Capítulo 64: Golpe de valentía
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―No pude hacerlo ―dijo Merlina con tristeza a sus amigas, saltándose por completo la lujuriosa escena que habían vivido. No porque pudiera ser grotesca o significara tabú. Simplemente era anormal, completamente fuera de lugar a lo que había sido su respuesta final. Era volver a reafirmar algo, sabiendo cómo iban terminar las cosas. El destino parecía ya estar escrito.
Susan y Endora la observaban con atención, alicaídas, de vez en cuando dirigiendo miradas a los dos niños que tenía Merlina en sus piernas, sin demostrar cansancio de tanto sostenerlos. Para ella eran como dos amuletos que lograban traspasarle energía y la fuerza que necesitaba.
―Merlina… ―farfulló Endora frunciendo las cejas―. ¿No irás a arrepentirte?
La aludida la observó, tratando de hacerse la desentendida.
―¿Qué quieres decir?
―Mira… No digo que me agrade Snape ―continuó su amiga―, me parece patético, demasiado dramático, hasta cruel. Pero fuera de eso, se nota que te ama, ¿no? Y con Susan nos dimos cuenta de que tuvo un flechazo instantáneo con sus hijos, a pesar de que quiso negarlos al principio. ¿No irás a arrepentirte?
―¿Arrepentirme de qué? ―inquirió Merlina luego de mojarse los labios secos.
―No te hagas ―fue Susan la que contestó esta vez―. ¿Si le pasa algo y luego lo lamentas? ¿Y si luego piensas que debiste haberte reconciliado de verdad con él?
Merlina miró hacia otro lado y negó con la cabeza testarudamente.
―Ustedes no entienden.
―No, no entendemos. Creemos que cometiste un error.
Merlina se levantó con cuidado y depositó a sus hijos en la cuna para que durmieran cómodos y no se contagiaran con su mal humor. Luego se giró hacia sus amigas con el entrecejo arrugado.
―No me juzguen. No tienen derecho ―farfulló señalándolas con un dedo amenazador―. Tengo mis razones para haber hecho lo que hice. No fue una venganza ―aclaro tragando saliva con dificultad―. No quiero sufrir más.
―No te estamos juzgando ―rectificó Susan, dolida―. Sólo te queremos hacer ver el error que cometiste.
―¿Saben que estoy a punto de morir?
―No seas ridícula…
―¡Chicas, por favor! ―estalló Merlina. Luego de asegurarse de que sus hijos no estallarían en llanto, realizó el encantamiento Muffliato, por si volvía a alzar la voz―. ¡Deben comprender! ―continuó―. Esto es algo serio. Debo enfrentarme a Craig Ledger, ¿se olvidaron, acaso, de lo que les conté hace un tiempo?
―¿Qué te hace pensar que vas a morir, Merlina? ―inquirió Endora con profunda tristeza.
―¿Por qué debería pensar que voy a vivir o que va a vivir Severus? ―contestó Merlina arqueando las cejas, abatida―. No estoy exagerando ―continuó al no recibir respuesta. Los ojos de sus amigas estaban mojados, pero ella ya no podía llorar más. Se había secado, deshidratado―. Lo perdoné ―reconoció―, no tengo rencor de nada. Simplemente no quería hacer las cosas más dolorosas ―cerró los ojos―. Es mejor que sintamos que nos hemos perdido el uno al otro, antes de que ocurra de verdad. Así nos acostumbramos a la sensación de que estamos sin el otro. No piensen que quise hacernos daño.
Mientras más se explicaba, menos sentido hallaba a sus palabras. Parecía estar contradiciéndose constantemente, en cada letra que pronunciaba. Sonaba hasta incoherente.
Pestañeó varias veces, colocándose una mano en la cara e intentando calmar su respiración. ¿Había hecho lo correcto?
Si esto les hubiese ocurrido a mis padres, hubiera preferido que se amaran con toda potencia, hasta el último momento, hasta el último aliento. No, pero esto es diferente. Esto se trata de mí. Demasiado sufrimiento, demasiado terror…
El rostro de Merlina estaba siendo maltratado por el sufrimiento en ese momento, y eso fue un bombazo para sus amigas. No soportaron verla así. De pronto, la mujer se vio en vuelta en un abrazo apretado, cálido, lleno de energías.
