenzó a abrirse otra vez.
―No tengo nada, Gibbon, nada de información. No soy útil, así que déjame en paz. Si quieres, déjame morir de hambre, no diré nada más aparte de lo poco y nada que te conté. No tengo nada valioso que decir.
―Tranquila ―dijo una voz diferente a la que ella esperaba―. Somos nosotros.
A pesar de que el corazón de Merlina estalló en alegría, no pudo ponerse en pie. Los muchachos de la otra sala habían logrado escapar y luego la habían salvado a ella. Debió de haber estado soltando en una pata, pero no podía del dolor.
―¿Cómo escaparon?
―Fue sencillo, pero ahora hay que irnos. Toma, aquí está tu varita. Pudimos recuperarlas todas. No fue difícil, las tenían guardadas en un solo lugar. Idiotas…
Angelina Johnson y Oliver Wood la ayudaron a caminar. Prácticamente la llevaban en volandas; eran altos, corpulentos y ágiles. Merlina sabía que habían pertenecido al equipo de Quidditch de Gryffindor.
―¿Dónde vamos?
―A un lugar seguro.
―¿La sala Multipropósito?
―Vaya, cierto que eras la celadora.
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Había tenido bastante suerte de poder quedarse en la presuntuosa mansión de los Malfoy, cumpliendo misiones que le ligaban generalmente al Ministerio, lo cual era una comodidad. Entre una cosa y otra, había tratado de hacer seguimiento a Merlina, de quién no tenía rastro alguno. Había desaparecido del mapa desde que había escapado de sus manos cuando habían invadido Hogwarts, hacía mucho tiempo atrás. ¿Podía estar muerta? Si era así, estaba allí por nada. No lamentaba, después de todo, su tardía aparición: había logrado perfeccionar un digno ejército, el cual estaba bajo su completo control, con la completa autorización y confianza del mismísimo Lord Voldemort.
Estaba paseando por el salón cuando vio la sombra de alguien entrar al comedor, donde estaba esa hermosa mesa larga y pulida.
Tenía la costumbre de oír tras la puerta. Gracias a esa táctica había sabido varias veces del paradero de Snape, pero, una y otra vez, le perdían el rastro. Esta vez no iba a ser la excepción de oír la charla.
―Mi Lord ―dijo una voz pastosa y afectada―. Creemos que un tal Craig Ledger, puede tener información importante.
―¿Craig Ledger? ―inquirió la fría voz de Lord Voldemort―. ¿Quién es?
―No lo sabemos, pero una sangre sucia que está de rehén en Hogwarts lo mencionó; una tal Malina Morgan.
―¡Malditos idiotas! ¿No se han dado cuenta de que sólo les ha hecho perder el tiempo? ¿He dicho yo algo de hacer caso a los sangre impura? ¡Estoy tras Potter! ¡Potter es el problema, nadie más! ¿Acaso no pueden comprender eso? Maldita sea, Dolohov, eres estúpido. Si yo no conozco a ese tal Craig Ledger, es porque no es importante. ¡No entienden nada!
Al segundo siguiente Antonin Dolohov se retorció en el suelo de dolor.
Clive Lamport suspiró y se fue a sentar a la sala para beber el resto del vino que le quedaba en la copa.
Allá voy, Merlina… Creo que no se me podrá hacer más fácil encontrarte.
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Estaban tan avergonzados de haber discutido de ese modo, que no pudieron dirigirse la palabra por un día completo. Era infantil, estúpido, contando la situación en la que se encontraban. Tres adultos inteligentes debían saber llevar una discusión. Tres adultos inteligentes habrían evitado que la discusión se convirtiera en pelea. Habían hecho llorar a dos bebés inocentes sin poder de opinión o defensa.
Severus no tenía idea de por qué seguía allí. Estaba tan enojado que, tal vez, le saliera todo mal si se marchaba del lugar sin un buen plan. Había, incluso, perdido largo tiempo en la ducha sólo para no verle las caras.
