Capítulo 63: Amor y odio

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Merlina no pudo creer que de su varita haya salido ese hechizo. Por un segundo creyó que había sido todo obra del espíritu de Agatha, que aún manejaba la magia de esa varita. Pero se convenció de que había sido ella la que había mandado al mago al otro extremo del pasillo —quien custodiaba a los prisioneros—, dejándolo inconsciente y con sangre brotando de su cabeza.

Abrir la puerta de la mazmorra no fue gran cosa, pero ayudar a caminar a dos adultos y dos jóvenes malheridos fue un poco más difícil. Uno estaba con una pierna fracturada y tuvieron que entablillársela.

Se devolvieron por el mismo lugar, viéndose dificultados por los toboganes que tenían que cruzar a gatas en el traslado de los heridos.

―Será mejor que los hagamos flotar, es más fácil que empujar ―dijo el mago desconocido, quien se llamaba Elías. Su esposa era una de las encerradas.

Él se encargó de acarrear a dos y Merlina con Neville, uno cada uno. Fue mucho más fácil.

―Falta menos, sólo hay que subir las escaleras ―dijo Neville con optimismo a los rescatados.

―¡Demonios! ¡No me acordé! ―Merlina había quedado atrapada en un escalón falso, con la pierna hundida hasta la mitad.

―Te ayudaremos…

―No, no, vayan a dejarlos. Neville, encárgate de mi muchacho ―dijo refiriéndose al chico que cargaba ella―, yo saldré sola de aquí. Es mejor que los dejen a salvo antes de que descubran que los rescatamos y de que el otro Mortífago despierte.

Neville titubeó antes de encargarse del joven que trasladaba Merlina. Ella, mientras, se quedó luchando por salir del escalón, lanzando hechizos a diestra y siniestra con la varita.

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―¡Oh! ¡Profesor! ―dijo Neville sin aliento, cuando acababa de salir del cuadro por el que habían entrado. Se asustó. Severus pudo ver el terror en su cara. Lógico: seguro que pensaría que lo iba a atacar.

―¿Está Morgan allí adentro?

―¿Se refiere a Merlina? Sí, está atascada en…

Severus ya había entrado.

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―¡Uf! Malditos escalones… ―refunfuñó cuando por fin sacó la pierna. Había sido tan simple como utilizar el encantamiento jabón. Procuró no volver a pisarlo y continuó el camino.

Se detuvo, sin embargo, al oír que alguien caminaba por ellas también. Miró hacia arriba, creyendo que era un Mortífago y…

…el corazón pareció detenérsele.

Se tomó el puente de la nariz con los dedos, calmándose. No estaba segura si la visión había sido real o no.

Segundos después, lo confirmó.

―Morgan…

No supo por qué, pero comenzó a bajar las escaleras otra vez, mareada, afirmándose de las paredes de piedra fría.

―Merlina, espera.

Severus le tomó el brazo, pero con brusquedad ella se deshizo de su agarre. Se giró hasta él, con la cara roja de… ¿Ira?

Estaba furiosa. Tan furiosa, tan dolida… Lo abofeteó, dejándolo consternado. Hasta a ella le dolió, sintiendo hormiguitas en la piel de la palma. Pero se dio cuenta de que eso no era suficiente para saciar su furia, así que lo empujó con todas sus fuerzas, haciéndolo caer sentado en el duro escalón de piedra. Él hizo un gesto de dolor. Merlina creyó haber oído un ruido de un hueso torcerse, pero no le importó.

―Merlina… Mor… Morgan ―comenzó a decir Severus con voz quejosa cuando ésta se rebeló contra él, arañando y golpeando cada parte de su cuerpo que tuviera a su alcance.

Estaba fuera de sí. Sintió cómo quedaban restos de piel de Severus bajo sus uñas.