Pudo haber vuelto a llorar, estallado por milésima vez, pero lo único que hizo fue dejar quererse y respirar profundo para calmarse.
Susan y Endora estaban con ella, como en los viejos tiempos, para apoyarla, para acompañarla e iluminarla. No en un sentido divino, por supuesto. Ellas eran quienes la lograban hacer aterrizar, bajar de las nubes, madurar.
―No queremos hacerte daño ―farfulló Susan, un palmo más debajo de su oreja―, sólo deseamos que no te arrepientas de nada. Y, por favor, no seas tan pesimista. Necesitamos fe… más que nunca ahora.
Merlina no iba a contestar, no tenía palabras. Y es que estaba confundida, no sabía si había hecho bien o mal, si se iba a arrepentir o no. Una nube se hallaba sobre su cabeza.
Pero la nube desapareció, y no debido al confortante abrazo en el que se encontraba envuelta: una voz capaz de helar la sangre del ser más frío habló de las lejanías, resonando en todo Hogsmeade; probablemente, en todo Hogwarts también.
El miedo se propagó como un gas tóxico por la habitación rápidamente, tanto así, que los niños despertaron: había roto el encantamiento de insonorización.
Merlina se lanzó como una fiera hacia la cuna y, sin detenerse a pensar en la agilidad maternal que había adquirido, acobijó a sus hijos en sus brazos.
―Sé que Harry Potter está en el castillo. Sé que se están preparando para la guerra. Nosotros también estamos preparados. Por ello, si no quieren que invadamos el castillo y se arme una lucha sangrienta y desigual, entréguenme a Harry Potter. Tienen una hora. Mortífagos, salgan de sus puntos de vigilancia en el castillo y diríjanse a los terrenos. Estaremos, mientras tanto, en bosque Prohibido, aguardando.
Merlina miró a sus amigas con la boca abierta. Las tres estaban pálidas como la cera, esperando oír más.
Sólo hubo silencio. El mundo se había quedado mudo. Drake y Agatha habían cerrado la boca con el abrazo de su madre.
―Jamás… ―farfulló Merlina―. Jamás había sentido tanto miedo de… de… ―No pudo decir "Voldemort", algo se lo impidió. Dejó la frase en el aire. Comenzó a hiperventilar. Sólo con las arañas sufría tal pánico.
No quiso decir precisamente que temía al Innombrable, sino que temía lo que implicaba él en su totalidad: muerte, dolor, odio… División.
Nuevamente se sentaron en las sillas, disminuidas. Merlina temblaba y no tenía frío. Inconscientemente pasaba suavemente la barbilla por las cabezas de su hija e hijo.
Los minutos se les estaban haciendo eternos: sólo estaban sentadas en silencio, sin actividad. No obstante, el minutero del reloj estaba corriendo una maratón. Veinte minutos habían transcurrido, cuando debían ser diez, según su percepción.
El nombre de Severus, su cara, su voz hacían eco en la mente de Merlina. Él iba a luchar. ¿Tenía que, ella, sólo por ser la madre, quedarse encerrada? Después de todo, tenía tantas posibilidades de morir peleando contra los aliados de Voldemort como contra Craig.
En conclusión… ¿qué estaba haciendo allí sentada?
Sus hijos eran valiosos, eran un tesoro, milagros que habían llegado a su vida. Sin ellos estaría sola. No se hubiera unido con Agatha, no hubiera encontrado a Malfoy y no hubiera sido destinada a reencontrarse con sus amigas.
Craig iba a molestarla hasta el cansancio, la guerra iba a continuar hasta que el último sangre sucia y muggle estuviera retorciéndose en su tumba. Ella no quería peligro para ellos. Ella iba a pelear. Sus amigas tenían razón: necesitaban fe. Por último, algo de esperanzas.
Se paró con parsimonia. Susan y Endora la siguieron con la mirada, sin decir nada. Sabían lo que se avecinaba: conocían a Merlina. La vieron reacomodar a los niños en la cuna.
―Ve ―la apaciguó Endora antes que ella hablara―. Cuidaremos de ellos como si fueran nuestros. Protegeremos la casa. Pelearemos a muerte también si es necesario.
Merlina asintió. No las abrazó, no hubo despedidas.
