ALBERICH II

Los bosques del Valhalla sin los cuerpos sellados en las amatistas habían perdido su aire de zona encantada, incluso dejaron de lucir aterradores. Aunque no solía prestar mucha atención al detalle de entrenar físicamente, se daba el tiempo diariamente por las tardes. Esta ocasión no fue la excepción, usaba sus prendas habituales de entrenamiento, la camisa de manta azul cielo y sus pantaloncillos en tono blanco, así como las muñequeras de cuero marrón que usaba para no lesionarse.

El sudor escurría por sus sienes pues, aunque el clima era frío y los bosques menguaban los fuertes vientos de la tormenta, el entrenamiento había sido arduo.

Entonces se agachó para beber agua de un pequeño sifón que estaba posado bajo uno de los pinos y levantó el libro que tenía ahí mismo.

"La Reforma Luterana" – se leía en el título. Limpió al fin el sudor con la toalla que ubicó en el mismo sitio y emprendió su regreso a Valhalla.

En el transcurrir de los pasillos vio a Siegfried, esta ocasión se veía enfadado, demasiado. Esta vez no se trataba de él, tenía días que ni siquiera buscaba hablarle, o cuando lo encontraba sólo le dirigía un saludo cordial, nada de sarcasmos, nada. ¿Qué sería lo que tenía así a Dubhe? se preguntó Alberich. Pero calló. Cuando cruzó más cerca de él hizo el mismo gesto cortés, los ojos verdes trataron de buscar respuestas indagando en la mirada de Siegfried. El rubio lo vio, pero no respondió el gesto, caminó en otra dirección y se fue.

Debe tratarse del asunto sobre el que hablaban los soldados, algo sobre Hilda. – Se dijo a sí mismo. -Ya habrá más tiempo de investigar que sucedió. – Caminó más y abrió las puertas de su habitación. Ahí tenía otros tantos libros, sólo algunos que había trasladado de su colección personal, por si le apetecía volver a leer alguno de ellos, se trataba sobre todo de novelas literarias. Títulos como "Los Borgia" de Mario Puzzo, la colección completa de Julio Verne, hasta "Los hijos de Húrin" de J.R. R. Tolkien. De este último autor en particular le gustaba la forma en la que había mezclado el bagaje mitológico escandinavo para armar su historia. De ese modo, ahí sólo almacenaba novelas porque en su habitación solo sólo quería confort, entretenimiento y descansar, así que apostar a un libro de ese corte siempre era buena opción.

Colocó sus cosas en el escritorio preparó prendas limpias y se dispuso a tomar la ducha después del entrenamiento. El agua estaba tibia pues, aunque se trataba de mantenerla caliente, por el frío invernal no siempre era posible, eso hizo que no tardara mucho ahí. Secó su cabello húmedo de tal manera que no perdiera el estilo despeinado que siempre usaba, colocó su ropa ahora toda en tono azul y salió rumbo a la biblioteca. Dispondría las últimas horas de su tarde en leer un poco más antes de cenar, recogió nuevamente el libro que estaba leyendo y salió.

En la biblioteca siempre ocupaba el mismo escritorio, le acomodaba bien ese sitio por la disposición de la luz, tanto natural en las mañanas, como de los candelabros durante la tarde y la noche. Arrastró la silla, se sentó cómodamente y abrió el grueso libro de pastas duras.

"La reforma Luterana, mejor conocida como Reforma Protestante, fue un movimiento religioso que se gestó durante el siglo XVI en el territorio de los principados alemanes, en lo que geográficamente comprende la actual Alemania. Este movimiento generó una ruptura importante con la Iglesia católica, mejor conocido como cisma religioso, del cual surgieron una serie de agrupaciones o corrientes religiosas que dieron cabida al llamado protestantismo.

Dicho movimiento comenzó con la crítica realizada por el monje agustino y maestro en Teología, Martin Lutero, quien escribió sus "Noventa y cinco Tesis", así como las consiguientes disputas teológicas sobre la doctrina de la justificación por la fe. Dichas obras, se podría decir que iniciaron la Reforma protestante en Europa, las cuales provocarían finalmente que la cristiandad occidental se dividiese.

Una de las premisas básicas del protestantismo fue la crítica a la especulación y amortización de los bienes eclesiásticos, así como el mal manejo de términos como el pecado, la fe, el perdón y las indulgencias. Igualmente, se alegaba que para que la gente, el pueblo llano, entendiera bien de qué trataba la religión y se pronunciaran en favor de una fe genuina y de los buenos actos, éstos debían conocer los contenidos de la biblia.

Cabe destacar que, para esta época, en toda Europa, la fe, las misas, los rezos y la lectura de la biblia sólo se daban en latín, por lo que el pueblo llano e iletrado no tenía un acercamiento real a lo que la religión católica profesaba.