―¡Te odio! ¡Te odio! ―vociferó con una voz endemoniada que no parecía la de ella―. ¡Jamás te he odiado tanto! ¡No sabes lo que sufrí por ti! ¡No sabes lo que pasé, lo que viví! ¡Me dejaste, me abandonaste por un maldito capricho! ¡Me torturaron, por poco me hacen papilla! ¡Eres un maldito egoísta! ¡Me dejaste! ¡TE ODIO! ¡Ojalá que…!

No pudo seguir, no pudo maldecirlo, porque, a pesar de todo, no podía desearle mal… Sólo deseaba desquitarse, causarle tanto dolor como él le había provocado a ella.

Los ojos se le comenzaron a empañar de lágrimas y los brazos estaban agarrotándoseles de tanto golpear. Severus logró ponerse en pie finalmente, y afirmarle las muñecas.

―¡Escúchame! ¡Morgan!

―¡No quiero oírte! ¡Te odio! ¡Ojalá pudiera dejarte como colador con mis puños!

Aun enterrando su puño en el estómago y quitándole el aire, Snape tuvo fuerza suficiente para aplastarla contra la pared.

―Déjame, ¡déjame!

Merlina lloraba, expresando tristeza y furia, pero las energías comenzaban a menguar. Quería continuar golpeándole, hacerle sentir el dolor psicológico que había sufrido ella en dolor físico…

De pronto, Severus la besó. Tal vez fue para silenciarla o simplemente porque extrañaba hacerlo.

A diferencia de su primer beso en el armario, Merlina, esta vez, opuso resistencia al principio, tratando de mantener sus labios fruncidos. No obstante, cuando la lengua de Severus rozó su labio inferior, algo explotó en ella. Él se alejó unos centímetros, y ella fue la quien lo buscó esa vez. Entonces, la lucha que habían mantenido se convirtió en una salvaje mezcla de bocas y lenguas, de brazos y de piernas.

No hubo necesidad de desnudarse por completo. Severus se encargó de rasgar la ropa de Merlina con un rápido, y, prácticamente, inconsciente, movimiento de la varita.

En ese estrecho pasillo, en un peldaño de la escalera, sin tener consciencia de nada más, empezaron a hacer el amor con violencia. Hacía tanto tiempo que no estaban cerca, que daba igual si sus pieles no se tocaban por completo. Aun así, se sentían arder a través de la tela. El calor era brutal, abrasador.

Severus le trituraba la cintura con los brazos y ella intentaba cerrar cada vez más el círculo que formaba con sus piernas alrededor de sus caderas, enterrando las uñas en su espalda con urgencia. Ni ella ni él parecían saber lo que estaban haciendo. No se habían detenido a pensar nada más. El odio de Merlina se había convertido en una pasión y lujuria repentina, y no pudo controlarlo. Había perdido capacidad de raciocinio.

Simplemente lo extrañaba tanto… Pero…

Luego de poco más de tres minutos de aquella acción espontánea y desenfrenada, acabaron con un gemido entrecortado, jadeante. Una bomba estalló casi al mismo tiempo en sus cuerpos sudorosos, contrayéndose en placer unos preciados segundos… Un breve momento de desconexión, de felicidad absoluta y sobrenatural.

Y, de pronto, reaccionaron. Merlina se deshizo de su abrazo y se deslizó por la pared, hasta quedar como una muñeca de trapo en el suelo, llorando desconsolada. Lo peor, era que ya no sabía por qué lloraba.

Severus está a mi lado… Severus…

Snape se arrodilló a su lado y la tomó de los hombros.

―Merlina, perdóname. Perdóname, te lo suplico ―acarició con suavidad su cabeza.

No fue la caricia que hizo que Merlina alzara la cabeza. Fue su voz, quebrada, anhelante y afligida. Su mirada se encontró con la de él y, por primera vez, vio auténticas lágrimas en los ojos negros y profundos de Severus Snape.

―Te marchaste ―insistió Merlina con la quijada temblando, evitando estallar en un llanto desenfrenado.