Con inspiración fue hasta la otra habitación para cruzar por el cuadro. El dueño, Aberforth, no estaba allí. Iba a meter una pierna, pero…
No hubo resultado. El paso hasta la Sala Multipropósito había sido sellado por algún motivo que no conocía.
El corazón se le disparó.
Seguro que sus amigas ya habían pensado que se había ido por la vía segura, así que, sin meter ruido, bajó las escaleras hasta la entrada principal de la taberna.
Sin dudarlo más, tratando de quitarse los miedos que pugnaban por apoderarse de ella, se desilusionó para evitar ser vista, y partió por Hogsmeade calle arriba, hacia el castillo.
Más de media hora había transcurrido desde que el Señor de las Tinieblas había hablado con su voz gélida. Le había helado hasta la médula, pero jamás como para retractarlo de la lucha en la que pensaba participar.
Ya había obtenido la espada, casi sin problemas. Había aturdido a tres Mortífagos que habían quedado dando vueltas por allí, sin haber cumplido las órdenes de su señor al pie de la letra. "Aturdido", sin embargo, pudo no haber sido la respuesta correcta: estuvo a punto de asesinar. Luego pensó en Merlina, y a ella no le habría gustado que continuara con las malas prácticas. O lo supuso. Tal vez, con lo que había vivido, sí deseaba ver muertos a esos cerdos. Pero ella no era así… Ella no era cruel.
Primera vez que pensaba por los dos.
Simplemente los dejó amordazados en un lugar en donde no podrían molestar, donde nadie los oiría.
Aguardó en el mismo despacho al mensaje de Dumbledore. Se suponía que debía recibirlo para actuar y presentía ―luego de tantos años de conocer al director―, que estaba cerca del momento en que le daría el visto bueno. De algún modo, el anciano siempre estaba enterado de todo y, claramente, no le gustaría salirse del límite de la hora impuesta para que estallara la guerra: había que actuar dentro del margen de tiempo.
No se equivocó: minutos después de haber pensado eso, un fénix atravesó la pared, raudo e impecable en su vuelo.
―Te esperamos en el Gran Comedor. Recuerda, el Sombrero Seleccionador.
Severus había desistido de colocar la espada dentro del Sombrero; no lo encontró realmente necesario. Pero, si ese era su deseo, debía ser así.
Con dicho Sombrero arrugado en la mano ―increíblemente había ocultado la espada allí sin dificultades―, salió del despacho y se encaminó hacia el Gran Comedor.
Los profesores, estudiantes, padres y, en general, familias enteras estaban allí preparándose para pelear. Nadie ya pareció extrañarse por la presencia de Severus, salvo Potter, quien se ubicaba al lado del director.
―Aquí está lo que me pidió, señor ―dijo, ignorando al muchacho. Sabía que la espada era para él.
―Gracias, Severus. Me alegro de que no te haya costado la vida ir en búsqueda de la espada. Hemos tenido suerte.
Hizo un gesto para que se la entregara a Potter. Sonrió amable, dio media vuelta y se marchó hacia donde había un grupo de profesores.
―Toma, Potter, y espero que valga la pena haber arriesgado tanto pellejo por ti todos estos años―gruñó haciéndole entrega de aquel sombrero.
El muchacho recibió con calma lo que se le entregó, pero sí miró a Snape fijamente a los ojos, y no con ese odio que siempre solía refulgir.
―Ella no va a morir ―farfulló a Snape. Severus, quien había pensado en irse también, se quedó paralizado―. Ella es fuerte y sobrevivirá.
Severus hizo un leve asentimiento con la cabeza, sin estar muy seguro de la palabra de aliento que había oído de la boca del chiquillo.
Finalmente, tomaron caminos separados. Severus se fue donde estaban los demás. En cuanto a Potter, él había desaparecido. Rogaba para que fuera cierto lo que había dicho: Merlina tenía que vivir.
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Había encontrado una capa invisible maltrecha, pero útil: lo había salvado de ser visto por toda la gente que se agrupaba en el Gran Comedor. Pudo haber hecho algo, allí estaba Severus Snape. Pudo haberlo matado allí mismo, si no hubiese sido porque ese maldito poltergeist se puso a lanzar piezas de una de las armaduras para todos lados y algunas casi le dan a él. Buscó por el castillo, creyó registrar cada parte que conocía ―y que, en realidad, eran pocas―, incluyendo dos pasadizos. No había rastro de Merlina Morgan. Tenía que estar viva, sino aquel hombre no hubiera estado tan tranquilo. ¿O sí? ¿Dónde estaba ella?