Lutero, por su parte, comenzó a emitir desplegados que colocaba en las iglesias, también a movilizar a los acólitos de sus misas para que se exigiera la traducción de la biblia a lengua vulgar, con la intención de que la biblia pudiera ser accesible e interpretada según la lectura individual, así como también favorecería una participación de los feligreses en los ritos y la lectura de las escrituras."

-Interesante lectura Alberich.- Dijo una voz suave acercándose a él.

-Andreas. – levantó la mirada del libro. - ¿Qué estás leyendo ahora, algún nuevo tratado de anatomía?

-Esta vez no, no hay alguno que no haya leído, los veo algo atrasados también. Creo que le sugeriré a la Señorita Hilda que busque la forma de traer nuevos compendios de Midgard, porque los que tenemos aquí ya no serán de gran ayuda. – Guardó silencio unos segundos y continuó. – Estuve leyendo algo diferente estos días. Un texto casi tan contestatario como el que tú estás usando ahora. – dijo mientras le colocaba el libro en el escritorio, por enfrente de Alberich. Era un libro delgado, aunque con una pasta bonita y gruesa, justo como lo eran la mayoría de las ediciones que poseía la biblioteca de Valhalla.

- ¿" El manifiesto del Partido Comunista"? – Dijo Alberich sorprendido levantando una ceja. - ¿Karl Marx y Friedrich Engels? ¿Por qué estás leyendo eso? – le dirigió la mirada preguntando. Claro que Alberich conocía los contenidos del manifiesto, también había leído ya, a parte, toda la obra de Marx. Por eso mismo le sorprendía que alguien, además de él, en una tierra olvidada e iletrada como Asgard, tuviera inclinaciones lectoras como esas.

-Pues porque siempre me ha parecido interesante la historia de los pueblos de Midgard. Sin contar que es una forma distinta de ver cómo se plantean las revoluciones sociales y cómo puede el poder ser devuelto y ejercido por la gente, que al final es la fuerza de trabajo y el motor económico, aún si sirven a quienes poseen los bienes materiales.

Alberich tomó el libro que Andreas le había extendido sobre el escritorio y le dio una hojeada.

-Podrías leerlo, después que termines ese sobre Lutero el agitador. Y podemos charlar sobre ello. – Dijo apacible el médico de la corte.

-Ya lo he leído antes, pero lo tomaré en cuenta. – tomó aire por unos segundos y dijo: -Cambiando un poco el tema, ¿qué opinas sobre la gente que busca construir un coliseo en Asgard? – preguntó suspicaz el dios guerrero de Megrez.

-Algo he escuchado al respecto. Como bien menciona la señorita Hilda, es una tradición que no es propia de estas tierras. Nunca antes habíamos contado con una construcción de esa naturaleza. No era necesaria. Sin embargo, entiendo, hasta cierto punto, que hay grupos que quieren distraer a la gente común con eso. Lo que, si pudiera apostar, diría que es un hecho que esa idea está influenciada también por algún extranjero. Si no, ¿Cómo explicarías que la gente de Asgard tenga la noción de lo que es un coliseo en forma y con la misma utilidad que uno griego o romano?

- ¿Extranjeros? Tal vez. -Dijo Megrez regresando brevemente los ojos a su lectura. Volvió a ver a Andreas directamente a los ojos púrpuras. - ¿Y sobre los experimentos, sabes algo? ¿Tal vez tú, que eres uno de los mejores médicos con los que contamos aquí, tengas alguna sospecha, o algún caso especial que te haya llegado a consulta?

Andreas abrió los ojos y alzó las cejas en señal de sorpresa. No se esperaría que la pregunta de Alberich fuera tan directa.

- ¿Experimentos? No tenía idea de algo así. Si bien, sabemos que hay algunas enfermedades que aquejan a nuestro pueblo, no tengo registro de nada que pueda tender a eso que mencionas.

-Tiene más de treinta años que eso se ha estado llevando a cabo. Ni tú, ni yo existíamos aún. No lo tengo comprobado, pero son los rumores que corren. Ya sabes, la gente, los soldados. Me atrevería a decir que algunos de esos "experimentos" andan caminando por ahí, entre nosotros. Pero al final, ¿quién sabe?

Andreas no respondió nada.

Al momento se escucharon unos pasos cerca, era Fenrir. Se le veía acongojado.

-Fenrir, ¿Qué haces aquí? Normalmente nuestras horas de estudio son por las mañanas.

-Es sólo que… - Guardó silencio, vio a Andreas por el rabillo del ojo y dio un profundo suspiró. - Necesitaba platicar contigo y consultarte unas cosas.