―Lo sé ―contestó Severus con nuevas lágrimas brotando de sus ojos y resbalando por sus cetrinas mejillas, sin vergüenza, sin intentar ocultarlas―. Merlina, no quise hacerte daño… No sé cómo expresarte lo culpable que me siento. Tenía mucho miedo, y no quería que mis hijos, por nuestro descuido, quedaran solos. Es complicado para mí. He vivido muchos años trabajando como doble agente para no saber lo que sucede. Estaba aterrado. Fui un cobarde, lo fui, lo reconozco; actué indebidamente. Pero no quise herirte. Nunca. Nunca he querido hacerlo; siempre sentí que lo hacía por algo más… noble.

Merlina cerró los ojos con fuerza por un momento, sin darse cuenta del "mis hijos".

―Pero no volviste… ¡No volviste! ¡Debiste haberme buscado!

―No pude, tuve que huir cuando pensé en volver, estuve a punto de ser atrapado por Mortífagos. Si no hubiese sido por eso, hubiera ido aquella misma noche, hubiera regresado, te lo juro; a los pocos minutos había comprendido que estaba en un grave error. Luego me reuní con Dumbledore, y las cosas cambiaron, y prometí ayudarlo. Fui un tonto, me confié en que estarías bien, en que estarías con Agatha. Lamento lo que le sucedió.

—¡Ja! —masculló Merlina, dolida y escéptica.

Hubo una pausa.

―Te amo, Merlina. Créeme que la forma en que actué fue por miedo, no porque quisiera herirte. Tú sabes que mi vida ha sido una cadena consecutiva de faltas y es difícil salir de eso. Pero no te dejaré nunca más. Perdóname. Por favor. Por favor, por favor.

Merlina negó con la cabeza e hizo una mueca de sufrimiento.

―Te quise venir a buscar…

―¡Pero no viniste! ¡Maldita sea, Severus!

―Porque no podía, debía cumplir con Dumbledore, necesitaba sentirme importante por algo… Sentir que cometía una buena acción.

―¿Y si se te ocurre dejarme por otra razón? ―saltó Merlina vehementemente―. ¿Y si yo muero? ¿O tú? Incluso, los dos. ¿Me seguirías culpando de alguna manera por lo que sucedió? ¿Por haber quedado embarazada?

―Merlina Morgan, fue un error haberte culpado. Y, en ese caso, yo soy el mayor culpable. Ya no me importa lo que pase ―replicó Severus con firmeza―. Sólo quiero mantenerlos protegidos a los dos, es lo único que me importa ahora…

Merlina entrecerró los ojos.

—No necesito protección…

—Lo sé, pero me refiero a nuestros hijos, de todos modos, si he de cuidarte a ti…

―¿"Hijos"?

―Sé que son dos, Morgan ―contestó, mientras le acariciaba la mejilla―. Por eso no pude llegar antes a rescatarte. Tenía que ocuparme de ellos. Necesitaba… compensar, de alguna manera, lo que había hecho. Aunque, sé que no basta. Nunca bastará. Tendría que vivir una vida entera, o nacer de nuevo, para hacerlo.

Merlina lo miró recelosa, como no creyendo lo que decía.

―Sé que se llaman Agatha y Drake. Y sé que los dejaste a cargo de tus amigas.

Merlina se rascó los ojos, secándose las lágrimas.

―No entiendo nada. Estoy agotada.

―No importa, lo importante es que los pude encontrar ―hizo una pausa y sonrió levemente—. Se parecen mucho a ti. Y los quiero, Merlina. Lo quiero, los amo. Perdóname si no pude demostrar eso desde el inicio.

Merlina tomó una bocanada de aire antes de abrazarlo.

―Los has conocido… ―susurró aliviada―. No puedo creerlo…

―No te volveré a fallar nunca más. Te lo juro. Te compensaré cada día de tu vida…

Merlina miró sus lágrimas, que eran un gran indicador para revelar lo arrepentido que estaba él.