Mientras tanto, debería mandar a llamar a su tropa. Poco faltaba para que iniciara la batalla y debían estar preparados. Sacarlos de la tierra nevada del bosque y esconderlos en el lago era una excelente idea.
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El pueblo parecía estar completamente desierto. No se veían luces en las casas, ni siquiera los perros ladraban. Las aves nocturnas estaban desaparecidas y ya no había cielo. Una gruesa neblina encapotaba el firmamento, haciendo que el aire costara respirarlo. Por la nariz de Merlina comenzaba a correr mucosidad acuosa.
Evidentemente los Mortífagos ya no estaban, se habían marchado al castillo. Probablemente sobrepasaran en número, aunque eso no significaba que no perdieran a algunos de los suyos. Sabía que darían la pelea hasta el final.
―Esto no me gusta nada ―masculló mirando los oscuros callejones, temiendo a que algo apareciera.
El frío comenzó a calarle los huesos a medida que avanzaba, y la disposición que la había llenado en algún momento estaba menguando. En un inicio, torpemente pensó que era el miedo que se apoderaba de ella sin razón. Pero, cuando el recuerdo de Drake gritándole desde la casa que corriera lejos, le hizo dar cuenta de lo que ocurría realmente.
Trató de calmarse. No quería encontrarse con los dementores, debía encontrar alguna forma de huir de allí. Así que se metió por un callejón al azar para ver si podía alejarse de esa horda de horror que se empeñaba en derribarla.
Caminó durante un par de minutos y, a simple vista, la neblina estaba menos densa. De pronto, cerca de una veintena de dementores comenzaron a aproximarse de diferentes direcciones, deslizándose silenciosa y espectralmente hacia ella.
Perdió el equilibrio y tropezó con una piedra. Se reincorporó dificultosamente gracias a la nieve, con su corazón descontrolado al igual que su respiración, pero no pudo seguir avanzando; se le había cortado el paso y no tenía escapatoria.
La primera y última vez que se había visto en esa situación, fue cuando Dunstan la había ayudado a huir de Azkaban.
―Tranquilízate ―susurró para sí misma, buscando algo en qué apoyarse. Todo lo que encontró tras ella fue un poste con una lámpara a parafina.
Sus palabras, por supuesto, no surtieron efecto alguno. Esos seres de olor putrefacto y manos deformes se acercaban sin titubeo, con su objetivo claro. Estaban hambrientos, después de todo: toda la gente encerrada en sus casas con protección de acero no suponía una comodidad para ellos. Querían absorber la energía del primero que encontraran. Apostaba a que a Hogwarts debía ir otro ejército de dementores. Indudable que, por si las moscas, habían dejado una parte en el pueblo para mantener a la gente bajo control, presa del miedo.
Y, todo lo que quedaba allí, era Merlina.
Voces y gritos llenos de dolor y sufrimiento resonaban en su cabeza, debilitándola más y más. Ella, lo único que quería, era aclarar su mente. Debía conseguir que sus neuronas conectaran, que le hicieran razonar. Estaban a tres metros a la redonda… Ellos la veían, a pesar de estar desilusionada. Sin embargo, el encantamiento comenzaba a desaparecer, haciendo visible su cuerpo.
Con los músculos agarrotados se deslizó con la espalda apegada al poste, hasta el suelo.
Piensa. Aclara tu mente. No dejes que esos pensamientos dejen que te derrumben. Algo bueno, recuerda algo bueno. Tienes una varita para defenderte, la tienes. Esa varita era de Agatha Dunstan, pertenecía a alguien poderoso y de bondad. Puedes hacer algo bueno, puedes vencerlos.
Uno de los dementores iba adelantado. Estaba a tan sólo un metro de ella y comenzaba a extender la mano para tomarle la mandíbula.
Sin Dunstan no hubiera llegado aquí. Tantas cosas que hizo por mí, que me enseñó. Soy fuerte. Puedo levantarme. Tengo hijos, no estoy sola. Severus me espera para pelear juntos. Tengo un asunto pendiente… mi vida no acabará por perder el alma… ¡Apenas es una mínima batalla!