Con mucho esfuerzo reconocía, en parte, que se le había pasado la mano y que los insultos habían sido completamente innecesarios. Pero Agatha y Drake eran sus hijos y, dado que Merlina no estaba, el único con el poder de hacer lo que se le diera la gana, en beneficio de sus hijos, era él.
"¡No tienes derecho! ¡Abandonas a Merlina, te pierdes todo su embarazo y ahora reclamas a tus hijos como si no fueran más que objetos, luego de haberlos negado por milésima vez! ¿Quién te crees? ¿Piensas que porque fuiste nuestro profesor tienes más derecho que nosotras?"
Pues sí, tenía más derecho. Era el padre, quien había ayudado a engendrar a esas dos criaturas. ¿Era tan difícil de entender? Además, si tanto querían que asumiera, debía partir por algo ¿no?
Jamás se había sentido tan molesto. Pero la molestia era más contra él mismo. Debió haber hecho las cosas bien desde el inicio. Se hubiese ahorrado tantos problemas y sufrimientos innecesarios… Además de evitar herir a la gente.
Confiaba plenamente en que Hogwarts sería mucho más seguro para sus hijos. O tal vez, no Hogwarts, pero sí el Cabeza de Puerco. En cualquier momento podía entrar en vigencia algún nuevo encantamiento en San Mungo para detectar gente escondida. Estaba seguro de que eso podía pasar.
A la vez, quería ganar tiempo para ir a buscar a Merlina. Temía por ella, y estaban perdiendo tiempo.
No quería dejar a sus hijos así, sin más. Necesitaba ir a Hogwarts. Si le sucedía algo a Merlina… Sería su culpa. Por qué, por qué se había equivocado tantas veces…
No había podido comer por la indignación, pero había cumplido, tanto porque quería como para demostrar lo buen padre que podía ser. Los había mudado y dado de comer. También estuvo con ellos, entreteniéndolos en la cuna, lamentablemente con cara de furia.
Susan y Endora lo habían ignorado monumentalmente, cuchicheando tras él.
Finalmente, en la noche, Endora habló, sin resentimiento.
―Mira, hemos concordado que tienes razón. Dijiste que Merlina está allá, y bueno, probablemente quiera volver a ver a sus hijos ―Severus se giró, arqueando una ceja―. Pero no vamos a dejarte ir solo. Lo creas o no, nos sentimos tan responsables como tú de estos bebés, aunque no sea nuestro deber tener que cuidarlos. Pero fue a Merlina a quién le prometimos que velaríamos por ellos en cada momento. Así que, si tú vas a Hogwarts, vamos contigo, y no hay otra opción.
―No queremos quedarnos aparte de esto ―añadió Susan con el ceño fruncido.
Era la mejor oferta que Severus pudo haber recibido. Dejando de lado el hecho de que no le agradaba ninguna de las dos, y él tampoco a ellas, no dudó de que fueran de plena confianza. Había estado al lado de tantos magos corruptos durante gran parte de su vida, que ya casi sabía cómo funcionaban las mentes de la mayoría de las personas, sin siquiera tener la necesidad de utilizar Legeremancia.
―Perfecto. Si no hay nada más que discutir, es mejor que partamos ahora.
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Merlina fue curada por Madame Pomfrey y, como siempre, los resultados fueron excelentes. En media hora ya se le había quitado todo dolor corporal y aquellos moretones horribles y dolorosos, y había podido darse un baño de agua caliente después de tanto tiempo, con mucha espuma y mucho aroma celestial. También, dormir en una cama cómoda, le brindó descanso y alivio. Pero, lo que más le animó de todo, fue compartir con tanta gente de Hogwarts.
Estaba en la sala Multipropósito y comprendió, estando allí, por qué ni Draco ni Pansy, ni ella, habían podido hacer aparecer la puerta: el lugar estaba bajo una protección máxima. Había ido a parar allí varias veces por distintos motivos, pero no pensó que fuera la sala tan maravillosa. Su capacidad mágica era inimaginable.