Lo miró a los ojos por largo rato. Sin embargo, no podía ceder. Lo había hecho muchas veces, y no era que no confiara en Severus. Simplemente, no confiaba en la situación que se encontraban. Nada le aseguraba que él no le iba a abandonar. Podía suceder otra cosa, y él retrocedería otra vez… fuera por una razón noble, tal vez, pero ella no quería sufrir más.

Nuevas lágrimas salieron de sus ojos.

―No puedo, Severus ―farfulló con voz ronca.

El ceño fruncido de Severus se relajó en una expresión de asombro.

―¿No puedes "qué"?

―No puedo perdonarte. Sufrí mucho…

―¿Crees que yo no? ―Interrumpió el hombre colocándose a la defensiva.

―Severus, vamos a volver a lo mismo ―replicó Merlina con la quijada temblando―. En parte… ―hizo una pausa―. En parte, tienes razón. Fue completamente absurdo tener hijos, no sé si un error, pero sí absurdo.

―¿Cuál es tu punto? ―gruñó Severus. Sus ojos brillaban de tristeza a la luz de las antorchas. Pasó una mano rápidamente por sus ojos antes que volvieran a caer más lágrimas.

―No sacamos absolutamente nada con volver, con hacer el trato de que estaremos juntos de por vida, si no va a hacer así.

―No diga eso. Merlina, te lo suplico.

Merlina negó con la cabeza, con la cara deformada por la tristeza.

―No podemos, estamos condenados. Sé que lucharás, Severus ―susurró la mujer, resignada―, sé que no te quedarás con los brazos cruzados. Y lo menos que quiero es que algo te suceda, pero, no puedo soportar pensar que vas a morir luego de que arreglemos todo. Digo, no puedo hacerme las esperanzas de que estará todo bien, cuando sé que no será así.

―Morgan, por favor, precisamente tenemos que estar juntos, tenemos que sentir que aún no tenemos el uno a otro.

Merlina negó una y otra vez con la cabeza.

―No lo entiendes, Severus. Yo tengo la sentencia de muerte firmada. Tengo que luchar contra Craig Ledger. ¿Crees que voy a salir viva de eso?

―Yo voy a estar a tu lado…

―¡No hagas más difícil esto, Snape!

Merlina se sintió desfallecer y Severus la abrazó con fuerza.

―Escúchame. Saldremos vivos, tendremos nuestra familia, criaremos a Agatha y a Drake. No sé qué más puedo decirte para que me perdones, me abraces y me beses como lo hacías antes. Te estoy rogando, suplicando. Si quieres beso el suelo. Pero no… no me hagas esto…

Merlina se separó de él, tenía el alma partida en dos. Se sentía igual que cuando había abandonado Hogwarts después de haber recordado la muerte de sus padres. No obstante, la situación era mil veces peor.

―No, Severus. Te amo…

―Si me amas, tienes que decir que me perdonas ―dijo ansioso, con la mandíbula apretada.

―Sí, te perdono ―reconoció Merlina con absoluta sinceridad―. Pero dejaremos esto hasta aquí. Desde ahora, hagamos como que somos amigos o, simplemente, conocidos…

―¿De qué demonios estás hablando? ―la voz de Severus pareció quebrarse en mil pedazos.

―Sólo quiero pensar que… ―trató de controlarse. Para distraerse se abotonó la ropa a medio sacar y reparó su pantalón y ropa interior rasgadas―. Que, si en algún momento te pierdo, perdí a un amigo lejano, un compañero… ―sollozó― y no al amor de mi vida ni al padre de mis hijos.

En otra ocasión Severus la hubiera tratado de cursi. Pero aquel momento no era para reír. Ella se puso de pie y comenzó a subir. Severus estaba de piedra, mirándola como se alejaba.

―Merlina…

―No, Severus.

―No… sólo quería decirte ―Merlina se volteó. La luz de las antorchas hacía ver a Severus como que estaba en un infierno. Y, en realidad, era así― que nuestros hijos están en el Cabeza de Puerco… Y por favor, no te vayas, por fa…

Merlina asintió con la cabeza. No quiso escucharlo más y lo interrumpió.