La cabeza encapuchada empezaba a acortar distancia y la mano le asía firmemente la cara. Los ojos de Merlina temblaban, intentando enfocarse.
Sería demasiado tragicómico para mí. No puedo acabar así: he soportado tanto, y si no supero esto, jamás lograré estar en paz conmigo misma, y tampoco tendré la esperanza de ver crecer a mis hijos, de envejecer con mi esposo…Tengo que levantarme.
No hizo falta nada más que imaginarse una visión de ella, anciana, radiante de alegría junto a Severus, dos hijos adultos, con muchos más niños a su alrededor. Eso era lo que le esperaba: tener fe. Si se levantaba y combatía, podría imaginar lo que deseara. Sin alma, sólo sería una concha vacía, inservible, y terminaría partiéndole el corazón a Severus y a sus hijos. No estaría cuando la necesitaran.
Sus músculos reaccionaron a la contracción y se puso de pie, moviéndose con brío para deshacerse del agarre de la criatura mortífera. Sacó su varita del bolsillo y, aún con esa imagen flotando en su cerebro, gritó:
―¡Expecto Patronum!
Una especie de caballo bien formado, casi corpóreo, salió de la varita, brillante como la plata. Era un Kelpie en todo su esplendor. Bajo el control de Merlina, quien ya se había recuperado totalmente del sopor, galopó entre los dementores, embistiéndolos una y otra vez, alejándolos de ella en cosa de segundos.
Merlina hizo que el unicornio fuera lejos, hasta la zona más baja del pueblo, para expulsarlos y devolver la tranquilidad al lugar.
Y dio resultado: luces atravesaron las cortinas de las casas hasta la calle. El corazón le latía a todo dar. Se sintió orgullosa de sí misma, con la adrenalina a mil por hora. ¡Lo había logrado!
Un anciano salió de una de las casas y la miró atónito. Otros cuantos le imitaron, asomándose por umbrales y ventanas.
―¿Tú hiciste aparecer eso? ―inquirió el viejo con tono de aprobación.
―Sí ―contestó Merlina con la voz seca. Sí, aunque pareciera increíble, ella había canalizado todo ese poder. Se había superado a sí misma.
―Me alegro. No me atrevía a salir por ellos, no me daban ganas, estaba engrifado como un gato bajo la mesa. Pero ahora me siento bien. Es hora de pelear, ¿no?
Merlina asintió. Otras personas, jóvenes y adultos, salieron de sus casas con la varita en alto. Eran la minoría por supuesto, pero daba igual: juntos podían hacer la diferencia.
Su pecho se infló de valentía y orgullo.
Merlina se adelantó, retomando el rumbo con un grupo de no más de diez personas. Estos caminaban tras ella, preparados para el ataque. Llevaban las varitas en alto y sus caras estaban crispadas en una mezcla de concentración, alerta y valentía.
Habiendo logrado hacer un Patronus decente y poderoso, se sentía capaz de alcanzar cualquier cosa, de lograr cualquier hechizo, encantamiento y maleficio, incluso los que no había practicado jamás y los que no conocía. Su cuerpo estaba embargado de energía y osadía; una sensación embriagadora que incluso sanaba heridas.
Antes de acercarse mucho, se giró hasta la multitud y habló con voz clara, aunque temblorosa, pero sin gritar.
―¿Alguien sabe desilusionar?
Una mujer, mucho más joven que ella, levantó la mano.
―Perfecto ―dijo Merlina, aliviada―, debemos tomar medidas de seguridad. A pesar de que la mayoría de los Mortífagos está en el bosque, pueden que ronden algunos por los terrenos, así que no debemos dejar de ser cuidadosos.
—También conozco un hechizo para no dejar huellas en la nieve y para caminar sin hundirse —comentó la chica con una radiante sonrisa. Merlina asintió con fervor, esperanzada.
Junto a la muchacha lograron camuflar a todos. Merlina, que por culpa de los dementores había dejado de ser invisible, realizó nuevamente el encantamiento.
Se sintió importante: estaba actuando como una líder. Si bien como celadora tuvo que haberlo sido, fueron contadas las veces que los estudiantes le hicieron caso ante una orden o petición de ella. Tenía que aprovechar su momento de liderazgo.