Todo el día se la había pasado conversando con los profesores de Hogwarts, entre ellos McGonagall y Flitwick. Le sorprendió ver a Trelawney, quien la miró y salió corriendo en la dirección opuesta.
Había muchos estudiantes, ya egresados, a quienes no había conocido. Otros tantos sí los había visto en el castillo alguna vez y no todos tenían la mayoría de edad como para estar bajo su propia responsabilidad allí, en pleno centro donde se desarrollaría el peligro, probablemente, en un futuro no muy lejano. Podía suceder en días como en horas.
Cerca de las doce de la noche decidió ir a dormir, exhausta. Se la había pasado, durante la última hora, mirando por una ventana que tenía vista a los terrenos. La puerta de entrada había sido derribada. El parecer, los gigantes la habían molido con sus pies. A pesar de ello, los Mortífagos tenían todo bajo control. Nadie se atrevería a entrar a Hogwarts por allí.
Aunque no había dolor ya en su cuerpo, había pasado por demasiado en poco tiempo. No obstante, antes de que pudiera llegar a sacarse las zapatillas para acomodarse, Neville Longbottom, quien había estado junto con otro mago bajo una gastada capa de invisibilidad registrando el castillo, entró corriendo, muy agitado.
―Hemos oído que atraparon más intrusos, así que hay que ir a sacarlos. El problema es que están en las mazmorras. Debemos buscar algún atajo para llegar allá, ya que tienen muy bien vigilado.
―Saben que nos estamos colando al castillo ―añadió el otro mago―, y están atentos por si aparecemos, y nuestra capa invisible a veces pierde su poder. Necesitamos a alguien que conozca bien Hogwarts.
Entre todos se miraron. McGonagall y Flitwick parecían estar exprimiéndose los sesos para encontrar solución al problema.
Bueno… esto parece tarea para mí.
―Yo sé cómo llegar ―dijo Merlina, resignada. ¿Cómo podría no ofrecerse cuando se habían arriesgado a rescatarla?
―¡Perfecto! Vamos.
Merlina se escondió bajo la maltrecha capa de invisibilidad junto con Neville y el otro mago. Salieron a la penetrante oscuridad del pasillo y caminaron a tientas. Merlina, simplemente, seguía su instinto. Los otros dos la seguían a ella.
Contando los pasos, se detuvo ante un cuadro de un hombre serio que solía toser y rascarse la nariz. Sacó su varita, tocó el cuadro dos veces y éste desapareció, mostrando la entrada a un pasillo por donde cabían apenas dos personas caminando. Emprendieron el rumbo a las mazmorras.
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―¡No puede ser! ¡Es el colmo! ¿Tienen la osadía de aparecerse en mi casa? ¿Qué ya no existe el respeto?
―Lo siento mucho, Aberforth.
―¡Tú! ¿Qué haces aquí? ¿Eres…?
―No soy un Mortífago, he estado bajo órdenes de su hermano por muchos años ―se defendió Severus de inmediato, un poco cansado ya de dar la misma explicación.
El dueño del Cabeza de Puerco echó un vistazo de desconfianza a las dos mujeres que le acompañaban. Al ver a los dos bebés, uno en brazo de cada mujer ―Severus cargaba los bolsos―, pareció relajar la expresión de la cara.
―Bueno, no me extraña de Albus, que te tuviera como súbdito. En fin: supongo que vienen porque necesitan pasar a Hogwarts. Síganme.
―Sólo yo ―añadió Severus―. Necesito que oculte a estas mujeres aquí. Ellas tienen a mis hijos. Debe protegerlos.
Aberforth pareció espantado ante la idea de hacerse responsable de dos bebés.
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Habían bajado dos pisos por unas gastadas escaleras de piedra iluminadas por antorchas de fuego anaranjado, cuando Merlina se detuvo, anunciando que había un tobogán por el que debían lanzarse.
―¿No hay otra alternativa? ―preguntó el mago desconocido―. Me da vértigo.
―Creo que es la única posibilidad. Pero sólo es para bajar dos pisos, luego tenemos que seguir caminando.