―¿Qué harás tú?

―Tengo que cumplir una misión para Dumbledore. Quédate conmigo… Regresa conmigo, luego de que veas a los niños ―rogó una vez más el profesor tragando saliva. Sus ojos no expresaban más que un eterno sufrimiento.

Merlina suspiró, dio media vuelta y se fue, ignorando la última petición, con el corazón en una mano.

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―¿Qué haces tú aquí? Tenía claro que el Señor Tenebroso te tenía haciendo mandados en la mansión de los Malfoy ―preguntó Yaxley mirando con desconfianza al hombre que estaba parado tras la reja, envuelto por una concentrada neblina provocada por los dementores que rodeaban el lugar. Parecía casi salido de un cuento de terror.

―Sí, así era ―contestó Clive Lamport sin pena―. Pero tengo que hacer algo en el castillo.

¿No buscaban a Craig Ledger? Aquí me tienen, en frente de ustedes, y no tienen idea.

―No te puedo dejar entrar ―negó Yaxley con rotundidad.

―Créeme, Yaxley, que conozco pasadizos del castillo por los cuales puedo entrar, y no me va a importar atacar a unos cuantos para impedir que se me opongan. Y eso serás sólo una pérdida de tiempo, para mí y para todos ustedes.

El Mortífago reflexionó. No tenía otra opción. Clive era intimidante. Casi como Voldemort. Irradiaba una extraña energía maligna y costaba mirarlo a la cara.

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―¡Merlina! ―gritó Hermione cuando vio a la bruja entrar por la puerta principal de la sala. La joven corrió hasta ella con una amplia sonrisa―. ¡Estás bien! ―Miró su abdomen―. ¿Todo bien con…?

Merlina asintió, sonriente, a pesar de tener los ojos hinchados de tanto llorar. Las manos, tanto golpear, también las tenía adoloridas. Parecía estarse derrumbando por dentro. Sólo quería gritar y gritar, hasta dejarse sorda a ella misma y a todos quienes la rodeaban.

No quería hacerle daño a Severus… sólo quiero que ninguno de los dos sufra más… Mis hijos…

―Fueron dos, tuve mellizos ―contestó antes de que Hermione formulara su pregunta.

Los ojos de Hermione parecieron salirse casi de sus cuencas.

―¡Vaya! ¿Y… te encontraste con…?

―¿Severus? Sí, me fue a buscar. Nos encontramos y… bueno, todo está bien dentro de lo malo… ―Mintió. No quería explicar nada de lo ocurrido. No valía la pena explicar nada. Parecía que, a esas alturas, de pronto nada valía la pena.

―¿Snape fue a buscarte? ¿Y por qué no está contigo ahora? ―saltó una voz a su lado.

―¡Harry! ―exclamó Merlina, tratando de consolarse e ignorando la pregunta―. ¡Ron! ¿Están bien…?

―¿Dónde está Snape, Merlina? ―preguntó Harry, impertérrito.

Merlina frunció el ceño.

―No sé dónde fue. Nos separamos. Dijo que tenía que cumplir una misión para Dumbledore.

―¡Lo sabía! ―exclamó furioso, dando un golpe al aire.

Merlina retrocedió un paso, asustada por la actitud de Harry.

―Harry… ―farfulló Hermione con voz reprobatoria.

―¿Qué sabías? ―preguntó Merlina recelosa.

―Seguro que fue a buscar a "su amo".

―¿A qué te refieres? ―la voz de Merlina soltó desafiante.

―Se aseguró de tu integridad y ahora se fue a traicionarnos, ¿no? Bueno, quizá sólo quería fingir que te rescataba para tener un pretexto de entrar aquí.

Merlina apretó los dientes.

―Estás muy equivocado, Harry. Severus no es un Mortífago. Hace muchos años que no lo es… ―A pesar de lo ocurrido, no podía no defenderlo.

―¡Lo conoces hace tan poco y crees que es un santurrón!