Alberich miró a Andreas. El último sólo le hizo un gesto y dijo:

-Seguiremos nuestra plática otro día Alberich. – Megrez Delta asintió con la cabeza y Andreas se alejó.

-¿De qué hablaban ustedes dos?- Indagó Fenrir antes.

-He tenido sospechas últimamente sobre él, creo que se relaciona, de alguna manera con las desapariciones. No lo sé con seguridad, pero quería averiguar. – Respondió Alberich francamente, aunque no liberó más información al respecto. – Pero cuéntame, ¿qué te trae por acá?

-Bueno… - comenzó Fenrir algo nervioso. – El otro día, después de las lecciones, decidí darme una vuelta a las ruinas de mi antigua casa. Tú sabes, suelo ir ahí a menudo, incluso dormía ahí hace unos meses. Pero cuando llegué vi que alguien estaba ahí. Me sorprendió por varias razones. La primera es que normalmente nadie se acerca a mi antigua casa, por su estado derruido y por la presencia constante de los lobos que no permiten que las personas anden por los alrededores. La segunda razón… - Se detuvo un poco, respiró y continuó. – La persona que vi, estaba revisando cerca del escudo de armas de mi familia, se veía curioso, diferente. No lo sé. Mi instinto me dijo que algo no era normal en ese hombre, y al final lo comprobé.

Ese hombre tenía una marca en su cara, una marca extraña, su piel era casi transparente, me miró y desapareció. Así sin más.

-¿Qué hizo qué Fenrir?- Gritó Alberich con suma sorpresa. Llevó una de sus manos a su boca, como para disminuir su propio volumen y continuó en una voz un poco más serena. Fenrir abrió sus ojos dorados como platos, no esperaba esa reacción de Alberich.

-Escucha Fenrir, creo que lo que viste fue un Einherjer.

- ¿Un qué..?

-Un Einherjer se dice que es el espíritu de un guerrero caído en batalla y que pueden distinguirse por sus marcas. Es normal que no hayas escuchado de ellos amigo, pues nadie nunca tuvo el tiempo de contarte de que se tratan esos cuentos.

-El tipo me habló, me dijo su nombre antes de desaparecer, se llamaba Utgard.

- ¿Te habló? ¿En serio te habló un Eiherjer? Increíble. -Alberich se veía fascinado por lo que Fenrir le contaba. No lo podía creer.

-Te dijo su nombre… - afirmó llevándose la mano derecha a la barbilla como si eso le ayudara a pensar más.

-Sí, se me hizo raro que estuviera ahí, justo en ese lugar. No se mostró agresivo y mis lobos no tuvieron una mala respuesta.

-Escucha vamos a ir al ala oeste de la biblioteca, ahí está el archivo del palacio. Buscaremos información ahí. –

Le dijo mostrándole el camino. Ambos llegaron al lugar en unos cuantos pasos. Ahí Alberich comenzó a revisar los códigos de catalogación de unos libros grandes, que de hecho se veía que contenían fojas de papel ya amarillento por el tiempo.

-Aquí está.

- ¿Qué es eso?

-Se trata de un texto administrativo. Básicamente es un listado de casas por apellido, en el que se solía escribir información sobre los impuestos recabados por el gobierno. En algunos casos estos libros tienen una ilustración del hombre que representaba a alguna casa en particular. Sí, sólo se trataba a los hombres. Obviamente en los tiempos en los que se hicieron no había fotografías. Incluso hoy en día es raro encontrar un aparato así en Asgard, por eso, antiguamente se recurría a un ilustrador. – Comenzó a hojear hasta encontrar el apellido.

Fenrir veía incrédulo, ¿Qué podría encontrar en un libro así?

-Utgard era su nombre, ¿no? - preguntó Megrez, a lo cual el dios guerrero de Épsilon asintió. Entonces Alberich continuó buscando en silencio hoja por hoja.

-¡Aquí está!- Apuntó colocando el dedo índice sobre la foja amarilla. - ¿Era él? - Le mostró la ilustración.

Fenrir se aproximó para ver. Efectivamente, era el mismo hombre. Obviamente no era un retrato idéntico porque se trataba de un dibujo, pero era perfectamente distinguible. Su largo cabello oscuro, la complexión y las facciones de la cara, ahí sin la marca.

-Utgard Fenrirssøn, fecha de nacimiento: 4 marzo de 1625. Deceso: 1 de julio 1644.- el pelirrojo hizo una pausa y continuó. - Por las fechas, puede ser que haya muerto durante la Guerra de Torstenson. Resulta amigo, que ese tipo que viste fue antepasado tuyo, tu familia sí que tuvo su renombre como siempre lo has mencionado.

Fenrir se quedó callado. Su cara cambió. Alberich sabía que algo se había removido ahí. Por respeto a su amigo, guardaría silencio.