―¿Y cómo haremos para subir por los toboganes cuando tengamos que volver? ―preguntó Neville, preocupado.
―Tranquilos, se puede subir gateando, hay un hechizo que hace que no te resbales en el ascenso ―contestó Merlina. Era algo que había aprendido de Agatha.
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Hubo conmoción en la Sala Multiuso cuando Severus apareció. En su mayoría, gritos de furia y terror.
―¡Severus! ―chilló McGonagall con una mano en el pecho.
―¡Es un traidor! ―gritaron otros. A alguien se le escapó una maldición que pasó rozando la mejilla del mago, haciéndole un corte.
Severus se pasó una mano por la mejilla, quitándose el hilillo de sangre que comenzaba a emanar. Luego dio un paso hacia adelante, sin inmutarse.
―Profesora McGonagall ―dijo Severus con cordialidad―. Si fuera un traidor, como estos muchachos dicen, no estaría aquí. Estaría afuera, en el castillo, trabajando para el Señor de las Tinieblas. Hace quince años que deserté. Y hubiese respondido a este ataque innoble, probablemente. —Minerva le miró seriamente, no del todo convencida—. Estuve cumpliendo misiones para Dumbledore, con eso puedo aclararle todo. Siempre he estado bajo las órdenes de Dumbledore.
A la simple mención del director, la masa pareció calmarse. McGonagall se acercó hasta él con expresión de preocupación.
―¿Dumbledore? ¿Dónde está Dumbledore?
―No lo sé, Minerva. Me separé de él hace unos días. Pero estábamos seguros cuando lo dejé de ver; él estaba a salvo. Probablemente se logró reunir con Potter ―siseó, sin evitar poner un toque de desprecio en la última palabra.
―Pronto estallará la guerra ―dijo McGonagall con la voz tomada―. Necesitamos que Dumbledore nos dirija. Pero si estás tú…
—Yo no puedo hacer nada, a menos que actuemos juntos, pero eso tendrá que esperar. He venido a buscar a Morgan. Está encerrada en un aula de castigo, acá, en el séptimo piso.
―Oh, no Severus, no lo está más. Lograron rescatarla, pero ahora fue con Longbottom y Elías Bones a buscar a otra gente que ha sido encerrada en las mazmorras…
―¿Qué? ¿Qué? ―el corazón de Severus se aceleró.
―Tomaron un atajo, es todo lo que sé. Pero volverán.
―Oh… Yo no estaría tan seguro. Debo ir…
La sala estalló en gritos súbitamente.
―¡Es él! ¡ES ÉL!
―¡Te lo dije!
―¡Potter!
―¡Harry Potter!
Potter, Granger y Weasley entraron por el pasadizo que conectaba el Cabeza de Puerco y Hogwarts, los tres con un aspecto famélico y enfermizo. Entonces Severus recordó la misión encomendada por Dumbledore. Debía enfocarse.
Cuando el trío fue soltado por la gente que pugnaba por abrazarlos, Harry reparó en que Snape estaba presente.
―¿Qué hace él aquí? ―preguntó con odio.
―Eso no es de tu incumbencia, Potter. Ahora tengo cosas que hacer. Si me disculpan… ―Se giró para salir de allí, pero repentinamente tuvo una idea―. Necesito tu mapa, Potter ―añadió retrocediendo.
―¿Qué?
Severus dio tres zancadas hasta él. Todos prestaron atención, pero no lograron oír. Querían saber de qué mapa hablaban.
―Necesito ver tu mapa. Necesito ver dónde está Morgan. Ha ido a rescatar a unas personas, y si fuera a correr peligro otra vez… necesito saber de ella. —Harry lo miró con desconfianza―. No necesito de un mapa para traicionar a Dumbledore, si eso es lo que piensas, Potter.
―Harry ―dijo Hermione con suavidad―. Muéstrale el mapa…
―Ojalá Ginny no me lo hubiera devuelto… así no tendría que estar enseñándoselo.