Las personas que conversaban alegremente en la sala se voltearon para presenciar la discusión.

―¿Disculpa? ¿Qué lo conozco hace poco? ¡Lo conozco bien, para tu información, y más que tú! ¡Y Dumbledore fue quien lo mandó a hacer… lo que fuera que tiene que hacer!

―¡Eso es lo que tú crees! ¡Y ahora permites que se vaya con las manos limpias! ¡Tal vez muramos, por tu culpa!

―¡Cómo te atreves…! ―Merlina sacó la varita de su bolsillo y Harry la imitó casi al mismo tiempo.

Ron y Hermione se abalanzaron sobre Harry y lo trataron de detener antes de que hiciera algo que lamentara luego. La profesora de Transformaciones fue quien le afirmó la mano a Merlina.

―Harry, el que Dumbledore no nos haya dicho que envió a Snape a hacer algo, no significa que no sea cierto ―razonó Ron con seriedad.

Merlina suspiró, decepcionada de la actitud de Harry, y se hizo paso hasta el cuadro que daba camino al pasadizo conectado con el Cabeza de Puerco. Su único consuelo, de momento, eran sus hijos. No quería derrumbarse ante todos ellos. De hecho, no debía derrumbarse.

Fue un tramo bastante largo, lleno de irregularidades, lo que fue un factor negativo para sus pensamientos. Estaba segura de que Severus jamás le mentiría con algo así. Ella apreciaba a Harry, y por eso es que estaba tan enojada con él; le hería que hablara mal de Severus. Ella era la única que tenía el derecho de odiar a su esposo. Al menos, eso pensaba ella, aunque no lo odiara. Ella conocía a Severus, ella sabía quién era realmente.

El pasadizo dio con una habitación de un segundo piso. Había un hombre sentado en una mesa, sin duda, el dueño de la taberna. Éste dio un respingo cuando la vio aparecer.

―Disculpe, soy Merlina Morgan. Sé que dos amigas están aquí, con mis hijos…

―Allá ―contestó con voz desdeñosa, apuntando una puerta abierta.

―Bien, gracias…

Avanzó hasta la puerta, esperando encontrarse con Susan y Endora. Pero la primera persona que vio fue…

―¿Albus?

Los ojos azules, por sobre las gafas de medialuna, se dirigieron a ella, sonrientes.

Sí, efectivamente era el director o, actualmente, el ex director de Hogwarts. Más cansado, arrugado y delgado, pero su expresión no era de abatimiento. En ese instante estaba agachado sobre una cuna. Había estado observando a sus hijos. Tras él, Susan y Endora sonrieron de oreja a oreja.

―Están creciendo bien, Merlina ―comentó Albus alegremente―. No cabe duda de que tú y Severus hicieron un buen trabajo para dar vida a dos criaturas tan simpáticas. Aunque admito que tienen más de ti que de él.

―Suponiendo que eso es un halago… Gracias. ―Con dos pasos grandes, Merlina se aproximó al director y le tomó la mano solemnemente―. Me alegro de que estés aquí, Albus ―comentó con sinceridad. Siempre estaba el director para dar un hálito de esperanza con esa cálida y sabia mirada.

―¿Ha sucedido algo?

―Bueno, sólo que Harry ha perdido un poco los estribos… referente a las lealtades de Severus.

Dumbledore asintió abatido.

―No me sorprende. Bueno, creo que debo ir hacia allá. Pronto estallará la batalla y debemos estar bien preparados.

―¿A cuánto se refiere con "pronto"? ―indagó Endora con susto.

―Probablemente, a horas. Lord Voldemort no tardará en darse cuenta de que Harry Potter está en el castillo y vendrá con todas sus tropas a pelear.

Avanzó hasta la puerta y, con un movimiento amable de la cabeza, se despidió, sin antes decir:

―Sólo espero que todos podamos estar de vuelta cuando esto acabe.