Luego de eso avanzaron hasta donde estaban los cerdos alados a cada lado de las rejas, las que habían sido aplastadas por los pies de los gigantes. Las brujas y magos se agruparon en una esquina y, sin ponerse a pensar en nada más, cruzaron la línea.
Tardaron en reconocer que lo que había empezado a sonar cuando entraron a los terrenos era una alarma. Habían activado un pitazo apocalíptico que a Merlina le puso los pelos de punta, perdiendo el encantamiento desilusionador.
―¡Corran! ―demandó Merlina por lo bajo, súbitamente urgida y perdiendo un grado de confianza.
Y todos la siguieron hasta donde iba ella: al lago. No sabía si pensaba sumergirse o, luego del lago, ir a la cabaña de Hagrid o a la orilla del Bosque Prohibido. Algo tenía que hacer. Se puso nerviosa.
Sin embargo, no cambiaba en nada la situación, porque no había lugar para ocultarse. Cuando pasaron cerca de la orilla, el agua se agitó, y no era a causa del calamar gigante.
―La guerra ha de comenzar. Ustedes lo han decidido por no entregarme a Potter. En segundos se verán invadidos por mis Mortífagos ―habló la voz de Voldemort, emergiendo de todas partes con un tono aterrador, gélido y filoso. Les congeló la médula a todos durante unos segundos.
Al minuto se oyeron gritos y divisaron a gente descendiendo las escaleras de entrada al castillo, comenzando a lanzar maldiciones. Del otro lado, desde el bosque, empezaron a salir los enmascarados, dispuestos a torturar y a matar a todo enemigo que se le cruzara por el camino, criatura o mago.
―Bueno ―masculló Merlina, viendo la situación con las manos temblándole―. A esto hemos venido.
Los diez magos y brujas, once con ella, corrieron hacia donde se desarrollaba la batalla. Tal vez Craig estuviera allí, esperándola para que se enfrentaran, por fin.
Había un punto en que se sobrepasaba el umbral de la verdad y todo se convertía en irrealidad. La imagen de lo que estaba viviendo Merlina y el resto era borrosa, poco nítida; demasiados cambios de colores durante poco tiempo. Hechizos, maldiciones y encantamientos iban y venían, conformando brillantes explosiones multicromáticas a ras de suelo y en el cielo, similares a los fuegos artificiales. Vio a una joven de cabello rosado peleando como nunca había visto pelear a una mujer; la reconoció como Tonks, y era algunos años más joven que ella. A su alrededor había varias personas más. Merlina supo que esa era la famosa Orden del Fénix a la que asistía Severus y a la que ella había tratado de pertenecer en algún momento. No lo había logrado y, sin embargo, ahí estaba, como cualquiera de ellos, uniéndose a la lucha.
Merlina había perdido de vista a los magos y brujas quienes habían ido con ella hasta el castillo. Todo estaba mezclado, confuso. No siempre podía guiarse por "los encapuchados son Mortífagos" o "todos los enmascarados son los enemigos". No todos tenían máscaras, y eso lo comprobó cuando un Mortífago con feo tatuaje en la mejilla le lanzó una maldición sin miramientos. ¿Acaso de verdad tenía cara de sangre sucia?
―¡Protego! ―gritó a tiempo, antes de que el maleficio la tocara.
―Sabes defenderte, ¿no, mujer? ¿No eras tú la impura que habían metido a la cárcel por andar jugando con fuego? ―comentó con sorna. Ahí estaba la respuesta: se había olvidado de que, por unos meses, su cara se había hecho famosa por ese accidente―. ¿Cómo es que estás viva aún?
―Bueno, comparto esa misma pregunta contigo ―contestó Merlina, desafiante―. Sólo he tenido suerte. Más suerte de la que tienes tú. ¡Hipoxia! ―gritó al último haciendo que el mago comenzara a ahogarse. Se llevó las manos a la garganta intentando respirar.
En un rato quedó inconsciente, tirado en el suelo, siendo pisado por los demás.
Ojalá que te trituren los huesos, imbécil.
Merlina se lanzó a la lucha otra vez. Parecía ser dueña de una fuerza interna desconocida, nutriéndola a cada segundo que pasaba, afinando sus movimientos, agilizándose. Ahora confiaba en sí misma, en sus capacidades, y eso lo cambiaba todo: sabía que no moriría esa noche.