Merlina sonrió a medias. Estaban muy lejos los tiempos en que con Dumbledore tan sólo hablaban de banalidades como su sueldo, las horas de trabajo que debía cumplir o las típicas discusiones con Severus, que eran sumamente absurdas e infantiles.

Abrazó a sus amigas cuando el director se marchó. No podía expresar con palabras lo agradecida que estaba con ellas por haberse hecho cargo de los niños durante su ausencia. Los días se le habían hecho eternos.

Luego de eso, decidió dedicarse a sus hijos por las siguientes horas; ¿y si era la última vez que podía abrazarlos? Debía ser realista.

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Parecía una copia mal hecha de El Grito, allí, como desparramado en la escalera. No se dio cuenta de cuántos minutos había perdido sentado como un muñeco de trapo, perdiendo tiempo, hundiéndose en una oscuridad penetrante, escuchando su voz como si le hubiese gritado todas esas cosas con la máxima crueldad. Se había olvidado, incluso, qué estaba sucediendo a su alrededor.

Sin embargo, sí sabía que eso había dolido. Cómo había dolido. No recordaba haberse sentido tan mal, tan vacío, inútil. Era peor que recibir una dosis de maldición Cruciatus. Habría cambiado eso de buena gana.

No estaba a punto de fallecer, no en ese instante, pero su vida estaba pasando en una fragmentación de cientos y miles de imágenes, desde que tenía capacidad de raciocinio hasta ese momento. Fueron, de todos modos, las vivencias con Merlina Morgan las que abofetearon con una fuerza brutal: besos, risas, intimidad, tristezas, y discusiones. Sí, tristezas y discusiones (básicamente peleas), era lo que más se repetían, una y otra vez, reduciendo a polvo la felicidad, borrando los buenos momentos.

Pero, también, había recreado imágenes de un pasado más remoto: su solitaria y triste infancia, las discusiones de sus padres, el día en que se había reclutado a Mortífago. Recuerdos que no gustaba tener a menudo, porque eran parte de una vida más oscura, una vida que le había atormentado hasta esos mismos instantes.

Las cosas caían por su propio peso: había sido un abusivo, egoísta e insensible con su esposa. No solamente eso, tal vez, para como se había comportado, existieran miles de adjetivos y calificativos. Eso apenas era lo que él lograba reconocer. Probablemente ella, Merlina, supiera de verdad, objetiva y subjetivamente, cómo se había comportado en el tiempo que llevaban juntos. Creyó oír su voz diciéndole "cretino".

No la había apoyado cuando debía, la había rechazado, la había coartado en muchos aspectos, incluso disminuido. Jamás con intención de herirla, claro, pero había obrado de manera incorrecta, por inmadurez, por miedo, egoísmo, incluso por diversión.

Las decisiones más importantes habían sido tomadas sólo de su punto de vista, jamás le había preguntado su opinión, la había dejado de lado como si ella no fuera lo suficientemente inteligente, como si no tuviera derecho a dar su opinión. Jamás había querido utilizarla para que aplacara su soledad, aliviara sus dolores y sanara sus heridas. Su intención no había sido la de succionar su felicidad en beneficio propio.

Él quería hacerla feliz, eso era todo. La necesitaba, y la quería. Eran un complemento, así de simple, y él había terminado por alejarla por una equivocación, un miedo absurdo y por la sencilla razón de no saber cómo actuar. Y allí se daba cuenta de lo mal que había obrado, pareciendo ser demasiado tarde para enmendar errores. Ya no había vuelta atrás.

En ese momento, cuando más quería formar una familia, estar con ella y con sus hijos, las puertas visibles comenzaban a cerrarse.

Lo único que podía hacer era seguir, hacer lo que debía hacer, luchar…

…Y esperar a sobrevivir.

Renovando fuerzas, recordando por qué estaba allí y quién era él, se secó las lágrimas, se reincorporó, arregló su ropa y aspecto, y se fue de aquel lúgubre pasillo, fijando su mente en el despacho de Dumbledore, de donde tendría que adquirir la espada de Gryffindor, tal como le había pedido él que hiciera.